Monografias.com > Psicología
Descargar Imprimir Comentar Ver trabajos relacionados

Estilos de apego




Enviado por razimc



    1. Antecedentes históricos
      del apego
    2. Tipos de
      apego
    3. Desarrollo del
      apego
    4. Estrés y
      apego
    5. Estilos de apego y relaciones
      interpersonales futuras
    6. Trastornos psiquiátricos
      y apego
    7. Conclusiones
    8. Bibliografía

    INTRODUCCIÓN

    En el curso de la evolución, sentimos
    atracción hacia determinados elementos del ambiente
    animado o inanimado, en especial gentes y lugares con las que nos
    hallamos familiarizados. Por otra parte, experimentamos rechazo
    por situaciones ambientales que nos proporcionan indicios
    naturales de peligro potencial tales como suelen ser: la soledad
    y lo desconocido.

    Seres humanos y animales de otras
    especies, tienden a permanecer en un sitio familiar
    específico, en compañía de personas
    también familiares. Los individuos de una especie
    determinada, lejos de deambular al azar a todo lo ancho de la
    región a la que pueden adaptarse desde el punto de vista
    ecológico, por lo común, pasan su vida dentro de un
    sector sumamente restringido de aquella ( denominada área
    de acción).

    En un sujeto, los sistemas de
    activación que determinan la conducta de temor
    tienden a apartar al individuo de
    situaciones potencialmente peligrosas. De igual forma, los
    sistemas que determinan la conducta de apego, suelen empujarlo
    hacia situaciones en que potencialmente se hallará a
    salvo, y mantenerlo en esas condiciones.

    En el hombre
    adulto la conducta de temor puede ser provocada por indicios que
    derivan por lo menos de tres fuentes: 1)
    Indicios naturales y sus derivados (desarrolladas en la infancia) 2)
    Indicios culturales aprendidos por medio de la observación (desarrolladas gracias a la
    sociedad) y 3)
    Indicios aprendidos y utilizados con un mayor grado de
    perfeccionamiento, a los efectos de evaluar el peligro y
    evitarlo.

    La respuesta de temor suscitada ante la
    inaccesibilidad de la madre
    , puede considerarse una respuesta
    adaptativa básica, una respuesta que, en el curso de la
    evolución se ha convertido en parte
    intrínseca del repertorio de conductas del hombre en
    virtud de su contribución a la supervivencia de la
    especie. (Bowlby, 1985; 1998).

    Según Yela (2000), el amor cumple funciones
    psicológicas básicas: compartir, afiliación
    (punto de partida para las relaciones interpersonales
    íntimas), protección, estabilidad y seguridad,
    intimidad, apoyo emocional, entrega, compañía,
    visión optimista del mundo, refuerzos básicos
    (atención y placer sexual), prestigio y
    reconocimiento social, autoestima y
    la reducción de ciertas inquietudes psicológicas
    (soledad, ansiedad, temor a estar solo en la madurez y en la
    vejez), no
    sentirse diferente a la mayoría y la transición de
    un estatus psicosocial a otro; socioculturales
    (transmisión de normas) e incluso
    evolutiva (fortalecimiento del vínculo entre los
    progenitores en la especie cuyas crías son más
    indefensas y necesitan protección). La ausencia de
    amor maternal
    durante la infancia se asocia a problemas
    psicopatológicos en la etapa adulta (histeria, autismo, inseguridad,
    temor al rechazo e intensa necesidad de aprobación);
    déficit psicológicos traducidos en una actitud de
    hostilidad ante el mundo y ante los demás (Yela, 2000).
    Sin embargo, el amor de
    madre depende en mucho del estilo de apego que haya desarrollado
    a través de su existencia, lo cuál
    repercutirá de igual manera en la seguridad que le
    transmita a su hijo al momento de nacer y durante los años
    posteriores, haciendo especial énfasis en los primeros
    meses de vida que son cruciales para el establecimiento del
    apego. Por lo tanto, se puede definir al apego como un "proceso de
    maduración a través del cual el cuidador principal
    de la infancia adquiere la calidad de un
    objeto de amor" (England, 1981; citado por Aizpuru, 1994), o como
    la "conducta que reduce la distancia de las personas u objetos
    que suministrarían protección" (Bowly, 1985;
    1998)

    Evolutivamente, la función
    que tiene las conductas de apego
    radica en proteger al
    individuo de los animales de presa; esto ocurriría tanto
    entre los seres humanos como en otras especies de mamíferos y aves. Para los
    primates de gran tamaño que moran sobre la superficie
    terrestre, la seguridad reside en integrarse a la manada (Bowlby,
    1985; 1998). Freud (1926)
    (Citado por Bowlby, 1985; 1998) postula que el temor a la
    ausencia materna nace cuando el bebé aprende que, al
    hallarse ausente la progenitora, sus necesidades
    fisiológicas no pueden satisfacerse, lo cual redunda en la
    acumulación de peligrosas "cantidades de
    estimulación" que, a menos de descargarse, provocan una
    "situación traumática". El bebé descubre que
    al quedarse solo es incapaz de descargar esos elementos
    acumulados, la situación de peligro que
    intrínsecame le provoca temor es "una situación de
    desamparo reconocida, recordada y esperada".

    Desde una perspectiva psicoanalítica, el
    vínculo infantil tiene su fundamento biológico en
    la conducta de apego. Distinguiéndose uno del otro puesto
    que el apego se refiere a una conducta correspondiente a
    anagramas hereditarios al servicio de la
    sobrevivencia, mientras que el vínculo es un concepto referido
    a la ligadura específicamente humana con el objeto y con
    elementos simbólicos. Dicha relación vincular tiene
    lugar a partir del momento en el que la madre percibe al inicio
    de los movimientos fetales; situación en la que establece
    una relación con un objeto externo aunque dentro del
    cuerpo (Lartigue y Vives, 1992).

    A partir de los primeros meses de vida y durante toda la
    existencia del ser humano, la presencia o ausencia (física) de una figura
    de afecto es una variable clave que determina el que una persona se sienta
    o no alarmada por una situación potencialmente alarmante.
    A partir de esa misma edad y durante toda su vida, una segunda
    variable de importancia es la confianza o falta de confianza que
    experimenta la persona con respecto a la disponibilidad de la
    figura de apego (este o no presente físicamente) de
    responder a sus requerimientos cuando por alguna razón lo
    desee (Bowlby, 1985; 1998).

    En el modelo del
    mundo que toda persona constituye, una característica
    clave es su criterio para establecer quienes son sus figuras de
    apego, donde pueden encontrárseles y de que manera
    previsible pueden responder. En el modelo de sí misma que
    construye una persona una característica clave es su
    criterio sobre la aceptabilidad o inaceptabilidad de su propio
    ser a ojos de las figuras de afecto. Sobre la estructura de
    esos modelos
    complementarios se basan los pronósticos de esa persona sobre el grado
    de accesibilidad de las figuras de apego y su capacidad de
    respuesta en momentos en que requiera su apoyo. Aunado al tipo de
    pronóstico que elabora una persona con respecto a la
    disponibilidad probable de sus figuras de apego se halla, su
    propensión a responder con muestras de temor siempre que
    deba enfrentar una situación potencialmente alarmante en
    el curso normal de los acontecimientos ( Bowlby, 1985;
    1998).

    La familia tiene una función eminentemente
    protectora y socializadora. Dentro de ésta, el niño
    establecerá nexos con el mundo exterior, haciéndose
    patente a través de la seguridad que se vaya solidificando
    según las relaciones entre los miembros de la familia. Se
    producen alianzas y coaliciones que en parte definen su
    estructura funcional. La ruptura de una alianza o
    coalición implica la necesaria reestructuración de
    la dinámica familiar (Ortigosa, 1999). Las
    relaciones afectivas familiares tempranas proporcionan la
    preparación para la comprensión y
    participación de los niños
    en relaciones familiares y extrafamiliares posteriores. Ayudan a
    desarrollar confianza en si mismo, sensación de
    autoeficacia y valía (Trianes, 2000). Dentro de esta, la
    riqueza de las interacciones madre-hijo o cuidador-hijo es el
    predictor mas consistente de la habilidad, el
    conocimiento y la
    motivación en los niños (Pino y Herruzo,
    2000).

    La personalidad adulta se visualiza como producto de la
    interacción del individuo con figuras
    claves durante sus años inmaduros y, en particular, con
    las figuras de apego. Individuos que han crecido en un hogar
    adecuado, con padres afectuosos en la medida normal, y han tenido
    ante sí a personas que pueden brindarle apoyo, aliento y
    protección, y saben donde buscar todo ello suelen tener
    expectativas firmes y satisfechas; por lo que, como adulto, le
    resulta difícil imaginar un mundo distinto. Ello le hace
    sentirse seguro, de que
    toda vez que se vea en dificultades siempre tendrá acceso
    a figuras dignas de confianza que vendrán en su ayuda.
    Enfrentará al mundo con seguridad y, cuando se vea ante
    una situación alarmante, podrá encararla con
    eficacia, o
    buscar ayuda para hacerlo. La experiencia familiar de los
    niños que se convierten en seres relativamente estables y
    dotados de confianza en sí mismos, no solo se caracteriza
    por el apoyo que les brindan los padres cuando ello es necesario,
    sino también por el aliento que les brindan, de modo
    paulatino pero oportuno, para que vayan adquiriendo una
    autonomía cada vez mayor. Los adultos que desconocen la
    posibilidad de contar con figuras que le brinden apoyo y
    protección de manera constante, puede llegar a no confiar
    en la posibilidad de que siempre puedan tener acceso a una figura
    de afecto que les merezca plena confianza. Ven al mundo como algo
    impredecible y hostil, respondiendo en consonancia:
    apartándose de él o riñéndole
    (Bowlby, 1985; 1998). Entre ambos extremos se encuentran las
    personas que pueden haber aprendido que una figura de apego
    sólo responde de manera positiva cuando se le hace objeto
    de mimos y halagos. Otros pueden haber aprendido durante la
    infancia que la respuesta deseada solo puede obtenerse si se
    cumplen determinadas reglas del juego. Siempre
    que esas reglas hayan sido modeladas y las sanciones tibias y
    previsibles, el sujeto podrá seguir creyendo en la
    posibilidad de obtener apoyo cuando lo necesite. Pero cuando las
    reglas son estrictas y difíciles de cumplir, y en especial
    cuando incluyen amenazas de quitar todo el apoyo, la confianza
    suele desvanecerse (Bowlby, 1985; 1998).

    ANTECEDENTES HISTÓRICOS DEL CONCEPTO DE
    APEGO

    El concepto de apego evolucionó del
    Psicoanálisis, en particular de la teoría
    de las relaciones objetales. El primero en desarrollar una
    teoría del apego a partir de los conceptos que aportara la
    psicología
    del desarrollo,
    con el objeto de describir y explicar por qué los
    niños se convierten en personas emocionalmente apegadas a
    sus primeros cuidadores, así como los efectos emocionales
    que resultan de la separación, fue John Bowlby, quien
    intenta mezclar los conceptos provenientes de la etología,
    el psicoanálisis y la teoría de sistemas para
    explicar el lazo emocional del hijo con la madre (Yarrow, 1972;
    citado por Aizpuru, 1994). De esta forma, Bowlby (1985; 1998)
    define al apego como "la conducta que reduce la distancia de las
    personas u objetos que suministrarían protección"
    Desde esta perspectiva, la conducta de apego parece ser un
    componente más de entre las heterogéneas formas de
    conducta comúnmente clasificadas dentro de la
    categoría de conducta dictada por el temor.

