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La Economía mercantilista y la acumulación del capital



Partes: 1, 2

  1. El
    descubrimiento del Nuevo Mundo
  2. La
    expansión en ultramar y sus consecuencias en
    Europa
  3. La
    revolución de los precios
  4. El
    comercio, las rutas comerciales y la organización
    comercial
  5. Sobre
    la agricultura y la industria
  6. Bibliografía
    básica

Para los inicios del siglo XVI el crecimiento
demográfico ya se había generalizado. A principios
del siglo XVII, sin embargo, este fuerte crecimiento
encontró los frenos habituales del hambre, la peste y la
guerra, especialmente en la Guerra de los Treinta Años,
que diezmó la población de Europa central. Estos
límites ?aproximadamente, mediados del siglo XV y mediados
del siglo XVII? marcan la segunda logística de Europa.
Tras el período de recesión registrado desde
finales del siglo XIII y principios del XV, en Europa se
desarrollan dos tendencias contrapuestas. La una que subraya las
características feudales, la otra que profundiza las
transformaciones que darán paso el nuevo régimen de
producción.

En este período la diferencia más clara
eran los horizontes geográficos, enormemente expandidos.
El período de crecimiento demográfico se
correspondió casi con exactitud con la gran época
de explotaciones y descubrimientos marítimos que tuvo como
consecuencia el establecimiento de todas las rutas
marítimas entre Europa y Asia, y, lo que sería
aún más decisivo para la historia mundial, la
conquista del hemisferio occidental a cargo de los europeos y su
asentamiento en él. Estos acontecimientos proporcionaron a
Europa un gran aumento de las fuentes de recursos, reales y
potenciales, y provocaron, junto con otras causas, cambios
institucionales significativos en la economía europea,
esencialmente respecto al papel del gobierno en la
economía.

El área que más ganó con los
cambios asociados a los grandes descubrimientos fue la
región que bañan el Mar del Norte y el Canal de la
Mancha: los Países Bajos, Inglaterra y el norte de
Francia. Abierta al Atlántico y a mitad de camino entre el
norte y el sur de Europa, esta región prosperó
enormemente en la nueva era del comercio mundial oceánico.
La Hansa alemana medró en el siglo XV, pero decayó
después al al fortalecer el poder comercial de las
ciudades holandesas e inglesas.

En el siglo XVI las ciudades funcionaban primordialmente
como centros comerciales y administrativos, más que
industriales. Muchas actividades manufactureras, como las
industrias textil y metalúrgica, se emplazaron en el
campo. La artesanía practicada en las ciudades
solía estar organizada en gremios, que requerían
largos aprendizajes e imponían otras restricciones para
entrar. Los emigrantes rurales raramente tenían la
habilidad o las aptitudes necesarias para los trabajos de
ciudad.

Los cambios tecnológicos en el arte de navegar y
la construcción de barcos fueron vitales para el
éxito de las exploraciones y los descubrimientos, y lo
mismo se puede decir en relación con la conquista de
ultramar, de la introducción de la pólvora y su
aplicación por parte de los europeos a las armas de fuego.
Hubo asimismo mejoras en las artes de la metalurgia y en otros
procesos industriales. En las técnicas agrícolas se
hicieron multitud de mejoras en la rotación de las
cosechas, nuevos cultivos y cuestiones parecidas.

El descubrimiento
del Nuevo Mundo

El entusiasmo por las especias fue motivo básico
de los viajes de descubrimiento. Uno de los empleos que
antaño se les daba era el de preservar los alimentos que
no podían ser transportados rápidamente.
Además, las especias servían para hacer más
agrables al paladar los alimentos en mal estado.

El mayor y más barato acceso a los
artículos de lujo de Oriente también impulsaba los
deseos de descubrir rutas alternativas de comercio. Las joyas,
las sedas, la porcelana, los pefumes son muy demandados por los
nuevos ricos de Europa. Se hace urgente burlar el monopolio
veneciano sobre el Levante y alcanzar por otro lado las Indias.
La poderosa flota del Dux obliga a trasbordar todas las
mercancías en lsa bodegas – aduanas de Rialto donde,
previo pago de elevados aranceles, las adquieren los comerciantes
del resto del occidente.

En la Edad Media tuvo lugar un notable progreso
tecnológico en el diseño y la construcción
de barcos y en los instrumentos de navegación. La
brújula magnética, el desarrollo de la
cartografía, fueron las premisas
científico-técnicas necesarias para los largos
viajes asociados a los descubrimientos. Gracias al descubrimiento
de la imprenta se hace más fácil la difusión
de los conocimientos. En los veinte años que precedieron a
la hazaña colombina se tiraron cuatro ediciones de la
Geografía de Ptolomeo.

Circulaban además múltiples leyendas sobre
las travesías hechas a tierras desconocidas, como la
odisea de Erik Randa que había descubierto Groenlandia
hacia al año 985, de los árabes que en 1147
desplegaron velas hacia las Canarias y las Azores, del
inglés Nicolas Lynn que en 1360 habría descubierto
la Bahía de Hudson, entre otros.

