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Benito Lynch

Enviado por mogran



RETRATO DE BENITO LYNCH

"Benito era alto, flaco, todo huesos y ángulos. Rostro largo y con alguna arruga., nariz corva, facciones finas, expresión viva. Buen mozo. Tipo muy viril. Ojos grandes, de mirada cordial y un tanto pícara. Tenía en su figura algo de quijotesco: luengos brazos, aire de hidalgo, cuerpo erguido, rostro enjuto. Me recibió muy sonriente y con los brazos abiertos. No era, sin embargo, expansivo: en esto, como en todo, tenía el sentido de la medida.

Muy distinguido, con algo de gran señor, hablaba pulcramente, sin criolladas ni chabacanerías. Nada dejaba ver en su persona al hombre de campo, ni menos al escritor profesional. Hablaba poco y bien, y con gracia. Como no parecía gustar de la conversación sobre libros, no daba la impresión de poseer una gran cultura. Sin embargo, aquí y allí surgen en sus cartas frases sorprendentes, hasta latines no vulgares, y en su casa no eran pocos los libros.

Entre los escritores argentinos, escasos hubo tan caballeros como Lynch. Inclusive sentía exageradamente el prurito del honor, frecuente en los españoles. La franqueza fue una de sus virtudes, y también la lealtad."

Manuel Gálvez

 

Retrato de Lynch por Emilio Pettoruti

BIOGRAFÍA

En apariencia, la vida de Benito Lynch es asombrosamente lineal. Geográficamente, se limita a parte de la provincia y ciudad de Buenos Aires, una visita esporádica a Uruguay y muchos años hasta su muerte en la ciudad de La Plata. Y, sin embargo, es una vida rica en misterio, a la que faltaron signos exteriores por una dura voluntad de reserva que aspiraba a hacer de la propia existencia una especie de gran secreto, íntimo y personal.

El 25 de julio de 1880, en Buenos Aires, en la residencia de sus abuelos, Ventura Lynch y Bernabela de Andrade, nace Benito Eduardo Lynch, segundo hijo de Benito Lynch y Juana Beaulieu. El niño fue bautizado el 2 de junio de 1882. Susana Clauso Royo, valiéndose de ciertos documentos, sostiene que Benito E. Lynch nació en el Uruguay, en la residencia de sus abuelos maternos. Esto ha generado un enigma que parece haber sido resuelto a favor de la nacionalidad argentina.

SUS RAÍCES

En el siglo XVIII llega a Buenos Aires Patricio Lynch, señor de Lydican (Irlanda). Se casa con una distinguida señorita de la sociedad porteña, con típica modalidad céltica. Al revés de lo que solía suceder con los emigrantes del Imperio Británico, la familia olvida su ascendencia europea y se mezcla decisivamente en la vida nacional. El hijo de Patricio se incorpora al ejército y participa en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 y en la Asamblea de 1813. No es el único miembro de la estirpe del escritor que muestra el ardiente amor de los irlandeses por la libertad: Pedro Castelli Lynch participa en la Revolución de los Libres del Sur.

A partir de su fundador, la familia mantiene una posición holgada en las mejores capas sociales. Está en sus miembros presente una conciencia de clase destinada a batir sus últimas olas contra las rompientes de un tiempo nuevo de veloces transvases sociales y una potente clase media sin tradición.

SUS PADRES

Benito Lynch (padre) conoce a una muchacha uruguaya, fina e inquieta, muy religiosa y con la afición de gustar de la astronomía. El noviazgo se anuda por un mutuo amor. Se casan pronto. El viaje de luna de miel los trae a Buenos Aires, donde se instalan en la casa de los padres del esposo. A Benito Lynch (padre) no le gustan las tertulias, el vaivén social donde está obligada a moverse su joven mujer. Llegan los hijos, cuatro mujeres y seis hombres. Los varones llevan todos el nombre paterno de Benito, aunque sea en segundo término.

Benito Lynch (padre), duramente enamorado de su mujer, hacia 1885, decide alejarse de Buenos Aires. Lleva a Juana a la estancia El Deseado. Es un campo áspero, en el partido de Bolívar. El Deseado soporta el desafío a la soledad angustiosa de la pampa; es casi un desierto.

