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Viajeros y Exploradores. Un acercamiento histórico




  1. Viajeros

Viajeros

"It's very nice to go trav'lin'

to Paris, London, and Rome

It's oh, so nice to go trav'lin'

But it's so much nicer, yes,

it's so much nicer to come home".

(Sammy Cahn y James Van Heusen.

Grabada por Frank Sinatra en octubre de 1957.

Capitol Record).

"El camino es mi destino".

(Jorge "Coco" Quintanilla, jefe de porteadores

de la Expedición Vilcabamba, julio / agosto de 1998).

¿Qué es viajar? ¿Qué acciones quedan implicadas en dicho acto? ¿Qué valores e ideas son las que se asocian al viaje?¿Qué es lo que define a un viajero y cuáles son las diferencias que lo distinguen de un explorador? ¿Qué relación hay entre el viaje y el camino? ¿Cuáles son los rituales —ceremonias— ligados indefectiblemente al viajar? ¿Quiénes viajan y desde cuándo?

Éstas y otras cuestiones relacionadas son las que trataremos de aclarar en el apartado siguiente.

En efecto, la cuestión del viaje va más allá de una mera descripción de itinerarios, practicados por personajes insignes. La lectura de esos relatos es en verdad sabrosa, interesante y constructiva en más de un aspecto, pero no es nuestro objetivo reproducir largos fragmentos ya consagrados por la literatura, sino practicar una aproximación al viaje como experiencia antropológica e histórica desde un enfoque diacrónico.

No es sencilla la síntesis. De todas maneras nos arriesgaremos a ella, derivando convenientemente al lector a que pueda ampliar el panorama con los textos originales, de un modo más exhaustivo y amplio (véase bibliografía general).

Como argumenta el filósofo español Gustavo Bueno, todo viaje implica necesariamente un camino. Es decir, una vía por la que el viajero se dirija sin error a cierto lugar; y en la que recorre un itinerario reglado, prefijado, seguro; sin que exista, en primera instancia, riesgo alguno. En este sentido estricto, viajar significaría "re-correr", volver a andar —"re-andar"—, un trayecto comprobado y repetible, cumpliendo con una serie de conductas normadas —"ceremonias"— que siempre incluyen una despedida, el desplazamiento por el espacio siguiendo caminos y la llegada a un sitio ajeno, con gentes ajenas, que mucho dista de ser igual a la "Patria" o punto de partida. Por último, y ya en la fase final de la experiencia: el regreso; necesario para que el viaje sea catalogado como tal.

Otra forma de periodizar al viaje sería dividirlo en tres momentos sucesivos y perfectamente compatibles con los arriba señalados.

Ellos son:

El antes (Etapa I): es el tiempo preparatorio. El tiempo de las ansiedades y los miedos. La etapa en la que se canalizan todos los sueños, las aspiraciones y proyectos. También las fantasías. Es el instante de la preocupación; de la organización misma, con todos los inconvenientes que ello implica y con todas las alegrías que también se acumulan (mucha de ellas efímeras, pero revitalizantes). Es el momento de las idas y venidas, de los encuentros y desencuentros. De las lecturas previas, de la burocracia y el papeleo.

El durante (Etapa II): es, paradójicamente, la etapa más y menos intensa (comparada con las otras dos). En ella se acumulan los inconvenientes concretos, objetivos, del viaje. El hambre, el frío, el calor y la humedad, los atrasos, la falta de higiene y las desavenencias. La soledad. Es el momento del trabajo, de la acumulación de datos y sensaciones (que se almacenan con el propósito de analizarlas más tarde). También constituye la fase de los desengaños, de la realidad concreta, de los relativismos. Es ahí cuando advertimos que lo exótico siempre esconde por detrás a un hombre en camiseta; y que lo que es extraño para uno es algo cotidiano para otros. Durante el viaje surge el hastío. Las horas de aburrimiento se acumulan, cuando antes jamás se las había considerado o tenido en cuenta. También la desesperanza hace acto de presencia por no encontrar, muchas veces, lo que se buscaba. Aunque posee también un lado positivo: es el momento de la sorpresa, de la admiración, que —es obvio— nunca son permanentes, sino esporádicas. Mientras el viaje se vive, los sentidos se agudizan y se capta lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, con gran intensidad. Durante el viaje surgen los contactos, los amigos, los enemigos y competidores. La información se absorbe como si el viajero fuera una esponja y, sólo más tarde, será ordenada tomando un sentido lógico.

