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La aventura del pensamiento, o ser y aparentar




Enviado por CARLOS SCHULMAISTER



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    La aventura del pensamiento, o ser y aparentar –
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    La aventura del pensamiento, o ser y
    aparentar

    I

    Desde hace 4,5 millones de años la humanidad
    viene desarrollándose a partir de la experiencia de
    conocer, explorar, descubrir, investigar y operar en el mundo
    material y en el de las ideas, desplegando actos y
    comportamientos, lenguaje, nociones, ideas, teorías,
    haciendo objetos y atribuyéndoles a todos esas creaciones
    una carga simbólica que los trasciende y los proyecta en
    el tiempo y en el espacio. Esas características,
    capacidades y potencialidades revelan ese complejo maravilloso y
    misterioso que llamamos la humanidad de los hombres: eso que los
    vuelve humanos más allá de sus variables y diversos
    rasgos étnicos y de las renovadas formas de su
    dotación psicológica e intelectual, o,
    precisamente, a partir de ellas.

    Lo humano es una construcción constante a
    través de incontables actos de intelección y
    concienciación acumulados y compartidos a lo largo del
    tiempo en una dialéctica compleja entre lo genérico
    y lo individual, comenzando por el más maravilloso de
    todos los actos: la creación del lenguaje.

    Ahondando en la descripción de ese proceso la
    humanidad se muestra siempre como un conjunto de caracteres
    inacabados e inabarcables que se autogeneran, revelan y
    despliegan a través del juego dialéctico de la
    experiencia y el cálculo, la acción y el potencial,
    la concreción y el deseo, a través del tiempo y del
    espacio, en una constante creación y transformación
    tanto del homo creador como de sus creaturas.

    Es en la perspectiva histórica donde se aprecia
    claramente el proceso evolutivo de la humanidad y de la cultura,
    términos que para nuestro propósito son
    equivalentes más allá de que se quiera poner
    énfasis en los creadores o en la cultura creada. Es
    así como se pueden percibir los cambios en la cultura
    junto con los cambios de lo humano, o si se prefiere, de la
    condición humana, en construcción. También
    vemos en perspectiva la aparición o presencia y desarrollo
    de las múltiples dimensiones del hombre, tales como la
    cognitiva, la psíquica, la de la sensibilidad y la
    espiritual, todas las cuales confluyen en el homo faber, por
    citar las hasta aquí conocidas en el marco de la
    reconocida multidimensionalidad humana.

    El hombre es sujeto y la cultura es su objeto de
    creación/recreación. Y en ésta se hallan
    también los otros sujetos como individuos y como
    género, interactuando mutuamente como sujetos/objetos. De
    modo que la cantidad de los sujetos será siempre
    infinitamente menor que la magnitud de sus obras. Constantemente
    la humanidad va concretando la novedad y a la vez generando
    nuevos potenciales, complejizando y amplificando el mundo que
    habita.

    Sin embargo, la impresionante transformación
    material producida por el homo faber suele desplazar la maravilla
    representada por la transformación del hombre como ser
    racional y moral. Pese a que son dos esferas interdependientes,
    la maravilla del desarrollo histórico de la inteligencia y
    la espiritualidad humana suelen quedar opacadas ante la
    grandiosidad de sus frutos: la cultura material y
    simbólica.

    La inmensidad y variedad de la creación cultural,
    incluidas luces radiantes y ominosas oscuridades, pueden llenar
    de orgullo o de pesar al género humano tal cual de hecho
    sucede, a tenor de las respectivas concepciones
    filosóficas de cada individuo, por lo general polarizadas
    entre los extremos del optimismo y el pesimismo absolutos que van
    del "todo es una maravilla" al "todo es una mierda",
    respectivamente, si bien entre ambos caben innumerables
    gradaciones alternativas de valor.

    De cualquier modo, todos los humanos somos
    solidariamente responsables del debe y el haber de la
    condición humana tal cual ha sido y es expresada en todos
    los tiempos y lugares, de modo que la gloria o el oprobio, el
    orgullo o la vergüenza, nos corresponden a todos por igual.
    No así tratándose de la consideración
    individual del paso de cada uno por la vida pues a esta escala lo
    que nos interpela predominantemente es la diferencia, la
    desigualdad, la diversidad de la incardinación de la
    humanidad en cada sujeto.

    Todo pensamiento, sea el primitivo y siempre presente
    pensamiento mágico o el más alambicado pensamiento
    racional, se ve calificado por la inteligencia en tanto facultad
    genérica de los hombres, si bien no de una vez y para
    siempre sino en desarrollo constante, lo cual implica
    precisamente la posibilidad de avances y de retrocesos tanto en
    la condición como en la acción humana.

    La variedad de formas mediante las cuales la
    inteligencia se revela y es puesta en acción en y por cada
    sujeto particular es tan grande que suele perderse de vista que
    todos los humanos la poseen en condiciones normales.

    A la base de dichas diferencias se encuentra la
    diversidad de contextos sociales, culturales,
    etnolingüísticos y modos concretos de operar la
    relación sociedadnaturaleza, todo lo cual dice
    relación con formas idiosincráticas de
    organización del tiempo y del espacio, es decir, de los
    respectivos marcos culturales que se consideren, incluyendo, por
    consiguiente, la existencia y funcionalidad histórica del
    poder.

