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Kant: crítica de la razón pura




Enviado por latiniando



    Si la elaboración de los conocimientos que
    pertenecen a la obra de la razón, lleva o no la marcha
    segura de una ciencia, es
    cosa que puede pronto juzgarse por el éxito. Cuando tras
    de numerosos preparativos y arreglos, la razón tropieza,
    en el momento mismo de llegar a su fin o cuando, para alcanzar
    éste, tiene que volver atrás una y otra vez y
    emprender un nuevo camino; asimismo, cuando no es posible poner
    de acuerdo a los diferentes colaboradores sobre la manera
    cómo se ha de perseguir el propósito común,
    entonces puede tenerse siempre la convicción de que un
    estudio semejante está muy lejos de haber emprendido la
    marcha segura de una ciencia y de
    que, por el contrario, es más bien un mero tanteo. Y es y
    aun mérito de la razón el descubrir, en lo posible,
    ese camino, aunque haya que renunciar, por vano, a mucho de lo
    que estaba contenido en el fin que se había tomado antes
    sin reflexión. Que la lógica
    ha llevado ya esa marcha segura desde los tiempos más
    remotos puede colegirse por el hecho de que, desde Aristóteles, no ha tenido que dar un paso
    atrás, ano ser que se cuenten como correcciones la
    supresión de algunas sutilezas inútiles o la
    determinación más clara de lo expuesto, cosa empero
    que pertenece más a la elegancia que ala certeza de
    la ciencia.
    Notable es también en ella el que tampoco hasta ahora hoy
    ha podido dar un paso adelante. Así pues, según
    toda apariencia, hállase conclusa y perfecta. Pues si
    algunos modernos han pensado ampliarla introduciendo
    capítulos, ya psicológicos sobre las distintas
    facultades de conocimiento
    (la imaginación, el ingenio), ya metafísicos sobre
    el origen del conocimiento o
    la especie diversa de certeza según la diversidad de los
    objetos (el idealismo,
    escepticismo, etc.), ya antropológicos sobre los
    prejuicios(sus causas y sus remedios), ello proviene de que
    desconocen la naturaleza
    peculiar de esa ciencia. No es
    aumentar sino desconcertar las ciencias el
    confundir los límites de unas y otras. El límite de
    la lógica,
    empero, queda determinado con entera exactitud, cuando se dice
    que es una ciencia que no
    expone al detalle y demuestra estrictamente más que las
    reglas formales de todo pensar (sea éste a priori o
    empírico, tenga el origen o el objeto que quiera,
    encuentre en nuestro ánimo obstáculos contingentes
    o naturales). Si la lógica
    ha tenido tan buen éxito, debe esta ventaja sólo a
    su carácter limitado, que la autoriza y hasta la obliga a
    hacer abstracción de todos los objetos del conocimiento y
    su diferencia. En ella, por tanto, el entendimiento no tiene que
    habérselas más que consigo mismo y su forma. Mucho
    más difícil tenía que ser, naturalmente,
    para la razón, el emprender el camino seguro de
    la ciencia,
    habiendo de ocuparse no sólo de sí misma, sino de
    objetos. Por eso la lógica,
    como propedéutica, constituye sólo, por decirlo
    así, el vestíbulo de las ciencias y,
    cuando se habla de conocimiento,
    se supone ciertamente una lógica
    para el juicio de los mismos, pero su adquisición ha de
    buscarse en las propias y objetivamente llamadas ciencias.
    Ahora bien, por cuanto en éstas ha de haber razón,
    es preciso que en ellas algo sea conocido a priori, y su conocimiento
    puede referirse al objeto de dos maneras: o bien para determinar
    simplemente el objeto y su concepto (que
    tiene que ser dado por otra parte) o también para hacerlo
    efectivo. El primero es conocimiento teórico; el segundo,
    conocimiento práctico de la razón. La parte pura de
    ambos, contenga mucho o contenga poco, es decir, la parte en
    donde la razón determina su objeto completamente a
    priori
    , tiene que ser primero expuesta sola, sin mezclarse lo
    que procede de otras fuentes; pues
    administra mal quien gasta ciegamente los ingresos, sin
    poder
    distinguir luego, en los apuros, qué parte de los ingresos puede
    soportar el gasto y qué otra parte hay que librar de
    él. La matemática
    y la física son
    los dos conocimientos teóricos de la razón que
    deben determinar sus objetos a priori; la primera, con
    entera pureza; la segunda, con pureza al menos parcial, pero
    entonces según la medida de otras fuentes
    cognoscitivas que las de la razón. La matemática
    ha marchado por el camino seguro de una
    ciencia, desde
    los tiempos más remotos que alcanzan la historia de la razón
    humana, en el admirable pueblo griego. Mas no hay que pensar que
    le haya sido tan fácil como a la lógica, en donde
    la razón no tiene que habérselas más que
    consigo misma, encontrar, o mejor dicho, abrirse ese camino real;
    más bien creo que ha permanecido durante largo tiempo en meros
    tanteos (sobre todo entre los egipcios) y que ese cambio es de
    atribuir a una revolución, que la feliz ocurrencia de un
    solo hombre
    llevó a cabo, en un ensayo, a
    partir del cual, el carril que había de tomarse ya no
    podía fallar y la marcha segura de una ciencia quedaba
    para todo tiempo y en
    infinita lejanía, emprendida y señalada. La
    historia de esa
    revolución
    del pensamiento,
    mucho más importante que el descubrimiento del camino para
    doblar el célebre cabo, y la del afortunado que la