El después (Etapa III): Constituye el momento más agradable, satisfactorio e intenso. Quizás sea la etapa menos objetiva, especialmente si se la compara con la segunda. Representa el instante de la idealización. En esta etapa, todas las experiencias objetivamente adquiridas se literalizan, se vuelven texto. Los malos momentos quedan romantizados y los inconvenientes y peligros empiezan a ser llamados aventuras. Los inconvenientes se satirizan y la información recopilada empieza lentamente a organizarse bajo padrones muy particulares. Es como viajar de nuevo, pero sin sufrir en carne propia la pesadez del viaje real. Es el momento de las comparaciones, de la puesta a punto de los datos que se pudieron juntar. Al mismo tiempo, aparece la añoranza y —casi siempre— se termina por darle nuevo sentido a gestos, dichos y actitudes que, en su momento, fueron pasados inadvertidos. Es un viaje puramente intelectual. Un viaje con la mente. Un tour por los recuerdos. En ellos se hacen bien claros los contrastes entre el viajero y el intelectual de escritorio. Entre la experiencia y teoría. Entre el conocimiento libresco y reconocimiento in situ de los lugares. Si alguna de esas dos facetas falta se corre el peligro de caer en el rol de viajero ignorante —aparentemente autosuficiente— o de un ratón de biblioteca, sin contacto con la realidad. ¿Cómo se puede entender y apreciar una simple piedra si no se conocen las bases mismas de la cultura que la erigió? ¿Cómo se puede comprender el sentido simbólico de una ciudad sagrada, el de un terraplén o escultura mítica si no se ha buceado antes en la historia escrita?.

Se viaja por caminos; es decir, por rutas que otros conocieron previamente y que siempre llevan a un lugar definido de antemano. Por lo tanto, la idea del viaje se relaciona —en decenas de metáforas— con la confianza, la seguridad y, en última instancia, la esperanza; ya que, al ser una ruta normada, se evita la desorientación y la pérdida del rumbo, impidiendo que el viajero se "salga del mapa", olvide su norte y, eventualmente, se extravíe para siempre. Esta es la razón por la cual, otro instrumento indispensable para definir al viaje sea el mapa. Sin ellos el primero no existe, y viceversa. Si hay mapas, hay viaje. Caso contrario, entraríamos en otra categoría, la de la exploración; de la que diremos unas palabras más adelante.

Efectivamente, el mapa es el que le da al hombre, devenido en viajero, un itinerario determinado y determinable. Marca el camino y ejerce sobre el espacio que se recorre —y conoce— un control tranquilizador; asegurando el destino y facilitando el regreso a casa. Este último aspecto es importante que lo retengamos: el viajero tiene garantizado su regreso, más allá de las contingencias menores que pueda sufrir en el camino. Del mismo modo que no hay viaje fuera de caminos, tampoco hay viaje sin retorno.

El viaje es un tour —una vuelta—; un momento circular en la vida que lleva a que un sujeto deje su lugar de residencia, se mezcle y relacione con otros, y vuelva al punto de partida; generalmente con su identidad más firme y nuevas dudas, planteos o modos de "ver el mundo".

De lo antedicho se desprende que, para ser viajero, hay que tener una residencia fija. Por tanto, el viaje nace con el sedentarismo, no antes.

El nómada —por definición— no viaja porque no tiene a dónde retornar. Como tampoco viajan los animales, que se desplazan siguiendo imperativos biológicos y careciendo del otro componente propio del hombre viajero (Homo Viator): su libertad. Él no está obligado a emprender un periplo. Opta; y al hacerlo elige no solamente la partida, sino el camino o los caminos consagrados para llegar a destino. La oferta de vías es fundamental en la actualización del libre albedrío propio del ser humano.

Esta es la razón por la que un exiliado político —o económico— no es viajero. Como tampoco lo es un emigrante que parte en grupo. En el primero de los casos, el traslado es el resultado de una presión externa que limita la libertad a quedarse. En el segundo ejemplo, el status del viajero se desvanece por otro motivo: nadie permanece en la Patria en su espera, o de su relato.

Hay infinidad de ejemplos con los que ilustrar qué es un viaje; pero en nuestra cultura occidental el prestigio de los orígenes nos lleva regularmente al mundo clásico, en la creencia —quizás esnob— de que cualquier cita griega o romana le otorga a la argumentación cierto peso o calidad académica. Como no es nuestro caso querer romper con la tradición, nos referiremos al texto clásico por antonomasia, La Odisea, escrita por Homero en el siglo VIII a.C. y que se constituyó en modelo involuntario de todos los demás relatos de viajes, escritos y publicados mil años más tarde, en el siglo XVIII (el Siglo de los Viajes).

François Hartog inicia su excelente trabajo enumerando los muchos ejemplos en el que el nombre Ulises —héroe de La Odisea— es utilizado en propagandas turísticas, empresas de viajes e incluso satélites artificiales lanzados al espacio exterior. Es que ese nombre —Ulises u Odiseo— encarna al más famoso de los viajeros de la Grecia arcaica; al Polyplanés, el trotamundos por excelencia, y arquetipo de otros viajeros reales (no imaginario como él mismo), tales como Pitágoras, Hecateo de Mileto, Solón o Heródoto.