    Ainsworth (1983), lo define como aquellas conductas que
    favorecen ante todo la cercanía con una persona
    determinada. Entre estos comportamientos figuran: señales
    (llanto, sonrisa, vocalizaciones), orientación (mirada),
    movimientos relacionados con otra persona (seguir, aproximarse) e
    intentos activos de
    contacto físico (subir, abrazar, aferrarse). Es mutuo y
    recíproco.

    Sroufe y Waters (1977) describen el apego como "un lazo
    afectivo entre el niño y quienes le cuidan y un sistema
    conductual que opera flexiblemente en términos de conjunto
    de objetivos,
    mediatizado por sentimientos y en interacción con otros
    sistemas de conducta". Ortiz Barón y Yarnoz Yaben (1993)
    señalan que "el apego es el lazo afectivo que se establece
    entre el niño y una figura específica, que une a
    ambos en el espacio, perdura en el tiempo, se
    expresa en la tendencia estable a mantener la proximidad y cuya
    vertiente subjetiva es la sensación de seguridad" (
    citados por Ortiz y Gutierrez, 2001).

    Yela (2000) dice que la importancia del establecimiento
    de un vínculo amoroso fuerte y confortable entre el
    niño y una figura de apego de cara a un desarrollo
    óptimo de la persona ha sido subrayada tanto por
    etólogos (quienes consideran muchas conductas como
    básicamente innatas y específicas de la especie o
    de origen instintivo) como por psicodinámicos y otros
    psicólogos de distintas corrientes.

    TIPOS
    DE APEGO

    Clasificación de
    Ainsworth

    Ainsworth y cols. (1978) elaboraron un instrumento
    denominado "situación extraña" , con el objetivo de
    evaluar la manera en que los niños utilizaban a los
    adultos como fuente de seguridad, desde la cual podían
    explorar su ambiente; también la forma en que reaccionaban
    ante la presencia de extraños, y en los momentos de
    separación y reunión con la madre. La prueba consta
    de ocho episodios de tres minutos de duración cada uno.
    Previamente a su aplicación, se brinda la información adecuada y precisa sobre la
    misma, tanto a la madre como a la "persona extraña". La
    secuencia completa de la interacción es videograbada a
    través de una cámara de Gessell. (Lartigue y Vives,
    1992). Ainsworth distinguió a raíz de ésta
    prueba tres tipos de apego según la respuesta del
    niño:

    1. Niños ansiosos-evitantes:
    2. Niños con apego seguro
    3. Niños con apego
      ansioso-ambivalente
      :

    Tomando como base la clasificación de Ainsworth,
    se procede a describir las características de cada uno de
    estos tipos de apego.

    Apego seguro

    Un patrón óptimo de apego se debe a la
    sensibilidad materna, la percepción
    adecuada, interpretación correcta y una respuesta
    contingente y apropiada a las señales del niño,
    fortalecen interacciones sincrónicas (Aizpuru,
    1994).

    Las personas con estilos de apego seguro, son capaces de
    usar a sus cuidadores como una base de seguridad cuando
    están angustiados. Ellos tienen cuidadores que son
    sensibles a sus necesidades, por eso, tienen confianza que sus
    figuras de apego estarán disponibles, que
    responderán y les ayudarán en la adversidad. En el
    dominio
    interpersonal, tienden a ser más cálidas, estables
    y con relaciones íntimas satisfactorias, y en el dominio
    intrapersonal, tienden a ser más positivas, integradas y
    con perspectivas coherentes de sí mismo. De igual forma,
    muestran tener una alta accesibilidad a esquemas y recuerdos
    positivos, lo que las lleva a tener expectativas positivas acerca
    de las relaciones con los otros, a confiar más y a intimar
    más con ellos (Feeney, B. & Kirkpatrick, L. 1996,
    citados por Gayó, 1999).

    Apego ansioso – evitante

    Para la conducta que tiende a aumentar la distancia de
    personas y objetos supuestamente amenazadores resultan
    convenientes los términos "retracción" "huida" y
    "evitación". Para otro componente importante y
    adecuadamente organizado, el término utilizado es
    "inmovilización" (Bowlby, 1985; 1998).

    La conducta de retracción y la de apego se suelen
    dar con frecuencia ya que ambas cumplen una misma función:
    protección. Resulta fácil combinar en una
    acción única el acto de alejarse de una zona y
    acercarse a otra. No obstante, existen poderosas razones para
    trazar un distingo entre ambas. En primer lugar, aunque en buena
    medida las condiciones que las provocan son las mismas, no
    siempre ocurre así. La conducta de apego, por ejemplo,
    puede ser activada por la fatiga o la enfermedad, tanto como una
    situación que provoca miedo. Por otra parte, cuando ambas
    formas de conducta son activadas al mismo tiempo no siempre son
    compatibles, aunque si lo sean en la mayoría de los casos.
    Por ejemplo, puede producirse una situación conflictiva
    cuando el estímulo que provoca tanto la huida como la
    conducta de acercamiento de un individuo se halla ubicado entre
    éste último y la figura en quien se centra su
    afecto. Reviste primacía una u otra forma de conducta
    cuando el individuo atemorizado marcha de manera más o
    menos directa hacia la figura del apego, a pesar de que para ello
    tiene que pasar cerca del objeto amenazador, o cuando huye de
    este último aún cuando al hacerlo pone una
    distancia cada vez mayor entre si mismo y la figura de apego
    (Bowlby, 1985; 1998).

    Una conducta de apego insegura-evitante o la presencia
    de fallas en el establecimiento del vínculo
    materno-infantil, también se ha asociado con madres que
    maltratan a sus hijos, ya sea de manera física, verbal, a
    través de la indiferencia o por una inhabilidad
    psicológica (Egeland y Ericsson, 1987; mencionado por
    Lartigue y Vives, 1992). Este tipo de apego no seguro, se ha
    asociado con la presencia del "síndrome no orgánico
    de detención del desarrollo" que se caracteriza por
    carencias nutricionales y/o emocionales que derivan en una
    pérdida de peso y un retardo en el desarrollo
    físico, emocional y social. Muestran tener una menor
    accesibilidad a los recuerdos positivos y mayor accesibilidad a
    esquemas negativos, lo que las lleva, en el caso de las personas
    evasivas, a mantenerse recelosos a la cercanía con los
    otros y a las personas (Leventhal et al, 1988; mencionado por
    Lartigue y Vives, 1992).

    Las madres de niños evitantes pueden ser
    sobreestimulantes e intrusitas (Aizpuru, 1994)

    Las personas con este tipo de apego, tienen despliegues
    mínimos de afecto o angustia hacia el cuidador, o
    evasión de esta figura ante situaciones que exigen la
    proximidad y rechazan la información que pudiese crear
    confusión, cerrando sus esquemas a ésta, teniendo
    estructuras
    cognitivas rígidas tienen más propensión al
    enojo, caracterizándose por metas destructivas, frecuentes
    episodios de enojo y otras emociones
    negativas (Gayó, 1999). 9Algunos niños
    sujetos a un régimen imprevisible parecen llegar a un
    punto de desesperación en el que, en vez de desarrollar
    una conducta afectiva caracterizada por la ansiedad, muestran un
    relativo desapego, aparentemente sin confiar en los demás
    ni preocuparse por ellos. A menudo esta conducta se caracteriza
    por la agresividad y la desobediencia, y esos niños son
    siempre propensos a tomar represalias. Este tipo de desarrollo es
    mucho más frecuente en los varones que en las
    niñas, en tanto que ocurre a la inversa en el caso de una
    conducta de fuerte aferramiento y ansiedad (Bowlby, 1985;
    1998).

    Apego ansioso ambivalente

    Los sujetos ambivalentes son aquellos que buscan la
    proximidad de la figura primaria y al mismo tiempo se resisten a
    ser tranquilizados por ella, mostrando agresión hacia la
    madre. Responden a la separación con angustia intensa y
    mezclan comportamientos de apego con expresiones de protesta,
    enojo y resistencia.
    Debido a la inconsistencia en las habilidades emocionales de sus
    cuidadores, estos niños no tienen expectativas de
    confianza respecto al acceso y respuesta de los primeros. Estas
    personas están definidas por un fuerte deseo de intimidad,
    junto con una inseguridad respecto a los otros, pues desean tener
    la interacción e intimidad y tienen intenso temor de que
    ésta se pierda. De igual forma, desean acceder a nueva
    información, pero sus intensos conflictos las
    lleva a alejarse de ella (Gayó, 1999)

    Una situación especial en la que se produce
    conflicto
    entre la conducta afectiva y la conducta de alejamiento, es la
    que se produce cuando la figura de apego es también la que
    provoca temor, al recurrir, quizás, a amenazas o actos de
    violencia. En
    esas condiciones, las criaturas más pequeñas no
    suelen huir de la figura hostil, sino aferrarse a ella (Bowlby,
    1985; 1998).

    Todo apego regido por la ansiedad se desarrolla no
    sólo porque el niño ha sido excesivamente
    gratificado, sino porque sus experiencias lo han llevado a
    elaborar un modelo de figura afectiva que suele mostrarse
    inaccesible o no responder a sus necesidades cuando aquél
    lo desea. Cuanto más estable y previsible sea el
    régimen en el que se cría, más firmes son
    los vínculos de afecto del pequeño; cuanto
    más imprevisibles y sujetos a interrupciones sea ese
    régimen, más caracterizado por la ansiedad
    será ese vínculo (Bowlby, 1985; 1998).

    Otras clasificaciones del apego

    Por su parte, Main y Cassidy (1988) concuerdan al hablar
    de tres tipos básicos de niños, el tipo A
    (evitante), el tipo B (seguro) y C (ambivalente).

    Vargas y Díaz Loving (2001) realizaron un estudio
    de campo en niños de primaria, encontrando siete estilos
    de apego: evitante-ansioso agresivo, seguro externo, seguro
    interno, evitante independiente, preocupado amistoso, ansioso
    manipulador e interdependiente cercano expresivo (Vargas, A;
    Díaz, R y Sánchez, R., 2000).

    Bartholomew (1993) (citado por Vargas, A; Díaz, R
    y Sánchez, R., 2000) propone un modelo de apego que se
    compone de cuatro estilos: seguro, temeroso, alejado y
    preocupado, derivado de la imagen que se
    tiene de uno mismo y de la persona de apego. Byng Hall (1999)
    plantea cuatro estilos: Evitante (A), Seguro (B), Ambivalente o
    resistente (C) y desorganizado/desorientado (D, o
    A+C).

    La primera tipología reportada del apego adulto
    en México
    menciona cuatro estilos: seguro-autónomo,
    dependiente-preocupado, evasivo-rechazante y desorganizado
    (Martínez-Stack, 1994; citado por Vargas, A; Díaz,
    R y Sánchez, R., 2000).