    llevó a bien, no nos ha sido conservada. Sin embargo, la
    leyenda que nos transmite Diógenes Laercio, quien nombra
    al supuesto descubridor de los elementos mínimos de las
    demostraciones geométricas, elementos, que según el
    juicio común, no necesitan siquiera de prueba, demuestra
    que el recuerdo del cambio
    efectuado por el primer descubrimiento de este nuevo camino,
    debió de parecer extraordinariamente importante a los
    matemáticos y por eso se hizo inolvidable. El primero que
    demostró el triángulo isósceles
    (háyase llamado Tales o como se quiera), percibió
    una luz nueva; pues
    encontró que no tenía que inquirir lo que
    veía en la figura o aun en el mero concepto de ella
    y, por decirlo así, aprender de ella sus propiedades, sino
    que tenía que producirla, por medio de lo que,
    según conceptos, él mismo había pensado y
    expuesto en ella a priori (por construcción), y que para saber seguramente
    algo a priori, no debía atribuir nada a la cosa, a
    no serlo que se sigue necesariamente de aquello que él
    mismo, conformemente a su concepto, hubiese
    puesto en ella. La física tardó
    mucho más tiempo en
    encontrar el camino de la ciencia;
    pues no hace más que siglo y medio que la propuesta del
    juicioso Bacon de Verulam ocasionó en parte —o
    quizá más bien dio vida, pues ya se andaba tras
    él— el descubrimiento, que puede igualmente
    explicarse por una rápida revolución
    antecedente en el pensamiento.
    Voy a ocuparme aquí de la física sólo en
    cuanto se funda sobre principios
    empíricos. Cuando Galileo hizo rodar por el plano
    inclinado las bolas cuyo peso había él mismo
    determinado; cuando Torricelli hizo soportar al aire un peso que
    de antemano había pensado igual al de una determinada
    columna de agua; cuando
    más tarde Stahl transformó metales en cal y ésta
    a su vez en metal, sustrayéndoles y devolviéndoles
    algo, entonces percibieron todos los físicos una luz nueva.
    Comprendieron que la razón no conoce más que lo que
    ella misma produce según su bosquejo; que debe adelantarse
    con principios de
    juicios, según leyes constantes,
    y obligar a la naturaleza a
    contestar a sus preguntas, no empero dejarse conducir como con
    andadores; pues de otro modo, las observaciones contingentes, los
    hechos sin ningún plan bosquejado
    de antemano, no pueden venir a conexión en una ley necesaria,
    que es, sin embargo, lo que la razón busca y necesita. La
    razón debe acudir a la naturaleza
    llevando en una mano sus principios,
    según los cuales tan sólo los fenómenos
    concordantes pueden tener el valor de
    leyes, y en la
    otra el experimento, pensando según aquellos principios;
    así conseguirá ser instruida por la naturaleza, mas
    no en calidad de
    discípulo que escucha todo lo que el maestro quiere, sino
    en la de juez autorizado, que obliga a los testigos a contestar a
    las preguntas que les hace. Y así, la misma física debe tan
    provechosa revolución
    de su pensamiento a
    la ocurrencia de buscar (no imaginar) en la naturaleza,
    conformemente a lo que la razón misma ha puesto en ella,
    lo que ha de aprender de ella y de lo cual por sí misma no
    sabría nada. Sólo así ha logrado la física entrar en el
    camino seguro de una
    ciencia, cuando durante tantos siglos no había sido
    más que un mero tanteo. La metafísica, conocimiento
    especulativo de la razón, enteramente aislado, que se alza
    por encima de las enseñanzas de la experiencia mediante
    meros conceptos (no como la matemática
    mediante aplicación de los mismos a la intuición),
    y en donde, por tanto, la razón debe ser su propio
    discípulo, no ha tenido hasta ahora la fortuna de
    emprender la marcha segura de una ciencia; a pesar de ser
    más vieja que todas las demás y a pesar de que
    subsistiría aunque todas las demás tuvieran que
    desaparecer enteramente sumidas en el abismo de una barbarie
    destructora. Pues en ella tropieza la razón continuamente,
    incluso cuando quiere conocer a priori (según pretende)
    aquellas leyes que la
    experiencia más ordinaria confirma. En ella hay que
    deshacer mil veces el camino, porque se encuentra que no conduce
    a donde se quiere; y en lo que se refiere a la unanimidad de sus
    partidarios, tan lejos está aún de ella, que
    más bien es un terreno que parece propiamente destinado a
    que ellos ejerciten sus fuerzas en un torneo, en donde
    ningún campeón ha podido nunca hacer la más
    mínima conquista y fundar sobre su victoria una duradera
    posesión. No hay pues duda alguna de que su método,
    hasta aquí, ha sido un mero tanteo y, lo que es peor, un
    tanteo entre meros conceptos. Ahora bien, ¿ a qué
    obedece que no se haya podido aún encontrar aquí un
    camino seguro de
    la ciencia?
    ¿Es acaso imposible? Más ¿por qué la
    Naturaleza ha introducido en nuestra razón la incansable
    tendencia a buscarlo como uno de sus más importantes
    asuntos? Y aún más ¡cuán poco motivo
    tenemos para confiar en nuestra razón si, en una de las
    partes más importantes de nuestro anhelo de saber, no
    sólo nos abandona, sino que nos entretiene con ilusiones,
    para acabar engañándonos! O bien, si sólo es
    que hasta ahora se ha fallado la buena vía,
    ¿qué señales nos permiten esperar que en una
    nueva investigación seremos más felices
    que lo han sido otros antes?