El personaje de Homero se mueve por el deseo propio del que realmente viaja: regresar a casa. En toda La Odisea el tema del retorno es constante. La memoria de Ulises está centrada en los recuerdos de su patria (Ítaca) y en el anhelo de volver para reencontrase con los suyos; completando así un periplo que, en su caso, durara diez años. Un viaje nutrido de contingencias a lo largo de todo un camino que podríamos definir como iniciático.

Pero como todo viajero, Ulises se movió por tierras previamente habitadas, con hombres ya distribuidos, con sociedades dispuestas a recibirlo y sorprenderlo. Esta presencia previa de otros seres humanos en los territorios recorridos, también hace a la esencia del viaje. Por ello, y como sentencia Gustavo Bueno, "el viaje como institución es una fenómeno tardío" en Europa y Asia, ya que recién podemos definirlo como tal a partir de la presencia humana en distintos lugares. Si nos remontamos a la arqueología, deberíamos decir que , como especie, viajamos sólo desde hace unos 60.000 años, cuando el desplazamiento de una sociedad a otra fue posible.

Si nos trasladamos a América la situación cambia y el margen cronológico se achica un tanto.

Nuestro continente se pobló con Homo Sapiens hace como máximo unos 40.000 años. Aquellos primeros inmigrantes —cazadores nómadas especializados entrados por el estrecho de Bering— no fueron viajeros, entre otras razones porque América estaba deshabitada de hombres. Esa desertización humana los volvió más exploradores que viajeros. Aunque, si los datos que da el C-14 —método arqueológico de datación de objetos— son ciertos, y las sucesivas entradas al Nuevo Mundo se practicaron efectivamente hace 20.000 y 10.000 años, estos últimos cazadores fueron los primeros en practicar lo más parecido a lo que nosotros definimos como viaje; aunque sin el regreso tampoco podríamos definirlos como viajeros. Recién cuando se sedentarizaron y vivieron en ciudades, entablando contactos recíprocos de un pueblo a otro —y volviendo al propio— se convirtieron en viajeros en el pleno sentido del término; entre otras cosas por seguir y conocer direcciones pretrazadas.

Con los viajes y las exploraciones (como veremos más adelante), Occidente construyó su identidad. El contraste, la comparación, las diferencias producto del encuentro —o choque— con los Otros, definieron mejor los propios límites de la cultura europea; y, desde el instante mismo en que el viajero fijó las fronteras entre "Nosotros" y "Ellos", él mismo se convirtió —sin saberlo— en un verdugo o libretista de futuros verdugos.

Su fervor por lo propio inauguró un camino que condujo —en no escasas ocasiones— a verdaderas carnicerías etnocéntricas, actos sanguinarios, que se justificaron en nombre del Progreso, la Razón, Dios, o una determinada concepción de la vida vista como única y verdadera (lo que actualmente, y dado el ímpetu del imperialismo yanqui en el mundo, se denomina "American Way of life").

Tolerantes e intolerantes, la pureza intelectual y confesional que el viajero creía poseer fue la responsable del terror, la tortura y la muerte que detectamos a lo largo de los caminos y senderos de su historia. Porque, por más piadosos que hayan sido, en el fondo de todos los viajeros se advierte —explícita e implícitamente— un racismo caritativo, que devenía en paternalismo, especialmente fuera de Europa.

Incorruptible, el viajero occidental mató, conquistó, controló y se dejó matar guiado por un fanatismo ideológico y religioso del que muchos no eran concientes. Creyéndose mártires o benefactores de toda esa Otra humanidad, fueron los Profetas intransigentes —los Moisés— de un discurso universal que, a fuerza de oírlo una y otra vez, lo creemos "natural".

Convertido en discurso, el viaje construyó una imagen del universo muchas veces estereotipada y simplista, que conllevaba un cúmulo de deseos y quimeras que contrastaban con las crudas realidades de un mundo injusto, violento, intolerante, estúpido y hasta criminal.

Saber amargo, aquel que se aprende del viaje!", escribe Baudelaire en su poema Le Voyage (El Viaje). Un saber que nos devuelve nuestra propia imagen como especie, a modo de espejo inmisericorde —sincero— que refleja las cosas que hemos hecho y que no queremos ver; y las grandezas que muchas veces olvidamos.

Pero el viajero también inventa y reinventa los lugares que otros recorrieron previamente, redescubriéndolos con nuevos ojos. En realidad, el viajero "nos hace ver nuestra propia imagen" (Baudelaire) con cada paso que da, con cada observación y opinión que nos brinda. Las huellas que dejan, profundas y perennes, no son más que la improntas de su propia cultura.

Al respecto, un texto de Goethe puede resultarnos ilustrativo:

"1º de noviembre de 1786. Llego a Roma.

No he tenido ningún pensamiento enteramente nuevo, no he hallado nada enteramente extraño, pero esas cosas viejas se han vuelto tan vívidas, tan coherentes, que bien podrían pasar por nuevas(...)".

