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"Mi Lucha" ("Mein Kampf"), de Adolfo Hitler – Volumen 1




Enviado por alarconflores



    Transcripción del libro escrito
    por Adolf Hitler "Mi
    Lucha ("Mein Kampf")".
    El siguiente material es publicado solo a modo informativo.
    Monografias.com no se responsabiliza por su uso final por parte
    del lector y recomienda la orientación de padres y
    profesores a la hora de su lectura para
    una comprensión adecuada.

    1. En el hogar
      paterno
    2. Las experiencias de mi vida en
      Viena
    3. Reflexiones políticas de
      la época de mi permanencia en Viena
    4. Munich
    5. La guerra
      mundial
    6. Propaganda de
      guerra
    7. La
      revolución
    8. La iniciación de mi
      actividad política
    9. El partido obrero
      alemán
    10. Las causas del
      desastre
    11. La nacionalidad y la
      raza
    12. La primera fase del desarrollo
      del Partido Obrero Alemán
      Nacionalsocialista

     CAPÍTULO
    PRIMERO

    En el hogar
    paterno

     Considero una predestinación feliz haber
    nacido en la pequeña ciudad de Braunau sobre el Inn;
    Braunau, situada precisamente en la frontera de
    esos dos Estados alemanes, cuya fusión se
    nos presenta – por lo menos a nosotros los jóvenes
    – como un cometido vital que bién merece realizarse
    a todo trance.

    La Austria germana debe volver al acervo común de
    la patria alemana, y no por razón alguna de índole
    económica. No, de ningún modo, pues, aun en el caso
    de que esa unión considerada económicamente fuese
    indiferente o resultase incluso perjudicial, debería
    llevarse a cabo, a pesar de todo. Pueblos de la misma sangre
    corresponden a una patria común
    . Mientras el pueblo
    alemán no pueda reunir a sus hijos bajo un mismo Estado,
    carecerá de un derecho, moralmente justificado, para
    aspirar a una acción
    de política
    colonial. Sólo cuando el Reich abarcando la vida del
    último alemán no tenga ya la posibilidad de
    asegurar a éste la subsistencia, surgirá de la
    necesidad del propio pueblo, la justificación moral de
    adquirir posesión sobre tierras en el extranjero. El arado
    se convertirá entonces en espada y de las lágrimas
    de la guerra
    brotará para la posteridad el pan cotidiano.

    La pequeña población fronteriza de Braunau me parece
    constituir el símbolo de una gran obra. Aun en otro
    sentido se yergue también hoy ese lugar como una
    advertencia al porvenir. Cuando esta insignificante
    población fue –hace más de cien años-
    escenario de un trágico suceso que conmovió a toda
    la nación
    alemana, su nombre quedó inmortalizado por los menos en
    los anales de la historia de Alemania. En
    la época de la más terrible humillación
    impuesta a nuestra patria rindió allá su vida por
    su adorada Alemania el librero de Nüremberg, Johannes
    Philipp Palm, obstinado "nacionalista" y enemigo de los
    franceses.
    Se había negado rotundamente a delatar a sus
    cómplices, jejor dicho a los verdaderos culpables.
    Murió, igual que Leo Schlagetter, y como éste,
    Johannes Philip Palm fue también denunciado a Francia por un
    funcionario. Un director de la policía de Augsburgo
    cobró la triste fama de la denuncia y creó con ello
    el tipo que las nuevas autoridades alemanas adoptaron bajo la
    égida del señor Severing[2].

    En esa pequeña ciudad sobre el Inn, bávara
    de origen, austríaca políticamente y ennoblecida
    por el martirologio alemán vivieron mis padres allá
    por el año 1890. Mi padre era un leal y honrado
    funcionario, mi madre, ocupada en los quehaceres del hogar, tuvo
    siempre para sus hijos invariable y cariñosa solicitud.
    Poco retiene mi memoria de aquel
    tiempo, pues,
    pronto mi padre tuvo que abandonar ese pueblo que había
    ganado su afecto, para ir a ocupar un nuevo puesto en Passau, es
    decir, en Alemania.

