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Historia de la Cultura Cubana (1838-1878) (Parte 3)




Enviado por Ramón Guerra Díaz




    Historia de la Cultura Cubana (1838-1878) (Parte 3) –
    Monografias.com

    Historia de la Cultura Cubana (1838-1878)
    (Parte 3)

    De lo criollo a lo cubano, una literatura en
    busca de su identidad

    La literatura criolla en la isla tenía ya un
    desarrollo proporcionado por el auge iniciado en el
    período anterior y el afianzamiento de las
    características de identidad que los creadores nacidos o
    "aplatanados" en la misma, identifican con el paisaje
    geográfico y humano, el clima y un ser apegado a la
    comarca en la que había nacido o crecido y el
    enfrentamiento de problemáticas políticos y
    sociales que habían tenido que resolver a su manera
    aún cuando no estaban del todo dentro de la "ley" y la
    "ética" real y de la Iglesia. El criollo levantisco y
    emprendedor encuentra desde finales del siglo XVIII modo de
    expresar sus sentimientos a través de los escasos
    periódicos que circulaban precariamente en La Habana y las
    principales villas o a través de la décima que
    circula de modo oral y luego escrita o con otras formas de
    expresión literarias que se van haciendo habituales en la
    medida que las personas más cultas entran en contacto con
    los moldes de moda o contemporáneos, imitando primero y
    poco a poco asimilando las formas al decir conveniente de su
    espiritualidad.

    Con la llegada del romanticismo al país, la
    intelectualidad criolla lo acoge como estilo idóneo para
    expresar sus inquietudes de búsquedas de sus raíces
    nacionales, sirviéndose de él para identificar y
    describir las costumbres que le son comunes. El costumbrismo se
    manifiesta como actitud crítica de la intelectualidad
    criolla, aspirante a reformar el régimen colonial, aunque
    sin tocar el origen del problema social del país, que es
    la esclavitud y la situación colonial.

    El costumbrismo asoma en la isla desde principios del
    siglo XIX, pero alcanza madurez en este período, alentado
    por la necesidad de reflejar el mundo insular del criollo en sus
    múltiples formas, lo mismo para resaltar los aspectos que
    lo definen, como para hacer crítica a los rasgos negativos
    o con los que no se identifica esta élite criolla,
    interesada en ser ella misma, pero marcando distancia de su
    pasado humilde y mestizo. El medio ideal es el periódico y
    luego las revistas literarias que proliferan con su carga de
    calidad, novedad y brevedad. En cuanto a género el
    costumbrismo se expresa en la narrativa, la lírica y el
    teatro.

    El artículo de costumbre se caracteriza por su
    brevedad, con un énfasis mayor en las descripciones y
    utilizando con frecuencia narraciones y diálogos. Su
    principal objetivo es recrear costumbre o escribir de un lugar
    típico, por lo que se limita a describir sin entrar a
    profundizar causas u orígenes.

    Entre los articulistas de costumbres sobresalen,
    José María de Cárdenas (1812-1883),
    colaborador habitual de la prensa habanera bajo el
    seudónimo de Jeremías de Docaransa y cuyos trabajos
    fueron recopilados en "Colección de artículos
    satíricos y de costumbres"
    (1847). En la obra
    sobresalen los temas campesinos, literarios y urbanos,
    enfatizando en los aspectos censurables y ridículos de la
    sociedad de la época, según su
    apreciación.

    José Victoriano Betancourt (1813-1875), rememora
    el pasado y describe personajes y costumbres de ciertos sectores
    marginales habaneros como los "negros curros" y los
    "ñañigos". Sobresalen entre sus numerosas
    colaboraciones, los artículos: "Los curros del Manglar",
    "Velar el mondongo" y "La tortilla de San Rafael".

    Sobresale por la calidad de sus trabajos Anselmo
    Suárez y Romero (1818-1878), quien incursionará
    también en la novelística, y que como articulista
    de costumbres utilizará un lenguaje más cuidado que
    sus colegas del género. Su obra aparecen compendiadas en
    el libro, "Colección de artículos" impreso
    en 1859.

    El español Blas de San Miguel recopila en 1852
    una antología de costumbres criollas, "Los cubanos
    pintados por sí mismo"
    y donde de modo tendencioso
    toma aquellas crónicas y artículos que satirizan y
    ridiculizan al hijo de esta tierra y no por un balance de calidad
    y temática que matice sus intenciones.