    Decir qué significaba para los hombres del
    Paleolítico lo que hoy damos en llamar inteligencia es una
    tarea gigantesca que escapa a los marcos y posibilidades de este
    trabajo. La reconstrucción del universo mental de aquellos
    hombres no deja de ser una hipótesis compleja, construida
    con la ayuda de la antropología cultural
    contemporánea. En todo caso, la inteligencia operaba en
    base a la lógica proporcionada por la experiencia y por un
    psiquismo en muchos aspectos diferente al del hombre moderno, en
    tanto era un dato habitual la creencia en las propiedades
    mágicas de las cosas.

    Si el universo mental de aquellos hombres del
    Paleolítico fue, como es probable, similar en cada uno de
    ellos, se podría inferir una cierta accesibilidad
    igualitaria al conocimiento del saber social acumulado. Por su
    parte, la Historia pone en evidencia una relativa estabilidad de
    la cultura durante varios millones de años, signada por su
    índole práctica y a la vez de tipo mágico
    por la importante gravitación en ella de un mundo
    aparentemente paralelo al humano, compuesto de mitos acerca de
    dioses y otros seres superiores que precedían y
    sucedían la existencia misma del género humano, y
    que en determinados momentos se acercaban e
    interactuaban.

    Independientemente de las conclusiones del inacabado
    aporte de la ciencia, la percepción de los cambios y
    transformaciones de lo externo y lo interno de cada hombre
    particular debe haber sido muy difícil de alcanzar durante
    la mayor parte de la historia, es decir, hasta la llegada de los
    tiempos en que las transformaciones comenzaron a multiplicarse y
    el cambio comenzó a permanecer adherido al suelo mediante
    la organización espacial en torno a la ciudad, dando
    inicio al Neolítico, y en torno a los procesos que
    confluyen en la Revolución Neolítica,
    principalmente la domesticación de ciertos animales y el
    cultivo a partir de la semilla, los que junto con la
    Revolución Hidráulica configuran la
    Revolución Agrícola.

    Dicho proceso habría comenzado alrededor del
    10.000 A.C. Sin embargo, es posible que, por lo menos en ciertas
    áreas del planeta, aquellas transformaciones hayan
    comenzado muchos años antes de esa fecha, tal como algunos
    estudiosos que así lo creen llegan a proponer su inicio
    probable hacia el 100.000 A.C.

    Hoy se sabe que el paso de la etapa de
    cazadores-reproductores a la de agricultores-pastores produjo la
    formación de formidables excedentes de energía de
    origen vegetal y animal que se reflejaron simultáneamente
    en el crecimiento demográfico y en la organización
    del espacio.

    Pero lo que la nueva etapa implicó,
    fundamentalmente, fue un creciente desarrollo y refinamiento de
    la inteligencia, evidente en el hecho mismo de su eficacia en la
    creación de respuestas materiales e ideales novedosas para
    la vida social, toda vez que aquel conjunto de transformaciones
    mencionadas fue de la mano de un crecimiento formidable de todos
    los campos de la cultura como nunca había ocurrido hasta
    entonces. Pensemos en la Revolución Agrícola y en
    la de los Metales, en pleno Neolítico, y en la
    aparición de la escritura en varios lugares del
    planeta.

    A partir de allí la inteligencia encontró
    un inmenso campo de aplicación potencialmente disponible,
    donde la mayoría de las cosas eran novedosas para los
    grupos humanos que comenzaban a transitar por caminos nuevos y
    también para aquellos que miraban esos cambios desde
    afuera. Así, en base a la acción práctica el
    conocimiento ampliaba rápidamente los límites del
    mundo conocido y los de la cultura material y
    simbólica.

    Los intercambios con la naturaleza, en especial el
    representado por el trabajo humano, se ampliaron y diversificaron
    y se tornaron cada vez más cognoscibles, lo que
    facilitó y aceleró su conquista por parte de
    aquellas comunidades que habían ingresado a la etapa
    neolítica. En consecuencia, la vida y la convivencia
    social se tornaron crecientemente previsibles y hasta
    planificables sobre todo a partir de la aparición del
    Estado, de la autoridad y de la organización consiguiente
    del poder político, con lo cual entró a jugar una
    nueva variable, amalgama de pasión, de voluntad, de fuerza
    y de poder.

    De allí a la formación de naciones restaba
    un paso muy corto. Los reinos de las incipientes civilizaciones
    de regadío representaron la síntesis de lo
    espacial-lingüístico-religioso y cultural lato sensu.
    El paso siguiente fue la creación-develamiento de la
    dimensión patriótica de los hombres, que se
    valió de aquellas vertientes a las cuales a su vez
    nutrió.

    En el Neolítico la intelección del mundo
    era una actividad social relativamente homogénea en tanto
    las respectivas condiciones personales eran muy similares al
    interior de la mayoría de los grupos humanos que
    habían ingresado a la nueva etapa. Sin embargo, cada vez
    más esa intelección, esa creación de
    significado y sentido, se iba produciendo de una manera distinta,
    de una forma que constituía una orientación externa
    de esas miradas y enfoques, y que tendía a asumir un punto
    de vista colectivo indiscutible, que se mantenía y
    transmitía en el tiempo por las vías de la
    religión, la costumbre, la educación familiar, la
    tradición y también por los designios de la
    autoridad.