Don Benito fue intendente de Bolívar, legislador provincial, intendente de la ciudad de La Plata, director del zoológico y fundador del diario El Día. Estaba habituado a ocupar situaciones destacadas y a la rutina del mando. Ante los frecuentes regaños paternales, el paño de lágrimas del niño Benito es su madre. Casi todas las mujeres del escritor se alzan de esa clara fuente. Por eso, son un poco irreales y menos perfiladas que los hombres. La mujer está sujeta al hombre, como lo estuvo Juana a Benito Lynch padre.

LA INFANCIA

El país del niño Benito

Los primeros seis años de su vida en Bolívar coinciden con la presidencia de Julio Roca. La pampa se abría paso hasta las mismas puertas de Buenos Aires. Todavía para embarcarse había que usar un bote, pues no se habían hecho obras portuarias. La población argentina era de 2.492.000 habitantes. Se iniciaba una era de expansión y desarrollo criticada por Miguel Cané que dice: "Nuestros padres eran soldados, poetas y artistas. Nosotros somos tenderos, mercachifles y agiotistas. Hace un siglo el sueño constante de la juventud era la gloria, la patria, el amor; hoy es una concesión de ferrocarril para lanzarse a venderla en el mercado de Londres".

A pesar del ferrocarril que Dardo Rocha había extendido hasta 9 de Julio, Junín y Alvear, las comunicaciones con el mundo exterior no habían aumentado mucho. La pradera de la pampa bonaerense seguía exclusivamente dedicada a la ganadería, al extremo que la Pcia de Buenos Aires producía menos trigo que Córdoba o Entre Ríos. Patrones y peones, habituales clases opuestas, se unían en cuanto el extranjero hablaba de las múltiples posibilidades de un territorio que se negaba a aceptar métodos agropecuarios avanzados. En ese contexto, donde regían leyes imperiosas que lo subordinaban todo al paternalismo del patrón, se desarrolla la infancia de Benito Lynch.

En la estancia

El padre no consigue cerrar el paso del hijo a los lugares interdictos. Benito se acerca a la cocina de los peones donde aprende giros y modismos gauchos y relatos. Benito Lynch ya escritor decía: Tomo mis personajes de la realidad, aunque acentuando o suavizando rasgos, según mi criterio estético.

También a la época de la infancia del escritor corresponde esa afición por los animales, los caballos en primer término, que le duró toda la vida. A veces, en la fabulación del escritor, los animales, asimilados a los conflictos humanos, hablan. Numerosos animales aparecen en sus historias, pero la exaltación mayor, el mayor acercamiento a la estatura humana, Lynch la fábula en torno a los caballos. Lo que es más esencial, toda la trayectoria de la simbiosis Benito-Mario, se hace a través del ciclo del potrillo roano.

Regreso a la ciudad

Hacia 1890 la familia se instala en La Plata, fundada hacía ocho años y con un impulso progresista notable. Tenía esta novedades extraordinarias, como el observatorio astronómico. Era una época feliz, con la prosperidad dominada por el signo de la espiga y el toro. Carne y cereales se canjeaban por implementos y todavía sobraba dinero para artículos suntuarios, como teatros o estatuas de mármol de Carrara.

El padre no quiere hacer de él un gaucho, sino un hombre instruido. Este cambio de domicilio fue el primer dolor de Benito. El encierro en su cuarto para estudiar con un profesor contrastaban con los cielos abiertos, el horizonte infinito y la gloria de las mañanas camperas. El paraíso terrestre que era la pampa perduró en él toda su vida, con intensa nostalgia.

Ya lejos del campo, encuentra amigos en la ciudad, se dedica a hacer deportes (remo, boxeo, esgrima) y desarrolla una vida social donde se le adentra el lenguaje porteño. Lo demuestra en el uso de palabras lunfardas en algunas obras.

El cronista social

Al morir su padre, en 1902, Benito ingresa a la plana periodística como cronista social del diario El Día, diario de que su padre tenía acciones. Cronista social es lo más lejano a su vocación, por ello, poco tiempo después comienza a publicar esbozos narrativos, Cuadritos domésticos, bajo el seudónimo de Thyon Lebic. Son cuadros de ambiente, amagos irónicos, en una crítica de costumbres al modo de Roberto Arlt.

Benito lleva la doble vida de cualquier muchacho en la etapa de las experiencias, pero sus amoríos no dejan rastros. Termina por enamorarse de una señorita a la que todo el mundo llamaba cariñosamente Tita. Es el principio de un noviazgo formal que no dura demasiado: el carácter fuerte de Benito lo lleva a chocar con su futura suegra. Un solo desengaño que resulta enigmático descifrar, hace que Lynch se instale en la soltería para siempre. No se sabe que vuelva a estar de novio con una muchacha de su ambiente. Un nombre, Saturnina, abre una hendija en las puertas cerradas de este capítulo en la vida de Lynch. Era maestra, y le pasaba los borradores a máquina. Y nada más.