    En las décadas de los sesenta y setenta aparecen
    los artículos de Luis Victoriano Betancourt (1843-1885),
    que se centró en las críticas al juego, los abusos
    médicos, de los abogados, de los comerciantes y la
    educación de la juventud. Lo mejor de su obra fue
    compendiada en el volumen, "Artículos de
    costumbres"
    (1867)

    En este período se dan a conocer las colecciones
    de artículos de costumbres de Juan Francisco Valerio,
    Francisco de Paula Gelabert, Felipe Poey, Idelfonso Estrada y
    Zenea, Manuel Costales y Govantes y José Agustín
    Millán.

    El teatro popular mantiene una línea autoral que
    viene desde principios del siglo XIX y que adquiere notables
    éxitos con el sainete y otras variantes del teatro
    cómico, en estos autores el costumbrismo es base de la
    pegada o no en el público que se identifica con las
    situaciones de los libretos y los personajes tipos que van
    surgiendo.

    Entre los autores del período son citables,
    José María de Cárdenas (Jeremías de
    Docaransa) con la comedia "Un tío sordo" (1848),
    José Victoriano Betancourt, "Las apariencias
    engañan"
    (1847) y Rafael Otero, escritor de teatro
    cómico, entre ellos muchos sainetes, como "Cuatro a
    una"
    (1865).

    José Agustín Millán fue
    también sainetero con abundante obra y aceptable sentido
    del humor. En sus obras se refleja la época en un
    acercamiento a las costumbres y modos del ambiente de la isla,
    principalmente habanero. En 1857 recoge en dos tomos sus piezas
    teatrales en un acto, aunque su más apreciada pieza es en
    tres actos, "El camino más corto" (1842), en la
    que están presente los elementos fundamentales del bufo
    cubano, aunque el lenguaje de sus personajes aún suena muy
    peninsular.

    Lugar aparte para el gallego Bartolomé
    José Crespo y Borbón (1811-1871), Creto
    Gangá, conocido sainetista habanero que incursiona como
    escritor de costumbres en sus versos, "Las habaneras pintadas
    por sí misma"
    (1847), en el que presenta quince tipos
    femeninos de La Habana, utilizando su conocido lenguaje del negro
    bozal.[1]

    El desarrolló un trabajo costumbrista cargado de
    intencionalidad, mofándose de los gustos populares y en
    especial de los negros. Destacables son sus obras, "Un
    ajiaco" o "La boda de Pancha Jutía y Canuto
    Raspadura"
    (1847) y "Debajo del tamarindo"
    (1864).

    Como resultado del teatro sainetero y costumbrista que
    se venía haciendo en la isla desde principios del siglo
    XIX surge a finales de la década del sesenta del mismo
    siglo el teatro bufo. Los autores para este teatro fueron muchos
    y prolíferos, aunque la calidad literaria no fue la mayor
    preocupación de los "teatreros". Cabe mencionar a
    Francisco Fernández autor de la pieza "Los negros
    catedráticos" (1868), pieza que marca el debut del bufo,
    que era por demás un teatro más de ver que de
    leer.

    La narrativa no costumbrita también encuentra
    desarrollo en la prensa de la época. Sobresaliendo Domingo
    del Monte con su prosa culta y depurada de apego
    neoclásico en sus ensayos, artículos literarios y
    sus cartas.

    En 1837 se publica en La Habana la novela, "La
    heredera de Almazán
    " o "Los caballeros de la
    banda"
    de José María Aldueza, español
    radicado en Cuba, y que está considerada la primera novela
    escrita en Cuba; ese mismo año Ramón de Palma
    (1812-1860) publica en la prensa la leyenda "Matanzas y
    Yumurí
    ", el primer trabajo de prosa narrativa escrita
    por un criollo; de este autor publica la revista El
    Álbum
    en 1838, sus relatos "El cólera en
    La Habana"
    y "Una pascua en San Marcos", esta última
    con una tímida alusión crítica a la
    esclavitud que inquieta a la sociedad colonial en la isla. Por
    último José Antonio Echeverría (1815-1885)
    escribe, "Antonelli" (1839), relato de corte histórico que
    puede clasificarse como cuento largo o noveleta.

    Cirilo Villaverde (1812-1894) se inicia en la literatura
    con largos relatos publicados en las revistas de su tiempo. Entre
    1837 y 1845 da a conocer, "La peña blanca",
    "Engañar en la verdad", "Una cruz negra", "La joven de la
    flecha de oro" y "Cecilia Valdés" (1839), que años
    después rescribiría para convertirla en su
    más famosa obra.