    Mientras que en los estilos de apego en la pareja, Ojeda
    (1998) (citado por Vargas, A; Díaz, R y Sánchez,
    R., 2000 identifica siete: miedo-ansiedad, inseguro-celoso,
    seguro-confiado, realista-racional, independiente-distante,
    distante-afectivo, dependiente-ansioso

    DESARROLLO DEL APEGO

    Klauss y Kenell (1976) (citados por Craig, 1999),
    llegaron a la conclusión de que el contacto de la madre
    durante las primeras horas del nacimiento, daban lugar a un mayor
    apego; sin embargo, investigaciones
    recientes no le prestan tanta importancia a dichos resultados,
    aunque tampoco se niega la contribución de dicho contacto
    sobre todo para el vínculo entre las madres primerizas con
    sus hijos.

    Stroufe y Rutter (1984) (citados por Trianes, 2000),
    mencionan que entre las tareas del desarrollo para
    niños
    de 0-1 año se encuentra la
    regulación biológica: interacción con la
    madre o padre armonioso, formulación de una buena
    relación de apego. Y con niños de 1-2 ½
    años: exploración, experimentación y dominio
    del mundo del objeto (el cuidador como una base segura);
    individuación y autonomía, responder al control externo
    de los impulsos.

    Las tareas evolutivas características de cada
    etapa comienzan en los primeros meses, donde tienen que ver con
    el establecimiento de un buen lazo afectivo con los padres y de
    respuestas a las exigencias paternas y sociales sobre el control
    de esfínteres, los cambios en la alimentación, y otras
    (Trianes, 2000).

    Antes de las dieciséis semanas las respuestas
    diferencialmente dirigidas hacia una figura en particular son muy
    pocas y sólo se advierten cuando se aplican métodos de
    observación muy sensibles; entre las dieciséis y
    las veintiséis semanas las respuestas diferencialmente
    dirigidas son más numerosas y perceptibles; y en la
    mayoría de los bebés de seis meses o más
    criados en el seno de una familia todos
    pueden percibirlas (Bowlby, 1985; 1998). Piaget (1937)
    menciona que durante la segunda mitad del primer año, hay
    pruebas de que
    el pequeño comienza a concebir el objeto como algo que
    existe independientemente de sí mismo, en un concepto de
    relaciones espaciales y causales, incluso cuando no lo percibe
    directamente, por lo cuál puede emprender su
    búsqueda. Aunque los resultados obtenidos indican que la
    mayoría de los bebés desarrollan anteriormente esa
    capacidad en relación con las personas que en
    relación con las cosas, sólo hacia el noveno mes
    aquella se desarrolla de manera razonable y, en una
    minoría, recién varias semanas
    después.

    El hecho de poder confiar
    en una figura de afecto, amén de mostrarse accesible y que
    pueda ser capaz de responder a los requerimientos del sujeto,
    dependería de: a) el que se estime que la figura de apego
    es o no el tipo de persona que por lo general pueda responder a
    los requerimientos de apoyo y protección; b) el que uno
    mismo, de acuerdo con las estimaciones, sea o no el tipo de
    persona hacia quien un tercero pueda responder con muestras de
    apoyo. Como resultado, el modelo de la figura de afecto y el
    modelo de si mismo suelen desarrollarse de manera tal que se
    complementan y reafirman mutuamente (Bowlby, 1985;
    1998).

    El desarrollo emocional durante el primer año
    establece la base de la salud mental en
    el individuo humano (Winnicott, 1995), pero desde el momento del
    parto y las
    semanas posteriores, el apego de la persona se va consolidando.
    De esta forma, se ha constatado que las madres cansadas o
    deprimidas en las semanas siguientes al parto incrementan la
    posibilidad de que sus hijos mayores se vuelvan retraídos,
    se reduce el apego por la falta de atención habitualmente
    dispensada por la madre (Ortigosa, 1999).

    Desde los siete meses de edad, los niños son muy
    sensibles a las separaciones y vulnerables a percibir
    separaciones inesperadas como amenazas a la relación de
    afecto con su madre o padre. Antes de esta edad no son tan
    sensibles porque los lazos afectivos se están formando, y
    después de los 4 años tampoco lo son, puesto que
    han adquirido las habilidades cognitivas que mantienen la
    relación con sus figuras de apego cuando están
    ausentes. En este proceso muchos niños utilizan
    muñecos u otros objetos que les inspiran confianza y les
    ayudan a controlar la ansiedad de separación (Trianes,
    2000). El tipo de apego desarrollado al año de edad,
    predice el tipo de apego a los 18 meses, la frustabilidad,
    persistencia, cooperatividad y entusiasmo en la tarea a los 24
    meses, la competencia
    social en los preescolares y la autoestima, empatía y la
    conducta en el salón de clases (Stern, 1985 mencionados
    por Lartigue y Vives, 1992) A medida que crecen, los
    pequeños pueden recurrir a la visión y a la
    comunicación oral como medio de mantener el contacto
    con la madre.

    En presencia de una figura materna sensible a sus
    requerimientos, por lo común el bebe se muestra contento;
    y una vez que adquiere cierta movilidad suele explorar el mundo
    circundante lleno de confianza y valor. En
    ausencia de aquella figura, más tarde o más
    temprano el bebe experimenta un sentimiento de zozobra y responde
    con una viva sensación de alarma a toda suerte de
    situaciones imprevistas, por levemente extrañas que le
    resulten. Ante la inminente partida de la figura materna o cuando
    ésta no puede ser hallada, el pequeño suele
    emprender una acción dirigida a detenerla o buscarla, y no
    logra superar su ansiedad hasta tanto no lograr cumplir sus
    objetivos. (Bowlby, 1985; 1998).

    En la adolescencia,
    el vínculo de apego que une al hijo con sus padres cambia,
    ya que otros adultos comienzan a tener igual o mayor importancia
    que los padres acompañando la atracción sexual que
    empieza a sentir por compañeros de su misma edad. En esta
    etapa, las variaciones individuales en el apego se vuelven
    mayores. En un extremo se encuentran los adolescentes
    que se apartan por completo de sus padres; y en el otro, los que
    siguen apegados a ellos y no pueden o quieren dirigir su conducta
    de apego hacia otras personas. En medio se encuentran los que
    siguen teniendo un apego fuerte hacia los padres, pero sus
    vínculos con los demás también son
    importantes. El vínculo con los padres se mantiene durante
    la vida adulta y afecta a la conducta de diferentes maneras. En
    la vejez cuando la conducta de apego ya no puede orientarse hacia
    miembros de la generación anterior, tal conducta se puede
    dirigir hacia los miembros de la generación más
    joven Durante la adolescencia y la vida adulta, parte de la
    conducta de apego no sólo se suele dirigir hacia personas
    de fuera de la familia, sino también hacia grupos e instituciones
    fuera de esta. Para muchos la escuela, trabajo,
    grupo
    religioso, etc., pueden convertirse en figuras de apego
    subsidiarias. En tales casos, es probable que, al menos
    inicialmente, el vínculo con el grupo se establezca por el
    apego hacia un miembro que ocupe una posición destacada en
    él. Ante una enfermedad o catástrofe, los adultos
    se vuelven con frecuencia más exigentes respecto de los
    demás. Ante un desastre o peligro, es casi seguro que el
    sujeto buscará la proximidad de algún conocido en
    quien confía (Bowlby, 1969; 1998).

    En cuanto al miedo a los extraños, la secuencia
    se encuentra marcada por los siguientes hitos:

    1. Los primeros días de vida, el bebe no
      discrimina entre personas familiares y no familiares. Reacciona
      de forma similar ante unos y otros
    2. Audaz: la presentación de objetos novedosos
      desencadenan respuestas de interés
      sin temor
    3. 3 y 6 meses: reacción positiva ante personas
      desconocidas, pero comienza la diferenciación en la
      interacción con las personas conocidas y no
      conocidas.
    4. 6 y 8 meses: cauto e inhibido ante la persona
      extraña
    5. 8-9 meses: miedo a los extraños
    6. 9-12: aumento en la intensidad conductual del miedo a
      los desconocidos
    7. 24 meses: máximo de intensidad del miedo. A
      partir de los dos años suele perder intensidad debido a
      procesos
      autorregulatorios (Fernández et. al, 2002).

    Figuras de apego

    Osofsky y Ebehart (1988) (mencionados por Lartigue y
    Vives, 1992), identificaron tres patrones de riesgo en los que
    tenía lugar un intercambio de afectos negativos. El primer
    patrón fue de blandura o aburrimiento en la
    interacción, en el cual casi no existe comunicación; el segundo patrón
    caracterizado por el enojo y rabia de la madre hacia el
    bebé; el tercer patrón como un intercambio negativo
    mixto donde el infante y su madre aparecen fuera de
    sincronía el uno con el otro; y por último, cuarto
    patrón de interacción recíproca positiva
    caracterizado por la disponibilidad emocional, sintonía
    afectiva y sensación de bienestar

    El mero hecho de estar cerca de una madre y poder verla
    parece suficiente como para brindar a un pequeño de dos
    años una sensación de seguridad, en tanto que un
    pequeño de un año suele insistir en sus deseos de
    entablar contacto físico. Los niños de dos
    años se quejan menos que los de un año durante
    periodos breves en que las madres los dejan solos. Lee llega a la
    conclusión de que, por comparación con los
    niños de un año, los de dos años poseen
    estrategias
    cognitivas más perfeccionadas para mantener el contacto
    con la madre. Recurren en medida mucho mayor a la
    comunicación ocular y verbal, y con probabilidad
    también elaboran imágenes
    mentales (Bowlby, 1985; 1998). .

    En su estudio longitudinal de pequeños de dos a
    tres años, Maccoby y Feldman (1972) advierten la habilidad
    mucho mayor de estos últimos para comunicarse con la madre
    a distancia, así como su capacidad para comprender que la
    madre habrá de retornar muy pronto cuando sale de la
    habitación. Cuando se compara la reacción de los
    niños de tres años ante la breve ausencia de la
    madre con la de os de dos años, se advierte que disminuyen
    notoriamente conductas tales como el llanto y los movimientos en
    dirección a la puerta cerrada. Los
    pequeños de tres años que han sido dejados solos
    recuperan su ecuanimidad incluso cuando se reencuentran con una
    persona desconocida, en tanto que los de dos años
    permanecen tan perturbados ante el regreso de la desconocida como
    cuando estaban completamente solos (Bowlby, 1985; 1998).
    .

    De algunos estudios de experiencias en
    separación, se concluye que:

    En una situación benigna, aunque ligeramente
    extraña, los pequeños de once a treinta y seis
    meses, criados en el seno de su familia, advierten de inmediato
    la ausencia de la madre y por lo común demuestran cierta
    inquietud, cuyas pautas varían considerablemente, pero que
    con frecuencia llega a revestir la forma muy obvia, y a veces
    intensa, de ansiedad y zozobra. La actividad del juego se reduce
    abruptamente y puede cesar por completo. Son comunes los
    esfuerzos dirigidos a alcanzar a la madre ( Bowlby, 1985;
    1998).

    Lartigue y Vives (1992), mencionan que la investigación realizada por Fonagy, Steele
    y Sttele (1991) en 100 mujeres en su primera gestación, a
    través de la entrevista
    del apego adulto y su posterior seguimiento al año de edad
    en los infantes, demostró que las representaciones del
    tipo de apego de la madre (autónomo, rechazante o
    preocupado) tenían la capacidad predictiva en un 75% del
    patrón subsiguiente de apego del infante.