Viajero es el que ha visto, dice F. Hartog. Y sabe —conoce— porque ha visto por sí mismo. Ver y saber se convierten en la misma cosa, especialmente en los viajeros positivistas de los siglos XVIII y XIX. Tal como aconsejaba Aristóteles, éstos preferían la vista a cualquiera de los otros sentidos ya que por ella era más sencillo conocer y descubrir las diferencias que tanto les intrigaban.

Todo viaje reclama del ojo.

Todo viaje convierte a quien lo practica en un hombre-frontera, en un hombre-memoria, que hace las veces de intermediario, pasador y traductor de todo lo que ve. Al mismo tiempo que corrige, invalida, completa y confirma, a partir de sus propios parámetros culturales.

El viajero ve y se hace ver, transformándose en modelo de todo y de todos. Y pasado el tiempo, si es un gran trotamundos —como decía Disraelí— terminará recordando más cosas de las que efectivamente vio y olvidando detalles de los que sí fue testigo.

"¡Ah, qué grande es el mundo a la luz de la lámparas!

¡Y a los ojos del recuerdo, qué pequeño es el mundo!"

(Baudelaire).

El viaje, las miradas, la memoria. Todo queda imbricado. De ahí la importancia de poner las experiencias y vivencias por escrito. Si como se dice, todo viaje se realiza para ser relato, quien no deja testimonio del suyo no es un viajero completo. La hoja de papel, la pluma, se transforman en sus aliados ideales, necesarios, imprescindibles. Las fatigas, la ausencia de rutinas y lo cambiante de las situaciones que se aglomeran horas tras horas, días tras días, suelen derivar en olvidos, fatales al momento del relato organizado. De ahí la necesidad del acto más consustanciado que arrastra el viaje: el de la escritura.

El viajero —también el explorador— escribe para la difusión del conocimiento, para sus contemporáneos y sus colega, para sus gobiernos e intereses nacionales; pero al mismo tiempo para su propia celebridad. Todos poseyeron una dosis de narcisismo muy propia de los escritores. Por lo tanto, aquel que viaja y escribe es doblemente narcisista, al convertirse él mismo en el héroe de su propio relato.

Y no es del todo descabellado que el viajar haya producido en muchos un cierto sentimiento de superioridad respecto de los demás. Todo viaje transforma y el regreso, que no es otra cosa que la vuelta a la realidad desde otro mundo, genera muchas veces una incomprensión manifiesta que impide que comunique todas sus experiencias a un conglomerado de gentes tamizadas por la mediocridad de lo cotidiano.

Nadie mejor que Joseph Conrad para testimoniar lo dicho:

"Me encontré de regreso (de la selva) en la ciudad sepulcral donde me molestaba la vista de la gente apresurándose por las calles para sacarse un poco de dinero unos a otros, para devorar sus infames alimentos, para tragar su insalubre cerveza, para soñar sus insignificantes y estúpidos sueños. Se entrometían en mis pensamientos. Eran intrusos cuyo conocimiento de la vida era para mí una irritante pretensión, porque yo estaba seguro de que era imposible que supieran las cosas que yo sabía. Su conducta, que era simplemente la conducta de individuos vulgares ocupándose de sus negocios con la certeza de una perfecta seguridad, era ofensiva para mí, como ultrajantes ostentaciones de insensatez ante un peligro que es incapaz de comprender. No tenía ningún deseo especial de ilustrarles, pero me resultaba bastante difícil contenerme y no reírme en sus caras, tan llenas de estúpida importancia".

EXPLORADORES

"Guíanos por la senda recta,

por la senda de quienes obtienen

tu benevolencia,

no por la de quienes son objeto

de tu cólera y se extraviaron."

"Oración de los viajeros"

Sura Fatha del Libro del Profeta

"Allí, donde terminan los caminos y rastros aislados;

donde la palabra muere para dar cabida al susurro misterioso

de las selvas y tierras vírgenes; donde todos los horizontes

se esfuman, sin saber nadie por qué ni cómo, allí están los

límites del país en que tan bien me encuentro.

Se llama La Aventura".

Tibor Sekelj, Por Tierra de Indios, 1967

Antes de los viajeros estuvieron los exploradores; y antes del camino, el sendero.

En muchas formas, el explorador es la contracara del viajero, tal como lo hemos definido en las páginas anteriores. Quien explora evita, voluntaria e involuntariamente, la seguridad determinada por los caminos ya que es él quien los inaugura, hollando terrenos no reconocidos, visitando tierras vírgenes o atravesando zonas olvidadas por mucho tiempo. El explorador, un ser transido por cierta dosis de locura, es un profesional del riesgo. De hecho, lo busca lanzándose hacia lo desconocido, revelando "tierras incógnitas", perdiendo dos elemento claves, propios del viajero: la seguridad, que se encuentra al seguir itinerarios conocidos; y la certeza del regreso a casa, por más que lo desee intensamente.