    En 1839 aparecen las dos primeras novelas escritas por
    criollos, "Francisco" de Anselmo Suárez y Romero
    (1818-1878) y "El Guajiro" de Cirilo Villaverde. El
    primero da a conocer su novela en la tertulia de Domingo del
    Monte pero su publicación tardó varios años
    por el sutil contenido crítico contra la
    esclavitud.

    Otros narradores extranjeros asentados en el país
    o de paso por el mismo escribieron narrativa de viaje,
    impresiones del país o realidad ficcionada, mención
    para el español Antonio Frauchi Alfaro quien
    publicó en España, 1846, la novela "El foro de
    La Habana y sus misterios"
    o "Un oficial de
    causas
    ", obra en la que refleja la corrupción de las
    autoridades coloniales en Cuba y el acercamiento objetivo al
    problema de la esclavitud. Novela de pocos merecimientos
    literarios, llama la atención por el tratamiento de temas
    vedados a los autores de la isla.

    Otro ejemplo es la novela, "El sol de Jesús
    del Monte
    ", publicada en París (1852) del canario
    Andrés Avelino de Orihuela, quien vivió mucho
    tiempo en Cuba. Mezcla de realidad y ficción, basa su
    argumento en el período de la Conspiración de la
    Escalera.

    José Ramón Betancourt publica en 1856 la
    novela de costumbres, "Una feria de la Caridad en
    183
    …", que se convirtió en un acontecimiento
    editorial en la Cuba colonial al publicarse varias veces, siempre
    ampliada por su autor, hasta la versión definitiva en
    1885. La obra traza un cuadro del período 1835-1845 con
    énfasis en dos de los flagelos endémicos de la
    misma, el juego y el bandolerismo.

    Ramón Peña (1819-1861) trabaja en su
    narrativa la contemporaneidad que vive sin obviar las
    críticas sociales. En España publica sus novelas de
    temas cubanos, "Gerónimo el honrado" (1857) e "Historia de
    un bribón dichoso" (1860)

    En 1866 Esteban Pichardo da a conocer su
    novela, "El fatalismo", de limitados valores formales, pero
    interesante modo de combinar ficción y realidad,
    así como cierto acercamiento a la crítica
    social.

    Otros escritores notables de la narrativa de la
    época fueron, Manuel Costale (1815-1866), autor de la
    noveleta, "Florentina" (1856) y Pedro José
    Morrillas (1803-1881) creador del "Rancheador" (1839),
    relato de gran fuerza realista donde el afán de venganza
    de los campesino desencadena el drama entre cimarrones y
    perseguidores.

    Domingo del Monte (1804-1853), se da a conocer con el
    poemario "Romances Cubanos" (1829) de inspiración
    neoclásica deliberadamente dirigido a buscar una
    poesía propia que fuera expresión del
    espíritu criollo. Su gran cultura y su sólida
    posición económica lo llevan a impulsar sus planes
    a través de la revista, "La Moda" (1829-1830) y sus
    colaboraciones en otros medios en los que además de
    poesía publicó crítica literaria.

    Miembro de la Sociedad Patriótica, comparte el
    empeñó de mejoramiento cultural para la isla,
    iniciando en 1834 sus célebre tertulias en las que se
    gestó buena parte de la cultura literaria del momento, por
    la calidad de los intelectuales que a ella acudían y por
    la autoridad cultural del anfitrión.

    En esas tertulias se desarrolló la "poesía
    criollista", con sus vaivenes entre el neoclasicismo y el
    romanticismo, contrapeso reformista de la burguesía
    criolla a los intentos independentistas que le precedieron. Del
    Monte no fue ajeno a esto y en los momentos en que se agudizan
    las contradicciones entre criollos y peninsulares, embridó
    el verso de los mejores vates, disolviéndose sus
    inquietudes sobre los destinos de Cuba en el
    pesimismo.

    La narrativa encontró también espacio en
    las tertulias delmontinas haciéndose eco de muchos de los
    problemas que aquejaban al país, entre ellos la esclavitud
    para la que nunca encontraron una respuesta.

    Asiduos a estas reuniones fueron los poetas Gabriel de
    la Concepción Valdés (Placido), mulato; José
    Jacinto Milanés, Juan Francisco Manzano, negro liberto e
    Ignacio Valdés Machuca: prosistas como Anselmo
    Suárez y Romero, Ramón de Palma, Cirilo Villaverde,
    José Antonio Echeverría, José Mª de
    Cárdenas y Luis Victoriano Betancourt; publicistas
    Francisco de Frías, Ramón Zambrana, José
    Silverio Ruiz y Gaspar Betancourt Cisneros; científico,
    Felipe Poey y otras personalidades de la intelectualidad criolla
    que hicieron de esta tertulia la expresión más alta
    de la cultura habanera.

