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Ni filosofía sin ciencia, ni ciencia sin filosofía

Enviado por Luis Ángel Rios



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Ni filosofía sin ciencia, ni ciencia sin filosofía

Como algunas construcciones lingüísticas artificiosas, elaboradas por detractores de la filosofía, generan imaginarios colectivos de rechazo al quehacer filosófico, fundados en el supuesto hecho de que, actualmente, sólo la ciencia puede dar respuestas a la problemática diversa que nos inquieta -solamente con el fruto de la investigación científica de la naturaleza y de la sociedad-, en el presente texto me propongo demostrar que, si bien es cierto que la ciencia responde en gran medida a este tipo de investigación, la filosofía y sus productos efectúan aportes vitales a nuestra cultura (entendida como la totalidad del quehacer material e intelectual del ser humano) en el campo del pensamiento, en procura de respuestas que la ciencia, dada su naturaleza y su metodología, no puede ofrecer, sobre todo en lo concerniente, a la existencia auténtica del ser humano y del ser de las cosas. El título de este escrito significa que no puede haber "divorcio" entre ciencia y filosofía; entre las dos debe existir una moderada sinergia. Mi intención es tratar de armonizar filosofía y ciencia o ciencia y filosofía.

En los dos últimos siglos, debido a la exacerbación de la racionalidad instrumental (con sus frutos: la ciencia y la tecnología) y la imposición del positivismo (con su cientificismo), se ha pretendido "dar muerte" a la filosofía. Pareciere que en nuestros tiempos nos tocare contemplar impotentes el fenómeno universal de la decadencia de la filosofía. "Cada día son más los pensadores que expulsan a la filosofía de la república de las ciencias"[1]. A pesar de ello, la filosofía continúa incólume desarrollando su quehacer natural: reflexionar sobre el mundo en que vivimos para comprenderlo y proseguir con la transformación que le compete, tal como lo ha hecho desde su nacimiento en la antigua Grecia.

El entusiasmo de los nuevos descubrimientos, las invenciones y los asombrosos adelantos en la investigación científica en sus diversos campos de acción ha provocado un olvido de la ontología, la metafísica, los valores, la ética, el arte y otras objetivaciones del espíritu, producto del quehacer filosófico. En este sentido, el antropólogo Loren Eiseley precisa que estos son aspectos "intangibles de la vida que matizan una civilización y determinan a la larga si ella ha de ser humana o cruel; en otros términos, si el mundo moderno, en cuanto se refiere a la vida espiritual interior, será como la coraza acerada de la proyección exterior, o exhibirá la rica textura de la experiencia genuinamente humana"[2].

El periodista Andrés Salcedo afirma, con relativo fundamento, que las únicas respuestas serias y confiables no las han dado los filósofos sino los matemáticos y astrofísicos como Stephen Hawking. "Los grandes filósofos de nuestro siglo (XX) son los físicos atómicos, los astrónomos, los neurólogos. Sus respuestas son más claras y esclarecedoras que los complicados enunciados de los filósofos en las universidades. Uno de estos profesores podría leer y explicar la filosofía de Kant pero sería incapaz de aclararle a un joven neurotizado por un entorno patológico lo que es la vida porque no lo saben. Los filósofos occidentales han dejado de hacerse preguntas, son incapaces de calmar la angustia de la sociedad cultural"[3]. El psicoanalista Oreste Saint–Drome se pregunta si puede un filósofo responder directamente a una sola de las preguntas que nos asaltan en nuestra vida cotidiana. "El método científico se aplica a todo y a todo, especialmente a la sociedad. Fuera los aficionados y los charlatanes; sitio para los especialistas y los expertos… Platón y Santo Tomás al armario. La política se inspira en Newton y en Darwin"[4].

Efectivamente, los científicos pueden darnos, en estos tiempos, algunas respuestas "claras y esclarecedoras" sobre cómo funciona el universo. Los filósofos no podemos negar radical y dogmáticamente la "verdad" de Salcedo y Saint–Drome. Sería como desconocer la "realidad" o, en otros términos más concretos, el mundo actual. Qué filósofo, por más dogmático que sea, se atreve a desconocer los efectos de los nuevos paradigmas científicos. Quién osa negar la importancia e influencia de la mecánica cuántica con todos sus asombrosos y revolucionarios productos: principio de incertidumbre, teoría de las supercuerdas, teoría de los mundos paralelos, bosón de Higgs, física de partículas, quarks y leptones, propiedad o dualidad onda-partícula, realidad incierta, modelo estándar, teorema de Bell, observador-participante, indeterminismo, azar, función probabilista, modelo simple de núcleo radioactivo, efecto Compton, gato o ecuación de Schrödinger, principio de no localidad, principio de complementaridad de Bohr, principio de simetría, principio de indecibilidad, de incomplitud o teorema de Gödel, principio de exclusión, principio de operación, principio de autoorganización Y qué decir de la teoría de la relatividad. La ciencia ha avanzado de tal manera que se necesitan nuevas herramientas conceptuales, metodológicas y renovados fundamentos epistemológicos para conocer, interpretar y comprender el universo en que vivimos. Pero no podemos olvidar que muchas ciencias tienen su origen en la filosofía. Precisamente, la mecánica cuántica hunde sus raíces en el pensamiento de Leucipo y Demócrito (éste último llamado "el primer físico de partículas" por el científico Leon Lederman). Los físicos, además de matemáticas, también han investigado en la filosofía, porque en ella están los principios de ésta y de otras ciencias.

