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El bastardo de Marx Las hijas y el hijo ilegítimo de Karl Marx – Una novela documental




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El bastardo de Marx Las hijas y el hijo ilegítimo de Karl Marx – Una novela documental - Monografias.com

El bastardo de Marx Las hijas y el hijo ilegítimo de Karl Marx – Una novela documental

Karl Marx fue un personaje histórico fascinante, y su vida estuvo llena de lucha revolucionaria, erudición, creación teórica y conflictos personales. No puede ponerse en duda que el carácter y las circunstancias vitales influyen en los pensamientos y las creencias, y el caso de Marx no iba a ser distinto. En este libro, con el pretexto de la existencia de un hijo ilegítimo que Marx tuvo con su criada, Helene Demuth, por boca de tres personas cercanas se narran los acontecimientos más importantes de la vida de la familia y de los amigos más íntimos, a la vez que se efectúa un retrato de los protagonistas. También se incluyen documentos importantes sobre ellos que ilustran la narración: cartas, artículos, etc.

A pesar de sus deseos de vivir como un aristócrata, con grandes lujos, sin trabajar y dedicado a la redacción de escritos y a la organización de grupos revolucionarios, el adalid del proletariado llevó una existencia muy difícil durante largos años, y varios de sus hijos murieron siendo pequeños por culpa de su mala situación económica. De las tres hijas que llegaron a la edad adulta, una murió con treinta y nueve años por un cáncer de vejiga, otra se suicidó con cuarenta y tres, y la tercera se suicidó cuando tenía sesenta y seis. Con ellas se extinguió el apellido Marx de la familia, ya que el único varón que sobrevivió a la niñez fue Freddy, el hijo no reconocido que tuvo con Helene Demuth, la criada, el bastardo de Marx, que da título a este libro.

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Se acerca el momento, pero antes debo dejar todo por escrito y no olvidar nada. La posteridad tiene derecho a saberlo todo. De paso, lo que redacte ayudará a aclarar posibles malentendidos. Yo, Jenny Julia Eleanor Marx, habitualmente llamada por mi tercer nombre y conocida por mis familiares y amigos íntimos como "Tussy", en plenitud de facultades -o al menos hasta el punto en que me lo permiten los dolores que los sentimientos me infligen- decido voluntariamente acabar con mi vida a la edad de cuarenta y tres años, para evitar seguir padeciendo por culpa de este débil carácter mío, azotado por los vaivenes de la vida que no soy capaz de soportar y por los chantajes emocionales a los que mi querido y enfermo Edward[1]me somete. No, no me refiero a que tenga alguna dolencia; yo me ocupé de cuidarle bien para que sanara de la fuerte gripe que pasó en invierno, si bien es cierto que ahora se encuentra convaleciente de la operación del riñón. No, su principal enfermedad no es física. Su enfermedad ha sido siempre moral y se ha ido acentuando con los años, a medida que ha ido perdiendo la poca bondad que podía conllevar la juventud para una mente retorcida desde el mismo momento de nacer. Quiero suponer que en el fondo no quiere hacerme daño porque me ama, aunque sólo sea en un pequeño rincón de su malvado corazón. Es más bien que no puede actuar de otro modo: ya decía Sócrates hace más de dos mil años que quien obra mal es en realidad un ignorante, porque si conociera la bondad y todo lo que implica no podría sino actuar bien.

Edward, de alguna manera, debe de haber hecho suya esa forma de ser; habrá corroído su interior, se habrá hecho dueña de la parte del cuerpo que se ocupa de los sentimientos. Y por eso se porta así conmigo, por eso me hace sufrir. Por eso mismo pone esa cara de arrogante indiferencia cuando necesita que lo cuide, y se comporta como una hiena cuando está sano, se encuentra con fuerzas y quiere humillarme. Por esa razón amenazó con hacer público el asunto de Freddy[2]si no le daba parte del dinero que me quedaba de la herencia de Engels, el General[3]Cuando éste me dijo quién es el verdadero padre de Freddy creí morir; fue el golpe más duro de mi vida. De repente, mi querido padre, que para mí ocupaba el más alto de los pedestales, cayó para ponerse al mismo nivel del resto de los mortales, con todas sus miserias morales. Me desahogué contando el asunto a Edward, quien con gusto me ofreció su hombro para que yo llorase. Pero luego se aprovechó, y en el momento más oportuno me amenazó con contárselo a todo el mundo si yo no le daba lo que me quedaba de la herencia del General. Y claro que tuve que dárselo. No podía permitir la total y pública deshonra que supondría que los miembros del partido, nuestros enemigos y el mundo entero supieran que Karl Marx era el padre de Freddy Demuth, que tuvo un hijo ilegítimo con Helen y que Engels accedió a cargar con la paternidad para salvar las apariencias. No, ese deshonor sería insoportable para mí y para nuestra familia, y dañaría irremisiblemente nuestra imagen y la del partido, ya que todo el mundo sabría que mi padre, además de ser infiel a mi madre, obró de forma miserable. Así que tuve que ceder al chantaje y darle el dinero que me exigía.

