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Perspectivas para una cultura de paz

Enviado por alvecip



Indice
1. Introducción
2. El Giro En La Concepción De Los Derechos Humanos
3. De La Institución Escolar a La Comunidad Educativa
4. Los Derechos Humanos en la Acción Educativa
5. Apuntes Finales
6. Bibliografía

1. Introducción

Las transformaciones que durante la última década ha tenido la educación en Colombia, son acontecimientos que no sólo han conducido a un nuevo orden legal, sino que han permitido el surgimiento y posicionamiento de nuevas concepciones en el ejercicio pedagógico; todo esto como muestra de una tendencia que procura una mayor sintonía de los procesos educativos con los del desarrollo social. El nuevo contexto ha planteado nuevos retos en la orientación de aprendizajes en la escuela: fortaleciendo la creatividad para la construcción de herramientas didácticas, descentrando la mirada de los resultados y fortaleciendo el desarrollo de competencias. Pero esta carrera hacia la calidad educativa, también ha llevado a una comprensión parcial o limitada de la sociedad, en favor de los progresos económicos y tecnológicos y dejando de lado, o ignorando, el sistema complejo de relaciones sociales que, en el caso colombiano, se tejen en medio de un conflicto armado que se muestra carente de argumentos ideológicos y, en otros casos, bajo paradigmas negativos de ascenso social vertical como el narcotráfico y la corrupción.

Con este panorama puede decirse que la sociedad Colombiana requiere, que frente a los procesos de modernización económica se desarrollen procesos de democratización social; es decir, fortalecimiento de la acción ciudadana a través de procesos formativos orientados por el Telos de una concepción moderna del mundo, que permita la construcción de nuevas pautas en la manera de resolver los conflictos sociales y hacer de la vida colectiva una experiencia de convivencia fundada en valores tales como la Dignidad, la Solidaridad y la Libertad.

La escuela, como espacio primario en la formación de la persona, tiene el reto de hacer de esos valores una constante en el proceso de socialización y de esta forma generar dinámicas de educación integral que posibiliten la formación de individuos que no solo sean capaces de interactuar frente al mundo de la ciencia y la tecnología, sino que también tengan la capacidad de convivir solidariamente en el marco de la sociedad democrática y, en consecuencia, adoptar posturas criticas frente a las estructuras y formas de la organización social.

Esta perspectiva marca el rumbo de este ensayo donde se quiere destacar la importancia de los Derechos Humanos como parte constitutiva de un modelo de vida Democrático, a partir de una nueva interpretación de la escuela, acorde a los cambios sufridos en la representación de mundo de occidente.

Presentaré el tema de los Derechos Humanos, como producto de una construcción histórica, y en consecuencia, como un concepto en constante evolución según los cambios paradigmáticos que adopten las sociedades de corte racional y en alguna medida lo que eso implica en los procesos de formación de las personas [1]; seguidamente abordaré el tema de la escuela colombiana vista por los jóvenes, remitiéndome a los resultados del proyecto Atlántida, para reflexionar sobre los retos que debe asumir desde una perspectiva descentrada y compleja como es la Comunidad Educativa [2]; finalmente el tema de la promoción y vivencia de los Derechos Humanos en la escuela vistos como una acción constante en los procesos pedagógicos y organizativos de la escuela, atendiendo a las necesidades de la sociedad de hoy y sus dinámicas [3].

Esta propuesta marca el inicio de una discusión sobre la efectividad de la institución escolar, la fundamentación de la Acción Pedagógica y el reto de construir la llamada Comunidad Educativa como expresión de las nuevas formas del pensamiento.

2. El Giro En La Concepción De Los Derechos Humanos

La distinción tradicional de los Derechos Humanos en derechos fundamentales, derechos económicos y sociales, y derechos colectivos, como derechos distintos; hace evidente su carácter de constructos socio-históricos que obedecen a una concepción racional del mundo y que están condicionados por las transformaciones socio-políticas surgidas de las dinámicas del desarrollo humano. Esta visión ha sido en parte superada en la declaración de Viena y el plan de acción al definir que todos los Derechos Humanos son universales, indivisibles e interdependientes", constatando así, los giros en la concepción de mundo que caracterizan la época actual. Un cambio que invita a una mirada integral del hombre, poniendo el centro de interés en la Dignidad humana.

