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"Mi Lucha" ("Mein Kampf"), de Adolfo Hitler - Volumen 2

Enviado por alarconflores




Transcripción del libro escrito por Adolf Hitler "Mi Lucha ("Mein Kampf")".
El siguiente material es publicado solo a modo informativo. Monografias.com no se responsabiliza por su uso final por parte del lector y recomienda recomienda la orientación de padres y profesores a la hora de su lectura para una comprensión adecuada.
  1. Ideología y Partido
  2. El Estado
  3. Súbditos y ciudadanos
  4. La personalidad y la concepción nacionalista del Estado
  5. Ideología y organización
  6. Nuestra lucha en los primeros tiempos.
  7. La lucha contra el frente rojo
  8. El fuerte es más fuerte cuanto está solo
  9. Ideas básicas sobre el objetivo y la organización de las S.A.
  10. La máscara del federalismo
  11. Propaganda y organización
  12. El problema de los sindicatos obreros
  13. La política aliancista de Alemania después de la guerra
  14. Orientación política hacia el este
  15. El derecho de la legítima defensa

CAPÍTULO PRIMERO

Ideología y Partido

Era natural que el nuevo movimiento únicamente pudiese esperar asumir la importancia necesaria y obtener la fuerza requerida para su gigantesca lucha, en el caso de que desde el primer momento lograra despertar en el alma de sus partidarios, la sagrada convicción de que dicho movimiento no significaba imponer a la vida política un nuevo lema electoral, sino hacer que una concepción ideológica nueva, de trascendencia capital, llegara a preponderar.

Se debe considerar cuán paupérrimos son los puntos de vista de los cuales emanan generalmente los llamados "programas políticos" y la forma cómo éstos son ataviados de tiempo en tiempo con ropajes nuevos. Siempre es el mismo e invariable motivo el que induce a formular nuevos programas o a modificar los existentes: la preocupación por el resultado de la próxima elección. Se reúnen comisiones que "revisan" el antiguo programa y redactan uno "nuevo", prometiendo a cada uno lo suyo. Al campesino, se le ofrece para su agricultura; al industrial, para su manufactura; al consumidor, facilidades de compra; los maestros de escuela recibirán aumento de sueldo; los funcionarios mejoramiento de pensiones; viudas y huérfanos gozarán de la ayuda del Estado en escala superlativa; el tráfico, será fomentado; las tarifas, experimentarán considerable reducción y hasta los impuestos quedarán poco menos que abolidos.

Apoyados en estos preparativos y puesta la confianza en Dios y en la proverbial estulticia del cuerpo electoral, inician los partidos su campaña por la llamada "renovación" del Reich.

Pasadas las elecciones, el "señor representante del pueblo", elegido por un período de cinco años, se encamina todas las mañanas al congreso y llega, por lo menos, hasta la antesala donde encuentra la lista de asistencia. Sacrificándose por el bienestar del pueblo, inscribe allí su ilustre nombre y toma, a cambio de ello, la muy merecida dieta que le corresponde como insignificante compensación por este su continuado y agobiante trabajo.

Al finalizar el cuarto año de su mandato, o también en otras horas críticas, pero especialmente cuando se aproxima la fecha de la disolución de las cortes, invade súbitamente a los señores diputados un inusitado impulso y las orugas parlamentarias salen, cual mariposas de su crisálida, para ir volando al seno del "bien querido" pueblo. De nuevo se dirigen a sus electores, les cuentan de sus labores fatigantes y del malévolo empecinamiento de los adversarios. Dada la granítica estupidez de nuestra humanidad, el éxito no debe sorprendernos. Guiado por su prensa y alucinado por la seducción del nuevo programa, el rebaño electoral, tanto "burgués" como "proletario", retorna al establo común para volver a elegir a sus antiguos defraudadores.

¡Nada más decepcionante que observar todo este proceso en su desnuda realidad!

La lucha política, en todos los partidos que se dicen de orientación burguesa, se reduce en verdad a la sola disputa de escaños parlamentarios, en tanto que las convicciones y los principios se echan por la borda cual sacos de lastre; los programas políticos están adaptados, por cierto, a tal estado de cosas. Esos partidos carecen de aquella atracción magnética que arrastra siempre a las masas bajo la dominante impresión de amplios puntos de vista y bajo la fuerza persuasiva de fe incondicional y de coraje fanático para luchar por ellos.

Antes de entrar a ocuparte de los problemas y objetivos del Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista deseo precisar el concepto "Völkish" (racista) y su relación con nuestro movimiento.

El concepto "völkish" se presenta susceptible de una elástica interpretación y es ilimitado, tal como ocurre, por ejemplo, con el término "religiös" (religioso). También el concepto "völkish" entraña en sí ciertas verdades fundamentales, las cuales, aun teniendo la trascendencia más eminente, son sin embargo tan vagas en su forma, que cobran valor superior al de una simple opinión más o menos autorizada cuando se las engasta como elementos básicos en el marco de un partido político. La realización de aspiraciones de concepción ideológica y también la de los postulados que de ellas de derivan, no son resultado ni de la pura sensibilidad ni del solo anhelo del hombre, como tampoco V. Gr. la consecución de la libertad, es el fruto del ansia general por ella.

Toda concepción ideológica, por mil veces justa y útil que fuese para la humanidad, quedará prácticamente sin valor en la vida de un pueblo, mientras sus principios no se hayan convertido en el escudo de un movimiento de acción, el cual a su vez, no pasará de ser un partido, mientras no haya coronado su obra con la victoria de sus ideas y mientras sus dogmas de partido no constituyan las leyes básicas del Estado dentro de la comunidad del pueblo.

A la representación abstracta de una idea justa en principio, que da el teorizante, debe sumarse la experiencia práctica del político. Al investigador de la verdad tiene que complementarle el conocedor de la psiquis del pueblo para extraer y conformar del fondo de la verdad eterna y del ideal, lo humanamente posible para el simple mortal. Del seno de millones de hombres, donde el individuo adivina con más o menos claridad las verdades proclamadas y quizás, si hasta en parte las aprende, surgirá el hombre que con apodíctica energía forme de las vacilantes concepciones de la gran masa, principios graníticos por cuya verdad exclusiva luchará hasta que del mar ondeante de un mundo libre de ideas emerja la roca de un común sentimiento unitario de fe y voluntad.

El derecho universal de obrar así, se funda en la necesidad, en tanto que tratándose del derecho individual es el éxito el que en ese caso justifica el proceder.

La concepción política corriente en nuestros días, descansa generalmente sobre la errónea creencia de que, sin bien se le pueden atribuir al Estado energías creadoras y conformadoras de la cultura, el mismo, en cambio, nada tiene de común con premisas raciales, sino que podría ser más bien considerado como un producto de necesidades económicas o, en el mejor de los casos, el resultado natural del juego de fuerzas políticas. Este criterio, desarrollado lógica y consecuentemente, conduce no sólo al desconocimiento de energías primordiales de la raza, sino también a una deficiente valoración de la persona, ya que la negación de la diversidad de razas, en lo tocante a sus aptitudes generadoras de cultura, hace que ese error capital tenga necesariamente que influir también en la apreciación del individuo. Aceptar la hipótesis de la igualdad de razas, significaría proclamar la igualdad de los pueblos y consiguientemente la de los individuos.