    Yo debiera creer que los ejemplos de la matemática
    y de la física, ciencias que,
    por una revolución
    llevada a cabo de una vez, han llegado a ser lo que ahora son,
    serían bastante notables para hacernos reflexionar sobre
    la parte esencial de la transformación del pensamiento
    que ha sido para ellas tan provechosa y se imitasen aquí
    esos ejemplos, al menos como ensayo, en
    cuanto lo permite su analogía, como conocimientos de
    razón, con la metafísica. Hasta ahora se
    admitía que todo nuestro conocimiento tenía que
    regirse por los objetos; pero todos los ensayos para
    decidir a priori algo sobre éstos, mediante
    conceptos, por donde sería extendido nuestro conocimiento,
    aniquilábanse en esa suposición. Ensáyese,
    pues, una vez si no adelantaremos más en los problemas de
    la metafísica, admitiendo que los objetos tienen que
    regirse por nuestro conocimiento, lo cual concuerda ya mejor con
    la deseada posibilidad de un conocimiento a priori de
    dichos objetos, que establezca algo sobre ellos antes de que nos
    sean dados. Ocurre con esto como con el primer pensamiento de
    Copérnico, quien, no consiguiendo explicar bien los
    movimientos celestes si admitía que la masa toda de las
    estrellas daba vueltas alrededor del espectador, ensayó si
    no tendría mayor éxito haciendo al espectador dar
    vueltas y dejando en cambio las
    estrellas inmóviles. En la metafísica se puede
    hacer un ensayo
    semejante por lo que se refiere a la intuición de los
    objetos. Si la intuición tuviera que regirse por la
    constitución de los objetos, no comprendo
    cómo se pueda a priori saber algo de ella.
    ¿Rígese empero el objeto (como objeto de los sentidos) por
    la constitución de nuestra facultad de
    intuición? Entonces puedo muy bien representarme esa
    posibilidad. Pero como no puedo permanecer atenido a esas
    intuiciones, si han de llegar a ser conocimientos, sino que tengo
    que referirlas, como representaciones, a algo como objeto, y
    determinar éste mediante aquéllas, puedo por tanto:
    o bien admitir que los conceptos, mediante los cuales llevo a
    cabo esta determinación, se rigen también por el
    objeto y entonces caigo de nuevo en la misma perplejidad sobre el
    modo como pueda saber a priori algo del él; o bien
    admitir que los objetos, o lo que es lo mismo, la experiencia, en
    donde tan sólo son ellos (como objetos dados) conocidos,
    se rige por esos conceptos y entonces veo enseguida una
    explicación fácil; porque la experiencia misma es
    un modo de conocimiento que exige entendimiento, cuya regla debo
    suponer en mí, aún antes de que me sean dados
    objetos, por lo tanto a priori, regla que se expresa en
    conceptos a priori, por los que tienen pues que regirse
    necesariamente todos los objetos de la experiencia y con los que
    tienen que concordar. En lo que concierne a los objetos, en
    cuanto son pensados sólo por la razón y
    necesariamente, pero sin poder (al
    menos tales como la razón los piensa) ser dados en la
    experiencia, proporcionarán, según esto, los
    ensayos de
    pensarlos (pues desde luego han de poderse pensar)una
    magnífica comprobación de lo que admitimos como
    método
    transformado del pensamiento, a saber: que no conocemos a
    priori
    de las cosas más que lo que nosotros mismos
    ponemos en ellas.

    Este ensayo tiene
    un éxito conforme al deseo y promete a la
    metafísica, en su primera parte (es decir en la que se
    ocupa de conceptos a priori, cuyos objetos
    correspondientes pueden ser dados en la experiencia en
    conformidad con ellos), la marcha segura de una ciencia. Pues
    según este cambio del
    modo de pensar, puede explicarse muy bien la posibilidad de un
    conocimiento a priori y, más aún, proveer de
    pruebas
    satisfactorias las leyes que
    están a priori a la base de la naturaleza, como conjunto
    de los objetos de la experiencia; ambas cosas eran imposibles
    según el modo de proceder hasta ahora seguido. Pero de
    esta deducción de nuestra facultad de conocer a
    priori,
    en la primera parte de la metafísica,
    despréndese un resultado extraño y al parecer muy
    desventajoso para el fin total de la misma, que ocupa la segunda
    parte, y es a saber: que con esa facultad no podemos salir
    jamás de los límites de una experiencia posible,
    cosa empero que es precisamente el fin más importante de
    esa ciencia. Pero en esto justamente consiste el experimento para
    comprobar la verdad del resultado de aquella primera
    apreciación de nuestro conocimiento a priori de
    razón, a saber: que éste se aplica sólo a
    los fenómenos y, en cambio
    considera la cosa en sí misma, si bien efectivamente real
    por sí, como desconocida para nosotros. Pues lo que nos
    impulsa a ir necesariamente más allá de los
    límites de la experiencia y de todos los fenómenos,
    es lo incondicionado, que necesariamente y con pleno derecho pide
    la razón, en las cosas en sí mismas, para todo
    condicionado, exigiendo así la serie completa de las
    condiciones. Ahora bien, ¿encuéntrase que, si
    admitimos que nuestro conocimiento de experiencia se rige por los
    objetos como cosas en sí mismas, lo incondicionado no
    puede ser pensado sin contradicción y que en cambio,
    desaparece la contradicción si admitimos que nuestra
    representación de las cosas, como ellas nos son dadas, no
    se rige por ellas como cosas en sí mismas, sino que
    más bien estos efectos, como fenómenos, se rigen
    por nuestro modo de representación?
    ¿Encuéntrase, por consiguiente, que lo
    incondicionado ha de hallarse no en las cosas en cuanto las
    conocemos (nos son dadas), pero sí en ellas en cuanto no
    las conocemos, o sea como cosas en sí mismas? Pues
    entonces se muestra que lo
    que al comienzo admitíamos sólo por vía de
    ensayo,
    está fundado. Ahora bien, después de haber negado a
    la razón especulativa todo progreso en ese campo de lo
    suprasensible, quédanos por ensayar si ella no encuentra,
    en su conocimiento práctico, datos para
    determinar aquel concepto
    trascendente de razón, aquel concepto de lo
    incondicionado y, de esa manera, conformándose al deseo de
    la metafísica, llegar más allá de los
    límites de toda experiencia posible con nuestro
    conocimiento a priori, aunque sólo en un sentido
    práctico. Con su proceder, la razón especulativa
    nos ha proporcionado, por lo menos, sitio para semejante
    ampliación, aunque haya tenido que dejarlo vacío,
    autorizándonos por tanto, más aún,
    exigiéndonos ella misma que lo llenemos, si podemos, con
    sus datos
    prácticos.

