La voz que entona estos versos se la siente enfática y hasta épica;
que proclama una verdad inmarcesible, una causa incuestionable, cual es el mundo
andino, la serranía y en ella la labor del campesino, que es pareja a
la del minero en los socavones, a la del obrero en las fábricas, a la
del educador en las escuelas de los asentamientos humanos, porque a la vez hacen
producir la tierra, cultivan y sostienen al hombre.
Ricardo González Vigil ha escrito:
"Vallejo nació y pasó su infancia y adolescencia… en
la sierra, siendo feliz en el ámbito familiar y en el medio andino, integrado
a las costumbres y fiestas colectivas y en comunión con la naturaleza.
Esas raíces andinas marcaron para siempre su sensibilidad y su óptica,
Y no sólo por las notas de nostalgia… ternura y piedad… sino por la sintonía
con los valores andinos de vida comunitaria, … de trabajo en común, de
fiestas compartidas por todos y de amor a la naturaleza…"
De donde deriva su timbre poderoso, firme y contundente para escribir esta oda
heroica, basada tanto en su experiencia personal, como niño aldeano en
Santiago de Chuco, trabajador de las minas en Quiruvilca, como asalariado en
la hacienda azucarera Roma de Trujillo o educador rural en la provincia de Ambo,
en el departamento de Huánuco. De allí su identificación
con los trabajadores, porque él cree en ellos, como también se
apoya seguro e incólume en sus convicciones políticas, sociales
e ideológicas:
¡Oh campos humanos!
¡Solar y nutricia ausencia de la mar,
y sentimiento oceánico de todo!
¡Oh climas encontrados dentro del oro, listos!
¡Oh campo intelectual de cordillera,
con religión, con campo, con patitos!
Donde el ritmo del poema se lo percibe como una marcha triunfal de grande elevación
y arrebato, porque él ama a su pueblo como se ama a un ideal, a una promesa,
a una filiación a favor de la vida que la tierra y la naturaleza por
sí mismas brindan; porque él se une a un mundo que le merece toda
su adhesión y compromiso.
¡Paquidermos en prosa cuando pasan
y en verso cuando páranse!
¡Roedores que miran con sentimiento judicial en torno!
¡Oh patrióticos asnos de mi vida!
Nombra al asno con sentimiento entrañable, porque quizá represente
para él el mundo del trabajo paciente, humilde y sufrido, de aquel Perú
laborioso del interior del país, que espera el día de su reivindicación,
de labriegos a los cuales abrazó de niño, a sus manos fuertes
y a sus ojos solidarios:
¡Vicuña, descendiente
nacional y graciosa de mi mono!
¡Oh luz que dista apenas un espejo de la sombra,
que es vida con el punto y, con la línea, polvo
y que por eso acato, subiendo por la idea a mi osamenta!
Reflexionamos: ¿Por qué Telúrica y magnética? Inicialmente
el título del poema fue Meditación agrícola. Pero, telúrica
lo entendemos como el espacio en donde se sitúa y desarrolla el poema,
y magnética porqué allí se ejerce una fuerza de imán,
de atracción e irradiación, porque ese espacio es un eje, un centro,
un ombligo; fuente de energía vital y cósmica. Porque somos esencia
horizontal y vórtice vertical.
Poema que César Vallejo escribió en París, donde no consigna
que el centro está allá, en Francia, sino que lo magnético
es el Perú y el mundo andino. No es entonces, por si acaso, la versión
de alguien que no conocía el mundo y por eso no sabía lo que había
más allá de sus cerros, ni tampoco es de alguien bisoño
e inexperto; lo escribió como un testamento ya había visitado
tres veces Rusia, como también Alemania, Polonia, Italia, Suiza y había
ido y venido varias veces de España.
Telúrica y magnética es el poema de nuestra identidad, construido
por alguien que la fraguó aquí, allá y acullá; ser
que es una veta de oro puro pero escondida; identidad que en donde más
se esconde es en el recuerdo, en la nostalgia y la añoranza en donde
se hace estéril, identidad que más que pasado es presente y futuro;
de allí él intuye que a partir de ella se puede construir aquella
utopía, arcaica o no pero es la que nos pertenece:
¡Siega en época del dilatado molle,
del farol que colgaron de la sien
y del que descolgaron de la barreta espléndida!
Con barreta espléndida se refiere a aquella de oro con que Manco Cápac
y Mama Ocllo fundaron, en las faldas del cerro Huanacaure, la ciudad del Cuzco.
Pero ahora es hundir nuestro ser en la tierra para que ella ofrezca sus dones
fecundos; porque somos muchos quienes mantenemos latentes aquellos contenidos
que hicieron posible que dicha sociedad fuera admirable y sorprendente. Es con
ellos, sin exclusiones que nos corresponde forjar el ideal de hacer aquí
y ahora una patria justa, digna y feliz. Andinos somos y en el mundo estamos:
¡Ángeles de corral,
aves por un descuido de la cresta!
