Las canciones dejan sentir, y hasta muestran en el modo como se proclama la endecha, corazones abrasados en las llamas de una emoción profunda de arrobamiento, devoción y cariño.
Se canta hasta en la penumbra de una choza con voz alta, rijosa y doliente, con el alma que pende de un hilo, valses y yaravíes, marineras y tonderos, pasillos y serranitas, que son cofres, urnas y baúles donde el amor transido, tembloroso y desgarrado se escancia y acrisola.
Son los yaravíes aquellos con que se bebe hasta embriagarse en las posadas alzadas al borde de los caminos que son a la vez abismos, quizá para que los fantasmas y las esencias de los amores convocados, sean verdaderos y equivocados, se levanten de sus asientos y con ojos lagrimeantes otra vez se arrojen hacia las sombras insondables.
Se sufre, ¡cómo no!, Se sufre por el infinito que ha flechado nuestros corazones. Y por las quimeras, utopías y mundos inalcanzables:
Un imposible me mata
por ese imposible muero,
imposible que consiga
el imposible que quiero.
Unos ojos me miraron
por unos ojos yo muero
esos ojos han de ser
de mis males el remedio.
Ayayay, blanca palomita
tú me has robado el alma,
todita y toditita.
Santiago de Chuco es un pueblo que se ha torcido en sus calles por las serenatas. Se ha ensimismado en su dolor, en el lamento y en la queja que se desgrana de las serenatas y desmoronan poco a poco sus casas y sus calles.
Se ha echado ese trago de licor fuerte que es el sentimiento inabarcable, que es hálito y fortaleza al fondo del alma para sumergirse quizá hasta hoy en el olvido.
Al fondo, detrás, hacia lo alto de las paredes y muros derruidos, de las piedras regadas en el suelo de mi pueblo yacen las serenatas.
Ellas aunque no se las oigan adoquinan sus calles, esclarecen sus linderos, abren sus horizontes.
O, como fueron lanzadas a lo alto, tiñen su cielo azulino.
O, dejadas caer ante los muros hacen crecer esas flores, como las clavelinas y arrayanes, que sin qué ni por qué florecen al pie de las ventanas..
Cada anhelo y cada ilusión que alcanzaron a sentirse le han dado la contorsión de sus calles ya para siempre curvas.
Serenata son los senderos ciertos e inciertos, amables y ariscos, hechos de encuentros y olvidos, de nacimientos y muertes que han empedrado, abierto y cerrado sus calles.
Este haber anochecido y madrugado por las esquinas y plazas la madeja derecha y torcida de la vida es que ha ensimismado su destino hacia el infinito y la eternidad.
Ay penas que poco a poco
van pasando sin sentir
agobiantes ellas no matan
luego al cabo tienen fin
conmigo.
A veces quiero arrojarme
a los filos de un cuchillo
porque el cuchillo es tan limpio
para el hombre es un martirio
una ingrata.
Si yo vengo a cantarte
no creas que es por despecho,
embriagado por las penas
de tu amor que a mí me mata,
ingrata.
Tú, serenata, eres lucero y noche insondable.
Ella duerme, pero arrebolada quizá por aquella emoción y aquel sentimiento que viene desde la creación de las especies sobre la superficie de la tierra, el amor del hombre que le canta.
¡Allá ella, que sienta o no sienta las melodías y acordes que se le dedican! Ya nació para ser amada toda mujer de la tierra.
¡Allá ella que se pierda o se encuentre con estos bordoneos y estos
cantares!
¡Allá ella que sea digna o indigna de esta noche tenue o iluminada, con
o sin estrellas en el cielo sereno, con o sin cordilleras que se avizoran en
lontananza!
¡Allá ella que escuche o no esté despierta cuanto se la canta, cuando se la sueña y cuando se la adora! Ya es adorable desde que se hizo el mundo.
De cómo se la evoca bajo este cielo con o sin luna, con o sin infinidad de luceros, ya ella es el motivo que justifica la vida.
¡Allá ella que esté despierta o se halle dormida! Es la geografía del alma, la del hombre como urdimbre:
Cuando va muriendo el día
y va ocultándose el sol
no has visto cómo se acrece
la sombra de una colina.
Así se ven mis amores
tras el sol de tus caricias
cuanto más de mí te alejas
han de crecer cada día.
Mañana recordarás
que me quisiste un día
entonces sabrás que hay penas
que nos quitan la vida.
La serenata se eleva hacia lo alto para una amada pero al final a pesar de ella.
Es cierto, desde ella, pero más allá de ella.
Quizá después no sea tan real este sentimiento y ¡es posible que la realidad lo tuerza o hasta lo deplore o lo niegue!