    En ese ensayo de variar el proceder que ha seguido
    hasta ahora la metafísica, emprendiendo con ella una
    completa revolución, según los ejemplos de los
    geómetras y físicos, consiste el asunto de esta
    crítica de la razón pura especulativa. Es un
    tratado del método, no
    un sistema de
    la ciencia
    misma; pero sin embargo, bosqueja el contorno todo de la ciencia,
    tanto en lo que se refiere a sus límites, como
    también a su completa articulación interior. Pues
    la razón pura especulativa tiene en sí esto de
    peculiar, que puede y debe medir su propia facultad, según
    la diferencia del modo como elige objetos para el pensar; que
    puede y debe enumerar completamente los diversos modos de
    proponerse problemas y
    así trazar el croquis entero de un sistema de
    metafísica. Porque, en lo que a lo primero atañe,
    nada puede ser atribuido a los objetos en el
    conocimiento a priori, sino lo que el sujeto pensante
    toma de sí mismo; y, en lo que toca a lo segundo, es la
    razón pura especulativa, con respecto a los principios del
    conocimiento, una unidad totalmente separada, subsistente por
    sí, en la cual cada uno de los miembros está, como
    en un cuerpo organizado, para todos los demás, y todos
    para uno, y ningún principio puede ser tomado con seguridad, en una
    relación, sin haberlo al mismo tiempo
    investigado en la relación general con todo el uso puro de
    la razón. Por eso tiene la metafísica una rara
    fortuna, de la que no participa ninguna otra ciencia de
    razón que trate de objetos (pues la lógica
    ocúpase sólo de la forma del pensamiento en
    general); y es que si por medio de esta crítica queda
    encarrilada en la marcha segura de una ciencia, puede comprender
    enteramente el campo de los conocimientos a ella pertenecientes y
    terminar por tanto su obra, dejándola para el uso de la
    posteridad, como una construcción completa; porque no trata
    más que de principios y de las limitaciones de su uso, que
    son determinadas por aquellos mismos. A esta integridad
    está pues obligada como ciencia fundamental, y de ella
    debe poder decirse:
    nil actum reputans, si quid superesset agendum.

    Pero se preguntará: ¿Cuál es
    ese tesoro que pensamos dejar a la posteridad con semejante
    metafísica, depurada por la crítica, y por ella
    también reducida a un estado
    inmutable? En una ligera vista general de esta obra se
    creerá percibir que su utilidad no es
    más que negativa, la de no atrevernos nunca, con la
    razón especulativa, a salir de los límites de la
    experiencia; y en realidad, tal es su primera utilidad.
    Ésta empero se torna pronto en positiva, por cuanto se
    advierte que esos principios, con que la razón
    especulativa se atreve a salir de sus límites, tienen por
    indeclinable consecuencia, en realidad, no una ampliación,
    sino, considerándonos más de cerca, una
    reducción de nuestro uso de la razón: Ya que ellos
    realmente amenazan ampliar descomedidamente los límites de
    la sensibilidad, a que pertenecen propiamente, y suprimir
    así del todo el uso puro (práctico)de la
    razón. Por eso, una crítica que limita la
    sensibilidad, si bien en este sentido es negativa, sin embargo,
    en realidad, como elimina de ese modo al mismo tiempo un
    obstáculo que limita y hasta amenaza aniquilar el uso puro
    práctico, resulta de una utilidad
    positiva, y muy importante, tan pronto como se adquiere la
    convicción de que hay un uso práctico absolutamente
    necesario de la razón pura(el moral), en la
    cual ésta se amplía inevitablemente más
    allá de los límites de la sensibilidad; para ello
    no necesita, es cierto, ayuda alguna de la especulativa, pero sin
    embargo, tiene que estar asegurada contra su reacción,
    para no caer en contradicción consigo misma. Disputar a
    este servicio de la
    crítica su utilidad positiva
    sería tanto como decir que la policía no tiene
    utilidad
    positiva alguna, pues que su ocupación principal no es
    más que poner un freno a las violencias que los ciudadanos
    pueden temer unos de otros, para que cada uno vague a sus asuntos
    en paz y seguridad. Que
    espacio y tiempo son sólo formas de la intuición
    sensible, y por tanto sólo condiciones de la existencia de
    las cosas como fenómenos; que nosotros, además, no
    tenemos conceptos del entendimiento y, por tanto, tampoco
    elementos para el
    conocimiento de las cosas, sino en cuanto a esos conceptos
    puede serles dada una intuición correspondiente; que
    consiguientemente nosotros no podemos tener conocimiento de un
    objeto como cosa en sí misma, sino sólo en cuanto
    la cosa es objeto de la intuición sensible, es decir, como
    fenómeno; todo esto queda demostrado en la parte
    analítica de la crítica. De donde se sigue, desde
    luego, la limitación de todo posible conocimiento
    especulativo de la razón a los meros objetos de la
    experiencia.

