A la Hora de La Tarde Y de Los Juegos - Edgardo Rivera Martínez

14413 palabras 58 páginas
A la hora de la tarde y de los juegos
Edgardo Rivera Martínez
SERIE ROJA
El horno la hora convenida, muy puntual, me dirigía por encargo de mi madre al homo del señor Montalvo con dos canastas que contenían todo lo necesario para que nos preparase bizcochuelos. Llamaba a la puerta, y los golpes resonaban como en la nave de una capilla. Abría el dueño, contestaba con parquedad a mi saludo y revisa­ba y ponía sobre una mesa los ingredientes —la harina, los huevos, el azafrán, el ajonjolí, una botellita de pisco—, así como las cajitas de papel. Y si todo estaba en orden, iba en busca de sus utensilios.
No era un artesano como cualquier otro, pues atendía también sus parcelas, y realizaba uno que otro viaje de negocios -modestísimos
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Tampoco a una estimación intuitiva del transcurso de las horas y los minutos, lo cual, por lo demás, no habría servido de mucho, ya que cada trabajo era un caso único. Era un sexto sentido, personal y secreto, que le advertía que el horneado llegaba a su fin.
«Ya está», decía de pronto. Y se ponía de pie y abría la portezuela, y empezaba a sacar, una a una, las latas. Ponía todo sobre la mesa, y observaba con ojo atento cada una de las cajitas. Jamás, que yo recuerde, se equivocó, y lo demostraba ese invariable color dorado, ligeramente oscuro por fuera y claro en el interior, y la consistencia delicada pero también firme del bizcocho, y, sobre todo, el punto exacto del sabor. Y así, luego de probar un trocito y echar una última ojeada, se volvía hacia mí y decía: «Está bien, muy bien». Nada más, pero en ese momento, en ese corto momento, su semblante se iluminaba, y sus ojos brillaban y el tono de su voz era afectuoso. Y yo colocaba entonces los bizcochuelos en las dos canastas, las cubría con el mantel, le alcanzaba el sobre con el pago por su trabajo, y con un «Hasta otra vez, señor», abandonaba su establecimiento.
De algún modo adivinaba yo entonces, y compartía, la satisfacción con que mi paisano realizaba su obra y comprobaba la bondad, por no decir perfección, de los resultados. Una satis­facción plena de alegría, en virtud de la cual su trabajo, por modesto que fuese, adquiría la dig­nidad de un arte,

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