    La naturaleza y sus recursos condicionaban vivamente la
    formación de los rasgos diferenciales de las naciones
    antiguas, pero muy pronto la inteligencia aplicada a su
    aprovechamiento fue marcando enormes diferencias que llevaron a
    distinguir la grandeza de algunas naciones y luego de unos
    imperios, y la chatura de otros grupos humanos que no
    habían entrado aún en la civilización, o que
    cursaban en ella con grandes dificultades.

    Ninguna de estas formidables transformaciones
    podría haberse realizado sin que se produjera la
    división horizontal (social) del trabajo en las sociedades
    que construyeron la civilización, y también la
    división vertical de la sociedad, la cual determinó
    desde entonces la existencia de dominadores y
    subordinados.

    La formación diferenciada de modos de vida (y de
    supervivencia), es decir, la aparición de tareas y labores
    diversas, propia de la Revolución Urbana, concomitante e
    interdependiente con las ya mencionadas revoluciones
    Agrícola, Hidráulica y de los Metales, fue
    determinando en todas partes (a tenor de la efectiva presencia en
    cada civilización de los recursos necesarios para ello) la
    existencia de grupos sociales y estamentarios dotados de
    conocimientos, capacidades, deberes y derechos diferentes y
    jerarquizados.

    A su vez, el desarrollo continuado y creciente en cada
    civilización de los tipos universales de trabajo
    (agricultura, ganadería, metalurgia, cerámica,
    carpintería, arquitectura, transporte terrestre y
    marítimo, etc, sin olvidar las artes militares y los
    servicios religiosos) dieron lugar al crecimiento
    económico, al desarrollo de infraestructura de todo tipo y
    a una incipiente tecnología aplicada en cada uno de esos
    campos.

    A poco de andar, al interior de cada campo de actividad
    fueron produciéndose sucesivamente nuevas divisiones del
    trabajo social, lo cual trajo consigo la aparición de
    nuevas especialidades y nuevos especialistas, es decir, de
    hombres cada vez más entendidos en alguna clase de
    trabajos.

    Ya antes de la aparición del gran descubrimiento
    e invención que fue la escritura, coronación de una
    larga formación anterior de las diversas lenguas humanas,
    fueron apareciendo ciertos conocimientos que no significaban
    respuestas o aplicaciones inmediatas a desafíos
    prácticos de la vida material, pero que tenían una
    importancia descomunal para la humanidad, sobre todo si se
    analiza retrospectivamente la aventura del conocimiento. Me
    refiero al conocimiento de los principios de las cosas, al de sus
    propiedades genéricas y específicas, al de los
    conocimientos abstractos y al reconocimiento de la
    representatividad de lo general y de lo particular.

    Esos descubrimientos y conquistas del pensamiento fueron
    posibles gracias a la aparición de individuos y grupos
    sociales relativamente acotados, que de hecho y de derecho, por
    la fuerza o por la ley, fueron realizando aportes impresionantes
    de creatividad e inteligencia al caudal de conocimientos de la
    humanidad.

    A través de una docena de miles de años,
    en algunas sociedades antes, en otras más tarde, esos
    sujetos dinamizantes de la inteligencia y la creatividad fueron
    apropiándose del ejercicio y la representación de
    la funciones intelectuales superiores, lo cual les acarreó
    el consiguiente monopolio de dicha actividad, conquistando desde
    entonces hasta hoy un lugar preeminente como sectores
    orientadores y como mediadores entre ellas y los
    gobernantes.

    Esto ha sido así a consecuencia de que las
    decisiones más importantes de la vida -aquellas que tienen
    relación con los anhelos, las apetencias de bienes y
    valores y la imprescindible voluntad colectiva- pasaron a ser
    reflexionadas por algunos hombres privilegiados que cada vez
    más se vincularon con los dueños del poder a los
    que servirían preferentemente a lo largo de la historia,
    desde la etapa tribal hasta la de los reinos e
    imperios.

    Piénsese en las castas sacerdotales de tantas
    civilizaciones antiguas en las que la actividad intelectual
    estuvo al servicio de la creación, gestión y
    administración de ideas, doctrinas, sentidos, misterios y
    comportamientos religiosos, pero también sociales y
    políticos; piénsese en aquellos que echaban las
    bases de la matemática y la geometría aplicadas a
    la arquitectura en el Egipto antiguo; y sobre todo
    piénsese en los grandes pensadores de Grecia.

    Hombres sabios existieron en todo el mundo antiguo
    conocido donde sus contemporáneos los reconocían
    como tales. En relación a los ejemplos anteriores era
    posible ver en aquellos hombres al tipo del pensador, del sabio,
    del hombre culto, versado y reflexivo -por oposición al
    hombre ejecutor, práctico, simple y servil-, en una
    palabra, a los primeros intelectuales.

    La Edad Media asistió a su consolidación,
    si bien el conocimiento permaneció sujeto a las
    influencias y los límites del poder religioso,
    especialmente en Europa, bajo la órbita de la Iglesia
    Católica, como lo ha estado y sigue estando actualmente en
    muchos lugares.

    Será a partir de la Modernidad cuando la
    actividad de los pensadores o intelectuales comience a revelar la
    singularidad de su función social en casi todos los campos
    de la vida social y a diferenciarse de los avatares de sus
    consecuencias prácticas; es decir, sin que las
    vicisitudes, riesgos, presiones de la vida práctica
    constituyeran obstáculos para su profesión de
    pensadores libres. Por cierto no en forma absoluta, no en todos
    los pensadores, ya que la libertad de pensamiento es un derecho
    que siempre experimenta acechanzas por parte de muchas clases de
    poder.