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Eleanor Marx

Seguramente también porque es un enfermo moral pidió dinero prestado a Freddy, y en lugar de devolvérselo le ha ido ofreciendo vagas excusas e incluso ha vuelto a exigirle más y le trata desconsideradamente. Por eso se porta así con todos de los que puede obtener algún provecho, del tipo que sea.

Han sido muchos años de convivencia desde aquel día de 1885 en que decidí irme a vivir con él, después de un tiempo de relación que siempre escondí a mi dear daddy mientras estuvo con vida. Cuando yo era más ingenua de lo que soy ahora quedé deslumbrada por su impecable aspecto de hombre de mundo, su amor hacia el teatro, sus escritos científicos, su brillante oratoria y su aureola de librepensador. Además, siempre habló bien de mi padre y ayudó a traducir El Capital al inglés. Ahora que lo pienso, debo reconocer que también me atrajo que fuera un mujeriego. Es curioso cómo muchas se sienten atraídas por ese tipo de hombres, sin importarles ser engañadas debido a su irresistible atracción hacia otras mujeres. Debe de tener alguna relación con nuestro carácter animal, porque por lo demás no tiene ningún sentido lógico. No me importó que estuviera casado y que su mujer -Bell- no quisiera concederle el divorcio. Simplemente lo consideré mi esposo a todos los efectos, sin necesidad de documentos que aprobaran nuestra relación. Y por supuesto tampoco me importó lo que la gente pensara de mí. Al contrario, siempre quise dar ejemplo como mujer liberada que soy.

Desde el principio le fui perdonando sus faltas; algunas eran pequeños detalles, otras no tanto. Por ejemplo, eso de que me mintiera diciendo que tenía antepasados franceses e irlandeses -siempre admiré a los revolucionarios franceses y a los irlandeses que luchan por su independencia de Inglaterra- fue una minucia; pero no lo fue que robara en varias ocasiones el dinero de nuestros camaradas, como hizo durante nuestro viaje por los Estados Unidos.

El General siempre le defendió de las acusaciones que lanzaban contra él. Pero debió ser el único, o uno de los pocos, a quienes gustaba, hasta el extremo de que nunca se dio cuenta de que sus amistades dejaron de asistir a sus reuniones para no coincidir con Edward. Para la inmensa mayoría no es más que un granuja que sólo intenta aprovecharse de los hombres pidiéndoles dinero y de las mujeres poseyendo su cuerpo. El General es uno de los pocos con quien no se ha portado como un miserable -no sé si por honradez o por interés propio-, y cuando murió le dedicó un bonito obituario, que ha sido una de las pocas muestras de bondad que ha demostrado en los últimos años.

Es curioso ver cómo Edward logra conquistar a casi todas las mujeres con las que entabla relación. Y es que su forma de hablar y sus modales compensan con creces su notable fealdad, y precisamente esa fealdad le convierte en más atractivo porque induce a creer en una inmensa belleza interior y en un sinfín de cualidades como hombre. Por eso se ha dicho de él que no necesita más que una ventaja de media hora sobre el hombre más guapo de Londres para conquistar a cualquier mujer.

Reconozco que nunca pude soportar sus infidelidades, sus affairs. Se aprovechaba de que no estábamos casados, de que el nuestro era un common-law marriage, e insistía en que éramos libres de tener relaciones con otras personas, puesto que éramos dos antiburgueses sin prejuicios. Yo no podía lidiar con eso, pero él siempre se salía con la suya y a mis enfados contestaba con indiferencia o -aun peor- con sus terribles silencios acompañados de esa mirada acusadora tan característica suya. Bien dicen que una imagen vale más que mil palabras. A Edward no le hacía falta decir nada; le bastaba con mirarme para vencerme. Sabía que contaba con esa ventaja, y de ella se aprovechó siempre que le convino.

Si lo pensamos fríamente, con la objetividad propia del materialismo dialéctico de la que habla el General en sus libros, no sé por qué he aguantado tanto tiempo a su lado. Es posible que la explicación sea que dependí emocionalmente del Moro[4]-un padre autoritario- mientras estuvo vivo, y que, una vez muerto él, ante mi incapacidad para llevar una vida independiente, tuve que aferrarme a otra persona que le sustituyera. Con esto no quiero decir que Edward se parezca a mi padre, pero sí es posible que para mí haya sido un sustituto suyo. Soy materialista y no creo mucho en esas cosas, pero he leído algo sobre un filósofo alemán, un tal Hartmann, y sobre dos médicos vieneses, Breuer y Freud, que hablan sobre la parte inconsciente de nuestra mente y todo lo que hacemos de forma involuntaria, sin querer.

