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Historia de la Cultura Cubana (1838-1878) (Parte 3)

Enviado por Ramón Guerra Díaz



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Historia de la Cultura Cubana (1838-1878) (Parte 3)

De lo criollo a lo cubano, una literatura en busca de su identidad

La literatura criolla en la isla tenía ya un desarrollo proporcionado por el auge iniciado en el período anterior y el afianzamiento de las características de identidad que los creadores nacidos o "aplatanados" en la misma, identifican con el paisaje geográfico y humano, el clima y un ser apegado a la comarca en la que había nacido o crecido y el enfrentamiento de problemáticas políticos y sociales que habían tenido que resolver a su manera aún cuando no estaban del todo dentro de la "ley" y la "ética" real y de la Iglesia. El criollo levantisco y emprendedor encuentra desde finales del siglo XVIII modo de expresar sus sentimientos a través de los escasos periódicos que circulaban precariamente en La Habana y las principales villas o a través de la décima que circula de modo oral y luego escrita o con otras formas de expresión literarias que se van haciendo habituales en la medida que las personas más cultas entran en contacto con los moldes de moda o contemporáneos, imitando primero y poco a poco asimilando las formas al decir conveniente de su espiritualidad.

Con la llegada del romanticismo al país, la intelectualidad criolla lo acoge como estilo idóneo para expresar sus inquietudes de búsquedas de sus raíces nacionales, sirviéndose de él para identificar y describir las costumbres que le son comunes. El costumbrismo se manifiesta como actitud crítica de la intelectualidad criolla, aspirante a reformar el régimen colonial, aunque sin tocar el origen del problema social del país, que es la esclavitud y la situación colonial.

El costumbrismo asoma en la isla desde principios del siglo XIX, pero alcanza madurez en este período, alentado por la necesidad de reflejar el mundo insular del criollo en sus múltiples formas, lo mismo para resaltar los aspectos que lo definen, como para hacer crítica a los rasgos negativos o con los que no se identifica esta élite criolla, interesada en ser ella misma, pero marcando distancia de su pasado humilde y mestizo. El medio ideal es el periódico y luego las revistas literarias que proliferan con su carga de calidad, novedad y brevedad. En cuanto a género el costumbrismo se expresa en la narrativa, la lírica y el teatro.

El artículo de costumbre se caracteriza por su brevedad, con un énfasis mayor en las descripciones y utilizando con frecuencia narraciones y diálogos. Su principal objetivo es recrear costumbre o escribir de un lugar típico, por lo que se limita a describir sin entrar a profundizar causas u orígenes.

Entre los articulistas de costumbres sobresalen, José María de Cárdenas (1812-1883), colaborador habitual de la prensa habanera bajo el seudónimo de Jeremías de Docaransa y cuyos trabajos fueron recopilados en "Colección de artículos satíricos y de costumbres" (1847). En la obra sobresalen los temas campesinos, literarios y urbanos, enfatizando en los aspectos censurables y ridículos de la sociedad de la época, según su apreciación.

José Victoriano Betancourt (1813-1875), rememora el pasado y describe personajes y costumbres de ciertos sectores marginales habaneros como los "negros curros" y los "ñañigos". Sobresalen entre sus numerosas colaboraciones, los artículos: "Los curros del Manglar", "Velar el mondongo" y "La tortilla de San Rafael".

Sobresale por la calidad de sus trabajos Anselmo Suárez y Romero (1818-1878), quien incursionará también en la novelística, y que como articulista de costumbres utilizará un lenguaje más cuidado que sus colegas del género. Su obra aparecen compendiadas en el libro, "Colección de artículos" impreso en 1859.

El español Blas de San Miguel recopila en 1852 una antología de costumbres criollas, "Los cubanos pintados por sí mismo" y donde de modo tendencioso toma aquellas crónicas y artículos que satirizan y ridiculizan al hijo de esta tierra y no por un balance de calidad y temática que matice sus intenciones.