¿Qué información puede ofrecernos la filosofía en esta época de grandes inventos y descubrimientos técnico–científicos: microchip, acelerador de partículas, internet, televisión digital, mecánica cuántica y sus productos, etc.? "¡Ninguna!", contestarán los detractores de la filosofía. "Pero quienes nos informan nos desinforman", refutamos los defensores de la filosofía. Savater, uno de éstos, sostiene que no queremos más información sobre lo que pasa sino saber qué significa la información que nos ofrecen las ciencias de la naturaleza, los técnicos y los medios de comunicación, "cómo debemos interpretarla con otras informaciones anteriores o simultáneas, qué supone todo ello en la consideración general de la realidad en que vivimos, cómo podemos o debemos comportarnos en la situación así establecida"[5]. En este contexto la filosofía responde a las preguntas de qué es la información, el conocimiento y la sabiduría.

A juzgar por el crudo materialismo que impera en nuestra sociedad capitalista, ávida de tecnología, inventos y descubrimientos de interés para incrementar el consumismo, es posible que se desconozca que la filosofía ha inquietado a los científicos. Brillantes científicos del siglo XX, como Neils Bohr, Ernest Rutherford y Albert Einstein (por citar solamente éstos), para poder formular sus teorías, primero debieron haber leído a los grandes filósofos como Platón, Aristóteles, Francis Bacon, René Descartes, Spinoza, John Locke, David Hume, Inmmanuel Kant y Augusto Comte, entre otros, fundamentadores y teóricos del conocimiento científico. Posiblemente algunos científicos no son filósofos de oficio, pero esto no implica que no sepan filosofar. Los científicos también saben filosofar, así no sean filósofos. Los buenos científicos, para controvertir a los filósofos, primero los deben leer y entender. José Ortega y Gasset[6]nos recuerda que Einstein necesitó saturarse de Kant y de Mach para poder llegar a su aguda síntesis, y que Kant y Mach –con estos nombres se simboliza sólo la masa enorme de pensamientos filosóficos y psicológicos que han influido en Einstein– sirvieron para liberar la mente de éste y dejarle la vía franca hacia su innovación. La importancia de Einstein para la filosofía es indudable, puesto que de sus descubrimientos resultó una nueva concepción del universo. Galileo Galilei para rebatir las ideas aristotélicas que imperaban en su tiempo retomó la filosofía de Pitágoras, Platón y Arquímedes. El científico Leon Lederman aclara que Galileo "se nos aparece como un pensador profundo, de mente sutil, capaz de hallazgos intuitivos que envidiaría cualquier físico teórico de hoy…"[7]. La obra newtoniana no se comprende sin el aporte de la influencia del naciente liberalismo y el surgimiento del empirismo. "Ha habido espléndidos científicos y maravillosos descubrimientos antes de los treinta años de edad; logros filosóficos definitivos han exigido muchos más años de reflexión y de madurez"[8]. En el discurso científico, por ser contrastable internamente, de acuerdo con los profesores del Gimnasio Moderno de Bogotá, Carlos Cardona S. y Uriel A. Cárdenas, la ciencia y la filosofía se enriquecen con el debate, sin el cual no podrían existir, debido a que son una actividad crítica. El debate y la crítica conforman el eje central del filosofar. "La física es una aventura profunda y rica, que se ha convertido en inseparable de la filosofía y un intento de establecer una relación de armonía con una entidad muy superior a nosotros mismos, la naturaleza. Lo que exige de nosotros buscar, formular y desarraigar uno tras otros, nuestros más profundos y queridos prejuicios y viejos hábitos mentales en una búsqueda infinita de lo alcanzable… Según Einstein, los conceptos físicos son creaciones libres de la mente humana, y no están, aunque pudiera parecerlo, determinadas en forma única por el mundo exterior"[9].