El escritor

Luego de dos años de periodismo intrascendente, una noche le leyó a otro redactor del diario El potrillo roano. Lynch dijo que había escrito es el cuento, años atrás. Esto sugiere un largo camino de dudas en una vocación casi desconocida para él mismo.

Benito Lynch - medio frívolo, medio parrandero, un poco enamorado, bastante dado a la haraganería y a la divagación - se veía por primera vez como lo que iba a ser de manera perdurable: un escritor.

Aunque decía bromeando que su libro preferido era el diccionario castellano, leía mucho. Había aprendido de memoria largas tiradas de La Eneida o de La Ilíada. Más tarde también, los pasajes más lindos de Don Segundo Sombra. Era un autodidacta. Concurrió al Colegio Nacional de La Plata. A través de sus obras hay menciones de D’Annunzio, Valle Inclán, Zola, Dumas, N. Fernández de Moratín, los novelistas rusos, los viajeros ingleses que habían dado testimonio de la vida y paisajes argentinos. Admiraba la grandeza de Balzac y se sentía influido por Daudet y Zola.

Lynch decía que trataba de no escribir nunca "por escribir". "Cuando termino una novela, la abandono casi siempre. Por el mayor tiempo posible, para olvidarme en cierto modo de ella y volver a leerla, ya no como autor, sino como crítico". Los caranchos de La Florida la escribió en tres meses y la tuvo guardada cuatro años.

La brusca fama que rodeó al novelista al aparecer Los caranchos de La Florida le posibilitaron alabanzas de Manuel Gálvez, novelista consagrado que se molesta en tomar un tren desde Córdoba hasta Buenos Aires para saludarlo personalmente. También es reconocido por Horacio Quiroga: "Vaya mi homenaje a su talento, con la seguridad en mí, de que si algún día hemos de tener un gran novelista, ése va ser usted". Nada de esto provoca alegrías exultantes o, al menos, alegría sencilla y lógica. No abre su círculo estricto de amigos para incorporar a algún escritor, la mayoría de aquéllos son abogados.

Su nombre ha trascendido en España. También en Italia, donde se publica traducida Los caranchos de La Florida.No consideraba la importancia que su obra podía tener, como esclarecedora de un personaje que habían exaltado Hernández, Estanislao del Campo, Hudson, Ascasubi, Obligado, Hidalgo y Güiraldes. "Elegí al gaucho como personaje esencial de mis obras porque ya es un tipo hecho, completo".

El solitario

A partir de 1923, en que deja la redacción del diario, cada actitud de Lynch demarca un avance en el duro aprendizaje de la soledad. Las transformaciones del país lo dejan indiferente. Opina como un buen conservador de la época de Roca. No hay eco en toda su obra de las consecuencias de la Ley Sáenz Peña (voto secreto y obligatorio): movilización popular y el acceso a la presidencia de Hipólito Yrigoyen.

Después de la muerte de los padres, la casa de La Plata se fue despoblando. Juliana, la segunda hija, se había ido al casarse. Tres años después moría en el Sur, tal vez asesinado, Leopoldo, el compañero de la infancia. Benito se refugió en ese reducto, arreglaba la mayoría de sus asuntos por correspondencia. Tuvo en el patio de la casa varios animales, hasta un yacaré.

A ratos parecía interesarse más por el cuervo o el carpincho que había llevado a su casa que por la gente que lo reconocía en la calle, cuando salía. Lo perturbaban con su deseo constante de saber cosas sobre su técnica literaria y, lo más intolerable, sobre su vida. Prefería las tertulias de El Día, donde alentaba a los periodistas jóvenes o recordaba con cariño a quiénes lo habían ayudado en sus comienzos de escritor. Aunque sus libros estaban cargados de indicios de intimidad, detestaba ventilar cosas íntimas o meramente personales en el transcurso de un coloquio insustancial.

A partir de la publicación de El inglés de los güesos (1924) - obra luego adaptada para teatro y después llevada al cine - se sitúo consagrado definitivamente entre los escritores de primer rango. Formó parte de la Comisión de Autores de la Primera Exposición del Libro Argentino. Algunos, hablando de Horacio Quiroga, dicen que ha sido igualado por Lynch en la difícil técnica del relato breve. Esta le da una ubicación literaria privilegiada, si se tiene en cuenta que Quiroga no ha conocido rival como cuentista.

