El Encendedor De Yesca

2518 palabras 11 páginas
El yesquero
EL ENCENDEDOR DE YESCA
Por: Hans Christian Andersen
Por la carretera marchaba un soldado marcando el paso. ¡Un, dos, un, dos! Llevaba la mochila al hombro y un sable al costado, pues venía de la guerra, y ahora iba a su pueblo.
Mas he aquí que se encontró en el camino con una vieja bruja. ¡Uf!, ¡qué espantajo!, con aquel labio inferior que le colgaba hasta el pecho.
- ¡Buenas tardes, soldado! - le dijo -. ¡Hermoso sable llevas, y qué mochila tan grande! Eres un soldado hecho y derecho. Voy a enseñarte la manera de tener todo el dinero que desees.
- ¡Gracias, vieja bruja! - respondió el soldado.
- ¿Ves aquel árbol tan corpulento? - prosiguió la vieja, señalando uno que crecía a poca distancia -. Por dentro está
…ver más…
¡Allí sí que había oro, palabra!
Tiró todas las monedas de plata que llevaba encima, las reemplazó por otras de oro, y se llenó los bolsillos, la mochila, la gorra y las botas de tal modo que apenas podía moverse. ¡No era poco rico, ahora! Volvió a poner al perro sobre la caja, cerró la puerta y, por el hueco del tronco, gritó
- ¡Súbeme ya, vieja bruja!
- ¿Tienes el encendedor de yesca? - preguntó la mujer.
- ¡Caramba! - exclamó el soldado -, ¡pues lo había olvidado! Y fue a buscar la bolsita, con la yesca y el pedernal dentro. La vieja lo sacó del árbol, y nuestro hombre se encontró de nuevo en el camino, con los bolsillos, las botas, la mochila y la gorra repletos de oro.
- ¿Para qué quieres el encendedor de yesca? - preguntó el soldado.
- ¡Eso no te importa! - replicó la bruja -. Ya tienes tu dinero; ahora dame la bolsita.
- ¿Conque sí, eh? - exclamó el mozo -. ¡Me dices enseguida para qué quieres el encendedor de yesca, o desenvaino el sable y te corto la cabeza!
- ¡No! -insistió la mujer.
Y el soldado le cercenó la cabeza y dejó en el suelo el cadáver de la bruja. Puso todo el dinero en su delantal, colgóselo de la espalda como un hato, guardó también el encendedor de yesca y se encaminó directamente a la ciudad.
Era una población magnífica, y nuestro hombre entró en la mejor de sus posadas y pidió la mejor habitación y sus platos preferidos, pues ya era rico con tanto dinero.
Al criado que recibió orden de limpiarle las botas ocurriósele

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