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Criptozoología: buscando animales que nunca existieron




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Criptozoología - Monografias.com

 

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Monstruos y seres misteriosos alimentan, como antaño,

el imaginario de nuestros días

LA CRIPTOZOOLOGÍA[1]hubiera sido impensable antes del siglo XVIII. No habría tenido razón de ser. Por entonces, la frontera entre lo posible y lo imposible pasaba por un lugar diferente al actual. La gente convivía sin conflictos con los monstruos del imaginario. Las preguntas eran otras. No se requería probar la existencia de esas bestias con evidencias (que los criptozoólogos tanto se afanan, hoy, por encontrar). La fe y los testimonios bastaban. Pocos cuestionaban la presencia real (objetiva) de esos seres y animales extraños. El catálogo zoológico no sólo era laxo, sino también indefinido; abierto a recibir fantasías de todo calibre. Hombres salvajes de los bosques, licántropos, vampiros, dragones, incluso brujas y fantasmas, no eran objeto de cuestionamientos. Estaban entre nosotros. Componían una parte de la realidad. Oculta, sí, pero tan cierta como los inmensos bosques que poblaban la Europa de aquellos días previos al Iluminismo y la modernidad derivada.

Por consiguiente, los autodenominados criptozoólogos[2]al basar sus pesquisas en antiguas leyendas, mitos, rumores locales, testimonios inciertos y fuentes de dudoso origen, cometen el peor de los pecados en el que un investigador puede caer: el anacronismo. Es decir, juzgan la taxonomía zoológica actual con criterios de otras épocas; y, viceversa, creen que la taxonomía antigua se elaboró con idénticos criterios a los que hoy existen (siendo así viable la opinión ?extendida por cierto? de que detrás de cada mito y/o leyenda a las que aluden hay un hecho objetivo que se condice con la realidad).

Esta postura impropia vuelve permeable una frontera epistemológica que desde hace unos 300 años se tornó más y más impermeable a las fantasías (producto de deseos reprimidos, miedos, inseguridad y también ignorancia).

La criptozoología va a contracorriente de su propia época. Y aunque pretende darle un lenguaje científico a lo imposible, buscándole la vuelta y desacreditando el pensamiento cartesiano, no hace más que difundir viejas (aunque entretenidas) historias, reeditándolas, aggiornándolas a los tiempos que corren, explotando el deseo y gusto que todavía sentimos por el misterio y los sucesos maravillosos.

Pero eso no es ciencia. No hay rigurosidad, ni siquiera honestidad intelectual en muchos casos.

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La permeabilidad del imaginario contemporáneo abre posibilidades infinitas, entre ellas la

de encontrar homínidos gigantes vagando por bosques inhóspitos

No deberíamos sorprendernos: los monstruos han estado entre nosotros desde siempre. Y seguirán estándolo; ya sea en nuestro planeta como en los eventuales mundos que exploremos en el futuro. Adelantándose a las sondas y naves espaciales que enviemos, poblando las geografías y espacios ignotos; exacerbando nuestro deseo de exploración y aventura. Como ocurrió cada vez que Occidente abandonó sus fronteras naturales y salió en pos de otros territorios.

Es que a través de los monstruos nos definimos a nosotros mismos. Nos asentamos dentro de nuestros propios límites, al tiempo que denunciamos y transferimos nuestras miserias al Otro, etiquetado de bárbaro, salvaje, primitivo, monstruoso. Ellos son los espejos impiadosos que denotan la bestia que todavía anida en nuestro interior y lo delgada que resulta ser la capa de civilización con la que creemos estar cubiertos.

La criptozoología ?sin enunciarlo nunca de manera directa? detecta la parte animal que se esconde dentro de nosotros. Tal vez por ese motivo sus animales sean tan elusivos. Tan difíciles de atrapar. Imposibles de confinarlos en jaulas, por ser parte de un mecanismo de negación y transferencia que busca colocarnos (como especie) por encima de las bestias.

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Lugares lejanos, exóticos y aislados recrean el contexto ideal para la leyenda

Es bien sabido que los criptozoólogos siempre buscan a sus monstruos en lugares recónditos, desérticos, inaccesible. Representan la quinta esencia de lo exótico. Y el exotismo es proporcional a las distancias.

Así todo, los seres fantásticos de la criptozoología (críptidos, como son llamados técnicamente) anidan en nuestros corazones. No están lejos. Simbolizan aquellas cosas que rechazamos y tememos. De ahí que se los proyecte a sitios remotos, haciendo del misterio un culto; materializando los arcanos en criaturas forteanas[3]supuestamente extintas, escondidas o de origen desconocido. Así se consigue que la disciplina se vuelva más oscura, misteriosa y controvertida. En especial cuando se entrelaza con la ufología y otras disciplinas paranormales.