Con la concepción del mundo moderno (en occidente), surgida del proceso de desencantamiento de las representaciones religiosas del mundo, la razón colonizó todas las esferas de la vida humana, potenciando el desarrollo de los saberes definidos por la acción teleológica, y a su vez limitando el desarrollo de otras esferas que, como la social y la subjetiva, no se definen exclusivamente desde la razón y menos aun desde la racionalidad instrumental.

La aplicación del modelo racional en todas las esferas del desarrollo humano ha propiciado dinámicas sociales con tendencias homogenizantes, reduciendo la diversidad de perspectivas que se generan en los mundos de vida cotidianos a la perspectiva única del desarrollo científico y tecnológico. Esta reducción del Mundo de la Vida, a mundo de objetos, se destaca como una de las circunstancias generadoras de la crisis de la misma modernidad. Pues si bien el Mundo de la Vida, constituye la base desde donde se construyen los saberes especializados, sus dinámicas no obedecen a una determinación estrictamente racional sino que, por el contrario, surge en un plexo de relaciones complejas que involucran no sólo distintas racionalidades sino otras formas de pensamiento. En tal sentido, la concepción de un mundo como expresión de una razón monológica, individualista y egocéntrica, sobre la que se construyó la modernidad, es en sí misma el origen de su propia crisis, la cual ha suscitado distintas lecturas sobre la época que actualmente vivimos.

Para muchos es claro que el tiempo de la Razón como única opción válida del reconocimiento humano, ha cedido el paso a diversas manifestaciones del pensamiento, que reconocen en ella los logros alcanzados en el dominio de la naturaleza y la construcción de estructuras de organización social, pero le critican seriamente el desconocimiento de los otros ámbitos de la condición humana que no son cuantificables, ni posibles de ser controlados con los métodos de la ciencia positiva. Igualmente se le reclama a la ciencia su poca eficacia en las soluciones efectivas a los problemas de la humanidad y, su dedicación al desarrollo de complejas e innumerables teorías que pusieron al ser humano en la condición de objeto a favor de la solución de problemas para la ciencia misma; es decir, una ciencia de espaldas al desarrollo humano, desconociendo el principio y fundamento de su razón de ser.

Sin embargo, no se trata de desconocer totalmente a la Razón como principio regulador de la acción humana, sino de establecer los ámbitos propios de su influencia y sobre todo de la forma que esta tiene en su proceso constitutivo: como Razón Dialógica, producto de las relaciones comunicativas que las personas entablan en la construcción de sus mundos de vida y no como Razón Monológica, centrada en un individuo solitario y aislado que solo se piensa a sí mismo.

Esta discusión, en torno a la crisis de la época moderna, ha dejado constancia sobre la objetivación del sujeto y se ha señalado la necesidad de construir nuevas miradas a los procesos del desarrollo humano, instando, desde la segunda parte del siglo XX, a las distintas disciplinas sociales al desarrollo de nuevas formas para la comprensión de lo humano y a posicionarlo como protagonista y eje central de los procesos de desarrollo.

Esta vuelta de la mirada hacia el ser humano, nuevamente como sujeto, pone en el centro de discusión el tema de los Derechos Humanos, como expresión de una práctica de vida que se orienta por las formas de representación del Mundo.

De esta manera podemos comprender cómo los Derechos Humanos, que surgen en correspondencia de una concepción individualista del mundo, se fueron complementando con reconocimientos de orden social, económico y ambiental, para finalmente adoptar una postura de integralidad centrada en la vida humana.

Con esta nueva concepción de los Derechos Humanos se fortalece la noción de Vida Humana como algo mucho más que la mera existencia biológica, potenciando la idea del desarrollo como algo que se refiere a las personas y no a las cosas, pues se enfatiza en que la vida humana se desarrolla a través de la construcción de satisfactores en correspondencia con las expresiones propias de cada cultura.