Tampoco faltó la actividad de hombres imbuidos
del espíritu renacentista. Entre ellos se destacó
el príncipe Enrique llamado el Navegante (Oporto 1394 –
Sagres 1460), un hijo menor del rey de Portugal, quien se
consagró a fomentar la exploración de la costa
africana con el objetivo último de alcanzar el
Océano Indico. Fundó la escuela de Sagres en el
cabo de San Vicente en el extremo sur de Portugal, especie de
instituto de estudios avanzados donde se instruían pilotos
y cartógrafos con la participación de
astrónomos, geógrafos, cartógrafos y
navegantes de todas las nacionalidades, donde se organizaban
expediciones marítimas. A este instituto debemos la
introducción del compás en el arte de
navegar.

Fue el impulsor de los descubrimientos portugueses en
África. Desde 1418 hasta su muerte envió
expediciones casi anualmente. Con paciencia y cuidado sus
marineros hicieron cartas de las costas y las corrientes,
descubrieron o redescubrieron y colonizaron las islas del
Atlántico, y establecieron relaciones con los jefes
nativos de la costa africana.

Tras la muerte de Enrique la actividad exploradora
portuguesa disminuyó algún tanto por falta de
patrocinio real y a causa del lucrativo comercio de marfil, oro y
esclavos que los mercaderes portugueses llevaban a cabo con el
reino nativo de Ghana. Sería el rey Juan II, que
subió al trono en 1481, quien avivaría las
exploraciones y su ritmo. El camino estaba allanado para el
siguiente gran viaje, el que haría Vasco de Gama de 1497 a
1499 bordeando África y llegando hasta Calcuta, en India.
Como resultado de enfermedades, motines, tormentas y dificultades
tanto con los nativos hindúes como con los numerosos
mercaderes árabes que encontró, la
expedición de Vasco de Gama perdió dos de sus
cuatro naves y casi dos tercios de su tripulación. Sin
embargo, la carga de especias con la que volvió fue
suficiente para pagar varias veces el coste del viaje.

En 1483 ó 1484, mientras las tripulaciones de
Juan II estaban todavía abriéndose camino por la
costa africana, un genovés que había navegado al
servicio de los portugueses y casado con una portuguesa
pidió a aquél que le financiara un viaje a
través del Atlántico para alcanzar el Oriente
navegando hacia el Oeste. Juan había autorizado ya antes
expediciones al Oeste de las Azores, financiadas con su dinero,
pero esta vez concentró sus recursos en el proyecto
más prometedor de rodear Africa y rechazó la
proposición de Colón. Fue en Portugal, alrededor de
1470 donde Colón concibió el proyecto que lo
haría una de las celebridades mayores de la
historia.

Este perseveró. Apeló a los monarcas
españoles, Fernando e Isabel, pero estos estaban ocupados
en aquel momento con la guerra contra el reino moro de Granada y
no tenían dinero disponible para un plan tan arriesgado.
Colón intentó entonces interesar al
pragmático y sobrio rey Enrique VII de Inglaterra,
así como al rey de Francia, pero en vano. Por fin, en
1492, Fernando e Isabel conquistaron Granada y, como una especie
de celebración de la victoria, Isabel acordó
suscribir una expedición.

Colón puso un apremiante empeño de
atribuir la idea de su viaje a la Divina Providencia. Sin
embargo, detrás de este despliegue premonitorio de
adivinaciones místicas o de citas poéticas,
Colón escondía un secreto. Se cree que Colón
obtuvo la información de la existencia de las
Américas de un marinero moribundo. Además,
conocía al dedillo los últimos adelantos
geográficos y astronómicos. Había
leído De Imagine Mundi del Cardenal Pedro
d"Ailly, de donde tomó todos sus conocimientos de
Aristóteles, Estrabón y Séneca concernientes
a la posibilidad de ir a la India por occidente. En el Opus
Majus
de Roger Bacon halla nuevos datos. Y encontramos una
influencia determinante en Pablo Toscanelli, el famoso
astrónomo y geográfo, quien mediante la
medición de la altura solar por el astrolabio,
corrigió las tablas del Sol y de la Luna y las cifras de
la altura solar de diversos puntos terrestres. Colón
inició correspondencia con el sabio florentino, quien le
envió un mapa aclaratorio y nuevos antecedentes; y en pago
jamás pronunció el nombre de su
inspirador.

La idea de su viaje chocó con la
concepción religiosa medieval predominante en la
península. Ciertos miembros de la Junta encargada por los
Reyes Católicos de dictaminar sobre la factibilidad de los
propósitos colombinos le preguntaban sobre la existencia
de los antípodas y juzgaban necia la idea de la redondez
de la Tierra.

Colón a su turno respondía con enrevesadas
interpretaciones de pasajes bíblicos, de textos
greco-romanos adaptados y aceptados por la Iglesia. La
lettera rarísima y Las Profecías
son reveladores monumentos psicológicos del gran almirante
de la burguesía, un hombre producto de la época que
marca la transición del mundo feudal al
burgués.

