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Los lenguajes de la economía. Un recorrido por los marcos conceptuales de la economía



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Monografía destacada

  1. Introducción y conclusiones
  2. Filosofía de la ciencia
  3. Las teorías como estructuras conceptuales
  4. Las ciencias sociales: intereses y modos de explicación
  5. Problemáticas y marcos conceptuales en economía
  6. Crecimiento, acumulación y tendencias profundas: la economía política
  7. La estatica y el equilibrio: la economía marginalista
  8. Dinámica y desenvolvimiento: Joseph a. Schumpeter
  9. La importancia de la demanda y del corto plazo económico: John Maynard Keynes
  10. Dos marcos conceptuales posteriores a Keynes
  11. Moneda, expectativas y no-mercado
  12. Economía institucional, escuela de la regulación y economía evolucionista
  13. Bibliografía

"¿Por qué molestarse en realizar investigaciones como las que se pueden encontrar en las páginas anteriores? La importancia de la cuestión se pone de manifiesto cuando se admite, como yo he hecho, que la filosofía o la metodología de la ciencia no son de ninguna ayuda para los científicos." Con estas palabras, Alan F. Chalmers iniciaba el cierre de su libro titulado ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Y previamente nos había dicho que si las metodologías de la ciencia se entienden desde el punto de vista de las reglas que guíen las elecciones y decisiones de los científicos, entonces dada la complejidad de cualquier situación realista en la ciencia y la imprevisibilidad del futuro por lo que se refiere al desarrollo de una ciencia, no es razonable esperar una metodología que determine que, dada una situación, un científico racional debe adoptar la teoría A y rechazar la teoría B, o preferir la teoría A a la teoría B. Reglas tales como «adoptar la teoría que recibe más apoyo inductivo de los hechos aceptados» y «rechazar las teorías que son incompatibles con los hechos generalmente aceptados» son incompatibles con aquellos episodios de la ciencia comúnmente considerados como constitutivos de sus fases más progresivas.

Pero, entonces, cómo seremos capaces de saber acerca de la corrección de nuestro trabajo de investigación. ¿De qué medios disponemos para ello, si es que tales medios existen? ¿Cómo saber que cuanto decimos en nuestras investigaciones es pertinente científicamente hablando? ¿Cómo fundamentamos aquello que decimos en voz alta en las aulas? En qué medida podremos llegar a explicar correctamente y entender algunos episodios y acontecimientos recientes de nuestra vida intelectual.

En mi época de estudiante de los últimos cursos de Economía, asistí asombrado a un hecho que me causó cierta perplejidad. Por aquel entonces cursaba una asignatura dedicada, entre otros aspectos, al complejo problema del crecimiento económico. Se pasaba allí una revisión a las que se consideraban principales teorías de la Economía del crecimiento económico. En uno de mis paseos por la biblioteca, cayó en mis manos un libro que abordaba la polémica del capital desde la perspectiva del Cambridge de este lado del Atlántico. El libro contaba con un texto escrito por un profesor del centro donde realizaba mis estudios. Lo leí atentamente, intentando aprehender cuanto contenía en él. Una vez cerrado el libro por su última página, medité acerca de su contenido e, involuntariamente tal vez, cotejé lo que decía allí con lo que se desprendía de sus discursos más actuales. He aquí lo que me causó perplejidad. No eran en absoluto coincidentes. Eran dos puntos de vista, si se me permite la expresión, radicalmente distintos. A lo largo de algunos días estuve pensando sobre ello, intentando siempre comprender cómo era posible ese cambio en aspectos e ideas, que no dudaba en calificar como básicas del pensamiento económico personal. En esa época, tuve en mente un puñado de posibles razones, que nunca fueron concluyentes.

Un año más tarde recordé el episodio a raíz de lo que yo consideraba nuevos conocimientos. Reconocía tímidamente que, debido a la última crisis económica de los años setenta, se habían producido cambios significativos en el comportamiento y funcionamiento de la economía capitalista. He aquí, me dije, una buena razón de mi perplejidad. La realidad ha cambiado, por tanto, no debe parecernos extraño que cambiemos el contenido de nuestro pensamiento. Pero, había un hecho que no podía silenciarme a mí mismo. La mayor parte de la literatura que, por aquel entonces, me exponía los cambios en el funcionamiento de la economía capitalista utilizaba un lenguaje bastante distinto al usual en mi educación como economista, distinto al que utilizaba y al que utilizó el profesor de nuestra historia. Era un lenguaje que en ocasiones compartía significantes con los otros, pero no los significados.

Mientras intentaba precisar y diferenciar los distintos lenguajes, asomaba en mí la idea de que las que eran las razones del cambio en el funcionamiento de la economía capitalista y las características del mismo y de la nueva fase, eran propias y específicas de este nuevo lenguaje. No eran compartidas, o al menos no lo eran en lo fundamental. Tal vez la única coincidencia era la existencia de un cambio, pero nada más.

