Criminalidad y el sexo

6126 palabras 25 páginas
entonces. Para mí era una cuestión de matemáticas sencillas y no de sacrificio. Pero el suboficial del equipo sanitario había ordenado, en secreto, que se "cuidara" de forma especial a los dos médicos voluntarios para ir al campo de infecciosos hasta que fueran trasladados al mismo. El aspecto de debilidad que presentábamos era tal que temía tener dos cadáveres más, en vez de dos médicos. Ya he mencionado antes que todo lo que no se relacionaba con la preocupación inmediata de la supervivencia de uno mismo y sus amigos, carecía de valor. Todo se supeditaba a tal fin. El carácter del hombre quedaba absorbido hasta el extremo de verse envuelto en un torbellino mental que ponía en duda y amenazaba toda la escala de valores que hasta entonces …ver más…

No me molestaban los cadáveres próximos a mí,
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hormigueantes de piojos; sólo las pisadas de los guardias, al pasar, me despertaban de mis sueños; o, a veces, una llamada desde la enfermería o para recoger un nuevo envío de medicinas para mi barracón, envío consistente en cinco o diez tabletas de aspirina, para 50 pacientes y varios días. Las recogía y luego hacía mi ronda, tomándole el pulso a los pacientes y suministrándoles media tableta si se trataba de casos graves. Pero los casos desahuciados no recibían medicinas. No les hubieran ayudado y, además, habrían privado de ellas a los que todavía tenían alguna esperanza. Para los enfermos leves no tenía más que unas palabras de aliento. Así me arrastraba de paciente en paciente, aunque yo mismo me encontraba exhausto y convaleciente de un fuerte ataque de tifus. Después volvía a mi lugar solitario sobre la tapa de madera del pozo. Por cierto, este pozo salvó una vez la vida de tres compañeros prisioneros. Poco antes de la liberación, se organizaron transportes masivos hasta Dachau y estos tres hombres, acertadamente, intentaron evitar el viaje. Bajaron al pozo y allí se escondieron de los guardias. Yo me senté tranquilamente sobre la tapa, con aire inocente, tirando piedrecitas a la alambrada de púas, como si se tratase de un juego infantil. Al reparar en mí, el guardia dudó un momento, pero pasó de largo. Pronto pude decir a los hombres que estaban abajo que lo peor había pasado.

Juguete del

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