    Sin embargo, y esto debe notarse bien, queda
    siempre la reserva de que esos mismos objetos, como cosas en
    sí, aunque no podemos conocerlos, podamos al menos
    pensarlos. Pues si no, seguiríase la proposición
    absurda de que habría fenómeno sin algo que
    aparece. Ahora bien, vamos a admitir que no se hubiere hecho la
    distinción, que nuestra crítica ha considerado
    necesaria, entre las cosas como objetos de la experiencia y esas
    mismas cosas como cosas en sí. Entonces el principio de la
    causalidad y por tanto el mecanismo de una naturaleza en la
    determinación de la misma, tendría que valer para
    todas las cosas en general como causas eficientes. Por lo tanto,
    de uno y el mismo ser, v. gr. del alma humana, no podría
    yo decir que su voluntad es libre y que al mismo tiempo, sin
    embargo, está sometida a la necesidad natural, es decir,
    que no es libre, sin caer en una contradicción manifiesta;
    Porque habría tomado el alma, en ambas proposiciones, en
    una y la misma significación, a saber, como cosa en
    general (como cosa en sí misma). Y, sin previa
    crítica, no podría tampoco hacer de otro modo. Pero
    si la crítica no ha errado, enseñando a tomar el
    objeto en dos significaciones, a saber, como fenómeno y
    como cosa en sí misma; si la deducción de sus
    conceptos del entendimiento es exacta y por tanto el principio de
    la causalidad se refiere sólo a las cosas tomadas en el
    primer sentido, es decir, a objetos de la experiencia, sin que
    estas cosas en su segunda significación le estén
    sometidas; entonces, una y la misma voluntad es pensada, en el
    fenómeno (las acciones
    visibles), como necesariamente conforme a la ley de la
    naturaleza y en este sentido como no libre, y sin embargo, por
    otra parte, en cuanto pertenece a una cosa en sí misma,
    como no sometida a esa ley y por tanto
    como libre, sin que aquí se cometa contradicción.
    Ahora bien, aunque mi alma, considerada en este último
    aspecto, no la puedo conocer por razón especulativa (y
    menos aún por la observación empírica), ni por tanto
    puedo tampoco conocer la libertad, como
    propiedad de
    un ser a quien atribuyo efectos en el mundo sensible, porque
    tendría que conocer ese ser como determinado según
    su existencia, y, sin embargo, no en el tiempo (cosa imposible,
    pues no puedo poner intuición alguna bajo mi concepto),
    sin embargo, puedo pensar la libertad, es
    decir, que la representación de ésta no encierra
    contradicción alguna, si son ciertas nuestra
    distinción crítica de ambos modos de
    representación (el sensible y el intelectual) y la
    limitación consiguiente de los conceptos puros del
    entendimiento y por tanto de los principios que de ellos
    dimanan.

    Ahora bien, supongamos que la moral
    presupone necesariamente la libertad (en
    el sentido más estricto) como propiedad de
    nuestra voluntad, porque alega a priori principios que
    residen originariamente en nuestra razón, como datos de
    ésta, y que serían absolutamente imposibles sin la
    suposición de la libertad;
    supongamos que la razón especulativa haya demostrado, sin
    embargo, que la libertad no se
    puede pensar en modo alguno, entonces necesariamente aquella
    presuposición, es decir, la moral,
    debería ceder ante ésta, cuyo contrario encierra
    una contradicción manifiesta y por consiguiente la
    libertad y con ella la moralidad (pues su contrario no encierra
    contradicción alguna, a no ser que se haya ya presupuesto la
    libertad) deberían dejar el sitio al mecanismo natural.
    Mas para la moral no
    necesito más sino que la libertad no se contradiga a
    sí misma y que, por tanto, al menos sea pensable, sin
    necesidad de penetrarla más, y que no ponga pues
    obstáculo alguno al mecanismo natural de una y la misma
    acción (tomada en otra relación); resulta, pues,
    que la teoría
    de la moralidad mantiene su puesto y la teoría
    de la naturaleza el suyo, cosa que no hubiera podido ocurrir si
    la crítica no nos hubiera previamente enseñado
    nuestra inevitable ignorancia respecto de las cosas en sí
    mismas y no hubiera limitado a meros fenómenos lo que
    podemos conocer teóricamente. Esta misma
    explicación de la utilidad positiva de los principios
    críticos de la razón pura, puede hacerse con
    respecto al concepto de Dios y de la naturaleza simple de nuestra
    alma. La omito, sin embargo, en consideración a la
    brevedad. Así pues, no puedo siquiera admitir a Dios, la
    libertad y la inmortalidad para el uso práctico necesario
    de mi razón, como no cercene al mismo tiempo a la
    razón especulativa su pretensión de conocimientos
    trascendentes. Porque ésta para llegar a tales
    conocimientos, tiene que servirse de principios que no alcanzan
    en realidad más que a objetos de la experiencia posible, y
    por tanto, cuando son aplicados, sin embargo, a lo que no puede
    ser objeto de la experiencia, lo transforman realmente siempre en
    fenómeno y declaran así imposible toda
    ampliación práctica de la razón pura. Tuve
    pues que anular el saber, para reservar un sitio a la fe; y el
    dogmatismo de la metafísica, es decir, el prejuicio de que
    puede avanzarse en metafísica sin crítica de la
    razón pura, es la verdadera fuente de todo descreimiento
    opuesto a la moralidad, que siempre es muy
    dogmático.