    Por su parte, Sears (1989, (citado por Aizpuru, 1994),
    menciona que el apego a la madre o cuidador primario es
    sólo uno, el primero de tres apegos verdaderos que ocurren
    en la vida. El segundo sería en la adolescencia
    tardía, la búsqueda del segundo objeto, la pareja.
    El tercero sería hacia el hijo o hijos. En cuanto a la
    frecuencia con que la conducta de apego se dirige hacia figuras
    diferentes de la madre, Schaffer y Emerson descubrieron que,
    durante el mes siguiente al momento en que los niños
    mostraron por primera vez esa conducta, la cuarta parte de
    éstos la dirigía también hacia otros
    miembros de la familia. Al cumplir dieciocho meses, la gran
    mayoría de los niños se sentían apegados, al
    menos, a una figura más, y con frecuencia a varias. Entre
    esas otras figuras, el padre era quien más frecuentemente
    daba lugar a la conducta de apego. También se halló
    que durante los primeros meses de manifestada esa conducta,
    cuanto mayor era el número de figuras hacia quienes el
    pequeño estaba apegado, más intenso solía
    ser este apego hacia su madre como principal figura (Bowlby,
    1969; 1998). La fase más sensible a la ausencia paterna se
    halla entre los cero y los dos años, ya que parece ser la
    etapa más debilitante para la
    personalidad en términos generadores de
    vergüenza, culpa, inferioridad y desconfianza Santrock
    (1970) (mencionado por Navarro y Steva, 1986).

    Por otra parte, los padres que participan en el
    nacimiento de su hijo sienten una atracción casi inmediata
    por él, acompañada de sentimientos de
    alegría, orgullo y autoestima Algunos estudios indican que
    tienen un vínculo y apego más fuertes con el hijo
    que los que no intervienen en el nacimiento ni en los cuidados
    iniciales; pero dichos padres pueden distinguirse en muchos otros
    aspectos (que pudieran favorecer tal vínculo) de los que
    no optan por tener tal contacto (Craig, 1999).

    Instituciones de cuidado y trabajo de la
    madre

    Conforme la mujer se
    integra a la vida productiva y se ve obligada a contribuir cada
    vez en forma más activa a la economía familiar,
    crece su necesidad de recurrir a instituciones que se encarguen
    de la crianza infantil. Así, a lo largo de un día
    de trabajo, el infante permanece más tiempo de vigilia en
    la institución que al lado de su madre. DE la crianza a la
    que se exponga el infante en estas instituciones dependerá
    en gran medida, su desarrollo intelectual (Guzmán, A;
    Barranco, R y González, S; 1989). Guzmán et. Al,
    (1989) realizaron un estudio con el fin de determinar si se dan
    factores de riesgo que pongan el peligro el desarrollo
    intelectual y mental de los niños que pasan la mayor parte
    de sus horas de vigilia en instituciones de cuidado infantil. El
    procedimiento
    consistió en registrar el comportamiento
    de 10 educadoras de 10 CENDIS del D.F. que atendían a
    lactantes (46 días a 1 año y 6 meses de edad),
    así como el valorarlas de manera personal. Se
    encontró que de las cinco categorías de conducta
    existentes, las educadoras dedicaron un 51% de tiempo a todas
    aquellas actividades que no significaran un contacto con los
    niños, un 20% a las interacciones negativas, un 22% al
    cuidado realizado en forma impersonal y tan solo un 5 % en
    demostrar afecto al infante, finalizando con un 2% dedicado a
    conducta de estimulación. Él estudio
    demostró también que dichas personas presentaban
    insatisfacción con su trabajo, problemas familiares y
    personales y que esto repercutía en sus trabajo con los
    niños.

    Guzmán, Padilla y Trujado (1990), realizaron un
    estudio con el fin de identificar las variables
    implícitas en la crianza que podrían ayudar a
    predecir la utilización, por parte del niño, de
    recursos para
    afrontar situaciones estresantes tales como el momento de la
    separación de la madre. Seleccionaron una situación
    de separación natural: el ingreso al jardín de
    niños, y tras aplicar cuestionarios a 142 madres de
    niños entre 4 y 5 años, se llegó a la
    conclusión de que las demostraciones de ansiedad de la
    madre parecen relacionarse directamente con las demostraciones de
    ansiedad en el niño; si la madre llegan a un acuerdo de
    planes antes de una separación el niño tiende a
    presentar menos ansiedad y si la madre durante la crianza aprende
    a mostrar menos ansiedad ante ciertas situaciones estresantes y
    comunes, promoviendo la seguridad, el niño las
    afrontará también con más recursos y
    capacidades para adaptarse a los cambios.

    Rutter (1972) (citado por Lara y cols., 1994) menciona
    que en ninguno de los estudios en los que se ha observado a
    niños de madres trabajadoras se ha reportado una ruptura
    en la relación de apego con ella o dificultades en la
    formación de lazos de apego con otros cuidadores. Los
    resultados son inconsistentes.

    Se han identificado una serie de variables mediadoras
    entre el trabajo
    materno y el tipo de apego. Entre estas se encuentra la calidad
    del cuidado alternativo: cuando este es de calidad (prontitud de
    respuesta de la madre, su accesibilidad ante las necesidades del
    niño, calidez, aceptación y libertad de
    expresión emocional) (Clarke-Stewart, 1988, citado por
    Lara y colsn., 1994) no se presentan diferencias entre los
    niños de madres empleadas y los que son cuidados
    exclusivamente por sus madres. Por lo que se refiere a la edad de
    separación existe controversia; mientras que algunos
    piensan que los efectos son más adversos antes del primer
    año, otros observan mayor incidencia de apego inseguro
    cuando se da después de esta edad. En cuanto al sexo se
    reporta de manera consistente, mayor vulnerabilidad a las
    separaciones de la madre en varones ( Lara y cols., 1994).
    Barglow, Vaughn y Monitor (1987)
    reportan mayor prevalencia de apego inseguro en los
    primogénitos (Lara y Cols., 1994)

    Lara y Cols., (1994) realizaron un estudio en España con
    el objeto de evaluar los efectos del trabajo materno sobre la
    salud emocional
    de los niños, a partir de entender algunas de las
    variables asociadas al estatus laboral de las
    madres. El grupo de madres trabajadoras (MT) estuvo representada
    por enfermeras. Las madres no trabajadoras (MNT) son mujeres ni
    empleadas en el momento del estudio. Se encontraron efectos muy
    leves del estatus laboral de la madre sobre la conducta de apego
    de los pequeños manifestados en un mayor porcentaje de
    niños con apego desorganizado entre los de MNT. Se
    observó un efecto significativo en el desarrollo
    intelectual a favor de los niños de madres trabajadoras
    (hasta los cinco años). Tanto en patrón de apego
    como en nivel de desarrollo, a los seis años los varones
    mostraron desventajas en relación con las niñas. Se
    observó solo efecto negativo en los niños de las
    tensiones con la pareja en MT. La relación entre la mayor
    frecuencia de apego ambivalente y la presencia de otros adultos
    en casa y mayor apego evitativo y la ausencia de otros adultos en
    los niños de las MT, habla de las dificultades que se
    generan cuando hay otros cuidadores.

    En cuanto a la conducta en presencia y ausencia de la
    madre, varios psicólogos registraron la conducta de los
    niños pequeños cuando ingresan por primera vez a
    una guardería o asisten a un centro de
    experimentación para ser examinados. Los especialistas
    recogieron datos que prueban
    que el ingreso a la guardería mucho antes de los tres
    años constituye una experiencia indeseable para la
    mayoría de los niños, debido a las tensiones que
    les provoca. En el primer estudio realizado por Shirley y Poyntz
    (1941), se observó a 199 pequeños (101 varones y 98
    mujeres) de dos a ocho años en el curso de una visita de
    un día de duración a un centro de
    investigación, durante la cual fueron sometidos a una
    serie de exámenes médicos y psicológicos,
    intercalados con periodos dedicados al juego, la comida y el
    descanso. Los niños permanecieron todo el tiempo sin las
    madres. En los resultados, relación que los niños
    de tres años solían demostrar mayor inquietud que
    los de los grupos de mayor y menor edad: "los pequeños de
    dos años o dos años y medio tenían poca
    conciencia de lo
    que les reportaría el día; experimentaban escaso
    temores por anticipado". A los tres años, tomaban mayor
    conciencia de las exigencias de la jornada y se mostraban
    más reacios a dejar sus hogares". Ello ocurría en
    el caso de aquellos que habían efectuado una o dos visitas
    previas al centro. Lejos de acostumbrarse a los exámenes
    bianuales en ausencia de la madre, los pequeños se
    mostraban cada vez más aprensivos al respecto. Y
    solían demostrar mayor inquietud al comienzo del
    día (shirley, 1942). Mayor perturbación en los
    niños mayores al prever más fácilmente lo
    que habría de suceder. (Citado por Bowlby, 1985;
    1998)

    Diferencias de género

    Vargas, A; Díaz, R y Sánchez, R., (2000),
    realizaron un estudio que pretendía identificar si
    existían diferencias en el uso de un estilo particular de
    apego en niños y niñas de cuatro grupos de edad que
    abarcan la gama de infancia y pubertad. Se
    aplicó el instrumento de estilos de apego. Los
    niños puntuaron más alto en el estilo
    seguro-interno (desenvoltura e independencia), lo que le lleva a explorar
    prácticamente con cualquier persona. Esta tendencia es
    congruente con la forma en la que el proceso de socialización se desenvuelve en la cultura
    mexicana pues a los niños se les refuerza ser
    independientes, dinámicos y autónomos.
    También mostraron el estilo evitante Ansioso- Agresivo
    más que las niñas. En contraste, los estilos
    predominantes en las niñas fueron: seguro externo
    (accesibilidad y apertura al trato con las personas) y preocupado
    amistoso (necesidad de compañía reflejada en
    conductas afiliativas), manifestando de esta manera los roles
    esperados por la cultura mexicana que con anterioridad mencionara
    Díaz Guerrero (1994). También, se observó
    que hay una tendencia creciente en el estilo evitante
    independiente conforme los niños son mayores y un
    decremento en el estilo seguro externo conforme la edad aumenta.
    Esto puede explicarse en función de una menor dependencia
    de los padres para volverse más autónomos e
    independientes (Craig, 1996; citado por Vargas, A; Díaz, R
    y Sánchez, R., 2000)

    En algunos estudios y a determinada edad no se observa
    diferencias en la conducta de niñas y varones. En la
    medida en que se observan diferencias, se advierte que los
    varoncitos tienden a explorar más en presencia de la
    madre, y se muestran más vigorosos en sus intentos por
    alcanzarla cuando aquella se marcha; las niñas por su
    parte, suelen mantener una mayor proximidad con la madre y
    entablar amistad
    más rápidamente con la desconocida (Bowlby, 1985;
    1998). Sin embargo, los varones son los que suelen sufrir
    más la separación de la madre.