La ciencia no ofrece todas las respuestas a la compleja problemática del universo, ni los filósofos han cesado de preguntarse. Sin soslayar la ciencia, con el ánimo sereno de refutar al referido periodista Salcedo, es procedente aclararle que el verdadero filósofo sí es capaz de aclararles inquietudes a los jóvenes, plantearse inquietudes profundas y aportar soluciones a la angustiante realidad actual. En plena postmodernidad, desconocer la importancia de la ciencia, sería mera necedad e ignorancia. La ciencia y la filosofía son indispensables, porque ambas obedecen a dos necesidades del espíritu humano. Necesitan compenetrarse porque ninguna puede desconocer sus saberes y sus métodos; la filosofía no puede ignorar los aportes científicos para afianzar sus planteamientos. Para Will Durant, "la ciencia es descripción analítica, la filosofía es una interpretación sintética"[10]. Oswaldo Robles nos aclara que "los grandes filósofos han sido versados en la ciencia de su tiempo"[11]. La diferencia estaría en que "la ciencia hace sus conquistas siempre a base de pruebas objetivas, de verificaciones incontrovertibles; las conclusiones a que llega la filosofía no son susceptibles de pruebas objetivas, y por lo tanto, de verificaciones incontrovertibles"[12].

La ciencia tiene unas respuestas, pero no todas las respuestas; la filosofía, así mismo, tiene muchas preguntas que la ciencia no puede responder. Ninguna ciencia o saber diferente a la ontología o la metafísica puede dar respuesta sobre la existencia auténtica de las cosas y del ser humano. Así sean sólo especulaciones discursivas o teóricas, la filosofía intenta dar respuesta a las preguntas que se le escapan a la ciencia, ya que ésta, según sus métodos tradicionales, dentro de los laboratorios busca describir, explicar y comprender racionalmente los procesos naturales y sociales; la filosofía, dada su naturaleza, no se introduce en los laboratorios de investigación científica para elaborar sus planteamientos o teorías. Sin embargo, la filosofía, a pesar del inobjetable desarrollo científico, sigue ofreciendo respuestas a los problemas humanos fundamentales que se le escapan a la ciencia, por cuanto la investigación metafísica de la auténtica vida humana, en sus más profundas dimensiones, se resiste a servir como "conejillo de indias" de los métodos caducos de investigación. En conclusión, los filósofos seguimos haciendo y haciéndonos preguntas y somos capaces de "calmar la angustia de la sociedad cultural" y responder directamente a "las preguntas que nos asaltan en nuestra vida cotidiana". Los filósofos lo intentamos y somos capaces, lo que ocurre es que el poder aletargador de la razón instrumental y el condicionamiento de nuestro fenómeno socioeconómico denominado capitalismo, con su feroz competencia y voraz consumismo, no permite espacios de reflexión para pensar la vida porque no están dentro de los rangos de la "productividad" y de las "ganancias" materiales.

Ni la ciencia puede reemplazar a la filosofía ni la filosofía a la ciencia. Las dos tienen su espacio, su dinámica y su quehacer en nuestra sociedad. Los científicos se ocupan de cómo es el universo, los filósofos del porqué del universo. Pareciere que, del mismo modo que los alquimistas buscaban la piedra filosofal, los científicos persiguen una fórmula que explique y describa el universo y sus fenómenos. El filósofo no es solamente un pensador, ni el científico es sólo un observador; ambos tienen que pensar y observar. Los dos piensan sobre las diferentes clases de observaciones. Uno tiene que hacer especialmente las observaciones, bajo condiciones especiales, antes de poder pensar para solucionar el problema. El otro puede confiar en su experiencia corriente. La filosofía alcanza su propia comprensión del mundo; una comprensión del mundo, una comprensión que supera el nivel de las ciencias particulares. Edmundo Husserl, que se interesó por la investigación matemática antes de interesarse por la reflexión filosófica, planteó que las ciencias particulares son ingenuamente objetivas. "La ingenuidad es la característica fundamental de su actitud frente a los objetos, pues se dirigen confiadamente a ellos, y no se preocupan por los fundamentos del saber. La filosofía supera la ingenuidad de las ciencias. La superación tiene lugar en un regreso a la conciencia, a la subjetividad, en la cual se pueden encontrar dichos fundamentos… La filosofía es una ciencia fundamental y fundamentadora de las otras ciencias… La filosofía debe rechazar todo principio infundado, toda hipótesis sin demostrar, todo juicio oscuro, toda construcción en el aire. La única fuente de que ella se puede alimentar es la de lo dado en una evidencia indubitable… A diferencia de las otras ciencias, que se dirigen a sus objetos en una actitud directa e ingenua, la filosofía adopta una actitud refleja y acota su campo de trabajo en la subjetividad, fuente de toda objetividad… El ser en cuanto tal, la comprensión del ser y los modos del ser son temas que no les interesan a las ciencias, pues ella sólo tienen ojos para los entes… El rigor filosófico consiste… en un heroico esfuerzo por mantenerse en ese elemento, es decir, en la relación del hombre, y en no dejarse arrastrar por las tendencias naturales que lo empujan hacia los objetos"[13].