    Desde entonces se dedicaron cada vez más a
    interrogar el Universo en sus diversas zonas y a descubrir
    tesoros ocultos de especialidades del conocimiento, revelando
    -cual si fueran magos- cosas sorprendentes.

    Los cinco siglos de la Modernidad y en ella los tres
    últimos de la formación y consolidación del
    sistema capitalista mundial acompañarán
    gradualmente el proceso de expansión de los derechos
    individuales y sociales de los hombres al ejercicio real y cada
    vez más libre de la inteligencia, tras haber permanecido
    confinada por largos milenios a estrechos círculos de
    hombres habilitados para reproducir pero no para crear sin
    limitaciones nuevos saberes. Y para que esto fuera posible fue
    determinante la expansión y organización con
    sentido democrático y universal de la educación
    como derecho social y servicio público en gran parte del
    mundo.

    Sin embargo, junto con la democratización de la
    accesibilidad a la educación pública existe otro
    proceso histórico que ha sido y es fundamental a la hora
    de abrir espacios para el ejercicio de la libertad del
    pensamiento: el proceso de laicización de la
    educación que a su vez implica otro proceso: el del
    confinamiento de la fe y la religión como presuntos
    veneros de la verdad al interior de las almas de los creyentes y
    de sus correspondientes organizaciones religiosas, con el
    resultado de la consiguiente expansión de los fueros de la
    razón.

    No cabe duda que la larga marcha de la humanidad no ha
    estado exenta de contradicciones y retrocesos ostensibles; sin
    embargo, la distancia entre la situación actual y el punto
    de partida es inconmensurable. Ciertamente, los mayores frutos se
    produjeron cuando confluyeron los procesos de la expansión
    de la accesibilidad al ejercicio del pensamiento mediante la
    difusión de la lectoescritura y la organización
    universal de la educación, por un lado, y por el otro el
    de expansión de la libertad de pensamiento y de
    expresión acerca de todos los asuntos humanos.

    Ambos procesos, complementados con otras grandes
    conquistas de la humanidad, han permitido un impresionante
    desarrollo de las capacidades humanas en el ejercicio del
    raciocinio y el consiguiente autoconocimiento humano.

    Desde la Ilustración y el Iluminismo (s.XVIII)
    fue aumentando la visibilización de grupos y sectores de
    personas dedicadas a actividades intelectuales que funcionan como
    orientadoras o educadoras del resto de la sociedad por fuera de
    las ideas religiosas de cualquier tipo, y respecto de las cuales
    existe un tácito consenso en designarlas como
    "intelectuales" por el predominio en ellas de las actividades de
    este tipo por sobre las de tipo manual. Sobre todo por
    considerarlas dotadas de muchos y muy complejos conocimientos
    que, en suma, tienen que ver con todas las actividades y niveles
    de pensamiento, lo cual, a los ojos de las mayorías,
    convierte a aquellas otras en "especialistas" en las materias que
    cada una de ellas trata.

    Simultáneamente, la formación del
    proletariado industrial, con la consiguiente necesidad de
    especialización y cualificación de mano de obra
    destinada a optimizar los procesos socioeconómicos y
    políticos cada vez más complejos del sistema
    capitalista y de la Revolución Industrial, consolidaron
    aquella emergencia de grupos, sectores o estamentos dedicados a
    actividades intelectuales superiores. Luego, ya en el siglo XX se
    perfilaron dos grandes orientaciones o áreas del
    pensamiento donde se desenvolvían los grandes pensadores:
    por un lado la filosofía y las ciencias sociales; por el
    otro las ciencias duras de investigación pura y
    aplicada.

    A esta altura del presente trabajo es posible colegir
    que lo humano ha llegado a ser un complejo ensamble
    simbólico presente en el individuo con caracteres
    absolutamente subjetivos, y a la vez un complejo producto
    simbólico que puede ser pensado y analizado por cada
    hombre particular en forma consciente y presente, es decir, en
    acto. Y también en forma subjetiva, aunque puedan
    presentarse registros de formas que escapen a una subjetividad
    libre.

    Sin embargo -nos adelantamos a advertir-, al igual que
    sucede con el conocimiento de la realidad, el conocimiento de la
    humanidad de los hombres (tan sólo uno de los tantos
    asuntos graves y complejos de aquella) no consiste en el
    inventario o la clasificación de lo existente, sino en la
    experiencia de nuestra conciencia respecto de estar siendo en la
    realidad. Por un lado develamiento de significados y sentidos
    cambiantes, y por otro un destino de finalidad, de trascendencia,
    de fatal movimiento hacia adelante que nos llama desde el
    incógnito futuro mucho más que lo que la fuerza
    inercial del presente nos proyecta hacia el futuro.

    Entraremos en estas consideraciones a
    continuación.

    II

    Poco después de la culminación del proceso
    de división de las ciencias y la consiguiente
    consolidación y prestigio de los especialistas y los
    grandes intelectuales (proceso estrechamente vinculado al
    optimismo de la razón, cuya coronación fuera la
    filosofía del Progreso), y a tenor del sacudón que
    representó para ésta la Primera Guerra Mundial
    comenzó a desarrollarse una mirada pesimista que
    ponía el acento en los sentidos contradictorios que
    podían hallarse en el imperialismo racionalista y
    también en el desarrollo y funcionamiento de los cada vez
    más numerosos sectores intelectuales.