    ESTRÉS Y APEGO

    En la infancia existen cantidad de situaciones y
    acontecimientos que pueden ser considerados como estresores,
    porque implican daño o
    pérdida; son amenazas reales o potenciales para el
    bienestar, retos ante los cuales irremediablemente hay que
    responder. Migram (1996) (citado por Trianes, 2000), propone una
    clasificación de dichos acontecimientos: 1) tareas
    rutinarias,. 2) actividades o transiciones normales del
    desarrollo 3) acontecimientos convencionales, 4) acontecimientos
    negativos, 5) alteraciones familiares graves, 6) desgracias
    familiares, 7) desgracias personales y 8) desgracias
    catastróficas.

    Toda separación ejerce un efecto particularmente
    adverso sobre los niños cuyos padres suelen mostrarse
    hostiles o amenazarlos con la separación como medida
    disciplinaria, o cuya vida familiar es inestable. De esta forma,
    se observa que las amenazas de abandono o suicidio por
    parte de los padres, suelen desarrollar más la
    elaboración de un apego ansioso. La amenaza de abandono
    puede expresarse de distintas maneras: afirmar que al
    pequeño se le puede llevar a un lugar para niños
    malos, a la policía. Otro tipo de amenaza es la que dice
    el padre cuando menciona que se marchará de la casa,
    dejándolo solo. Una tercera, radica en señalar que
    si el niño no se porta bien, la madre o el padre se
    enfermarán e incluso morirán. Una cuarta, es la
    realizada en momentos de enojo y cediendo a la impulsividad, que
    hace uno de los padres en el sentido de abandonar a la familia, e
    incluso de cometer suicidio. También ha de tomar en cuenta
    la ansiedad que se despierta cuando el niño oye discutir a
    sus padres, y por lo tanto, teme que uno de ellos llegue a
    abandonar el hogar (Bowlby, 1985; 1998).

    Méndez (1999), menciona que los factores que
    explican el origen y la persistencia de los miedos infantiles
    son: 1) preparatoriedad, 2) vulnerabilidad biológica, 3)
    vulnerabilidad psicológica, 4) historia personal y 5)
    experiencias negativas.

    Los elementos que componen la experiencia del estrés en
    los niños son: 1) variables antecedentes (estímulos
    estresantes), 2) variables que median la experiencia del
    estrés: modeladoras (género,
    edad, temperamento) y amortiguadoras o protectoras (familia,
    interacción), 3) factores de riesgo (condiciones
    personales y ambientales que predisponen a padecer estrés)
    y 4) factores de afrontamiento (condiciones personales y
    ambientales que ayudan a manejar y superar el estrés)
    (Trianes, 2000).

    Según Ortiz (1994) (citado por Fernández
    et. al, 2002), la activación del sistema del miedo depende
    de la evaluación
    que el niño realice de la situación. Incluyendo
    factores tanto individuales (seguridad de apego, experiencia
    social previa, temperamento y capacidades cognitivas) como
    contextuales (novedad de la situación, forma de
    aproximarse e interactuar de la persona extraña, edad de
    la persona extraña y presencia de las figuras de
    apego).

    Por otra parte, el miedo a extraños se manifiesta
    en la siguiente secuencia: 1) tendencia a retirarse y/o evitar a
    la persona extraña, 2) reducción de conductas de
    interacción social positiva, 3) orientación de la
    mirada, atención y manipulación hacia otros
    elementos, 4) manifestación de temblores, 5)
    expresión de llanto y/o quejas intensas, 6)
    manifestación de desagrado o malestar, 7)
    activación de conductas de apego 8 (Fernández et.
    al, 2002).

    Separaciones

    Según Bowlby (1985; 1998), en las separaciones
    prolongadas los niños atraviesan tres fases:

    1) Protesta y trata de recuperar a la madre por
    todos los medios
    posibles

    2) Desespera la posibilidad de recuperarla pero, sigue
    preocupado y vigila su

    retorno

    3) Desapego emocional

    Siempre que el periodo de separación no sea
    demasiado prolongado, ese desapego no se prolonga
    indefinidamente. Mas tarde, el reencuentro con la madre, causa el
    resurgimiento del apego. De ahí en adelante, durante
    días o semanas, el pequeño insiste en permanecer
    con ella. Siempre da muestras de ansiedad cuando intuye su
    posible partida (Bowlby, 1985; 1998).

    La respuesta infantil es diferente dependiendo de quien
    inicia la separación. El niño no muestra signos de
    miedo cuando se aleja porque alguna cosa atrae su curiosidad o
    para jugar. Si la separación se realiza contra su voluntad
    manifiesta señales de intenso temor, aunque el adulto
    cuidador permanezca en su campo de visión, y busca
    ansiosamente el contacto con él. Así, durante la
    infancia, se producen las separaciones forzadas por diversas
    circunstancias (Méndez, 1999):

    1. Escolarización
    2. Hospitalización
    3. Divorcio
    4. Muerte

    Escolarización

    Investigadores sostienen que los niños deben
    percibir su ambiente como seguro para tener éxito y
    cubrir las demandas académicas de la escuela (Hoover y
    Hazker, 1991, citado por Juvonen, 1999).

    La escuela se presenta, como el más importante
    contexto social y de aprendizaje de
    conocimientos, dando lugar a nuevos y desconocidos retos con la
    ambigüedad de contribuir al crecimiento personal o
    convertirse en acontecimientos que amenazan a dicho crecimiento
    (Trianes, 2000). Los factores interpersonales desempeñan
    un papel fundamental para promover el aprendizaje en
    la escuela y que éste puede optimizarse en contextos
    interpersonales caracterizados por el apoyo, autonomía y
    el sentido de relación con los demás (Ryan y
    Powelson, 1991, citados por Juvonen, 1999). Por consiguiente, la
    amistad que es definida como "una relación voluntaria y
    recíproca entre dos niños" (Bukowski y Hoza, 1989;
    citado por Juvonen, 1999) actúa como apoyo para los
    niños pequeños en su ambiente escolar y, por tanto,
    los ayuda a aclimatarse a la escuela. También, se observa
    que un apego seguro es la base para que los niños en
    edades preescolares muestren competencia en las relaciones con
    los iguales, sean aceptados por compañeros y tengan amigos
    (Trianes, 2000). El rechazo de sus compañeros puede
    desarrollar actitudes
    negativas e inhibirlos en la exploración (Juvonen, 1999)
    de tal manera que llanto, quejas, tristeza, apatía por ir
    a la escuela, excesivo apego al adulto y otros síntomas
    pueden ser debidos a una percepción de soledad asociada al
    hecho de no tener compañeros con quien jugar (Trianes,
    2000).

    Entre los chicos, las amistades dentro del aula que se
    caracterizan por altos niveles de conflicto se asocian con
    múltiples formas de mala adaptación a la escuela,
    incluidos niveles elevados de soledad y evasión de la
    escuela y niveles muy bajos de agrado y compromiso con ella. Los
    niños que cuentan con un amigo mutuo en el salón de
    clases pueden estar dispuestos a utilizarlo como fuente de apoyo
    emocional o instrumental o tal vez como una base segura a partir
    de la cual exploran el ambiente escolar (Howes, 1988, citado por
    Juvonen, 1999). La mera participación en la amistad con un
    compañero de clase puede
    actuar como un factor de protección para los niños,
    que de otra manera correrían el riesgo de sufrir
    experiencias negativas en la escuela (como sentimientos de
    soledad) (Juvonen. 2000).

    En cuanto a la relación con los profesores, Howes
    y Hamilton (1992) notaron que uno de los muchos papeles de los
    maestros de niños pequeños es el de proveer cuidado
    y ser responsables por el bienestar físico y emocional del
    chico en ausencia de sus padres. Al proporcionar una base segura
    a partir de la cual el niño puede explorar sus
    alrededores, los maestros facilitarán la adaptación
    de éste al ambiente escolar. Tres características
    de relaciones entre maestros y niños, significativas para
    los pequeños a medida que se enfrentan a transición
    en diferentes años escolares son: cercanía
    (relaciones de apoyo), dependencia y conflicto. Los
    teóricos del apego han distinguido entre apego (que tiene
    connotaciones positivas) y la dependencia (connotaciones del
    desarrollo negativas); se considera adaptable el hecho de que la
    cercanía incremente con el tiempo y que la dependencia
    disminuya. Los niños que son excesivamente dependientes
    podrían sentirse indecisos para explorar su ambiente
    escolar. Los sentimientos de soledad y ansiedad, así como
    los sentimientos negativos acerca de las actitudes hacia la
    escuela y los compañeros de clase, también son
    más comunes en niños que muestren niveles
    más elevados de dependencia hacia el maestro. Birch y Ladd
    (1994) (mencionados por Juvonen, 1999) comprobaron que los
    niños con relativamente poco conflicto, poca dependencia o
    mayor cercanía con sus maestros eran mejor aceptados por
    sus compañeros de clase que los chicos que experimentaban
    más conflicto, dependencia o menos
    cercanía.

    Hospitalización

    Según Priego y Valencia (1988), la
    hospitalización puede causar reacciones inmediatas en el
    mismo momento de la separación (gritos, llantos,
    negación a quedarse) o bien después de la
    experiencia en conductas tales como regresión, actitudes
    de rechazo a los padres, alteraciones del sueño o
    alimenticias, etc. Tales comportamientos dependen de una serie de
    factores como el conocimiento
    previo de lo que es un hospital, la personalidad
    del niño, el tipo de relaciones que establece con sus
    padres y la propia experiencia. Al respecto, se han realizado una
    serie de estudios.

    En 1915, durante la primera guerra
    mundial, el médico alemán Ibrahim describe una
    enfermedad del hospital, donde a pesar de los cuidados y el
    equipo moderno con el que contaban, los niños iban
    muriendo psíquicamente por una "falta de amor". Ese mismo
    año, Pflaunder en Europa y H.D.
    Chapin en E.U.A. dan el nombre de "hospitalismo" al
    síndrome de deterioro físico y mental progresivo
    que aparece en los niños internos desde sus primeros
    días y que no podía atribuirse a deficiencias
    higiénicas en el manejo de los niños o a otras
    enfermedades,
    sino al trato impersonal y carente de estímulos afectivos
    y sociales que recibe un niño normal de su
    madre.

    En 1918, Morquio hablaba de que en los hospitales de
    niños no se muere de la enfermedad que se trae, sino de la
    que se adquiere, planteando la necesidad de que sea evitada en lo
    posible la hospitalización de niños menores de dos
    años y refiriendo que ésta sería más
    tolerable cuanto más cerca pudiera estar la madre del
    hijo. Hace especial énfasis en la falta de atención
    que existe en el psiquismo del niño, en un medio que, a
    pesar de la buena voluntad y preparación de las personas
    que lo rodean, no logra sensibilizarlo y hacerle sentir aquello
    que tiene en el ámbito del hogar y con su
    familia

    En 1940, Lowrey reporta que a través de una larga
    estancia de 28 niños entre las dos semanas y los once
    meses de edad en una institución 2 o 3 años, muchos
    de estos niños presentaron un cuadro clínico
    similar al de los niños rechazados por sus
    familiares.

