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La ciudad perdida de Kong y las mentiras exploratorias




Partes: 1, 2
Monografía destacada
  1. Introducción
  2. Mitos movilizadores de conquista
  3. Los cazadores de la ciudad perdida
  4. La realidad imaginada de Theodore Morde
  5. Palabras finales

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Representación de la supuesta Ciudad Perdida del Rey Mono

(Honduras)- Virgil Finlay, 1940

Introducción

El mundo de la exploración se alimenta de emociones y peligros, adrenalina, misterios y mentiras. Ninguno de esos ingredientes puede faltar, a menos que se desee tener una historia insulsa y aburrida.

Como sucede con el gremio de los pescadores, el de los exploradores ?por más serios y mejor sponsoreados que estén? se encuentra empapado de exageraciones, situaciones infladas y una tendencia a vender humo que ?tarde o temprano? siempre irrumpe, romantizando situaciones que, de otro modo, serían mundanas y carentes de interés para una audiencia ansiosa de emociones fuertes.

Casi todos los diarios de exploraciones ?desde los que se escribieron durante la conquista de América, en el siglo XVI, hasta los publicados con enorme éxito editorial en el siglo XIX, y aún los documentales que, semana a semana, inundan nuestras pantallas de televisión, producidos por cadenas como la National Geographic, Discovery y History Channel? son portadores de las licencias poéticas arriba denunciadas.

Cualquiera que haya sido afecto a ese tipo de lecturas reconocerá lo que acabo de decir. Porque, más allá de la menor o mayor honestidad intelectual del explorador-escritor, lo que éste termina haciendo no es otra cosa que una edición novelada de sus experiencias personales. Presentándose a sí mismos como hombres intrépidos en situaciones extraordinarias, pioneros, aventureros e incluso antihéroes.

Por ello, si uno mira con detenimiento ese tipo de producciones, lo que se detecta son ciertos lugares comunes. Situaciones de manual que estereotipan al explorador y a la exploración misma.

Casi siempre, en el principio del cuento, aparece el rumor local, la leyenda o el documento extraordinario que cataliza el flujo de adrenalina e impulsa el proyecto. No importa si ese primer paso se da o no en la realidad. Lo hacen suyo. Se lo apropian como prólogo a la aventura que le sigue; razón por la cual es muy común advertir ?especialmente por televisión? cómo el protagonista, entrando en contacto con un disparador ya conocido (documento o resto arqueológico), descubre la pólvora por segunda vez sin que le tiemble la pera.

Y es en vano la denuncia. De nada sirve decirle. "Ey, eso ya se sabía de antes".

Como si de una etapa obligada estuviéramos hablando, la revelación del misterio aparece siempre. Es el grito de Eureka que obliga al primer paso y que se simboliza con el mapa del tesoro, cuya cruz ?marcando groseramente el sitio en donde el filón está enterrado? impulsa hacia adelante.[1]

He aquí que asoma el segundo elemento clave en este tipo de empresas: el ocultamiento.

Sin él todo el relato se viene abajo. Sin nada oculto la historia pierde interés. Ante lo furtivo el espíritu romántico despliega sus alas y exhibe su imponente envergadura. Se arma con el lenguaje de la ciencia (o de la mística, según el caso) y nos conduce a la esencia misma del todo el asunto: la aventura.

En pocas palabras, lo literario se impone y, haciendo uso de sus recursos ilimitados, el explorador-escritor (o productor de televisión) se termina mimetizando con renombrados autores como Julio Verne, Arthur Conan Doyle, Edgar Rice Burroughs, Rudyard Kipling y H. Rider Haggard, por citar sólo a los más conocidos. Y así, devenido en personaje de su propia aventura, da el gran paso hacia la tercera etapa: la búsqueda (que, en un número por demás elevado, tiende a convertirse en la última parada, ya que muy pocos son los afortunados capaces de alcanzar el objetivo fijado y transformarse en descubridores). Por lo general, la ciudad perdida, la tribu desconocida o el tesoro maldito, suelen permanecer en el misterio. Jamás son encontrados. Exacerbando las pesquisas futuras.

Es que el exotismo suele ser poderoso. Mueve montañas. Relaja el aletargamiento y crea héroes ?como Indiana Jones?. De allí que, todo buen relato de exploración no puede dejar de tener otras dos cosas: distancia y aislamiento. Elementos claves del coctel. Sin ellos el viaje se vuelve anodino. Cotidiano. Sin interés.

La lejanía produce extrañeza. Esto ha sido así desde los más antiguos textos griegos del período Arcaico y su expansión territorial sobre el mediterráneo.

Siempre, lo aislado agrega una indispensable cuota de misterio. En la lejanía se vuelve posible lo imposible o lo muy poco probable; y es en este punto cuando el escenario ?el contexto general? cobra una importancia capital y los lugares ?en los que las mayorías se sienten extraños, ajenos, indefensos? se convierten en otro protagonista de la historia. Tal vez el más importante de todos.