¡Cuya o cuy para comerlos fritos
con el bravo rocoto de los temples!
No sólo es Telúrica y magnética el poema más nutrido
de peruanidad, sino de santiaguinismo, al decir soberano y pleno: "el bravo
rocoto de los temples". Y tanto es así que es rarísimo encontrar
a recitador que no lo "corrija" malamente y en vez de "Rocoto de los temples"
cambian la frase para decir: "rocoto de los templos", lo cual resulta un disparate
y cometen un desatino, articulando una frase absurda que prefieren al no entender
el enunciado anterior. Hay hasta ediciones en donde creyendo hacer un bien enmiendan
"temples" por "templos".
Para un santiaguino en cambio nada es más común y llano que este
término puesto que de allí, de lo que denominamos "temple", nos
llegan productos para la comida, además de los rocotos, los camotes,
la racacha, las sidras y muchas frutas como nísperos, naranjas, pitajayas,
granadillas todas ellas de climas cálidos.
No es sólo el mundo andino añorado el de Telúrica y magnética,
no es únicamente la organización social del imperio de los incas
que garantizó una sociedad feliz, sino que revalora y reconstruye el
mundo actual, cotidiano, como el representado por las aves de corral; como el
de la cuya o cuy del día de hoy, además: "para comerlos fritos".
Y continúa:
(¿Cóndores? ¡Me friegan los cóndores!)
¡Leños cristianos en gracia
al tronco feliz y al tallo competente!
Evoca lo rural, idílico y campestre. Es el mundo andino que él
saluda, celebra y encomia, que anhela que resucite, sobresalga y permanezca,
donde distingue:
¡Familia de los líquenes.
especies en formación basáltica que yo
respeto
desde este modestísimo papel!
¡Cuatro operaciones, os sustraigo
para salvar al roble y hundirlo en buena ley!
En carta a Pablo Abril de Vivero César Vallejo le confiesa ya en aquellos
años:
"Debemos unirnos todos los que sufrimos de la actual etapa capitalista,
para echar abajo este estado de cosas. Voy sintiéndome revolucionario
por experiencia vivida, más que por ideas aprendidas».
Telúrica y magnética es un poema granítico y cimero que
sólo se lo puede escribir sintiéndose poderoso pero a la vez devoto
y maravillado de una identidad, pertenencia y cultura, que se la exalta porque
allí se contiene lo mejor sino porque allí reside y de ella se
deriva la solución de todo. ¡Qué poder el de las palabras para
llegar a esta coronación suprema en donde el lenguaje se vuelve pedernal,
chispa y llamarada que fulgura. Y en consecuencia, llamarada y, de modo consecuente,
grito de batalla:
¡Cuestas en infraganti!
¡Auquénidos llorosos, almas mías!
¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,
y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!
Es esta una arenga, pero más una alabanza y una glorificación.
Una apoteosis y un brindis hasta el fondo de la emoción más sentida
y ecuánime. Son imágenes que enrumban, orientan e inflaman, son
metáforas que guían y elevan, son emociones que enaltecen sobre
la base de lo propio y a lo simple: "auquénidos llorosos, almas mías";
escrito con total plenitud, de una sinceridad sin límites, situado en
lo más hondo e inhiesto de los andes y su tierra, compartiendo una verdad
exultante con aquellos a los cuales ama y con quienes se abraza entrañablemente:
¡Estrellas matutinas si os aromo
quemando hojas de coca en este cráneo,
y cenitales, si destapo,
De un solo sombrerazo, mis diez templos!
¡Brazo de siembra, bájate, y a pie!
Donde al lenguaje –"bájate y a pie se lo exprime para que explote, exprese
incluso la impaciencia, donde las rocas y las piedras del camino hablan no porque
les demos voz como en los cuentos sino porque oímos sus pensamientos
y sentimientos, donde se modula con el lenguaje lo que el lenguaje está
incapacitado para expresar.
Y, en otro aspecto, ¿qué distinto al Vallejo triste, apesadumbrado y
compungido por el dolor del mundo, no? Y es porque aquí está otra
vez, de pie, combatiente, con su tierra y con su gente.
Así como Vallejo escribió poemas de angustia y desolación,
de dolor lacerante, como La rueda del hambriento; así como tiene poemas
de queja y hasta de fatalidad, como Los nueve monstruos, es en Telúrica
y magnética que eleva su tono hasta alcanzar a ser diana, con clarines,
quenas y trombones, para cantar la gesta y epifanía de la realización
más alta y plena del hombre en el universo, cual es la construcción
de una sociedad justa, hermosa y henchida, tomando como base, raíz y
centro el mundo andino.