    Así pues, no siendo difícil, con una
    metafísica sistemática, compuesta según la
    pauta señalada por la crítica de la razón
    pura, dejar un legado a la posteridad, no es éste un
    presente poco estimable. Basta comparar lo que es la cultura de la
    razón mediante la marcha segura de una ciencia, con el
    tanteo sin fundamento y el vagabundeo superficial de la misma sin
    crítica; o advertir también cuánto mejor
    empleará aquí su tiempo una juventud
    deseosa de saber, que el dogmatismo corriente, que inspira tan
    tempranos y poderosos alientos, ya para sutilizar
    cómodamente sobre cosas de que no entiende nada y en las
    que no puede, como no puede nadie en el mundo, conocer nada, ya
    para acabar inventando nuevos pensamientos y opiniones, sin
    cuidarse de aprender ciencias
    sólidas. Pero sobre todo se reconocerá el valor de la
    crítica, sise tiene en cuenta la inapreciable ventaja de
    poner un término, para todo el porvenir, a los ataques
    contra la moralidad y la religión, de un modo
    socrático, es decir, por medio de la prueba clara de la
    ignorancia de los adversarios. Pues alguna metafísica ha
    habido siempre en el mundo y habrá de haber en adelante;
    pero con ella también surgirá una dialéctica
    de la razón pura, pues es natural a ésta. Es pues
    el primer y más importante asunto de la filosofía,
    quitarle todo influjo perjudicial, de una vez para siempre,
    cegando la fuente de los errores.

    Tras esta variación importante en el campo
    de las ciencias y la pérdida que de sus posesiones, hasta
    aquí imaginadas, tiene que soportar la razón
    especulativa, todo lo que toca al interés
    universal humano y a la utilidad que el mundo ha sacado hasta hoy
    de las enseñanzas de la razón pura, sigue en el
    mismo provechoso estado en que
    estuvo siempre. La pérdida alcanza sólo al monopolio de
    las escuelas, pero de ningún modo al interés de
    los hombres. Yo pregunto al dogmático más
    inflexible si la prueba de la duración de nuestra alma
    después de la muerte, por
    la simplicidad de la sustancia; sí la de la libertad de la
    voluntad contra el mecanismo universal, por las sutiles, bien que
    impotentes distinciones entre necesidad práctica subjetiva
    y objetiva; si la de la existencia de Dios por el concepto de un
    ente realismo (de
    la contingencia de lo mudable y de la necesidad de un primer
    motor) han
    llegado jamás al público, después de salir
    de las escuelas y han tenido la menor influencia en la
    convicción de las gentes. Y si esto no ha ocurrido, ni
    puede tampoco esperarse nunca, por lo inadecuado que es el
    entendimiento ordinario del hombre para
    tan sutil especulación; si, en cambio, en lo que se
    refiere al alma, la disposición que todo hombre nota en
    su naturaleza, de no poder nunca
    satisfacerse con lo temporal (como insuficiente para las
    disposiciones de todo su destino) ha tenido por sí sola
    que dar nacimiento a la esperanza de una vida futura; si en lo
    que se refiere a la libertad, la mera presentación clara
    de los deberes, en oposición a las pretensiones todas de
    las inclinaciones, ha tenido por sí sola que producir la
    conciencia de la
    libertad; si, finalmente en lo que a Dios se refiere, la
    magnífica ordenación, la belleza y providencia que
    brillan por toda la Naturaleza ha tenido, por sí sola, que
    producirla fe en un sabio y grande creador del mundo,
    convicción que se extiende en el público en cuanto
    descansa en fundamentos racionales; entonces estas posesiones no
    sólo siguen sin ser estorbadas, sino que ganan más
    bien autoridad,
    porque las escuelas aprenden, desde ahora, a no preciarse de
    tener, en un punto que toca al interés
    universal humano, un conocimiento más elevado y amplio que
    el que la gran masa (para nosotros dignísima de respeto) puede
    alcanzar tan fácilmente, y a limitarse por tanto a
    cultivar tan sólo esas pruebas
    universalmente comprensibles y suficientes en el punto de
    consideración moral. La
    variación se refiere, pues, solamente a las arrogantes
    pretensiones de las escuelas, que desean en esto (como hacen con
    razón en otras muchas cosas) se las tenga por
    únicas conocedoras y guardadoras de semejantes verdades,
    de las cuales sólo comunican al público el uso, y
    guardan para sí la clave (quodmecum nescit, solus vult
    scire videri).
    Sin embargo, se ha tenido en cuenta
    aquí una equitativa pretensión del filósofo
    especulativo. Éste sigue siempre siendo el exclusivo
    depositario de una ciencia, útil al público que la
    ignora, a saber, la crítica de la razón, que no
    puede nunca hacerse popular. Pero tampoco necesita serlo; porque,
    así como el pueblo no puede dar entrada en su cabeza como
    verdades útiles, a los bien tejidos
    argumentos, de igual modo nunca llegan a su sentido las
    objeciones contra ellos, no menos sutiles. En cambio, como la
    escuela y
    asimismo todo hombre que se
    eleve a la especulación, cae inevitablemente en argumentos
    y réplicas, está aquella crítica obligada a
    prevenir de una vez para siempre, por medio de una investigación fundamentada de los derechos de la razón
    especulativa, el escándalo que tarde o temprano ha de
    sentir el pueblo, por las discusiones en que los
    metafísicos (y, como tales, también, al fin, los
    sacerdotes)sin crítica se complican irremediablemente y
    que falsean después sus mismas doctrinas. Sólo por
    medio de esta crítica pueden cortarse de raíz el
    materialismo,
    el fatalismo, el ateísmo, el descreimiento de los
    librepensadores, el misticismo y la superstición, que
    pueden ser universalmente dañinos; finalmente
    también el idealismo y el
    escepticismo, que son peligros más para las escuelas y que
    no pueden fácilmente llegar al público. Si los
    gobiernos encuentran oportuno el ocuparse de los negocios de
    los sabios, lo más conforme a su solícita
    presidencia sería, para las ciencias como para los
    hombres, favorecer la libertad de una crítica semejante,
    única que puede dar a las construcciones de la
    razón un suelo firme, que
    sostener el ridículo despotismo de las escuelas que
    levantan una gran gritería sobre los peligros
    públicos, cuando se rasgan sus telarañas, que el
    público sin embargo, jamás ha conocido y cuya
    pérdida por lo tanto no puede nunca
    sentir.