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Edward Aveling

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Todo lo que llevo dicho lo tenía yo asumido como parte de su terrible carácter; incluso que me abandonara a finales de agosto del año pasado. Cogió todo el dinero y los objetos de valor que pudo y se marchó dejándome en la peor de las situaciones, tanto económica como emocional. Ya había dado muestras de infidelidad, pero ese acto fue demasiado incluso para él. Se limitó a decirme que no intentara averiguar su paradero bajo ninguna circunstancia, que no intentara comunicarme con él, y que si quería decirle algo importante lo hiciera a través de un actor con el sobrenombre de "M". Y yo, como tonta que soy, hice todo lo posible porque Freddy tuviera noticias suyas por medio del tal "M" y para que le convenciera de volver a mi lado.

De: Eleanor Marx

A: Freddy Demuth

El Nido, 30 de agosto de 1897

Querido Freddy:

¡Por supuesto, tampoco he recibido ni una línea esta mañana! ¿Cómo puedo agradecerte toda tu bondad y atención hacia mí? Pero, en realidad, te doy las gracias desde lo más hondo de mi corazón. Escribí una vez más a Edward esta mañana. No hay duda de que es un síntoma de debilidad, pero una no puede olvidar catorce años de vida de un plumazo. Creo que cualquiera con el más mínimo sentido del honor, por no hablar de sentimientos de bondad y gratitud, contestaría a la carta. ¿Lo hará? Mucho me temo que no.

Mientras tanto, veo que "M" actúa esta noche en el Teatro "G". Si Edward está en Londres, seguro que irá allí; pero tú no puedes ir, y yo creo que no podré hacerlo (…)

Mañana por la tarde tiene lugar el evento de "S". Lamento transmitirte todos estos problemas, pero ¿podrías ir tú? Se reúnen a las 8 en punto y se quedarán hasta las 10, así que si vas sobre las 9 o las 9:30, podrás averiguar de qué han hablado. Podrías preguntar si él se ha pasado por allí. Entonces lo sabrías, en cualquier caso. Si él está allí, podrías ponerte a su lado -delante de otras personas no podrá rehuirte- y esperarle hasta que la reunión haya terminado. Después ve con él, y di que me habías dicho que tú ibas a asistir y que has llegado tarde por culpa del trabajo (...)

Entonces él tendrá que decirte si no va a venir -y tú tendrás oportunidad de hablar con él- o si va a venir. No creo que sea muy probable; pero, de cualquier modo, espero que vayas a la reunión y averigües si él está allí.

Siempre tuya

Tussy

Edward estuvo ausente del Nido[5]todo el tiempo que quiso, y luego volvió también cuando le vino en gana, pero no con las orejas gachas, sino con toda la arrogancia de que sólo él es capaz. Y regresó -lo sé bien- porque ya se sentía enfermo, porque vaticinaba la terrible enfermedad que iba a padecer. Volvió sin previo aviso ni más explicación que unas líneas escritas. Pero tuvo el descaro de no decir nada al llegar. Incluso esperaba que le ofreciera una cálida bienvenida y que yo diera las explicaciones. Porque lo cierto es que se sintió ofendido -o al menos eso dio a entender con su actitud- al preguntarle los motivos de su conducta.

De: Eleanor Marx

A: Freddy Demuth

1 de septiembre de 1897

Querido Freddy:

Esta mañana he recibido una nota que dice "Vuelvo. Estaré en casa mañana" (es decir, hoy). Después un telegrama "En casa definitivamente, 1:30".

Me encontraba trabajando, porque incluso con el corazón roto tenemos que trabajar -en mi habitación-, y Edward pareció sorprendido y bastante "ofendido" por no arrojarme en sus brazos. Hasta ahora no se ha disculpado ni me ha dado ninguna explicación. Yo -tras esperar que comenzara él- dije que se debe tener en cuenta la situación, y que nunca olvidaré el trato que he recibido. Él no dijo nada. Dije que tú tal vez vinieras por aquí, y si puedes, ven mañana o cualquier tarde de esta semana; confío en que lo harás. Estaría bien que tuviera que enfrentarse a ti en mi presencia, y a mí en la tuya. Así que, si puedes, ven mañana. Si no, hazme saber cuándo podrás.

Querido Freddy, ¡cómo podré agradecértelo! Te estoy muy, muy agradecida. Cuando te vea, te diré lo que dijo "C".

Siempre mi querido Freddy

Tu Tussy

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Eleanor Marx

Su única respuesta fue la indiferencia. Tuvo la poca vergüenza de sentirse ofendido y de ignorarme ante la ausencia de una disculpa por mi parte. ¡Como si yo hubiera tenido la culpa de todo! Ante su silencio, le insistí, y esa misma noche tuvimos una fuerte discusión; breve, pero bastante subida de tono. Dejando a un lado el aspecto sentimental y pasando al más práctico, se gastó todo lo que se había llevado. ¡Todo! Y para colmo me hizo el peor de los chantajes: me dijo que se quedaría conmigo sólo si le daba el resto de la herencia de Engels. Y yo, como tonta, accedí porque le necesitaba a mi lado, porque dependía de él emocionalmente, y él lo sabía bien. Y accedí también a la condición de que gozaría de total libertad para ir donde quisiera y con quien quisiera.