Selvas vírgenes, bosques impenetrables, cordones montañosos, simas oceánicas, mesetas y desiertos, irrumpen de este modo como construcciones literarias. Casi con vida propia. Con una personalidad que el explorador-escritor se encarga de darles a través de adjetivos calificativos rimbombantes, muchas veces inapropiados.

Claro que, de todos ellos, la selva y el bosque se llevan la parte del león.

No voy a abundar en una temática que traté innumerables veces. Remitiré al lector a consultar lo que ya he escrito sobre le tema[2]rescatando sólo una idea, que fuera expuesta por Lucien Boia: la selva (el bosque) es el verdadero y primigenio caldero del imaginario de la cultura occidental.[3] Allí todo es posible. Desde los imperios perdidos hasta las sociedades más exóticas ?incluidas las tribus de piel blanca?, los tesoros encantados y los monstruos que, como King Kong, han hecho las delicias de varias generaciones de adictos al género. Una adicción que encuentra placer en la búsqueda misma y en la necesidad de no ser jamás encontrados; quedando al margen de la etapa del descubrimiento. Así lo demandan las reglas del género. Hallarlos sería como romper el hechizo. Terrenalizarlos. Borrar de un plumazo el clima de encantamiento que se pretende generar. Por eso, aún cuando algunos exploradores afirman haberse topado ?finalmente? con aquello que buscaban, legiones de otros románticos denuncian el error; quizás pretendiendo guardarse para ellos mismos la fama resultante. Porque el mundo de los exploradores ?a no olvidarlo? también está formado por egos inmensos, deseos de protagonismo y reconocimiento público. De allí es que suela aducirse que eso que se perseguía no se corresponde con lo hallado. Y entonces, la pesquisa continúa. La meta debe estar siempre "más allá de las montañas". En el valle vecino. En un mundo subterráneo. Lejos. Siempre lejos.

Esto es lo que ha venido ocurriendo con El Dorado, el Paititi, el Reino de Omagua, Trapalanda o la Ciudad de los Césares. Todas ellas etéreas ciudades mitológicas nacidas al calor de las hogueras y los deseos de riqueza fácil, cuyas historias circularon durante la conquista del Nuevo Mundo, trasladándose de un sitio a otro, a medida que la expansión avanzaba.[4]

Piénsese, por ejemplo, en el primero de ellos, El Dorado, nacido en Colombia a orillas de la laguna de Guatavita y que terminara siendo buscado ?con otros nombres? en la Patagonia argentina y Tierra del Fuego.[5]

Mitos movilizadores de conquista

Así los llamó el historiador Enrique de Gandía.[6] Nunca antes alguien había definido tan bien la capacidad movilizadora de lanzarse en pos de quimeras, creer en ellas y hacérselas creer a los demás.

Y no fueron pocos los que se tragaron el cuento. El listado es enorme. Los hay famosos, no tan famosos e ilustres desconocidos. Pero lo más interesante es que la lista aumenta año a año. Y aunque pocos son los que alcanzan el reconocimiento internacional ?generalmente gracias a la televisión?, todos comparten el deseo de ver plasmadas sus aventuras y excursiones extraordinarias en el gran público; y contribuyen a ello escribiendo sus propias crónicas en libros y artículos.

Uno de ellos, un inglés flemático e incansable al que le tengo un especial cariño personal por todas las derivaciones que tuvo su libro, fue el célebre explorador Percy Harrison Fawcett, quien desapareciera del mapa en 1925 en pleno corazón amazónico, contribuyendo así a alimentar su propio mito.[7]

Es sorprendente el modo en que Fawcett fue rescatado por delirantes de todo tipo a la hora de exponer sus locas teorías sobre la Atlántida, Mu, Lemuria y otras civilizaciones perdidas; sin dejar de mencionar sus conexiones con el mundo de la teosofía y lo paranormal.[8]

Pero no sólo de leyendas y misteriosos manuscritos vive el hombre.

Desde principios del siglo XX, el cine se convirtió en un interesante disparador de aventuras reales (exageradas o llanamente imaginarias, pero que se hicieron pasar por ciertas).

Filmes como The Lost World (1925) [basado en la novela homónima de Conan Doyle] y King Kong (1933) [que no dejó de ser una variación sobre el mismo tema del Mundo Perdido] impulsaron la imaginación y la capacidad de crear falacias en mucha gente. Y lo que es más sorprendente: a considerar verdadero lo que desde el vamos era mostrado como ficción. [9]

Desde hace un tiempo vengo indagando sobre diversos aspectos referidos al film de Merian C. Cooper ?King Kong, 1933?, en especial el impacto que tuvo en el imaginario colectivo contemporáneo (y muy particularmente en Argentina). No ha sido ésta una tarea por completo original. Se han escrito kilómetros de tinta sobre el famoso gorila de la Isla de la Calavera y se seguirán escribiendo, seguramente. Aún así, no deja de sorprenderme la gran cantidad de variables que la película y el personaje han entrelazado con el paso de los años; al punto de generar lo que se ha dado en llamar "El Universo King Kong". Un espacio en donde la fantasía, lo maravilloso y lo real se mezclan más allá de la pantalla del cine y en el que extravagantes personalidades irrumpen en escena, volviendo más y más interesante toda la cuestión.

