Pero también es Trilce un libro donde César Vallejo afina sus
recuerdos, cribando sus cariños más puros, como lo dice en una
carta a Oscar Imaña, el 12 de febrero de 1921:En mi celda leo de cuando
en cuando; muy de breve en breve cavilo y me muerdo los codos de rabia... Es
cosa fea ésta, Oscar... y si viene a mi alma algún aliento dulce,
es la luz del recuerdo... ¡Oh, el recuerdo en la prisión!Como es recuerdo
de su casa y de su infancia el siguiente:
Las personas mayores
¿a qué hora volverán?
Da las seis el ciego Santiago,
y ya está muy oscuro.
Madre dijo que no demoraría.
Aguedita, Nativa, Miguel,
cuidado con ir por ahí, por donde
acaban de pasar gangueando sus memorias
dobladoras penas,
hacia el silencioso corral, y por donde
las gallinas que se están acostando todavía,
se han espantado tanto.
Mejor estemos aquí no más.
Madre dijo que no demoraría.
Ya no tengamos pena. Vamos viendo
los barcos ¡el mío es más bonito de todos!
con los cuales jugamos todo el santo día,
sin pelearnos, como debe ser:
han quedado en el pozo de agua, listos,
fletados de dulces para mañana.
Aguardemos así, obedientes y sin más
remedio, la vuelta, el desagravio
de los mayores siempre delanteros
dejándonos en casa a los pequeños,
como si también nosotros
no pudiésemos partir.
Aguedita, Nativa, Miguel?
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.
No me vayan a haber dejado solo,
y el único recluso sea yo.
Dos fueron, entonces, los seres encarcelados el 6 de noviembre de 1920 a las
siete de la noche en el panóptico de Trujillo y dos fueron los seres
liberados el 26 de febrero del año 1921, ellos son: César Vallejo
y otro es Trilce, este último el libro que él tenía escrito
en su mayor proporción antes de caer preso, con algunos poemas bajo la
forma de sonetos y que ahora sale transfigurado.
Todo lo que fue aquel libro lo desestructura y rompe en pedazos, sometiéndolos
a una forja nueva y despiadada, confrontando su voz, su respiración,
la circulación de su sangre con lo que es mirar el mundo desde un punto
donde el tiempo se vuelve ábside; el instante se hace período
o era histórica o algo aún más tremendo aún: se
vuelve destierro y eternidad.
Y tanto el hombre César Vallejo como su "clon", el libro, transpondrán
la prueba de fuego de cruzar los infiernos de lo que es una palabra medida y
sopesada en razón de la vida en sosiego, por aquella otra suspendida
en el borde del abismo, donde lo dice él de este modo:
¡Dios sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, colmado de miedo,
temeroso de que todo se vaya a morir a fondo para mi pobre ánima viva!
En Trilce César Vallejo ya no versifica ni compone; le importa la sensación,
la emoción y el vuelo del genio que marcan el ritmo, que imponen el tono
y el gesto en la expresión, dejando caer o surgir la palabra en la química
pura de la poesía, sin andamiajes ni soportes, donde está el abismo
nato, donde las palabras explotan o afloran con libertad absoluta, con un impulso
vital inatajable, con una libertad que asombra y estremece, con un poder que
ciega y que espanta:
En Trilce el lenguaje es fundacional, las palabras emergen como placas tectónicas
de un subsuelo en estado de sismo, de tragedia cósmica, donde se entresacan
no sólo palabras nuevas, inusitadas y asombrosas –como si ellas hubiesen
estado esperando siglos o milenios para ser liberadas– para surgir rotundas
y naturales desde un infinito inaugural, donde se vuelven a designar las cosas
y las situaciones por vez primera, como si se descubriese otra vez la realidad,
o como si la vida –advertida a pedazos– se mostrase entera, como si este mundo
fuera a la vez otro mundo.
Graniza tánto, como para que yo recuerde
y acreciente las perlas
que he recogido del hocico mismo
de cada tempestad.
No se vaya a secar esta lluvia.