Quizá en el mundo de la superficie no quepa ni como invocación, por eso se da en las noches, a oscuras y en secreto.
Quizá, incluso, lo disuelva la tenue luz del alba. Indudablemente, nada que ver, con la vida práctica que la desconoce, lo distancie y arroje a la nada.
Pero vale en este instante y vórtice en que los hombres cantan, en que el alma está en su agonía, en que el sentimiento ilumina, oprime e hincha los pechos, en que el corazón sangra atravesado por una flecha.
La serenata vale en el instante en que se lo dice cono la vida que es herida entre dos eternidades y puñales:
Ama pues a quien te adora
olvida el triste pasado
que en mi pecho has levantado
pasión avasalladora.
Tú también amaste un día
y me da pena el decirlo
tú arrastraste las cadenas
yo arrastro melancolía.
Quiero dejar de existir
en este mundo de martirio
basta ya tanta amargura
yo bajaré a la sepultura.
Las serenatas son efímeras y fugaces.
En ellas la voz se eleva y el espíritu se sumerge a lo hondo de la vida y de la muerte en un rapto y un hechizo de un tiempo y espacio mágicos.
Hasta el frío se enardece cuando lo roza el amor que vibra en la noche callada.
En ningún otro momento lo sublime alcanza a ser flor en nuestras manos y en nuestros pechos como en la serenata.
Para lo cotidiano no existen, permanecen para la eternidad del sentimiento. Son testigos la sombra, lo oculto, la brisa que pasa.
¡Ah! ¡Cómo las paredes y los techos se han cimbrado y torcido tanto por las serenatas! Y se han resbalado las tejas y se han abierto goteras
Y, ¿cuántos no hemos padecido delante de una puerta, o tenido yerta el alma atribulada en una esquina?
¿Cuántos no hemos dedicado una queja a la amada, a ese ser sublime al cual por el prodigio de amarla no se puede ya ni siquiera hablar, menos aún nombrar?
¿Quién repetiría su nombre sin sentir que comete u sacrilegio?
¡Sólo cabe llevarla para siempre y eternamente callados por los caminos!
¿Quien al fuego ha visto helarse
y a la ceniza escarcharse?
¿Quien ha visto a dos amantes
sin motivos separarse?
¿Quien ha visto al ruiseñor
prisionero en su jaula
cantar su prisión alegre
cuando libertad le falta?
El peso de lo trascendente ocurre también cuando todos regresan callados después de una serenata.
Y se siente, sin razón aparente, el vacío y el desconsuelo, precisamente por ser muy lleno y repleto de secreto y significado todo lo que acontece y se presiente.
¿Qué produce ese estado del alma?
Quizá sea porque la serenata es algo en donde no se alcanza nada, salvo el sentimiento, hecho jirones en el lamento, en la queja por lo que no se tiene.
Por lo menos que no se tiene en ese instante, y que sin embargo se anhela tanto. Es siempre pretender lo imposible, como tratar de adueñarnos de una estrella. Por eso se la dice bajo la eternidad del cielo descubierto.
La serenata duele tanto porque es amor que se ha tenido, ya se esfumó o se ha perdido:
Desde tu separación
la tristeza no me deja
la tristeza no me deja.
Olvidarte yo quisiera
pero el corazón se queja
pero el corazón se queja.
Siempre vivo padeciendo
preso de melancolía
preso de melancolía.
Ella llorando me decía
que nunca me olvidaría
que nunca me olvidaría.
Es la queja que se dice hacia lo alto y al fondo del firmamento.
Y, frecuentemente, al vacío o a la indiferencia.
¿Quién está seguro de que la persona a quien se le canta la haya escuchado? De allí que cuando se vuelve después de haberla consumado, con el corazón estremecido y la mano tendida hacia lo ignoto, nadie habla, nadie esté contento.
Todos van callados, cabizbajos y ensombrecidos.
Y una serenata se la vive incluso sin ser directamente convocados a su vórtice y a sus pétalos caídos.
Porque uno duerme inocente, sin sospechar que va a despertarse al escucharla en las noches hondas, para sentirse con ella flotando y con las alas abiertas o plegadas en una caída sin retorno hacia el abismo que es el destino.
Por eso, todos de alguna forma estamos heridos por ellas y las llevamos en el fondo del alma estremecida:
Amor,
amor que quitas la vida;
ladrón,
ladrón que robas el sueño.
Que no hay amor
más constante
ayayay
que no hay más constante
cuál es él
cual es el amor primero.
La vida
se ha de acabar
la vida se ha de acabar
la vida se ha de acabar
y yo te sigo queriendo...
Instituto del Libro y la Lectura del Perú
Danilo Sánchez Lihón
danilo_sanchezlihon1[arroba]hotmail.com
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