Varios lenguajes y un cambio de actitud intelectual eran de cuanto disponía. Reconocía, evidentemente, la posibilidad de cambios intelectuales en el tiempo, llamémosle madurez, y también que existían economistas que pensaban de modo diferente y que, incluso, parecía que hablasen de mundos diferentes o al menos lo hacían en lenguajes diferentes. He aquí la nueva preocupación: ¿habría estado yo lo suficientemente atento a lo largo de mis años de estudio y había juzgado correctamente las enseñanzas recibidas o, por el contrario, no había estado más que uno de los estúpidos estudiantes tan difamados y denostados por la señora Robinson? Ciertamente, a lo largo de mis estudios de Economía, yo había ido adquiriendo un conjunto de conceptos de los que previamente no disponía, reconocía unas relaciones entre ellos, en definitiva, adquirí un lenguaje y de eso se trataba justamente. Pero como cierto autor, a quien posteriormente deberemos prestar atención, llegó a decir: "Cuando la presentación de ejemplos forma parte del proceso de aprendizaje, lo que se adquiere es conocimiento del lenguaje y del mundo a la vez. En la mayoría del proceso de aprendizaje del lenguaje estas dos clases de conocimientos -conocimiento de palabras y conocimiento de la naturaleza– se adquieren a la vez; en realidad no son en absoluto dos clases de conocimiento, sino dos caras de una sola moneda que el lenguaje proporciona." Es evidente que la tarea docente se ve facilitada por el uso de ejemplos, tanto cuando se ejerce como cuando se recibe.

A estas alturas, mi preocupación robinsoniana tenía ahora consecuencias más profundas. Pues ya no se trataba de que fuese yo un estudiante robinsoniano más o menos serio. Se trataba de la naturaleza y sentido de mis conocimientos. Si había adquirido conocimiento del lenguaje y del mundo a la vez, y si ambos son inseparables, ¿cómo podría yo juzgar la educación recibida? ¿Eran correctas las categorías analíticas adquiridas como estudiante de Economía o que había incorporado tras licenciarme? Si había aprendido Economía con la ayuda de ejemplos de la economía, debía pensar que ésta no permitía valorar aquélla. Y qué pensar de cuanto verbalizaba en mi actual tarea docente ¿Era posible resolver estas cuestiones? ¿Cómo? ¿Estamos en un callejón sin salida?

Un acontecimiento intelectual más viene a nuestra mente. A lo largo de nuestra trayectoria investigadora como miembro de la universidad, centré una parte significativa de mi trabajo investigador en la Economía regional. Llegué a ella por una serie de razones que en este contexto no es de interés relatar, pero llegué en un momento en el cual se estaba produciendo lo que podría reconocerse como un profundo cambio en el contenido de las explicaciones relativas al crecimiento y al desarrollo económico regional. Leía las aportaciones más recientes, pero también las anteriores. Eran aportaciones construidas sobre categorías analíticas, conceptos y lenguajes distintos entre sí que parecían referirse a realidades distintas. En definitiva, aparentemente, mi labor investigadora no contribuía a resolver mis anteriores preocupaciones.

Una forma posible de intentar resolver estos problemas podría consistir en despedirnos con las palabras de Hilary Putnam (1982): "… la mente no «copia» simplemente un mundo que sólo admite la descripción de La Teoría Verdadera. Pero, …, la mente no construye el mundo … Y si es que nos vemos obligados a utilizar lenguaje metafórico, dejemos que la metáfora sea ésta: La mente y el mundo construyen conjuntamente la mente y el mundo (o, haciendo la metáfora más hegeliana, el Universo construye el Universo -desempeñando nuestras mentes (colectivamente) un especial papel en la construcción)."

Pero, realmente, poco habría avanzado. Seguirían existiendo demasiados interrogantes por responder y ciertas afirmaciones aparentes por precisar. Es pues evidente que no podemos ni debemos despedirnos en este punto. Debemos de continuar precisando y buscando respuestas a estas cuestiones y a algunas más que puedan surgir en el camino. Pero, alguna consideración en positivo parece que empieza a asomar. Así, nuestra proposición básica es que existe una pluralidad de marcos conceptuales interpretativos en la Economía. De modo que cada uno de ellos, al querer abordar cierta problemática, ha ido desarrollando conceptos y categorías analíticas propias que, junto con sus reglas de articulación interna, ha propiciado la formación de diferentes lenguajes con que analizar la economía. Pero esta proposición no se desprende de una mera observación del quehacer de los economistas a lo largo del tiempo. Esto es, no se construye inductivamente. Resulta, por el contrario, del desarrollo de un punto de vista inicial, de una hipótesis, de un esbozo de teoría.