    La crítica no se opone al proceder
    dogmático de la razón en su conocimiento puro como
    ciencia (pues ésta ha de ser siempre dogmática, es
    decir, estrictamente demostrativa por principios a priori,
    seguros), sino
    al dogmatismo, es decir, a la pretensión de salir adelante
    sólo con un conocimiento puro por conceptos (el
    filosófico), según principios tales como la
    razón tiene en uso desde hace tiempo, sin informarse del
    modo y del derecho con que llega a ellos. Dogmatismo es, pues, el
    proceder dogmático de la razón pura, sin previa
    crítica de su propia facultad. Esta oposición, por
    lo tanto, no ha de favorecerla superficialidad charlatana que se
    otorga el pretencioso nombre de ciencia popular, ni al
    escepticismo, que despacha la metafísica toda en un
    proceso
    sumario. La crítica es más bien el arreglo previo
    necesario para el fomento de una bien fundada metafísica,
    como ciencia, que ha de ser desarrollada, por fuerza,
    dogmáticamente, y según la exigencia estricta,
    sistemáticamente, y, por lo tanto, conforme a escuela (no
    popularmente). Exigir esto a la crítica es imprescindible,
    ya que se obliga a llevar su asunto completamente a
    priori,
    por tanto a entera satisfacción de la
    razón especulativa. En el desarrollo de
    ese plan, que la
    crítica prescribe, es decir, en el futuro sistema de la
    metafísica, debemos, pues, seguir el severo método del
    famoso Wolf, el más grande de todos los filósofos dogmáticos, que dio el
    primero el ejemplo (y así creó el espíritu
    de solidez científica, aún vivo en Alemania)de
    cómo, estableciendo regularmente los principios,
    determinando claramente los conceptos, administrando severamente
    las demostraciones y evitando audaces saltos en las
    consecuencias, puede emprenderse la marcha segura de una ciencia.
    Y por eso mismo fuera él superiormente hábil para
    poner en esa situación una ciencia como la
    metafísica, si se le hubiera ocurrido prepararse el campo
    previamente por medio de una crítica del órgano, es
    decir, de la razón pura misma: defecto que no hay que
    atribuir tanto a él como al modo de pensar
    dogmático de su tiempo y sobre el cual los filósofos de éste, como de los
    anteriores tiempos, nada tienen que echarse en cara. Los que
    rechacen su modo de enseñar y al mismo tiempo
    también el proceder de la crítica de la
    razón pura, no pueden proponerse otra cosa que rechazar
    las trabas de la Ciencia, transformar el trabajo en
    juego, la
    certeza en opinión y la filosofía en
    filodoxia.

    Por lo que se refiere a esta segunda
    edición, no he querido, como es justo, dejar pasar la
    ocasión, sin corregir en lo posible las dificultades u
    oscuridades de donde puede haber surgido más de una mala
    interpretación que hombres penetrantes, quizá no
    sin culpa mía, han encontrado al juzgar este libro. En las
    proposiciones mismas y sus pruebas,
    así como en la forma e integridad del plan, nada he
    encontrado que cambiar; cosa que atribuyo en parte al largo
    examena que los he sometido antes de presentar este libro al
    público, y en parte también a la constitución de la cosa misma, es decir, a
    la naturaleza de una razón pura especulativa, que tiene
    una verdadera estructura,
    donde todo es órgano, es decir, donde todos están
    para uno y cada uno para todos y donde, por tanto, toda debilidad
    por pequeña que sea, falta (error) o defecto, tiene que
    advertirse imprescindiblemente en el uso. Con esta inmutabilidad
    se afirmará también, según espero, este
    sistema en
    adelante. Esta confianza la justifica no la presunción,
    sino la evidencia que produce el experimento, por la igualdad del
    resultado cuando partimos de los elementos mínimos hasta
    llegar al todo de la razón pura y cuando retrocedemos del
    todo (pues éste también es dado por sí
    mediante el propósito final en lo práctico) a cada
    parte, ya que el ensayo de
    variar aun sólo la parte más pequeña,
    introduce enseguida contradicciones no sólo en el sistema, sino en
    la razón universal humana.