    Las tertulias delmontinas se desarrollaron hasta 1843,
    no sin la ojeriza velada de las autoridades coloniales
    españolas. Allí se discutieron las dudas
    reformistas de la intelectualidad de la época, opuesta al
    régimen de las "facultades omnímodas", cuyo
    más fiel representante fue el Capitán General
    Miguel Tacón y Rosique, pero temerosos de una
    sublevación de esclavos que barriera sus
    privilegios.

    Las tertulias del Domingo del Monte fueron el refugio de
    una intelectual inconforme con la sociedad colonial de la isla.,
    conscientes de que el sistema esclavista era a la vez fuente de
    riquezas y de estancamiento para una sociedad criolla ya esbozada
    y que para nada contaba con la gran masa africana a la hora de
    hablar de formación cultural.

    Brillaron en estas reuniones dos poetas criollos
    continuadores de la corriente romántica iniciada en Cuba
    por José María Heredia, uno de ellos fue Gabriel de
    la Concepción Valdés (1809-1844), quien firmaba
    bajo el seudónimo de Plácido, mestizo de
    fácil versificación, poesía dispar pero que
    alcanza en algunos momentos de su lírica relevancia
    estética. Fue muy conocido en su época
    fundamentalmente en Matanzas, donde era asiduo a veladas y
    tertulias y habitual colaborador de la prensa literaria. En 1838
    publica su tomo de "Poesía" obra que lo reafirma como uno
    de los buenos poetas criollos del momento, luego publica otros
    dos folletos, "El Veguero" (1841) y "El hijo de la
    maldición" (1843). En los momentos en que gozaba de
    más reconocimiento social fue detenido, juzgado y fusilado
    por su controvertida participación en la
    "Conspiración de la Escalera", en un proceso en el que
    poco o nada se le probó, pero su origen humilde y mestizo,
    lo hizo la víctima necesaria para el escarmiento de su
    raza.

    El otro vate romántico de este período, lo
    fue el criollo José Jacinto Milanés (1814-1863), al
    que le señalan la fuerte influencia de Domingo Delmonte en
    la creación de su obra lírica, de un romanticismo
    melancólico que se destaca en sus elegías y en su
    mirada a la tierra natal, víctima de sus convenciones y su
    tiempo, la locura desequilibra su talento, aunque deja tiempo
    para la entrega de una obra dramática muy destacable y
    fundacional.

    La poesía de esta época no se libró
    del acercamiento al costumbrismo enfatizado, en el caso de los
    poetas criollistas, en los campesinos y su idealizada forma de
    vivir en la naturaleza cubana. En tanto los siboneyistas llegan
    al extremo de inventarse un pasado aborigen, casi de
    ficción, al tratar de describir e historiar la vida de los
    habitantes originarios del archipiélago cubano.

    Ambas vertientes líricas tienen al criollo y la
    naturaleza de la isla como tema principal y son a la larga parte
    de la corriente romántica constumbrista de moda por estos
    años, pero no solo esto sino que se imbrican en el proceso
    de reafirmación nacional que marcará toda la
    primera mitad de siglo XIX como antecedente del surgimiento de la
    nacionalidad cubana.

    En los primeros años de la década del
    cuarenta del siglo XIX se inicia un crecimiento de revistas
    literarias y culturales que continuaban la tradición de
    los primeros periódicos al publicar las colaboraciones de
    los intelectuales de la isla sobre diversos temas, incluyendo los
    artísticos y literarios. La Habana y las principales
    ciudades vieron aparecer revistas de muy buena factura y que eran
    el vehículo para una lírica criolla, con una media
    de regular calidad, en la que aparecen poetas y poesía que
    irán conformando una literatura.

    Después de 1844 estaban censurados o silenciados
    los principales poetas románticos de la isla, José
    María Heredia, Francisco Manzano, Gabriel de la
    Concepción Valdés y José Jacinto
    Milanés; sobrevino un período de poesía
    intrascendente, cercana a los modelos foráneos, de rimas
    forzadas, poca inspiración y tendencia a la
    superficialidad y la sensiblería, en el que predominaban
    la sonoridad y grandilocuencia sobre el sentido. Pese a esto
    seguían presente en ellos los temas referidos a la tierra
    natal y la exaltación de la naturaleza cubana.