Esta hibridación, desarrollada por autores como John Keel[4](entre tantos otros), no tardó en despertar la ira y el rechazo de los criptozoólogos más conservadores, quienes abrazando únicamente teorías biologicistas y partiendo de un evolucionismo muy sui generis, fueron los primeros en rechazar la adscripción de los críptidos de origen sobrenatural al álbum de la criptozoología clásica. Preocupados sólo en la búsqueda de enigmas naturales como el Yeti, Pie Grande, Nessie, Nahuelito o el Mokele Mbembe, renegaron (reniegan) de seres como el Mothman (el Hombre Polilla de West Virginia), el Chupacabras o los canguros y gatos quiméricos; todos ellos más asociados a la leyenda urbana que a los misterios científicos que pretenden desvelar.

Asimismo, rechazan las relaciones que los fortenaos establecen entre algunos monstruos clásicos y seres alienígenas. Es opinión generalizada entre los puristas de la criptozoología, que semejantes nexos parten de la más desbocada irracionalidad y que contribuyen negativamente en la formación de opinión que los no especialistas adquieren de los cazadores de monstruos más serios (como se consideran ellos mismos).

En tanto el mundo conservó bolsones de virginidad, los comportamientos indicados tuvieron posibilidades de perpetuarse; pero a medida que los avances tecnológicos ?especialmente en los medios de transporte? hicieron que el planeta se achicara cada vez más, las comarcas de alteridad se replegaron. Las regiones extrañas dejaron poco a poco de serlo, perdiendo gran parte del misterio que antes las caracterizaba; y con la desaparición del mundo inacabado los monstruos también retrocedieron.

Pero no se esfumaron. Exigieron su derecho a seguir estando y como no podían ser ya ubicados en sitios ignotos, empezaron a aparecer en todas partes; incluso en los patios traseros de nuestras propias casas. Los monstruos rondaban muy cerca de nosotros y la inseguridad se expandió dentro de territorios que creíamos seguros. Los animales extraños irrumpieron en las ciudades y los viejos mitos tuvieron que adaptarse a las nuevas circunstancias. Basta con observa un capítulo de la popular serie televisiva Monstequest[5]?dedicada la difusión de los críptidos más famosos? para reconocer cuánta verdad hay en la aseveración.

Y así, los gatos se volvieron salvajes como panteras y leones, los perros se hicieron mutantes, los lagos vecinos en depositarios de serpientes lacustres prehistóricas, las aves transmutaron en pterodáctilos y seres híbridos como el Hombre Polilla (Mothman) acosaron las periferias urbanas. Tampoco el Hombre Salvaje de los Bosques se quedó atrás y sus hipotéticos y certeros ataques nocturnos se convirtieron en la pesadilla de miles de excursionistas sugestionados.[6]

Lo exótico invadía la cotidianeidad. Requeríamos de lo extraño. La fascinación que despiertan los monstruos no iba a acabarse. Por lo tanto, buscamos nuevos límites. Nos quedaban algunas pocas selvas lejanas, el fondo del mar y, muy particularmente, el espacio exterior. La frontera final. Y los monstruos de la criptozoología son, todos ellos, criatura de fronteras.

La incansable búsqueda de monstruos está íntimamente relacionada con los desplazamientos en el espacio, con las expediciones y los viajes a lugares exóticos. Eso fue algo evidente durante la antigüedad, el medioevo y la edad moderna, cuando el imaginario de un mundo inacabado todavía tenía una predominante fuerza movilizadora y lo extraño era puesto más allá de las fronteras propias sin demasiada discusión. La realidad indicaba que lo raro desplegaba toda su poderosa influencia en el extranjero y que los monstruos tenían sus dominios en tierras lejanas que muy pocos conocían, pero que imaginaban como un mundo al revés, en el que las leyes de la naturaleza eran desafiadas, alimentando la alteridad.

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Lo extraño, lo misterioso, lo que es difícil de encontrar, siempre ha ejercido

una poderosísima influencia en todas las culturas. Nosotros no somos la excepción

¿En qué momento alguien se convierte en criptozoólogo?

Dado que ninguna universidad otorga ese título, basta con autodefinirse de ese modo para poder ser reconocido como tal. No hay diplomas en el metier. Por tanto, los criptozoólogos de tiempo completo son escasos, debiendo matizar sus románticas búsquedas con trabajos más terrenales, corrientes y redituables. Así todo, son legión. Más de lo que uno podría imaginar. Los hay famosos y no tan famosos, especializados en un críptido o capaces de abarcar desde criaturas humanoides hasta serpientes marinas e incluso el Kraken. Pero todos ellos comparten ciertas actitudes y pensamientos comunes.

En principio, son individuos que toman por cierto sus deseos y no dudan en considerar reales a las criaturas salidas de bestiarios antiguos o de tradiciones orales de dudosa procedencia. Quieren creer y en ese acto trasladan al mundo objetivo y concreto sus fantasías, sus sueños; que, como es lógico, van en contra de muchas de las leyes conocidas de la naturaleza.