En el presente artículo abordaré el tema de las ciudades perdidas (ya estudiado en otro ensayo) en relación con King Kong, focalizándonos en la singular exploración realizada por Theodore Ambrose Morde (1911-1954) por el interior de la selva hondureña de La Mosquitia, mientras iba en pos de la mítica ?y poco conocida, al menos en Argentina? Ciudad Perdida del Rey Mono.

PARTE 1

Los cazadores de la ciudad perdida

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Theodore A. Morde, 1939

Región selvática de La Mosquitia, Honduras

Desde que los europeos desembarcaron en América a fines del siglo XV, las "noticias ricas" que auguraban el encuentro con ciudades maravillosas, repletas de oro y plata, piedras preciosas, perlas y especias, estuvieron a la orden del día.

Muy pocas regiones de Mesoamérica o del área Andina carecieron de historias de ese tipo. Pueblos encantados, rebosantes de riquezas, florecieron como hongos por todas partes. Parecían seguir las huellas de los conquistadores. Por donde ellos pasaban las murallas de esas impalpables ciudades se elevaban, alimentadas por la codicia y las ansias de fortuna fácil. En el actual territorio de Honduras a la quimera se la conoció como la misteriosa y perdida Ciudad Blanca de la selva de Mosquitia.[10]

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Detalle de la región de La Mosquitia

Las noticias más antiguas sobre la Ciudad Blanca datan de la primera mitad del siglo XVI, siendo Hernán Cortés (conquistador de México) y Cristóbal de Pedraza (obispo de la ciudad hondureña de Trujillo), en 1526 y 1544 oportunamente, quienes dieron inicio a esta leyenda centroamericana. Ninguno de los dos tuvo éxito en comprobar fehacientemente su existencia, pero sus testimonios (de Pedraza aseguró "haberla visto de lejos") fueron lo suficientemente alentadores como para echar a rodar una historia de largo aliento, que llega hasta nuestros días. Así de poderosa es la fuerza de los mitos.

Pero tuvieron que pasar 300 años para que el tema se reeditara con virulencia.

Recién a partir del siglo XIX, en pleno proceso de lucha por la independencia y empapados por el espíritu romántico de la época, las ruinas perdidas volvieron a cobrar importancia e interés entre la gente. La selva, recolonizando espacios antes ocupados por el hombre, impactó con fuerza; y el folclore, tanto como el deseo irracional de combatir la fría lógica iluminista del siglo anterior, habilitaron la creencia en reinos perdidos y ciudades olvidadas en medio de la foresta virgen.

La pasión por las antigüedades, la proliferación de los gabinetes de curiosidades y el auge de la arqueología, conformaron el telón de fondo para que emergiera la figura del explorador aventurero, portador de civilización en una etapa claramente expansiva de la historia occidental. Él, armado de la ciencia positiva, sería el nuevo intérprete del mundo. El único capaz de catalogarlo. Entenderlo. Darle sentido a misterios que se arrastraban desde hacía tiempo y crear otros nuevos.

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John L. Stephens y F. Catherwood

Descubridores de las ruinas mayas de Copán en 1839

En este contexto, libros como Antigüedades de México (1830), escrito por el anticuario irlandés Lord Kingsborough (convencido de que los pueblos americanos eran descendientes de las diez tribus perdidas de Israel) o el descubrimiento de las ruinas mayas de Copán, por John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood en 1839, despertaron el deseo y la imaginación de muchos otros futuros exploradores por encontrar ciudades perdidas en la jungla. Claro que, a pesar del positivismo reinante, no faltaron los que aplicaron métodos esotéricos en la empresa.

Pero la Ciudad Blanca se hizo rogar un tiempo más.

Recién en 1927 el etnógrafo Eduard Conzemius (1892-1931), en su libro Miskitos y sumus de Honduras y Nicaragua, hizo la primera mención académica a la mítica ciudad; asegurando que sus ruinas habían sido encontradas ?según testimonios recogidos in situ? en 1905 por una buscador de caucho (que desgraciadamente no había podido salir de la selva con vida). Por su parte, Conzemius informó que el nombre de la ciudad se originaba en el color blanco de las piedras con las que estaban construidos sus edificios. Pero no había pruebas materiales. Todo estaba basado en dimes y diretes, transmitidos por los aborígenes de la zona.

Del mismo modo, los dichos de Charles Lindberg ?en 1927? pasaron a engrosar la historia de la Ciudad Blanca cuando el famoso piloto aseguró haberla visto desde el aire, al sobrevolar el este de Honduras. Aunque él en ningún momento la denominó de esa manera (sólo hizo referencia, a "una increíble metrópolis antigua"), escritores y novelistas posteriores relacionaron sus palabras con la leyenda, guiados por el afán de darle mayor credibilidad a la historia.