Con el general Uriburu en el gobierno, estaban de nuevo en el poder los conservadores, sector con el que tenía afinidad - por razones de clase, ambiente y tradición - Benito Lynch. Al decidirse la creación de la Academia Argentina de Letras, se lo elige como integrante; pero, Lynch renuncia por escrito a ocupar un sillón.

En 1935, se suicida su hermano Armando y dos años más tarde, muere su madre, lo que aumenta su soledad y su dolor. Cada gesto lo interna más en la soledad, a excepción de las visitas y los juegos con sus sobrinos nietos. Algunas salidas al cine, al Jockey para jugar a la brocheta o a conversar con sus amigos. Nunca apuesta por dinero; su hermano Roberto, jugador, ha perdido así su estancia. No bebe alcohol, sino té con limón y mucho mate. Dice que después de los cincuenta años ningún hombre debía comer carne. También predica contra el cigarrillo. Mantiene su afición por la lectura de libros de historia, de viajes, y relee los clásicos. Cuando asiste a conferencias o conciertos en el Jockey, se ubica en lugares apartados del salón principal, hasta donde llegan los altavoces.

En su sesión del 11 de agosto de 1938, el Consejo Superior de la Universidad Nacional de la Plata, le otorga el título de doctor honoris causa. La consagración universitaria le plantea un problema: el presidente del Consejo es su amigo, y en materia de amistad, Lynch tiene una delicadeza infinita. Luego de leer los fundamentos de la honorífica decisión acepta. La aceptación supone no tener que ir a recibir el diploma. En 1941, con la publicación en La Nación de Medallas de oro, Nuestra novela y Cartas y cartas, se despide de la literatura. Es un enigma su corte de amarras con lo que, de alguna manera, había sido su razón de vivir.

Últimos años

Al aislamiento de B. Lynch contribuyen en gran medida una sordera y la creciente disminución de la vista. Esto le provoca que lo atropelle un tranvía; víctima de una conmoción cerebral es internado hasta que en algunos días se recupera. Tres años después, se interna muy enfermo aquejado de cáncer al estómago. El 23 de diciembre muere en el sanatorio donde se hacía asistir.

Lo habían llamado maestro de las letras aquí y en el extranjero; pero, a diferencia de sus contemporáneos, desdeñó ejercer esa autoridad. Hubo en él un afán claro de disminuir su personalidad de escritor. Lo demuestran su rechazo a invitaciones para enseñar, su negativa a cobrar derechos por las traducciones de sus cuentos y novelas. A un pariente cercano que lo había encontrado corrigiendo sus libros, le había comentado: "Cuando uno es joven publica con mucha audacia. Los años demuestran los errores, inclusive idiomáticos."

LA TEMÁTICA DEL NUEVO GAUCHO

En su evolución, el regionalismo abandonó su posición nacionalista pasatista para enfocar realísticamente los temas rurales. Un viaje al país de los matreros de Fray Mocho abrió el camino que siguieron Payró, Quiroga, Fausto Burgos, Juan Carlos Dávalos, etc. El gaucho nómade, cantor, valiente, ya pertenecía a la mitología argentina. En la nueva narrativa el hombre de campo es un paisano trabajador, sojuzgado a sus patrones, afincado en límites precisos, tan falto de sentido de la propiedad como su antecesor, porque igual que aquel no tiene nada; pero es respetuoso de la propiedad de los otros.

Benito Lynch es el escritor que en forma más perseverante se dedica a narrar la vida de estos gauchos sedentarios, la de las estancias y la de los dueños de las estancias. Es el novelista de la etapa posroquista: al final del siglo XIX y principios del siglo XX, pues aunque nunca precisa las fechas, éstas se descubren por la problemática - enfrentamiento de la vieja estancia criolla con la nueva, europeizada, valoración del gringo y desprecio del nativo - , por ciertos detalles significativos - la instalación de molinos, el ferrocarril- y por los años que Lynch vivió en el campo.

Desde 1903 a 1941 publicó treinta y cuatro cuentos, seis novelas y alrededor de ciento quince relatos. Algunos fueron recogidos en libros, pero la mayoría andan todavía desperdigados en diarios y revistas. Toda su obra tiene el signo común del ambiente y la temática rurales, con excepción de algunos cuentos y de la novela Las mal calladas (1923).