Los exploradores abren rutas; descubren, rompen con los rumbos normales en busca de la contingencia, del peligro y de los "lances extraños". Como "contrafigura del viajero", según indica Gustavo Bueno, conjuran la previsión y alientan con cada paso a la incertidumbre, al accidente, al miedo. Es un personaje que disfruta de la soledad y del aislamiento; anhelando tierras y mares nuevos, "nunca vistos"; impulsado por "el deseo de respirar una llama nueva, recién encendida". Su objeto último parecería ser romper con la rutina y con todo marco de referencia para crear los suyos propios. Se alimenta —y alimenta a otros— con situaciones no corrientes, mostrando la alteridad y, latiendo lejos de las multitudes, se identifica con la naturaleza; a la que admira, respeta y controla.

El explorador tiene algo de nómada; y, como tal, encarna al aventurero por excelencia, abriendo su mirada y su cuerpo a un futuro ambiguo, azaroso, en el que todo puede suceder. Como aventurero, es el protagonista de vivencias inusitadas y un sibarita de los tiempos intensos que genera la propia inseguridad. El temor y el deseo —en una extraña pulsión de muerte— se combinan generando una atracción difícil de explicar en la que se unen, por una parte, la voluntad por superar la incertidumbre y los problemas; y por la otra, la comprobación empírica de su propia suerte, de su buena fortuna. El explorador-aventurero tiene mucho de egocéntrico y personifica como nadie ese optimismo del que habla E.M. Cioran cuando escribe: "Si uno no creyese en su buena estrella, no se podría efectuar el menor acto sin esfuerzo: beber un vaso de agua parecería una empresa gigantesca e incluso insensata".

La muerte es su eterna compañera. Lo sigue de cerca, le pisa los talones. Lo conecta con ese espíritu romántico —no desaparecido del todo— que establece que "sólo hay aventura cuando existe una dosis posible de muerte".

Ser viajero y explorador pueden resultar roles alternativos y no necesariamente excluyentes. Es posible emprender un itinerario como viajero y terminarlo como explorador.

Cuando el "mapa se agota", el "camino" se transforma en sendero y hay que abrirse paso a fuerza de machete —o tantear la ruta menos peligrosa— es cuando se produce la sutil metamorfosis.

Hace poco más de cien años ese cambio de roles era mucho más frecuente que hoy en día; especialmente en ciertas regiones del planeta —selvas, desiertos, montañas— que permanecían inexploradas para el hombre occidental. Por entonces, el mundo era todavía algo inacabado, con bolsones de tierras vírgenes e islas a las que se proyectaban sueños, ambiciones e imaginarios proyectos de descubrimiento o grandeza personal y nacional. Claro que detrás de una visión como esa se escondía —y esconde— un pesado etnocentrismo de origen europeo que, ocasiones no escasas, veía al mundo como una espacio vacío; por más que la realidad histórica demostrara que no lo era. Por esa razón, la etiqueta de "explorador", que muchos famosos y audaces europeos se dieron a sí mismos, no revelaba más que un explícito sentimiento de superioridad imperialista; detectable no sólo entre los primeros conquistadores del siglo XVI, sino también entre los trotamundos y científicos de los siglos XVIII y XIX.

No cabe duda que exploradores y aventureros tienen una estrecha relación con la expansión capitalista, propia del imperialismo. Y por más que sea la poética ruptura de la monotonía cotidiana lo que nos revelan muchas de las líneas escritas por ellos, nunca hubo inocencia en sus periplos por el mundo. Incluso en la literatura de divulgación —en la novela—, la aventura fue controlada por la potencia dominante de turno. En primera instancia por Inglaterra; hoy por los Estados Unidos, que por tradición y poderío económico puede darse el lujo de tener el planeta por escenario. Es sintomático que la aventura, como género literario, no haya prosperado en América Latina. No es errado, por tanto, concluir con Germán Cáceres que "lo que glorifica a un explorador es que antecede siempre a una intervención militar" . Rudyard Kipling, Rider Haggard, Conan Doyle, son excelentes ejemplos entre los muchos escritores que exaltaron la existencia de lugares vírgenes dispuestos a recibir exploradores intrépidos y, posteriormente, interesados viajeros. La aventura ha estado fuertemente conectada con actitudes de poder internacional y su mirada europea partió de un imaginario que convertía al resto del mundo en algo deshabitado.

"Entre más nebuloso y vago es el territorio por conquistar y conocer, más es el interés popular que impulsa la aventura. La imaginación se convierte en fuerza que mueve a los gobiernos; la religión se hace misionera. Los diferentes sectores se enfrentan luchando por dominar lo desconocido y la ciencia se hace instrumento de la ambición política" .

La aventura reclama exploradores, no viajeros; y fue instituida por el imperialismo y el capitalismo para justificar las excursiones fuera de sus confines.