    Sobresalen en esta continuidad del movimiento
    romántico criollo, Ramón de Palma, Francisco Orgaz,
    Francisco Javier Blanchié, José Gonzalo
    Roldán Felipe López de Breñas y Narciso
    Foxa.

    Paralelo a esta poesía romántica de
    folletín, continúa el desarrollo de una
    poesía criollista de tendencia nativista. En ella el
    campesino de la isla se presenta idealizado, cantando
    décimas, jugando gallos, entretenido en bailes domingueros
    y desenvolviéndose en un romance bucólico casi
    perfecto. Se ignora que existe la esclavitud, como principal
    flagelo de la sociedad cubana y otros problemas que
    interrumpían esa perfección de este campo lleno de
    campesinos blancos, Es la visión reformista de la sociedad
    criolla representado por los cultos poetas de esta tendencia,
    Domingo del Monte, Ramón Velez y Joaquín Lorenzo
    Luaces, este último la principal figura de la
    lírica nativista.

    Paralelo a este grupo de cultos poetas, despuntan en los
    campos y pueblos del interior un nativismo popular, influido por
    el primero, pero que alcanzan los mejores momentos de este
    movimiento al acercarse al tema con mayor naturalidad. Juan
    Cristobal Nápoles Fajardo (1829-1862), El
    Cucalambé, es la principal figura de esta poética,
    que tiene en la décima su principal vehículo de
    expresión.

    El Cucalambé es el cantor de la flora y los
    campos de Cuba, en sus décimas está la patria hecha
    naturaleza y por eso nadie fue más popular. El hombre de
    campo encontró con él su lenguaje, sus
    sentimientos, cantados con naturalidad y fluidez. En 1857 publica
    su poemario "Rumores del Hórmigo", su
    único cuaderno de versos y al desaparecer en 1862 se hizo
    una leyenda de cubanía persistente.

    Como continuación del movimiento de la
    lírica criollista se configura en la década del
    cincuenta la poesía siboneyista, que tuvo en José
    Fornaris (1827-1890) su principal vate, su poesía fue
    expresión de calidad y buen gusto, sobresaliendo por su
    sencillez, espontaneidad y facilidad rítmica.

    A partir de la aparición de su libro "Cantos
    del Siboney"
    (1855) se sistematiza la aparición de
    poemas que tengan como tema al hombre originario de estas islas.
    El tema no era nuevo, otros habían cantado a los
    aborígenes de Cuba, pero no tenían la
    intención política del grupo siboneyista, que
    esconde tras la idílica búsqueda del origen un
    sutil desacuerdo con el régimen colonial. El grupo
    publicó la revista, La Piragua (1856-1857) y
    entre sus miembros se contaban Velez Herrera, Joaquín
    Lorenzo Luaces y El Cucalambé.

    Frente al folletín lírico de corte
    romántico se produce una reacción de buen gusto que
    toma fuerza en la segunda mitad de los cuarenta del
    decimonónico y se afianza en la década siguiente.
    Encabeza esta reacción, Rafael María Mendive
    (1821-1886), desde las páginas de la revista La Habana
    (1853-1857) que fundara y codirigiera con José de
    Jesús Quintiliano García.

    Su obra se caracteriza por su sencillez, emotividad y
    claridad en las ideas, formas de hacer que habían quedado
    truncas desde hacía una década. Más no fue
    solo la publicación de su obra el aporte de Mendive, sino
    la selección de sus colaboradores de la revista, la
    calidad tipográfica de la misma y sobre todo las tertulias
    literarias que preparó, continuadoras de las que
    dirigió Domingo del Monte, aunque sin la influencia de
    ellas.

    Joaquín Lorenzo Luaces también
    formó parte de este movimiento renovador aunque sus
    preocupaciones no fueron estéticas, sino políticas,
    como lo demuestra su inclusión en el grupo siboneyista.
    Escribió romances cubanos y el extenso poema
    "Cuba" de tono mitológico. En 1857 editó
    un cuaderno con sus poemas.

    Otro de los importantes restauradores de la
    lírica criolla fue Juan Clemente Zenea (1832-1871), quien
    evoluciona del romanticismo folletinesco a una poesía de
    calidad, caracterizada por su cubanía, el desarraigo,
    nostalgia por el pasado, vaguedad, melancolía y
    ensoñación propia de los románticos, pero
    con un compromiso político que lo lleva a la muerte por
    fusilamiento en 1871.