    Para referirnos a ello vamos a aclarar los sentidos que
    le damos a la palabra intelectuales. Para ello nos
    valdremos de la diferenciación que efectuara Paul Baran en
    1961, acerca de la existencia de los intelectuales
    propiamente dichos
    , o intelectuales a secas si se prefiere,
    y los trabajadores intelectuales, marcando la diferencia
    entre ambos la presencia de la libertad y el
    compromiso en los primeros, cuando efectivamente ello es
    así, pues puede que dicha presencia sea sólo
    aparente.

    Además de esa clase de intelectuales superiores,
    la diversidad y complejidad de los campos de la vida social en el
    sistema capitalista actual necesita de otras personas que
    realizan actividades intelectuales respecto de las cuales no son
    determinantes los fines de su acción y los marcos
    ideológicos, éticos y prácticos
    implícitos en ellas.

    Éstos últimos son los trabajadores
    intelectuales (piénsese en los contadores, los
    técnicos, los empleados de banco, los maestros y
    profesores, los periodistas, etc, etc).

    Pues bien, los trabajadores intelectuales y el grueso de
    las personas que en la sociedad no pertenecen a la primera
    categoría de intelectuales de Paul Baran vienen realizando
    y reforzando una milenaria delegación simbólica de
    las más altas funciones del pensamiento a aquellas
    personas que hemos descripto como los intelectuales a secas.
    Éstos han tenido frecuentemente y por diversas razones
    comportamientos sociales que marcaban un distanciamiento del
    grueso de la sociedad concreta en que desenvolvían sus
    vidas, incluso al grado de ser percibidos en general como
    elitistas y con altas jerarquías.

    Esa suerte de extrañamiento de los sabios iba
    unida a la sustracción de la mayoría de los saberes
    sistemáticos del campo mayoritario de las sociedades. Esa
    amalgama de extrañamiento convertía de hecho a esos
    intelectuales y a sus conocimientos en una masa lejana, abstrusa,
    sólo cognoscible por los primeros, de modo que los sujetos
    intelectuales y los contenidos simbólicos de su actividad
    intelectual se legitimaban de hecho ante los ojos de las
    mayorías. Y a ello contribuía la creciente
    producción intelectual de aquellos, de modo que la
    profusión cuantitativa de discursos racionales reforzaba
    la presunta jerarquía e importancia de los
    "descubrimientos", incluyendo el hecho de que, paradojalmente,
    éstos fueran poco conocidos en extensión y
    profundidad por parte de las mayorías sociales,
    todavía desprovistas en general del conocimiento de la
    lectoescritura.

    A pesar de esto, y como sucede en tantos otros asuntos
    de la vida, lo desconocido abruma y provoca supremacías
    sobre los espíritus vulnerables. Los lenguajes abstrusos,
    la complejidad de los razonamientos y los temperamentos
    quisquillosos de muchos de aquellos intelectuales -tenidos
    incondicionalmente como cultos y sabios- reforzaban su
    ascendiente sobre los sectores sociales de la base de cualquier
    pirámide social, es decir, sobre las mayorías.
    Fenómeno éste que es similar al de la
    idolatría de los artistas por parte de sus fans, con la
    diferencia de que en este caso los admiradores tienen elementos
    objetivos para tomar posición respecto de sus admirados
    ídolos, tal como el gusto y la admiración por sus
    actividades y talentos, e independientemente de sus particulares
    capacidades de apreciación de aquellos.

    En el caso de los intelectuales de la cultura letrada y
    libresca sus fans nunca serán iletrados, por lo general.
    Esto no implica negar que, de hecho y en muchos casos, han
    existido y existen grados diversos de conocimiento de aquella
    cultura a través de su transmisión oral.

    La jerarquía atribuida a algunos intelectuales
    vivientes, y el deslumbramiento que pueden llegar a provocar,
    lleva con frecuencia a algunos contemporáneos a
    convertirlos, a fuerza de admiración, en una suerte de
    gurúes, no sólo en mérito a su
    nombradía y reputación sino también por la
    gravedad que potencialmente sus capacidades intelectuales
    revisten a sus ojos.

    La conocida frase "¡Qué bien habla el
    dotor!"
    no constituye únicamente una
    percepción ingenua de los de arriba por parte de los
    sectores "populares" sino fundamentalmente una implícita
    sumisión de clase y la consiguiente legitimación
    del rol y las funciones de los cultos e ilustrados por parte de
    quienes no lo son o no se autoperciben a la misma altura
    intelectual.

    En todas partes los intelectuales ocupan elevados
    sitiales en una escala jerárquica que les confiere mayor
    exposición, poder de comunicación y resonancia
    debido a la "altura" en que se hallan respecto de casi todos los
    demás hombres comunes que les brindan respeto y
    veneración.

    En los últimos dos siglos y medio abundaron los
    casos de intelectuales famosos respecto de los cuales la
    resonancia de sus famas precedía largamente a sus
    apariciones reales y también al conocimiento profundo de
    sus respectivas obras, apenas compensado en ocasiones por algunas
    citas extrapoladas. De ahí que en torno a ellos surgieran
    círculos de admiradores y discípulos, capaces de
    arriesgar su vida porque el Maestro posara sus ojos en ellos, o
    por tener la dicha de escuchar de sus labios alguna de sus
    usualmente singulares definiciones urbi et orbi.