No hay muchos trabajos de investigación sobre "la aventura". Considerada un género menor en literatura ("libros de kioscos"), arrastra en Historia un prejuicio muy parecido, al punto de considerársela una variable de análisis insuficientemente digna. Explicar un proceso expansivo como el de Occidente partiendo de ella no es del todo serio; pero tampoco lo es desecharla de antemano, o agregarla a pie de página como si fuera una mera nota de color. El espíritu de aventura ha intervenido en los acontecimientos de un modo mucho más persistente del que generalmente creemos y puede ser visto como el síntoma de una época o la manifestación particular de una determinada escala de valores. Por ese motivo, los trabajos de Georg Simmel (1858-1918), Vladimir Jankélévitch (1903-1963), Gustavo Bueno y Mijail Malishew representan importantes hitos al momento de encarar un análisis fenomenológico de la aventura.

Como práctica, actitud o sentimiento, siempre presente en el hombre, la aventura —y todo lo que ella implica— es una de las tantas notas que nos separan del resto de los animales y que nos acerca a un mundo interior plagado de sueños, emociones, libertad e individualismo que sólo es posible detectar en nuestra especie.

Según algunos, la aventura suele presentarse en determinados y muy precisos momentos de la vida. Durante la infancia y la juventud es convocada a menudo; para adormecerse y desaparecer durante la adultez, que es cuando la responsabilidad (lo serio) se impone e impone reglas al espíritu aventurero, desnaturalizándolo y confinándolo al terreno de la inmadurez y la audacia. En ese momento, la palabra aventurero pasa de ser sujeto a ser adjetivo, cargándose de aspectos negativos y representando a personas calificadas como "insanas", "inmaduras", "bohemias", "ingenuas", "amorales" o, directamente, "despreciables radicales, alteradores del orden".

Temerario, irresponsable, el aventurero sería —desde un ángulo desencantado y poco romántico— aquel que desconoce por completo las consecuencias de sus actos, apartándose de las regularidades que brinda la cotidianeidad. Aún así, la aventura sigue siendo atractiva y legitimando la vida de muchos (en los que me incluyo). De otro modo no se entendería porqué miles de personas pagan actualmente fortunas por vivir experiencias "extremas" en ríos y montañas virtuales de Disneylandia o adscribiéndose a paquetes turísticos que prometen una dosis domesticada y edulcorada de adrenalina en sierras, ríos y mares.

Pero no éste el tipo de aventuras, desabridas, artificiales y sin peligro real alguno, a las que nos estamos refiriendo. Lejos de las pantallas del cine y la televisión, en las que la mayoría disfruta de riesgos perfectamente controlados o ausente, está la aventura real; aquella que se practica y vivencia "sin red" y que, a simple vista, pareciera ser patrimonio de una época ya ida. Un tiempo en el que había mucho por hacer.

Hoy, en un mundo aparentemente explorado y explicado, es mucho más sencillo convocar al exotismo y al peligro —en parte falso— con una cámara digital, editando emociones que pocas veces se viven espontáneamente y desechando el aporte científico que la aventura tenía en un pasado no muy remoto.

"Las regiones desconocidas de la Tierra; los paisajes aún no pisados; las nuevas posibilidades de ser; los nuevos prodigios de la naturaleza" —decía el famosos explorador Ladislaus Almásy en 1934—, son vistos ahora con cierta nostalgia. Mientras se cierra cada vez más el cerco en torno a las regiones desconocidas (...), mientras las posibilidades de explorar nuevos parajes se reducen progresivamente, parece como si la reputación del trabajo científico palideciera frente a la actitud moderna de nuestro tiempo. Ya no cuenta el resultado alcanzado, sino el récord; la meta no es ya el conocimiento, sino lo sensacional. Los exploradores del Polo, los escaladores de las más altas cimas, los conquistadores de los más profundos océanos, los descubridores de las selvas y los desiertos luchan entre sí, compitiendo y superándose ¡para ser los primeros!. Los antiguos, los verdaderos pioneros, se apartaron con razón de aquellos que sólo ven el éxito en la precedencia y sólo buscan la satisfacción en lo sensacional".

Claro que también la vida puede ser vista como una apasionante aventura. Ella contiene todos los elementos analizados antes, pero lo olvidamos. La rutina y el miedo —negación— a la muerte nos "sacan de foco", componiendo una pseudo-seguridad sobre la que desplegamos nuestros proyectos individuales (incluso los más nimios, como sería ir a la plaza dentro de una hora) olvidando que a cada paso —como en los senderos— el peligro a perderlo todo está presente. De hecho todos estamos potencialmente muertos.

Negada, criticada, deseada, temida, añorada o buscada, la aventura siempre se manifiesta de diferente modo y según el contexto histórico o el espíritu de quienes la viven.