    Zenea publica desde muy joven en la prensa de la isla y
    hacia los años sesenta llega a desarrollar una labor
    promocional y crítica desde las páginas de la
    Revista Habanera, codirigida por Enrique Piñeiro y
    clausurada luego de dos años de circulación por sus
    intenciones filo independentista.

    En su lírica cuenta con poemas de diversas
    temáticas, entre ellas la patriótica, pero su mayor
    calidad está en las elegías, cuyo mejor ejemplo es
    el romance "Fidelia", incluido en su poemario
    "Cantos de la tarde" (1860).Incursiona en la
    crítica literaria y artículos de costumbres.
    Ejemplo de ello son sus ensayos, "Sobre la literatura en los
    Estados Unidos"
    y "Lejos de la patria, memoria de un
    joven poeta"
    (1859), con carácter
    autobiográfico.

    Completando esta segunda hornada de poetas
    románticos de la isla, está Luisa Pérez de
    Zambrana (1825-1922), de origen campesino, influida por el
    criollismo popular llega a ser la expresión más
    sincera del decir poético de esta época,
    cantándole a la vida rural, el paisaje y las costumbres,
    con un lenguaje sencillo en los que pueden reconocerse los giros
    idomáticos del criollo.

    Su contacto con el campo, la naturaleza y la vida
    rústica dan a su poesía la mayor sinceridad. Desde
    los catorce años da a conocer sus primeros poemas y en
    1856 aparece su primer tomo de poemas, seguido por un segundo en
    1860, prologado por Gertrudis Gómez de
    Avellaneda.

    Tras este grupo de destacados poetas e influidos por
    ellos, aparecen numerosos autores que incluyen a poetisas como,
    Julia Pérez Monte de Oca, Úrsula Céspedes de
    Escamaverino, Mercedes Valdés Mendoza y el poeta Federico
    García Copley.

    La renovación poética de esta segunda
    generación de románticos criollos alcanza su
    madurez hacia 1860 con la aparición de los poemarios de
    Zenea y la Zambrana y el regreso triunfal de la Avellaneda ya
    reconocida por entonces como una de las más importantes
    intelectuales en lengua hispana, consagrada por su teatro y su
    poesía.

    Durante los tres años de su permanencia en Cuba,
    entre 1860 y 1863 la Avellaneda funda la revista Álbum
    de lo Bueno y de lo Bello
    , en donde se pronuncia contra el
    mal gusto y en la que publica sus novelas "Dolores (1861) y "El
    artista barquero" (1861) a más de su asiduas
    colaboraciones para el Diario de la Marina, el
    más importante de los periódicos
    habaneros.

    Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), nacida
    en Puerto Príncipe[2]escribe desde muy
    joven, tanto en prosa como en versos, su formación
    intelectual es criolla al educarse en el seno de su familia
    camagüeyana.

    Pese a la distancia y el tiempo de residencia en
    España reclamará su condición de criolla,
    manteniendo en su nostalgia los recuerdos de su tierra tanto en
    poesía como en prosa, pero sobre todo en sus cartas en el
    que está latente la añoranza por la tierra que le
    vio nacer.

    Su prosa es lo más significativo dentro de este
    período de la cultura criolla, era narrativa de corte
    realista con temas propios de los románticos, como sus
    novelas de temas históricos, la más famosa
    Sab (1841), considerada la primera novela abolicionista,
    "Dos Mujeres" (1842-1843), Espatolino (1844) y
    Guatimozín (1846), está última
    tenida por la crítica como la mejor novela
    romántica escrita en España; también escribe
    cuentos a partir de temas oídos en su tierra y que ella
    hace leyendas, "El aura blanca", "La baronesa de Joux", El
    cacique de Turmequé" y "La velada del helecho" o "Donativo
    del diablo".

    Monografias.com

    El teatro de la Avellaneda la reafirma como la figura
    femenina de más relieve en lengua hispana durante el siglo
    XIX. Durante veinte años mantiene sus obras en los teatros
    españoles, llegó a escribir veinte obras en los
    géneros de tragedia, drama y comedia, aunque serían
    las tragedias las que le dieron fama.

    En 1840 escribió su primera pieza para el teatro,
    el drama "Leoncia" y en 1844 su primera tragedia,
    "Munio Alfonso", insertada en la corriente de teatro
    medievalista. Otras obras suyas fueron las tragedias, "El
    Príncipe de Viana"
    (1844), "Egilona" (1845),
    "Saúl" (1846), "Recaredo" (1851) y
    "Baltazar" (1858). Esta última es considerada su
    mejor obra, basada en un tema bíblico y mantenida en
    cartelera cincuenta noches de representaciones en
    Madrid.