La expedición descubridora fue financiada por la
burguesía comerciante de España y por la del norte
de Italia. Su costo aproximado fue de 2 millones de
maravedíes, antigua moneda española que tuvo
distintos valores, introducida en España por los
almorávides hacia 1086 y adoptada como propia por los
reinos cristianos. Se mantuvo hasta 1848.

Inmediatamente después de su vuelta de la primera
expedición, Fernando e Isabel pidieron al Papa una
"línea de demarcación" para confirmar el
título de españolas a las tierras recién
descubiertas. Esta línea, que discurría de un polo
a otro a una longitud de cien leguas -unas 330 millas
náuticas- al oeste de las islas Azores y Cabo Verde,
dividía al mundo no cristiano en dos mitades con
propósitos de exploración posterior, quedando
reservada la mitad occidental para los españoles y la
mitad oriental para los portugueses. Al año siguiente,
1494, en el Tratado de Tordesillas el rey portugués
convenció a los reyes españoles para que la
línea se estableciera 210 millas náuticas
más al oeste que la de 1493. Esto hace pensar que los
portugueses podían conocer ya la existencia del Nuevo
Mundo, ya que la nueva línea situaba la giba de
Sudamérica -la ribera que más tarde sería
Brasil– en el hemisferio portugués.

En 1497 Giovanni Caboto, un marinero italiano que
vivía en Inglaterra consiguió el respaldo de los
mercaderes de Bristol para un viaje en el que descubrió
Terranova y Nueva Escocia. Al año siguiente él y su
hijo Sebastián condujeron una expedición más
grande para explorar la costa norte de Norteamérica, pero,
como no trajeron especias, metales preciosos u otras
mercancías de mercado, sus patrocinadores comerciales
perdieron el interés.

Los mercaderes franceses enviaron a otro italiano,
Verrazano, para descubrir un paso occidental a la India en el
decenio de 1520. Una década después, el
francés Jacques Cartier hizo el primero de tres viajes que
tuvieron como resultado el descubrimiento y exploración
del río San Lorenzo. Cartier también reclamó
para Francia la zona después conocida como Canadá;
sin embargo al no poder encontrar el esperado pasaje hacia al
India los franceses, igual que los ingleses, no mostraron mayor
interés inmediato en el Nuevo Mundo, salvo para pescar en
los grandes bancos de Terranova.

En 1513 el español Balboa descubrió el
"Mar del Sur" nombre que dio al Océano Pacífico,
más allá del istmo de Panamá. Para el
decenio de 1520 los españoles y otros navegantes
habían explorado ya toda la costa este de las dos
Américas desde Labrador hasta el Río de la Plata.
Cada vez se ponía más de manifiesto, no sólo
que lo que Colón había encontrado no eran las
Indias, sino que no era fácil franquear el nuevo
continente.

En 1519 Fernando Magallanes, un portugués que
había navegado por el Océano Indico,
convenció al rey de España para que le dejara
encabezar una expedición de cinco barcos a las islas de
las Especias yendo por el Mar del Sur. Magallanes no tenía
intención de circunnavegar el globo, ya que esperaba
toparse con Asia a unos días de navegación
más allá de Panamá, dentro de la
órbita española que determinaba el Tratado de
Tordesillas. Su principal problema, tal como él lo
veía, era encontrar un paso a través o alrededor de
Sudamérica. Así lo hizo, y el tormentoso y traidor
estrecho que descubrió aún lleva su nombre. El "mar
pacífico" (Mare Pacificum) al que fue a parar,
sin embargo, no le rindió riquezas, sino largos meses de
hambre, enfermedad y finalmente la muerte para él y la
mayoría de su tripulación. Los restos de su flota
vagaron sin rumbo por las Indias Orientales durante varios meses.
Por fin, uno de los lugartenientes de Magallanes,
Sebastián Elcano, consiguió llevar el único
barco superviviente y su exigua tripulación a
través del Océano Indico y de vuelta a
España al cabo de tres años, convirtiéndose
en el primer hombre que había navegado enteramente
alrededor de la tierra.

Las primeras naciones que se alzaron como potencias
coloniales fueron España y Portugal, que disfrutaron de
una gloria fugaz como principales potencias económicas de
Europa. Aunque ambas naciones retuvieron sus vastos imperios de
ultramar hasta los siglos XIX y XX, respectivamente, a mediados
del siglo XVII estaban ya en plena decadencia económica,
política y militar.

La
expansión en ultramar y sus consecuencias en
Europa

Los descubrimientos afectaron profundamente el curso del
cambio de la economía de Europa.

El descubrimiento del Nuevo Mundo coadyuvó al
desplazamiento de los principales centros de actividad
económica dentro de Europa. Durante el siglo XV las
ciudades del norte de Italia conservaron la primacía en
los asuntos económicos que habían ejercido a lo
largo de la Edad Media. Los descubrimientos portugueses, sin
embargo, las privaron de su monopolio en el comercio de las
especias. Una serie de guerras que supusieron la invasión
y ocupación de Italia por parte de ejércitos
extranjeros acabó interrumpiendo el comercio y las
finanzas.