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Charles Lindberg y el Espíritu de San Louis

Y llegamos así al año clave, 1933. Año en el que, entre otras cosas, Merian C. Cooper estrenó el film King Kong y el arqueólogo William Duncan Strong, de la Universidad de California, llevó a cabo investigaciones en Honduras, recogiendo de la tradición oral local nuevas referencias de la Ciudad Blanca.

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William Duncan Strong y su diario de expedición

Pero lo que es más importante es que, en ese mismo año, el presidente hondureño, tras ponerse en contacto con el fundador del Museo Nacional de los Indígenas Americanos, George Gustav Heye, patrocinó la primera expedición oficial a las selvas de Mosquitia, poniendo a cargo del proyecto al explorador R. Stuart Murray, quien fuera la primera persona en cambiarle el nombre a la legendaria ciudad y decir que los indios de la región la conocían como la Ciudad del Dios Mono.[11]

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R. Stuart Murray en Mosquitia, Honduras

¿De donde sacó Murray eso?

¿Realmente los aborígenes hondureños la llamaban de ese modo?

¿No era, acaso, todo esto una invención del explorador, influido por el éxito que King Kong tenía en todas las pantallas cinematográficas del mundo?

Es muy probable. Aunque, de todos modos, no fue Murray el responsable de colocar el tema en la prensa. Tendríamos que esperar hasta 1939 para que ello ocurriera. Y esta vez de la mano de un personaje por demás singular: Theodore A. Morde.

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Expedición de Theodore Morde en 1939

Nacido en New Bedfort, Massachusetts, el 17 de marzo de 1911, Theodore "Ted" Morde encarnó, a lo largo de su vida, un variedad de roles por demás atractivos. Periodista, locutor de radio en diversas ciudades de EE.UU., productor de noticias, teniente de inteligencia de la Armada durante la Segunda Guerra Mundial y espía ?de lo que más tarde sería la CIA? tras la finalización del conflicto armado; era, lo que se dice, un tipo interesante, además de padre de dos pequeños niños (de sólo 3 y 1 año y medio de edad al momento de su muerte).

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Theodore "Ted" Morde (1911-1954)

Como periodista en la Guerra Civil Española (izquierda) y teniente de la Armada (derecha)

Simpático y entrador, Morde personificó al aventurero romántico de principios del siglo XX; al periodista arriesgado, que disfrutaba con el peligro (pudiendo dar cuenta de ello al cubrir los sangrientos acontecimientos de la Guerra Civil Española). Pero lo que a nosotros más nos interesa es el rol de explorador que representó durante 5 meses ?entre mayo y setiembre de 1939? cuando le tocó liderar una expedición a la selva de Mosquitia, bajo el auspicio de George G. Heye y su Museo Nacional del Indígena Americano.

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George Gustav Heye

Coleccionista, millonario y fundador del Museo Nacional de Indígenas Americanos

Desde el año 2015, la National Geographic, con todo su poderoso aparato mediático rescató del arcón de los recuerdos olvidados a la figura de Morde y volvió a colocarla sobre el tapete. Su cuarto de hora de fama, que había disfrutado hacia 1940 ?meses después de su regreso de la selva hondureña?, se extendió otro tanto, 75 años más tarde; y de la mano de un novelista ?Douglas Preston? y un periodista devenido en arqueólogo amateur ?Steve Elkins?, Theodore Morde y su viejo proyecto exploratorio volvieron a estar en boca de todos.

Fue entonces cuando recordamos que "Ted" no sólo había recorrido La Mosquitia con la intensión de confeccionar mapas de ríos y arroyos en una zona poco explorada hasta ese momento, sino que también él ?en persona? había descubierto las ruinas de una misteriosa ciudad, a la denominó ?repitiendo los dichos de Stuart Murray de 1933? como la Ciudad Perdida del Dios Mono.

Pero Morde no se limitó a tomar la denominación usada por su predecesor. También describió la urbe en ruinas con lujo de detalles y publicitó su hallazgo con un artículo que escribió para una revista dominical ?muy lejana del circuito académico? llamada The American Weekley.

Asimismo, intentó validar su alegato con una importante colección de objetos arqueológicos rescatados de la selva que, por desgracia para su credibilidad, al estar descontextualizados arqueológicamente, carecieron de valor testimonial. Claro que, sólo con ellos era imposible probar que, efectivamente, se había topado con la ciudad mencionada. Habría sido necesaria al menos una foto. Que tampoco presentó.[12]

Pero Morde no se achicó.

Prometió volver al sitio de su descubrimiento, cuya localización exacta nunca reveló por temor ?según dijo? a que fuera saqueado por huaqueros inescrupulosos.

El problema fue que no pudo cumplir su promesa. La Segunda Guerra Mundial requirió de sus servicios y el gobierno yanqui hizo lo propio al finalizar el conflicto, enviándolo a Egipto como asesor/espía de un ministro de ese país.