Según eso, el marxismo internacional no es más que una noción hace tiempo existente y a la cual le dio el judío Karl Marx la forma de una definida profesión de fe política. Sin la previa existencia de ese emponzoñamiento de carácter general, jamás habría sido posible el asombroso éxito político de esa doctrina. Karl Marx fue, entre millones, realmente el único que con su visión de profeta descubriera en el fango de una humanidad paulatinamente envilecida, los elementos esenciales del veneno social, y supo reunirlos, cual un genio de la magia negra, en una solución concentrada para poder destruir así con mayor celeridad, la vida independiente de las naciones soberanas del orbe. Y todo esto, al servicio de su propia raza.

Frente a esa concepción, ve la ideología nacionalracista, el valor de la humanidad en sus elementos raciales de origen. En principio considera el Estado sólo como un medio hacia un determinado fin y cuyo objetivo es la conservación racial del hombre. De ninguna manera, por tanto, en la igualdad de las razas, sino que por el contrario, al admitir su diversidad, reconoce también la diferencia cualitativa existente entre ellas. Esta persuasión de la verdad, le obliga a fomentar la preponderancia del más fuerte y a exigir la supeditación del inferior y del débil, de acuerdo con la voluntad inexorable que domina el universo. En el fondo, rinde así homenaje al principio aristocrático de la Naturaleza y cree en la evidencia de esa ley, hasta tratándose del último de los seres racionales. La ideología racista distingue valores, no sólo entre las razas, sino también entre los individuos. Es el mérito de la personalidad lo que para ella se destaca del conjunto de la masa obrando, por consiguiente, frente a la labor disociadora del marxismo, como fuerza organizadora. Cree en la necesidad de una idealización de la humanidad como condición previa para la existencia de ésta. Pero le niega la razón de ser a una idea ética, si es que, ella, racialmente, constituye un peligro para la vida de los pueblos de una ética superior, pues en un mundo bastardizado o amestizado, estaría predestinada a desaparecer para siempre toda noción de lo bello y digno del hombre, así como la idea de un futuro mejor para la humanidad.

La cultura humana y la civilización están inseparablemente ligadas a la idea de la existencia del hombre ario. Su desaparición o decadencia sumiría de nuevo al globo terráqueo en las tinieblas de una época de barbarie. El socavamiento de la cultura humana por medio del exterminio de sus representantes, es para la concepción de la ideología racista el crimen más execrable.

La concreción sistemática de una ideología, jamás podrá realizarse sobre otra base que no fuese una definición precisa de la misma y teniendo en cuenta que lo que para la fe religiosa representan los dogmas, son los principios políticos para un partido en formación.

Por tanto, se impone dotar a la ideología racista de un instrumento que posibilite su propagación análogamente a la forma cómo la organización del partido marxista le abre paso al internacionalismo.

Esta es la finalidad que persigue el partido obrero alemán nacionalsocialista.

Personalmente, ví mi misión en la tarea de extraer del amplio e informe conjunto de una concepción ideológica general, los elementos que son substanciales y darles formas más o menos dogmáticas, de modo que, por su clara precisión, se presten para cohesionar unitariamente a aquellos que juren la idea. En otros términos: El partido obrero alemán nacionalsocialista toma del fondo de la idea básica de una concepción racista general, los elementos esenciales para formar con ellos -sin perder de vista la realidad práctica, la época que vivimos y el material humano existente, así como las flaquezas inherentes a éste- una profesión de fe política, la cual, a su vez, pueda hacer de la cohesión de las grandes masas, rígidamente organizadas, la condición previa para la victoriosa evidenciación de la ideología racista.

CAPÍTULO SEGUNDO

El Estado

Ya en los años de 1920 y 1921, los círculos anticuados de la burguesía, acusaron incesantemente a nuestro movimiento de mantener una posición negativa frente al Estado actual, y de esta acusación la politiquería partidista de todos los sectores hizo derivar el derecho de iniciar, por todos los medios, la lucha opresora contra la joven e incómoda protagonista de una nueva concepción ideológica. Por cierto que deliberadamente se había olvidado de que el mismo burgués de nuestros días era ya incapaz de imaginar bajo el concepto "Estado" un organismo homogéneo y tampoco existía, ni podía existir, una definición concreta para el mismo. A esto se agrega que en nuestras universidades, suelen haber a menudo "difundidores" en forma de catedráticos de Derecho Público, cuya "suprema tarea" consiste en elucubrar explicaciones e interpretaciones sobre la existencia, más o menos dichosa del Estado al cual deben el pan cotidiano. Cuanto más abtrusa sea la contextura de un Estado, tanto más impenetrable, alambicado e incompresible, resulta el sentido de las definiciones de su razón de ser.

En términos generales, se puede distinguir tres criterios diferentes:

a) El grupo de los que ven en el Estado simplemente una asociación, más o menos espontánea, de gentes sometidas al poder de un gobierno. En el solo hecho de la existencia de un Estado, radica, para ellos, una sagrada inviolabilidad. Apoyar semejante extravío de cerebros humanos, supone rendir culto servil a la llamada autoridad del Estado. En un abrir y cerrar de ojos, se transforma en la mentalidad de esas gentes el medio en un fin.

b) El segundo grupo, no admite que la autoridad del Estado represente la única y exclusiva razón de ser de éste, sino que, al mismo tiempo, le corresponde la misión de fomentar el bienestar de sus súbditos. La idea de "libertad", es decir, de una libertad generalmente mal entendida, se intercala en la concepción que esos círculos tienen del Estado. La forma de gobierno ya no parece inviolable por el solo hecho de su existencia; se la analiza más bien desde el punto de vista de su conveniencia. Por lo demás, es un criterio que espera del Estado, sobre todo, una favorable estructuración de la vida económica del individuo; un criterio, por tanto, que juzga desde puntos de vista prácticos y de acuerdo con nociones generales del rendimiento económico. A los representantes principales de esta escuela, los encontramos en los círculos de nuestra burguesía corriente y con preferencia en los de nuestra democracia liberal.

c) El tercer grupo es numéricamente el más débil y cree ver en el Estado un medio para la realización de tendencias imperialistas, a menudo vagamente formuladas dentro de este Estado, de un pueblo homogéneo y del mismo idioma.

Fue muy triste observar en los últimos cien años cómo infinidad de veces, pero con la mejor buena fe, se jugó con la palabra "germanizar". Yo mismo recuerdo cómo en mi juventud precisamente esta palabra sugería ideas increíblemente falsas. En los círculos pangermanistas mismos, se podía escuchar, en aquellos tiempos, la absurda opinión de que en Austria, los alemanes, llegarían buenamente a conseguir la germanización de los eslavos de dicho país.

Es un error casi inconcebible creer que, por ejemplo, un negro o un chino se convierten en germanos porque aprendan el idioma alemán y estén dispuestos en lo futuro a hablar la nueva lengua o dar su voto por un partido político alemán.

Desde luego, esto habría significado el comienzo de una bastardización y con ello, en el caso nuestro, no una germanización, sino más bien la destrucción del elemento germano.

Como la nacionalidad o mejor dicho, la raza, no estriba precisamente en el idioma, sino en la sangre, se podría hablar de una germanización sólo en el caso de que, mediante tal proceso, se lograse cambiar la sangre de los sometidos, lo cual constituiría no obstante, un descenso del nivel de la raza superior.

