Ensayos de la mirada. El hombre y su proyección en el cine contemporáneo

Enviado por Ángel Román

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Resúmen

Hace ya algunos años, Ángel Román entró en mi clase de literatura inglesa y miró con curiosidad. Era una mañana de Octubre y el aula tenía ese color indefinido de los comienzos de curso, cuando todo está aún por decir y compartir. En Octubre las aulas son opacas, incoloras, y sólo el quehacer de la enseñanza diaria puede ir dotándolas de cierto brillo, un brillo que, a veces, te queda impreso para siempre en la retina y en el corazón. Ángel Román se sentó aquel día, siguió mirando con curiosidad y no dejó de mirar durante los largos meses que marcaron nuestro encuentro en las aulas. Siempre he pensado que la mirada no es un don sino una conquista. Se consigue mirar después de muchos años de ver, de contemplar, de descifrar realidades y de interpretar mensajes. Y Ángel Román, no me cabe duda, miraba en mis clases. Miraba con curiosidad, a veces con complicidad, de vez en cuando con entusiasmo, de tarde en tarde con escepticismo. Miraba siempre, y eso equivalía a gozar diariamente de un interlocutor que te devolvía señales inequívocas de aprobación o rechazo. No necesito decir, me imagino, que, sin hablar, la mirada de Ángel dinamizaba la clase y que a mí me invitaba de continuo al debate, al espoleo; en otras palabras me activaba y me prohibía caer en ningún tipo de rutina. Pocos años más tarde tengo la enorme satisfacción de prologar un libro suyo con un título tan significativo como Ensayos de la Mirada. Esto demuestra que aquel alumno que el primer día miró con curiosidad al entrar en mi clase no ha dejado de hacerlo desde entonces y de este modo ha conseguido reunir en un libro un abanico de miradas de indudable interés. Y es que el título desvela ya desde el primer instante que Ángel Román cree en la mirada como disciplina individual, como práctica esencial del ser humano que, gracias a ella, va despejando nuestras múltiples incógnitas. La mirada es una conquista, como ya he dicho antes, pero la mirada es, sobre todo, un extraordinario ejercicio de transgresión. No en vano el hecho de mirar ha sido censurado en muchos episodios de la mitología y de la religión y ha sido sancionado reiteradamente en nombre de la moral y de la armonía. Por poner algún ejemplo podemos recordar la historia de Orfeo y Eurídice: al salir de los infiernos a él se le prohíbe volverse a mirar a su esposa hasta que no estén en el mundo de los vivos. Orfeo desobedece y mira a Eurídice, lo que provoca la desaparición de ésta para siempre. Y lo mismo sucede en los textos bíblicos donde, como todos recordamos, la mujer de Lot desoyó la prohibición de mirar atrás y quedo convertida en estatua de sal. De algún modo la historia ha potenciado la idea de que mirar es penetrar, invadir, transgredir fronteras que nos son vedadas y que el hecho de mirar debe ser castigado o, cuando menos, controlado y restringido. (En formato PDF)

 


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