A menos que me fuese dado
caer ahora para ella, o que me enterrasen
mojado en el agua
que surtiera de todos los fuegos.
En él la lógica estalla, se tritura. Y qué bueno que el
primer explosivo se ponga en la racionalidad y el orden establecido, donde se
hacen astillas y detonan también las convenciones y las formas, adquiriendo
las palabras un nuevo poder cataclísmico pero, a la vez, dulce y piadoso,
con un nuevo ritmo estructural, con marejadas de antítesis, de rupturas
esquemáticas, de vendaval existencial; de ser, sufrir y morir. Si no
he aquí el poema XIV de Trilce:
Cual mi explicación.
esto me lacera de tempranía.
Esa manera de caminar por los trapecios.
Esos corajosos brutos como postizos.
Esa goma que pega el azogue al adentro.
Esas posaderas sentadas hacia arriba.
Ese no puede ser, sido.
Absurdo.
Demencia.
Pero he venido de Trujillo a Lima.
Pero gano un sueldo de cinco soles.
Pero, también donde hay lugar a la dulzura y a la confidencia:
Mentira. Si lo hacía de engaños,
y nada más. Ya está. De otro modo,
también tú vas a ver
cuánto va a dolerme el haber sido así.
Mentira. Calla.
Ya está bien.
Como otras veces tú me haces esto mismo,
por eso yo también he sido así.
Aquí todo resulta inusitado y dispuesto a tomar otra configuración.
El mundo se ha deshecho para que él le dé a cada palabra un nuevo
y exacto lugar, pues ha ocurrido una hecatombe para que él escoja los
elementos convertidos en palabras y, con soberanía, con sumo poder y
omnipotencia, vaya situándolas de un modo totalmente nuevo, reciente
y original: con una conciencia absoluta de lo inmenso e incorruptible que es
el acto creador, que es situarse al lado de Dios.
Y es que César Vallejo tenía frente a la poesía una supraconciencia
cósmica, como un arte que exige la más ceñida, fiel y ardua
dedicación, donde cada palabra es un mundo dominado, un reino conquistado,
un territorio vencido y puesto a los pies.
Y así como Machu Picchu fue un refugio de piedra de los Incas de Vilcabamba
que defendieron la última luz primigenia del Incario, igual Trilce encarcelado
es el libro que funda de nuevo cada vocablo en su significación.
En él se vuelve a someter a un orden de verdad y autenticidad cada rasgo
y cada giro del lenguaje; en él se inaugura una nueva manera de asumir
la poesía, donde las palabras están suspendidas en una eternidad
como fondo o como marco, y se siente que ellas emergen de la esencia más
honda y total del ser, del alma humana y del mundo.
En Trilce él baja a los infiernos del idioma, deja la composición,
abandona los caminos trillados y otros aunque poco transitados, pero de todos
modos caminos perceptibles, intuibles, presentidos, para sumergirse en los abismos
del idioma, donde todo es sombra y rumor, fragua y combate, donde la tierra
y las rocas arden, donde no se aventura nadie porque son regiones inexpugnables,
prohibida para toda y cualquier ánima viva, donde reza a la entrada de
ese recinto de pavor y de miedo: Caminante o viajero, aquí deja toda
esperanza.
Con Trilce, él mismo lo dice y lo confiesa, sólo poniendo como
testigo a Dios, pudo asomarse y bajar al vacío del lenguaje y de la vida,
porque no hay lenguaje en la verdadera poesía que no cargue vida.
De allí sale felizmente vivo, pero completamente transformado, con una
dosis y carga de silencio muy grande. Antes de Trilce Vallejo era jovial, dicharachero,
pletórico con el idioma. Después de su descenso al infierno carga
sobre sus hombros, o domina sobre su alma, una dosis muy honda de silencio,
tanto es así que desde Trilce, cuya publicación data de 1923,
hasta Poemas humanos, fechados la mayoría de ellos en 1937, hay 14 años
de silencio en que él rumia, medita, cavila; está hechizado y
herido, con las alas tan estupefactas que escribe pero solo en el telón
de fondo del silencio.
