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El yo y la enfermedad

Enviado por Enrique Soto

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En gran parte, nuestra comprensión de los procesos fisiológicos ha avanzado impulsada por la apremiante necesidad de entender y "curar" la enfermedad. Es nuestro afán por evitar el dolor, el sufrimiento, una de las razones que llevan a preguntarnos por los mecanismos de funcionamiento del organismo y los procesos mediante los cuales podemos restaurar su función normal o, cuando menos, mitigar el dolor. Fue el estudio de los trastornos mentales lo que constituyó la principal motivación para que, en el siglo pasado, se hicieran importantes avances en el conocimiento sobre el cerebro y la conducta humanas. Actualmente, posibilidades inquietantes como el hecho de que las enfermedades degenerativas tengan un origen infeccioso, o la sola existencia del sida, son una importante fuerza de empuje para el desarrollo de las ciencias biomédicas.

El hombre moderno enfrenta múltiples incógnitas respecto a su destino individual y colectivo: el desarrollo de la investigación médica ha demostrado el peligro potencial de la avalancha de productos químicos que inundan el planeta; aunado todo ello a la constante insistencia de los medios de comunicación con noticias médicas diversas, algunas presentadas de forma racional y otras meras especulaciones, determina que tengamos hoy siempre presente el problema de la salud y que las sociedades más avanzadas se cuestionen sobre el camino para desarrollar una mejor calidad de vida y, sobre todo, ofrecer a sus poblaciones una vejez digna. El estudio del cerebro y, particularmente, de las enfermedades degenerativas y las adaptaciones del hombre a diversas alteraciones cobra así una particular relevancia en el mundo moderno. Como ya lo dijera Woody Allen, la mayoría de nosotros consideramos al cerebro como nuestro segundo órgano favorito y, en cuanto al otro —el favorito— no representa en general una fuente importante de problemas de salud y en la vejez prácticamente ya no cuenta. Este notable interés por los asuntos relacionados con la salud ha determinado la amplia difusión de libros médicos, de historias clínicas, que relatan con detalle los síntomas de tal o cual paciente, y se enredan en largos recuentos acerca de la evolución de algunos padecimientos y el análisis cuidadoso de las adaptaciones y cambios del organismo durante la enfermedad. Destacan las obras de Oliver Sacks,1 (neurólogo londinense residente en Nueva York), basadas en historias clínicas y relatos de las vivencias y avatares de diversos pacientes con padecimientos neurológicos, que se han convertido en importantes referentes de la cultura contemporánea.

En una entrevista reciente Sacks se reconoce como alumno, al menos en lo espiritual, del gran neurólogo ruso Alexander R. Luria, y confiesa su pasión por las narraciones de los grandes naturalistas como Humboldt, Darwin y Wallace.2 De hecho, en sus obras, Oliver Sacks rebasa el relato neurológico y, a partir del contacto con sus pacientes, al indagar en sus conductas, costumbres y formas de encarar la realidad, desarrolla una visión naturalista del hombre y de su enfermedad en interacción con el mundo que lo rodea. Habita en sus pacientes, revive mitos y tradiciones, estilos de vida, maneras de preparar los alimentos, formas de pensar la vida, la muerte y la enfermedad. Con esto contribuye a generar una nueva mirada sobre el hombre, su sociedad, sus costumbres, pero realizada con la precisión y la metodología de las ciencias naturales. Sacks estudia al hombre concibiéndolo en un entorno social y natural —ecológico—, poniendo en relieve sus singularidades, lo irrepetible. Por ello, en su mirar es indispensable el concurso de varias disciplinas y especialidades para generar esta concepción que, partiendo del problema médico del individuo, evita aislarle en reduccionismos y diagnósticos generales, y lo ubica con toda su complejidad en su contexto social, cultural y ecológico. Desde el origen de los tics y las posturas anormales, pasando por el caso abrumador de un pintor que pierde la capacidad de ver el color, o el de un cirujano cuyas manos presentan movimientos involuntarios incontrolables, Sacks aborda también casos más sutiles y desgraciados como el del músico que confunde a su mujer con un sombrero, o el del enfermo que desconoce parte de su cuerpo y pretende arrojarlo de la cama. El hombre con su mundo, simple o complejo, dinámico o inmutable, percibido o imaginado, pero siempre único, y cuyos límites son los de su devenir consciente; ésta es la trama de las obras de Oliver Sacks: un conjunto de relatos acerca del telar maravilloso que es la mente. Existe una pregunta central en estos textos: ¿puede el hombre, a través de la enfermedad, de la alteración del funcionamiento normal de la mente, conocerse a sí mismo? ¿Es la enfermedad neurológica uno de los caminos que permiten al individuo profundizar en el conocimiento de su yo?

El hombre y la manera en que vive sus enfermedades son el elemento que permite atisbar en este mundo interior, escarbar en el significado de nuestra memoria. Los relatos clínicos contribuyen en forma significativa a develar la naturaleza de nuestro ser y la forma como se construye y reconstruye nuestro mundo interior. Valor particular tienen los cambios patológicos que nos hacen desconocernos y, en casos extremos, nos llevan a perder el hilo del relato interno que se teje a lo largo de nuestras vidas y que le da continuidad y sentido a nuestro yo.


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