En las décadas de los sesenta y setenta aparecen los artículos de Luis Victoriano Betancourt (1843-1885), que se centró en las críticas al juego, los abusos médicos, de los abogados, de los comerciantes y la educación de la juventud. Lo mejor de su obra fue compendiada en el volumen, "Artículos de costumbres" (1867)

En este período se dan a conocer las colecciones de artículos de costumbres de Juan Francisco Valerio, Francisco de Paula Gelabert, Felipe Poey, Idelfonso Estrada y Zenea, Manuel Costales y Govantes y José Agustín Millán.

El teatro popular mantiene una línea autoral que viene desde principios del siglo XIX y que adquiere notables éxitos con el sainete y otras variantes del teatro cómico, en estos autores el costumbrismo es base de la pegada o no en el público que se identifica con las situaciones de los libretos y los personajes tipos que van surgiendo.

Entre los autores del período son citables, José María de Cárdenas (Jeremías de Docaransa) con la comedia "Un tío sordo" (1848), José Victoriano Betancourt, "Las apariencias engañan" (1847) y Rafael Otero, escritor de teatro cómico, entre ellos muchos sainetes, como "Cuatro a una" (1865).

José Agustín Millán fue también sainetero con abundante obra y aceptable sentido del humor. En sus obras se refleja la época en un acercamiento a las costumbres y modos del ambiente de la isla, principalmente habanero. En 1857 recoge en dos tomos sus piezas teatrales en un acto, aunque su más apreciada pieza es en tres actos, "El camino más corto" (1842), en la que están presente los elementos fundamentales del bufo cubano, aunque el lenguaje de sus personajes aún suena muy peninsular.

Lugar aparte para el gallego Bartolomé José Crespo y Borbón (1811-1871), Creto Gangá, conocido sainetista habanero que incursiona como escritor de costumbres en sus versos, "Las habaneras pintadas por sí misma" (1847), en el que presenta quince tipos femeninos de La Habana, utilizando su conocido lenguaje del negro bozal.[1]

El desarrolló un trabajo costumbrista cargado de intencionalidad, mofándose de los gustos populares y en especial de los negros. Destacables son sus obras, "Un ajiaco" o "La boda de Pancha Jutía y Canuto Raspadura" (1847) y "Debajo del tamarindo" (1864).

Como resultado del teatro sainetero y costumbrista que se venía haciendo en la isla desde principios del siglo XIX surge a finales de la década del sesenta del mismo siglo el teatro bufo. Los autores para este teatro fueron muchos y prolíferos, aunque la calidad literaria no fue la mayor preocupación de los "teatreros". Cabe mencionar a Francisco Fernández autor de la pieza "Los negros catedráticos" (1868), pieza que marca el debut del bufo, que era por demás un teatro más de ver que de leer.

La narrativa no costumbrita también encuentra desarrollo en la prensa de la época. Sobresaliendo Domingo del Monte con su prosa culta y depurada de apego neoclásico en sus ensayos, artículos literarios y sus cartas.

En 1837 se publica en La Habana la novela, "La heredera de Almazán" o "Los caballeros de la banda" de José María Aldueza, español radicado en Cuba, y que está considerada la primera novela escrita en Cuba; ese mismo año Ramón de Palma (1812-1860) publica en la prensa la leyenda "Matanzas y Yumurí", el primer trabajo de prosa narrativa escrita por un criollo; de este autor publica la revista El Álbum en 1838, sus relatos "El cólera en La Habana" y "Una pascua en San Marcos", esta última con una tímida alusión crítica a la esclavitud que inquieta a la sociedad colonial en la isla. Por último José Antonio Echeverría (1815-1885) escribe, "Antonelli" (1839), relato de corte histórico que puede clasificarse como cuento largo o noveleta.

Cirilo Villaverde (1812-1894) se inicia en la literatura con largos relatos publicados en las revistas de su tiempo. Entre 1837 y 1845 da a conocer, "La peña blanca", "Engañar en la verdad", "Una cruz negra", "La joven de la flecha de oro" y "Cecilia Valdés" (1839), que años después rescribiría para convertirla en su más famosa obra.