    En el ínterin, los respectivos admiradores
    pasaron de coleccionar frases y sentencias impresos en
    manuscritos y libros y hasta transmitidos oralmente, a
    fotografías y retratos hasta llegar a los modernos
    soportes informáticos, y todo con tanta devoción
    que algunos intelectuales fueron convertidos por ellos en
    modelos, en arquetipos, tan importantes para su feligresía
    como fueron desde mediados del siglo XIX los héroes y los
    santos para quienes rendían culto a la Patria.

    Tanto en el campo del pensamiento como en el de la
    acción política hubo y hay intelectuales a secas y
    trabajadores intelectuales abonando con su pensamiento, su
    escritura y su palabra las orientaciones e inducciones colectivas
    que el poder dominante y sus aliados necesitan para mantener el
    control de las sociedades respectivas, y también, aunque
    generalmente en menor cantidad, los hubo y los hay que cuestionan
    e impugnan las formas oficiales, los moldes en que se configura
    la realidad.

    Esa condición de modelos a imitar llegó a
    ser tan fuerte sobre sus cohortes de fanáticos, sobre todo
    en el siglo XX, que en muchos casos generó en ellos
    vocaciones, apostolados y hasta sacrificios sin límites.
    Todo a cuenta de que la fama y la adoración acaba por
    revestir a algunas de estas personas singulares de una suerte de
    fata morgana que a la postre terminaba siendo más
    atractiva y trascendente que su personalidad real, y que
    trascendía el tiempo y el espacio más rápido
    y más intensamente a menudo que el contenido de sus
    correspondientes obras.

    Fue en ese siglo, precisamente, cuando la
    mercantilización de sus destellos llegó no
    sólo a las piezas de oro de sus obras sino incluso a la de
    los brillos de oropel de muchas de aquellas famas, a menudo en
    mayor medida que sus respectivas obras.

    Hoy es fácil observar que muchos de estos
    admirados "hombres sabios" utilizan parte del tiempo que antes
    dedicaban a pensar acerca de cuestiones que ellos mismos
    decidían para pasar entonces a administrar el valor de los
    usos reales y potenciales de sus famas, de sus exposiciones
    circunstanciales respecto de múltiples y variados asuntos
    y de sus vínculos e influencias intra y extra literarios,
    pero en todos los casos independientemente del valor del
    contenido de sus pensamientos. Tampoco nada novedoso, por cierto,
    pero que cada vez es más mercantilizado como si fuera oro
    de buena ley.

    Es decir, sus aureolas y sus sombras parecen
    independizarse cada vez más de sus propios cuerpos y de
    sus creaciones, obteniendo de este modo y frecuentemente mayores
    gratificaciones que con éstas últimas.

    Es fácilmente reconocible que para apropiarse del
    valor adicional del prestigio y la publicidad gratuitos que
    invisten hoy los vínculos marketineros de carácter
    masivo sólo deben atender y mantener una
    consideración constante sobre las expectativas de la
    demanda (de la demanda real y de la potencial, como sucede
    actualmente), no ya para descubrir lo que ésta esperaba de
    la función "sacrosanta" de pensar. ¡No, no, no! Ya
    no se esperan "deberes" ni "misiones" de los intelectuales como
    en la ya centenaria etapa del Romanticismo Social en
    América latina, y en especial en tiempos de la
    Revolución Social. Ésta ya había concluido
    mucho antes de que la palabra Posmodernidad comenzara a
    escucharse habitualmente en estos lares.

    De modo que, estimado lector, hace rato que compartimos
    un supuesto presente que sin que nos demos cuenta se nos esfuma
    constantemente por atrás para darnos una versión
    descafeinada del Ser intelectual hoy y aquí. Esto no es
    otra cosa que un mero ejercicio lingüístico complejo
    e inútil dentro del mercado capitalista mundial, que
    atiende fundamentalmente a sus valores de cambio y no a los de
    uso, lo cual, una vez más, no es algo nuevo, pero que
    actualmente es desembozada y descaradamente asumido, aprovechado
    y reproducido mientras simultáneamente torna más y
    más sofisticada su presunta criticidad.

    Metafóricamente hablando, para navegar en barca
    intelectual hoy basta con hacerse a la mar sin arribar nunca a
    costa alguna como condición para la producción y
    reproducción como intelectual y de ejercicios
    intelectuales posteriores. Sólo se debe flotar para
    permanecer y ser visible. Lo intelectual es hoy como el oropel,
    un breve baño dorado sin riqueza ni calidad
    áurea.

    No es que no se escuchen ya los ecos de viejos discursos
    de la etapa anterior, impresos en diversos soportes o en memorias
    particulares supérstites. Claro que se escuchan
    todavía, aunque con mayores distorsiones y
    ambigüedades, pero ya no para pregonar misiones futuras que
    todo mundo sabe o intuye que están fracasadas de antemano,
    sino para llevar a cabo el nuevo "rebusque" de los intelectuales
    al uso entre nosotros (¡en definitiva uno habla de los
    intelectuales concretos que ha conocido y conoce, y no de los
    intelectuales en abstracto, ni menos aún de los de
    Utopía). Es decir, para hacer lo que hacen hoy muchos de
    estos intelectuales culturosos que viven y muy bien del Estado al
    que constantemente critican: "dar cuenta del
    presente".