Este esbozo de teoría hunde sus fundamentos en un análisis de la filosofía de la ciencia. De dicho análisis se desprende, en primer lugar, que existe una pluralidad de marcos conceptuales que quieren explicar cómo se construyen y cómo y porqué se llega a aceptar las explicaciones científicas. En segundo lugar, del análisis de algunos de los marcos conceptuales o enfoques de filosofía de la ciencia, se concluye que justamente la labor de los científicos es construir marcos conceptuales o lenguajes que les permitan precisar al máximo la naturaleza y contenido de la fracción del mundo que quieren estudiar. El análisis del mundo es imposible sin un lenguaje. De modo que el desarrollo científico exige el desarrollo y mejora de un lenguaje. Los conceptos son las herramientas de los científicos. Permiten reconocer problemas y encontrar soluciones pertinentes. Una comunidad científica particular es una comunidad lingüística que comparte aproximadamente el mismo vocabulario y las mismas reglas de construcción y uso del lenguaje.

Así pues, el rasgo más esencial de una corriente de pensamiento, de un paradigma o de un programa de investigación es el hecho de compartir una estructura o un marco conceptual y de trabajar en el desarrollo del mismo. El crecimiento y consolidación de un enfoque pasa por el crecimiento, consolidación y masiva aceptación de su lenguaje y sus conceptos. Y el cambio de enfoque exige la sustitución de un marco conceptual por otro. Nunca se abandona un marco conceptual si no se dispone de otro alternativo, por la sencilla razón de que los científicos no pueden permanecer mudos.

Nosotros nos hemos propuesto mostrar a lo largo del texto como los economistas han ido construyendo distintos marcos conceptuales. Con ellos, han abordado problemas diferentes. Han reconocido el surgimiento de problemáticas nuevas, han podido caracterizarlas y, en ocasiones, han encontrado buenas soluciones. Este propósito se desarrolla a lo largo de la Tercera parte del texto.

Este modo de abordar el pensamiento económico encuentra su fundamento en la Segunda parte relativa a la filosofía de la ciencia. En la primera parte queremos mostrar cómo ha ido elaborándose nuestra propuesta básica y cuáles son las principales conclusiones a las que hemos llegado.

Con este trabajo esbozamos una serie de respuestas a preguntas que consideramos fundamentales desde el doble punto de vista investigador y docente. Son preguntas que como hemos relatado brevemente, empezaron a presentarse en nuestro periodo de formación y que después, con la labor docente se ampliaron y, creemos, tomaron toda su relevancia. Investigar nos obligo a construir un relato que cumpliera con una norma fundamental: la coherencia discursiva. En otros términos, la investigación nos mostró que poseíamos un lenguaje. La labor docente ha contribuido mucho a que llegásemos a considerar la economía como un lenguaje. Transmitir el conocimiento es, entre otras cosas, transmitir un vocabulario, una terminología y las reglas y condiciones que hacen legítimo su uso.

El lenguaje es y ha sido objeto de investigación por parte de un amplio número de disciplinas científicas. Dos grandes disciplinas aparecen como las más directamente vinculadas: por un lado, una parte significativa de la filosofía de la ciencia se ha ocupado directamente de la relación entre el lenguaje y el conocimiento; y, por otro, la lingüística y otras disciplinas afines tienen como objeto propio de investigación el lenguaje. Sin embargo, la investigación que aquí se presenta, aunque participa de algunas de las inquietudes de estas dos disciplinas, no puede presentarse, estrictamente hablando, como una aplicación al terreno del análisis económico de una u otra de ellas. Tampoco puede interpretarse como una síntesis de ambas, simplemente porque no lo es.

Si alguna filiación quiere establecerse para esta investigación, es necesario mirar en una serie de trabajos que, en los últimos tiempos, reivindican el análisis del lenguaje especializado como un campo de investigación legitimo para los propios científicos practicantes de las ciencias sociales y humanas. Entre los economistas, sin lugar a dudas, es McClosky la figura más conocida. No obstante, nuestra investigación no coincide enteramente con la suya. Nosotros simplemente nos proponemos mostrar y justificar que cada grupo de economistas cuenta con un puñado de términos o de conceptos, cuya articulación da lugar a lenguajes particulares. Con sus respectivos lenguajes, cada grupo de economistas identifica las cuestiones fundamentales de investigación, su mundo de investigación. He aquí toda su riqueza y todas sus limitaciones.

Si nuestra tesis es acertada y nuestra investigación convincente, sus consecuencias investigadoras y docentes son sumamente importantes. Investigadoras porque abre un terreno fecundo para el análisis del pensamiento económico y para estudios lingüísticos de textos económicos concretos. Ambos contribuirán a mejorar nuestro conocimiento económico. Docentes, porque la investigación sobre la construcción del lenguaje económico garantiza una mejor transmisión de los conocimientos económicos. Si en este contexto introducimos la traducción de textos económicos y la enseñanza de lenguas extranjeras aplicadas a la economía y las ciencias sociales, una investigación como la presente, creemos, es oportuna y prometedora.

PARTE PRIMERA.

CAPÍTULO 1

Introducción y conclusiones

Marcos conceptuales y filosofía de la ciencia.