En 1839 aparecen las dos primeras novelas escritas por criollos, "Francisco" de Anselmo Suárez y Romero (1818-1878) y "El Guajiro" de Cirilo Villaverde. El primero da a conocer su novela en la tertulia de Domingo del Monte pero su publicación tardó varios años por el sutil contenido crítico contra la esclavitud.

Otros narradores extranjeros asentados en el país o de paso por el mismo escribieron narrativa de viaje, impresiones del país o realidad ficcionada, mención para el español Antonio Frauchi Alfaro quien publicó en España, 1846, la novela "El foro de La Habana y sus misterios" o "Un oficial de causas", obra en la que refleja la corrupción de las autoridades coloniales en Cuba y el acercamiento objetivo al problema de la esclavitud. Novela de pocos merecimientos literarios, llama la atención por el tratamiento de temas vedados a los autores de la isla.

Otro ejemplo es la novela, "El sol de Jesús del Monte", publicada en París (1852) del canario Andrés Avelino de Orihuela, quien vivió mucho tiempo en Cuba. Mezcla de realidad y ficción, basa su argumento en el período de la Conspiración de la Escalera.

José Ramón Betancourt publica en 1856 la novela de costumbres, "Una feria de la Caridad en 183...", que se convirtió en un acontecimiento editorial en la Cuba colonial al publicarse varias veces, siempre ampliada por su autor, hasta la versión definitiva en 1885. La obra traza un cuadro del período 1835-1845 con énfasis en dos de los flagelos endémicos de la misma, el juego y el bandolerismo.

Ramón Peña (1819-1861) trabaja en su narrativa la contemporaneidad que vive sin obviar las críticas sociales. En España publica sus novelas de temas cubanos, "Gerónimo el honrado" (1857) e "Historia de un bribón dichoso" (1860)

En 1866 Esteban Pichardo da a conocer su novela, "El fatalismo", de limitados valores formales, pero interesante modo de combinar ficción y realidad, así como cierto acercamiento a la crítica social.

Otros escritores notables de la narrativa de la época fueron, Manuel Costale (1815-1866), autor de la noveleta, "Florentina" (1856) y Pedro José Morrillas (1803-1881) creador del "Rancheador" (1839), relato de gran fuerza realista donde el afán de venganza de los campesino desencadena el drama entre cimarrones y perseguidores.

Domingo del Monte (1804-1853), se da a conocer con el poemario "Romances Cubanos" (1829) de inspiración neoclásica deliberadamente dirigido a buscar una poesía propia que fuera expresión del espíritu criollo. Su gran cultura y su sólida posición económica lo llevan a impulsar sus planes a través de la revista, "La Moda" (1829-1830) y sus colaboraciones en otros medios en los que además de poesía publicó crítica literaria.

Miembro de la Sociedad Patriótica, comparte el empeñó de mejoramiento cultural para la isla, iniciando en 1834 sus célebre tertulias en las que se gestó buena parte de la cultura literaria del momento, por la calidad de los intelectuales que a ella acudían y por la autoridad cultural del anfitrión.

En esas tertulias se desarrolló la "poesía criollista", con sus vaivenes entre el neoclasicismo y el romanticismo, contrapeso reformista de la burguesía criolla a los intentos independentistas que le precedieron. Del Monte no fue ajeno a esto y en los momentos en que se agudizan las contradicciones entre criollos y peninsulares, embridó el verso de los mejores vates, disolviéndose sus inquietudes sobre los destinos de Cuba en el pesimismo.

La narrativa encontró también espacio en las tertulias delmontinas haciéndose eco de muchos de los problemas que aquejaban al país, entre ellos la esclavitud para la que nunca encontraron una respuesta.

Asiduos a estas reuniones fueron los poetas Gabriel de la Concepción Valdés (Placido), mulato; José Jacinto Milanés, Juan Francisco Manzano, negro liberto e Ignacio Valdés Machuca: prosistas como Anselmo Suárez y Romero, Ramón de Palma, Cirilo Villaverde, José Antonio Echeverría, José Mª de Cárdenas y Luis Victoriano Betancourt; publicistas Francisco de Frías, Ramón Zambrana, José Silverio Ruiz y Gaspar Betancourt Cisneros; científico, Felipe Poey y otras personalidades de la intelectualidad criolla que hicieron de esta tertulia la expresión más alta de la cultura habanera.