    Sus comedias aunque no alcanzan la calidad de las
    tragedias, se ajustaron a las exigencias de su época, al
    punto de gozar de mucho éxito, especialmente "La hija
    de las flores
    " (1852) y "El millonario y la maleta"
    (1870).

    En el teatro de la Avellaneda sobresale su
    preocupación ética en temas como la fidelidad, el
    amor, el cumplimiento del deber y la actitud de sus personajes
    ante situaciones extremas.

    "Nadie ante que ella estuvo mejor dotado, nadie tuvo
    su talento dramático, su fuerza poética, su sentido
    escénico; nadie confió tanto en el teatro como
    forma de expresión propia, pero la influencia
    española le impidió ir más allá de un
    mundo débilmente romántico y tímidamente
    realista"
    [3]

    Entre 1837 y 1840 se consolida el movimiento teatral en
    La Habana que con la construcción del Teatro Tacón
    pasa a ser la primera plaza teatral de América Latina. A
    partir de entonces se escribieron y representaron obras de teatro
    con mayor regularidad, dando el caso singular de que los autores
    imprimían y distribuían la obra antes de
    representarla a fin de garantizar el éxito en la
    taquilla.[4]

    En 1837 Ramón de Palma escribe "La
    Prueba
    " o "La vuelta del Cruzado" iniciadora del
    teatro romántico en la isla. Al siguiente año se
    escriben y representan un buen número de piezas teatrales,
    "Don Pedro de Castilla" de Francisco Javier Foxá;
    el drama "Guillermo" de José María
    Alqueza; "La sacerdotisa del Sol" de Juan Miguel Losada;
    la comedia "Yo no me caso" de Francisco Gabito y el
    drama "Enrique Conde de San Gerardo" o "Clotilde de
    Bolti"
    de Domingo Montalvo.

    De modo simbólico o velado muchos creadores
    criollos llevaron a la escena las contradicciones que en esta
    época ya eran evidentes entre peninsulares y gente del
    país, por ello sus obras tenían siempre el agudo
    sentido de reivindicar sus derechos y marcar el sentido de
    diferencia a través de pasajes históricos o de
    ficción extrapolados a otras épocas y otros
    contextos.

    El teatro romántico criollo, como casi toda la
    literatura hecha en la isla, nace restringido pero no deja de
    marcar a su manera inteligente y velada las contradicciones con
    la metrópoli. Tal vez el más señalado sea
    José Jacinto Milanés cuyo teatro siempre
    levantó suspicacia en los censores. En 1838 da a conocer
    su primera pieza, "El Conde Alarcos", todo un suceso
    para los habaneros, porque el drama ético que vive el
    Conde entre el amor y la obediencia marca el pensamiento
    político criollo del momento.

    Con iguales intenciones fueron sus obras, "A buen
    hambre no hay pan duro"
    (1840), "Por el puente y por el
    río"
    (1840), "El poeta en la Corte" (1840),
    censurada durante seis años por su abierta censura a los
    aduladores del poder, y el conjunto de entremeses, "El
    Mirón Cubano"
    (1840-1842), en el que se maneja el
    costumbrismo en el teatro de un modo más elaborado e
    intelectual.

    Joaquín Lorenzo Luaces como dramaturgo acude
    también a personajes históricos para reflejar
    problemáticas contemporáneas, escribe piezas
    variadas y de calidad que incluyen, tragedias, dramas y comedias,
    muy pocas de ellas representadas. En sus comedias reflejan
    problemáticas del país en las que están
    presente los rasgos que distinguen lo nacional, entre ellas,
    "El becerro de oro" (1859) y "La escuela de
    Parientes".
    Escribió también, tragedias de
    carácter histórico, "Arturo de Osberg"
    (1867) y "Aristodemo" (1867)

    José Fornaris incursiona en la temática
    campesina en su teatro, en dramas como "La hija del pueblo"
    (1865) y "Amor y sacrificio" (1866); el Cucalambé
    escribió también un drama con temática
    rural, "Consecuencia de una falta" (1858)

    El período comprendido entre 1838 y 1878 se
    caracteriza por las inquietudes políticas cada vez
    más desafiantes de los criollos, en la medida en que se
    afianza la nacionalidad en la isla y se agudizan las
    contradicciones con la metrópolis. Esto provoca el
    surgimiento de una corriente de pensamiento anexionista, producto
    del temor de los ricos criollos de perder la esclavitud como base
    de su enriquecimiento; el resurgir de un reformismos apaciguador
    y la propagación de la independencia como única
    salida a la situación político-social del
    país.