Hemos dicho más arriba que:

"… la mente no «copia» simplemente un mundo que sólo admite la descripción de La Teoría Verdadera. Pero, …, la mente no construye el mundo … Y si es que nos vemos obligados a utilizar lenguaje metafórico, dejemos que la metáfora sea ésta: La mente y el mundo construyen conjuntamente la mente y el mundo (o, haciendo la metáfora más hegeliana, el Universo construye el Universo -desempeñando nuestras mentes (colectivamente) un especial papel en la construcción)." (Putnam, 1981).

Esto nos permite, en primer lugar, afirmar con Popper que la teoría de la tabula rasa es absurda, el aumento del conocimiento consiste en la modificación del conocimiento previo, sea alterándolo, sea rechazándolo a gran escala. El conocimiento no parte nunca de cero, sino que siempre presupone un conocimiento básico -conocimiento que se da por supuesto en un momento determinado- junto con algunas dificultades, algunos problemas. Por regla general, éstos surgen del choque entre las expectativas inherentes a nuestro conocimiento básico y algunos descubrimientos nuevos, como observaciones o hipótesis sugeridos por ellos (Popper, 1972).

Pero este conocimiento básico no está constituido por una única teoría, sino por un conjunto más o menos amplio de teorías, algunas de las cuales se constituyen entre sí en agrupaciones con cierto grado de articulación e interdependencia. Esto da lugar a paradigmas o programas de investigación, o, como preferimos denominarlos, lenguajes científicos, estructuras lingüísticas o marcos conceptuales. Pero antes de desarrollar estos extremos, digamos algo más sobre aquello que no constituye la ciencia.

Si nuestro conocimiento básico nos permite sugerir descubrimientos, observaciones o hipótesis, en definitiva ciertas expectativas, el papel de la experiencia es muy diferente a aquel que le atribuyen tanto la concepción inductista como el falsacionismo ingenuo. En primer lugar, las argumentaciones inductivas no son lógicamente válidas. No se da el caso de que, si las premisas de una inferencia inductiva son verdaderas, entonces la conclusión debe de ser verdadera. Es posible que la conclusión de una argumentación inductiva sea falsa y que sus premisas sean verdaderas sin que ello suponga una contradicción. "La inducción no se puede justificar sobre bases estrictamente lógicas".

Además, el principio de inducción no puede derivarse de la propia experiencia, pues en tal caso se estaría pretendiendo justificar la inducción empleando el mismo tipo de argumentación inductiva cuya validez se supone necesita justificación. Esto significa restar validez al positivismo tradicional, incluso de la mano del positivismo lógico, y decir que en modo alguno afirmamos que sólo lo dado es real. Es importante reconocer, con Carnap, que el calificativo de lógico hace de este positivismo una doctrina lógica, que nada tiene que ver con las tesis metafísicas de la realidad o irrealidad de cosa alguna. La preocupación del positivismo lógico es una preocupación por el modo formal de hablar y no por el modo material de hablar.

Desde un punto de vista estrictamente lógico, nunca podemos afirmar que una hipótesis es necesariamente cierta porque esté de acuerdo con los hechos; al pasar en nuestro razonamiento de la verdad de los hechos a la verdad de la hipótesis, cometemos implícitamente la falacia lógica de «afirmar el consecuente». Por otra parte, podemos negar la verdad de una hipótesis en relación con los hechos, porque, al pasar en nuestro razonamiento de la falsedad de los hechos a la falsedad de la hipótesis, invocamos el proceso de razonamiento, lógicamente correcto, denominado «negar el consecuente». Para resumir la anterior argumentación podríamos decir que no existe lógica de la verificación, pero sí existe lógica de la refutación.

Por otra parte, la obtención de generalizaciones inductivas no es posible porque, en el momento en que hayamos seleccionado un conjunto de observaciones de entre el infinito número de observaciones posibles, habremos establecido ya un cierto punto de vista y ese punto de vista es en sí mismo una teoría, aunque en estado burdo y poco sofisticado. La argumentación: «He visto un gran número de cisnes blancos; nunca he visto un cisne negro; por tanto, todos los cisnes son blancos», es una inferencia inductiva no-demostrativa que no se deduce de las premisas mayor y menor, con lo que ambas premisas pueden ser verdaderas sin que la conclusión se siga de ellas lógicamente. En resumen, un argumento no-demostrativo puede, en el mejor de los casos, persuadir a una persona ya convencida, mientras que un argumento demostrativo debe convencer incluso a sus más obstinados oponentes.

