el caballo de coral

3404 palabras 14 páginas
El caballo de coral
Ornelio Jorge Cardoso

Éramos cuatro a bordo y vivíamos de pescar langostas. El «Eumelia» tenía un solo palo y cuando de noche un hombre llevaba entre las manos o las piernas el mango del timón, tres dormíamos hacinados en el oscuro castillo de proa y sintiendo cómo con los vaivenes del casco nos llegaba el agua sucia de la cala a lamernos los tobillos.
Pero éramos cuatro obligados a aquella vida, porque cuando un hombre coge un derrotero y va echando cuerpo en el camino ya no puede volverse atrás. El cuerpo tiene la configuración del camino y ya no puede en otro nuevo. Eso habíamos creído siempre, hasta que vino el quinto entre nosotros y ya no hubo manera de acomodarlo en el pensamiento. No tenía razón ni oficio
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Hay que ser langostero para comprender que estas cosas no se entienden; porque hasta una locura cualquiera piensa uno hacer un día por librarse para siempre de las noches en el castillo de proa y los días con el cuerpo boca abajo.
Le quité los remos y nos fuimos para el barco sin más palabras.
Cuando pasé por frente de la popa miré; estaba casi boca abajo. No miró nuestro bote ni pareció siquiera oír el golpe de los remos, y sólo tuvo una expresión de contrariedad cuando una onda del remo vino a deshacer bajo su mirada el pedazo de agua clara por donde metía los ojos hasta el fondo del mar.
Uno puede hacer sus cálculos con un dinero por venir, pero hay una cosa que importa más: saber por qué se conduce un hombre que es como un muro sin sangre y con los ojos grandes y con la frente despejada. Por eso volví a juntarme con el patrón:
—Mongo. ¿Qué quiere? ¿Qué busca? ¿Por qué paga?
Mongo estaba remendando el jamo de un chapingorro y entreabrió los labios para hablar, pero sólo le salió una nubecita del cigarro que se partió en el aire enseguida.
—¿No me estás oyendo? —insistí.
—Sí.
—¿Y qué esperas para contestar?
—Porque sé lo que vas a preguntarme y estoy pensando de qué manera te puedo contestar.
—Con palabras.
—Sí, palabras, pero la idea...
Se volvió de frente a mí y dejó a su lado la aguja de trenzar. Yo me mantuve unos segundos esperando y al fin quise apurarlo:
—La pregunta que yo hago no es nada del otro mundo ni de éste.
—Pero…

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