Las ciencias particulares dan por supuesto su objeto (por eso se llaman ciencias positivas), pero el hombre no puede dar nada por supuesto si quiere tener una última claridad. Esa es la función, la exigencia de la filosofía. No existe una frontera bien definida entre la ciencia y la filosofía. "Ningún problema puede ser calificado definitivamente de científico o filosófico. La diferencia entre ambas reside, no en los problemas que abordan, sino en el modo de delimitar los temas y sobre todo en el método"[14]. Entre filosofía y ciencia existe un fin que las entrelaza: la certeza, la evidencia, la verdad. "El hombre busca saber, pero busca sobre todo saber la verdad del saber, y la búsqueda de la verdad puede decirse que pertenece inevitablemente a la realización vital del hombre, de tal manera que la razón y la vida se unifiquen en la vía de la trascendencia o del sentido pleno de las expectativas y realizaciones humanas"[15].

Pero las relaciones entre filosofía y ciencia son objeto de posiciones encontradas. Muchos científicos consideran que los aportes de la filosofía carecen de valor por no tener en cuenta los estándares del método científico. Erich Fromm precisa que el método científico exige objetividad y realismo, exige ver el mundo como es, y no deformado por los deseos y los temores de uno. "Exige ser humilde hacia los hechos de la realidad y renunciar a toda esperanza de omnipotencia y omnisciencia. La necesidad de pensamiento crítico, de experimentación, de pruebas, la actitud dubitativa, todas éstas son características del esfuerzo científico, y son precisamente los métodos de pensamiento que tienden a contrarrestar la orientación narcisista"[16]. Afirman que se trata de especulaciones o de abstracciones incontrastables con la realidad. Para ellos, el filósofo es un hombre distraído con tendencia a separarse de la realidad. En contraste, varios filósofos piensan que la filosofía tiene establecido un camino independiente de los procedimientos técnicos y métodos de la ciencia.

Ante estas posiciones, el pensador Hernando Barragán Linares plantea que "el papel de la filosofía es servir de coordinadora del pensamiento científico, lograr una síntesis conceptual donde el saber se unifique"[17]. Barragán aclara que la filosofía no se puede inclinar únicamente a escoger datos científicos. Ante todo, precisa, tiene una función crítica, fundamentadora, orientadora del proceso científico. El científico en su trabajo de investigación se encuentra con problemas inherentes al material de su quehacer a los cuales pretende dar respuestas de acuerdo con el método científico, "pero encontramos que el científico tiene que vérselas con una serie de dificultades propiamente filosóficas, por ejemplo cuando trata de situaciones como la naturaleza de la materia, el determinismo o indeterminismo de la naturaleza, etc., problemas que en el fondo tienen un carácter teórico de mayor extensión por cuanto no son sólo planteados a nivel de una ciencia determinada sino que hacen referencia a una situación no sólo de mayor amplitud sino también de mayor complejidad"[18]. En concepto de Savater, la filosofía es la reflexión sobre el sentido general de la existencia, sobre el porqué de las cosas. Y sobre esto no reflexiona la ciencia. El quehacer filosófico consiste en explicar y no en describir la naturaleza de las cosas.

Si bien es cierto que la ciencia da respuestas a muchas de las preguntas que se hace el hombre práctico, la diferencia entre filosofía y ciencia estaría en su actitud ante la certeza. "En filosofía alternan tanto la búsqueda como el hallazgo, la duda como la tendencia al sistema. Ha dicho un filósofo que la medianoche contiene el amanecer. Constataba que el hombre siempre vuelve a la pregunta, como manera de ser original. Una pregunta que, a la vez que no tiene conclusión, no puede ser, como hoy, igual a la anterior"[19]. Es posible, dependiendo de las circunstancias, que la ciencia pueda resolver preguntas de la filosofía, y viceversa. El filósofo Jaime Vélez Correa[20]sostiene que es probable que ciertos aspectos de las preguntas a las que hoy atiende la filosofía reciban mañana solución científica, y es seguro que las futuras soluciones científicas ayudarán decisivamente en el replanteamiento de las respuestas filosóficas venideras, así como no sería la primera vez que la tarea de los filósofos haya orientado o dado inspiración a algunos científicos. No tiene por qué haber oposición irreductible, ni mucho menos mutuo menosprecio, entre ciencia y filosofía, tal como creen los malos científicos y los malos filósofos. La ciencia puede establecer, por sí misma, límites en el terreno del conocimiento positivo. Sin embargo, la filosofía, cuya naturaleza es cuestionarse las raíces de lo real y con ello penetrar en la dimensión de su carácter de criatura, se enfrenta formalmente con lo incomprensible, con la criatura en cuanto misterio. De lo único que podemos estar ciertos es que jamás ni la ciencia ni la filosofía carecerán de preguntas a las que hay que intentar responder.