Las tertulias delmontinas se desarrollaron hasta 1843, no sin la ojeriza velada de las autoridades coloniales españolas. Allí se discutieron las dudas reformistas de la intelectualidad de la época, opuesta al régimen de las "facultades omnímodas", cuyo más fiel representante fue el Capitán General Miguel Tacón y Rosique, pero temerosos de una sublevación de esclavos que barriera sus privilegios.

Las tertulias del Domingo del Monte fueron el refugio de una intelectual inconforme con la sociedad colonial de la isla., conscientes de que el sistema esclavista era a la vez fuente de riquezas y de estancamiento para una sociedad criolla ya esbozada y que para nada contaba con la gran masa africana a la hora de hablar de formación cultural.

Brillaron en estas reuniones dos poetas criollos continuadores de la corriente romántica iniciada en Cuba por José María Heredia, uno de ellos fue Gabriel de la Concepción Valdés (1809-1844), quien firmaba bajo el seudónimo de Plácido, mestizo de fácil versificación, poesía dispar pero que alcanza en algunos momentos de su lírica relevancia estética. Fue muy conocido en su época fundamentalmente en Matanzas, donde era asiduo a veladas y tertulias y habitual colaborador de la prensa literaria. En 1838 publica su tomo de "Poesía" obra que lo reafirma como uno de los buenos poetas criollos del momento, luego publica otros dos folletos, "El Veguero" (1841) y "El hijo de la maldición" (1843). En los momentos en que gozaba de más reconocimiento social fue detenido, juzgado y fusilado por su controvertida participación en la "Conspiración de la Escalera", en un proceso en el que poco o nada se le probó, pero su origen humilde y mestizo, lo hizo la víctima necesaria para el escarmiento de su raza.

El otro vate romántico de este período, lo fue el criollo José Jacinto Milanés (1814-1863), al que le señalan la fuerte influencia de Domingo Delmonte en la creación de su obra lírica, de un romanticismo melancólico que se destaca en sus elegías y en su mirada a la tierra natal, víctima de sus convenciones y su tiempo, la locura desequilibra su talento, aunque deja tiempo para la entrega de una obra dramática muy destacable y fundacional.

La poesía de esta época no se libró del acercamiento al costumbrismo enfatizado, en el caso de los poetas criollistas, en los campesinos y su idealizada forma de vivir en la naturaleza cubana. En tanto los siboneyistas llegan al extremo de inventarse un pasado aborigen, casi de ficción, al tratar de describir e historiar la vida de los habitantes originarios del archipiélago cubano.

Ambas vertientes líricas tienen al criollo y la naturaleza de la isla como tema principal y son a la larga parte de la corriente romántica constumbrista de moda por estos años, pero no solo esto sino que se imbrican en el proceso de reafirmación nacional que marcará toda la primera mitad de siglo XIX como antecedente del surgimiento de la nacionalidad cubana.

En los primeros años de la década del cuarenta del siglo XIX se inicia un crecimiento de revistas literarias y culturales que continuaban la tradición de los primeros periódicos al publicar las colaboraciones de los intelectuales de la isla sobre diversos temas, incluyendo los artísticos y literarios. La Habana y las principales ciudades vieron aparecer revistas de muy buena factura y que eran el vehículo para una lírica criolla, con una media de regular calidad, en la que aparecen poetas y poesía que irán conformando una literatura.

Después de 1844 estaban censurados o silenciados los principales poetas románticos de la isla, José María Heredia, Francisco Manzano, Gabriel de la Concepción Valdés y José Jacinto Milanés; sobrevino un período de poesía intrascendente, cercana a los modelos foráneos, de rimas forzadas, poca inspiración y tendencia a la superficialidad y la sensiblería, en el que predominaban la sonoridad y grandilocuencia sobre el sentido. Pese a esto seguían presente en ellos los temas referidos a la tierra natal y la exaltación de la naturaleza cubana.