Catorce años después de salir de La Mosquitia con la sensacional noticia, y ya de regreso a su Massachusetts natal, Theodore Ambrose Morde ?por motivos que se desconocen? se suicidó el 26 de julio de 1954, colgándose del cuello en el baño de la casa de sus padres.

Tenía sólo 43 años de edad y se llevó a su tumba el secreto de la Ciudad Perdida del Rey Mono. [13]

Sólo dejó el artículo arriba mencionado, que analizaremos en el apartado que sigue; no sin antes adelantar la extraordinaria capacidad de invención que Morde poseyó a la hora de escribirlo, ni señalar la tremenda ?y evidente? influencia que tuvo en su elucubración un famoso personaje de ficción.

Nos estamos refiriendo, claro está, a un rey.

Un rey mono gigantesco.

King Kong.

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Tumba de "Ted" Morde

En la que se lo recuerda como héroe de guerra

PARTE 2

La realidad imaginada de Theodore Morde

La publicación de cualquier trabajo de investigación de carácter académico debe cumplir con un requisito fundamental: ser expuesto ante la opinión crítica de los especialistas en la materia, en revistas especializadas de consensuado prestigio científico.

No fue éste el caso de Theodore Morde, quien publicó su informe de la expedición a Honduras en un tabloide sensacionalista llamado The American Weekly. Un semanario dominical del Grupo Hearst de tirada nacional, cuyo editor era otro singular personaje de la época, Abraham Merritt; y cuyo ilustrador estrella (el mismo que aderezó gráficamente el artículo de Morde) se llamaba Virgil Finlay.

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Abraham Merritt (izquierda) y Virgil Finlay (derecha)

Abraham Merritt (1884-1943) estaba a cargo de la revista desde 1912 y era famoso por ser un periodista y escritor orientado hacia la literatura fantástica y la ciencia ficción. Afecto a temas de brujería y esoterismo escribió numerosos cuentos que giraban en torno a esos tópicos; pero su paso por un periódico de renombre (durante su juventud) lo puso al tanto del método científico que supo utilizar en su favor a la hora de volver creíbles historias que eran falsas. Toda su vida estuvo influida por la romántica búsqueda de civilizaciones y razas perdidas, teniendo como modelos en los que reflejarse a escritores como Rider Haggard, Conan Doyle, Edgar Rice Burroughs y el genial H.P. Lovecraft.[14]

Convengamos que Merritt no puede ser citado como una autoridad seria en el campo de la arqueología exploratoria y no resulta complicado entender porqué Ted Morde publicó lo que publicó en su revista.

Por su parte, Virgil Finlay (1914-1971) ?ilustrador del artículo sobre la Ciudad Perdida del Rey Mono? era un genial dibujante, de fama internacional, considerado el más importante ilustrador Pulp de mediados del siglo XX. Sus extraordinarios dibujos ?publicados casi todos en papel barato? marcaron toda una época.[15] También él era afecto a la imaginación (no es para menos) y supo ponerla en práctica cuando Morde le describió la ciudad que había ?supuestamente? encontrado en La Mosquitia.

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Algunos extraordinarios ejemplos del arte de I. Finlay

En pocas palabras, las fantasías, tanto escritas como gráficas, se conjugaron desde el principio al momento de divulgar la fantástica experiencia selvática de Morde. Una vez más la prensa, el periodismo y la vocación de tomar acontecimientos inventados por verdaderos, se amalgamaron para potenciar una leyenda, divulgarla e instalarla en el imaginario colectivo de millones de personas.

Los diarios y las revistas Pulp prepararon el terreno. Lo abonaron con ideas descabelladas, pero con una dosis importante de credibilidad. Sembraron historias frente a las cuales el aparato crítico temblequeó (o no se interesó). El deseo de adornar lo cotidiano se impuso y la siempre presente emoción del descubrimiento disparó la fantasía al punto de considerar verdaderas historias como la de Morde.

Cuando en 1933 King Kong se estrenó en el cine, encontró un plafón resistente donde sostenerse. Y Morde ayudó a ello.

Lo sacó de la pantalla y lo instaló en la vida real.

Incluso lo dotó de una ciudad propia, sin citarlo (claro).

EL ARTÍCULO EN THE AMERICAN WEEKLY

El domingo 22 de septiembre de 1940, "Ted" Morde vio finalmente publicado su artículo.[16]

Tenía un título por demás atractivo: In the lost City of Ancient America´s Monkey God; además de fotos que lo mostraban en clara actitud investigativa e ilustraciones impactantes en blanco y negro, que hicieron imposible que pudiera ser obviado por alguien.

La esencia de la arqueología romántica quedaba plasmada en media docena de páginas. Aún hoy día llaman la atención. Convocan al espíritu de aventura construido por el occidente imperialista e invitan a soñar con sociedades perdidas en el limbo. De haber existido por entonces Indiana Jones, nadie se hubiera opuesto en identificar a Morde con el arqueólogo de la ficción. Y como es de preveer, el propio Ted habría colaborado en alimentar esa imagen de sí mismo.