    Examinarlo, describirlo, diagnosticarlo, divulgarlo y
    mercantilizarlo, no ya para proponer alternativas,
    transformaciones o cuestionamientos a la condición humana,
    sea en abstracto o concretamente.

    Seguramente les ha de corresponder a ciertos
    intelectuales (sobre todo a los de décadas y siglos
    recientes) una gran responsabilidad por el fracaso de las
    quimeras con las que empapelaron el mundo, y por el consiguiente
    agotamiento físico y moral de muchos de los que murieron
    agónicamente, de los que sobrevivieron y de los que
    nacieron después… lo cual torna comprensible tanta
    desafección actual respecto de aquellos delirios que
    habían llegado a ser el non plus ultra de la
    existencia.

    Con todo, no seguiré adelante con este tema pues
    es una forma más del "dar cuenta" de que hablábamos
    antes, sino que pondré brevemente el acento en las
    diferencias de los intelectuales actuales con los de aquella
    época de emblemáticos delirios.

    Pues, y esto es lo que me parece grave hoy, los actuales
    que están y se pueden ver ya no
    necesitan pensar profundamente, ni con originalidad…
    Sólo tienen que "dar cuenta del presente", y eso en los
    ropajes al uso; esos que espera la demanda creyendo y sintiendo
    que de ese modo pasa por actualizada, por creer que así es
    progresista, que no tiene en su cabeza el enano fascista de
    Neustadt, y que por todo ello está
    viva.

    Lo que sí continúa siendo el País
    de Utopía es la Universidad, en manos de izquierdas seudo
    radicales, tremendistas, patoteras y piqueteras que junto con sus
    autoridades se alinean a las autoridades populistas para dar
    cobertura a "los proyectos" de los nuevos caudillos, a cambio no
    de la mejora de la educación, de la ciencia y del
    desarrollo, sino de cobrar y seguir estando cómodamente
    instalados y haciendo la plancha los profesores, y de "abrirse
    camino" los nuevos egresados. Eso sí, ¡siempre con
    el sambenito del "Che" en la boca y la lucha por "El
    socialismo"!

    Dije "hacer la plancha", es decir, flotar sin hacer
    nada. Ya no se trata de hacer de verdad algo como en otras
    épocas, por más delirante que aquello haya sido.
    Ahora tratan de aparentar que se hace, pero sin hacerlo, pues se
    les acabaría a estos intelectuales su encantador negocio
    si resolvieran todos los problemas (una utopía, por
    cierto), pero tampoco resuelven ni un solo problema. Y a pesar de
    reclamar siempre mejores condiciones salariales nunca van a pedir
    el famoso año sabático (por mí les
    daría 99 años sabáticos) para no correr
    riesgos de ninguna clase ni ser eventualmente desplazados de la
    escena por nuevas camadas de aspirantes.

    Es increíble que la humanidad continúe
    despojándose voluntaria y alegremente de la función
    individual y social de pensar su existencia para dejarla a cargo
    de ciertos hombres tan inútiles como los que estamos
    describiendo, que acompañados por futuros "trabajadores
    intelectuales" vivirán del presupuesto mientras
    enseñan discursos memorizados e inútiles de cada
    vez mayor fugacidad e inconsistencia.

    Mientras tanto ponen cara de sufrimiento aunque no
    representan a nadie, han subrogado a casi toda la sociedad pero
    ni siquiera para manipularla desde sus propias ideas pues las que
    dicen tener son como agua de tallarines (no sirven para nada).
    Seguramente usted está pensando en los mismos nombres y
    las mismas caras que yo.

    Pero si usted, amigo lector, retoma en este punto el
    argumento mencionado más arriba de la indetenible
    expansión de los sistemas educativos en el mundo, pensando
    que este fenómeno compensa esa delegación y
    subrogación de la producción intelectual masiva que
    venimos tratando, le contesto que no constituye
    compensación alguna ni reequilibrio, pues en general los
    sistemas educativos no enseñan a pensar con
    autonomía, ni a reconquistar la libertad perdida.
    Sólo brindan instrucción e ilustración, y a
    menudo ni siquiera esto.

    No se me escapa que las características
    actualmente deficitarias del producto -o sea la enseñanza
    impartida en los niveles obligatorios de la escolaridad actual-
    es estrechamente dependiente no sólo del estado y las
    características del alumnado, sino también de los
    del profesorado, y fundamentalmente de los fines oficiales reales
    de los sistemas educativos a nivel mundial. Piénsese que
    los viejos resúmenes Lerú hoy serían
    enciclopedias frente al aprendizaje cada vez más
    frecuente de 15 renglones como máximo por tema y con
    posterior coloquio colectivo previamente aprobado para
    estimular a los chicos,
    en instancias educativas de nivel
    terciario y universitario.

    Añado a las consideraciones precedentes un
    cuestionamiento estratégico, nada original por cierto,
    respecto del sentido (¿o más bien sinsentido?) que
    encierra transcurrir la tercera parte de la vida humana (el tramo
    de mayor productividad y lucidez física e intelectual de
    las personas) encerrado entre paredes semejantes a
    cárceles cuyos cerrojos no desaparecen luego, cuando
    supuestamente los prisioneros entran en "la vida", sino que se
    tornan invisibles.