Están convencidos y muy pocos han tenido la fuerza de voluntad de reconocer sus errores, retractándose de los dichos que le han dado sentido a sus vidas. Convengamos algo: es difícil admitir una derrota de ese calibre. No todo el mundo tiene la entereza de explicitar que se la ha pasado buscando quimeras. Por ese motivo, como los fanáticos, se abrazan a sus creencias, despliegan las garras y no permiten que nada ni nadie se las quite.[7]

Otro elemento identificatorio de la criptozoología es la retroalimentación en la que caen sus adeptos, dejándose influir por circunstancias poco habituales y los lugares exóticos en los que ejercen sus búsquedas. Como historiador soy conciente de la importancia que tienen los contextos a la hora de analizar cualquier fenómeno. Por tal motivo, no resulta difícil admitir que las selvas, bosques y desiertos, estepas, montañas y abismos marinos que los cazadores de monstruos recorren (física o intelectualmente) son espacios propensos al desarrollo de la imaginación y la sugestión. Cualquiera que haya estado una temporada en la selva Amazónica, por ejemplo, convendrá que, sumergido en es infierno verde en parte desconocido, todo es posible. Desde la existencia dinosaurios vivos en mesetas aisladas (recordar la famosa Tierra de Maple White de la novela El Mundo Perdido de Arthur Conan Doyle)[8] hasta las caminatas nocturnas del mapinguarí, un supuesto perezoso gigante, remanente del pleistoceno.

Las tierras poco exploradas son los nichos ideales del imaginario y sus exploradores, por ende, una de las principales fuentes consultadas por la criptozoología. Las expediciones rara vez regresan sin historias y rumores extraños sobre seres híbridos y monstruosos, casi siempre producto de confusiones, pareidolias o llanas mentiras piadosas con las que se pretende romantizar el relato. En lo personal, recuerdo las historias del Ucumar[9]y de serpientes gigantes (¡de 40 metros de largo!), al acecho, según decían, de los incautos viajeros.[10]

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El Ucumar

El hombre salvaje de los bosques del norte argentino

Otro aspecto claramente criptozoológico es el modo que pararse ante las evidencias. Eduardo Angulo es muy claro al respecto cuando escribe:

"Las evidencias tienen diferente valor para cada persona. Una evidencia no tiene un valor absoluto, nunca es un sí o un no definitivo. Por tanto (…), si alguien acepta los relatos de los avistamientos como pruebas suficientes de la existencia del Yeti, entonces el Yeti es real para esa persona (…). Pero la fuerza de la evidencia no proviene de ella misma sino, ante todo, de su receptor. En resumen (…), esa aceptación debe estar marcada por la realidad."[11]

Pero lo que entendemos por realidad no es más que una construcción histórica. Lo que ayer era real hoy puede no serlo. De ahí el anacronismo del que hablamos al principio.

Los criptozoólogos, a un costado de la comunidad científica contemporánea, aceptan evidencias (poco serias o inconsistentes) que no son creídas por la academia. Insisten en mantener una mirada encantada del mundo, esgrimiendo argumentos, en muchos casos medievales, que no encontrarían nunca consenso en el universo científico del siglo XXI.

Por lo tanto, hoy por hoy, las evidencias de la criptozoología son rechazadas. No son tenidas en cuenta. Han sido refutadas más de una vez. Pero nada impide que en el futuro los criterios epistemológicos vuelvan a cambiar y los mitos resulten adecuados para los hipotéticos y dominantes receptores del mañana. La historia ha demostrado que el Progreso fue un mito del siglo XVIII. Un producto del optimismo positivista y que por cada paso hacia adelante que hemos dado, no faltaron dos o tres hacia atrás. No sería, pues, inconcebible que en el futuro la definición de lo real pase por otros carriles y las evidencias hoy rechazadas sean tomadas como pruebas irrefutables.

De lo que no cabe duda es que la fuerza de los mitos es poderosísima.

Como sostiene Roger Bartra[12]el monstruo es la contratara del mundo civilizado; el reflejo distorsionado de nosotros mismos y la necesaria matriz identitaria en la que un pueblo, que pretende conocerse, se recrea. Así como lo blanco toma identidad frente a lo negro, y la pobreza se conceptualiza en contraste con la riqueza, la civilización asienta sus caracteres frente a la barbarie y lo normal ante lo antinatural. De allí que el tamaño de las cosas (en nuestro caso, los crípticos) sea una factor tan determinante a la hora de definir lo monstruoso.[13] Es sintomático advertir como el gigantismo o el enanismo fueron (son) notas esenciales al momento de caracterizar a los seres extraños. Serpientes gigantes, monos enormes, elefantes enanos, pájaros desmesurados, hombres salvajes de dimensiones exageradas, constituyen el núcleo de los relatos que aún circulan de la mano de la pretendida ciencia criptozoológica.