    En 1945, spitz define al hospitalismo como el efecto
    nocivo, sobre todo desde el punto de vista psiquiátrico,
    de la atención que se da en los hospitales a infantes
    puestos a su cuidado a temprana edad. También lo describe
    como "el comportamiento peculiar de los niños que se
    manifiesta por una primera fase de llanto y protestas, pasando a
    un estado de
    apatía, silencio, inercia, actitud sombría, dejando
    de seguir la mirada, sin responder a la sonrisa y a la voz. Su
    estado físico se deteriora perdiendo peso y aumentando su
    sensibilidad en forma exagerada a las infecciones, su desarrollo
    psicomotor presenta retrasos importantes. Spiz, realizó un
    estudio que realizó a 69 niños residentes de una
    casa cuna de una institución que refugiaba a madres
    delincuentes, en donde cada una de ellas tenía la
    oportunidad de atender a su hijo, con 61 pequeños de un
    hogar de crianza que provenían de un núcleo social
    y materno adecuado, pero cuyo impedimento era que sus madres no
    podían hacerse cargo de ellos. Posteriormente,
    ejecutó un seguimiento con 21 niños del hogar de
    crianza que por su deprivación de cuidado,
    estimulación y amor maternos sufren un daño
    irreparable, tendiendo este incluso a ser progresivo.
    Además del desarrollo físico y psicológico
    inadecuado, todos estos niños mostraban un serio
    decremento en su resistencia a la muerte y
    por lo tanto, un alto índice de mortalidad.

    En 1958 Bloom presenta un estudio realizado con 143
    niños entre los 2 y 4 años expuestos a una
    situación de estrés dada la significancia emocional
    de una operación de amígdalas y de su posterior
    hospitalización. El grupo de menor edad fue el que
    presentó mayor ansiedad ante la hospitalización,
    básicamente debida a la separación materna que
    sufrían.

    Se ha llegado a la conclusión que en aquellos
    niños sobre los siete meses se presenta una forma de
    conducta que representa la postura de la separación:
    protesta durante el período inicial de
    hospitalización; negativismo personal, intervalos de
    conductas de sumisión y retiro, y un periodo de reajuste
    al regresar al hogar durante el cual se mostró un gran
    monto de inseguridad centrada alrededor de la presencia de la
    madre. En aquellos niños por debajo de los siete meses,
    por otro lado, la separación de la madre no produce
    protestas significativas (Priego y Valencia, 1988)

    Divorcio

    En un estudio realizado por Henry y Holmes (1998)
    (citado por Vargas, A; Díaz, R y Sánchez, R., 2000)
    se evidencia la importancia del apego en las etapas iniciales de
    la vida, pues parece que cuando niñas de padres
    divorciados vs. No divorciados son evaluadas en términos
    de su apego, éstas se identifican más con un estilo
    preocupado, miedoso, menos seguro y rechazante (en orden
    decreciente); mientras que los niños se identificaron
    más con un estilo miedoso, preocupado, menos seguro y
    rechazante, respectivamente. De igual forma, se ha evidenciado
    que en los niños más pequeños, las
    circunstancias más dramáticas de los primeros
    momentos pueden ser vividas con menos consciencia de drama y
    más normalidad si se mantienen las rutinas de vida y la
    calidad de apego.(Trianes, 2000).

    Arnold y Carnahan (1990) (citado por Trianes, 2000)
    señala tres grupos de estresores más comunes
    asociados al divorcio del
    padre: perdida del acceso a los padres o a uno de ellos; cambios
    en el entorno y condiciones de vida; hostilidades entre los
    padres e intrusión del sistema legal en la familia. La
    perdida de acceso en los niños pequeños puede ser
    vivida con ansiedad de separación, mostrada con protestas,
    lloros, búsquedas, enfados, llamando a mamá y otras
    respuestas de activación fisiológica.

    Muerte

    Browlby (1980; 1997) destaca que las reacciones de duelo
    que se observa a menudo en la niñez muestran muchos de los
    rasgos que constituyen el sello característico del duelo
    patológico adulto. Las cuatro variantes descritas por el
    autor son:

    1. anhelo de la persona perdida
    2. reproche contra la persona perdida, combinado con
      autorreproches
    3. cuidado compulsivo de otras personas
    4. incredulidad de que la pérdida sea
      permanente.

    Consecuencias de la
    separación

    Hay razones para creer que después de una
    separación muy prolongada o que se repite durante los tres
    primeros años de vida el desapego experimentado puede
    prolongarse de manera indefinida. Tras las separaciones
    más breves desaparece esa conducta de desapego, por lo
    común tras un periodo de horas o días. Por lo
    general sucede una fase durante la cual el niño muestra
    una notoria ambivalencia hacia sus padres. Exige su presencia y
    llora amargamente si lo dejan solo; por otra parte puede dar
    señales de rechazo hacia ellos o mostrarse hostil o
    desafiante. Entre los factores determinantes de la
    duración de esa ambivalencia, uno de los más
    importantes suele ser el modo en que responde la madre (Bowlby,
    1985; 1998).

    Cuando el hijo regresa al hogar tras un periodo de
    separación, su conducta plantea grandes problemas a sus
    padres, y en especial a la madre. El modo en que esta responde
    depende de muchos factores ( tipo de relación que haya
    tenido con el pequeño antes de la separación, y el
    hecho de considerar que conviene más tratar a un
    niño exigente y perturbado dándole muestras de
    seguridad y procurando calmarlo o recurriendo a medidas
    disciplinarias). Westheimer (1970) centra su atención en
    el modo en el que los sentimientos de la madre hacia el hijo
    pueden modificarse en el curso de una prolongada
    separación durante la cual no lo ve. Los sentimientos
    anteriormente cálidos tienden a enfriarse y la vida en
    familia se organiza de acuerdo con esquemas tales que no dan
    lugar a que el niño pueda adaptarse a ella a su retorno
    (Bowlby, 1985; 1998).

    Hay pruebas de que cuando el hijo ha permanecido lejos
    de su hogar en un lugar extraño y al cuidado de personas
    desconocidas, siempre sigue albergando temor de que lo alejen
    nuevamente del ambiente familiar. En un estudio realizado pro
    Robertson, descubrió que los pequeños que
    habían estado internados en un hospital tendían a
    experimentar pánico
    ante la visión de cualquier persona con chaqueta blanca o
    delantal de enfermera y dieron claras muestras de temer un
    posible reingreso al hospital. Los niños que no parecen
    mostrar perturbación, son aquellos que nunca contaron con
    una figura específica en la cual centrar su afecto, o que
    han experimentado separaciones repetidas y prolongadas, por lo
    cual desarrollaron un desapego más o menos permanente
    (Bowlby, 1985; 1998).

    En un estudio realizado por Hernicke y Westheimer en
    1966, se observó a un grupo de niños bastante bien
    integrados, al que se estudió durante las primeras semanas
    de su asistencia a una guardería diurna; en el segundo
    grupo a otro integrado por pequeños a quienes se
    observó en el transcurso de su existencia cotidiana en el
    seno de sus propios hogares. En cuanto a las muestras de
    desapego, se confirmó que el desapego es
    característico del modo en que el pequeño separado
    de sus progenitores se comporta al reunirse nuevamente con la
    madre, aunque mucho menos evidente en circunstancias de
    reencontrarse con el padre. El segundo es que la duración
    de esa conducta de desapego infantil para con la madre se da en
    correlación elevada significativa con la duración
    de la separación entre ambos (Bowlby, 1985; 1998).
    .

    Estudios de James y Joyce Robertson (1971). Combinaron
    sus roles de observadores y padres sustitutos, llevaron a la casa
    a cuatro pequeños necesitados de cuidados, ya que sus
    madres se encontraban internadas en un hospital; las edades
    variaban desde dos años cinco meses, dos años
    cuatro meses, un año nueve meses y un año cinco
    meses. Procuraban descubrir de que manera pequeños con una
    experiencia previa satisfactoria responden a una
    separación, dadas las condiciones atenuantes conocidas y
    posibles de combinar al presente (los cuidados maternos de una
    madre sustituta con la cual el pequeño se encuentra
    familiarizado, la cuál procuró brindar todo su
    tiempo y cuidado a cada uno de los niños, y, adoptar a la
    vez, los métodos de la crianza de la madre, por lo que
    semanas antes, habían periodos de convivencia entre la
    madre, la investigadora y el niño para que éste se
    acostumbrara a la presencia de la madre sustituta y para que
    ésta averiguara como debía de actuar para tal
    niño). Todos los niños estudiados mostraron menos
    inquietud que la que es común en los niños
    pequeños cuando se separan de la madre en condiciones
    menos favorables; los cuatro, sin embargo, dieron muestras de
    incomodidad, y de tanto, revelaron tener conciencia de la figura
    de la madre ausente. La secuencia de protesta,
    desesperación y desapego, si bien restringida y
    notablemente reducida en su intensidad. Gracias a las
    preocupaciones adoptadas pudo reducirse la desesperación
    del niño y su consecuente desapego. Las diferencias de
    respuesta entre los niños criados en un hogar de padres
    sustitutos y los criados en el marco de una institución
    pueden interpretarse como diferencias de intensidad (Bowlby,
    1985; 1998). .

    La secuencia de protesta intensa, seguida de muestras de
    desesperación y desapego, se debe a la combinación
    de una serie de factores, de los cuales el central es la
    conjunción de personas desconocidas, hechos
    extraños, y la ausencia de cariño maternal,
    brindado sea por la madre verdadera, sea por una sustituta eficaz
    ( Bowlby, 1985; 1998). .

    Como la separación de la figura materna, incluso
    en ausencia de otros factores, sigue provocando tristeza,
    cólera
    y la subsiguiente sensación de ansiedad en los
    niños más pequeños, dicha separación
    es en sí una variable clave para determinar el estado
    emocional y conducta del niño (Bowlby, 1985;
    1998).

    Boy, García y Torreblanca (1985), realizaron un
    estudio en la ciudad de México diseñado para
    analizar los efectos de la privación materna en el
    sentimiento de seguridad en niños de 3 a 6 años ( 8
    varones y 8 mujeres), residentes en una casa hogar o
    institución similar. Tomaron como grupo control a
    individuos que vivían con su madre en forma permanente y
    continua. Tras realizar observaciones estructuradas durante
    cuatro días, encontraron que el grupo control presentaba
    mayor autonomía, participación activa, autoestima y
    confianza, corroborando de esta forma que la privación
    materna influye en el sentimiento de seguridad, autoestima y
    confianza en sí mismo.

    Cuando en la serie de episodios diseñados por
    Ainsworth, se somete a prueba a un niño por segunda vez
    pocas semanas después de la prueba, aquél suele
    mostrarse más inquieto y ansioso que en la primera
    oportunidad. Si la madre se halla presente, se mantiene junto a
    ella y se le aferra con mayor fuerza. Cuando
    aquella se halla ausente, aumenta el llanto del pequeño.
    Estos descubrimientos surgen de un estudio test-retest con
    veinticuatro bebes examinados por primera vez a las cincuenta
    semanas de vida y por segunda vez dos semanas después.
    Esto puede indicar que al año de una separación de
    escasos minutos de duración, suele tornar al niño
    más sensible de lo que era ante una repetición de
    la experiencia. (Bowlby, 1985; 1998).

    Apego y Maltrato

    Los padres de un niño maltratado son menos
    afectuosos, interfieren en las actividades y conductas de su
    hijo, existe poca interacción con él y su contacto
    ocular es pobre (Aizpuru, 1994).