Con respecto a la ciencia, queda claro que "la opinión filosófica de la realidad, no podrá nunca ser opinión ingenua en sentido vulgar, ni crítica en el sentido científico, será un examen de las posibilidades no ya de los sentidos, sino de la razón, para determinar el valor de sus informaciones a los efectos de integrar el conocimiento total, es decir, una opinión crítica en sentido filosófico"[21]. La filosofía es como la ciencia y difiere de la historia en que busca verdades generales más bien que un informe sobre sucesos pasados en particular. Pero el filósofo no formula la misma índole de preguntas que el hombre de ciencia, ni emplea la misma clase de método para contestarlas. Indaga más allá de la realidad y las relaciones entre los fenómenos; busca penetrar hasta las causas y condiciones últimas de las cosas existentes y mutables. Tales problemas se solucionan sólo cuando las respuestas a ellos son claramente demostrables.

Es posible que los filósofos no hayan podido avanzar al paso de las teorías científicas. Pero el filósofo, sin la presión de la observación y de la experimentación[22]en una perfecta interrelación con el científico, puede complementar y perfeccionar sus planteamientos, para que sean acordes con la realidad actual, superando especulaciones filosóficas caducas, y no contradigan teorías científicas, evidentemente contundentes e irrefutables. La ciencia permite al filósofo desechar dogmatismos y saberes superados, especialmente en el campo cosmológico. La filosofía humaniza el quehacer científico. La filosofía no puede prescindir de la ciencia en procura de su fundamento y solidez. El filósofo que ignora las conquistas científicas, plantea sistemas ilusorios. "El científico, a su vez, necesita una buena formación filosófica para orientar y valorar su investigación en función del hombre integral, en todas sus dimensiones"[23]. Con la filosofía coordinamos las diferentes actividades, pero no alcanza el grado del saber propiamente dicho, reservado únicamente al conocimiento científico. Sólo existe un saber y una verdad científica, mientras que son posibles varias sabidurías filosóficas. "En la actualidad las ciencias pretenden explicar cómo están hechas las cosas y cómo funcionan, mientras que la filosofía se centra más bien en lo que significan para nosotros… la filosofía se pone a reflexionar sobre cómo cuenta para nosotros lo que sabemos, lo que sucede y lo que hay"[24]. En tanto que la ciencia fragmenta y especializa el saber, la filosofía relaciona todo lo demás con el ánimo de humanizarnos. La ciencia ofrece soluciones; la filosofía, respuestas. La filosofía "rescata la realidad humanamente vital de lo aparente, en la que transcurre la peripecia de nuestra existencia concreta"[25]. El filósofo es capaz de comprender que debajo de esta realidad en que vivimos y somos se esconde una realidad distinta. El quehacer filosófico no busca suposiciones sino saberes seguros, "quiere saber lo que supone para nosotros el conjunto de nuestros saberes"[26]. La filosofía pregunta por cuestiones que los científicos dan ya como supuestas o evidentes. Según el filósofo Thomas Nagel, la principal tarea de la filosofía es cuestionar y aclarar algunas ideas muy comunes que todos nosotros usamos cada día sin pensar en ellas. La ciencia busca el cómo y la filosofía el qué. "Antes de que una ciencia se pueda dedicar a investigar cómo son los objetos de su dominio, tiene que saber qué son ellos"[27].

En el amplio y fascinante mundo del conocimiento el historiador se pregunta qué sucedió en el pasado, el filósofo qué es el tiempo; el físico qué explica la gravedad, el filósofo cómo podemos saber que hay algo fuera de nuestra mente; un matemático cuáles son las relaciones entre los números, el filósofo qué es un número; el psicólogo cómo aprenden los niños el lenguaje, el filósofo por qué una palabra significa algo. La ciencia y la filosofía intentan contestar preguntas suscitadas por la realidad.

Los filósofos, en el siglo XVIII, consideraban todo el conocimiento humano, incluida la ciencia, como su campo, y discutían si el universo tuvo un principio. "Sin embargo, en los siglos XIX y XX, la ciencia se hizo demasiado técnica y matemática para ellos, y para cualquiera, excepto para unos pocos especialistas. Los filósofos redujeron tanto el ámbito de sus indagaciones que Wittgenstein dijo: La única tarea que le queda a la filosofía es el análisis del lenguaje"[28].