Gustavo Bueno es quien —en nuestra opinión— mejor la ha desmenuzado, logrando crear un criterio de clasificación, que es el que deseamos ampliar a continuación.

Por tierra, mar y aire, la aventura es posible; hallándose ciertas normas —muy utilizadas en el cine— que nos permiten enmarcar al "acto aventurero".

En primer término está el lugar de la acción. Éste debe tener siempre —y desde una perspectiva, en nuestro caso europeo occidental— elementos insólitos, pintorescos y, por supuesto, peligrosos. Decenas de exploradores al momento de escribir sus experiencias recurrieron a estos tópicos para captar la atención y admiración de sus lectores y patrocinadores. Y, cuando lo insólito, lo pintoresco y riesgoso no existían, llegaron a inventarlos o a tergiversar la realidad y el curso de las peripecias vividas.

El segundo elemento importante es el motivo por el que se está en ese sitio. Generalmente, siempre se busca algo o a alguien; y es en esa búsqueda en donde se patentizan los valores y sentimientos "elevados" del protagonista-aventurero-explorador; convertido en héroe e insigne representante de su propia cultura.

En tercer término, en toda aventura lo que cuentan son los actos, devenidos en hazañas físicas y/o intelectuales.

Partiendo de este contexto, podemos distinguir, con a G. Bueno, dos tipos de aventuras (y de aventureros): las de itinerario y las de suceso.

La aventura de itinerario es una "aventura sin viaje". Un trasladarse por zonas desconocidas; un andar por senderos vírgenes descubriendo aquello que nadie antes ha visto. En este tipo de aventuras el protagonista es el explorador por antonomasia; el que recurre a itinerarios insólitos y carga en su mochila la incertidumbre de lo desconocido y el aciago sentimiento que nace de lo imprevisto. El "aventurero de itinerario" rompe voluntariamente con lo cotidiano y sabe encontrar el sabor que poseen las incomodidades y los problemas, enfrentando al eventual drama con las venas henchidas de adrenalina, renegando de la seguridad. Para él no hay guías impresas, ni caminos y, si surgieran, los evitará, indagando senderos nuevos; explorando aquello que falta por recorrer. Porque explorar es lanzarse a la empresa de conocer lugares ignorados y supone desplegar un "arsenal" de medios materiales, intenciones y perseverancia de los que un viajero puede prescindir.

La aventura de itinerario nos muestra a un hombre curioso por lo ignoto, dispuesto a cambiar —o hacer cambiar— el modo de ver el mundo. Es búsqueda, pero también es evasión. Es curiosidad y ansias de dominio; porque el explorador se ve a sí mismo como un domesticador de regiones. Sus cualidades —auto-exaltadas— son, según Hubert Deschamps,

"la robustez física, la incansable curiosidad, el ingenio para resolver situaciones siempre cambiantes, el sentido común, la seriedad, el don de gentes, la autoridad (...) y sobre todo, una extraordinaria paciencia".

Al no seguir caminos, el aventurero de itinerario se sale de la geografía cartografiada. Suele tomar sus deseos por realidades y la convicción emerge con anterioridad a la experiencia; de ahí que el invento y la mentira no dejen de estar ausentes en sus escritos. Por otro lado, no figurar en los mapas es sinónimo de caos y desorden. Salirse de ellos implica ingresar en lugares en los que todos los paradigmas corren el riesgo de ser superados o relativizados. Y si el escenario es caótico, los seres que lo habitan suelen también representar lo mismo. Las aventuras y los monstruos hacen una buena dupla.

Alejamiento e inaccesibilidad; alteridad y distancia. Todo se combina para generar esa curiosidad motora que lleva siempre a buscar aquello que se recorta difuso detrás de las fronteras y alimenta el impulso por el descubrimiento, que no es otra cosa que un acto de creación; un poner orden sobre un caos previo. Nace así, en la aventura de itinerario, la necesidad de resemantizar el mundo; de volver a bautizarlo, mostrando el inmenso poder de las palabras sobre las cosas.

Cada incursión en "lo desconocido" se convierte en un potencial trampolín a la fama (o a la tumba). Cada "entrada" en un territorio inexplorado alimenta el latente deseo de trascender, de quedar inmortalizado en el registro científico de algún museo o descubrir el propio apellido en una cadena montañosa.

Aun si el explorador tiene la desgracia de desaparecer, de perderse en ese mundo sin caminos, de sus penalidades y sufrimientos se tejerán rumores y leyendas que terminaran convirtiéndolo en un héroe/martir; impulsando a otros a seguir sus pasos. De ese modo, aquel que buscaba lo exótico, al desaparecer, se vuelve, él mismo, en objeto exótico de otros. Extraño incentivo de la curiosidad que nace del dolor.