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Una mescolanza monstruosa. Todo se relaciona con todo.

Ovnis, Bigfoot, Hombre Polilla, dragones y aliens

El criptozoólogo clásico es ante todo un personaje excéntrico que, guiado por el desmesurado objetivo de encontrar monstruos vivitos y coleando, hace de los testimonios y de las denuncias de avistamientos un verdadero culto. Por ese motivo, la mayoría de los libros de criptozoología no son más largos listados de sucesos extraños en circunstancias ordinarias, en la que testigos (muchos de dudoso origen) describen sus encuentros con seres inexistentes. Una vez leída media docena de ejemplos, el avance en el texto se vuelve tedioso y la sorpresa inicial se ralentiza. ¿Cuántos Pie Grandes puede uno soportar sin perder la capacidad de asombro? Es así que lo cuantitativo se impone y la serie de avistamientos (indicando religiosamente fecha, lugar y circunstancia) busca, por sí sola, convencer sobre la veracidad del relato.

Pero nada es caprichoso, ni se da al azar. Todo es producto de una cuidada selección de sucesos con los que se pretende convertir a la disciplina criptozoológica en una ciencia seria y creíble para las mayorías. Es justamente ésta la principal crítica que sus colegas menos ortodoxos (forteanos) le hacen a los buscadores de monstruos más conservadores; ya que, en el afán por transformar a la disciplina en una rama (bastarda) de la zoología científica, los criptozoólogos dejan a un costado un importante número de testimonios que, por sus características intrínsecas, desprestigiarían el oficio desde el principio.

José A. Carrasco, un periodista especializado en el metier ?del mismo modo que el fallecido investigador de cuestiones paranormales, John Keel? ha denunciado la sesgada mirada que la criptozoología clásica pone en práctica, al elegir sólo los hechos que le convienen, desechando aquellos que generarían un descrédito inmediato.

Veamos un ejemplo.

"Serían alrededor de las  22:30 horas de la noche del  2 de diciembre de 1974, cerca de Frederic en Polk County (Wisconsin), cuando el Sr. Bozak, un agricultor de 68 años, circulaba, en mitad de una niebla, con su vehículo por una tranquila carretera. De repente se sobresaltó al observar que muy cerca del camino había una extraña maquina, en forma de campana, de entre 2´5 o 3 metros de altura. El raro artefacto, no tenía ningún tipo de iluminación y estaba casi envuelto por la niebla que había en la zona, flotando a ras del suelo. Pese a que la mitad del objeto estaba cubierto por esta densa bruma, en su parte visible observó que había una cúpula transparente, que se había iluminado al aproximarse con su vehículo. En el interior del artefacto había una criatura delgada de tonalidad oscura a excepción de su rostro, las orejas eran grandes como las de una ternera y sus ojos eran protuberantes. Su piel era de color marrón rojiza. Tenía mucho vello por todo el cuerpo que le salía de punta, unos 7 centímetros. Tenía un aspecto espantoso,  la cara era chata y al testigo le recordó, según comentó a la prensa, al "Big-Foot". "La criatura levanto sus brazos por encima de su cabeza, y por su expresión tenía el mismo miedo que yo", expondría posteriormente Bozak a los investigadores. Parecía que iba vestido con un traje similar al de los submarinistas sin costuras visibles, aunque no sabría especificar si el pelo era o no de la criatura o algún tipo de abrigo. Cuando el vehículo del testigo se alejó, el granjero escuchó un ruido de ramas golpeando su coche. En esos momentos el testigo aseguró que los faros de su vehículo se habían debilitado considerablemente."[14]

Pero no es el único caso en el que un Pie Grande aparece íntimamente involucrado con un platillo volador.

"El investigador Stan Gordon en un congreso celebrado por el MUFON (Mutual UFO Network) en Pensilvania en 1974 narró un interesante suceso, Al parecer en 1973 el "Westmoreland County UFO Control Center" recibió una llamada anónima donde les informaban que 3 mujeres que iban en un coche, circulando por un bosque cercano a Penn (Pensilvania) contemplaron el aterrizaje de un gran OVNI de forma rectangular y apariencia metálica. En esos momentos vieron que se abrió una puerta en el objeto y se desplegó una rampa. Inmediatamente del OVNI surgieron varias criaturas peludas de 2 metros de altura que se introdujeron en el bosque."[15]

Casos como los citados se acumulan en número considerable, pero son sistemáticamente obviados por los que creen que la criptozoología debe encarar sólo el estudio de "misterios biológicos". Las cuestiones sobrenaturales se echan a un lado puesto que de no hacerlo el Yeti, Nessie o Pie Grande pasarían a tener el mismo estatus ontológico que un fantasma o hipotéticos seres de otras dimensiones y/o planetas.[16]

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¿Misterios biológicos, cyborgs o seres sobrenaturales?