El primer siglo de la expansión europea en
ultramar y conquista coloniales decir, el siglo XVI,
perteneció casi exclusivamente a España y Portugal.
Para 1515 los portugueses se habían hecho los
dueños del Océano Indico. A causa de su escasa
población, no intentaron conquistar o colonizar el
interior de la India, África o las islas,
contentándose con controlar las rutas marítimas
desde los fuertes estratégicos y los puestos
comerciales.

Entre 1519 y 1521 Hernán Cortés
llevó a cabo la conquista del imperio azteca en
México. Francisco Pizarro conquistó el imperio inca
en Perú en el decenio de 1530. A fines del siglo XVI los
españoles ejercían un poder efectivo sobre todo el
hemisferio, desde Florida y el sur de California en el norte,
hasta Chile y el Río de la Plata en el sur con la
excepción de Brasil. Al principio se dedicaron
sencillamente al pillaje, arrebatando a los nativos las riquezas
que pudieran llevar consigo. Cuando esta fuente se agotó,
cosa que ocurrió rápidamente, introdujeron
métodos de minería europeos en las ricas minas de
plata de México y de los Andes.

Al contrario que los portugueses, los españoles
acometieron desde el principio la colonización de las
zonas conquistadas y su asentamiento en ellas. Llevaron de Europa
técnicas, equipamiento e instituciones, incluyendo su
religión, que impusieron por la fuerza a la
población india. Introdujeron productos naturales antes
desconocidos en el hemisferio occidental, entre ellos el trigo y
otros cereales excepto el maíz, que viajó en
dirección contraria, la caña de azúcar, el
café, las verduras y frutas más comunes como los
cítricos, y muchas otras formas de vida vegetal. Los
indios precolombinos no conocían más animales
domesticados que los perros y las llamas. Los españoles
introdujeron caballos, ganado vacuno, ovejas, asnos, cabras,
cerdos y la mayoría de las aves de corral.

En el plano económico la expansión tuvo
como consecuencia un gran aumento en el volumen y variedad de los
objetos de comercio. En el siglo XVI las especias de Oriente y
los lingotes de Occidente constituían una aplastante
proporción de las importaciones del mundo colonial.
Todavía en 1594, por ejemplo, el 95% del valor de las
exportaciones legales de las colonias españolas en el
Nuevo Mundo consistía en lingotes de oro y plata. No
obstante, en la corriente del comercio penetraron otras
mercancías cuyo volumen gradualmente fue aumentando y que
en los siglos XVII y XVIII llegaron a eclipsar las exportaciones
originales de ultramar a Europa. Tintes exóticos como el
índigo y la cochinilla dieron color a los tejidos europeos
y los hicieron más alegres y fáciles de vender
tanto en Europa como en ultramar. El café de Africa, el
cacao de América y el té de Asia se convirtieron en
bebidas europeas corrientes. El algodón y el
azúcar, aunque ya conocidos en Europa, nunca habían
sido producidos o comercializados a gran escala. Cuando la
caña de azúcar fue trasplantada a América,
la producción de azúcar aumentó enormemente
y tal exquisitez pasó a estar al alcance del presupuesto
de los europeos corrientes. La introducción de las
mercancías de algodón de la India, al principio un
lujo reservado a los ricos, llevó finalmente al
establecimiento de una de las mayores industrias europeas,
dependiente de la materia prima importada de América y
abastecedora principalmente de las masas.

La porcelana china tuvo una historia similar. El tabaco,
una de las contribuciones americanas a la civilización
más celebradas y controvertidas, adquirió
rápidamente popularidad en Europa a pesar de los decididos
esfuerzos tanto de la Iglesia como del Estado para erradicarlo.
En años posteriores las frutas tropicales y los frutos
secos complementaron la dieta de los europeos, y las pieles,
cueros, maderas exóticas y nuevas fibras pasaron a
constituir parte importante de los productos europeos.

Muchos comestibles antes desconocidos en Europa, pese a
no importarse en grandes cantidades, se introdujeron y
naturalizaron, convirtiéndose en alimentos corrientes de
la dieta. De América llegaron las patatas, los tomates,
las judías, los chayotes, los pimientos, las calabazas y
el maíz, así como el pavo domesticado, que
llegó a Europa desde México. El arroz,
originalmente de Asia, se naturalizó tanto en Europa como
en América.

Otros rasgos de la civilización europea que
también entraron en América, tales como las armas
de fuego, el alcohol y las enfermedades europeas de la viruela,
el sarampión y el tifus, se extendieron rápidamente
y con efectos mortales. En 1501 los españoles
habían introducido los esclavos africanos en el hemisferio
occidental para remediar la escasez de mano de obra. Para 1600
gran parte de la población de las Indias Occidentales
estaba constituida por africanos y mestizos.

El descubrimiento de América y la
circunnavegación de África ofrecieron a la
burguesía naciente un nuevo campo de actividad.

La
revolución de los precios

El flujo de oro y, sobre todo, de plata de las colonias
españolas aumentó enormemente las reservas europeas
de los metales monetarios, triplicándolas cuando menos, en
el curso del siglo XVI. En los tres siglos que siguen al
descubrimiento Europa vio quintuplicarse los 550.000 kg de oro
que poseía en 1500, y multiplicarse por trece las 7.000
toneladas de plata con que contaba hacia la misma
fecha.