    Pero en la exposición hay aún mucho
    que hacer y he intentado en esta edición correcciones que
    han de poner remedio a la mala inteligencia
    de la estética (sobre todo en el concepto del tiempo), a
    la oscuridad de la deducción de los conceptos del
    entendimiento, al supuesto defecto de suficiente evidencia en las
    pruebas de los
    principios del entendimiento puro, y finalmente a la mala
    interpretación de los paralogismos que preceden a la
    psicología
    racional. Hasta aquí (es decir, hasta el final del
    capítulo primero de la dialéctica trascendental) y
    no más, extiéndense los cambios introducidos en el
    modo de exposición, porque el tiempo me venía corto
    y, en lo que quedaba por revisar, no han incurrido en ninguna
    mala inteligencia
    quienes han examinado la obra con conocimiento del asunto y con
    imparcialidad. Éstos, aunque no puedo nombrarlos
    aquí con las alabanzas a que son acreedores,
    notarán por sí mismos en los respectivos lugares,
    la consideración conque he escuchado sus observaciones.
    Esa corrección ha sido causa empero de una pequeña
    pérdida para el lector, y no había medio de
    evitarla, sin hacer el libro
    demasiado voluminoso. Consiste en que varias cosas que, sin bien
    no pertenecen esencialmente a la integridad del todo, pudiera,
    sin embargo, más de un lector echarlas de menos con
    disgusto, porque pueden ser útiles en otro sentido, han
    tenido que ser suprimidas o compendiadas, para dar lugar a esta
    exposición, más comprensible ahora, según yo
    espero. En el fondo, con respecto a las proposiciones e incluso a
    sus pruebas, esta
    exposición no varía absolutamente nada. Pero en el
    método de
    presentarlas, apártase de vez en cuando de la anterior de
    tal modo, que no podía llevar a cabo por medio de nuevas
    adiciones. Esta pequeña pérdida que puede
    además subsanarse, cuando se quiera, con sólo
    cotejar esta edición con la primera queda compensada con
    creces, según yo espero, por la mayor comprensibilidad de
    ésta.

    He notado, con alegría, en varios escritos
    públicos(ora con ocasión de dar cuenta de algunos
    libros, ora en
    tratados
    particulares), que el espíritu de profundidad no ha muerto
    en Alemania. La
    gritería de la nueva moda, que
    practica una genialoide libertad en el pensar, lo ha acallado tan
    sólo por poco tiempo, y los espinosos senderos de la
    crítica, que conducen a una ciencia de la razón
    pura, ciencia de escuela, pero
    sólo así duradera y por ende altamente necesaria,
    no han impedido a valerosos clarividentes ingenios,
    adueñarse de ella. A estos hombres de mérito, que
    unen felizmente a la profundidad del conocimiento el talento de
    una exposición luminosa(talento de que yo precisamente
    carezco), abandono la tarea de acabar mi trabajo, que en ese
    respecto puede todavía dejar aquí o allá
    algo que desear; pues el peligro, en este caso, no es el de ser
    refutado, sino el de no ser comprendido. Por mi parte no puedo de
    aquí en adelante entrar en discusiones, aunque
    atenderé con sumo cuidado todas las indicaciones de amigos
    y de enemigos, para utilizarlas en el futuro desarrollo del
    sistema, conforme a esta propedéutica.

    Cógenme estos trabajos en edad bastante
    avanzada(en este mes cumplo sesenta y cuatro años); y si
    quiero realizar mi propósito, que es publicar la
    metafísica de la naturaleza y la de la moralidad, como
    confirmación de la exactitud de la crítica de la
    razón especulativa y la de la práctica, he de
    emplear mi tiempo con economía, y
    confiarme, tanto para la aclaración de las oscuridades,
    inevitables al principio en esta obra, como para la defensa del
    todo, a los distinguidos ingenios, que se han compenetrado con mi
    labor. Todo discurso
    filosófico puede ser herido en algún sitio aislado
    (pues no puede presentarse tan acorazado como el discurso
    matemático); pero la estructura de
    sistema, considerada en unidad, no corre con ello el menor
    peligro, y abarcarla con la mirada, cuando el sistema es nuevo,
    es cosa para la cual hay pocos que tengan la aptitud del
    espíritu y, menos aún, que posean el gusto de
    usarla, porque toda innovación les incomoda. También,
    cuando se arrancan trozos aislados y se separan del conjunto,
    para compararlos después unos con otros, pueden
    descubrirse en todo escrito, y más aún si se
    desarrolla en libre discurso,
    contradicciones aparentes, que a los ojos de quien se
    confía al juicio de otros, lanzan una luz muy
    desfavorable sobre el libro.

    Pero quien se haya adueñado de la idea del
    todo, podrá resolverlas muy fácilmente. Cuando una
    teoría
    tiene consistencia, las acciones y
    reacciones que al principio la amenazaban con grandes peligros,
    sirven, con el tiempo, sólo para aplanar sus asperezas y
    si hombres de imparcialidad, conocimiento y verdadera popularidad
    se ocupan de ella, proporciónanle también en poco
    tiempo la necesaria elegancia.

    Kant: Crítica de la razón
    pura.
    Ed.Porrúa. México.

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