Pero aún circunscribiéndonos a los casos que luchan por permanecer en el ámbito del misterio zoológico, grandes especialistas han caído muchas veces en errores de interpretación y en una inocente credulidad que lejos los coloca del necesario espíritu crítico del científico responsable. El entusiasmo por encontrar lo que desean hace que se lleven todo por delante, arriesgando hipótesis que siempre resultan falsas y carentes de sustento. Porque digámoslo bien claro: no hay a la fecha ni una sola prueba irrefutable sobre la existencia de los muchos críptidos que aparecen en los libros y documentales televisivos.

No ha bastado con darle a esas bestias nombres científicos en latín. No alcanza. Son taxonomías vacías de contenido. Un mero simulacro de seriedad. Aunque es mucho decir frente a las explicaciones que sostienen que los monstruos en cuestión son visitantes interdimensionales o proyecciones realizadas por una "Fuerza Superior" desconocida para distraer a la raza humana de sus ignotos propósitos.[17]

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Famosos criptozoólogos "clásicos"

De arriba abajo y de izquierda a derecha:

Bernard Heuvelmans, Karl Shuker, Grover Krantz, Ivan T. Sanderson

Loren Coleman, Steve Feltham y Jeff Meldrum

Una fama bien ganada a través de los medios masivos de comunicación y las revistas de divulgación (no precisamente científicas) colocó a muchos de los criptozoólogos estrellas en boca de millones de personas que, con entusiasmo adolescente, se abocaron a indagar en los misterios de la naturaleza oculta que tanto los obsesionaba. Y así, monstruos ya clásicos, como Nessie, el Yeti o el Sasquatch canadiense, pasaron a ser parte de las charlas de sobremesa y del imaginario contemporáneo (amén de ser un gran negocio turístico en las regiones en las que se originaron las historias). Tal vez sea por ese motivo que muy pocos son los que discuten la veracidad de esos relatos y tomen por cierto lo que ya ha sido probado es mera fantasía. Todavía es muy común observar cómo se sigue engañando a la audiencia, ilustrando informes criptozoológicos con fotos y filmaciones que fueron descartadas como fraudes desde hace tiempo.[18]

El negocio del misterio se niega a perder sus privilegios y para ello esconde opiniones y errores desopilantes cometidos por los "especialistas en la materia".

Ilustremos esto con un ejemplo.

Iván T. Sanderson fue uno de los pioneros en esta interminable búsqueda de seres extraños. Autor de varios libros ?considerados clásicos? sobre el Abominable Hombre de las Nieves, Sanderson recibió de sus colegas y amigos los más elogiosos adjetivos a lo largo de su vida. Junto con Bernard Heuvelmans se constituye en uno de los "sabios incomprendidos" del siglo XX. Pero basta indagar un poco en su historia para descubrir que sus pifiadas (pocas veces reveladas sin tapujos en la bibliografía especializada) fueron antológicas.

A principios de 1948 un suceso conmocionó a la península de Florida. Todo parecía indicar que un monstruo gigantesco merodeaba por las playas vecinas a Clearwater, dejando unas huellas enormes de tres dedos. El mayor de ellos medía 35 cm y por la presión ejercida sobre el terreno se calculó su peso en 3 toneladas.

Sanderson, que por esos días estaba filmando un programa de televisión para la NBC difundiendo su trabajo, voló de inmediato a la región con todo su equipo. Filmó lo que pudo, realizó mediciones, tomó moldes y entrevistó a varios testigos, la mayoría de ellos pescadores que juraban haber visto a un ser de 4 a 5 metros de alzada, bípedo, caminando por las playas y zonas pantanosas. Además, cuatro aviadores que sobrevolaban la región dijeron avistar una cosa enorme de color negro por la orilla y que les pareció era un pingüino gigante.

Los charlatanes de siempre salieron a la palestra diciendo que las misteriosas huellas sólo podían haber sido realizadas con una máquina sumamente pesada. Pero en el rebuscado universo de la criptozoología es más sencillo creer en pingüinos descomunales que en maquinaria a disposición de una broma. Sanderson no se quedó atrás y elucubró toda una teoría sobre las migraciones de pingüinos gigantes provenientes de la Antártida.

Cuatro décadas más tarde, en 1988, un anciano llamado Tony Signorini dio una entrevista al Times en la que confesó que él, junto a un amigo, habían sido los responsables de la falsificación y que para realizar las huellas habían utilizado pesados pies de hierro amarrados a su botas. Sanderson, que había fallecido unos años antes (en 1973) dejó este intrigante mundo con la romántica creencia de haber desentrañado el misterio.[19]

Ahora, me pregunto: ¿qué grado de credibilidad científica puede tener una persona que cree y afirma sobre la existencia de pingüinos de 5 metros de altura?

Pero no es todo.