Que enorme es ya el daño que, indirectamente, se ha ocasionado a nuestra nacionalidad, con el hecho de que debido a la falta de conocimiento de muchos americanos, se toma por alemanes a los judíos, que hablando alemán, llegan a América.

Lo que a través de la historia pudo germanizarse provechosamente, fue el suelo que nuestros antepasados conquistaron con la espada y que colonizaron después con campesinos alemanes. Y si allí se infiltró sangre extraña en el organismo de nuestro pueblo, no se hizo más que contribuir con ello a la funesta disociación de nuestro carácter nacional, lo cual se manifiesta en el lamentable superindividualismo de muchos.

Por eso el primer deber de un nuevo movimiento de opinión, basado sobre la ideología racista, es velar porque el concepto que se tiene del carácter y de la misión del Estado adquiera una forma clara y homogénea.

No es el Estado en sí el que crea un cierto grado cultural; el Estado puede únicamente cuidar de la conservación de la raza de la cual depende esa cultura.

En consecuencia, es la raza y no el Estado lo que constituye la condición previa de la existencia de una sociedad humana superior.

Las naciones o mejor dicho las razas que poseen valores culturales y talento creador, llevan latentes en sí mismas, esas cualidades, aun cuando, temporalmente, circunstancias desfavorables no permitan su desarrollo. De eso se infiere también que es una temeraria injusticia presentar a los germanos de la época anterior al cristianismo como hombres "sin cultura", es decir, bárbaros, cuando jamás lo fueron, pues el haberse visto obligados a vivir bajo condiciones que obstaculizaron el desenvolvimiento de sus energías creadoras, debióse a la inclemencia de su suelo nórdico. De no haber existido el mundo clásico, si los germanos hubiesen llegado a las regiones meridionales de Europa, más propicias a la vida, y si, además, hubiesen contado con los primeros medios técnicos auxiliares, sirviéndose de pueblos de raza inferior, la capacidad creadora de cultura, latente en ellos, hubiera podido alcanzar un brillante florecimiento, como en el caso de los helenos. Pero la innata fuerza creadora de cultura que poseía el germano, puede atribuirse únicamente a su origen nórdico. Llevados a tierras del sur, ni el lapón ni el esquimal podrían desarrollar una elevada cultura. Fue el ario, precisamente a quien la Providencia dotó de la bella facultad de crear y organizar, sea porque él lleve latentes en sí mismo esas cualidades o porque las imprima a la vida que nace según las circunstancias propicias o desfavorables del medio geográfico que lo rodea.

Nosotros los nacionalsocialistas, tenemos que establecer una diferencia rigurosa entre el Estado, como recipiente y la raza como su contenido. El recipiente tiene su razón de ser sólo cuando es capaz de abarcar y proteger el contenido; de lo contrario, carece de valor.

El fin supremo de un Estado racista, consiste en velar por la conservación de aquellos elementos raciales de origen que, como factores de cultura, fueron capaces de crear lo bello y lo digno inherente a una sociedad humana superior. Nosotros, como arios, entendemos el Estado como el organismo viviente de un pueblo que no sólo garantiza la conservación de éste, sino que lo conduce al goce de una máxima libertad, impulsando el desarrollo de sus facultades morales e intelectuales.

Aquello que hoy trata de imponérsenos como Estado, generalmente no es más que el monstruoso producto de un hondo desvarío humano que tiene por consecuencia una indecible miseria.

Nosotros los nacionalsocialistas, sabemos que, debido a este modo de pensar, estamos colocados en el mundo actual en un plano revolucionario y llevamos, por tanto, el sello de esta revolución. Mas, nuestro criterio y nuestra manera de actuar, no deben depender, en caso alguno, del aplauso o de la crítica de nuestros contemporáneos, sino, simplemente, de la firme adhesión a la verdad, de la cual estamos persuadidos. Sólo así podremos mantener el convencimiento de que la visión más clara de la posteridad no solamente comprenderá nuestro proceder de hoy, sino que también reconocerá que fue justo, y lo ennoblecerá.

Si nos preguntásemos cómo debería estar constituido el Estado que nosotros necesitamos, tendríamos que precisar, ante todo, la clase de hombres que ha de abarcar y cual es el fin al que debe servir.

Desgraciadamente nuestra nacionalidad ya no descansa sobre un núcleo racial homogéneo. El proceso de la fusión de los diferentes componentes étnicos originarios, no está tampoco tan avanzado como para poder hablar de una nueva raza resultante de él. Por el contrario, los sucesivos envenenamientos sanguíneos que sufrió el organismo nacional alemán, en particular a partir de la guerra de los Treinta años, vinieron a alterar la homogeneidad de nuestra sangre y también de nuestro carácter. Las fronteras abiertas de nuestra patria al contacto de pueblos vecinos no germanos, a lo largo de las zonas fronterizas, y ante todo el infiltramiento directo de sangre extraña en el interior del Reich, no dan margen, debido a su continuidad, a la realización de una fusión completa.

Al pueblo alemán le falta aquel firme instinto gregario que radica en la homogeneidad de la sangre y que en los trances de peligro inminente salvaguarda a las naciones de la ruina. El hecho de la inexistencia de una nacionalidad, sanguíneamente homogénea nos ha ocasionado daños dolorosos. Dio ciudades residenciales a muchos pequeños potentados, pero al pueblo mismo le arrebató en su conjunto el derecho señorial.

Significa una bendición el que gracias a esa incompleta promiscuidad, poseamos todavía en nuestro organismo nacional grandes reservas del elemento nórdico germano de sangre incontaminada, y que podamos considerarlo como el tesoro más valioso de nuestro futuro.

El Reich alemán, como Estado, tiene que abarcar a todos los alemanes e imponerse la misión, son sólo de cohesionar y de conservar las reservas más preciadas de los elementos raciales originarios de este pueblo, sino también, la de conducirlos, lenta y firmemente, a una posición predominante.

Es posible que para muchos de nuestros actuales burocratizados dirigentes del gobierno, sea más tranquilizador laborar por el mantenimiento de un estado de cosas existente, que luchar por el advenimiento de uno nuevo. Más cómodo les parecerá siempre ver en el Estado un mecanismo destinado llanamente a conservarse a sí mismo y que, por ende, vela también por ellos, ya que su vida "pertenece al Estado", como acostumbran a decir.

En consecuencia, al luchar nosotros por una nueva concepción que responde plenamente al sentido primordial de las cosas, encontraremos muy pocos camaradas en el seno de una sociedad envejecida no sólo orgánicamente, sino también espiritualmente, por desgracia. Por excepción, quizá algunos ancianos con el corazón joven y la mente fresca todavía, vendrán de esos círculos hacia nosotros, pero jamás aquéllos que ven el objeto esencial de su vida en la conservación de un estado de cosas ya establecido.

Es un hecho que, cuando en una nación, con una finalidad común, un determinado contingente de máximas energías se segrega definitivamente del conjunto inerte de la gran masa, esos elementos de selección llegarán a exaltarse a la categoría de dirigentes del resto. Las minorías hacen la historia del mundo, toda vez que ellas encarnan, en su minoría numérica, una mayoría de voluntad y de entereza.

