En su notable novela
Ensayo sobre la lucidez, el
escritor José Saramago cuenta una parábola por
demás apasionante, a la vez que provocativa: en una ciudad
democrática sin nombre, durante las elecciones
municipales, los ciudadanos y ciudadanas concurrieron masivamente
a los recintos de sufragio y,
contra todo pronóstico y evidencia, cual si tuviesen un
sincronizado acuerdo, votaron mayoritariamente en blanco. "Una
carga de profundidad -qué duda cabe- lanzada contra el
sistema".
Demás está decir que semejante conducta
provocó estragos no solo en los resultados de tales
comicios, sino en el pulmón mismo del sistema de
representación política. La "peste blanca", la
llamaron los medios de
comunicación a semejante atípica expresión
de la voluntad ciudadana, expresada mediante el voto.
"Conspiración electoral", dijeron.
El 18 de diciembre de 2005, en Bolivia, en unas elecciones generales adelantadas por sobredosis de crisis, inestabilidad y desencanto, los ciudadanos y ciudadanas acudieron masivamente a las urnas y, contra toda expectativa y encuestas, cual si hubiese convenio o conjura, votaron mayoritariamente azul, el color que identifica al Movimiento al Socialismo (MAS) del hoy Presidente constitucional Juan Evo Morales Aima. Los derechos -no faltaba más- son para ejercerlos.
Algo sustancial había cambiado con esa ritualidad democrático-liberal estrenada a principios del ochenta. "Revolución en democracia", le llamaron los protagonistas a tan inesperado como impactante 54 por ciento obtenido en las urnas. "Histórico", añadieron los medios de comunicación para dar cuenta de ese drástico giro en el comportamiento electoral boliviano. "Evo Presidente", dijeron.
Indígena y cocalero!
De antiguo se sabe, o al menos se sospecha, que la voz del pueblo, ese soberano, es la voz de Dios. En materia de comicios la sentencia resulta indiscutible. Aquella candidatura que obtenga más votos, con arreglo a ciertas reglas de elección, accederá al poder político, por un tiempo determinado, en calidad de gobernante o representante. No hay misterio ni maleficio. El procedimiento, como fuente de legitimidad, funciona. Ahí están las 18 democracias de la región para testimoniarlo.
Pero obtener el premio mayor: la presidencia de la República, demanda como mínimo tres requisitos: organización política, programa de gobierno y, claro, liderazgo. Amén de una bien diseñada estrategia para competir en el cada vez más complejo y mediatizado escenario de la campaña y propaganda electoral. Y es que "en las sociedades de la información -lo dice un entendido como Castells- el marketing político se ha instalado en el corazón de la democracia". No es poca cosa.
Ahora bien. ¿De qué depende que la ciudadanía opte por un candidato que, en plaza pública, en foros, en la televisión, invoca el favor del voto para convertirse, nada menos, en el Primer Mandatario de una nación? En otras palabras: ¿cómo se obtiene una victoria electoral? O para decirlo en clave boliviana hoy: ¿por qué la mayoría absoluta de votantes eligió como Presidente a un aymara proveniente de los movimientos sociales, dirigente cocalero con vocación izquierdista y práctica sindical, discurso antiimperialista y liderazgo de la otra globalización?
Más todavía ¿cómo se explica que un sistema político machaconamente dominado por fuerzas neoconservadoras haya permitido que, con previo aviso pero sin concesiones, se les colara en los patios interiores del poder un campesino-indígena radicalmente declarado como anti-sistémico? ¿Qué hubo de suceder, en fin, para que los otrora imbatibles partidos tradicionales, esos arrogantes, quedaran tendidos en el camino por obra de un instrumento político: el MAS, que había decidido pasar "de la protesta a la propuesta"? Habitan, aquí, varias respuestas. Hay múltiples causas: de larga data, unas; de duración corta, otras. Una de ellas, con decisiva importancia, es la comunicación política.
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