Por tanto, no debe pensarse que existe una dicotomía entre inducción y deducción. La dicotomía relevante se plantea entre inferencias demostrativas e inferencias no-demostrativas. Y, para resolver esta dicotomía conviene reservar el término de inducción a argumentos lógico-demostrativos, y el de «aducción» para las formas de razonamiento no-demostrativas. Pero, la inducción demostrativa no existe, y la aducción no es en absoluto lo opuesto de la deducción, sino que, de hecho, constituye otro tipo de operación mental completamente diferente. La aducción es la operación no-lógica que nos permite saltar del caos que es el mundo real a la corazonada que supone una conjetura tentativa respecto de la relación que realmente existe entre un conjunto de variables relevantes. La cuestión de cómo se produce dicho salto pertenece al contexto de la lógica del descubrimiento y puede que no sea conveniente dejar de lado despectivamente este tipo de contexto, como los positivistas, e incluso los popperianos, desean. Pero lo cierto es que la filosofía de la ciencia se ocupa, y se ha ocupado siempre, de forma exclusiva, del paso siguiente del proceso, es decir, de cómo esas conjeturas iniciales se convierten en teorías científicas por medio de su inserción y articulación dentro de una estructura deductiva más o menos coherente y completa y de cómo esas teorías son posteriormente contrastadas con las observaciones. En definitiva, no debemos decir que la ciencia se basa en la inducción: se basa en la aducción seguida de deducción (Blaug, 1980, pp 33-4).

Pero, presupone este punto de vista la existencia de una cierta idea de verdad. Digamos algo al respecto: la condición necesaria y suficiente para construir una definición satisfactoria de la verdad, es que el metalenguaje en su parte lógica sea esencialmente más rico que el lenguaje-objeto. Si el metalenguaje satisface esta condición de «riqueza esencial», en él puede definirse la noción de verdad. Y, ésta puede hacerse a partir de otra noción semántica, la de satisfacción. Así, "…, llegamos a una definición de la verdad y de la falsedad diciendo simplemente que una oración es verdadera si es satisfecha por todos los objetos, y falsa en caso contrario." Una consecuencia importante de esta noción de verdad es que "la noción de verdad nunca coincide con la de comprobabilidad; pues todas las oraciones comprobables son verdaderas, pero hay oraciones verdaderas que no son comprobables." (Tarski, 1944).

Por su parte, como nos recuerda Chalmers, es evidente que la idea de verdad propia del sentido común tiene algún tipo de significado y aplicabilidad; de otro modo, no tendríamos esta idea en nuestro lenguaje y no seríamos capaces, por ejemplo, de establecer una distinción entre verdad y mentira. Es precisamente porque tenemos una concepción de la verdad significativa y cotidiana por lo que algunas frases parecen obvias y trivialmente correctas. Pero, la cuestión importante que se suscita es: «¿Es la idea de verdad propia del sentido común suficiente para dar sentido a la afirmación de que la verdad es la finalidad de la ciencia?» Veamos, pues, algunos argumentos que sostienen una respuesta negativa.

Primero, dentro de la teoría de la verdad como correspondencia, tenemos que referirnos, en el metalenguaje, a las frases de un sistema de lenguaje o teoría y a los hechos a los que estas frases pueden o no corresponder. Sin embargo, sólo podemos hablar de los hechos a los que pretende referirse una frase utilizando los mismos conceptos que están implícitos en la frase. Cuando digo "el gato está encima del felpudo", utilizo los conceptos «gato» y «felpudo» dos veces, una en el lenguaje objeto y otra en el metalenguaje, para referirme a los hechos. "Sólo se puede hablar de los hechos a los que se refiere una teoría, y a los que se supone que corresponden, utilizando los conceptos de la propia teoría. Los hechos no son comprensibles para nosotros, ni podemos hablar de ellos, independientemente de nuestras teorías." (Chalmers, 1982). En otras palabras, los hechos no existen más allá de una forma de lenguaje.

En términos generales, las leyes de la física seleccionan ciertas propiedades o características que pueden ser atribuidas a objetos o sistemas del mundo (por ejemplo, la masa) y expresan las formas en que tienden a comportarse estos objetos o sistemas en virtud de aquellas propiedades o características. En general, los sistemas del mundo poseerán otras características además de las seleccionadas por una determinada ley, y estarán sujetas a la acción simultánea de tendencias en su comportamiento asociadas a estas características adicionales. "Las leyes de la naturaleza no se refieren a las relaciones entre acontecimientos localizables, tales como gatos que están encima de felpudos, sino a algo que podríamos llamar tendencias transfactuales." (Chalmers, 1982).

Podemos suponer que hay experiencias perceptivas de algún tipo directamente accesibles al observador, pero no sucede así con los enunciados científicos, ni siquiera con los enunciados de observaciones de la ciencia. Estos son entidades públicas, formuladas en un lenguaje público que conllevan teorías con diversos grados de generalidad y complejidad. Los enunciados científicos, incluidos los observacionales, se deben realizar en el lenguaje de alguna teoría. Los lenguajes teóricos constituyen un requisito previo de unos enunciados observacionales y, estos serán tanto más precisos cuanto mayor sea la precisión del lenguaje teórico que utilicemos. Como también serán tan falibles como lo sean aquellos. Es más, las observaciones problemáticas sólo lo serán a la luz de alguna teoría o lenguaje teórico.