Por eso lo que hoy a muchos les parece una dificultad, es, en realidad, la premisa de nuestro triunfo. Justamente en la magnitud y en las dificultades de nuestro cometido radica la posibilidad de que sólo los más calificados elementos de lucha han de seguirnos en nuestro camino. Esta selección será la que garantice el éxito.

Todo cruzamiento de razas conduce fatalmente, tarde o temprano, a la extinción del producto híbrido mientras en el ambiente coexista, en alguna forma de unidad racial, el elemento cualitativamente superior representado en este cruzamiento. El peligro que amenaza al producto híbrido desaparece en el preciso momento de la bastardización del último elemento puro de raza superior.

En esto se dunda el proceso de la regeneración natural que, aunque lentamente, contando con un núcleo de elementos de raza pura y siempre que haya cesado la bastardización, llega a absorver, poco a poco, los gérmenes del envenenamiento racial.

Un estado de concepción racista, tendrá en primer lugar, el deber de librar al matrimonio del plano de una perpétua degradación racial y consagrarlo como la institución destinada a crear seres a la imagen del Señor y no monstruos, mitad hombre, mitad mono.

Toda protesta contra esta tesis, fundándose en razones llamadas humanitarias, están en una abierta oposición con una época en la que, por un lado, se da a cualquier degenerado la posibilidad de multiplicarse, lo cual supone imponer a sus descendientes y a los contemporáneos de éstos indecibles penalidades, en tanto que, por el otro, se ofrece en droguerías y hasta en puestos de venta ambulante, los medios destinados a evitar la concepción en la mujer, aún tratándose de padres completamente sanos. En el Estado actual de "orden y tranquilidad", es pues un crimen ante los ojos de las famosas personalidades nacional-burguesas el tratar de anular la capacidad de procreación de los sifilíticos, tuberculosos, tarados atávicos, defectuosos y cretinos; inversamente, nada tiene para ellos de malo ni afecta a las "buenas costumbres" de dicha sociedad, constituida de puras apariencias y miope por inercia, el hecho de que millones de los más sanos restrinjan prácticamente la natalidad.

¡Qué infinitamente huérfano de ideas y de nobleza es todo este sistema! Nadie se inquieta ya por legar a la posteridad lo mejor, sino que llanamente, se deja que las cosas sigan su curso...

Es deber del Estado racista, reparar los daños ocasionados en este orden. Tiene que comenzar por hacer de la cuestión raza el punto central de la vida general. Tiene que velar por la conservación de su pureza y tiene también que consagrarse al niño como al tesoro más preciado de su pueblo. Está obligado a cuidarse de que solo los individuos sanos tengan descendencia. Debe inculcar que existe un oprobio único: engendrar estando enfermo o siendo defectuoso; pero que frente a esto, hay una acción que dignifica: renunciar a la descendencia. Por el contrario deber`´a considerar execrable el privar a la nación de niños sanos. El Estado tendrá que ser el garantizador de un futuro milenario frente al cual nada significan, y no harán más que doblegarse, el deseo y el egoísmo individuales. El Estado tiene que poner los más modernos recursos médicos al servicio de esta necesidad. Todo individuo notoriamente enfermo y atávicamente tarado, y como tal, susceptible de seguir trasmitiendo por herencia sus defectos, debe ser declarado inepto para la procreación y sometido al tratamiento práctico. Por otro lado, el Estado tiene que velar por que no sufra restricciones la fecundidad de la mujer sana como consecuencia de la pésima administración económica de un régimen de gobierno que ha convertido en una maldición para los padres la dicha de tener una prole numerosa.

Aquel que física y mentalmente no es sano, no debe, no puede perpetuar sus males en el cuerpo de su hijo. Enorme es el trabajo educativo que pesa sobre el Estado racista en este orden, pero su obra aparecerá un día como un hecho más grandioso que la más gloriosa de las guerras de esta nuestra época burguesa. El Estado tiene que persuadir al individuo, por medio de la educación, de que estar enfermo y endeble no es una afrenta, sino simplemente una desgracia digna de compasión; pero que es un crimen y por consiguiente, una afrenta, infamar por propio egoísmo esa desgracia, trasmitiéndola a seres inocentes.

El Estado deberá obrar prescindiendo de la comprensión o incompresión, de la popularidad o impopularidad que provoque su modo de proceder en este sentido.

Apoyada en el Estado, la ideología racista logrará, a la postre, el advenimiento de una época mejor, en la cual los hombres, no se preocuparán más que de la selección de perros, caballos y gatos, sino de levantar el nivel racial del hombre mismo; una época en la cual unos, reconociendo su desgracia, renuncien silenciosamente, en tanto que los otros den gozosos su tributo a la descendencia.

Que esto es factible, no se puede negar en un mundo donde cientos de miles se imponen voluntariamente el celibato sin otro compromiso que el precepto de una religión.

Cuando una generación adolece de defectos y los reconoce y hasta los confiesa, para luego conformarse con la cómoda disculpa de que nada se puede remediar, quiere decir que esa sociedad hace tiempo que inició su decadencia.

Nosotros no debemos hacernos ninguna ilusión. ¡No! Bien sabemos que nuestro mundo burgués de hoy es ya incapaz de ponerse al servicio de ninguna elevada misión de la humanidad porque, sencillamente, en cuanto a calidad, es pésima su condición. Y es pésima debido menos a una maldad intencionada, que a una incalificable indolencia y a todo lo nocivo que de ello emana. He aquí también la razón porque aquellos clubs que abundan bajo la denominación genérica de "partidos burgueses", hace tiempo que no son otra cosa que comunidades de intereses creados de determinados grupos profesionales y clases, de suerte que su máximo objetivo se concreta ya sólo a la defensa más apropiada de intereses egoístas. Ocioso es, por cierto, querer explicar que un gremio tal de "burgueses políticos" pueda prestarse a todo menos a la lucha, especialmente si el sector adversario no se compone de timoratos sino de masas proletarias fuertemente aleccionadas y dispuestas a todo.

Si consideremos como el primer deber del Estado la conservación, el cuidado y el desarrollo de nuestros elementos sociales, en servicio y por el bien de la nacionalidad, lógico es pues que ese celo protector no debe acabar con el nacimiento del pequeño congénere, sino que el Estado tiene que hacer de él un elemento valioso, digo de reproducirse después.

Fundándose en esta convicción, el Estado racista no particulariza su misión educadora a la mera tarea de insuflar conocimientos del saber humano. No, su objetivo consiste, en primer término, en formar hombres físicamente sanos. Seguidamente, en segundo plano, está el desarrollo de las facultades mentales y aquí, a su vez, en el fomento de la fuerza de voluntad y de decisión, habituando al educando a asumir gustoso la responsabilidad de sus actos. Como corolario viene la instrucción científica.

El Estado racista debe partir del punto de vista de que un hombre, si bien de instrucción modesta pero de cuerpo sano y de carácter firme, rebosante de voluntad y de espíritu de acción, vale más para la comunidad del pueblo que un superintelectual enclenque.