La afluencia de los metales preciosos fue especialmente
nociva para España, lo que junto a políticas
desacertadas como la expulsión de judíos y
musulmanes condujo a la ruina de la naciente industria
española. Por ejemplo Sevilla, que a comienzos del siglo
XVI contaba con 16.000 talleres de tejidos apenas contaba con
5000 bajo el reinado de Felipe V.

El gobierno español, la potencia colonial del
momento, intentó prohibir la exportación de
lingotes, pero resultó imposible. En cualquier caso el
propio gobierno fue el peor infractor, pues enviaba enormes
cantidades a Italia, Alemania y los Países Bajos para
pagar sus deudas y financiar determinadas guerras. Escritores
hispánicos del siglo XVII calculan en 1500 millones de
pesos de oro y plata las riquezas que salieron de su país
rumbo a otros reinos. Desde esos países, así como
desde la propia España en movimientos de contrabando, los
metales preciosos se extendieron por toda Europa. El resultado
más visible e inmediato fue un alza espectacular y
prolongada -pero irregular- de los precios. A finales del siglo
XVI los precios eran, en general, alrededor de tres o cuatro
veces más altos de lo que lo habían sido a
principios del siglo. El precio de los alimentos especialmente el
grano, la harina y el pan subieron más que el de las otras
mercancías. En general, la subida de los salarios
quedó bastante rezagada con respecto a la subida de los
precios de las mercancías, con lo que se produjo un severo
descenso en los salarios reales.

La revolución de los precios, como cualquier
inflación, redistribuyó los ingresos y la riqueza
tanto de los individuos como de los grupos sociales. Aquellos
cuyos ingresos estaban basados en precios elásticos
-mercaderes, artesanos, terratenientes que cultivaban su propia
tierra, campesinos con posesiones seguras y que producían
para el mercado se beneficiaron a costa de los asalariados;
mientras que aquellos cuyos ingresos eran fijos o cambiaban
lentamente- pensionistas, muchos rentistas y campesinos con
arriendos desorbitados resultaron más
afectados.

El crecimiento de la población no causó el
crecimiento (absoluto) de los precios, pero seguramente
desempeñó un papel importante en el retraso de los
salarios, al tiempo que la agricultura y la industria se
mostraron incapaces de absorber el excedente de mano de
obra.

El comercio, las
rutas comerciales y
la organización
comercial

De todos los sectores de la economía europea, el
comercio fue indudablemente el más dinámico entre
los siglos XV y XVIII. El comercio extraeuropeo contribuyó
a él y también estimuló parte del
crecimiento en el interior de Europa, pero el comercio con Asia y
América no era más que una pequeña parte del
total. El comercio habría crecido con toda seguridad aun
sin los descubrimientos debido a la dinámica
económica interna del continente. El comercio
marítimo constituía sin duda el segmento más
importante del comercio internacional, pero el comercio
terrestre, especialmente el tráfico fluvial, no era
despreciable.

La mayor parte del intercambio comercial tanto en
volumen como en valor era local. Las ciudades recibían el
grueso del suministro de alimentos de las tierras del interior
inmediatas y a cambio les proporcionaban bienes manufacturados y
servicios. Se trataba principalmente de comercio a pequeña
escala, y variaba poco en el tiempo o de un lugar a otro.
Más interesantes y más importantes para la historia
del desarrollo económico fueron los cambios que tuvieron
lugar en el comercio a distancia. Precisamente son ellos los que
explicaremos a continuación.

Ya conocemos las principales rutas comerciales y las
mercancías que a lo largo de ellas se traficaban para el
siglo XV. Los cambios más importantes que tuvieron lugar
en los 200 años siguientes, además de la apertura
de las rutas de ultramar fueron: (i) el traslado del centro de
gravedad del comercio europeo desde el Mediterráneo a los
mares del norte, (ii) un ligero pero perceptible cambio en el
carácter de las mercancías objeto del comercio a
distancia, y (iii) los cambios en las formas de la
organización comercial.

Los españoles y los portugueses,
concentrándose en la explotación de sus imperios en
ultramar, dejaron el negocio de distribuir sus importaciones por
Europa y también el suministrar la mayoría de sus
exportaciones a las colonias, a otros europeos. De estos, los
Países Bajos, sobre todo los holandeses y los flamencos
fueron los más agresivos. Pero el pilar del comercio
holandés era el comercio en el Báltico,
principalmente de grano y madera, pero también de
pertrechos navales, lino y cáñamo.

Los holandeses empezaron inmediatamente a construir
barcos capaces de hacer viajes de varios meses rodeando
África hasta el Océano Indico. En menos de diez
años más de cincuenta barcos hicieron el viaje de
ida y vuelta entre los Países Bajos y las Indias. Estos
primeros viajes tuvieron tanto éxito que, en 1602, el
gobierno de las Provincias Unidas, la ciudad de Amsterdam y
varias compañías comerciales privadas formaron la
Compañía Holandesa de las Indias Orientales, que
monopolizó legalmente el comercio entre las Indias y los
Países Bajos. Los holandeses concentraron su
atención en las fabulosas islas de las Especias en
Indonesia, y hacia mediados del siglo XVII habían
establecido ya su dominio tanto sobre las islas como sobre el
comercio de las especias de una forma más eficaz de lo que
los portugueses habían hecho nunca. También se
adueñaron del control de los puertos de
Ceilán.