LA OBRA DE BENITO LYNCH

LAS NOVELAS Y LOS CUENTOS

Su ciclo novelístico se abre con Plata dorada (1909). Lo mejor de esta narración es la primera parte, fuertemente sentimental y autobiográfica, cuando el protagonista abandona la estancia para irse a estudiar a Buenos Aires y cuando describe las impresiones que le producen la ciudad y el colegio. En lo demás es titubeante, a veces incoherente; los personajes no viven por cuenta propia sino como meros títeres en manos del autor.

Hay un gran salto entre este libro y el segundo, Los caranchos de La Florida (1916). Aquí el novelista define los personajes en unos pocos trazos y luego éstos se mueven lógicamente, resolviendo los conflictos de acuerdo a sus motivaciones y a su propia personalidad. La anécdota simple narra el enfrentamiento de padre e hijo, los caranchos, por una mujer. El padre ejerce una autoridad omnipotente que nadie osa discutir. Como padre, porque la familia está rígidamente constituida. En todos los estratos sociales, sea el de los estancieros, sea el de los peones, los padres mandan y los hijos obedecen; el diálogo no existe. Y como patrón, porque la propiedad de la tierra se extiende sobre los hombres. El régimen es feudal. La obediencia se asienta en el miedo y en el conocimiento de que no hay escapatoria, ya que el poder político y la justicia también pertenecen al patrón, o a su clase.

En Raquela (1918), Lynch desarrolla su esporádica veta irónica hacia un suave humorismo. Por eso, esta novelita tiene final feliz. Aquí asoma la habitual frustración de la pareja; al comienzo, Raquela lucha contra sus sentimientos porque ella no es una pobre muchacha ignorante e ingenua, es la hija del estanciero y tiene conciencia de que no puede, no debe enamorarse de un hombre que no sea de su clase.

En El inglés de los güesos (1924) el punto de vista se invierte: el campo juzga a la civilización urbana representada por Mister James. Él les causa gracia, a veces lástima, otras odio, pero nunca admiración o envidia. El mundo del inglés, la civilización urbana, no tienen nada que ver con ellos. Lynch toma abiertamente partido por el mundo primitivo a través del personaje de La Negra. Nos presenta la civilización urbana como un duro trajinar, un esfuerzo constante, en aras de alguna idea abstracta como el bien de la humanidad, o el progreso personal o el progreso, con el olvido de la felicidad. Sólo los seres primitivos, simples, son capaces de amar con el amor verdadero. El amor apasionado de La Negra responde a un carácter impulsivo que no varía. Su incapacidad para el dolor, que a veces parece humorística, termina arrastrándola al suicidio.

La última novela de Lynch, El romance de un gaucho (1933), es la más elaborada de su producción. Es muy extensa, supera las quinientas páginas y su lectura se hace monótona por dos razones: 1) porque los conflictos de doña Cruz y su hijo y de éste y doña Julia, se plantean en toda su amplitud en los primeros seis capítulos, mientras los cincuenta restantes los ahondan en un sentido vertical, sin aportar cambio alguno, y 2) porque está escrita en lengua gauchescha y , por lo tanto, los recursos expresivos que maneja el relator son muy limitados; limitación que se agrava por la razón primera: que la novela es una introspección. En una advertencia previa, Lynch atribuye la novela a un viejo paisano que conoció en su infancia (un recurso usado por muchos autores). La tarea de Lynch se habría limitado a arreglar errores de vocabulario, a poner el título y a ordenar los trozos. El tema central es el amor y el rencor, la historia de malos entendidos y disputas de doña Cruz y su hijo Pantaleón Reyes. El tema derivado, pero a la vez motivación del central, es el amor imposible de Pantaleón por doña Julia Fuentes. Las personalidades de madre e hijo son las más vigorosas de la novela, y en la obra total de Lynch las mejor construidas y las únicas capaces de evolución en el proceso narrativo.

En 1931, Benito Lynch publicó un folleto, El estanciero, donde distingue dos clases de propietarios rurales: el señor y el gaucho. En el juego de contrastes, se advierte cómo los segundos están condenados a desaparecer porque se aferran a lo conocido, desprecian las novedades, pero lo que es peor, se despreocupan de la suerte de sus campos. La derrota del estanciero gaucho en la obra de Lynch se produce por su incapacidad para comprender el cambio y adaptarse a él, por su suicida manera de oponer una estructura regida por valores morales a otra regida exclusivamente por los valores económicos.

