Voltaire. El Perro Y El Caballo.

987 palabras 4 páginas
Voltaire. El perro y el caballo.
Zadig había comprobado que el primer mes de matrimonio es la luna de miel y el segundo la luna de hiel. Así que, tras repudiar a Azora, se dedicó al estudio de la naturaleza, retirándose a una casa de campo a orillas del Éufrates.
Un día, paseándose por un bosquecillo, vio correr hacia él a un eunuco de la reina, seguido de varios oficiales que parecían presas de la mayor inquietud, y que corrían de acá para allá como hombres extraviados.
_Joven _le preguntó el eunuco, ¿no habéis visto al perro de la reina?
_Es una perra, no un perro _respondió Zadig.
_Tenéis razón, es una perra _asintió el eunuco.
_Una perra podenca muy pequeña _añadió Zadig_. Ha tenido perritos hace poco; cojea de la pata izquierda
…ver más…
Tras pagar la multa le fue permitido defenderse, y lo hizo así:
_Estrellas de justicia, abismos de ciencia, espejos de verdad, que tenéis la pesadez del plomo, la dureza del hierro, el brillo del diamante y mucha afinidad con el oro. Os juro que nunca he visto la perra respetable de la reina ni el caballo sagrado del rey de reyes. Lo que ocurrió fue lo siguiente: yo paseaba por el bosquecillo donde encontré al venerable eunuco y al ilustrísimo montero mayor. Poco antes había visto las huellas de un animal y fácilmente deduje que eran las de una perra pequeña recién parida: surcos ligeros y largos, impresos en la arena entre las huellas de las patas, me permitieron saber que correspondían a los pezones de una perra cuyas tetas arrastraban, por lo que debía haber tenido cachorros recientemente. Otras huellas, en sentido diferente, que parecía haber rozado constantemente la superficie de la arena junto a las patas delanteras, me mostraron que tenía las orejas muy largas como los podencos; y como observé que la arena estaba menos pisada por una pata que por las otras tres, comprendí que la perra de nuestra augusta reina era, si se me permite decirlo, algo coja. En lo que al caballo del rey de reyes se refiere, habéis de saber que, paseando por los senderos de ese bosque, percibí marcas de las herraduras de un caballo. Todas las huellas estaban a igual distancia. "He aquí un caballo de galope perfecto", me dije. El polvo de los árboles, en un camino que

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