En este sentido, Max Neef ha propuesto una categorización de las necesidades humanas según categorías existenciales y axiológicas. Las primeras están referidas al Ser, Tener, Hacer y Estar; y las segundas en relación con la subsistencia, la protección, el afecto, el entendimiento, la participación, el ocio, la creatividad, la libertad y la identidad; demostrando que las necesidades humanas son finitas y no varían en el tiempo, pues ellas son las mismas para todos los hombres y en todas las épocas de la historia, pues lo que varía entre una época y otra, y de una cultura a otra, son los satisfactores de esas necesidades. De allí que podamos establecer que es en la interrelación de prácticas socioculturales y el sistema de necesidades donde se generan procesos de valoración colectiva sobre los cuales se construyen los Derechos Humanos.

Dicho con otras palabras, los Derechos Humanos surgen de la conflictividad social propia del sistema de relaciones que se dan en el mundo de la vida y posteriormente buscan su reconocimiento en los ordenamientos jurídicos. De esta forma, en tanto que construcciones sociales, los valores en que se soportan los Derechos Humanos, como la dignidad, la solidaridad y la libertad, no constituyen un Telos de la acción Humana, sino productos de los desarrollos vivenciales.

Así, más que un conjunto de normas que soportan un sistema de organización socio-política, los Derechos Humanos son una expresión cultural que se traduce en un estilo de vida democrático, cumpliendo una doble finalidad: por un lado, establecer unas relaciones pacíficas entre el Estado y la sociedad, y por otro promover la convivencia solidaria entre los ciudadanos. Esto implica que, como fenómeno cultural, la responsabilidad de su construcción, promoción, defensa y garantía, no son acciones de competencia exclusiva del Estado sino que, algunas de ellas, involucran a todos los ciudadanos y especialmente a las instituciones cuyo propósito esta definido por la formación de personas.

En este propósito de formar personas bajo una concepción integral, que contemple todas las dimensiones de su desarrollo, es la Escuela, una de las instituciones llamada a liderar acciones que dinamicen la construcción de una cultura fundada en el respeto por los Derechos Humanos.

3. De La Institución Escolar a La Comunidad Educativa

La escuela ha sido señalada tradicionalmente como una institución que cumple con un papel socializador. Se espera que los niños que asisten a la escuela desarrollen los aprendizajes necesarios para desempeñarse competitivamente en la sociedad y que además fortalezcan la construcción de una imagen de mundo a través de la internalización de las normas y valores que la sociedad, de la que forman parte, requiere; lo que significa que los contenidos y formas de la socialización también varían según la época y la cultura.

El "Proyecto Atlántida", realizado durante 1992 y 1994 en distintas regiones de Colombia, arrojó dos conclusiones básicas de acuerdo a las dos dimensiones construidas alrededor de la escuela como centro temático: la dimensión social y la cultural. En relación con la dimensión social se concluye que "el atraso es el tiempo social de la escuela"; y en la dimensión cultural que "existe una ruptura muy marcada entre el mundo de los adultos y el mundo de los jóvenes".

La primera conclusión hace referencia al desfase que existe entre sociedad y escuela. Mientras los procesos sociales se han visto sometidos a una transformación acelerada como consecuencia de los procesos de modernización económica y los cambios en el sistema político con la constitución de 1991, la escuela permaneció anclada en las estructuras premodernas basadas en una organización rígida, vertical y autoritaria, circulando saberes estancados y ajenos a las necesidades del mundo contemporáneo.

En un mundo donde la tecnología se ha puesto en función del entretenimiento y la recreación de los niños y jóvenes, el aula de clase tradicional, expuesto a la simplicidad de un profesor que sólo dispone de un tablero y la palabra, resulta totalmente insignificante y, por tanto, fuera de contexto para los intereses de los jóvenes quienes, además, reclaman la validación de sus saberes adquiridos fuera de la escuela.

Por un lado, se tiene una sociedad involucrada en procesos acelerados de modernización, con una crisis permanente de gobernabilidad que afecta las dinámicas de roles y los referentes de la representación social, y la desestructuración de las familias que cada vez inciden menos en la formación de los hijos; por otro lado, existe una escuela encerrada en si misma, con estructuras visiblemente verticales, fundada en la figura autoritaria del maestro y proponiendo (o imponiendo) aprendizajes que no corresponden, ni en forma ni contenido, a los procesos mentales que pueden desarrollar las nuevas generaciones y que la sociedad requiere. Todo esto genera un ambiente escolar incomprensible para el ritmo de vida de los niños y los jóvenes, haciendo de la función socializadora de la escuela una acción altamente ineficaz, pues tanto los conocimientos impartidos como los criterios formativos no logran equipararse con los ritmos de una sociedad cada vez más urbana y global.