En otra oportunidad, a fines de 1968, Sanderson y Heuvlemans, trabajando en grupo, llegaron a darle nombre científico a una desconocida especie de homínido, al que llamaron Homo Pongoides, a partir del análisis realizado, en una feria circense, al cuerpo congelado de un supuesto hombre de Neanderthal. Demás está decir que todas sus conclusiones fueron extraídas de un cuerpo mantenido dentro de un gran pedazo de hielo, que nunca derritieron y al que jamás tuvieron acceso directo. Era un fraude. Un muñeco[20]Pero poco importó. Los sabios encontraron lo querían.

Tiempo después el cuerpo del delito desapareció y las elucubraciones de ambos investigadores permanecieron en el limbo de las dudas misteriosas hasta que en 2013 el famoso muñeco reapareció, confirmando el fraude y la credulidad de quienes lo estudiaron oportunamente.[21]

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El Hombre de Minnesota (antes y hoy)

Ivan T. Sanderson investiga en 1968 al monstruo congelado

En síntesis: la historia de la criptozoología está llena de esas "verdades reveladas". Veredictos que se repiten una y otra vez y que terminan instalándose como parte constitutiva de un falso discurso de "sentido común", que no exige pruebas ni confirmaciones de ningún tipo. Alimentada por obsesiones, ignorancia, una alta dosis de sensacionalismo periodístico y teorías conspirativas, la interpretación histórica, descontextualizada, manipulada, falseada por prejuicios y fantasías, se injerta en el imaginario colectivo muy a pesar de las pruebas que racionalmente se esgrimen en su contra.[22]

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La ironía es una de las más efectivas armas con las que se libra

la batalla (¿perdida?) contra el fraude y las mentiras instaladas,

aunque no siempre con éxito, como lo demuestra el Caso Magraner

Como se sostiene en un pequeño pero implacable librito de trinchera escrito por el biólogo español Carlos Chordá[23]la criptozoología, de las pseudociencias vigentes en la actualidad, es la más inocua e inocente de todas. A no ser el sentido común, nada ni nadie sale dañado tras incursionar por su retorcido universo onírico. Claro que no podemos decir lo mismo cuando tratamos con disciplinas que se meten con la salud de las personas, en especial las llamadas medicinas alternativas.

Así todo, los criptozoólogos ya tienen su mártir: un joven marroquí, devenido en ejemplo de perseverancia y tesón dentro del ambiente, llamado Jordi Magraner. Un pobre romántico con todas las letras.

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Jordi Magraner (1958-2002)

Murió asesinado en Pakistán mientras buscaba al legendario

Barmanu (el yeti de la región). Sus inusuales hipótesis tenían

como sustento "académico" los estudios que Heuvelmans y

Sanderson hicieran a fines de los "60 sobre el llamado "Hombre de Minnesota"

Jorge Federico Magraner Gómez (1958-2002), apodado "Jordi", era hijo de un valenciano republicano exiliado en Marruecos y criado en Valence, Francia, cerca de Lyon. Allí fue donde obtuvo una tecnicatura en agricultura, aunque orientara desde temprano sus intereses de autodidacta hacia la zoología. Los contactos personales que tenía dentro del Museo de Historia Natural de París le permitieron realizar dos expediciones a principio de los "80, en las cuales elucubró las teorías que lo llevarían, algunos años después, a instalarse permanentemente en un inhóspito rincón del norte Pakistán donde perdió la vida.

Magraner, influenciado por la lectura del libro de Bernard Heuvelmans y Boris Porchnev, El Hombre de Neanderthal todavía está vivo (1974), se obsesionó por la supuesta existencia de homínidos primitivos merodeando por zonas aisladas del planeta y, tras una paciente espera, iniciada la década de 1990, se lanzó en su búsqueda por las montañas del norte de Pakistán, donde los rumores indicaban estaba el Barmanu, el yeti local.[24]

"Veintisiete testimonios de pastores nómadas que recorrían las montañas durante largas temporadas avalaron su teoría. Relataron que en algún momento habían avistado al homínido. Las descripciones que dieron eran coincidentes lo que le permitió definir un boceto tipo retrato robot. Otros testimonios describían como eran sus aullidos, incluso el propio Jordi y sus acompañantes de expedición pudieron escucharlos alguna vez. Años después, algunos de esos relatos fueron recogidos en un documental producido por el canal Arte. Pero Jordi no solo se interesó por el hombre Barmanu. Le fascinaba la existencia de los kalash en aquel paraje singular poblado de musulmanes. Le preocupaba, como a tantos otros estudiosos, que su presencia se viera mermada con el tiempo hasta el punto de extinguirse. Aprendió su idioma, sus costumbres, ritos y religión, hasta convertirse en uno de ellos. A partir de ese momento se involucró completamente con esa etnia. Canalizó todas sus energías en proporcionar medios para paliar las precarias condiciones de vida de los kalash. Creó una ONG y defendió fervientemente que tuvieran su propia educación de acuerdo con su cultura."[25]

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Retrato-robot del Barmanu realizado por el malogrado Jordi Magraner a partir de los testimonios recogidos en Pakistán.