Holanda no fue la única nación que se
aprovechó de la debilidad de Portugal. Ya en 1191
traficantes ingleses llevaron a cabo un viaje y en 1600 se
organizó la Compañía Inglesa de las Indias
Orientales con un monopolio similar al de la
compañía holandesa. Los ingleses, tras varios
intentos infructuosos de tomar posiciones en Indonesia, acabaron
estableciendo puestos comerciales fortificados en el continente
indio, que a la postre se convertiría en la "joya
más brillante de la corona británica". Portugal
conservó sus posesiones de Goa, Diu y Macao, así
como unos pocos puertos en las costas africanas, pero dejó
de ser una potencia naval o comercial importante en los mares
comerciales.

Las otras potencias navales también se
aprovecharon de la debilidad portuguesa y la rigidez
española para invadir y crear mercados en el hemisferio
occidental. Los primeros intentos franceses e ingleses para
encontrar una ruta directa hacia Oriente habían fracasado,
pero en la segunda mitad del siglo XVI se hicieron nuevos
esfuerzos para descubrir un paso hacia la India por el noreste o
noroeste. El malhadado viaje de Willoughby y Chancellor en 1553 a
través de las aguas del Ártico hasta el mar Blanco
fracasó en su intento de encontrar un paso nororiental,
pero estableció relaciones comerciales con el creciente
imperio ruso y, a través de él, con Oriente
Medio.

Más o menos por los mismos años los
corsarios franceses, ingleses y holandeses comenzaron a llevar un
comercio clandestino con Brasil y las colonias españolas
en el Nuevo Mundo, y, si se presentaba la ocasión, a
asaltar los barcos españoles y los puertos
coloniales.

Los tres breves intentos de los ingleses para fundar
colonias en Norteamérica durante el reinado de Isabel I
terminaron en fracaso, pero en la primera mitad del siglo XVII se
establecieron con éxito colonias en Virginia (1607), Nueva
Inglaterra (1620) y Maryland (1632), así como en islas
tomadas a los españoles en las Indias Occidentales. Con el
tiempo todas ellas se convirtieron en importantes mercados para
las industrias inglesas y también en fuentes de suministro
de materias primas y bienes de consumo. En 1608 los franceses
establecieron un asentamiento permanente en Quebec y dieron a
toda la región de los Grandes Lagos el nombre de Nueva
Francia, pero la colonia no prosperó. En 1660, cuando los
colonos angloparlantes del Nuevo Mundo ascendían a
100.000, Canadá entera contaba tan solo con 2.500 colonos
franceses, menos de los que había ya en las pocas islas
azucareras que poseía Francia en las Indias
Occidentales.

En 1624 los holandeses intentaron conquistar las
colonias portuguesas en Brasil, pero tras dos décadas de
luchas intermitentes fueron expulsados por los mismos colonos
portugueses, con un poco de ayuda de la madre patria. Los
holandeses conservaron solo Surinam y unas pocas islas en el
Caribe. El mismo año en que los holandeses empezaron su
conquista del Brasil, otro grupo de colonos holandeses
fundó la ciudad de Nueva Amsterdam en el extremo sur de la
Isla de Manhattan. Reclamaron todo el valle de Hudson y los
alrededores, fundaron Fort Orange (Albany) y distribuyeron la
tierra según el sistema de propiedad de patrono entre
familias como los Rensselaer y los Roosevelt.

El carácter de las mercancías objeto del
comercio a distancia cambió de alguna forma en los siglos
XVI y XVII. En la Alta Edad Media habían consistido
principalmente en objetos de lujo para la gente acomodada.
Más tarde, con el crecimiento de las ciudades, se sumaron
a estos artículos cotidianos. En el siglo XVI una gran
parte del volumen de los bienes que se movía en el mercado
internacional consistía en productos como granos, madera,
pescado, vino, sal, metales, materias primas textiles y
paño. El comercio de productos voluminosos se hizo posible
principalmente gracias a las mejoras en el diseño y
construcción de los barcos, lo que bajó los costos
de transporte. A ello contribuyó también la
reducción de los riesgos, tanto naturales como ocasionados
por el hombre, de los viajes por mar gracias a mejoras
técnicas de navegación y a la acción de
armadas que perseguían a los piratas
respectivamente.

A medida que la importancia de los metales preciosos fue
decreciendo durante el siglo XVII y más países
fueron adquiriendo colonias en el hemisferio occidental, el
azúcar, el tabaco, las pieles e incluso la madera
adquirieron cada vez más preponderancia entre las
importaciones europeas. Las exportaciones a las colonias, por su
parte, consistían principalmente en bienes
manufacturados.Estos no eran voluminosos, pero el espacio
disponible que sobraba se llenaba en parte con
emigrantes.