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Artículo de T. Morde en The American Weekly (1940)

Ya desde el primer párrafo el autor afirma, sin ambigüedades, haber encontrado la legendaria ciudad del Rey Mono, a la que le atribuye ?sin un previo análisis que sostenga sus dichos? una antigüedad superior a los mil años y un origen cultural ("quizá") más antiguo que los mayas y aztecas. Tampoco vacila en darle a "los extintos chorotegas" el privilegio de ser sus constructores.[17]

Pero, ¿de dónde sacaba Morde todos estos datos y afirmaciones?

La respuesta es sencilla (él mismo la sindica): de los relatos y tradiciones orales de los aborígenes que habitaban la selva hondureña hacia 1939. En especial de tres etnias con las que tuvo contacto directo: los mosquitos (miskitos), payas y sumus.

Su confianza en esos testimonios era casi absoluta; y si le agregamos la cuota de falacias y exageraciones de su propia cosecha, nos topamos con un cuadro por demás interesante.

Como era ?y sigue siendo? costumbre, el artículo se inicia con una descripción de las incomodidades y peligros que los expedicionarios debieron sortear al momento de entrar en la selva. La exhibición de esas calamidades es ya un lugar común del género. Y Morde lo utilizó.[18]

Así, la vegetación es traicionera, los ríos peligrosos, la malaria temida, las serpientes mortíferas, los insectos dañinos y las fieras siempre acechantes. Todo esto mezclado en un contexto geográfico no muy lejano a la faja de tierra que se asoma al Caribe y que Morde denomina ?convenientemente? Costa de la Esperanza Perdida. Toponimia sugestiva que nos recuerda un pasaje de La Divina Comedia de Dante Alighieri, cuando el italiano sugiere abandonar toda esperanza al entrar a infierno ("Lasciate ogni speranza, voi ch"entrate").

Claro que el infierno de Morde era uno hecho de árboles y bestias salvajes. Un recurso que otro famosísimo explorador británico utilizara en su libro La Exploración Fawcett. A Través de la Selva Amazónica: Percy H. Fawcett.[19]

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P.H. Fawcett y la edición castellana de su libro

La estadía en La Mosquitia se prolongó ?de acuerdo con lo que escribió? por espacio de 5 meses. Casi medio año "navegando ríos inexplorados y arroyos que se precipitaban de las montañas". Abriendo senderos a machetazos, cuando se alejaban de los cursos de agua y sufriendo mil y una peripecias. Pero el sacrificio bien valió la pena: "Por fin ?indica Morde?, las ruinas".

El clima de insularidad y aislamiento está bien logrado en muy pocas líneas. La región queda así aderezada; y la valentía, tanto como el arrojo de Morde ?alimento indiscutible de su Ego? se plantea desde el comienzo sin demasiadas vueltas. Claro que, una vez atravesado el peligro y alcanzada la ciudad, sobreviene ?como constraste? el Paraíso Perdido.

Escribe el norteamericano:

"El lugar era ideal para una ciudad semejante. Las elevadas montañas formaban el fondo de la escena. Cerca de allí, una rápida catarata, hermosa como un vestigio de refulgentes joyas, se precipitaba en el verde valle de las ruinas. Las aves resplandecientes como gemas revoloteaban de árbol en árbol y los monitos, asomaban sus hociquillos mirándonos con curiosidad desde el denso follaje que nos rodeaba".[20]

Un poeta.

Un verdadero hombre de letras que, acto seguido, se adjudica un nuevo rol, no menos romántico: el de protector de ese paraíso prístino y olvidado.

"No puedo precisar la ubicación de la Ciudad del Mono-Dios porque, como ya he dicho, son muchos los que la buscan, atraídos por los relatos que haban de tesoros, y nosotros queremos encontrarla intacta en nuestro próximo viaje, que será muy pronto".

La lucha por el protagonismo es más que evidente. Y en mi opinión, poco es lo que han cambiado las cosas al respecto.

Pero, ¿qué fue lo realmente Morde alcanzó a conocer de la supuesta ciudad perdida?

En realidad, bastante poco.

Si se lee con detenimiento su artículo, es más lo que escuchó de boca de sus guías nativos que lo que efectivamente tuvo ante sus pupilas.

Nunca vio el gran templo que describe. Toda la frase referida al tema está repleta de verbos en condicional.

"(…) En lo referente al templo (…) descubriríamos, según nos dijeron, una larga vía de acceso, escalonada, construida y pavimentada al estilo de las ruinas mayas que había en el norte. Efigies de monos labradas en piedra orlarían esta entrada. El centro del templo lo formaría un alto estrado de piedra en el cual estaría la estatua del Mono-Dios, frente a ella se encontraría el sitio de los sacrificios. Inmensas balaustradas flanquearían la escalinata hasta el estrado. Una de las balaustradas comenzaría con la colosal imagen de una araña y la otra con la figura también gigantesca de un cocodrilo".