Escribe, sí, incansable y sin desmayo, pero sin lapicero, ni lápiz
ni pluma. Tampoco con máquina de escribir sino que escribe en el habla
interior de lo que no dice ni pronuncia.
Con Trilce él prueba, urde el idioma, y a partir de allí, de ese
desnudar, copular y arrojarse a la entraña del idioma, él aparece
con otra faz. Es un extraño. Deja a sus amigos de Trujillo con quienes
todo era fraternidad, tertulias, fiestas y busca un continente que para él
debió serle lo más amargo, cruel e implacable, a medida del infierno
que acababa de conocer con Trilce, reescrito en la cárcel de Trujillo.
A partir de entonces César Vallejo es un poeta que escribe sobre el telón
de fondo de su propia soledad y silencio interior.
Él pagó con un bien el mal que se le hizo. Dio a la poesía
latinoamericana el orgullo de inaugurar la poesía de vanguardia y el
verso libre con un libro que ocho años después se publicó
en Madrid, con prólogo de José Bergamín y colofón
de Gerardo Diego, causando el asombro que incluso el surrealismo estuviera no
solo anunciado sino plasmado en Trilce.
Aquel sábado 26 de febrero de 1921 sus amigos esperaban a César
Vallejo desde las primeras horas de la tarde en la puerta de la cárcel
de Trujillo. A las seis las puertas se abrieron. Al verlo salir se abrazaron
uno a uno con él, emocionados. Después recorrieron en cuatro automóviles,
canturreando y dando vivas, alegres y eufóricos, por las calles de Trujillo,
ciudad tradicional donde irrumpieron años antes aquellos jóvenes
del Grupo Norte, con la fuerza de su talento e irreverencia, causando maledicencias,
celos y despechos.
Horas después se fueron a celebrar en la playa del balneario de Huamán,
donde Vallejo recitó el poema LXI de Trilce: "Esta noche desciendo
del caballo...", el XVIII: "Oh las cuatro paredes de la celda..."
–lo que hizo casi llorando– y, por último, el poema LXV: "Madre,
me voy mañana a Santiago..."
Ni aquel día ni nunca César Vallejo tuvo una palabra de reproche
contra sus acusadores, contra sus detractores ni carceleros; porque incluso
en este aspecto fue grande y a todo hombre se le puede medir tanto por lo que
adopta y acoge como por lo que rehúsa. Y él rehusó la mezquindad,
la mediocridad y la vileza.
Es hermoso saber y comprobar no sólo que el nombre de nuestro poeta figura
entre las cinco o seis voces más universales del siglo XX sino que él
fue un hombre íntegro, bueno y cabal.
Roberto Paoli, prestigioso catedrático de la Universidad de Florencia
–en Italia, que es patria de Virgilio, Horacio, Dante, Petrarca, Leopardi– advertía
que en Vallejo hay más densidad genial que en muchos otros de aquellos
poetas universales que él cita. Divide él a los poetas en sólo
dos grupos, diciendo que "en uno están todos los poetas y en el
otro sólo César Vallejo". Y es que nadie como el poeta de
Santiago de Chuco se situó tan en la esencia, como también en
la cima, de lo que es la grande e inmensa poesía del hombre. cabal.
Roberto Paoli, prestigioso catedrático de la Universidad de Florencia
–en Italia, que es patria de Virgilio, Horacio, Dante, Petrarca, Leopardi– advertía
que en Vallejo hay más densidad genial que en muchos otros de aquellos
poetas universales que él cita. Divide él a los poetas en sólo
dos grupos, diciendo que "en uno están todos los poetas y en el
otro sólo César Vallejo". Y es que nadie como el poeta de
Santiago de Chuco se situó tan en la esencia, como también en
la cima, de lo que es la grande e inmensa poesía del hombre.
Fuente: Instituto del Libro y la Lectura del Perú
Danilo Sánchez Lihón
danilo_sanchezlihon1[arroba]hotmail.com
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