De: Eleanor Marx

A: Freddy Demuth

2 de septiembre de 1897

Querido Freddy:

Ven esta tarde, si puedes. Es para mí una vergüenza comprometerte, pero me encuentro muy sola y estoy afrontando la más horrible de las situaciones: ruina total; todo, hasta el último penique, es decir, desgracia completa. Es horrible; peor de lo que podía imaginarme. Y quiero consultarlo con alguien. Sé que debo ser yo quien decida finalmente y asumir la responsabilidad; pero algún pequeño consejo y una amistosa ayuda sería de gran valor. Así que, mi queridísimo Freddy, ven aquí. Estoy desconsolada.

Tu Tussy

Después, en noviembre, sufrió un ataque de gripe y aquí le tuve, cuidándole como si fuera su fiel esposa; tal vez con la ilusión de serlo en esos momentos. La enfermedad le golpeó muy fuerte. Sufrió una fiebre muy alta durante muchos días y se quedó tremendamente débil y delgado, prácticamente en los huesos, hasta el extremo de que los médicos dijeron que el más leve resfriado sería fatal para él. A comienzos de enero le pagué un viaje a Hastings en busca de un mejor clima para su salud. Pero su actitud hacia mí no cambiaba, a pesar de todos mis desvelos. ¿Cómo se puede ser tan ingrato?

De: Eleanor Marx

A: Laura Marx

El Nido, 8 de enero de 1898

(…) Edward está mejor (…) El día después de escribirte el médico me dijo que podría empeorar en cualquier momento, y que llegaría el momento de comunicárselo a sus familiares (…)

Está mejor, pero aún está terriblemente débil y muy demacrado. Se ha quedado en los huesos, tan sólo tiene piel y huesos. Los médicos dicen que el más leve resfriado podría ser fatal

De: Eleanor Marx

A: Freddy Demuth

El Nido, 13 de enero de 1898

Mi querido Freddy:

Estábamos muy tristes por no verte, y más sabiendo que estabas enfermo. Sí, a veces, igual que tú, tengo la impresión de que nada nos va bien. Me refiero a ti y a mí. Por supuesto, la pobre Jenny tuvo su buena ración de pena y dolor, y Laura perdió los niños que tuvo. Pero Jenny fue lo bastante afortunada para morir, y aunque eso fue muy triste para sus hijos, a veces creo que para ella fue una suerte. No me hubiera gustado que Jenny tuviera que vivir lo que estamos pasando ahora. No creo que tú y yo seamos personas malvadas; y sin embargo, querido Freddy, parece como si recibiéramos todos los castigos. ¿Cuándo podrás venir? ¿No este domingo, pero sí el siguiente? ¿O durante la semana? Quiero verte. Edward está mejor, pero muy, muy débil.

Tu Tussy

Se puso enfermo, le cuidé y le pagué un viaje por el bien de su salud. A finales de enero volvió a casa del balneario, pero su antigua enfermedad renal se manifestó en forma de tumor y nos dijeron que era necesario operarle. A pesar de todos mis cuidados y apoyo, se siguió mostrando brutalmente egoísta. Es para mí una suerte tener a Freddy; aunque a veces no pueda ayudarme directamente, al hablar con él me desahogo y sus palabras me sirven de consuelo.

De: Eleanor

A: Freddy Demuth

3 de febrero de 1898

Estoy contenta de que te encuentres un poco mejor. Deseo que estés lo suficientemente bien para venir y estar conmigo desde el sábado hasta el lunes, o al menos hasta el domingo por la noche. Es brutalmente egoísta, lo sé; pero, querido Freddy, tú eres el único amigo con el que puedo ser totalmente sincera, y por eso me encanta verte.

Debo afrontar problemas muy graves, en su mayor parte sin ayuda (porque Edward no ayuda ni siquiera ahora), y apenas sé qué hacer. Todos los días recibo demandas de dinero que tengo que pensar cómo afrontar, además de la operación y todo lo demás, no sé. Creo que es de mala educación compartir contigo los problemas, pero, querido Freddy, tú conoces la situación; y a ti te puedo decir lo que no actualmente no le diría a nadie. Se lo diría a mi querida vieja Nymmy[6]pero, como no la tengo, sólo te tengo a ti. Así que olvida mi egoísmo y ven si puedes.

Edward ha ido hoy a Londres. Va a visitar médicos y a otras cosas. ¡No me permite ir con él! Esto es una pura crueldad, y hay cosas que no quiere contarme. Querido Freddy, tú tienes a tu hijo, pero yo no tengo a nadie; y no tengo nada por lo que valga la pena vivir.

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Edward Aveling

De: Eleanor Marx

A: Freddy Demuth

5 de febrero de 1898

Mi querido Freddy:

Me duele saber que no vas a venir mañana. Siendo justos, déjame decir que Edward no pensaba pedirte dinero de nuevo. No sabes lo enfermo que está. Quería verte porque cree que no te volverá a ver después de la operación.