Sobre esta plataforma es en la que Virgil Finlay se apoyó para ilustrar el artículo.

Así todo, Morde dijo haber visto un muro. "Paredes resistentes" que permitían suponer la pasada existencia de antiguos y excelentes canteros, capaces de erigir "construcciones sólidas y perfectas".[21]

Sostuvo además, y sin ambigüedades, que la Ciudad del Dios Mono estaba amurallada y que numerosas construcciones permanecían cubiertas por el denso follaje, permitiendo suponer la presencia de un ejido urbano capaz de contener a varios miles de habitantes.

Lamentablemente de nada de esto dio prueba alguna.

Pero Morde no deja de especular; y no sólo promete un nuevo viaje para descubrir el gran templo, "desenmarañando el misterio", sino que lanza una sorpresiva conexión y paralelismo entre Honduras y la India. Para ello se valió de un personaje mitológico del hinduismo, Hanuman, el dios simio del libro sagrado Ramayana.

Convengamos que estas relaciones de base difusionista eran bastante comunes en su época. Venían teniendo éxito en el mundo académico desde mediados del siglo XIX y muy especialmente ?hacia 1939/1940? entre los nazis de Alemania.

Casi todos los hallazgos arqueológicos sobresalientes, en distintas partes del mundo (y particularmente en America, considerado un continente atrasado) eran atribuidos a civilizaciones muy antiguas; por lo general blancas y con base en el Mediterráneo; o arias, con origen según los mitos, en el norte de la India.

Racismo puro y llano.

Teorías que los grupos conservadores blancos tomaron como verdades absolutas dado el arraigado prejuicio que arrastraban las civilizaciones precolombinas (primitivas, salvajes, cobrizas, detenidas en el tiempo en todos los aspectos). Parecería que Morde no quedó exceptuado de esa mirada. Era un hijo de su tiempo, además ?por lo que se explicita en su texto? un frecuente admirador y lector de Rudyard Kipling, el padre de la llamada Misión Civilizadora de Occidente.

Así pues, con el templo y la ciudad del rey mono en su cabeza, Morde especuló acerca de la existencia de un sacerdocio dedicado a la adoración del Simio-Dios que, como era de esperarse, adoptó otro de los signos de alteridad más comunes de la antigua antropología y diarios de viajeros: los posibles sacrificios humanos y el canibalismo.

"Las leyendas son bastantes explícitas en cuanto a eso", escribió.

Pero, ¿de qué leyendas hablaba?

Obviamente, de las que ?según él? le contaron sus guías y los indios con que se toparon en el camino. Y fue una de ellas la que aludía a una extraña, "horripilante y misteriosa" ceremonia llamada la Danza de los Monos Muertos. "Un recuerdo tergiversado ?arriesga? de aquella vieja forma de culto religioso (…) y que a nosotros se nos permitió asistir".

¿Es realmente esto cierto? ¿Fue Morde y su grupo testigo de ese ritual?

Hasta la fecha no he encontrado pruebas convincentes de que haya sido así. No hay fotos. Ni una sola. Sólo su testimonio, en un océano de silencio.

De todos modos, el explorador calificó a la danza como parte de una fiesta macabra. Claro que, de ser cierto lo que vio, aquello en verdad debió resultarle apabullante.

Escribe Morde:

"Cualquiera que haya visto la cremación de los muertos en las riberas del Ganges, en la India, no olvidará jamás los desagradables escalofríos que causa el espectáculo del movimiento muscular de los cadáveres bajo la acción del fuego. Algunas veces, el cadáver se sacude y se estremece como si tuviera vida todavía, y otras se sienta, erecto a levanta un brazo rígido o encoge una pierna. En definitiva, es un espectáculo horripilante.

Y en los crematorios también los cadáveres se sientan algunas veces, o parecen tratar de escapar de sus ataúdes o hacen gestos que parecen suplicantes o amenazantes, cosas estas que no seria conveniente que la viesen los deudos. Pero todo esto es causado por el intenso calor sobre los músculos y los tendones. El cadáver está muerto como siempre.

Pues la Danza de los Monos Muertos es algo por el estilo y los movimientos de los cadáveres de los monos se deben a la misma causa. Sin embargo, hay algo indescriptiblemente diabólico en esta ceremonia y es que, después que termina la danza, los asistentes al festín se comen los monos.

Y aclara:

"De acuerdo con los indios más viejos, la Danza de los Monos Muertos se originó en el hecho siguiente:

Un día, tres de los hombres velludos ?ulaks? que parecían grandes monos, entraron en una aldea indígena y raptaron a tres de las más hermosas jóvenes de aquel lugar, se llevaron a las muchachas a sus cuevas de las montañas, y las hicieron mujeres suyas. De aquellas uniones no se produjeron seres humanos o semi-humanos, sino los pequeños monos que los indios llaman urusY por eso es por lo que les llama a estos monitos "hijos de los hombres velludos".

