El Cristo Negro Salarrué

9556 palabras 39 páginas
SALARRUE

EL CRISTO NEGRO
Leyenda de San Uraco

San Salvador, El Salvador

1

EL CRISTO NEGRO
San Uraco de la Selva, no se encuentra en el Martirologio pero podemos atrevemos a creer que debía hallarse allí, aunque en el mismo Cielo de Nuestro Señor y aun en el Infierno de los cornudos, se vieron en grueso aprieto para saber donde debía quedar. Nació en Santiago de los Caballeros allá por el año de 1567,hijo de Ergo de la Selva y de la india Txinque, nieta de reyes, algo bruja, algo loca. En la época a que vamos a referirnos (1583), gobernaba Guatemala el Licenciado García de Valverde, a ratos cruel como la mayoría de los capitanes generales, con una barba roja y cuadrada que untaba su coraza de reflejos sanguíneos, y sus manos
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¿Puede el humilde Fray Uraco serte de utilidad? —Acaso, sí, santo fraile. Mi buena suerte ha hecho que os vea al pasar y sólo ruego la clemencia del buen confesor y la clarividencia de vuestro santo consejo. Invitóla el fraile a entrar, con un vago gesto que hizo desplegarse una manga del hábito y fueron a sentarse al brocal del derruido pozo techado con un sombril de teja. Ella quiso hincar la rodilla en la arena pero él no lo permitió. La mestiza exhalaba un fijo olor a ungüento de canela y también de las frondas que ahora la noche ponía sombrías arrojándolas casi negras en masas de voluptuosa pesantez sobre la tierra amarilla, venían aromas de pantano que acariciaban de un modo sensual inquietante. La mujer era joven y era bella, pero Uraco era incorruptible y su sangre sólo vibraba en la búsqueda del alma. —Mi pecado, es grande, señor —empezó la mestiza—! Vivo en casa de mi señor, el notario Herrera y Caravejo cuyo hijo me requiere de amores sin que yo pueda resistir ya más. Un constante desasosiego macerá en mi cuerpo y sólo aspiro – perdón señor – a una tonta satisfacción de mis deseos. Voy a morir si no cedo y si cedo, tiemblo por el peligro. El señor mi amo se entera, y seré condenada ¡dios sabe a qué! La mujer escondió la cabeza entre las manos y sollozó. —¡Gran pecado es la tentación!... Pecado grande sería el de ese joven, casi niño, a quien pretendes hacer caer en el fango!... ¿No puedes resistir con la idea de Cristo

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