Pero la mayor parte de la producción de Lynch, escritor prolífico, permanece desconocida para el gran público. Sus cuentos, alrededor de ciento quince, aparecieron en viejos ejemplares de los diarios El Día de La Plata y La Nación de Buenos Aires y de las revistas Caras y Caretas, Plus Ultra, Mundo Argentino, El Hogar y Leoplán, todas de Buenos Aires. Pocos de sus cuentos están reunidos en volúmenes; de ellos los más conocidos son "Palo verde", "El antojo de la patrona", "La evasión", "El nene", "El paquetito", "Locura de honor", etc. Muchos tocan los temas del amor y del honor, ya con patetismo, ya con humor, pero con predominio de la visión humorística -una risa agria- sobre la patética que, en cambio, singulariza a las novelas. Más desconocidos aún son sus intentos teatrales nunca representados.

Un comentario sobre su obra más difundida

Considerando que El inglés de los güesos (1924) fue luego adaptada para teatro y después llevada al cine, merece un comentario especial.

Con recuerdos de su niñez campera y detalles que le sugirió la lectura del "Diario de un viaje de un naturalista alrededor del mundo" de Charles Darwin, concibió Benito Lynch ese puesto de la "Estancia grande", vecino a la laguna de los Toros, y siempre azotado por un terrible viento "propiciador de catástrofes".

Desde la población de Juan Fuentes divisamos un sector central de la campaña de Buenos Aires, el consabido de las novelas de nuestro autor, cuadriculado en estancias y puestos de nombre y linderos conocidos, y encerrados con alambrados "de siete hilos" que cada cual vigila celosa y agresivamente. En nada recuerda esa visión del campo actual, al de las tierras sin dueño, donde nadie arraiga, idealizado por la literatura gauchesca; y muy poco se parecen a sus antecesores literarios, airadamente individualistas, los paisanos de Lynch, que viven en la tarea dura y laboriosa de cada día, sin protestas y sin demasiadas esperanzas, como piezas de una estructura social y económica que han recibido y no sueñan en modificar.

En esa conformidad de los que poco desean florece Balbina, símbolo puro y hermoso de la vida agreste, que reproduce hasta la exaltación virtudes que el autor hecha de menos en las gentes de la ciudad lejana: es impetuosa y brusca, como su madre Doña Casiana, graciosa como su hermano Bartolo, honrada y sencilla como su padre, el habilísimo trenzador: ninguno de ellos sabe más de lo que necesitan para vivir en la lucha diaria del campo. Esos tipos rurales no se embellecen en manos del novelista: en las estancias no se ignoran las maldades de la ciudad, que se practican violentamente, sin artificio: en un puesto vecino, hierve la malevolencia en la familia de Deolindo Gómez; de otro próximo viene Santos Telmo, el gauchito "retobado" que busca infructuosamente en el amor de la Negra el calor del hogar que no ha conocido, y apuñala, empujado por celos infundados.

Tal como lo ha imaginado el autor, Mr. James, el imprevisible huésped del puesto de "La Estaca", no puede sino marcharse, aunque esté enamorado de la Negra: si se dejara llevar por sus sentimientos, que a él debía parecerle debilidad culpable, sacrificaría su carrera universitaria, traicionando así una misión que la sociedad le ha confiado. Ante esas obligaciones sociales poco significan el dolor individual de su renunciamiento, y el de la joven simple que vive de la espontaneidad de los afectos primitivos.

Mr James es el agente del egoísmo y de la crueldad armada para el progreso colectivo. Llega a entender la lengua conmovedora de los afectos aunque no le está permitido ceder a ellos. No engañara a Balbina por honradez, ni se desviará del camino que su educación y su clase social le han señalado. Balbina, imagen del amor en su pureza y generosidad natural, no conoce otras razones que las del corazón. Ambos representan dos órdenes de vida que el autor considera inconciliables y siempre en pugna: el de la inteligencia fría del hombres instruido en los libros y el de la afectividad exclusiva de la niña inculta.

Para que la oposición sea terminante se han usado los términos extremos: así la plantea el novelista porque es su experiencia que le dice que la vida es duelo mortal entre la fortaleza de los más y las debilidades de los menos. Desde la primera página deja adivinar su parcialidad en el debate: multiplica los rasgos caricaturescos del futuro vencedor a quien ve por fuera con ojos de paisano, con simpatía irónica, admirado de que ese sabio ignore tanto saber vulgar; y ensalza la gracia y la belleza de la víctima en tal forma que el desenlace puede parecer forzado. El autor explica los motivos del alejamiento del protagonista, pero sin justificarlo, criticando el programa utilitario que debe cumplir sin concesiones.