Querido Freddy, conozco la pureza de tus sentimientos hacia mí y lo que te preocupas por mí. Pero creo que no entiendes todo; yo sólo estoy empezando a hacerlo. Pero veo cada vez con mayor claridad que la maldad es sólo una enfermedad moral, y el moralmente sano (como tú) no está en condiciones de juzgar la condición del moralmente enfermo; igual que la persona físicamente sana difícilmente puede darse cuenta de la condición del físicamente enfermo.

A algunas personas les falta el sentido de la moralidad, igual que otras son sordas, o ven mal, o tienen otra enfermedad. Y estoy empezando a entender que no tenemos más derecho a culpar a una enfermedad que a otra. Debemos probar y curar, y, si la cura no es posible, hacer todo lo que podamos. He aprendido esto por medio de un largo sufrimiento, un sufrimiento de formas que ni siquiera te voy a contar a ti; pero he aprendido, y por eso estoy intentando soportar este problema lo mejor que puedo.

Queridísimo Freddy, no creas que he olvidado lo que Edward te debe (me refiero al dinero; la amistad es incalculable), y por supuesto recibirás lo que te debe. Tienes mi palabra. Espero que Edward ingrese en el hospital la semana próxima. Espero que sea pronto, porque esta espera le está sentando terriblemente. Te haré saber las noticias definitivas, y espero con todo mi corazón que pronto estés mejor.

Tu Tussy

De: Eleanor Marx

A: Freddy Demuth

7 de febrero de 1898

Mi queridísimo Freddy:

Me atrevo a decir que estoy tan preocupada que no fui totalmente clara. Pero no me has entendido y yo estoy demasiado afligida para explicarme. Edward ingresa mañana en el hospital y le operan el miércoles. Hay un dicho francés que dice que entender es perdonar. Tanto sufrimiento me ha enseñado a entender, y por eso ni siquiera necesito perdonar. Sólo puedo amar.

Querido Freddy. Me alojaré muy cerca del hospital, en el 135 de Gower Street, y te informaré de cómo van las cosas.

Tu vieja Tussy

De: Eleanor

A: Freddy Demuth

20 de febrero de 1898

Mi queridísimo Freddy:

Me llevé a Edward a casa el jueves, ya que los médicos pensaron que estaría mejor aquí que en el hospital (¡Vaya un hospital más horrible!), y quieren que vaya a Margate (…) Ya entenderás; de todas formas yo debo seguir con esto y ahora debo hacerme cargo de él. Querido Freddy, no me culpes. Creo que no lo harás porque eres bueno y sincero.

Tu Tussy

De: Eleanor Marx

A: Freddy Demuth

1 de marzo de 1898

Mi queridísimo Freddy:

No creas que no te escribo porque me he olvidado de ti. Es sólo que estoy cansada y a menudo no tengo fuerzas para escribir. No puedo decirte lo contenta que estoy de que no me culpes demasiado, ya que pienso que eres uno de los más grandes y mejores hombres que he conocido.

Son malos tiempos para mí. Creo que hay pocas esperanzas, pero sí hay mucho dolor y sufrimiento. Cómo logramos seguir es todo un misterio para mí. Estoy lista para irme, y lo haría con gusto. Pero mientras quiera ayuda, no tengo más remedio que quedarme.

Lo más bonito, y lo único que me sirve de ayuda, es la amabilidad de todo el mundo. No puedes imaginarte lo buenas que son para mí todas las clases de personas, y la verdad es que no sé por qué.

Y estoy muy orgullosa de que la Federación de Mineros y la Unión de Mineros, como si no hubiera sido retribuida por mi trabajo de traducción en el Congreso Internacional de Mineros (¡fue un trabajo de verdad!) el pasado mes de junio, me hayan enviado un pequeño portafolios y una pluma estilográfica. Me siento avergonzada de aceptar ese regalo, pero no puedo evitar hacerlo. ¡Y la verdad es que me agrada!

Querido Freddy, ¡cómo me gustaría poder verte! Pero supongo que no puede ser precisamente ahora.

Tu Tussy.

De: Eleanor Marx

A: Natalie Liebnecht

1 de marzo de 1898

(…) No conocerías a mi pobre Edward si lo vieras ahora. Está en los huesos y apenas si puede andar unos metros (…) A veces me cuesta saber cómo voy a resistir. No es sólo esta terrible ansiedad, sino las dificultades materiales. Nuestros ingresos conjuntos son muy pequeños y los gastos actuales son enormes: médicos, facturas de la farmacia, sillas de ruedas para salir a pasear, etc., a lo que se añaden los gastos de mantenimiento de la casa; todo ello supone una gran cantidad. Te hablo con tanta franqueza porque sé que lo entenderás.

De: Eleanor Marx

A: Kautsky

20 de febrero de 1898

Me temo que existen muy pocas esperanzas de una recuperación definitiva. Hoy ha andado un poco, apoyado en mi brazo y en un bastón (…) Esta es, como ya puedes suponer, una época de terrible ansiedad en todos los sentidos.