Por tanto, el entrenamiento físico, en el Estado racista, no constituye una cuestión individual, ni menos algo que incumbe sólo a los padres, interesando a la comunidad sólo en segundo o tercer término, sino que es una necesidad de la conservación nacional representada y garantizada por el Estado. Del mismo modo que en lo tocante a la instrucción escolar interviene hoy el Estado en el derecho de la autodeterminación del individuo y le supedita al derecho de la colectividad, sometiendo al niño a la instrucción obligatoria, sin previo consentimiento de los padres, así también, pero en una escala mayor, tiene el Estado racista que imponer un día su autoridad frente al desconocimiento o a la incomprensión del individuo en cuestiones que afectan a la conservación del acervo nacional. Su labor educativa deberá estar organizada de tal suerte, que el cuerpo del niño sea tratado convenientemente desde la primera infancia, para que así adquiera el temple físico necesario al desarrollo de su vida. Tendrá que velar, ante todo, porque no se forme una generación de sedentarios.

La escuela, en el Estado racista, deberá dedicar a la educación física infinitamente más tiempo del actualmente fijado. No debería transcurrir un solo día sin que el adolescente deje de consagrarse por lo menos durante una hora por la mañana y durante otra por la tarde al entrenamiento de su cuerpo, mediante deportes y ejercicios gimnásticos. En particular, no puede prescindirse de un deporte que justamente ante los ojos de muchos que se dicen "racistas" es rudo e indigno: el pugilato. Es increíble cuán erróneas son las opiniones difundidas en este respecto en las esferas "cultas", donde se considera natural y honorable que el joven aprenda esgrima y juegue a la espada, en tanto que el boxeo lo conceptúan como una torpeza. ¿Y por qué? No existe deporte alguno que fomente como este él espíritu de ataque y la facultad de rápida decisión, haciendo que el cuerpo adquiera la flexibilidad del acero. No es más brutal que dos jóvenes diluciden un altercado con los puños que con una lámina de aguzado acero. Tampoco es menos noble que un hombre agredido se defienda de su agresor con los puños, en vez de huir para apelar a la policía.

El tipo humano ideal que busca el Estado racista, no está representado por el pequeño moralista burgués o la solterona virtuosa, sino por la retemplada encarnación de la energía viril y por mujeres capaces de dar a luz verdaderos hombres. Es así como el deporte no sólo está destinado a hacer del individuo un hombre fuerte, diestro y audaz, sino también a endurecerle y enseñarle a soportar inclemencias.

Si toda nuestra esfera superior de intelectuales no hubiese sido educada tan exclusivamente en medio de reglas de atildado trato y hubiese aprendido también a boxear, jamás habría sido posible la revolución de 1918, revolución hecha por rufianes, desertores y otros maleantes. Porque lo que a estos les dio el triunfo no fue el fruto de su osadía, ni de su fuerza de acción, sino más bien el resultado de la cobarde y miserable falta de entereza por parte de los que entonces dirigían el Estado y eran los responsables.

Nuestro pueblo alemán, que actualmente yace en la ruina expuesta a las patadas del resto del mundo, necesita justamente aquella fuerza de sugestión que engendra la confianza en sí mismo. Este sentimiento de confianza en sí mismo, tiene que ser inculcado desde la niñez. Toda la educación y la instrucción del joven deben estribar en la tarea de cimentar la convicción de que en ningún caso él es menos que otros. Mediante su vigor físico y su agilidad, debe recobrar la fe en la invencibilidad de su raza, pues, aquello que otrora condujera al ejército alemán a la victoria, fue la suma de confianza que poseía en sí mismo cada uno de sus componentes y, a su vez, todos en el comando. Lo que ha de levantar de nuevo la pueblo alemán, es sin duda la convicción de la posibilidad de volver al goce de su libertad. Pero esta convicción no puede ser sino el resultado de un sentimiento común arraigado en el alma de millones.

Tampoco en esto debemos hacernos ilusiones, porque si enorme fue en magnitud el desastre sufrido por nuestro pueblo, no menos enorme tienen que ser el esfuerzo que hagamos para que un día quede dominada la calamidad que nos aflige. Sólo gracias a un supremo esfuerzo de la voluntad nacional y sólo gracias, también, a un sumum de ansia libertaria y de pasión ardiente, ha de poderse compensar lo que hoy nos falta.

El Estado racista tiene que llevar a cabo y supervigilar el entrenamiento físico de la juventud, no únicamente durante los años de la vida escolar; su obligación se extiende también al periodo postescolar, en que debe velar que mientras el joven se halle en el desarrollo, ese desarrollo se efectúe en bien suyo. Es un absurdo admitir que terminado el periodo escolar cese súbitamente el derecho de supervigilancia del Estado sobre la vida de sus jóvenes ciudadanos, para volver a ponerlo en práctica cuando el individuo entra a prestar su servicio militar. Ese derecho es una obligación y como tal tiene carácter permanente.

Es indiferente la forma en que el Estado prosiga esta educación. Lo esencial es que lo haga buscando los medios más convenientes. En líneas generales, esa educación podría constituir una especie de preparación previa para el servicio militar, de manera que el ejército no tenga ya necesidad, como hasta ahora, de iniciar al joven en las más elementales nociones de los ejercicios reglamentarios, y así no incorporaría ya reclutas del tipo corriente de hoy, sino que, simplemente, convertiría en soldado al conscripto ya de antemano excelentemente entrenado.

El objetivo principal de la instrucción militar tendrá que ser, empero, el mismo que otrora constituyera el mayor mérito del antiguo ejército: el lograr que esa escuela haga del joven un hombre; allí no aprenderá a obedecer solamente, sino a adquirir asimismo las condiciones que lo capaciten para poder mandar un día. Deberá aprender a callar no sólo cuando se le reprenda con razón, sin también -si es necesario- en el caso inverso.

Cumplido el servicio militar, dos documentos deben extendérsele: Iº) su diploma de ciudadano, como título jurídico que lo habilite para ejercer en adelante una actividad pública; 2º) su certificado de salubridad, como testimonio de sanidad corporal para el matrimonio.

Análogamente al procedimiento que se emplea con el muchacho, el Estado racista puede orientar la educación de la muchacha, partiendo de puntos de vista iguales. También en este caso tiene que recaer la atención ante todo sobre el entrenamiento físico; inmediatamente después, conviene fomentar las facultades morales y por último las intelectuales. La finalidad de la educación femenina es inmutablemente, moldear a la futura madre.

con qué frecuencia había motivo en la guerra para quejarse de que nuestro pueblo fuese tan poco capaz de guardar discreción. ¿Cuán difícil fue por esto substraer al conocimiento del enemigo secretos importantes?. Pero debemos preguntarnos, ¿qué hizo la educación alemana de la anteguerra para inculcar en el individuo la noción de la discreción y si se trató siquiera de presentarla como una varonil y valiosa virtud? Para el criterio de nuestros educadores actuales todo esto es sólo una bagatela, una bagatela sin embargo que le cuesta al Estado innumerables millones en concepto de gastos judiciales, ya que el 90 por 100 de todos los procesos por difamación o motivos análogos, proviene únicamente de la falta de discreción. Expresiones irresponsablemente lanzadas van de boca en boca con igual desparpajo; nuestra economía nacional sufre constantemente perjuicios, debido a imprudentes revelaciones sobre métodos especiales de fabricación, etc., a tal punto que, hasta los mismos preparativos secretos relacionados con la defensa del país, resultan ilusorios, porque sencillamente el pueblo no aprendió a guardar reserva, sino, más bien, a divulgarlo todo. Por cierto que en una guerra ese prurito de hablar puede conducir a la pérdida de batallas y a contribuir así notablemente al desenlace desfavorable de la contienda. También aquí se debe compartir la persecución de que aquello que no se ejercitó en la juventud mal puede saberse practicar en la vejez. Hoy en día, en la escuela, es igual a cero el desarrollo consciente de las buenas y nobles cualidades del carácter. En lo futuro, se impone darle a este aspecto toda la significación que merece. Lealtad, espíritu de sacrificio y discreción son virtudes indispensables a un gran pueblo; virtudes cuya enseñanza y cultivo, en la escuela, tienen más importancia que muchas de las asignaturas que llenan los programas escolares.