    En aquellos tiempos la suerte del aduanero
    austríaco era "peregrinar" a menudo; de ahí que mi
    padre tuviera que pasar a Linz, donde acabó por jubilarse.
    Ciertamente que esto no debió significar un descanso para
    el anciano. Mi padre, hijo de un simple y pobre campesino, no
    había podido resignarse en su juventud a
    quedar en la casa paterna. No tenía todavía trece
    años, cuando lió su morral y se marchó del
    terruño. Iba a Viena, desoyendo el consejo de aldeanos de
    experiencia, para aprender allí un oficio. Ocurría
    esto el año 50 del pasado siglo. ¡Grave
    resolución la de lanzarse en busca de lo desconocido
    sólo provisto de tres florines! Pero cuando el adolescente
    cumplía los diez y siete años y había
    realizado ya su examen de oficial de taller para llegar a ser
    "algo mejor". Si cuando niño, en la aldea, le
    parecía el señor cura la expresión de lo
    más alto que humanamente podía alcanzarse, ahora
    –dentro de su esfera enormemente ampliada por la gran urbe-
    lo era el funcionario público. Con la tenacidad propia de
    un hombre, ya
    casi envejecido en la adolescencia
    por las penalidades de la vida, se aferró el muchacho a su
    resolución de llegar a ser funcionario y lo fue. Creo que
    poco después de cumplir los 23 años,
    consiguió su propósito.

    Cuando finalmente a la edad de 56 años se
    jubiló, no habría podido conformarse a vivir como
    un desocupado. Y he ahí que en los alrededores de la
    población austríaca de Lambach, adquirió una
    pequeña propiedad
    agrícola; la administró personalmente y así
    volvió después de una larga y trabajosa vida a la
    actividad originaria de sus mayores.

    Fue sin duda en aquella época cuando forjé
    mis primeros ideales. Mis ajetreos infantiles al aire libre, el
    largo camino a la escuela y la
    camaradería que mantenía con muchachos robustos,
    que era frecuentemente motivo de hondos cuidados para mi madre,
    pudieron haber hecho de mí cualquier cosa menos un
    poltrón.

    Si bien por entonces no me preocupaba seriamente la idea
    de mi profesión futura, sabía en cambio que mis
    simpatías no se inclinaban en modo alguno a la carrera de
    mi padre. Creo que ya entonces mis dotes oratorias se ejercitaban
    en altercados más o menos violentes con mis
    condiscípulos. Me había hecho un pequeño
    caudillo que aprendía bien y con facilidad en la escuela,
    pero que se dejaba tratar difícilmente.

    En el estante de libros de mi
    padre encontré diversas obras militares, entre ellas una
    edición
    popular de la guerra franco-prusiana de 1870-71. Se trataba de
    dos tomos de una revista
    ilustrada de aquella época e hice de ellos mi lectura
    predilecta. Desde entonces me entusiasmó cada vez
    más todo aquello que tenía alguna relación
    con la guerra o con la vida militar.

    Pero también en otro sentido debió esto
    tener significación para mí. Por primera vez
    -aunque en forma poco precisa- surgió en mi mente el
    interrogante de si realmente existía y, caso de existir,
    cuál podría ser, la diferencia entre los alemanes
    que combatieron en la guerra del 70 y los otros alemanes
    –los austríacos-. Me preguntaba ¿por
    qué Austria no tomó también parte en esa
    guerra al lado de Alemania? ¿Acaso no somos todos lo
    mismo?, me decía yo. Este problema comenzó a
    preocupar mi mente juvenil. A mis cautelosas preguntas
    debí oír con íntima emulación la
    respuesta de que no todo alemán tenía la suerte de
    pertenecer al Reich de Bismark.

    Esto era para mi inexplicable

    Se había decidido que estudiase.

    Por primera vez en mi vida, cuando apenas contaba once
    años, debí oponerme a mi padre. Si él en su
    propósito de realizar los planes que había
    previsto, era inflexible, no menos implacable y porfiado era su
    hijo para rechazar una idea que nada o poco le
    agradaba.

    ¡ Yo no quería llegar a ser
    funcionario!.

    Aun hoy mismo no me explico como un buen día me
    di cuenta de que tenía vocación para la pintura. Mi
    talento para el dibujo se
    hallaba tan fuera de duda, que fue uno de los motivos que
    indujeron a mi padre a inscribirme en un colegio de enseñanza secundaria; pero jamás con
    el propósito de permitirme una preparación
    profesional en ese sentido.