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Eleanor Marx

Todas sus infidelidades y sus menosprecios eran algo habitual para mí, ya estaba acostumbrada, pero lo que no he podido asimilar y ha acabado de hundirme ha sido enterarme de que se casó hace diez meses con una tal Eva Frye, una amateur actress de sólo 22 años. Imagino que no pudo resistir la tentación de añadir una nueva conquista a su larga lista; sin olvidar el hecho de volver a sentirse joven al tener entre sus manos carne fresca, mientras la suya envejece rápidamente. Supongo que se casó porque de lo contrario ella no habría consentido en tener sexo con él, o bien porque ya lo había tenido y la dejó embarazada. Quién sabe. Lo que me duele es que, de ser la verdadera esposa durante trece años -aun sin pasar por el juzgado, ni maldita la falta que me hacía-, me he convertido en la amante. Y además en la amante que está a punto de ser abandonada a pesar de todo lo que ha hecho por su hombre. Me enteré ayer de todo gracias a una carta escrita por la propia Eva en la que le exige que se vaya a vivir con ella, su legítima esposa, y que de paso se lleve el dinero que le corresponda de lo tenido en común conmigo. Cuando fui a informarle sobre la llegada de la carta -y de paso a dejarle bien claro que conozco el embrollo-, con toda la frialdad del mundo me dijo que el asunto no tiene importancia, me acusó de exagerada y se negó a dar más explicaciones. Por la noche me anunció que hoy iría a Londres solo -seguramente a ver a su esposa, a pesar de su mal estado de salud-, y eso ha hecho esta mañana.

De Eleanor

A Olive Schreiner

29 de marzo de 1898

Estoy segura de que Edward me va a abandonar. Lo presiento y sería una completa idiota si no lo supiera. El modo como él me trata, con tanta frialdad, tanta indiferencia, tanta crueldad…

Ser rechazada, ahora sé lo que es. De nada me sirve saberlo y saber que no debería sentirme así, pero me encuentro demasiado débil para poder escapar de todas esas cargas insoportables que nos impone la sociedad. Si en cierta forma logré, en mi vida, escapar de algunas de ellas, de otras en cambio no lo hice antes ni tampoco lo hago ahora. Cuando lo pienso racionalmente, sé que estoy siendo injusta conmigo misma al sentirme así; pero, por más que trato de evitarlo, no puedo, y me avergüenzo de haber sido tratada de esa manera (…)

Cuántas veces estuvimos de acuerdo en que el suicidio era un derecho de cualquier persona que no pudiera o no quisiera vivir. Sabíamos incluso el veneno que utilizaríamos, nada parecido al polvo blanco, el horrible arsénico de Emma Bovary que le provocó una muerte horrorosa y lenta. Queríamos algo rápido, y tú decías que usarías una pistola al borde de un abismo y te darías un tiro en el corazón o en la cabeza, esos dos grandes culpables de todos los sufrimientos humanos, pero yo dije que no. ¿Te acuerdas? Yo dije que quería morir en la cama, preferiblemente con una bonita dormilona blanca, mi color favorito, el color de la inocencia, pero también el color de la nada (…)

Muchas veces estoy casi segura de que él se va a morir. En cierto modo, llego a desearlo. No sé si me puedes entender. Sé que a veces soy insoportablemente egoísta al pensar así, pero a veces casi anhelo que éstos sean sus últimos días. Porque eso, de alguna manera, me da fuerzas para ser paciente y tratar de entenderle y perdonarle. Perdonar su enfermedad moral. Perdonarme. Perdonarnos a los dos

Menos mal que durante todo este tiempo he tenido a mi lado a Freddy, la única persona en quien he podido confiar. Aunque sólo es mi medio hermano -y él ni siquiera lo sabe-, se ha portado como si fuera mi hermano de verdad, como si no hubiera sufrido la terrible injusticia que ha tenido que soportar tantos años. A menudo me pregunto cómo fue posible que mi padre no le aceptara de ningún modo y que el General no quisiera ni verle. A pesar de ser tan buenas personas, cometieron esta terrible injusticia con él. Ahora que lo pienso, en realidad mi padre durmió en una ocasión en la misma casa que Freddy. Fue en 1882, cuando ya había muerto Möhme[7]y el Moro se sentía terriblemente solo. Supongo que buscando compañía, y para saber qué habría sido de su hijo ilegítimo, se informó de dónde vivía y acudió a su casa para charlar con él. Por supuesto, no le reveló el terrible secreto.

De: Eleanor Marx

A: Laura Marx

19 de diciembre de 1890

(…) Freddy se ha portado admirablemente en todos los sentidos, y la irritación de Engels contra él es tan injusta como incomprensible. Supongo que a ninguno de nosotros nos gusta afrontar nuestro pasado, en carne y huesos. Siento que siempre que veo a Freddy es con una sensación de culpa y de haber obrado mal. ¡La vida de ese hombre! Oírla contar supone para mí una gran pena y una vergüenza a la vez (…)

Debe ser verdad eso que dicen de que los grandes hombres tienen grandes defectos. En el fondo no se lo puedo reprochar a ninguno de los dos, en parte porque entiendo lo que les debió preocupar que se pudiera hacer público el asunto -con el duro golpe que eso habría supuesto para el movimiento socialista- y en parte porque pocos son capaces de enfrentarse con las faltas cometidas en el pasado: uno por haber sido infiel a su mujer (mi madre) y el otro por haber consentido el encubrimiento y haber participado en él haciéndose pasar por el padre de Freddy. Conozco bien la historia porque he tenido en mis manos toda la correspondencia de los protagonistas.