En cuanto a la dimensión cultural, el desfase escolar se muestra en la reducción de los sistemas de lenguaje que alejan a una generación de otra. En la perspectiva juvenil, los docentes manejan lenguajes desenfocados de su realidad y poco conocen sobre sus gustos y tendencias, lo que necesariamente se traduce en un aumento de la brecha que separa a jóvenes y adultos.

Los procesos de comunicación entre docente y estudiantes resultan muy limitados, tanto en las relaciones de aprendizaje como en los espacios cotidianos y extra-escolares. Por otro lado, el lenguaje corporal que se manifiesta en la estética del docente también es, a juicio de los jóvenes, un signo de decepción, pues para ellos resulta una figura social que no constituye un modelo de imitación. De esta manera, los jóvenes consideran que la escuela no les aporta mayor cosa en términos del conocimiento y la formación, para ellos es un lugar que sólo resulta atractivo por cuanto es el único sitio permitido por los adultos donde ellos pueden encontrarse con sus pares.

Este desencuentro entre las dinámicas sociales y las de la escuela constituye un reto frente a la necesidad de fortalecer la construcción de aprendizajes, en contenidos y formas, que les permitan a los jóvenes tener la capacidad de desenvolverse en el mundo de la ciencia y la tecnología, siendo realmente competitivo, creativo y recursivo; pero además con convicciones éticas soportadas en los valores democráticos, que hagan de él una mejor persona y un ciudadano con capacidad de tomar postura y participar en los asuntos que lo afectan como individuo y como sujeto político.

En esta perspectiva, de reconstrucción social de la escuela, se requiere un cambio interpretativo, que atienda a los giros contemporáneos que ha sufrido la representación racional del mundo y del hombre. Esto implica dar el paso de una escuela que gira sobre si misma, en una estructura rígida y vertical, automarginada de los procesos de transformación social y, en consecuencia, descontextualizada socio-culturalmente, a una escuela que construye su propia concepción como el resultado de una acción integrada, en un cúmulo de relaciones recíprocas frente a un interés común, como es la transformación de la cultura, a través de la Acción Pedagógica concertada. Esta nueva concepción de la escuela constituye un reto a través de la llamada Comunidad Educativa.

La ley General de educación (115 de 1994) señala que la comunidad educativa esta conformada por los estudiantes, padres de familia o acudientes de los estudiantes, egresados, directivos, docentes y administradores escolares. Los cuales podrán participar según su competencia en el diseño, ejecución y evaluación del Proyecto educativo Institucional (PEI) y en la buena marcha del respectivo establecimiento educativo.

Esta nueva mirada hacia la escuela la muestra como una unidad integradora de los procesos sociales y culturales, situándose en una actitud propositiva frente a las dinámicas de socialización y no rezagada de ellas. Este cambio de postura, en la concepción educativa, resulta más acorde con las representaciones de mundo generadas frente a la crisis de la razón moderna. La escuela se muestra como una posibilidad para el desarrollo de aprendizajes y la construcción de valores y, también, como una responsabilidad que no es exclusiva de los directivos y docentes, sino de todos aquellos, que aun de forma indirecta, están involucrados con la socialización de niños y jóvenes.