La situación del comercio oriental era muy
distinta. Desde los comienzos de los contactos directos los
europeos habían tenido la dificultad en encontrar
mercancías para intercambiar por las especias y otras
mercancías. Por esta razón gran parte del
"comercio" europeo era en realidad pillaje. Donde no era posible
o factible el saqueo, los asiáticos aceptaban armas de
fuego y municiones, pero generalmente pedían oro y plata,
que acumulaban o convertían en joyas.

Una rama muy específica del comercio trataba con
seres humanos: el tráfico de esclavos. Entre los mayores
compradores de esclavos se encontraban las colonias
españolas, pero los propios españoles no se
ocuparon del tráfico en gran medida; lo cedieron, sin
embargo, mediante contratos o asientos a los
comerciantes de otras naciones, estando dominado al principio por
los portugueses y más tarde en cambio por los holandeses,
los franceses y los ingleses.

Alrededor de 15 millones de africanos fueron vendidos en
América en el transcurso de cuatro siglos. Se calcula que
África perdió cerca de cien millones de hijos
debido al comercio esclavista. Tan sustancioso era este negocio
que Inglaterra y Holanda sostuvieron por ello dos guerras y en el
Tratado de Utrecht suscrito en 1713, la primera impuso una
cláusula que le concedía por 33 años el
derecho exclusivo de transportar esclavos a las colonias
españolas de ultramar. Inglaterra además obtuvo el
derecho de enviar un navío de permiso para el comercio con
las colonias americanas y los territorios franceses de Terranova,
Acadia y la bahía de Hudson.

Normalmente el tráfico era de naturaleza
triangular. Un barco europeo llevando armas de fuego, cuchillos,
objetos de metal, abalorios y baratijas similares, telas de
alegres colores y licores navegaba rumbo a la costa occidental
africana, donde intercambiaba su cargamento con algún
caudillo local africano por esclavos, ya fueran estos cautivos de
guerra, ya del propio pueblo del jefe. Cuando el traficante de
esclavos había cargado tantos africanos encadenados y con
grilletes como el barco podía llevar, se dirigía a
las Indias Occidentales o a la tierra firme del Norte o
Sudamérica y allí intercambiaba su carga humana por
azúcar, tabaco u otros productos del hemisferio
occidental, con los que volvía a Europa. Aunque la tasa de
mortalidad por enfermedad y otras causas en el traslado de los
esclavos era terriblemente alta – a menudo el 50% y a veces
más -, los beneficios del tráfico de esclavos eran
extraordinarios. Los gobiernos europeos no tomaron medidas
efectivas para prohibirlo hasta el siglo XIX.

La organización del comercio variaba de un
país a otro y de acuerdo con la naturaleza de lo
traficado. El comercio intraeuropeo heredó la refinada y
compleja organización desarrollada por los mercaderes
italianos en la Baja Edad Media. En el siglo XV podían
encontrarse colonias de mercaderes italianos en los centros
comerciales importantes: Génova, Lyon, Barcelona, Sevilla,
Londres, Brujas y, especialmente, Amberes, que en la primera
mitad del siglo XVI se convirtió en el centro distribuidor
más importante del mundo. Los mercaderes del país,
así como los extranjeros, aprendieron las técnicas
de negocio italianas, tales como la contabilidad de doble entrada
y la utilización del crédito, y de hecho las
aprendieron tan bien que para la primera mitad del siglo XVI los
italianos habían perdido su predominio. La dinastía
financiera más importante del siglo XVI fue la familia
Fugger, con sus oficinas principales en Augsburgo, al sur de
Alemania.

La organización comercial en Inglaterra, un
país periférico en el siglo XV, mostraba una forma
más primitiva que las economías del continente
más desarrolladas; sin embargo, hizo rápidos
progresos y para finales del siglo XVII era una de las más
avanzadas. En la Edad Media el comercio de la lana en bruto, la
exportación más importante sin duda, estaba en
manos de los Mercaderes de la Lonja, una
compañía regulada que funcionaba de forma parecida
a un gremio. No había capital conjunto; cada mercader
comerciaba por su cuenta y por la de sus socios, si los
tenía, pero tenían una sede central y un
almacén, la Lonja, y obedecían un conjunto de
reglas comunes. Aunque ya en decadencia, el mercado de la lana
siguió teniendo su importancia durante los siglos XVI y
XVII; la Lonja, donde se gravaba la lana y se vendía a los
mercaderes extranjeros, estaba localizada en Calais,
posesión inglesa hasta 1558.

El lugar preeminente de la Lonja pasaron a ocuparlo los
Mercaderes Aventureros, otra compañía
regulada. Esta llevaba el comercio de los paños de lana y
algunos mercaderes eran miembros de ambas
compañías. Establecieron su lonja en Amberes
contribuyendo en gran medida al crecimiento de aquel mercado, y a
cambio recibieron ciertos privilegios. En 1564 la
compañía recibió una carta real que les
confería el monopolio legal para la exportación de
paño a los Países Bajos y Alemania, los mercados
más importantes.