Lynch insiste en un tema repetido por la literatura del siglo XIX. A partir del Romanticismo, se hacen cada vez más frecuentes las protestas de escritores y artistas contra las doctrinas materialistas y utilitarias que crecen y llegarán a imponerse a mediados del siglo con el transformismo científico y evolucionismo filosófico.

En la ciudad que se mueve Lynch sufre de las consecuencias de estas doctrinas, por ello, se vuelve a sus recuerdos de niñez campestre para crear otro mundo, también real, pero más grato, donde resaltan los seres excepcionales que no se determinan por otras leyes que las de la naturaleza.

Sin embargo, las virtudes de su obra no es de carácter filosófico, sino literario: composición muy cuidadosa, con gran delicadeza en los pormenores, en lo que se dice y en lo que se calla y sugiere; exactitud y propiedad verbal, que se despliega en numerosos diálogos, verdaderos remansos en la acción, siempre rápida; originalísima visión de la vida en la estancia y de sus tipos sociales característicos.

El inglés de los güesos responde a las exigencias del realismo literario: el autor describe y cuenta como si estuviera presente; pocas veces explica, para no traicionar la superior verdad de los hechos. Acepta como certidumbre la apariencia de las cosas sin conjeturas ambiciosas. Preceptos que la literatura europea de la segunda mitad del XIX aplicaba derivada de los métodos experimentales de las ciencias naturales.

Esto implica que de los personajes ofrezca frecuentemente las manifestaciones exteriores, las acciones y los gestos, interpretados con gran prudencia; y diálogos en estilo directo o que se relacionan fielmente en estilo indirecto libre , el protagonista piensa en voz alta.

Las escenas son dramáticas. El lector parece estar siempre en el teatro de la acción, viendo y oyendo a los personajes que se mueven dentro de un escenario reducido que, apenas es necesario describirlo en párrafo aparte. Salvo episodios complementarios (Cap. V, VI, XII, XIV, XX y XXII) todo ocurre en el puesto de "La estaca", en la casa o en sus inmediaciones.

"EL POTRILLO ROANO"

En 1931, Benito Lynch publica De los campos porteños. Allí agrupa una serie de cuentos como La espina de junco y El angelito gaucho. El tercer cuento de este volumen es un clásico de la narrativa nacional. y Lynch recuerda al petizo roano que fue su compañero de juegos en la infancia. La acción está centralizada en El potrillo roano que le sirve de título. Es la iniciación del afligido Mario en los misterios del destierro, la vastedad de la pampa amenazadora y la inminente pérdida de un ser amado, próximo a ser sacrificado por la sentencia inapelable de la justicia humana, representada por un padre temido, harto de las depredaciones del potrillo.

COMENTARIO

El cuento está dividido en siete partes. En la primera el narrador presenta al protagonista y al potrillo, al cual logra tener después que su madre lo alienta con la idea de llevarlo a la estancia. El pequeño, todo inocencia y dulzura está embelesado con la visión de "un caballo proporcionado a su tamaño"(II)

Pero, este potrillo destroza plantas, pisa pollitos recién nacidos lo que lo hace "odioso" para algunos. El padre le recomienda a Mario que lo cuide, que lo ate de noche. Esto último, a veces, Mario lo olvida(III). Una mañana, después de ver las audacias del roano, el padre amenaza a Mario con echárselo al campo. Aquí el narrador pregunta retóricamente, se involucra en una reflexión sobre lo que palabras tales significan para un niño de ocho años. "¡El campo!...¡Echar al campo!... El campo es para Mario algo proceloso, infinito, abismal; y echar el potrillo allí sería tan atroz e inhumano como arrojar al mar un recien nacido"

Una mañana de febrero la madre despierta a Mario con la novedad: el potrillo desatado ha pisoteado el césped de los canteros, derribado una enredadera y arrancado de raíz matas de claveles (IV). Mario, desesperado intenta volver atrás, reparar el daño que ha hecho su "nene"(V).