Sobresalen en esta continuidad del movimiento romántico criollo, Ramón de Palma, Francisco Orgaz, Francisco Javier Blanchié, José Gonzalo Roldán Felipe López de Breñas y Narciso Foxa.

Paralelo a esta poesía romántica de folletín, continúa el desarrollo de una poesía criollista de tendencia nativista. En ella el campesino de la isla se presenta idealizado, cantando décimas, jugando gallos, entretenido en bailes domingueros y desenvolviéndose en un romance bucólico casi perfecto. Se ignora que existe la esclavitud, como principal flagelo de la sociedad cubana y otros problemas que interrumpían esa perfección de este campo lleno de campesinos blancos, Es la visión reformista de la sociedad criolla representado por los cultos poetas de esta tendencia, Domingo del Monte, Ramón Velez y Joaquín Lorenzo Luaces, este último la principal figura de la lírica nativista.

Paralelo a este grupo de cultos poetas, despuntan en los campos y pueblos del interior un nativismo popular, influido por el primero, pero que alcanzan los mejores momentos de este movimiento al acercarse al tema con mayor naturalidad. Juan Cristobal Nápoles Fajardo (1829-1862), El Cucalambé, es la principal figura de esta poética, que tiene en la décima su principal vehículo de expresión.

El Cucalambé es el cantor de la flora y los campos de Cuba, en sus décimas está la patria hecha naturaleza y por eso nadie fue más popular. El hombre de campo encontró con él su lenguaje, sus sentimientos, cantados con naturalidad y fluidez. En 1857 publica su poemario "Rumores del Hórmigo", su único cuaderno de versos y al desaparecer en 1862 se hizo una leyenda de cubanía persistente.

Como continuación del movimiento de la lírica criollista se configura en la década del cincuenta la poesía siboneyista, que tuvo en José Fornaris (1827-1890) su principal vate, su poesía fue expresión de calidad y buen gusto, sobresaliendo por su sencillez, espontaneidad y facilidad rítmica.

A partir de la aparición de su libro "Cantos del Siboney" (1855) se sistematiza la aparición de poemas que tengan como tema al hombre originario de estas islas. El tema no era nuevo, otros habían cantado a los aborígenes de Cuba, pero no tenían la intención política del grupo siboneyista, que esconde tras la idílica búsqueda del origen un sutil desacuerdo con el régimen colonial. El grupo publicó la revista, La Piragua (1856-1857) y entre sus miembros se contaban Velez Herrera, Joaquín Lorenzo Luaces y El Cucalambé.

Frente al folletín lírico de corte romántico se produce una reacción de buen gusto que toma fuerza en la segunda mitad de los cuarenta del decimonónico y se afianza en la década siguiente. Encabeza esta reacción, Rafael María Mendive (1821-1886), desde las páginas de la revista La Habana (1853-1857) que fundara y codirigiera con José de Jesús Quintiliano García.

Su obra se caracteriza por su sencillez, emotividad y claridad en las ideas, formas de hacer que habían quedado truncas desde hacía una década. Más no fue solo la publicación de su obra el aporte de Mendive, sino la selección de sus colaboradores de la revista, la calidad tipográfica de la misma y sobre todo las tertulias literarias que preparó, continuadoras de las que dirigió Domingo del Monte, aunque sin la influencia de ellas.

Joaquín Lorenzo Luaces también formó parte de este movimiento renovador aunque sus preocupaciones no fueron estéticas, sino políticas, como lo demuestra su inclusión en el grupo siboneyista. Escribió romances cubanos y el extenso poema "Cuba" de tono mitológico. En 1857 editó un cuaderno con sus poemas.

Otro de los importantes restauradores de la lírica criolla fue Juan Clemente Zenea (1832-1871), quien evoluciona del romanticismo folletinesco a una poesía de calidad, caracterizada por su cubanía, el desarraigo, nostalgia por el pasado, vaguedad, melancolía y ensoñación propia de los románticos, pero con un compromiso político que lo lleva a la muerte por fusilamiento en 1871.