Los indios actuales creen que la singular Danza de los Monos Muertos es un rito que se celebra en venganza del secuestro de las tres vírgenes. Efectivamente, sus gustos y sus gritos mientras comen los monos asados, indican más ensañamientos sobre el enemigo caído que un mero deleite gastronómico.

Seguidamente, agrega:

"Cada vez que ocurre una de las periódicas migraciones de monos a través de las selvas de Honduras, los guerreros de los indios sumus atan unas uñas endurecidas al fuego en sus largas flechas de bambú y salen a matar urus.

Cada hombre dispara a tres monos. Deberá usar solamente tres flechas. Si no vuelve con sus tres monos, ello será motivo de acre censura por parte de los otros miembros de la tribu.

De esta parte, se supone que cada indio mate el equivalente de tres hombres velludos como los que raptaron sus tres vírgenes antepasadas.

Mientras los hombres están ausentes, cazando su trío de simios, las mujeres de la tribu se preparan para la danza.

Cuando los hombres de la tribu regresan con sus monos (cada uno con tres) se encienden grandes hogueras formando un circulo. Las antorchas de pinos y las hogueras iluminan una grotesca escena.

De su Watla – una cabaña típica india hecha con las hojas gigantescas de un arbusto Waja – sale el principal hechicero vestido para la ocasión. Se le llama el Dama Suk ya-Tara.

No lleva más que un taparrabos, pero su cuerpo está profusamente rayado con yeso. Las franjas blancas resaltan a la luz de las hogueras. El collar-amuleto que cae sobre su pecho está confeccionado con pequeños cráneos de fetos de monos, dientes amarillos de los antepasados el hechicero, bolsas de veneno de las serpientes venenosas de la selva, largos dientes de cocodrilo y otros fetiches y símbolos rituales.

En los dedos de las manos lleva, a manera de dedales, dientes de cocodrilos gigantescos, que se abren y se cierran, como muelas de cangrejo, cuando él gesticula. En la mano derecha lleva una larga flecha en la cual va empalado un gran mono-araña.

El toque de los tambores se eleva en un crescendo y se detiene súbitamente cuando el Dama Suk-ya Tara alza los brazos y describe un círculo en el aire. Todos los presentes ya medio borrachos por la misla hacen un silencio absoluto.

El Dama Suk-ya Tara se acerca a las hogueras a grandes pasos y a una señal una larga fila de cazadores sumus, adornados todos con sus plumas, preferidas de guacamayo, refulgente sus cuerpos por el aceite de coco, se aproximan también a las llamas.

A otra señal, los broncíneos cazadores forman un gran círculo alrededor de los fuegos. Detrás de ellas se encuentran las mujeres y los hombres muy viejos ya para matar monos.

Palabras de encantamiento salen de labios del Dama Suk-ya Tara en una lengua desconocida para los indios Para ellos, el hechicero habla a los espíritus. Comienza de nuevo el redoblar de los tambores y sus notas regulares e hipnóticas vuelven a llevarse.

Entonces, abruptamente, vuelven a silenciarse los tambores, tan al unísono, que de la impresión de ser un solo instrumento el que sonaba.

El Dama Suk-ya Tara se inclina parsimoniosamente y coloca su flecha firmemente en el suelo cerca de la hoguera más grande de todas. Entonces, con abrupto gesto, se yergue y entierra profundamente en el suelo la vara en que está empalado el mono en grotesca posición.

Uno a uno, todos los indios van hacia el mismo sitio y entierran allí una de sus flechas con el mono más grande que hayan cazado. Pronto todas las hogueras quedan rodeadas de monos empalados en las flechas, todas de frente a las llamas.

Los hombres se retiran y, presa de ansiedad, se sientan todos en círculo. En seguida comienza la grotesca danza de los monos muertos. Aquel se retuerce una mano en macabro gesto. Aquel otro mueve un hombro y más allá otro echa atrás la cabeza con gesto violento. Otro levanta una pierna como impulsada por un resorte, o tuerce el cuerpo como si estuviera en un asador.

Estos fantasmagóricos efectos producidos a la vez en cuarenta o cincuenta cadáveres de monos, a la luz de unas cuantas hogueras en plena noche selvática, nos darán una idea aproximada de los que es la Danza de los Monos Muertos.

Cuando ya ningún cadáver se mueve más, termina la danza y están completamente asados los monos. Cada sumu toma su flecha y sosteniéndola en alto, se aproxima al Dama Suk-ya Tara. Uno a uno se sitúa frente al hechicero, que está sentado con un largo tallo hueco de bambú en sus manos. Cada vez que se coloca un mono delante de él, el hechicero introduce el tubo de bambú por un ojo del animal y le chupa el liquido cerebral, esta operación, que los indios llaman beberles los pensamientos a los monos, puede hacerla solamente el Dama Suk-ya Tara.

Después de que cada guerrero ha colocado sus tres monos ante el hechicero, toda la tribu come de los animales."[22]

Partes: 1, 2

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