Pero en 2001 el mundo cambió.

Tras el atentado al World Trade Center, el distrito pakistaní de Chitral, donde Jordi ejercía sus pesquisas, se convirtió en un polvorín y los extranjeros, en especial los occidentales, despertaron muchas suspicacias entre los grupos musulmanes integristas que vivían en la región. Las incursiones de talibanes, que bajaban de las montañas vecinas, volvieron la zona extremadamente peligrosa. Magraner fue advertido de que su vida corría serios riesgos, que era conveniente que se retirara de Chitral por un tiempo. Pero el joven investigador hizo oídos sordos a la sugerencia. Permaneció en el lugar y el 2 de agosto de 2002 su cuerpo, degollado, fue encontrado inerte en el sillón de su despacho.

Junto al cadáver se hallaron sus notas y escritos, los apuntes que tomara oportunamente frente a los supuestos testigos del hombre prehistórico que buscaba. Pero lo más importante es que allí también estaban sus convicciones más profundas y las influencias que habían contribuido a construir su gran obsesión.

"De todas las informaciones disponibles sobre homínidos-reliquia de Asia, sólo el examen meticuloso del hombre congelado ? llamado Homo Pongoides por Heuvelmans (1969) ? proporcionaba una descripción lo suficientemente completa de las características anatómicas de esos seres (…). Ya estaba en estado de descomposición cuando Heuvelmans lo pudo examinar y obtener datos de las personas que lo habían visto descongelado. (…) Aunque el misterioso origen de este ser velludo (…) engendró un escepticismo cada vez mayor sobre la autenticidad del espécimen, su conocimiento genuino, derivado de los primeros meses de observación tranquila, viene a justificar el interés entusiasta mostrado por los científicos que examinaron las fotografías con detalle."[26]

"El resultado sintético de estos informes [y los testimonios recabados in situ, FJSR] permite descartar la hipótesis de un origen mítico de estos personajes (…). Tanto los datos anatómicos de hombres fósiles, tanto como la prehistoria de Asia Central, no se oponen a la existencia de poblaciones prehistóricas en los altiplanos de Pamir e Hindo Kuch."[27]

Magraner murió convencido. Persiguió su sueño hasta las últimas consecuencias. Es, como dijimos antes, uno de los mártires de la criptozoología.

Me pregunto qué hubiera argumentado, en caso de seguir vivo, frente a la aparición del famoso Hombre Congelado de Minnesota, en un bizarro museo de Austin, Texas, en julio del 2013.

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Steve Busti (foto) es, desde 2013, el actual propietario del Homo Pongoides,

exhibido en su Museo de lo Extraño de Austin, Texas, USA.[28]

Otra de las actitudes que se advierten comunes en el mundillo de la criptozoología es la de censurar no sólo los delirios más estrambóticos (como los que hablan de Yetis tripulando naves espaciales), sino rechazar las sensatas y descreídas opiniones que tienden a desestabilizar la disciplina desde el escepticismo.

Los cazadores "clásicos" de monstruos buscan crear misterios racionales que permitan instaurar un clima de plausibilidad y alcanzar el difícil equilibrio entre la realidad y la fantasía (típico en los relatos de leyendas urbanas) que creen conseguir utilizando un lenguaje pseudo-académico[29]que no nunca olvida mencionar nombres propios (testigos), lugares concretos y fechas supuestamente exactas, considerados pilares de una "ciencia" que, de ese modo, pretende presentarse como positiva y objetiva.

Asimismo, del mismo modo que los cazadores de ovnis, los criptozoólogos buscan legitimidad organizando grupos y asociaciones cuyas siglas (en apariencia muy serias) no hacen más que esconder a entusiastas soñadores. La Sociedad Internacional de Criptozoología (ISC, en su siglas en inglés), la Sociedad Española de Criptozoología (SEP), Grupo Criptozoología Italia (GCI), Centro de Zoología Forteana (CFZ), The Bigfoot Field Researchers Organization (BFRO), American Bigfoot Society (ABS), Pennsylvania Bigfoot Society (PBS), Southeastern Ohio Society for Bigfoot Investigation (SOSBI), Northern Sasquatch Research Society (NSRS), Orang Pendek Project Sumatra (OPP) y Cryptozoology Tracking Society (CTS) son algunos ejemplos entre tantos otros.