Zenea publica desde muy joven en la prensa de la isla y hacia los años sesenta llega a desarrollar una labor promocional y crítica desde las páginas de la Revista Habanera, codirigida por Enrique Piñeiro y clausurada luego de dos años de circulación por sus intenciones filo independentista.

En su lírica cuenta con poemas de diversas temáticas, entre ellas la patriótica, pero su mayor calidad está en las elegías, cuyo mejor ejemplo es el romance "Fidelia", incluido en su poemario "Cantos de la tarde" (1860).Incursiona en la crítica literaria y artículos de costumbres. Ejemplo de ello son sus ensayos, "Sobre la literatura en los Estados Unidos" y "Lejos de la patria, memoria de un joven poeta" (1859), con carácter autobiográfico.

Completando esta segunda hornada de poetas románticos de la isla, está Luisa Pérez de Zambrana (1825-1922), de origen campesino, influida por el criollismo popular llega a ser la expresión más sincera del decir poético de esta época, cantándole a la vida rural, el paisaje y las costumbres, con un lenguaje sencillo en los que pueden reconocerse los giros idomáticos del criollo.

Su contacto con el campo, la naturaleza y la vida rústica dan a su poesía la mayor sinceridad. Desde los catorce años da a conocer sus primeros poemas y en 1856 aparece su primer tomo de poemas, seguido por un segundo en 1860, prologado por Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Tras este grupo de destacados poetas e influidos por ellos, aparecen numerosos autores que incluyen a poetisas como, Julia Pérez Monte de Oca, Úrsula Céspedes de Escamaverino, Mercedes Valdés Mendoza y el poeta Federico García Copley.

La renovación poética de esta segunda generación de románticos criollos alcanza su madurez hacia 1860 con la aparición de los poemarios de Zenea y la Zambrana y el regreso triunfal de la Avellaneda ya reconocida por entonces como una de las más importantes intelectuales en lengua hispana, consagrada por su teatro y su poesía.

Durante los tres años de su permanencia en Cuba, entre 1860 y 1863 la Avellaneda funda la revista Álbum de lo Bueno y de lo Bello, en donde se pronuncia contra el mal gusto y en la que publica sus novelas "Dolores (1861) y "El artista barquero" (1861) a más de su asiduas colaboraciones para el Diario de la Marina, el más importante de los periódicos habaneros.

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), nacida en Puerto Príncipe[2]escribe desde muy joven, tanto en prosa como en versos, su formación intelectual es criolla al educarse en el seno de su familia camagüeyana.

Pese a la distancia y el tiempo de residencia en España reclamará su condición de criolla, manteniendo en su nostalgia los recuerdos de su tierra tanto en poesía como en prosa, pero sobre todo en sus cartas en el que está latente la añoranza por la tierra que le vio nacer.

Su prosa es lo más significativo dentro de este período de la cultura criolla, era narrativa de corte realista con temas propios de los románticos, como sus novelas de temas históricos, la más famosa Sab (1841), considerada la primera novela abolicionista, "Dos Mujeres" (1842-1843), Espatolino (1844) y Guatimozín (1846), está última tenida por la crítica como la mejor novela romántica escrita en España; también escribe cuentos a partir de temas oídos en su tierra y que ella hace leyendas, "El aura blanca", "La baronesa de Joux", El cacique de Turmequé" y "La velada del helecho" o "Donativo del diablo".

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El teatro de la Avellaneda la reafirma como la figura femenina de más relieve en lengua hispana durante el siglo XIX. Durante veinte años mantiene sus obras en los teatros españoles, llegó a escribir veinte obras en los géneros de tragedia, drama y comedia, aunque serían las tragedias las que le dieron fama.

En 1840 escribió su primera pieza para el teatro, el drama "Leoncia" y en 1844 su primera tragedia, "Munio Alfonso", insertada en la corriente de teatro medievalista. Otras obras suyas fueron las tragedias, "El Príncipe de Viana" (1844), "Egilona" (1845), "Saúl" (1846), "Recaredo" (1851) y "Baltazar" (1858). Esta última es considerada su mejor obra, basada en un tema bíblico y mantenida en cartelera cincuenta noches de representaciones en Madrid.