El Estado racista, en consecuencia, al lado del trabajo de entrenamiento corporal debe dar, dentro de su labor educativa, una máxima significación a la formación del carácter. Numerosos defectos morales que en la actualidad pesan sobre nuestro pueblo, podrían ser, si no extirpados completamente, por lo menos atenuados en gran parte, gracias a las ventajas de un sistema de educación bien orientado.

Todos nos hemos lamentado a menudo de que en aquellos funestos tiempos de noviembre y diciembre de 1918, todas las autoridades hubieran claudicado y de que, desde el monarca al último divisionario ya nadie tuviese la entereza de obrar por propia iniciativa. También este terrible hecho fue el resultado de nuestra educación, pues, en esta catástrofe, no hizo más que revelarse, en una medida desfigurada hasta la enormidad, aquella falla que, en pequeño, era común a todos. Esa falta de voluntad y no precisamente la carencia de armas, es lo que hoy nos hace incapaces de una resistencia verdadera. Tal defecto está arraigado en el alma de nuestro pueblo, oponiéndose a toda decisión que entrañe un riesgo y como si lo magno de una acción no se manifestase justamente en la osadía. Sin darse cuenta, un general alemán encontró la fórmula clásica para definir semejante ausencia de voluntad: "Yo acostumbro a obrar -decía- sólo cuando cuento con 51 por 100 de probabilidades de éxito". Aquí, en estos "51 por 100" radica la causa del trágico desastre alemán. Aquél que exige previamente del destino la garantía del éxito, renuncia desde luego al mérito de una acción heroica, ya que ésta estriba precisamente en la persuasión de que, ante el peligro fatal de una situación dada, se opta por el paso que quizás pudiera resultar salvador.

Bien se puede decir que corresponde a la misma línea de conducta el temor a la responsabilidad que flota en el ambiente. También en este caso el error está en la falsa educación de nuestra juventud, error que después llega a saturar el conjunto de la vida pública y que encuentra, por último, su culminación inmortal en la institución del gobierno parlamentario.

Del mismo modo que el Estado racista tendrá un día que dedicar una máxima atención a la educación de la voluntad y del espíritu de decisión, deberá igualmente imbuir, desde un comienzo, en los corazones de la juventud la satisfacción de la responsabilidad y el valor de reconocer la propia culpa.

Con escasas modificaciones, podrá el Estado racista incorporar a su sistema educacional el plan de la instrucción científica vigente que constituye en realidad el principio y el fin de toda labor educativa del Estado actual.

Ante todo, el cerebro juvenil no debe, por lo general, ser sobrecargado de conocimientos que, en una proporción de un 95 por 100, no son aprovechados por él y son, por consiguiente, olvidados.

Tómese, por ejemplo, el tipo normal del empleado público de 35 a 40 años de edad, que haya cursado en un Gymnasium o en otro establecimiento de humanidades (Oberrealschule); si se examinan los conocimientos que penosamente adquirió en la escuela, se verá cuán poco quedó de todo aquello!

En particular, se impone una reforma en el método de enseñar la historia. Probablemente en país alguno se aprende más historia que en Alemania, y tampoco, en el mundo, habrá un pueblo que, a semejanza del nuestro, sepa servirse tan pésimamente de las lecciones que ella ofrece. En un 99 por 100 de los casos, es ínfimo el resultado de la forma actual de la enseñanza en este ramo de la ciencia. A menudo la memoria retiene sólo algunas fechas y nombres, en tanto que es notoria la falta absoluta de una orientación grande y clara. Todo lo esencial, es decir, aquello que en realidad debe aprenderse, sencillamente, no se enseña; queda librado a la intuición más o menos genial del alumno, deducir de un cúmulo de fechas y de la sucesión de los hechos, las causas determinantes de los procesos históricos.

Es justamente en la enseñanza de la historia en la que se debe proceder a una simplificación de los programas. La utilidad de este estudio consiste en precisar las grandes líneas de la evolución humana, ya que no se aprende historia con la sola finalidad de enterarse de lo que fue, sino para encontrar en ella una fuente de enseñanza necesaria al porvenir y a la conservación de la propia nacionalidad. No se diga que el estudio a fondo de la historia supone el conocimiento minucioso de fechas, como base para la deducción de las grandes líneas. Esta deducción incumbe a los investigadores científicos.

Por lo demás, es tarea de un Estado racista, velar porque, al fin, se llegue a escribir una historia universal donde el problema racial ocupe lugar predominante.

En la enseñanza de la historia cabe sobre todo no prescindir del estudio de la época clásica. La historia romana, debidamente apreciada en sus grandes aspectos, es y será siempre el mejor maestro de todos los tiempos.

La segunda modificación indispensable en los programas escolares, bajo el Estado racista, se refiere a lo siguiente:

Signo característico de la época materialista en que vivimos es el hecho de que nuestra instrucción se concrete más y más a las ciencias exactas, es decir, las matemáticas, la física, la química, etc. Por necesario que esto fuese en tiempos en que dominan la técnica y la química, no por eso deja de entrañar un inminente peligro el exclusivismo científico creciente de la instrucción general, en una nación. Por el contrario, la instrucción general debería ser siempre de índole idealista.

Conviene establecer una diferenciación precisa entre la instrucción general y las especializaciones profesionales; y por lo mismo que estas últimas están amenazadas de descender cada vez más a un plano de servicio exclusivo al dios Mamon, la instrucción general de orientación idealista debería ser mantenida a manera de contrapeso.

También, en este caso, es necesario grabar firmemente el principio de que la industria y la técnica, el comercio y las profesiones, pueden florecer solamente mientras una comunidad nacional, inspirada en fines idealistas, les dé las condiciones inherentes a su desarrollo. Pero estas condiciones no radican en el egoísmo materialista, sino en un espíritu altruista, dispuesto al sacrificio.

Como el Estado actual no representa en sí más que una simple forma, es muy difícil educar hombres con esa orientación y menos aun imponerles deberes. Una forma es susceptible de romperse fácilmente. De todos modos, el concepto "Estado" carece hoy de un sentido claro y no queda otro camino que el de la educación "patriótica" corriente. En la Alemania de la anteguerra, descansaba este "patriotismo" en una glorificación poco inteligente y a menudo muy sosa de minúsculos potentados, lo cual implicaba desde luego renunciar al culto que se debía a las figuras realmente eminentes de nuestro pueblo.

Es obvio anotar que en estas condiciones no era posible concebir un entusiasmo nacional verdadero. A nuestros hombres-símbolos no se les supo presentar como a héroes máximos ante los ojos de la generación del presente, haciendo que la atención general se concretase a ellos, creándose así un sentimiento cívico común.