Todo comenzó cuando, en agosto de 1850, mi madre viajó a Holanda para pedir ayuda económica al tío de mi padre, Leon Phillips.

De Breve bosquejo de una vida memorable (de Jenny Marx[8]

En agosto de 1850, aunque estaba lejos de sentirme bien, decidí dejar a mi hijo enferme e ir a los Países Bajos para obtener ayuda y consuelo del tío de Karl (…) El tío de Karl estaba muy mal dispuesto debido a los efectos desfavorables de la revolución en sus negocios y los de sus hijos, odiaba la revolución y los revolucionarios y había perdido el sentido del humor. Se negó a prestarme ayuda, pero cuando ya me iba me puso en la mano un regalo para mi hijo menor, y vi que le dolía no estar en situación de darme más (…) Volví a casa con el corazón afligido.

Supongo que el Moro abordó a Lenchen[9]porque se sentía solo, o tal vez fue solamente su apetito viril lo que le llevó a acercarse a ella. Sea como fuere, hubo un affair entre los dos, y lamentablemente para ellos hubo un embarazo que pronto fue imposible de ocultar a mi madre. En marzo de 1851 vino al mundo Franziska, mi hermana, que sólo llegó a vivir un año, y en junio sucedió lo inevitable, el nacimiento del hijo de Helene. Aún me impresiona ver el laconismo de mi madre en sus memorias al referirse al acontecimiento.

A comienzos del verano de 1851 ocurrió algo de lo que no volveré a hablar, pero que aumentó en gran medida nuestras preocupaciones privadas y públicas.

Por supuesto, Möhme se refería al nacimiento de Freddy, que vio la luz el 23 de junio de 1851, en la casa que mi familia ocupaba en el número 28 de Dean Street, en el Soho[10]Por lo que yo sé, mi padre era bastante vigoroso, con un fervor sexual bastante marcado, y mi madre le complacía en la medida de sus posibilidades. A pesar de nuestras ideas avanzadas, mi padre seguía creyendo en sus derechos y prerrogativas como varón, por encima de la mujer; por ese motivo tuvieron tantos hijos, a pesar de su mala situación económica. Lenchen, en cierto sentido, era como su segunda mujer, ya que se hacía cargo de casi todos los asuntos cotidianos de la familia. En ausencia de mi madre, con la potencia sexual de mi padre y a su lado una mujer de treinta años de buena presencia, mi padre tuvo relaciones con Helene, quien posiblemente accedió con gusto, con el cariño y la admiración que siempre sintió por el Moro. Mi madre estaba lejos y no tenía por qué enterarse de nada. Pero la naturaleza les jugó una mala pasada en forma de hijo no deseado.

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Helene Demuth

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La buena de Lenchen era alemana, como mis padres, y nació el 31 de diciembre de 1820 en Saarland. Su padre, descendiente de campesinos, era panadero, pero el negocio no iba bien y la familia era pobre. Ninguno de los hijos recibió formación, y con sólo diez años Helene fue enviada como criada a una familia de Tréveris. No encajó bien en su primer destino, ni en el segundo, y después de varias mudanzas acabó llegando a la casa de los Westphalen, la familia de mi abuelo, el padre de mi madre, en 1833. Allí encontró por fin una familia hospitalaria que la trató con dignidad, lo cual agradeció toda su vida. Y en 1845, dos años después de que mis padres se casaran, mi abuela se la envió a mi madre cuando estaba en Bruselas, a modo de regalo de bodas tardío, sabedora de que era el mejor presente que podía hacerle. No se equivocaba, porque gracias a ella pudo la familia sobrevivir en los peores momentos, y se mantuvo fiel aunque pudo haberse ido a otra casa más próspera, donde sin duda habría vivido mejor. En cierto sentido, en aquellos tiempos se sentía parte de la familia y a la vez una especie de sierva, propiedad de mi madre. Rara vez recibió dinero; al contrario, en más de una ocasión tuvo que utilizar sus exiguos ahorros para poder comer. Ella era la que, cuando no había qué comer ni dinero para comprar comida, cogía algún objeto de cierto valor y lo llevaba a la casa de empeños. Supongo que eso la obligó a desarrollar su carácter, que era bastante fuerte. Lo que ella decía, eso se hacía en casa. Aunque en teoría era la criada, en realidad no es sólo que fuera una más de la familia; lo cierto es que ejercía una especie de dictadura. Y mi padre se sometía a esa dictadura sin protestar. No obstante, a pesar de ser la que mandaba, era la que más trabajaba; a veces la única.