Sus comedias aunque no alcanzan la calidad de las tragedias, se ajustaron a las exigencias de su época, al punto de gozar de mucho éxito, especialmente "La hija de las flores" (1852) y "El millonario y la maleta" (1870).

En el teatro de la Avellaneda sobresale su preocupación ética en temas como la fidelidad, el amor, el cumplimiento del deber y la actitud de sus personajes ante situaciones extremas.

"Nadie ante que ella estuvo mejor dotado, nadie tuvo su talento dramático, su fuerza poética, su sentido escénico; nadie confió tanto en el teatro como forma de expresión propia, pero la influencia española le impidió ir más allá de un mundo débilmente romántico y tímidamente realista"[3]

Entre 1837 y 1840 se consolida el movimiento teatral en La Habana que con la construcción del Teatro Tacón pasa a ser la primera plaza teatral de América Latina. A partir de entonces se escribieron y representaron obras de teatro con mayor regularidad, dando el caso singular de que los autores imprimían y distribuían la obra antes de representarla a fin de garantizar el éxito en la taquilla.[4]

En 1837 Ramón de Palma escribe "La Prueba" o "La vuelta del Cruzado" iniciadora del teatro romántico en la isla. Al siguiente año se escriben y representan un buen número de piezas teatrales, "Don Pedro de Castilla" de Francisco Javier Foxá; el drama "Guillermo" de José María Alqueza; "La sacerdotisa del Sol" de Juan Miguel Losada; la comedia "Yo no me caso" de Francisco Gabito y el drama "Enrique Conde de San Gerardo" o "Clotilde de Bolti" de Domingo Montalvo.

De modo simbólico o velado muchos creadores criollos llevaron a la escena las contradicciones que en esta época ya eran evidentes entre peninsulares y gente del país, por ello sus obras tenían siempre el agudo sentido de reivindicar sus derechos y marcar el sentido de diferencia a través de pasajes históricos o de ficción extrapolados a otras épocas y otros contextos.

El teatro romántico criollo, como casi toda la literatura hecha en la isla, nace restringido pero no deja de marcar a su manera inteligente y velada las contradicciones con la metrópoli. Tal vez el más señalado sea José Jacinto Milanés cuyo teatro siempre levantó suspicacia en los censores. En 1838 da a conocer su primera pieza, "El Conde Alarcos", todo un suceso para los habaneros, porque el drama ético que vive el Conde entre el amor y la obediencia marca el pensamiento político criollo del momento.

Con iguales intenciones fueron sus obras, "A buen hambre no hay pan duro" (1840), "Por el puente y por el río" (1840), "El poeta en la Corte" (1840), censurada durante seis años por su abierta censura a los aduladores del poder, y el conjunto de entremeses, "El Mirón Cubano" (1840-1842), en el que se maneja el costumbrismo en el teatro de un modo más elaborado e intelectual.

Joaquín Lorenzo Luaces como dramaturgo acude también a personajes históricos para reflejar problemáticas contemporáneas, escribe piezas variadas y de calidad que incluyen, tragedias, dramas y comedias, muy pocas de ellas representadas. En sus comedias reflejan problemáticas del país en las que están presente los rasgos que distinguen lo nacional, entre ellas, "El becerro de oro" (1859) y "La escuela de Parientes". Escribió también, tragedias de carácter histórico, "Arturo de Osberg" (1867) y "Aristodemo" (1867)

José Fornaris incursiona en la temática campesina en su teatro, en dramas como "La hija del pueblo" (1865) y "Amor y sacrificio" (1866); el Cucalambé escribió también un drama con temática rural, "Consecuencia de una falta" (1858)

El período comprendido entre 1838 y 1878 se caracteriza por las inquietudes políticas cada vez más desafiantes de los criollos, en la medida en que se afianza la nacionalidad en la isla y se agudizan las contradicciones con la metrópolis. Esto provoca el surgimiento de una corriente de pensamiento anexionista, producto del temor de los ricos criollos de perder la esclavitud como base de su enriquecimiento; el resurgir de un reformismos apaciguador y la propagación de la independencia como única salida a la situación político-social del país.