El padre cumple con lo prometido. Mario, con un estado de conmoción y dolor dispuesto a obedecer a su padre... "... Como sonámbulo, como si pisase sobre un mullido colchón de lana, Mario camina con el potrillo del cabestro por medio de la ancha avenida en pendiente y bordeada de altísimos álamos, que termina allá, en la tranquera de palos blancuzcos que se abre sobre la inmensidad desolada del campo bruto..." Mario se desplaza atormentado, oprimido "porque del otro lado está la conclusión de todo, está el vértice en el cual ... se van a fundir fatalmente, detrás del potrillo roano, él y la existencia entera".

La madre advierte el malestar del niño y convence al padre para que otorgue el perdón. El padre accede, pero, cuando su hermano Leo va a detenerlo, Mario se "desploma sobre el pasto" antes de llegar a la tranquera (VI).

Después de algunos días sus atribulados padres, alegres por su recuperación física, permiten la entrada del potrillo en su cuarto. El final es feliz: Mario recupera su salud y su potrillo (VII).

Mario es el personaje autobiobráfico de Lynch, que aparece creciendo a través de otros relatos, durante sus años en la estancia El Deseado (en Bolívar). El pequeño Mario-Benito siente a la pampa como algo abismal, enorme para su pequeño tamaño. En los relatos, las temblorosas reflexiones de una criatura traen la misma sustancia desértica, atemorizante, que circula en las páginas de Mansilla o Hernández.

Los otros personajes: Leo, la madre, el padre, se relacionan casi con exactitud a la realidad. La madre se muestra, quizás, como era dona Juana de Lynch: mujer de hogar, cariñosa, comprensiva y compasiva. El padre se presenta rígido, la autoridad máxima que, a diferencia de la madre, trata de "usted" al pequeño - y a todos - lo que supone una distancia que se relaciona con temor y respeto. La severidad del padre se atenúa en la última parte cuando el narrador lo describe "con los párpados enrojecidos y la cara pálida" como padre, al fin, que ha visto a su hijo en peligro. Su hermano Leopoldo, un año menor que él, fue su gran camarada de la infancia.

El relato es está hecho en presente (Modo Indicativo) como si el narrador estuviera relatando los hechos al mismo tiempo que ocurren. Este recurso le confiere una sensación casi cinematográfica de animación, de suspenso, en ocasiones, que hace atractivo el relato. En el narrador predomina el "mostrar" más que el "decir". Es un narrador simbiotizado con el personaje, a veces se confunde el pensamiento de Mario con el del narrador. Es omnisciente. La narración en tercera persona limita, detiene la simbiosis total.

La prosa es límpida, ceñida, mientras el narrador utiliza un registro literario, una lengua sobria y general (que llamaríamos estándar), los personajes se comunican en una lengua rural (dialecto) y en un registro coloquial, familiar sin caer en vulgaridades. La lengua se adecua a cada personaje. Se hace más vulgar con aires de lunfardo cuando habla el hombre que le regala el roano.

Hay una abundancia de adverbios (de modo, casi siempre) y gerundios en los que se muestra el ánimo del personaje: ...Leo se defiende bravamente... ...Mario esperando pacientemente... ...Mario contemplando platónicamente... ...El mocetón se alza ligeramente de hombros...

Este cuento, después de muchos esfuerzos para convencer a su autor, fue traducido al inglés por Gertrude M. Walsh y formó parte de la colección Cuentos criollos, publicada en Boston. Lynch accedió cuando le dijeron que era una obra destinada a estudiantes universitarios, que perfeccionaban sus conocimientos de literatura hispanoamericana; pero, se negó a recibir derechos de autor.

El potrillo roano es un cuento que deja un sentimiento de ternura como la infancia inocente. Que puede ser leído por niños y adultos; pero, que a los adultos nos conduce a recordar aspectos de la psicología infantil y a repensar cómo impactan, en la mente de un niño, actitudes y palabras de los "grandes". Implica el reconocimiento del valor que un animal, una mascota o hasta un objeto, un juguete, tienen para "alguien" que proyecta en ellos su infancia. Hablando en términos de "competencia hermenéutico-analítica" diríamos: el valor significativo que un niño otorga a una unidad discreta como un potrillo.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

PETIT de MURAT, U. "Genio y figura de Benito Lynch". Edit. Universitaria de Buenos Aires, 1968.

REVISTA CAPÍTULO. Historia de la Literatura Argentina. Centro Editor de América Latina.

Sandra Fernández

Prof. de Castellano, Literatura y Latín

Título: "Lo autobiográfico en la obra de Benito Lynch"

Categoría: Literatura


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