Los buenos científicos deben hacer filosofía de la ciencia. No obstante, numerosos científicos se han dado por satisfechos dejando la filosofía de la ciencia a los filósofos, y han preferido seguir "haciendo ciencia" en vez de dedicar más tiempo a considerar en términos generales cómo "se hace la ciencia". Según Einstein, con cierta justificación se afirma que el hombre de ciencia es un filósofo de mala calidad. ¿Por qué, por ejemplo, el físico no deja que el filósofo se ponga a filosofar? "Esto bien puede ser lo correcto en momentos en que el físico cree tener a su disposición un sistema rígido de conceptos y leyes fundamentales, tan bien establecidos, que ninguno puede tocarlos. Pero puede no serlo en un momento en que las bases mismas de la física se han vuelto tan problemáticas como lo son hoy. En tiempos como el presente, cuando la experiencia nos compele a buscar una nueva y más sólida fundamentación, el físico no puede simplemente entregar al filósofo la contemplación crítica de los fundamentos teóricos, porque nadie mejor que él puede explicar con mayor acierto dónde aprieta el zapato"[29]. El físico, dadas las dificultades de su ciencia, debe "afrontar problemas filosóficos en grado muy superior a lo que sucedía en anteriores generaciones"[30]. Einstein aclaró que para el científico es imposible avanzar sin la previa consideración crítica del problema de analizar la naturaleza del pensamiento de cada día. El filósofo, en su tarea de preguntarse sobre la materia, debe saber de física y química. "Un pensador que hoy intentase hacerse preguntas filosóficamente serias sobre la materia, ignorándolo todo de la física y la química actuales, sería un chamán o un ignorante, nunca un filósofo"[31]. La pretensión de la filosofía de elaborar un sistema sobre el mundo y el hombre independiente de los aportes de las ciencias no es posible, como tampoco es probable que el mero desarrollo de las ciencias baste para una adecuada concepción del universo. "La tarea de la filosofía es reflexionar sobre la cultura en que vivimos y su significado no sólo objetivo sino también subjetivo para nosotros: para ello, como resulta obvio, es necesario tener la mayor información cultural posible. No todas las personas cultas son filósofos, pero no hay filósofos declaradamente incultos… y las ciencias son parte imprescindible de la cultura, no una desviación de interés puramente instrumental. Sin preparación cultural previa a lo más que llega la filosofía es a fórmulas no totalmente irrelevantes pero bastante limitadas…"[32].

Sería procedente que los filósofos efectúen una revisión de las funciones de la filosofía y su quehacer en la dinámica del desarrollo de las ciencias. "Es necesario tomar conciencia de que la filosofía, al igual que los planteamientos científicos, necesita proyectarse, descubrir, valorar, inventar y dar solución a los problemas que se van presentando en todos los procesos reales. Así, la filosofía deja de ser la ciencia que tiene la verdad y comienza a caminar en pos de una verdad perfectible"[33].

Es importante este quehacer debido a que la filosofía, como arte de las aclaraciones conceptuales, proporciona una habilidad para pensar claramente acerca de las cuestiones poco claras. Las aclaraciones conceptuales determinadas por el filósofo de la ciencia ayudan al científico a formular mejores teorías. En cuanto que la filosofía es sinóptica y especulativa, puede tener efectos prácticos al sugerir las teorías científicas del futuro. Como es problemática la relación ciencia y filosofía, es posible que existan interferencias. "Por un lado se puede caer en la tentación de querer marcar desde la filosofía los caminos de la ciencia y fijar los límites del valor de sus adquisiciones, como si no conociera el investigador mucho mejor que el filósofo las limitaciones de su propia ciencia. Y por otro, se da el caso de científicos que, desprovistos de toda cultura filosófica, se lanzan a hacer metafísica y construyen alegremente materialismos dogmáticos u otros sistemas, sin tener en cuenta las condiciones epistemológicas de su disciplina o de la ciencia en general"[34].

Al científico se le ha supuesto un alto grado de veracidad desde sus comienzos, cuando aún se encontraba dentro del amplio universo de la filosofía. "El sabio–filósofo tenía la misión de encontrar la verdad y comunicarla. Hoy en día, los políticos, periodistas, artistas o vendedores pueden mentir de vez en cuando. Los científicos, no"[35]. Pero, por desgracia, los científicos no siempre dicen la verdad. Ellos a veces mienten, ya sea por conveniencias personales, sociales, económicas, religiosas o políticas. "Unas veces lo hacen por ingenuidad o por competencia; otras, por simple corrupción"[36]. Los filósofos es posible que no mientan intencionalmente, pero sus planteamientos, muchas veces, no corresponden con nuestra realidad, porque las evidencias, la realidad o la ciencia los han superado, refutado o desvirtuado. Las enseñanzas de Aristóteles (considerado como el pensador más genial de todos los tiempos; "un gigante mental", según la historiadora y filósofa Diana Uribe Forero), que eran aceptadas como verdades irrefutables hasta hace poco tiempo, han sido superadas. "Lo que él enseñaba era considerado como una verdad irrefutable para todo el mundo. Sin duda, Aristóteles había llegado a conclusiones ciertas en los campos de la lógica, de las ciencias políticas y también en el ordenamiento de las especies biológicas; pero hoy, muchos de sus conocimientos pueden considerarse –por decirlo suavemente– como una mezcolanza de argumentos todavía no demostrados y supersticiones"[37]. No obstante, Aristóteles tiene una contundente vigencia en la cultura occidental que no alcanzamos a captar sin el concurso de la reflexión filosófica.