    La propagación de estas ideas políticas
    fue seguida por fuerte censura, represión y
    expulsión o abandono voluntario del país de cientos
    de criollos que se asentaron y defendieron desde otras tierras
    las mismas. Por eso desde el exilio muchos de ellos publicaban y
    hacían llegar a Cuba sus libros, folletos, revistas y
    periódicos promoviendo una literatura política que
    en principio fue hecha solo desde el extranjero y luego desde
    territorio de la Cuba insurrecta.

    Una de las más tempranas manifestaciones de este
    fenómeno fue la publicación en New York del
    poemario, "El laúd del desterrado" (1858) que
    recoge poesías patrióticas de cubanos que tuvieron
    en el exilio: José María Heredia, Juan Clemente
    Zenea, José Agustín Caballero, Pedro Santacilia,
    Miguel Teurbe Tolón, Pedro Ángel Castellón,
    Leopoldo Turla y otros.

    El grueso de la literatura política se
    hacía en la prensa de la emigración que circulaba
    clandestina en Cuba, aunque también se publicó
    durante el breve período de libertad de prensa de
    1869.

    Durante el período insurrecional se dan a conocer
    en el extranjero un grupo de obras de teatro conocidas como
    "teatro mambí". En México Alfredo Torroella estrena
    su pieza teatral, "El Mulato" (1869) y aparecen las
    "Alegoría Cubanas" (1869) de Juan Ignacio Armas
    Céspedes y "Dos cuadros de la insurrección
    cubana"
    (1869) de Francisco Víctor Valdés;
    Luis García Pérez da a conocer en 1874, "El grito
    de Yara" y Diego Vicente Aguilera su poema dramático, "La
    muerte de Plácico". Es un teatro de barricada, de
    encendido patriotismo y pocos valores
    estéticos.

    En la manigua sobresale la oratoria de Ignacio
    Agramonte, Rafael Morales (Moralitos), Luis Victoriano
    Betancourt, Salvador Cisneros Betancourt, Miguel Gerónimo
    Gutiérrez y Eduardo Machado Gómez. Entre los
    emigrados se destacan como oradores, José Miguel Mestre,
    José Morales Lemus, Enrique Piñeyro y Manuel de
    Quesada, entre otros.

    De la producción lírica en los campos
    insurrectos se conoce la recopilación hecha por
    José Martí en 1893, "Los poetas de la
    guerra
    ", en la que se reúnen poemas de
    disímiles autores, diversidad de estilo y calidad, entre
    los más reconocidos están José
    Joaquín Palma, Antonio Hurtado del Valle, Miguel
    Gerónimo Gutiérrez y Ramón Roa.

    En España el joven José Martí
    publica dos de sus primeras obras políticas: "El presidio
    político en Cuba" (1871) y "La República
    Española ante la Revolución Cubana" (1873). La
    primera obra testimonial y desgarradora que denuncia la
    situación de las cárceles coloniales en Cuba y la
    segunda obra de madurez política que emplaza a los
    liberales españoles a darle la independencia a Cuba. Ambas
    son exponentes de los valores éticos de la prosa martiana
    y dejan entrever los rasgos que caracterizarán la prosa
    martiana en su madurez.

    También en España, Fermín
    Valdés Domínguez escribe su testimonio sobre los
    hechos del fusilamiento de los estudiantes de medicina en 1871,
    en un libro que tituló "27 de noviembre" (1873) y
    Francisco Javier Balmaseda escribe su testimonio de deportado a
    las posesiones españolas en África tropical en el
    libro, "Los confinados a Fernando Poo, impresiones de un viaje a
    Guinea" (1869)

     

     

    Autor:

    Ramón Guerra Díaz

     

    [1] Lenguaje de negro bozal. Forma deformada
    que tenían los negros venidos de África de hablar
    el español, aprendido en el duro contacto diario de la
    esclavitud y mezclado con vocablos de sus dialectos.

    [2] Actualmente recibe el nombre de Camaguey,
    capital de la provincia homónima de Cuba.

    [3] Instituto de Literatura y
    Lingüística: Diccionario de la Literatura Cubana:
    100, 1984

    [4] Rine Leal: La Selva Oscura. Tomo I

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