Por ello, los acontecimientos relevantes en la tarea científica, el estado de cosas, están presupuestos en nuestro conocimiento teórico, en el dominio que tengamos de algún lenguaje teórico. Es más, dependen directa e indirectamente, explícita e implícitamente de éste. En este sentido, podríamos observar que incluso nuestras experiencias perceptivas o sensitivas llegamos a sostenerlas sobre la base de alguna teoría. Por ejemplo, si digo «el gato está encima del felpudo» sostengo indirecta o implícitamente la validez de cierta teoría óptica.

En esencia, esto nos lleva a rechazar, con Lakatos, ciertas consideraciones al respecto del pensamiento de Popper. El primer supuesto es el de que existe una frontera psicológica, natural, entre los enunciados teóricos o especulativos por una parte y los enunciados de hecho u observacionales (o básicos) por otra. El segundo supuesto es el de que si un enunciado satisface el criterio psicológico de ser fáctico u observacional (o básico) entonces es cierto; puede decirse que se ha demostrado partiendo de los hechos. Estos dos supuestos, entre otras cosas, permiten lo que hemos convenido en llamar «deducción inductiva». Y, junto con un criterio de demarcación, dan pie a la provisionalidad popperiana. Este criterio es: sólo son «científicas» aquellas teorías que prohíben ciertos estados observables de cosas y que por lo tanto son refutables fácticamente. Dicho de otro modo, una teoría es «científica» si tiene una base empírica.

Con Lakatos podemos decir que ambos supuestos son falsos. La psicología testifica en contra del primero, la lógica en contra del segundo, y por último, consideraciones metodológicas testifican en contra del criterio de demarcación. Aunque en algún punto ya nos hemos anticipado, veámoslo con más detalle.

Respecto al primero de los supuestos, su falsedad se encuentra en que ni hay ni puede haber sensaciones que no estén impregnadas de expectativas y, por lo tanto, no existe ninguna demarcación natural entre enunciados de observación y enunciados teóricos. Por lo que respecta al segundo, el valor veritativo de los enunciados «observacionales» no puede ser decidido de modo indudable: ningún enunciado de hecho puede nunca demostrarse a partir de un experimento. Los enunciados sólo pueden derivarse a partir de otros enunciados, no pueden derivarse a partir de los hechos: los enunciados no pueden derivarse a partir de las experiencias, «al igual que no pueden demostrarse dando porrazos a la mesa». Si los enunciados de hecho son indemostrables, entonces es que son falibles. Si son falibles, entonces los conflictos entre teorías y enunciados de hecho no son «falsaciones», sino simplemente inconsistencias. Puede ser que nuestra imaginación represente un mayor papel en la formulación de «teorías» que en la formulación de «enunciados de hecho», pero tanto unas como otros son falibles. De modo que ni podemos demostrar las teorías ni podemos tampoco contrademostrarlas». La demarcación entre las blandas «teorías» no demostradas y la sólida «base empírica» demostrada no existe: Todos los enunciados de la ciencia son teóricos e, incurablemente, falibles (Lakatos, 1972).

Es más, ¿qué significa decir que una cantidad (función) f de una teoría física T es T-teórica? En términos generales, equivale a la breve narración contenida en los dos enunciados siguientes. Para realizar una contrastación empírica de una aserción empírica que contiene la cantidad T-teórica f, debemos medir valores de la función f. Sin embargo, todos los procedimientos de medida conocidos (o, si se prefiere, todas las teorías de medida de valores-f conocidas) presuponen la validez de esa misma teoría T (Stegmüller, 1979).

La idea de que la experiencia pueda constituir una base para nuestro conocimiento se desecha inmediatamente haciendo notar que debe haber discusión para mostrar cómo tiene que interpretarse la experiencia. El apoyo que una teoría recibe de la observación puede ser muy convincente, sus categorías y principios básicos pueden aparecer bien fundados; el impacto de la experiencia misma puede estar extremadamente lleno de fuerza. Sin embargo, existe siempre la posibilidad de que nuevas formas de pensamiento distribuyan las materias de un modo diferente y conduzcan a una transformación incluso de las impresiones más inmediatas que recibimos del mundo. Cuando consideramos esta posibilidad, podemos decir que el éxito duradero de nuestras categorías y la omnipresencia de determinado punto de vista no es un signo de excelencia ni una indicación de que la verdad ha sido por fin encontrada. Sino que es, más bien, la indicación de un fracaso de la razón para encontrar alternativas adecuadas que puedan utilizarse para trascender una etapa intermedia accidental de nuestro conocimiento (Feyerabend, 1970).

No se trata solamente de que hechos y teoría estén en constante desarmonía, es que ni siquiera están tan claramente separados como todo el mundo pretende demostrar. Las reglas metodológicas hablan de "teoría" y "observaciones" y "resultados experimentales" como si se tratase de objetos claros y bien definidos cuyas propiedades son fácilmente evaluables y que son entendidos del mismo modo por todos los científicos.

De hecho, describir una situación familiar es, para el que habla, un suceso en el que enunciado y fenómeno están firmemente pegados uno a otro.