Consecuentemente, este es un poema militante desde el principio hasta el fin;
desde el primero hasta el último verso; pletórico y radiante,
porque ha vuelto a su casa, a su lar nativo y se abraza a sus hermanos de sangre
y de espíritu; en donde se siente entre los suyos, en confianza, en algarabía
con sus amigos y los seres queridos de su familia:
¡Lluvia a base del mediodía,
bajo el techo de tejas donde muerde
la infatigable altura
y la tórtola corta en tres su trino!
Ya está otra vez en Santiago de Chuco, en la tierra del anhelo, del amor
fraternal, del desayunarnos todos, en aquella utopía que: "No será
lo que aún no haya venido, sino lo que ha llegado y ya se ha ido",
dijo. Porque aquí se logró esa calidad de sentirnos y ser efectivamente
hermanos y respecto al cual sólo cabe el afán y la consagración
para restituirlo, eso sí renovado y hecho vigente para la actualidad
y el futuro, que es lo que nos proponemos en el movimiento Capulí, Vallejo
y su Tierra.
Ya vuelto a su hogar, dichoso de estar entre los suyos, escuchando a la tórtola
en el tejado cortando en tres su trino, primero de amanecida en que ha salido
el sol por los horizontes de Santiago de Chuco, siente a las personas que entran
y salen por el portón de la casa familiar:
¡Rotación de tardes modernas
y finas madrugadas arqueológicas!
¡Indio después del hombre y antes de él!
Nombra el ser andino con la palabra común y corriente, natural y coloquial
con la cual se denomina al poblador aborigen en nuestro país: ¡indio!,
con toda la carga de mísera categoría social, de marginalidad,
de equívoco histórico, reivindicando con ello César Vallejo
todo lo que en este vocablo se sintetiza de historia y de misión pendiente
de realizar, para continuar:
¡Lo entiendo todo en dos flautas
y me doy a entender en una quena!
Y concluye el poema, con suficiencia y hasta gesto de orgullo, quizá
hasta con soberbia, diciendo de modo figurado que todo lo demás lo saquen,
que lo tira, que él lo deja, lo suprime y descarta, diciendo de este
modo:
¡Y lo demás, me las pelan!…
Porque el futuro y la raíz es aquello que él proyecta y aquello
que él sintetiza en el poema: el hombre andino en su esencia y trascendencia.
Proyecto histórico y programa político y social que ahora incluye
que todos los ciudadanos peruanos nos integremos, que supone que aquellos que
han emigrado y que se han ido, como él se fue, establezcan lazos sólidos
con los que aquí permanecen. No es necesario el retorno o el regreso
físico, pero sí volver a estar unidos en los afectos y en los
propósitos, en el anhelo de una patria mejor, forjando para ello una
gran nación integrada con los hermanos, padres e hijos que se han ido
y ahora están lejos.
Alfonso Arias Schreiber escribió el jueves 30 de abril de 1998 un "Testimonio
sobre César Vallejo", donde refiere que siendo representante del
Perú en París, encontró en los archivos de la misión
un cablegrama del Ministro Francisco García Calderón, cuyo texto
decía así:
"Refiérome cablegrama de Ud. Nº 25. Vallejo murió hoy
nueve mañana. Gastos autorizados clínica, asistencia y entierro
representan aproximadamente veinticinco mil francos, que ruégole entregar
cablegráficamente. Último deseo de Vallejo fue ser enterrado en
el Perú."
Luis E. Valcárcel estaba dispuesto a atestiguar lo mismo.
Sin embargo, sería vano y superfluo en estos momentos debatir si deben
o no volver los restos de Vallejo al Perú, pero lo que sí es cierto
es que él en vida tuvo intención de volver y ahora sabemos por
Arias Schereiber, que también quiso que sus restos descansaran aquí.
Lo importante es recoger su mensaje de redención humana e histórica,
su utopía de instaurar aquí el reino de justicia, libertad y esperanza,
que avizoró diáfano en Telúrica y magnética.
Cuando ello hagamos será muy natural que acojamos con honra y honor,
cualquier día, los huesos de este héroe civil, de este gladiador
por un nuevo y auténtico humanismo, por la belleza y la bondad en el
mundo; sabiendo que el espíritu de infancia, el vivir en el afecto y
el amor a la tierra y el compromiso de instaurar la gran patria y nacionalidad
andina, son ejes esenciales de su vida y de la propuesta de cómo redimir
la condición del hombre sobre la faz de la tierra.
Instituto del Libro y la Lectura del Perú
Danilo Sánchez Lihón
danilo_sanchezlihon1[arroba]hotmail.com
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