    Mis certificados escolares de aquella época
    registraban calificaciones extremas, según la materia de mi
    afición. Mis mejores notas correspondían al ramo de
    geografía
    y aún más todavía al de historia
    universal; en estos ramos predilectos era yo el sobresaliente
    en mi clase.

    Cuando ahora, después de transcurridos tantos
    años, hago un balance retrospectivo de aquella
    época, dos hechos resaltan como los más
    importantes:

    1º ME HICE NACIONALISTA.

    2º APRENDÍ A COMPRENDER Y A APRECIAR LA
    HISTORIA EN SU VERDADERO SENTIDO.

    La antigua Austria era un Estado de nacionalidades
    diversas.

    En realidad –por lo menos en aquel tiempo- un
    súbdito alemán del Reich no penetraba la
    significación que este hecho tenía para la vida
    cotidiana del individuo bajo
    la égida de un Estado semejante. Al tratarse del elemento
    austroalemán, solíase confundir con suma facilidad
    la dinastía degenerada de los Habsburgo con el
    núcleo sano del pueblo mismo.

    La generalidad no se daba cuenta de que si en Austria no
    hubiese existido un núcleo alemán de sangre pura,
    jamás habría tenido el germanismo la energía
    suficiente para imprimirle su sello a un Estado de 52 millones de
    habitantes de diverso origen, y esto en un grado de influencia
    tan grande, que en Alemania mismo llegó a formarse el
    errado concepto de que
    Austria era un Estado Alemán. Un absurdo de graves
    consecuencias, pero al mismo tiempo un brillante testimonio para
    los 10 millones de alemanes que habitaban en la Marca del Este.
    En Alemania, sólo muy pocos sabían de la eterna
    lucha por el idioma, por la escuela alemana y por el carácter alemán. Como en toda lucha
    (en todas partes y en todos los tiempos), también en la
    pugna por la lengua que
    existía en la antigua Austria, habían tres
    sectores; los beligerantes, los indiferentes y los
    traidores
    . Claro está que yo entonces no me contaba
    entre los indiferentes y pronto debí convertirme en un
    fanático nacionalista alemán.

    Esta evolución en mi modo de sentir hizo muy
    rápidos progresos, de tal manera que ya a la edad de
    quince años puede comprender la diferencia entre el
    "patriotismo" dinástico y el "nacionalismo" popular y desde aquel momento
    sólo el segundo existió para mí.

    ¿Acaso no sabíamos ya desde la
    adolescencia que el Estado
    austríaco no tenía ni podía tener
    afección hacía nosotros, los alemanes? La
    experiencia diaria confirmaba la realidad histórica de la
    acción de los Habsburgo. En el Norte y en el Sur, el
    veneno de las razas extrañas carcomía el organismo
    de nuestra nacionalidad y
    hasta la misma Viena fue visiblemente convirtiéndose, cada
    vez más, en un centro anti-alemán. La casa de los
    Habsburgo tendía por todos los medios a una
    chequización y fue la mano de la diosa de la Justicia
    eterna y de la ley de
    compensación inexorable la que hizo que el enemigo
    más encarnizado del germanismo en Austria, el Archiduque
    Francisco Fernando, cayera precisamente bajo el plomo que
    él mismo ayudó a fundir. Francisco Fernando era
    nada menos que el símbolo de la tendencia ejercitada desde
    el mando para lograr la eslavización de
    Austria.

    En la desgraciada alianza del joven Imperio
    alemán con el ilusorio Estado austríaco,
    radicó el germen de la guerra mundial y
    también de la ruina.

    A lo largo de este libro, habré de ocuparme con
    detenimiento del problema, Por ahora, bastará establecer
    que ya en mi primera juventud había llegado a una
    convicción que después jamás deseché
    y que más bien se ahondó con el tiempo: era la
    convicción de que la seguridad
    inherente a la vida del germanismo suponía la
    destrucción de Austria y que, además, el sentir
    nacional no coincidía en nada con el patriotismo
    dinástico, finalmente, que la Casa de los Habsburgo estaba
    predestinada a hacer la desgracia de la nación
    alemana.

    Ya entonces deduje las consecuencias de aquella
    experiencia: amor ardiente
    para mi patria austro-alemana y odio profundo contra el Estado
    austríaco.

    *

    La cuestión de mi futura profesión
    debió resolverse más pronto de lo que yo
    esperaba.