"Esta unidad es el resultado de un proceso de aprendizaje que empieza en la infancia de cada uno de nosotros. Desde pequeños aprendemos a reaccionar ante las situaciones con las respuestas apropiadas, sean lingüísticas o de otro tipo. Los procedimientos de enseñanza dan forma a la "apariencia" o al "fenómeno" y establecen una firme conexión con las palabras, de tal manera que los fenómenos parecen hablar por sí mismos sin ayuda exterior y sin conocimiento ajeno al tema. Los fenómenos son justamente lo que los enunciados asociados afirman que son. El lenguaje que ellos "hablan" está desde luego influido por creencias de generaciones anteriores sustentadas tan largo tiempo que no aparecen ya como principios separados, sino que se introducen en los términos del discurso cotidiano, y, después del entrenamiento requerido, parece que emergen de las cosas mismas." (Feyerabend, 1970, pp 54-6).

No hay falsación sin la emergencia de una teoría mejor. Entonces la falsación tiene un carácter histórico, pues es una relación múltiple entre teorías rivales. Por ello, los «experimentos cruciales» sólo pueden reconocerse como tales entre la plétora de anomalías, retrospectivamente, a la luz de alguna teoría superadora.

El problema, pues, no radica en decidir cuándo debemos retener una «teoría» a la vista de ciertos «hechos conocidos» y cuándo debemos actuar al revés. El problema no radica en decidir qué debemos hacer cuando las «teorías» entran en conflicto con los «hechos». Tal conflicto sólo lo sugiere el modelo deductivo monoteórico. Depende de nuestra decisión metodológica el que una proposición constituya un hecho o una «teoría» en el contexto de una contrastación. La «base empírica» de una teoría es una noción monoteórica. El problema consiste en cómo reparar una inconsistencia entre la «teoría explicativa» que se contrasta y las teorías «interpretativas» explícitas u ocultas; o, si se prefiere, el problema es decidir qué teoría vamos a considerar como teoría interpretativa suministradora de los hechos sólidos, y cuál como teoría explicativa que los explica tentativamente.

En un modelo monoteórico consideramos la teoría de mayor nivel como teoría explicativa que ha de ser juzgada por los hechos suministrados desde el exterior; en caso de conflicto, rechazamos la explicación. Alternativamente, en un modelo pluralista podemos considerar a la teoría de mayor nivel como una teoría interpretativa encargada de juzgar los hechos suministrados desde el exterior; en caso de conflicto podemos rechazar los «hechos» como si fueran «anormalidades». En un modelo pluralista de contrastación quedan unidas varias teorías más o menos organizadas deductivamente. Y este argumento bastaría para hacer ver lo correcto de la conclusión de que los experimentos no destruyen simplemente a las teorías y de que ninguna teoría prohíbe unos fenómenos especificables por adelantado. "No es que nosotros propongamos una teoría y la naturaleza pueda gritar NO; se trata, más bien, de que proponemos un conjunto de teorías y la naturaleza puede gritar INCONSISTENTE." (Lakatos, 1978). Esto es, ningún experimento es crucial en el momento en que se realiza y aún menos en períodos previos.

Pero con eso no hemos resuelto un viejo problema, tan solo se ha desplazado, o a lo sumo pospuesto. Esto es, hemos pasado del problema de la sustitución de una teoría refutada por los «hechos» al nuevo problema de cómo resolver las inconsistencias entre teorías estrechamente relacionadas. Ello nos origina problemas adicionales. Uno de los rasgos cruciales del falsacionismo sofisticado es que sustituye el concepto de teoría, como concepto básico de la lógica de la investigación, por el concepto de series de teorías. Lo que ha de ser evaluado como científico o pseudocientífico es una sucesión de teorías y no una teoría dada.

Para Lakatos, las más importantes series de teorías se caracterizan por una cierta continuidad entre sus miembros. El reconocimiento de que la historia de la ciencia es la historia de los programas de investigación en lugar de ser la historia de las teorías, puede por ello entenderse como una defensa parcial del punto de vista según el cual la historia de la ciencia es la historia de los marcos conceptuales o de los lenguajes científicos." (Lakatos, 1978, p 65, nota 155). Así, Lakatos toma del convencionalismo la libertad de aceptar racionalmente, mediante convención, no sólo los «enunciados fácticos» singulares en un sentido espacio-temporal, sino también las teorías espacio-temporalmente universales. No hay ninguna norma más elevada que la aceptación de la comunidad pertinente (Kuhn, 1962).

Pero, dado que no debemos exigir la existencia de progreso para cada paso dado, resulta muy difícil decidir cuándo un programa de investigación ha degenerado más allá de toda esperanza o cuándo uno de los dos programas rivales ha conseguido una ventaja decisiva sobre el otro. En la metodología de Lakatos, como en el convencionalismo, no puede existir una racionalidad instantánea y mucho menos mecánica. "Ni la prueba lógica de inconsistencia ni el veredicto de anomalía emitido por el científico experimental pueden derrotar de un golpe a un programa de investigación. Sólo ex-post podemos ser «sabios»." "Por ello la terquedad, como la modestia, tiene funciones más «racionales». Sin embargo, las puntuaciones de los bandos rivales deben ser anotadas y expuestas al público en todo momento." (Lakatos, 1978).