El reconocimiento de la diversidad de los actores que conforman la comunidad educativa, permite distinguir las diferentes responsabilidades que cada uno de ellos desempeña en el proceso educativo del niño. Queda claro que la responsabilidad del padre no es igual a la del docente, ni la de éstos con la de los estudiantes. La condición de los padres frente al proceso formativo de los hijos no los convierte en maestros sustitutos dentro del hogar, pues en esta relación priman los intereses formativos sobre los desarrollos conceptuales del saber técnico-científico. De igual forma en la relación del docente con los estudiantes, por muy amistosa y cercana que pueda llegar a ser, no sustituye las relaciones afectivas del hogar –aunque si puede ser un complemento—pues en el ámbito escolar el interés por la construcción de aprendizajes prima sobre el acompañamiento que necesariamente debe complementar la formación de valores. En relación con la función directiva y administrativa de la institución escolar su interés se centra en la gestión y evaluación de estrategias para el mejoramiento de la calidad, la ampliación de la cobertura y el desarrollo de la eficiencia. También los egresados tienen un papel en la dirección de la acción educativa pues son ellos los que desde su experiencia pueden aportar elementos de discusión sobre el desarrollo de los modelos pedagógicos, el uso de la didáctica y la definición de currículos. También podría integrarse a estos propósitos de una educación integral, la acción de las universidades, las ONGs, los movimientos sociales y gremios de la producción, pues ellos también contribuyen en la construcción de las representaciones en los niños y jóvenes de las localidades.

Los acercamientos entre las distintas instancias que participan de los procesos educativos de los niños y jóvenes debe traducirse en acuerdos sobre el tipo de persona que se quiere formar para una sociedad democrática y en desarrollo constante, a partir de las acciones coordinadas y contextualizadas, en función de las necesidades y capacidades de cada comunidad.

Se trata de TRANFORMAR la escuela, de una institución aislada y pre-ocupada por si misma, en un centro donde confluyen los intereses de una comunidad en su necesidad de construir procesos de desarrollo económico, político, social y cultural, apostándole a la construcción de aprendizajes desde una imagen de mundo fundada en la solidaridad, la libertad, la justicia, y la dignidad; construir una representación de mundo que permita a los individuos pensarse desde la idea de un NOSOTROS integrado y solidario, y no de un YO centrado en sí mismo, aislado e individualista, es hacer de la educación y formación de los niños y jóvenes un asunto de interés general y compromiso total, desconcentrando la institución escolar y construyendo la COMUNIDAD EDUCATIVA.

Este giro de la concepción educativa, de la Escuela a la Comunidad Educativa, no sólo contribuye al desarrollo de los aprendizajes necesarios en un mundo globalizado, económica y culturalmente, sino a la formación de personas con una concepción democrática de la vida, pues las competencias de los aprendizajes son fácilmente contextualizadas y encuentran en cada ámbito de la socialización del niño un refuerzo y no un distanciamiento.

4. Los Derechos Humanos en la Acción Educativa

Se ha anotado que la democracia, como sistema político y como forma de vida, está soportada en valores como la dignidad, la libertad y la solidaridad, y que estos no son teleológicos sino vivenciales. Esto indica que la construcción de una cultura de Paz, y de Derechos Humanos, desde el ámbito escolar se inscribe tanto en las dinámicas de aprendizaje como de formación. Dicho con otras palabras, el tema de los Derechos Humanos y la necesidad de consolidar una cultura democrática desde los procesos educativos requiere, no solo la definición de un currículo que contenga las teorías y conceptos apropiados sobre el tema sino, un cambio de actitud por parte del docente en los procesos de enseñanza – aprendizaje, y la adecuación de las estructuras en la organización escolar que garanticen la participación real de todos los actores que conforman una comunidad educativa.

La solidaridad --por ejemplo-- fundada en el reconocimiento del otro como sujeto con quien se comparte la existencia, y con quien es posible establecer acuerdos para desarrollar acciones de beneficio común, por encima de las propias diferencias, no es meramente un concepto abstracto que se aprende apelando a su definición: La solidaridad se construye haciendo parte de experiencias donde el reconocimiento de la propia perspectividad, y la de los otros, expresan modelos de vida que marcan una huella en la conciencia y posteriormente se externalizan como parte integral de la personalidad. En ese sentido, la democracia en la escuela debe entenderse como un atributo inmanente a la relación entre docente y estudiantes, a los usos de lenguajes y a las formas de organización interna de la comunidad educativa.

La formación para una vida democrática, en la relación pedagógica, parte del reconocimiento mutuo entre Docente y Estudiantes, como interlocutores válidos en el proceso de enseñanza – aprendizaje. El estatus que mantiene el docente le otorga el poder para establecer las reglas de juego del proceso educativo; sin embargo, ese poder debe traducirse en Autoridad, frente a sus estudiantes, demostrando su capacidad en el saber y la superioridad de juicio, para adelantar planes de acción coordinados en relación con los requerimientos específicos de un grado escolar y las responsabilidades de grupo. De igual manera, las formas organizativas de las instituciones educativas deben permitir la toma de posturas y el desarrollo de acciones, que fomenten el desarrollo de debates y acciones en torno a los conflictos e intereses de la comunidad educativa, y el desarrollo de liderazgos democráticos.

