El Hipoampo De Oro - Guion

2113 palabras 9 páginas
ABRAHAM VALDELOMAR – EL HIPOCAMPO DE ORO

Narrador: La viuda se llamaba la señora Glicina. La casa de la señora Glicina era pequeña y limpia. En la aldea de pescadores ella era la única mujer blanca entre los pobladores indígenas. La señora Glicina tenía una tortuga. Una tortuga obesa, desencantada. Pulcro, de una pobreza solemne y brillante, era el pequeño rancho de la señora Glicina, tenía una gran belleza, mas la señora Glicina no era feliz: viuda y estéril. Decir viuda no es más que decir que su amor había muerto. Un día había aparecido en el lejano límite del mar un barco extraño. La nave llegó a la orilla en el crepúsculo pero no tenía sino un tripulante, un gallardo caballero, de brillante armadura, fiel retrato del Príncipe
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sra.glicina: ¿Y qué necesidades son esas, señor Hipocampo de oro?
Hipocampo de Oro: Es el caso, señora mía que. Sólo hay un Hipocampo, es decir, sólo hay una familia de Hipocampos. Se encuentran en el fondo del mar toda clase de seres;... Hipocampos no habernos sino nosotros.
Sra. Glicina: ¿Y vuestros siervos saben que vos padecéis tales necesidades?
Hipocampo de Oro: Esa es mi fortuna; que no lo sepan. Si mis siervos supieran que su rey podía tener deseos insatisfechos, perderían todo respeto hacia mí .Mi reino caería hecho pedazos. Y a pesar de todos los dolores, ser rey es siempre un grato consuelo, una agradable preeminencia... No hay más grande dolor que ser rey, por la sangre y por el espíritu, y vivir rodeado de plebeyas gentes, sin una corte siquiera, capaz de comprender lo que es el alma de un rey.
Sra. Glicina: ¿Y se puede saber, señor Hipocampo de oro, en qué consisten esas necesidades y cuál es la causa de tan doloridas quejas?
(Acerco se a la orilla el Hipocampo de oro; aliose las aletas dé plata incrustadas de perlas grandes, mientras su cola se agitaba deformándose en la linfa)
Hipocampo de Oro: Me ocurre, señora mía, una cosa muy singular. Mis ojos, mis bellos ojos (se los acaricia) mis bellos ojos no son míos....
Sra. Glicina: ¿No son vuestros, señor Hipocampo de oro?
Hipocampo de Oro: Mis bellos ojos no son míos

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