Los lenguajes científicos son como realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica. Una de las cosas que adquiere una comunidad científica con un Lenguaje (programas de investigación para Lakatos y paradigmas para Kuhn), es un criterio para seleccionar problemas. Así pues, la investigación efectiva desarrollada bajo un lenguaje permite, a una comunidad científica, encontrar respuestas firmes a preguntas tales como: ¿Cuáles son las entidades fundamentales de que se compone el Universo? ¿Cómo interactúan esas entidades, unas con otras y con los sentidos? ¿Qué preguntas pueden plantearse legítimamente sobre esas entidades y qué técnicas pueden emplearse para buscar las soluciones? (Kuhn, 1962).

Los principios que rigen los lenguajes científicos establecidos (la ciencia normal) no sólo especifican qué tipos de entidades contiene el Universo, sino también, por implicación, los que no contiene. Esto es, una vez más debemos decir que los hechos y las teorías científicas no son categóricamente separables (Kuhn, 1962). El significado de los términos y enunciados del lenguaje observacional no son «teóricamente» independientes y libres del contexto teórico.

La novedad ordinariamente sólo es aparente para el hombre que, conociendo con precisión lo que puede esperar, está en condiciones de reconocer que algo anómalo ha tenido lugar. La anomalía sólo resalta contra el fondo proporcionado por el lenguaje teórico establecido. Cuanto más preciso sea un lenguaje teórico y mayor sea su alcance, tanto más sensible será como indicador de la anomalía y, por consiguiente, de una ocasión para el cambio de lenguaje. En la forma normal del descubrimiento, incluso la resistencia al cambio tiene una utilidad. Asegurando que no será fácil derrumbar la estructura lingüística, la resistencia garantiza que los científicos no serán distraídos con ligereza y que las anomalías que conducen al cambio lingüístico penetrarán hasta el fondo de los conocimientos existentes. "El hecho mismo de que, tan a menudo, una novedad científica importante surja simultáneamente de varios laboratorios es un índice tanto de la poderosa naturaleza tradicional de los lenguajes establecidos en la ciencia normal como de lo completamente que esta actividad prepara el camino para su propio cambio." (Kuhn, 1962, pp 110-1).

El descubrimiento comienza con la percepción de la anomalía, con el reconocimiento de que en cierto modo la naturaleza ha violado las expectativas, inducidas por el lenguaje teórico. Sin embargo, el descubrimiento de un tipo nuevo de fenómeno es necesariamente un suceso complejo, que involucra el reconocimiento tanto de que algo existe como de qué es. Pero si tanto la observación y la conceptualización, como el hecho y la asimilación a la teoría, están entrelazados inseparablemente en un descubrimiento, éste es, entonces, un proceso y debe tomar tiempo. "Sólo cuando todas las categorías conceptuales pertinentes están preparadas de antemano… podrá descubrirse sin esfuerzo que existe y qué es, al mismo tiempo y en un instante." (Kuhn, 1962).

Por consiguiente, con las revoluciones científicas cambian los problemas científicos, las normas que permiten su identificación y también la admisión de soluciones, el mundo o universo científico[1]pero también cambia el significado de los conceptos establecidos y familiares de una comunidad científica particular. Cuatro, pues, parecen ser las implicaciones mayores de los cambios lingüísticos. Y quizá no sea un exceso de simplicidad decir que con las revoluciones científicas lo que cambia es el lenguaje teórico y, de ahí, se altere el concepto de las entidades que componen el universo científico, las entidades mismas y, también en el curso del proceso, los criterios por medio de los cuales una comunidad científica se ocupa del mundo:

"Lo que es todavía más importante, durante las revoluciones los científicos ven cosas nuevas y diferentes al mirar con instrumentos conocidos y en lugares en los que ya habían buscado antes."

Los cambios lingüísticos hacen que los científicos vean el mundo de investigación, que les es propio, de manera diferente. Pero lo que cambia con las revoluciones científicas no puede reducirse completamente a una reinterpretación de datos individuales y estables.

"En la medida en que su único acceso para ese mundo se lleva a cabo a través de lo que ven y hacen, podemos desear decir que, después de una revolución, los científicos responden a un mundo diferente. " (Kuhn, 1962)[2].

Veamos ahora porqué decimos que con los cambios lingüísticos los científicos pasan a responder a un mundo diferente. Pues, en primer lugar, los datos no son inequívocamente estables. En segundo lugar, "las operaciones y mediciones que realiza un científico en el laboratorio no son «lo dado» por la experiencia, sino más bien «lo reunido con dificultad»." (Kuhn, 1962).

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