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Giovanni Sartori, Homo videns




Enviado por ivan_escalona



Partes: 1, 2

    Traducción de Ana Díaz
    Soler, Madrid, Taurus, 1998.

    1. Angel Vivas
    2. La política
      vídeo-plasmada
    3. Racionalidad y
      postpensamiento
    4. Homo videns. La sociedad
      teledirigida
    5. Gloria Cardenal
      Sanabria
    6. El concepto de
      "mundialización"
    7. Mundialización y
      cultura

    Dice Ortega, en La rebelión de las masas, que "lo
    característico del momento es que el alma
    vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el
    derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera". Dicha
    aseveración, escrita a finales de la década de los
    veinte, se ratificaba a mediados del siglo, cuando
    aparecía el aparato creador y recreador, por excelencia,
    de las masas: la
    televisión.

    A partir de ese hecho, Giovanni Sartori advierte: un
    mundo concentrado sólo en el hecho de ver es un mundo
    estúpido. El homo sapiens, un ser caracterizado por la
    reflexión, por su capacidad para generar abstracciones, se
    está convirtiendo en un homo videns, una criatura que mira
    pero que no piensa, que ve pero que no entiende.

    El proceso
    comienza desde la infancia. La
    televisión
    es la primera escuela del
    niño, en donde se educa con base en imágenes
    que le enseñan que lo que ve es lo único que
    cuenta. Así, la función
    simbólica de la palabra queda relegada frente a la
    representación visual . El niño aprende de la
    televisión antes que de los libros: se
    forma viendo y ya no lee. Dicha formación va atrofiando su
    capacidad para comprender, pues su mente crece ajena al concepto -que se
    forma y desarrolla mediante la cultura
    escrita y el lenguaje
    verbal-. De esta manera, "Los estímulos ante los cuales
    responde cuando es adulto son casi exclusivamente
    audiovisuales".

    Dejando a un lado la función de entretenimiento
    que la televisión tiene, Sartori se concentra en su labor
    formativa. No es el homo ludens el que le interesa, sino el homo
    videns. Si el niño crece junto al televisor, su
    concepción del mundo se vuelve una caricatura; conoce la
    realidad por medio de sus imágenes y la reduce a
    éstas. Su capacidad de administrar los acontecimientos que
    lo rodean está condicionada a lo visible: su capacidad de
    abstracción (de trascender, por decirlo de algún
    modo, lo que le dicta el ojo) es sumamente pobre, "no sólo
    en cuanto a palabras, sino sobre todo en cuanto a la riqueza de
    significado". La imagen no tiene
    contenido cognoscitivo, es prácticamente ininteligible. El
    acto de ver anula, en este caso, el de pensar. El concepto queda
    sumergido entre colores, formas,
    secuencias y ruidos de fondo. En tanto que la asimilación
    de una palabra requiere del conocimiento
    de un lenguaje y de
    una lengua, la
    imagen, por su parte, se procesa automáticamente: se ve, y
    con eso es suficiente.

    Por supuesto, Sartori no ignora las repercusiones
    políticas que acarrea el surgimiento del
    homo videns. Si es cierto que la democracia es
    el gobierno-de la
    opinión, y que los medios
    (especialmente la televisión) son, en gran medida,
    formadores y transmisores de la misma, entonces la importancia
    que adquieren como instrumentos de y del poder es
    enorme.

    En el mundo del homo videns no hay más autoridad que
    la de la pantalla: el individuo sólo cree en lo que ve (o
    en lo que cree ver). Sin embargo, la imagen también
    miente; puede falsear los hechos con la misma facilidad que
    cualquier otro medio de comunicación, con la diferencia de que, "la
    fuerza de la
    veracidad inherente a la imagen hace la mentira más eficaz
    y, por tanto, más peligrosa". Además, la propia
    naturaleza del
    espacio televisivo tiende, irremediablemente, a descontextualizar
    las imágenes que transmite, pues mientras se ocupa de las
    últimas noticias y de las imágenes más
    escandalosas, margina otros aspectos que aunque pueden ser
    más importantes que los que se ven, no son,
    plásticamente, tan atractivos. Lo inquietante es, pues,
    que el poder de la evidencia visible es contundente, ésta
    siempre dice lo que tiene que decir: su veredicto es
    irrefutable.

    Asimismo, el hecho de que la televisión lo
    convierta todo en espectáculo, atropella la posibilidad
    del diálogo:
    la pantalla, simplemente, no tiene interlocutores. La imagen no
    discute, decreta; es, al mismo tiempo, juicio y
    sentencia. Lo cual es aún más grave si se piensa
    que la televisión tiene, por lo mismo, cierta preferencia
    por el ataque y la agresividad, pues pueden ser, en sí,
    visuales; en tanto que la defensa o la inteligencia
    requieren, por su parte, de un discurso que
    para el ojo desnudo es aburrido e indescifrable. Quien es acusado
    por los medios, es, en la mente del público, culpable
    inmediatamente.

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