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Sociedades y grupos de investigaciones criptozoológicas

pululan por el mundo, pretendiendo un espíritu científico que no tienen

Demás está decir, como precisa Carlos Chordá[30]que ninguno de estos grupos descubrió jamás espécimen nuevo alguno. Todos los insectos, aves y mamíferos catalogados en las últimas décadas tuvieron como descubridores a los encubridores zoólogos de la ciencia oficial; que los cazadores de monstruos tanto desprecian. Por lo tanto, por más que nos empeñemos en encontrar sus apellidos en el ICZN (International Code of Zoological Nomenclature), no los vamos a hallar. Ninguno de esos seres misteriosos se apoya en pruebas concretas. Son sólo "manifestaciones excéntricas de las ciencias naturales". Materia prima del llamado "imaginario científico".[31]

Pero la pretenciosa criptozoología no baja los brazos. No se deja vencer tan fácilmente. Siempre apunta a más y, con el apoyo de inescrupulosos canales de televisión, se mantiene en cartel. La monstruomanía (término acuñado por John Keel) hace uso de todos los medios para conseguir ese objetivo y, como los modernos cazafantasmas, se ha convertido en una asidua consumidora de alta tecnología. Radares, sonares, software ultramodernos, computadoras de última generación, extraordinarias máquinas fotográficas, lentes de visión nocturna, imponentes medios de comunicación (camionetas, helicópteros, submarinos), sensores de movimiento etc., son parte de la aparatología de legitimación del oficio.[32]

Aún así, muy a pesar de que cuente también con científicos heterodoxos entre sus adeptos (no hay que olvidar que muchos criptozoólogos son académicos titulados) eso no la convierte en ciencia. A lo sumo, será ciencia-ficción.[33]

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Roy Mackal (Abajo izquierda) y Richard Greenwell (abajo derecha) fueron

dos famosos criptozoólogos que recorrieron el mundo en busca de monstruos,

apoyándose en la tecnología de punta de la época

La creencia acrítica y la interpretación literal de los mitos en los que fundan sus búsquedas hacen que los criptozoólogos se asemejen bastante a los evangelistas militantes de la moderna iglesia electrónica, que toman por ciertas todas y cada una de las frases de la Biblia, descartando de lleno el rol de las metáforas y las parábolas. Esto explicaría que muchos historiadores y arqueólogos cristianos, en su afán por probar los dichos bíblicos con pruebas materiales, hayan invertido tiempo, esfuerzo y recursos tratando de encontrar los restos de la famosa Arca de Noé en las cimas del monte Ararat (Turquía); queriendo ver en cada pedazo de madera desenterrada una prueba irrefutable de su existencia histórica.[34]

En este rubro de arqueología-ficción también las huellas del barco de Noé, como las del Yeti o Bigfoot en criptozoología, juegan un rol fundamental a la hora de justificar esas chifladas pesquisas. La actitud es la misma o muy parecida. La necesidad de indicios hace que los encuentren en cualquier cosa. No sería de extrañar que algún día alguien surgiera pontificando la posibilidad de encontrar una pareja de Pie Grandes arrumbada en un rincón del Arca. ¿Estaríamos en ese caso ante un ejemplo de trabajo científico interdisciplinario?

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La "huella" falsa del Arca de Noé (izquierda) y las improntas de supuestos Pie Grandes (derecha).

Pero si de credulidad hablamos, muchos criptozoólogos resultan ser "más papistas que el Papa", atribuyéndole a la gente de lugares exóticos creencias que, muchas veces, resultan exageradas o falsas. Al respecto, el fallecido biólogo Mariano Moldes (1966-2008) dejó evidencia de esta elegante forma de subestimar al Otro, cuando escribió:

"Suele argüirse que los montañeses del Himalaya creen en el Yeti. Recientemente, un investigador estadounidense que esperaba encontrar al Abominable Hombre de las Nieves, al viajar a la región, se enteró que quienes creen fervientemente en su existencia son los pueblerinos, pero los experimentados cazadores de la montaña son totalmente escépticos. Huelga decir que este investigador terminó adoptando la misma opinión".[35]

Asimismo, Eduardo Angulo en Monstruos (2007) aclara lo que realmente piensan del Yeti los habitantes del Himalaya, haciendo público un viejo proverbio sherpa:

"Hay un Yeti en el desván del alma de cada uno de nosotros; solo los virtuosos no son dominados por él."[36]

Esta costumbre de exacerbar y generalizar las creencias lejanas es una práctica muy común en el ambiente. Pero no sólo los caza-monstruos son los responsables. El turismo y sus intereses comerciales también son cómplices en el asunto. Muchas regiones depositarias de supuestos críptidos mantienen sus economías locales apoyándose en la difusión de mitos (aún sin ser creyentes). Los numerosos festivales que se organizan en torno a ellos, y a los que acude gente de todas partes, son ejemplos evidentes de lo que decimos. El escepticismo no es mal negocio. Y en un mundo como el del turismo, guiado todavía por normas propias del romanticismo de los viajeros del siglo XIX, los monstruos venden.

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Los monstruos y el turismo

Festivales que giran en torno a famosos críptidos[37]

Partes: 1, 2

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