Ante el arrollador avance de la ciencia y de la tecnología, es bueno reflexionar un poco sobre el conocimiento que nos brinda la naturaleza, porque muchas veces es inexacto y nos puede alejar de la verdad. Según Blas Pascal, los conocimientos de la naturaleza arrojan al hombre a una contradicción insoluble y dolorosa, porque sus resultados pueden ser falsos. En tal caso, los seres humanos vivirán envueltos en una versión espuria de la realidad, con todas las consecuencias derivables de tan errática condición. En medio de la apabullante incertidumbre del mundo que nos rodea, dentro del cual no somos más que una partícula insignificante e innecesaria, debemos contemplar la naturaleza y contemplarnos a nosotros mismos, de manera que nos sea posible establecer justas proporciones entre estas dos contemplaciones, antes de ocuparnos de la indagación científica sobre el mundo. "Flotamos sobre un vasto término medio, siempre incierto y lanzados de un extremo a otro; si queremos afirmarnos en un punto, nos abandona, y si le seguimos, se aleja de nosotros en una huida eterna; nada se detiene para nosotros; es el estado que no es propio y a la vez el más contrario a nuestra inclinación, puesto que ardemos en deseos de hallar una base firme para edificar una torre que llegue al infinito; pero nos falta el suelo, y la tierra se abre a nuestros pies; no busquemos, pues, punto de apoyo; nuestra razón está siempre combatida por la inconsistencia de las apariencias, y nada puede fijar lo infinito entre los infinitos que lo encierran y lo huyen"[38]. Para Pascal, la ciencia natural no constituye la respuesta al deseo de conocer qué caracteriza a la condición humana. La ciencia genera error y parcialidad.

El geólogo norteamericano, de origen japonés, Kenneth Tanaka, tratando de reivindicar la tradición judeo–cristiana, sostiene que la ciencia no tiene ni tendrá nunca todas las respuestas, no será dueña absoluta de la verdad. Según él, comprendió que la ciencia no le da propósito ni sentido duradero a la vida. "Las opiniones científicas actuales sobre el universo pronostican que, o sufrirá una implosión, o se disipará como una neblina de partículas sin estructura. Si la no existencia es el destino final, ¿cómo podría tener algún sentido la existencia?"[39]. Muchas teorías científicas que se han considerado como ciertas, han resultado erróneas. "En la ciencia, parte del desafío consiste en que los temas que abordamos son complejos, a la vez que los datos y las herramientas de investigación de que disponemos son limitados. Por ello, he aprendido a ser precavido a la hora de aceptar como hechos teorías no comprobadas, sin importar con cuánto cuidado hayan sido elaboradas"[40]. En opinión de Bertrand Russell, "en la vida diaria aceptamos como ciertas muchas cosas que, después de un análisis más riguroso, nos aparecen tan llenas de evidentes contradicciones, que sólo un gran esfuerzo de pensamiento nos permite saber lo que realmente nos es lícito creer. En la indagación de la certeza, es natural empezar por nuestras experiencias presentes, y, en cierto modo, no cabe duda que el conocimiento debe ser derivado de ellas. Sin embargo, cualquier afirmación sobre lo que nuestras experiencias inmediatas nos dan a conocer tiene grandes probabilidades de error"[41].

En ocasiones se dice que los científicos no tienen romanticismo y que su pasión por sus observaciones acaba con la belleza y misterio del mundo. "¿Pero no es emocionante comprender cómo funciona el mundo, saber que la luz blanca está hecha de colores, que el color mide ondas de luz, que el aire transparente refleja la luz, que al hacerlo discrimina entre las ondas, y que el cielo diurno es azul por el mismo motivo por el que el crepúsculo es rojo?"[42], pregunta Carl Sagan, uno de los más brillantes científicos contemporáneos. Según el científico Paul Davies, la ciencia actualmente no posee una imagen muy agradable. "Se le considera fría, impersonal y carente de sentimientos. Incluso se le echa la culpa de que los hombres ya no seamos hoy el punto central y absoluto de todas las cosas y de que tengamos que conformarnos con la idea de que la humanidad es algo insignificante, alejada en un planeta sin importancia que se desplaza a enorme velocidad por el vacío del universo. Entonces ya no queda del hombre mucho más que la teoría de que es un mero accidente sin alma, sin objeto y sin finalidad alguna en un universo vacío de sentido y surgido sin planificación previa"[43]. En defensa de la ciencia, Davies se siente "obligado a creer que, a través de la ciencia, podemos tener efectivamente a nuestro alcance los fundamentos racionales de la existencia natural. Esta confianza se basa en que hemos descifrado ya grandes partes del código cósmico y que algún día conoceremos quizás toda la verdad"[44]. Según Davies, vivimos en la era de la ciencia. "Pero no sólo los científicos intentan atraer la atención de la gente. Religiones y corrientes filosóficas compiten con ella, afirmando que pueden ofrecer una imagen del mundo mejor o más completa. En su fuerte concurrencia con otros sistemas de ideas, la reivindicación de la ciencia tiene gran importancia, porque ella se ocupa de la verdad, y toda teoría científica sólo se mantiene en pie cuando es demostrada experimentalmente"[45].