Desde que la revolución derrotista de 1918 hiciera su entrada triunfal en Alemania y el patriotismo monárquico tocara, con ello, a su fin, el objeto de la enseñanza de la historia en nuestras escuelas no es otro realmente que la mera adquisición de conocimientos. El Estado, tal como ahora existe, no requiere del sentimiento nacional y lo que anhela tampoco lo logrará jamás. Si en una época regida por el principio de las nacionalidades, no pudo existir un decidido patriotismo dinástico, mucho menos factible es ahora el entusiasmo republicano. Y no debe caber duda alguna de que, bajo el lema "Por la república" el pueblo alemán nunca habría permanecido cuatro largos años en los campos de batalla.

Es evidente que la república alemana debe su tranquila existencia a la docilidad con que por doquier acepta voluntariamente cuanto tributo se le impone o la facilidad con que suscribe todo pacto que implique un renunciamiento nacional.

Es lógico que esta república goce de simpatías en el resto del mundo; un débil es siempre más agradable para los que de él se sirven, que un espíritu fuerte. A la república alemana se la quiere y se la deja vivir por la sencilla razón de que no se podría encontrar un mejor aliado para la obra de esclavización de nuestro pueblo. El Estado alemán racista tendrá que luchar por su existencia. Es evidente que no podrá mantenerse ni defender su vida por la sola virtud de suscribir un Plan Dawes. El Estado racista requerirá para su existencia y seguridad justamente de todo eso de lo cual hoy se cree que se puede prescindir. Cuanto más incomparable y valioso se haga este Estado en su forma y en su fondo, mayor será la emulación y la resistencia que le opongan sus detractores. Sus ciudadanos mismos y no sus armas, serán entonces sus mejores medios de defensa; no lo protegerán barricadas sino la muralla viva de hombres y mujeres plenos de amor supremo a la patria y de fanático entusiasmo nacional.

El tercer aspecto a considerar en lo concerniente a la instrucción es este:

También la ciencia tiene que servir al Estado racista como un medio hacia el fomento del orgullo nacional. Se debe enseñar desde este punto de vista no sólo la historia universal, sino toda la historia de la cultura humana. No bastará que un inventor aparezca grande únicamente como inventor, sino que debe aparecer todavía más grande como hijo de su nación. La admiración que inspira todo hecho magno, debe transformarse en el orgullo de saber que el promotor del mismo fue un compatriota. Del innumerable conjunto de los grandes hombres que llenan la historia alemana, se impone seleccionar los más eminentes para inculcarlos en la mente de la juventud, de tal modo que esos nombres se conviertan en columnas inconmovibles del sentimiento nacional.

Para que este sentimiento nacional sea legítimo desde un comienzo y no consiste en una mera apariencia, justo es que en los cerebros plasmables de la juventud se cimente un férreo principio: Quién ama a su patria prueba ese amor sólo mediante el sacrificio que por ella está dispuesto a hacer. Un patriotismo que no aspira sino al beneficio personal, no es patriotismo. Tampoco es nacionalismo, el nacionalismo que abarca sólo determinadas clases sociales. Los hurras nada prueban y no le dan derecho a llamarse patriota a quien así exclama, si no está imbuido de la noble solicitud de velar por la conservación de su raza. Solamente puede uno sentirse orgulloso de su pueblo cuando ya no tenga que avergonzarse de ninguna de las clases sociales que forman este pueblo. Pero cuando una mitad de él vive en condiciones miserables e incluso se ha depravado, el cuadro es tan triste, que no hay razón para sentir orgullo. Sólo cuando una nación es, material y moralmente, sana en todas sus partes constitutivas, puede la satisfacción de pertenecer a ella, que experimenta el individuo, exaltarse con derecho a la categoría del elevado sentimiento que denominamos orgullo nacional. Pero este noble orgullo puede sentirlo únicamente aquél que es consciente de la grandeza de su pueblo.

El miedo que el "chauvinismo" le inspira a nuestra época constituye el signo de su impotencia. Es evidente que el mundo de hoy va camino de una gran revolución. Y todo se reduce al interrogante de si ella resultará en bien de la humanidad aria o en provecho del judío errante.

Mediante una apropiada educación de la juventud, podrá el Estado racista contar con una generación capaz de resistir la prueba en la hora de las supremas decisiones.

Será vencedor aquel pueblo que primero opte por este camino.

La culminación de toda labor educacional del Estado racista consistirá en infiltrar instintiva y racionalmente en los corazones y los cerebros de la juventud que le está confiada, la noción y el sentimiento de raza. Ningún adolescente, sea varón o mujer, deberá dejar la escuela antes de hallarse plenamente compenetrado con lo que significa la puridad de la sangre y su necesidad. Además, esta educación, desde el punto de vista racial, tiene que alcanzar su perfección en el servicio militar, es decir, que el tiempo que dure este servicio hay que considerarlo como la etapa final del proceso normal de la educación del alemán en general.

Si en el Estado racista ha de tener capital importancia la forma de la educación física e intelectual, no menos esencial será para él la selección de los elementos mejores. Este aspecto se toma hoy en cuenta muy superficialmente. Por lo general, es sólo a los hijos de familias de alta situación económica y social a quienes, desde luego, se conceptúa dignos de recibir una instrucción superior. El talento juega aquí un rol secundario. Propiamente se puede apreciar sólo de modo relativo. Es posible, por ejemplo, que un muchacho campesino, aunque de instrucción inferior con respecto al hijo de una familia que ocupa desde generaciones atrás un rango elevado, posea más talento que éste. El hecho de que el niño burgués revele mayores conocimientos, nada tiene que ver en el fondo con el talento mismo, sino que radica en el cúmulo notoriamente más grande de impresiones que este niño recibe ininterrumpidamente como resultado de su múltiple educación y del cómodo ambiente de vida que le rodea.

En la actualidad existe quizá un solo campo de actividad donde realmente influye menos el origen social que el talento innato: el Arte. En él se evidencia manifiestamente que el genio no es atributo de las esferas superiores y ni de la fortuna. No es raro que los más grandes artistas procedan de las más pobres familias.

Se pretende afirmar que lo que tratándose del arte es innegable, no cabe en las llamadas ciencias exactas. Si bien, a base de un cierto entrenamiento mental, es posible infiltrar en el cerebro de un hombre de tipo corriente, conocimientos superiores a los de su medio; pero todo esto no es más que ciencia muerta y, por tanto, estéril. Este hombre resultará una enciclopedia viviente, mas, será un perfecto inútil en todas las situaciones difíciles y momentos decisivos de la vida.

Solo allí donde se aunen la capacidad y el saber, pueden surgir obras de impulso creador. Si en los últimos decenios el número de inventos importantes aumentó extraordinariamente, sobre todo en los Estados Unidos, no fue sin duda por otra razón que por la circunstancia de que allí -más que en Europa- un porcentaje considerable de talentos procedentes de las esferas sociales inferiores, tiene la posibilidad de lograr una instrucción superior. La facultad inventiva no depende, pues, de la simple acumulación de conocimientos, sino de la inspiración del talento.

También en este orden el Estado racista tendrá un día que dejar sentir su acción educativa. El Estado racista no tiene por misión el mantenimiento de la influencia de una determinada clase social; su tarea consiste más bien en la selección de los más capacitados dentro del conjunto nacional, para luego promoverlos a la posición de dignidad que merecen.