Aventuras y aventureros de suceso. Dentro de esta categoría están los típicos "viajes con aventuras"; es decir, las experiencias que atesoran sólo aquellos que siguen caminos y no recurren a itinerarios insólitos, adscribiendo sus huellas a territorios previamente recorridos. En estos casos, ya no hablamos de exploradores, sino de viajeros que se nutren de ciertas contingencias y amenazas que se les cruzan por la ruta y dramatizan la experiencia del viaje.

Por definición tranquilo y con escasos sorpresas, el viaje necesita de ciertos condimentos para volverse exótico; y no fueron pocos los viajeros que aderezaron los suyos con exageraciones y/u omisiones para difundir sucesos extraordinarios a lo largo de las rutas. Sería como forzar la aparición de la aventura, convocándola y controlándola al mismo tiempo; teniendo al camino como"salvavidas" protector y operando como red de seguridad. Este es un beneficio del que el explorador careció la mayor parte de las veces..

"Un viaje antes de empezar es una potencialidad infinita, pues todo puede pasar dentro de él. Cuando pongo las llaves en la cerradura, porque estoy volviendo, acepto que no han pasado tantas cosas y que tendré que romperme la cabeza para contarlo de forma tal que parezca que sí. Es el momento de la aceptación de que todas esas ilusiones son piadosos engaños con las que uno se sigue manteniendo mas o menos vivo".

( Martín Caparrós, escritor y periodista argentino.)

Una nota aparte creo que se merece un tercer personaje: el del vagabundo.

El vagabundo es el nómada de nuestras culturas urbanizadas. Es aquel que "vaga" de un lugar a otro sin tener un destino prefijado. Un "no sometido" a los principales dictados de la sociedad; un paria mal visto y sospechado, por el solo hecho de no estar dentro de la estructura del Estado y, mayormente, fuera de los controles de éste.

El vagabundo es la contrafigura tanto del viajero como del explorador; y, aunque éstos por momentos pueden dedicar parte del tiempo al "vagabundeo", no es lo mismo que permanecer —solidificarse— en esa categoría "tiempo completo". Él representa lo marginal, lo que está más allá de toda norma y por eso es indeseable y potencialmente visto como peligroso.

Desclasado —por, o en contra, de su propia voluntad—; apartado del "sistema" y al margen de toda convención, el vagabundo —en mucha mayor medida que el explorador— es enjuiciado por su excesiva libertad, por su voluntad sin restricciones y representar la vida sin límites, propia de un inadaptado.

Sin residencia fija, este moderno nómada queda asociado al cazador prehistórico, con todo lo que esa imagen implica de "salvaje" y "primitivo". Es nuestro espejo al pasado y la proyección a un futuro no bien esperado por muchos.

Sinónimo de "vago", "pordiosero", "mal entretenido", el vagabundo personifica la antítesis del hombre productivo y eficiente del discurso marcketinero de nuestros días. Un diletante que, sin armas, enfrenta a la cultura del trabajo —inaugurada con la revolución industrial—,no respetando horarios, no esclavizándose al reloj, ni sometiéndose a las fronteras y límites políticos y morales de las sociedades que lo acogen. Niega, justamente, los valores éstas: sacrificio, responsabilidad, trabajo, familia, higiene, consumismo, ambición y sedentarismo. Y, aunque a veces es auxiliado, muy pocas —ninguna— es incorporado. Por otra parte, puede que rechace el auxilio que se le ofrece para evitar ser parte de nada, sino de sí mismo.

El vagabundo actualiza una libertad anárquica, sin límites, que atrae y repele al mismo tiempo. Pone en duda —¡Oh, hereje!— las cadenas que las sociedades se han fabricado a ellas mismas, denunciando la esclavitud voluntaria a la que nos sometemos para ser "ciudadanos útiles" a la comunidad.

Ajeno al universo oficial que obliga a tener un "puesto", un sello, un título, el vagabundo no se somete al cursus honorum que nos lleva a ser "alguien". Por el contrario, sabe perfectamente qué es y qué no. No necesita que otro le diga o explique su esencia. Rehuye de la "imposición de manos" de las instituciones. No se enfeuda a nada ni a nadie y puede proclamar libremente que no desea, o desea sólo lo necesario.

¡Imperdonable! ¡Anormal! ¡Bárbaro!... ¡Rebelde!

En un mundo que desprecia y lo desprecia, el vagabundo sólo encuentra en su movimiento perpetuo su razón y su arma defensiva más poderosa. Trashumante crítico de lo que ve, se deja ver con cierto cinismo, siguiendo una veces caminos, abriendo otras senderos hacia la nada.

En sociedades que coartan el porvenir, el vagabundo dramatiza como pocos el karpe diem —"Vive el día"—, con todo lo bueno y malo que ello significa.

FJSR

Enero 2005

Extracto del libro del autor: "Viajeros y Exploradores. Un acercamiento histórico

Por

Fernando jorge Soto Roland

Profesor Universitario en Historia

Director de la Expedición Vilcabamba 1998


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