Siendo así, la vivencia de los Derechos Humanos en la comunidad Educativa, es un proceso de construcción de valores inscrito en la relación pedagógica y que se fortalece en su continua promoción; entendiendo que la Promoción no es la difusión de lemas o argumentos sobre los Derechos Humanos, sino que ella se refiere a la búsqueda de compromisos en la que los valores que los sustentan llegan al sentido de vida de las personas. De esta manera, no sólo se pretende que las personas conozcan sus Derechos y los mecanismos para su protección, sino que se enfatiza en el reconocimiento de los deberes que les incumben, pues ellas mismas pueden ser causantes de violaciones a los Derechos Humanos. Si no se desarrollan estos compromisos, asociados a deberes, el tema de los Derechos Humanos y la cultura de paz, sería solamente un discurso suspendido en el vacío sin un aporte real a la construcción de nuevos sentidos en la convivencia cotidiana.

Los compromisos que se generan desde los procesos educativos deben ser acciones que respondan a la necesidad de transformar una situación conflictiva, o de violencia, y sobre las cuales se pueda ejercer un control directo y realizar un seguimiento continuo. La importancia de los compromisos radica en la necesidad de afectar, de forma positiva, las estructuras donde se definen los planes de acción de las comunidades educativas, que en el caso de la escuela son los Proyectos Educativos Institucionales (PEI).

Con esta perspectiva, el sentido de un programa para la Construcción de una Cultura de Paz desde la Escuela, se basa en los compromisos adquiridos entre quienes participan del proyecto. Este proceso parte del reconocimiento mutuo de sujetos que tienen capacidad de pensamiento y acción. Se trata de construir situaciones que permitan una confrontación personal sobre el papel que cada quien juega en la dinámica educativa y desde la cual pueda reconocerse y proponer el desarrollo de las propuestas más apropiadas al contexto, potenciando el desarrollo de la creatividad en el planteamiento de alternativas pedagógicas.

5. Apuntes Finales

Los cambios en la concepción de mundo, surgidos con la crisis de la modernidad, han puesto al hombre, otra vez, en el centro de las representaciones. Sin embargo, la nueva imagen del hombre no lo muestra como un individuo frío, aislado y omnipotente, sino como un ser de diferentes facetas que se expresan en variadas formas del pensamiento, que le posibilitan la construcción de mundos de vida compartidos e integrados.

La nueva imagen del hombre es la de un hombre que se piensa a sí mismo en proyección con los demás y que se reconoce como un sujeto capaz de organizar la vida material, social y subjetiva, según los criterios racionales que construye en la convivencia con otros; pero que también, en medio de ello, reconoce consigo la vivencia de situaciones que no pertenecen al ámbito de la razón y que no por ello son irracionales. Esta apertura de Horizontes en la comprensión de sí mismo, ha posibilitado el surgimiento de nuevas tendencias en la concepción del desarrollo, y en consecuencia, en la de los Derechos Humanos y los Proceso Educativos.

Educación y Derechos Humanos están íntimamente ligados a los procesos de formación de la cultura desde los espacios de socialización. Las nuevas perspectivas de la educación requieren no solo la preparación del niño en los saberes que el desarrollo técnico-económico le exige sino, también, la formación en los valores que la democracia requiere.

Los Derechos Humanos, centrados en la Dignidad Humana, constituyen una fuente de reflexión permanente sobre la acción educativa y un marco de referencia en la construcción de hábitos y pautas de convivencia solidaria y resolución positiva de conflictos. En ese sentido, las perspectivas para la construcción de una cultura de Paz, parten del reconocimiento propio sobre las limitaciones existentes y las probabilidades de cambio que se pueden generar desde el papel que cada uno desempeña en la sociedad. Todo ello se inscribe como una construcción abierta y constante frente a las dinámicas impredecibles de la vida humana.

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Autor:


Alvaro Vecino Pico


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