Su talento para los asuntos domésticos le permitió salvar las situaciones más complicadas. La familia Marx debió a este espíritu del orden y de la economía no verse privada de lo mínimo y necesario para su existencia. Helene sabía hacerlo todo: cocinaba, ordenaba la casa, vestía a las chicas, cortaba y cosía los vestidos, ayudaba a la señora Marx. Ejercía simultáneamente las funciones de ecónomo y mayordomo de la casa. Las chicas la querían como a su madre y ella ejercía sobre las tres una autoridad maternal. La mujer de Marx la consideraba su amiga más íntima, y Marx tenía con ella una amistad muy particular; jugaban al ajedrez y muchas veces he visto cómo él perdía. El amor de Helene por la familia Marx era totalmente ciego.

Wilhelm Liebknecht

De joven era agraciada y tenía unos ojos azules muy bonitos y una buena figura, ein hübsches Mädchen; a eso se añadía un trato fácil. Tuvo varios pretendientes -algunos con un buen empleo- y pudo casarse y formar una familia, pero sentía que su obligación era ser fiel a mis padres, y con ellos se quedó, como una segunda madre para nosotras. En realidad, muchas veces ella era la que ejercía como tal, sobre todo durante las largas temporadas en que mi madre permanecía en cama, enferma, y también debido a la poca habilidad de Möhme para dirigir la casa. Su círculo de amistades se limitaba al de la familia. Era también una buena cocinera, y con muy pocos recursos podía hacer un guiso con el que alimentarnos durante varios días. Aunque no recibió formación, no era una iletrada en ningún sentido. Leía cuanto podía, hablaba inglés y francés, aparte del alemán, su lengua materna, y sus opiniones sobre todos los temas posibles eran tenidas en cuenta incluso por mi padre y el General.

A comienzos de 1851, su embarazo era evidente, así que mi padre y ella, en secreto, tuvieron que inventar alguna explicación. No podían reconocer, ni ante mi madre ni ante los amigos de la familia, y menos ante la opinión pública, que él era el padre. Así que el Moro recurrió a su íntimo amigo, conocedor de todos sus secretos, no sólo para contarle el asunto y con ello aliviar sus penas, sino en busca de ayuda y quizá de algo más.

De: Karl Marx

A: Friedrich Engels

31 de marzo de 1851

(…) Por último, para acabar de rematar la situación de un modo tragicómico, existe un secreto que te revelaré en pocas palabras. Pero justo en este momento me interrumpen y tengo que acudir junto a mi mujer, que está en cama, enferma. Así que dejaré el asunto, en el que tal vez tengas cierto papel, para la próxima ocasión.

De: Karl Marx

A: Friedrich Engels

2 de abril de 1851

Respecto al misterio, no te escribiré nada sobre él, ya que, sin importar lo que me cueste, te visitaré a finales de abril. Debo apartarme algún tiempo de aquí.

El 17 de abril, mi padre viajó a Manchester para pasar unos días con el General, lo suficiente para explicarle el mystère y convencerle del papel que tenía que representar en la tragicomedia. Dado que el General había estado en Londres hasta noviembre del año anterior y había visitado con frecuencia la casa de los Marx, habría contado con oportunidades de tener relaciones íntimas con Lenchen. Además, como mi madre era sabedora de la situación un tanto irregular del General en lo relativo a las relaciones de pareja y el matrimonio, creyó que éste era el padre, sin dudar ni un ápice de la historia inventada. Mi madre, además de estar siempre orgullosa de su origen aristocrático, era muy conservadora en lo referente al matrimonio y nunca aprobó la -para ella- escandalosa vida del General con las que ella llamaba concubinas. Así que, ya que Engels era una especie de libertino, cabía la posibilidad de que hubiera seducido a la inocente Lenchen para gozar de su cuerpo, y la consecuencia no deseada era ese visible embarazo que ella mostraba en ese momento. Engels demostró su lealtad a mi padre una vez más, si bien no accedió a ser el padre a efectos oficiales, por lo que, cuando Helene inscribió a Freddy en el registro de St. Anne de Westminster con el nombre de Henry Frederick, dejó en blanco el espacio reservado para el nombre del padre y le puso su apellido, Demuth.

Y así comenzó la triste vida de Freddy. Después de unos días junto a nuestra familia, se decidió que fuera dado en adopción y lo acogió una familia de apellido Lewis, de clase trabajadora. No obstante, mi madre comenzó a sospechar de la historia, posiblemente porque entre mi padre y Lenchen surgió una especie de lazo íntimo que antes no existía. Los enemigos de Marx también empezaron a hacer correr rumores.

De: Karl Marx

A: Joseph Weydemeyer

2 de agosto de 1851

Puede usted imaginar que mi situación es bastante mala (…) Además de lo que le he relatado, están las infamias de mis enemigos, que nunca se atreven a atacarme abiertamente, pero que están intentando vengarse poniendo en entredicho mi buen nombre y haciendo circular las más inefables calumnias contra mí (…) Mi mujer, que está enferma, se siente peor cuando los estúpidos chismosos les hacen llegar todas esas habladurías. La falta de tacto de algunas personas en este sentido suele ser enorme.

Partes: 1, 2, 3

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