    Lyns-Ruth, et al., (1987) (citados por Aizpuru, 1994),
    refiere que en diversos estudios se ha encontrado que en
    niños maltratados hay una mayor incidencia de apego
    ansioso; puesto que ellos muestran un mayor índice de
    frustración, de agresión. Al haber menor respuesta
    de la madre, acompañada por una falta de seguridad el
    niño teme acercarse a los adultos amistosos, impidiendo
    así, la interacción.

    Pino y Herruzo (2000) mencionan que los niños que
    sufren maltrato, a los 18 y 24 meses sufren un apego ansioso y
    presentan más rabia, frustración y conductas
    agresivas ante las dificultades que los no maltratados. Entre los
    3 y los 6 años tiene mayores problemas expresando y
    reconociendo afectos. También expresan más
    emociones negativas y no saben animarse unos a otros, a vencer
    las dificultades que se presentan en una tarea y presentan
    patrones distorsionados de interacción tanto con sus
    cuidadores como con sus compañeros.

    En un estudio realizado por England et al (1983) (citado
    por Pino y Herruzo, 2000), se menciona que los niños
    maltratados tanto física como verbalmente y los
    abandonados emocional y físicamente, presentaban apego
    ansioso desde la edad de un año hasta los 42 meses. Los
    que además de padecer maltrato físico
    padecían abandono emocional, mostraron menos angustia y
    frustración que los que padecían sólo
    abandono emocional, corroborando que en condiciones extremas de
    privación, cualquier conducta de atención, aunque
    sea aversiva, puede funcionar como reforzadora.

    George y Main (1979) (citados por Pino y Herruzo, 2000)
    encontraron que los niños maltratados de 12 a 36 meses
    evitaban mas a los adultos amistosos que se les acercaba que a
    los niños que iniciaban la interacción,
    situación corroborada por Howes y Espinosa (1979), quienes
    también hallaron que el déficit en la
    interacción desaparecía cuando se interactuaba con
    niños a los cuales ya se conocía.

    Los infantes maltratados desarrollan con mayor
    probabilidad relaciones de apego inseguras como respuestas a
    experiencias repetidas de maltrato y/o desconcertantes.
    Además esas experiencias y expectativas conducen al
    desarrollo de una estrategia
    defensiva a través de la cual estos infantes dirigen su
    atención lejos de sus madres con el propósito de
    mantener su organización frente al conflicto surgido
    por la incompatibilidad de sus deseos (Aizpuru, 1994).

    Reducción del
    estrés

    ¿Por qué algunos individuos se recuperan
    en gran medida o completamente de las experiencias de
    separación y pérdida, en tanto que otros, les
    resulta imposible lograrlo? En cuanto a las condiciones que
    desempeñan cierto papel en la respuesta diferencial, se
    encuentran:

    1. la intrínsecas a la separación en
      sí, o estrechamente relacionadas con ella, en
      particular las condiciones en que se cuida al niño en
      ausencia de la madre.
    2. Las presentes en la vida del pequeño durante
      un periodo más prolongado; en particular, sus
      relaciones con los padres durante los meses o años
      anteriores y posteriores al hecho (Bowlby, 1985;
      1998).

    Con niños pequeños, la implicación
    de la familia en amplificar o amortiguar el impacto del
    estrés es más intensa, ya que el apoyo de los
    iguales tiene un papel menos relevante que en edades posteriores
    donde El efecto amortiguador más fuerte del estrés
    se ha encontrado en el apoyo social presentado por los
    compañeros y amigos (Trianes, 2000).

    Entre las condiciones que mitigan la intensidad de las
    respuestas de los pequeños separados de la madre, las
    más eficaces parecen ser:

    1. La presencia de un acompañante familiar y/o
      posesiones familiares
    2. Los cuidados maternos proporcionados por una madre
      sustituta (Bowlby, 1985; 1998).

    Heinicke y Westheimer advirtieron que cuando un
    pequeño se halla en una guardería con un hermano,
    disminuyen sus muestras de inquietud, en particular los primeros
    días; y Robertson observó que la presencia de un
    hermano siempre sirve de consuelo, incluso si es más
    pequeño que el otro. La presencia de un acompañante
    familiar, incluso si no suministra casi ningún cuidado
    como sustituto materno, constituye un factor de alivio de
    bastante importancia. También proporciona algún
    consuelo los objetos inanimados, como juguetes
    favoritos o ropas personales (Bowlby, 1985; 1998).

    Una segunda opción que mitiga el dolor provocado
    por la separación, son los cuidados maternos que brinda
    una madre sustituta. Inicialmente el pequeño teme a la
    extraña y rechaza sus intentos de brindarles afecto y
    cuidados maternos. De allí en adelante, incurre en una
    conducta intensamente conflictiva: por un lado busca su consuelo,
    por otro la rechaza, por serle desconocida. Sólo al cabo
    de algunos días o semanas puede acostumbrarse a la nueva
    relación. Mientras tanto continúa anhelando la
    presencia de la madre ausente y, ocasionalmente, ventila la ira
    que produce su ausencia (Bowlby, 1985; 1998).

    Otras condiciones que, se sabe reducen los efectos de la
    separación entre madre e hijo, son las posesiones
    familiares de éste, la compañía de otro
    niño conocido y, los cuidados y el afecto materno de una
    madre sustituta capacitada y con quien el pequeño se halle
    familiarizado. Las personas extrañas, los sitios
    desconocidos y las situaciones insólitas son siempre
    motivos de alarma, en especial cuando debe hacerles frente el
    niño solo (Bowlby, 1985; 1998).

    Según un un estudio efectuado por Moore (1971),
    los niños a partir de los tres años obtienen
    beneficios del juego con sus pares en un ambiente ordenado con
    tal fin, en especial cuando la alternativa es su reclusión
    en un espacio limitado dentro de un ambiente urbano.

    En 1920 Watson y Rayner informaron que no era posible
    provocar las respuestas a una rata blanca, en el caso de un
    bebé de once meses, Alberto, mientras éste tuviera
    el pulgar en la boca. El condicionamiento de este niño
    tuvo lugar sobre un colchón en una pequeña mesa, y
    sin que se hallara presente ninguna figura familiar hacia quien
    pudiera volverse. Algunas de sus respuestas, no obstante, eran
    similares a las del niño que se vuelve hacia una figura
    materna: extender los brazos para ser levantado y,
    posteriormente, hundir la cabeza en el colchón. Al
    experimentar zozobra por lo común, tendía a
    chuparse el pulgar; una vez hecho esto, Albert se volvió
    "impermeable" a los estímulos destinados a provocarle
    temor; debieron de sacarle el dedo de la boca antes de `poder
    obtener la respuesta condicionada. Ante tal circunstancia, los
    experimentadores llegaron a una conclusión: "el organismo,
    en apariencia desde el nacimiento se ve bloqueado a cualquier
    otro estímulo cuando actúan sobre él los
    estímulos afectivos". En 1929 English describió a
    una pequeña de catorce meses que no demostraba
    ningún temor ante los objetos extraños mientras se
    hallara en su sillita alta y familiar, aunque si experimentaba
    temor cuando se la depositaba en el suelo. Valentine
    (1930) puntualiza que la presencia de un acompañante,
    tiende a "desterrar los temores" (Citado por Bowlby, 1985;
    1998).

    ESTILOS DE APEGO Y RELACIONES
    INTERPERSONALES FUTURAS

    Sears 1989, (citado por Aizpuru, 1994), menciona que el
    apego a la madre o cuidador primario es sólo uno, el
    primero de tres apegos verdaderos que ocurren en la vida. El
    segundo sería en la adolescencia tardía, la
    búsqueda del segundo objeto: la pareja. El tercero
    sería hacia el hijo o hijos.

    Ojeda, A., y Díaz, R. (2000) mencionan que se
    pueden apreciar dos enfoques de estudio hacia los estilos de
    apego y su influencia en las relaciones interpersonales; por un
    lado, hay investigadores que se han abocado a explorar si la
    historia de un individuo podría influir en su estilo de
    apego hacia parejas románticas durante la edad adulta, tal
    como el realizado por Ochoa y Vázquez (1991) (citados por
    Yela, 2000), que mencionan que la adquisición de respeto y de
    confianza (en uno mismo y en los demás) serán
    buenos predictores de la satisfacción amorosa adulta .
    Mientras que por otro lado, se han interesado en el proceso de
    cómo la gente con determinado estilo de apego mantiene sus
    vínculos afectivos en sus relaciones cercanas, moldeando
    la forma y el contenido de las mismas. Los estudios se han
    enfocado a analizar los modelos de trabajo internos que se forman
    a partir del proceso de socialización y del acumulo de
    experiencias agradables vs. Desagradables que se viven con la
    figura de apego. Tales modelos de trabajo tienen la
    función de guiar las expectativas individuales de
    acercamiento-alejamiento hacia la figura de apego.

    Relaciones románticas

    Hazan y Shaver han propuesto la "Teoría del apego
    sobre relaciones amorosas" en la que, establecen un paralelismo
    entre el tipo de relación amorosa adulta y el tipo de
    apego a la madre en la infancia. Ese vínculo
    niño-madre tenderá a reproducirse en la
    relación amorosa adulta futura. Aunque deja abierta la
    posibilidad del cambio en la
    socialización Según Wilson y Nias (1976), muchas
    formas de intimidad en las relaciones amorosas adultas (lenguaje,
    cogerse de la mano, abrazarse, etc.) son reminiscencias del
    contacto con los padres. Los amantes adultos se turnan en la
    interpretación de los roles de niño-a y
    padre-madre.

    Feeney y Nooler (1991) (citados por Yela, 2000)
    constataron diferencias en la idealización de la pareja,
    en función de los estilos de apego. Los más
    idealizadores fueron los "amantes ansioso"; los amantes
    "evitadores" fueron los que menos idealizaban a su pareja,
    mientras que los amantes "seguros"
    mostraban un nivel intermedio de idealización. Yela
    (2000), por su parte encontró que los "amantes posesivos"
    eran más idealizadores que los "amantes
    compañeros", siendo los más idealizadores los
    "amantes lúdicos". Se ha constatado que la fidelidad
    sexual presenta una elevada correlación con el estilo
    amoroso "maniaco" o "posesivo". Respecto a la
    satisfacción, los "pasionales" tienden a resultar los de
    mayor satisfacción amorosa, mientras que los "posesivos"
    aparecen como los de menor satisfacción tanto amorosa como
    sexual.

    Varios estudios han determinado que algunas
    características que se presentan en las relaciones
    íntimas que establecen las personas tienen mucho que ver
    con sus estilos de apego individuales. Las personas con estilo
    seguro tienden a desarrollar modelos mentales de sí mismos
    como amistosos, afables y capaces, y de los otros como bien
    intencionados y confiables, ellos encuentran relativamente
    fácil intimar con otros, se sienten cómodos
    dependiendo de otros y que otros dependan de ellos, y no se
    preocupan acerca de ser abandonados o de que otros se encuentren
    muy próximos emocionalmente. Las personas con estilos
    ansiosos tienden a desarrollar modelos de sí mismos como
    poco inteligentes, inseguros, y de los otros como desconfiables y
    reacios a comprometerse en relaciones íntimas,
    frecuentemente se preocupan de que sus parejas no los quieran y
    sienten temor al abandono. Los con estilo evasivo, desarrollan
    modelos de sí mismos como suspicaces, escépticos y
    retraídos, y de los otros como desconfiables o demasiado
    ansiosos para comprometerse en relaciones íntimas, se
    sienten incómodos intimando con otros y encuentran
    difícil confiar y depender de ellos (Simpson, J. 1990;
    citado por Gayó, 1999)

    Siegel (1986) ha subrayado el importante papel del amor
    como estimulador del sistema inmunológico (citado por
    Yela, 2000).