En la segunda mitad del siglo XVI los ingleses crearon
un buen número de otras compañías con cartas
de monopolio comercial: la Compañía de Moscú
(1555), producto de la expedición Willoughby – Chancellor;
la Compañía Española (1577), la
Compañía del Este (Báltico) (1579), la
Compañía de Levante (1583), la primera de varias
compañías africanas en 1585, la
Compañía de las Indias Orientales (1600), y una
Compañía Francesa. El establecimiento de
compañías especiales para el comercio con Francia,
España y el Báltico, en particular, indica dos
cosas: la pequeña cantidad de comercio directo entre
Inglaterra y esos países antes de la existencia de las
compañías, y seguramente también
después, y la medida en que tal comercio, si
existía, estaba en manos de los holandeses y otros
mercaderes. Resulta significativo que los holandeses no vieran la
necesidad de tales preocupaciones monopolísticas, excepto
por lo que hizo a la Compañía Holandesa de las
Indias Orientales (1602).

Algunas de estas compañías adoptaron la
forma regulada, pero otras se convirtieron en
compañías de capital conjunto, esto es,
reunían las aportaciones de capital de los miembros y las
ponían bajo una dirección común. Esto se
hizo para el comercio a larga distancia, en el que los riesgos y
el capital requerido para habilitar un solo viaje excedían
de las cantidades que uno o varios individuos estaban dispuestos
a asumir o proporcionar. Las compañías de
Moscú y de Levante fueron las primeras formadas con bases
de capital conjunto, pero a medida que se fueron desarrollando
las relaciones comerciales y se hicieron más estables se
convirtieron en compañías reguladas. La
Compañía de Moscú, comerciando a
través del puerto de Arcángel, manejó la
mayor parte del comercio de Europa occidental con el norte de
Rusia hasta que el zar retiró sus privilegios a favor de
los holandeses en 1649. La Compañía de las Indias
Orientales también adoptó la forma de capital
conjunto. Al principio cada viaje anual era una aventura
separada, que podía tener diferentes grupos de accionistas
de año en año. Con el tiempo se hizo necesario
establecer instalaciones permanentes en India y supervisar
continuamente sus asuntos, por lo que la compañía
adoptó un tipo de organización permanente en la
cual un accionista podía retirarse solamente vendiendo sus
acciones a otro inversor. La Compañía Holandesa de
las Indias Orientales adoptó el tipo permanente ya en
1612.

La existencia de un único centro distribuidor
importante en el noroeste de Europa -primero Brujas, luego
Amberes, después Amsterdam, cada uno más grande y
más impresionante que el anterior- es doblemente
significativa. Primero, su mera existencia, en
contraposición a las ferias periódicas de la Edad
Media, evidencia el crecimiento en tamaño de los mercados
y de la producción orientada hacia el mercado. Pero el
hecho de que solo hubiera uno en cada momento y de que surgiera
cuando otro declinaba, indica los límites de su
desarrollo. Es cierto que había otros emporios de cierta
importancia -Londres, Hamburgo y otras ciudades
hanseáticas, Copenhague, Ruán y otras, pero ninguna
tenía la gama completa de servicios financieros y
comerciales de la gran metrópoli. La explicación de
esto está relacionada con la limitada extensión de
los mercados y la existencia de economías externas en
transacciones comerciales y, especialmente financieras. Cuando el
volumen total de movimiento comercial o financiero es
relativamente pequeño, es más barato concentrarlos
en un solo lugar.

La organización del centro distribuidor era ya
bastante refinada al inicio del siglo XV en Brujas, y
todavía lo fue más cuando se trasladó a
Amberes y Amsterdam. El primer requisito es una bolsa o mercado.
La palabra moderna boka y sus equivalentes en otras
lenguas -burse, bourse, bolse, borsa-, para significar
un mercado organizado o regulado para el comercio de
mercancías o instrumentos financieros, deriva de la sala
de reuniones de los mercaderes de Brujas, que se identificaba por
un cartel que mostraba tres bolsas de dinero. Por regla general,
los productos que se mostraban no se intercambiaban en el acto;
eran meras muestras que se inspeccionaban para ver la calidad.
Después se hacían los pedidos y los bienes se
mandaban desde los almacenes. El uso del crédito estaba
extendido y la mayoría de los pagos se hacían con
instrumentos financieros tales como la letra de cambio o por
traspaso a los bancos, en lugar de en efectivo.

Los bancos fueron en su mayoría negocios privados
de muchas firmas mercantiles, como los Fugger, que también
se dedicaron a él, hasta el famoso Amsterdarnsche
Wisselbank, o Banco de Amsterdam, fundado en 1609. Este era un
banco público fundado bajo los auspicios de la propia
ciudad. Era también un banco de intercambio, más
que un banco de emisión y descuento. Los fondos
podían depositarse allí y ser transferidos de una
cuenta a otra en los libros, pero el banco no emitía
billetes ni hacía préstamos a mercaderes
descontándoles papel comercial. Su principal
función, que realizaba a satisfacción, era
proporcionar medios de pago estables y fiables a todos los
mercaderes holandeses y extranjeros que allí
acudían, así como a la ciudad.

Partes: 1, 2

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