Además, el rol del Estado racista no se reduce solamente a la obligación de dar al niño en la escuela primaria una determinada instrucción, sino que le incumbe también el deber de fomentar el talento, orientándolo convenientemente. Ante todo, tiene que considerar como su más alto cometido, el abrir las puertas de los establecimientos fiscales de instrucción superior a todos los dotados de talento, sea cual fuere su origen social.

Aun por otra razón tiene que obrar en este sentido la previsión del Estado: Los círculos intelectuales en Alemania, se han hecho tan exclusivistas y están tan esclerosados que han perdido todo contacto vivo con las clases inferiores. Este exclusivismo resulta doblemente nefasto: primero, porque estos círculos carecen de comprensión y simpatía para la gran masa, y segundo, porque les falta fuerza de voluntad, la cual es siempre menos firme en los círculos intelectuales con espíritu de casta, que en la pueblo mismo.

La preparación política, así como el pertrechamiento técnico para la guerra mundial, fueron deficientes, no porque nuestros hombres de gobierno hubiesen tenido escasa instrucción, sino justamente por lo contrario, pues, aquellos hombres eran superinstruídos, atestados de saber y de espiritualidad, pero huérfanos de todo instinto sano y privados de energía y audacia. Fue una fatalidad que nuestro pueblo hubiera tenido que luchar por su existencia bajo el gobierno de un canciller que era un filósofo sin carácter. Si en lugar de un Bethmann-Hollweg hubiésemos tenido por Führer a un hombre popular de recia contextura, no se habría vertido en vano la sangre heroica del granadero raso. Ese mismo exagerado culto de lo puramente intelectual entre nuestros elementos dirigentes, fue el mejor aliado para la chusma revolucionaria de 1918.

La iglesia católica ofrece un ejemplo del cual se puede aprender mucho. En el celibato de sus sacerdotes radica la obligada necesidad de reclutar siempre las generaciones del clero entre las clases del pueblo y no de entre sus propias filas. Pero precisamente este aspecto de la institución del celibato no se sabe apreciar a menudo en su verdadera importancia. Al celibato se debe la asombrosa lozanía del gigantesco organismo de la iglesia católica, con su ductilidad espiritual y su férrea fuerza de voluntad.

Será misión del Estado racista, velar porque su sistema educacional permita una constante renovación de las capas intelectuales subsistentes mediante el aflujo de elementos jóvenes procedentes de las clases inferiores.

El Estado tiene la obligación de seleccionar del conjunto del pueblo, con máximo cuidado y suma minuciosidad, aquel material humano notoriamente dotado de capacidad por la naturaleza, para luego utilizarlo en servicio de la colectividad.

Cuando dos pueblos de índole idéntica entran en competencia, el triunfo le corresponderá al que en la dirección del Estado tenga representados a sus mejores valores, y el vencido será en cambio aquel cuyo gobierno no semeje más que una gran pesebrera común para determinar dos grupos o clases sociales, sin que se hayan tomado en cuenta las aptitudes innatas que debería reunir cada uno de los elementos dirigentes.

En cuanto al concepto trabajo, el Estado racista tendrá que formar un criterio absolutamente diferente del que hoy existe. Valiéndose, si es necesario, de un proceso educativo que dure siglos, dará al traste con la injusticia que significa menospreciar el trabajo del obrero. Como cuestión de principio, tendrá que juzgar al individuo no conforme al género de su ocupación, sino de acuerdo con la forma y la bondad del trabajo realizado. Esto parecerá monstruoso en una época en que el amanuense más estúpido, por el solo hecho de que trabaja con la pluma, está por encima del más hábil mecánico-técnico. Esta errónea apreciación no estriba, como ya se ha dicho, en la naturaleza de las cosas, sino que es el producto de una educación artificial, que no existió antes. La actual situación anti-natural se funda pues en los morbosos síntomas generales que caracterizan el materialismo de nuestros tiempos.

En su ausencia, todo trabajo tienen un doble valor: el puramente material y el ideal. El primero no depende de la importancia del trabajo hecho, materialmente aquilatado, sino de su necesidad intrínseca. La comunidad tiene que reconocer, idealmente hablando, la igualdad de todos, desde el momento en que cada uno, dentro de su radio de acción -sea cual fuere- se esfuerza por cumplir lo mejor que puede.

La recompensa material le será acordada a aquél cuyo trabajo esté en relación con el provecho que redunde a favor de la comunidad; la recompensa ideal, en cambio, debe consistir en la apreciación que puede reclamar para sí todo aquel que consagre al servicio de su pueblo las aptitudes que le dio la naturaleza y que la colectividad se encargó de fomentar.

Es posible que el oro se haya convertido hoy en el soberano exclusivo de la vida, pero no cabe duda de que un día el hombre volverá a inclinarse ante dioses superiores. Y es posible también que muchas cosas del presente deban su existencia a la sed de dinero y de fortuna; mas, es evidente que muy poco de todo esto representa valores cuya no-existencia podría hacer más pobre a la humanidad.

También en esto, le corresponde un cometido especial al movimiento nacionalsocialista, que, en la actualidad, predice el advenimiento de una época que daría a cada uno lo que necesite para su existencia, cuidando, sin embargo, como cuestión de principio, que el hombre no viva pendiente únicamente del goce de bienes materiales. Esto encontrará un día su expresión en forma de una gradación sabiamente limitada de los salarios, de tal suerte que hasta el último de los que trabajen honradamente pueda contar en todo caso, como ciudadano y como hombre, con una existencia honesta y ordenada.

Y qué no se diga que éste sería un estado de cosas ideal, impracticable en el mundo en que vivimos, e imposible de ser jamás logrado.

Tampoco nosotros somos tan ingenuos como para creer que se podría llegar a crear una época exenta de anomalías. Pero esta consideración no salva el imperativo que se tiene de combatir errores reconocidos como tales, corregir defectos y aspirar a la consecución de lo ideal. La dura realidad se encargará por sí sola de imponernos múltiples limitaciones. Y justamente por eso, el hombre debe empeñarse en servir al fin supremo sin dejarse arredrar en su propósito, por la misma razón que no se puede renunciar a los tribunales de justicia, porque estos incurren en errores, ni menos detestar los medicamentos porque, pese a ellos, siguen existiendo enfermedades.

Cuidese mucho de saber apreciar debidamente la fuerza de un ideal.

CAPÍTULO TERCERO

Súbditos y ciudadanos (*)

CAPÍTULO CUARTO

La personalidad y la concepción nacionalista del Estado (*)

CAPÍTULO QUINTO

Ideología y organización (*)

CAPÍTULO SEXTO

Nuestra lucha en los primeros tiempos. (*)

CAPÍTULO SÉPTIMO

La lucha contra el frente rojo (*)

CAPÍTULO OCTAVO

El fuerte es más fuerte cuanto está solo (*)

CAPÍTULO NOVENO

Ideas básicas sobre el objetivo y la organización de las S.A. (*)

CAPÍTULO DÉCIMO

La máscara del federalismo (*)

CAPÍTULO ONCE

Propaganda y organización (*)

CAPÍTULO DOCE

El problema de los sindicatos obreros (*)

CAPÍTULO TRECE

La política aliancista de Alemania después de la guerra (*)

CAPÍTULO CATORCE

Orientación política hacia el este (*)

CAPÍTULO QUINCE

El derecho de la legítima defensa (*)

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Enviado por:
Dr. Luis Afredo Alarcón Flores

Perú


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