La propagación de estas ideas políticas fue seguida por fuerte censura, represión y expulsión o abandono voluntario del país de cientos de criollos que se asentaron y defendieron desde otras tierras las mismas. Por eso desde el exilio muchos de ellos publicaban y hacían llegar a Cuba sus libros, folletos, revistas y periódicos promoviendo una literatura política que en principio fue hecha solo desde el extranjero y luego desde territorio de la Cuba insurrecta.

Una de las más tempranas manifestaciones de este fenómeno fue la publicación en New York del poemario, "El laúd del desterrado" (1858) que recoge poesías patrióticas de cubanos que tuvieron en el exilio: José María Heredia, Juan Clemente Zenea, José Agustín Caballero, Pedro Santacilia, Miguel Teurbe Tolón, Pedro Ángel Castellón, Leopoldo Turla y otros.

El grueso de la literatura política se hacía en la prensa de la emigración que circulaba clandestina en Cuba, aunque también se publicó durante el breve período de libertad de prensa de 1869.

Durante el período insurrecional se dan a conocer en el extranjero un grupo de obras de teatro conocidas como "teatro mambí". En México Alfredo Torroella estrena su pieza teatral, "El Mulato" (1869) y aparecen las "Alegoría Cubanas" (1869) de Juan Ignacio Armas Céspedes y "Dos cuadros de la insurrección cubana" (1869) de Francisco Víctor Valdés; Luis García Pérez da a conocer en 1874, "El grito de Yara" y Diego Vicente Aguilera su poema dramático, "La muerte de Plácico". Es un teatro de barricada, de encendido patriotismo y pocos valores estéticos.

En la manigua sobresale la oratoria de Ignacio Agramonte, Rafael Morales (Moralitos), Luis Victoriano Betancourt, Salvador Cisneros Betancourt, Miguel Gerónimo Gutiérrez y Eduardo Machado Gómez. Entre los emigrados se destacan como oradores, José Miguel Mestre, José Morales Lemus, Enrique Piñeyro y Manuel de Quesada, entre otros.

De la producción lírica en los campos insurrectos se conoce la recopilación hecha por José Martí en 1893, "Los poetas de la guerra", en la que se reúnen poemas de disímiles autores, diversidad de estilo y calidad, entre los más reconocidos están José Joaquín Palma, Antonio Hurtado del Valle, Miguel Gerónimo Gutiérrez y Ramón Roa.

En España el joven José Martí publica dos de sus primeras obras políticas: "El presidio político en Cuba" (1871) y "La República Española ante la Revolución Cubana" (1873). La primera obra testimonial y desgarradora que denuncia la situación de las cárceles coloniales en Cuba y la segunda obra de madurez política que emplaza a los liberales españoles a darle la independencia a Cuba. Ambas son exponentes de los valores éticos de la prosa martiana y dejan entrever los rasgos que caracterizarán la prosa martiana en su madurez.

También en España, Fermín Valdés Domínguez escribe su testimonio sobre los hechos del fusilamiento de los estudiantes de medicina en 1871, en un libro que tituló "27 de noviembre" (1873) y Francisco Javier Balmaseda escribe su testimonio de deportado a las posesiones españolas en África tropical en el libro, "Los confinados a Fernando Poo, impresiones de un viaje a Guinea" (1869)

 

 

Autor:

Ramón Guerra Díaz

 

[1] Lenguaje de negro bozal. Forma deformada que tenían los negros venidos de África de hablar el español, aprendido en el duro contacto diario de la esclavitud y mezclado con vocablos de sus dialectos.

[2] Actualmente recibe el nombre de Camaguey, capital de la provincia homónima de Cuba.

[3] Instituto de Literatura y Lingüística: Diccionario de la Literatura Cubana: 100, 1984

[4] Rine Leal: La Selva Oscura. Tomo I


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