Es muy cierto que en los últimos años el saber científico ha venido imponiéndose. Es cierto, igualmente, que siempre estamos experimentando, pero la filosofía no supone una determinada forma científica de experiencia. No es necesario estudiar ciencias experimentales para poder filosofar. Los científicos se han constituido en un criterio de verdad para muchos. "Los descubrimientos científicos nos dejan extasiados como si se tratase de los primeros frutos ansiados del árbol de la vida. Los mitos, dogmas y creencias se tambalean y desmoronan estrepitosamente al paso arrollador del saber científico"[46]. Los mitos nos llevan a aceptar sin cuestionar creencias. El mito es incuestionable. "Una característica fundamental del sistema de creencias, es que se comporta como un mito familiar; y por definición, el mito es inaccesible a la argumentación lógica y por lo tanto no se cuestiona. Es algo que está ahí y es así desde que el mundo es mundo. Es como el aire que respiramos. Nacemos y vivimos con ello, porque no hemos conocido otra cosa y por lo tanto, sus reglas las admitimos sin crítica y con total naturalidad"[47].

También es cierto que la ciencia ha brindado aportes significativos a la humanidad. Pero a pesar de los útiles avances tecnológicos y otros aportes de invaluable interés en muchos campos del saber, que nos han liberado de temores y costumbres perjudiciales, han traído consigo algunas consecuencias negativas: espacialismo, tecnocracia y peligro de autodestruirnos. "Innegablemente han sucedido avances de consideración que han revolucionado áreas, ciencias y conciencias, pero en lo concerniente al corazón humano cada día es mayor la inhumanidad, la insensibilidad del hombre para con el hombre"[48]. No obstante debemos impulsar y apoyar el quehacer científico para un mejor desarrollo, pero es necesario apartar el cientificismo. "Cuando el conocimiento científico se vuelve exclusivista, corremos el riesgo de perder el sentido profundo del hombre, de la vida y del universo"[49]. Al respecto, es diciente la posición de Alfonso López Quintás:

Valerse del prestigio de la ciencia para alzarse con el monopolio de la verdad y de la capacidad investigadora significa una reducción de las posibilidades del hombre. Este empobrecimiento concede a la ciencia una autonomía total en cuanto a métodos y metas. Parece que puede prescindir de toda exigencia y norma ética, así como de todo ideal valioso. Esa autarquía sirve a los científicos para llevar adelante sus investigaciones sin la menor traba, guiados solamente por la lógica interna del método propio de su especialidad. Tal libertad se traduce en un incremento rápido del saber teórico y del poder técnico. Este poder, desconectado de toda Ética del poder, constituye a medio plazo un grave riesgo para la humanidad. Cuando sólo se atiende al desarrollo del saber científico y técnico, cada nuevo logro significa un triunfo. Para el gran físico alemán Otto Hahn, inventar la fisión del átomo de uranio constituyó el gran éxito de su vida. Pero poco tiempo pudo celebrarlo, ya que, algunos meses después, ese adelanto científico hizo posible alcanzar la cumbre técnica que significa la construcción de la bomba atómica y pulverizar dos bellas ciudades japonesas en unos instantes. Al enterarse de que su hallazgo científico había sido convertido en instrumento de devastación, el genial investigador sintió la tentación de poner fin a su vida por verla carente de todo sentido […].

Los científicos más avisados cobran cada día una conciencia más clara de que la ciencia no ha de procurar sólo su propio triunfo por la ilusa creencia de que el avance en el saber teórico y técnico se traduce automáticamente en una mayor felicidad humana. Los biólogos, especialmente los genetistas, saben bien que la investigación se halla actualmente bordeando simas muy peligrosas y debe llevarse a cabo con precaución, por afán de hacer bien al hombre, no de progresar a cualquier precio en el conocimiento de la realidad y en el poder de transformación de la misma. En qué consiste el bien integral del ser humano y cómo se logra es una cuestión ardua que no puede clarificar la ciencia a solas, en virtud de su propio método de análisis […].

Desgajar la actividad científica o técnica del conjunto de la vida humana significa una alteración de su sentido, una reducción de su valor. Este rebajamiento de rango facilita que se la tome como medio para fines ajenos a la auténtica vocación del hombre. Tal desajuste es provocado por los manipuladores para poner el inmenso poder de la ciencia y la técnica al servicio del dominio de las gentes […].

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