    Miremos la realidad nacional y mundial y pensemos si
    valió la pena que tantas generaciones de niños,
    adolescentes y adultos jóvenes soportaran dicha
    prisión. ¿Qué habríamos perdido de no
    haber estado presos tanto tiempo? ¿Acaso lo que vino
    después para cada uno -la etapa del mercado de trabajo- se
    vio beneficiada por aquella prisión? Bien vale preguntarse
    en este instante lo que ya afirmara el lúcido intelectual
    chileno Dr. Claudio Naranjo, si la escuela nos ha enseñado
    lo más importante en la vida, es decir, a ser
    felices.

    Creo como él que no lo ha hecho ni lo hace, ni lo
    hará. Simplemente nos anestesia para soportar mejor las
    cadenas que nos dejaron las generaciones precedentes y las que la
    generación de cada uno va creando.

    Pues bien, esos años de prisiones ni siquiera
    ponen a las masas en contacto con intelectuales, sino que lo
    hacen con trabajadores intelectuales entrenados para difundir un
    conjunto básico de digresiones hechas por terceros
    –muy pocas de ellas provenientes de intelectuales
    verdaderos y valiosos- acerca de cuestiones de moda que cada vez
    más aumentan desmesuradamente y en gran medida el
    conocimiento inútil.

    Esos trabajadores intelectuales supernumerarios y
    robotizados con los que convivimos constantemente,
    prácticamente durante un tercio de nuestras vidas, no
    contribuyen al desarrollo progresivo de la condición
    humana con nada que tenga mucho mayor valor que los eventuales
    actos de pensamiento y decisión que podrían
    emprender los hombres comunes individualmente considerados en
    relación con otros paradigmas de civilización
    diferentes a los del mundo actual.

    Claro que los hombres comunes del grueso de las
    sociedades en general ya se han acostumbrado a que los hombres
    sabios piensen y decidan por ellos, y por más que no lo
    admitan tampoco creen en los intelectuales tal como
    ocurría en tiempos no muy lejanos. Y mucho menos creen hoy
    en los profesores intermediarios. Y sin embargo, no les interesa
    sacárselos de encima.

    Los intelectuales de mercado, aquellos que no se
    pertenecen a si mismos, y los reproductores por un salario
    (presas menores de la fauna intelectual) aplican en sus vidas
    profesionales el famoso "como si"… Ellos hacen, mejor
    dicho parecen estar pensando profunda y autónomamente (y
    con "sentido solidario", of course, como espera la demanda), en
    tanto los hombres comunes hacen como si los tuvieran en gran
    estima y consideración junto con sus obras.

    Lo cierto es que, masivamente, casi todo el mundo piensa
    menos que en otras épocas, sobre todo porque existe una
    cultura del ocio y del espectáculo que vuelca a las
    personas fuera de si mismas como supuesta terapia contra los
    viejos y los nuevos dolores del cuerpo y del alma. En este marco,
    pensar es un compromiso incómodo para la mayoría de
    los hombres actuales, y esto por múltiples razones que no
    alcanzaríamos a desarrollar en este lugar.

    Vale decir, entonces, que las mayorías no tienen
    actualmente expectativas especiales depositadas en los
    intelectuales que supuestamente deberían ocuparse de lo
    que aquellas no pueden, no saben o no quieren realizar por si
    mismas. Esta función es hoy un mero nicho cultural que la
    mayoría de las veces que es consumida por la gente
    común lo es como mero entretenimiento o como
    símbolo y promoción de nuevos status.

    Con todo, en lugar de que los públicos actuales
    cuestionen política o ideológicamente a los
    intelectuales, como era lo habitual en el siglo XX, y sobre lo
    cual prácticamente no existen hoy motivaciones ni
    consensos evidentes, sí es posible ponerse de acuerdo en
    que sería más fácil y más
    lógico cuestionarnos a todos nosotros precisamente como
    públicos.

    En este sentido, deberíamos examinar
    críticamente por qué no tenemos expectativas
    sólidas sobre la función intelectual llevada a cabo
    en forma ostensible por el sector dedicado a ello,
    fundamentalmente para comprender que esta situación
    constituye, en definitiva, una prueba de renuncia y
    desinterés en las bondades del pensamiento, y en
    última instancia, pérdida de la fe (como garante
    finalísimo) de la verdad.

    A priori es fácil colegir que no se trata de una
    boutade, sino de un grave problema social, ya que vivir sin
    pensar por uno mismo es como vivir en la oscuridad, con el
    consiguiente peligro de que uno se acostumbre a ello, pero peor
    aún con el riesgo de terminar ciego.

    Si las mayorías actuales, que pueden ser
    caracterizadas como productoras y consumidoras (pero no
    productoras de pensamiento decidida y ostensiblemente
    autónomo), en consecuencia, individual y socialmente no
    soberanas, no creen ya en los intelectuales que las subrogan, ni
    tampoco quieren retomar la función delegada debido a la
    complejidad del sistema sociocultural mundial, los intelectuales
    podrían encarar otras tareas distintas a las
    tradicionales, y respecto de éstas últimas
    podrían llamarse a silencio no sólo por la historia
    de sus responsabilidades y fracasos conocidos sino porque no es
    propio de ninguna representación ni delegación que
    los mandatarios esparzan por doquier sus obsesiones y su
    egolatría. Lo cual es lógicamente extensible a los
    políticos, por supuesto, sus grandes aliados.

    Partes: 1, 2

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