    Celos fraternos y apego
    infantil

    En cuanto a la influencia de los estilos de apego en los
    celos fraternos, se ha encontrado que para que los celos
    aparezcan debe establecerse el apego hacia la figura materna. Se
    debe poseer el cuidado, atención, protección y
    cariño de la madre (Ortigosa, 1999).

    El apego que conlleva a los celos fraternos transcurre
    por los siguientes estadios: 1) preferencia por los miembros 2)
    interacción privilegiada con las figuras de apego sin
    rechazar a los desconocidos 3) interacción de forma
    privilegiada con las figuras de apego y rechazo de los
    desconocidos 4) vinculación, conflicto e independencia 5)
    paso de la tríada a la tétrada familiar; ante esta
    situación a) la madre disminuye las interacciones
    positivas y aumenta las prohibiciones y fricciones, b) el
    niño aumenta sus conductas de apego hacia la madre,
    incrementa sus reacciones negativas, regresivas y otros
    síntomas. Los celos aquí experimentados son
    inevitables en la fase de independencia de la figura de apego
    (López, 1984, citado por Ortigosa, 1999)

    Para Dunn (1986) (citado por Ortigosa, 1999), existe una
    mayor vulnerabilidad cuando la llegada del hermano se produce
    antes de los cinco años, debido a que la dependencia
    respecto de la madre todavía es tan elevada que la ruptura
    del vínculo establecido afectará con mayor
    intensidad a un niño pequeño.

    Los niños con un temperamento negativo tienden
    más a incrementar la introversión, problemas de
    sueño y la dependencia tras el nacimiento de un hermano.
    Cuando se trata de niños a los que se ha atendido sus
    necesidades y peticiones con prontitud, pueden tolerar de mala
    gana las inevitables demoras que se producen al tener que atender
    al bebe. Se acentúa la baja tolerancia a la
    frustración (Ortigosa, 1999)

    TRASTORNOS PSIQUIÁTRICOS Y EL
    APEGO

    La naturaleza de
    muchos tipos de trastornos psiquiátricos, los estados de
    ansiedad y depresión
    producidos en la vida adulta pueden relacionarse de manera
    sistemática con los estados de ansiedad,
    desesperación y desapego descriptos por Burlingham, Freud
    y otros. Estos estados se provocan fácilmente, siempre que
    se separa a un niño pequeño de la figura materna
    durante un periodo prolongado, cuando aquél prevé
    la separación, o cuando la separación es definitiva
    (Bowlby, 1985; 1998).

    También se han realizado investigaciones con el
    fin de demostrar que los distintos estilos de apego están
    asociados a ciertas características personales sobre todo
    con los trastornos de ansiedad, depresión y el trastorno
    limítrofe de personalidad (Meyer, Pilkonis, Proietti,
    Heape, & Egan, 2001; Bifulco, Moran, Ball. & Bernazzani,
    2002; Gerlsma, & Luteijn, 2000). Por ejemplo, Buchheim,
    Strauss, y Kächele (2002) observaron que existía una
    asociación entre el estilo de apego ansioso, las
    experiencias traumáticas sin resolver, y el trastorno de
    ansiedad y la personalidad limítrofe. Rosenstein, y
    Horowitz (1996) por otro lado, demostraron que los adolescentes
    con una organización de apego evitativo eran más
    susceptibles a desarrollar problemas de conducta, abuso de
    sustancias, trastorno de personalidad narcisista o antisocial, y
    rasgos paranoicos de la personalidad. Mientras que aquellos con
    una organización de apego ansioso eran más
    susceptibles de desarrollar trastornos afectivos o un trastorno
    de personalidad obsesivo-compulsivo, histriónico,
    limítrofe o esquizoide (citados por Valdez,
    2002)

    CONCLUSIONES

    En conclusión, se observa la importancia
    del desarrollo de un apego seguro para el buen desenvolvimiento
    durante la vida de cada una de las personas. El papel de las
    figuras de apego, la consciencia del cuidado y responsabilidad que recae sobre cada una de ellas
    nos recalca la trascendencia de la información acerca de
    que la atención al infante desde el nivel prenatal influye
    en la evolución diaria de la persona. Se comprueba que
    más que cantidad de interacción con la madre, lo
    que importa es la calidad de ella, tal y como lo demuestran las
    investigaciones realizadas alrededor del trabajo de la figura de
    apego y sus repercusiones posteriores. De igual forma, la escuela
    como agente socializador, fomenta experiencias ambivalentes en
    los pequeños desde muy temprana edad. La reacción
    que se tenga hacia ella dependerá de la interacción
    que se tenga en la familia, del temperamento del niño y en
    muy buena medida de la aceptación e integración que se encuentre tanto de los
    compañeros de clase (que pueden actuar como el mayor apoyo
    social en etapas claves del desarrollo) como de los maestros que
    en muchas ocasiones son las principales figuras de apego durante
    el proceso de "independencia" de los padres. Cada etapa del
    desarrollo
    humano tiene funciones propias que provocan un equilibrio o
    desequilibrio en la persona según sea o no resuelta
    satisfactoriamente, y para que el niño enfrente de la
    manera más saludable y positiva dada una de dichas etapas,
    es fundamental el desarrollo de la seguridad realista acerca de
    las posibilidades de un enfrentamiento positivo con el ambiente.
    También, se destaca la relación estrecha que se
    tiene de los estilos de apego con las relaciones interpersonales
    a desarrollar a lo largo de la vida, tanto desde la
    elección de amigos como de la pareja amorosa en
    cuestión, subrayando igual que cada individuo puede variar
    a través de la experiencia en su reacción
    característica hacia la vida aunque los primeros
    años marquen de manera trascendental nuestra confianza
    hacia el mundo externo e interno.

    BIBLIOGRAFÍA

    Aizpuru, A. (1994). La teoría del apego y su
    relación con el niño maltratado.

    Psicología Iberoamericana, 2, 1, 37-44

    Bowlby, j. ( 1998). El apego y la pérdida 2:
    La separación.
    Barcelona: Paidós

    Bowlby, j. (1997). La pérdida afectiva:
    tristeza y depresión.
    Barcelona:
    Paidós

    Bowlby, j.(1998). El apego y la pérdida 1:
    El apego.
    Barcelona: Paidós

    Boy, E; García, L & Torreblanca, A. (1985).
    Importancia del vínculo materno-filial en el
    sentimiento de seguridad.
    Revista Mexicana de
    Psicología, 2, 1 29-31

    Cano, A; Pellejero, M; Ferrer, Irruarrizaga, I &
    zuazo, A. (2001). Aspectos cognitivos, emocionales,
    genéticos y diferenciales de la timidez.
    Revista
    Española de motivación y emoción, 2
    67-76

    Carrión, A; Córdoba, A & Collado, A.
    Diferencia en la percepción de influencia de los
    acontecimientos vitales en hombres y mujeres.
    Revista
    Latinoamericana de Psicología, 35, 1,
    19-26

    Fernández, M; martínez, M &
    Pérez, J. (2002). Vinculación afectiva e
    interacción social en la infancia.
    Revista
    española de motivación y emoción,
    31-15

    Gracia, E; Musitu, G; Arango, G & Agudelo, A.
    (1995). El maltrato infantil: un análisis desde el apoyo social.
    Revista Latinoamericana de Psicología, 27,1,
    59-71

    Gayó, R. (1999). Apego.
    http://apsique.virtuabyte.cl/tiki-index.php?page=SociApego

    Guzmán, L; Soto, M & Soria, R. (1990).
    Separaciones breves entre madre e hijo: ansiedad,
    afrontamiento y factores relacionados.
    Revista Mexicana
    de Psicología, 7, 1, 2, 45-48

    Hernández, L; Barranco, R &
    gonzález, S. (1989). Alto riesgo en instituciones de
    cuidado infantil.
    Revista Mexicana de Psicología,
    6, 1 15-18

    Juvones, J. (1999). Motivación y
    adaptación escolar.
    México: Oxford

    Lara, M; Acevedo, M; López, E &
    Fernández, M. (1994). La conducta de apego en
    niños de 5 y 6 años: influencia de la
    ocupación materna fuera del hogar..
    Revista
    Latinoamericana de psicología, 26, 2
    283-313

    Lartigue, M & Vives, J. (1992). La
    formación del vínculo materno infantil: un
    estudio comparativo longitudinal.
    Revista Mexicana de
    Psicología, 9, 2 127-139

    Lozano, E; González, C; Carranza, J. &
    Alto, M. (2004). Malestar y conductas de
    autorregulación ante la situación extraña
    en niños de 12 meses de edad.
    Psicothema, 16,
    1 1-5

    Méndez, f. (1999). Miedos y temores en la
    infancia.
    Madrid: Pirámide

    Navarro, A & Steta, C. (1986). Abandono paterno
    y proclividad al alcoholismo:
    una revisión de la literatura.

    Revista Mexicana de Psicología, 3,2
    161-166

    Ojeda, A; Díaz, R;. (2000).
    Conceptualización de los estilos de apego: un estudio
    empírico.
    Revista de la Asociación
    Mexicana de Psicología
    Social. 8, 46-52

    Ortigosa, J. (1999). El niño celoso.
    Madrid:
    Pirámide

    Pino, M & Herruzo, J. (2000). Consecuencias de
    los malos tratos sobre el desarrollo psicológico.

    Revista Latinoaméricana de psicología, 3,
    2, 253-275

    Priego, A. & Valencia, M. (1988). El
    síndrome de hospitalismo en niños menores de
    cinco años.
    Revista Mexicana de
    Psicología, 5,2 173-181

    Trianes, M. (2002). Estrés en la infancia:
    prevención y tratamiento.
    Madrid: Nancea

    Váldez, N. (2002). Consideraciones acerca del
    estilo de apego y sus repercusiones en la vida
    terapéutica.

    http://www.psicocentro.com/cgi-bin/articulo_s.asp?texto=art2b002

    Vargas, A; Díaz, R & Sánchez, R. (
    2000). Patrones de apego infantil: efectos diferenciales en
    niños y niñas.
    Revista de la
    Asociación Mexicana de Psicología Social, 9,
    862-868

    Winnicott, D. (1995). La familia y el desarrollo
    del individuo.
    Argentina: Lumen-Home

    Yela, C. (2000). El amor desde la psicología
    social.
    Madrid: 2000

      

    Categoría: psicología, relaciones
    humanas.

    Razi Marysol Machay Chi

    Facultad de Psicología

    Universidad Autónoma de Yucatán

    Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.

    Todos los documentos disponibles en este sitio expresan los puntos de vista de sus respectivos autores y no de Monografias.com. El objetivo de Monografias.com es poner el conocimiento a disposición de toda su comunidad. Queda bajo la responsabilidad de cada lector el eventual uso que se le de a esta información. Asimismo, es obligatoria la cita del autor del contenido y de Monografias.com como fuentes de información.

    Categorias
    Newsletter