    A la edad de 13 años perdí repentinamente
    a mi padre. Un ataque de apoplejía tronchó la
    existencia del hombre, todavía vigoroso, dejándonos
    sumidos en el más hondo dolor.

    Al principio nada cambió
    exteriormente.

    Mi madre, siguiendo el deseo de mi difunto padre, se
    sentía obligada a fomentar mi instrucción, es
    decir, mi preparación para la carrera de funcionario. Yo
    personalmente me hallaba decidido, entonces más que nunca,
    a no seguir de ningún modo esa carrera.

    Y he aquí que una enfermedad vino en mi ayuda. Mi
    madre, bajo la impresión de la dolencia que me aquejaba,
    acabó por resolver mi salida del colegio para hacer que
    ingresara en una academia.

    Felices días aquéllos, que me parecieron
    un bello sueño. En efecto, no debieron ser más que
    un sueño, pues dos años después, la muerte de
    mi madre vino a poner un brusco fin a mis acariciados
    planes.

    Este amargo desenlace cerró un largo y doloroso
    período de enfermedad que desde el comienzo había
    ofrecido pocas esperanzas de curación; con todo, el golpe
    me afectó profundamente. A mi padre le veneré, pero
    por mi madre había sentido adoración.

    La miseria y la dura realidad me obligaron a adoptar una
    pronta resolución. Los escasos recursos que
    dejara mi padre fueron agotados en su mayor parte durante la
    grave enfermedad de mi madre y la pensión de
    huérfano que me correspondía no alcanzaba ni para
    subvenir a mi sustento; me hallaba, por tanto, sometido a la
    necesidad de ganarme de cualquier modo el pan
    cotidiano.

    Con una maleta con ropa en la mano y con una voluntad
    inquebrantable en el corazón,
    salí rumbo a Viena. Tenía la esperanza de obtener
    del Destino lo que hacía 50 años le había
    sido posible a mi padre; también yo quería llegar a
    ser "algo", pero en ningún caso funcionario.

    [1]
    Johannes Philipp Palm fue fusilado por orden de Napoleón el 26 de agosto de 1806, acusado
    de la publicación de un folleto titulado "Alemania en su
    más profunda humillación".

    [2]
    Ministro del Interior durante el régimen
    social-demócrata.

    CAPÍTULO
    SEGUNDO

    Las experiencias
    de mi vida en Viena

    Al morir mi madre fui a Viena por tercera vez y
    permanecí allí algunos años.

    Quería ser arquitecto, y como las dificultades no
    se dan para capitular ante ellas, sino para ser vencidas, mi
    propósito fue vencerlas, teniendo presente el ejemplo de
    mi padre que, de humilde muchacho aldeano, lograra hacerse un
    día funcionario del Estado. Las circunstancias me eran
    desde luego más propicias y lo que entonces me pareciera
    una rudeza del destino, lo considero hoy una sabiduría de
    la Providencia. En brazos de la "diosa miseria" y amenazado
    más de una vez de verme obligado a claudicar,
    creció mi voluntad para resistir hasta que triunfó
    esa voluntad. Debo a aquellos tiempos mi dura resistencia y
    también toda mi fortaleza. Pero más que a todos
    eso, doy todavía más valor al hecho
    de que aquellos años me sacaran de la vacuidad de una vida
    cómoda para
    arrojarme al mundo de la miseria y de la pobreza, donde
    debí conocer a aquéllos por los cuales
    lucharía después.

    *

    En aquella época abrí los ojos ante dos
    peligros que antes apenas si conocía de nombre, y que
    nunca pude pensar que llegasen a tener tan espeluznante
    trascendencia para la vida del pueblo alemán: el marxismo y el
    judaísmo.

    Viena, la ciudad que para muchos simboliza la
    alegría y el medio-ambiente de
    gentes satisfechas, tienen sensiblemente para mí solo, el
    sello del recuerdo vivo de la época más amarga de
    mi vida. Hoy mismo Viena me evoca tristes pensamientos. Cinco
    años de miseria y de calamidad encierra esa ciudad para
    mí, cinco largos años en cuyo transcurso
    trabajé primero como peón y luego como
    pequeño pintor para ganarme el miserable sustento diario,
    tan verdaderamente miserable que nunca alcanzaba a mitigar el
    hambre; el hambre, mi más fiel camarada que casi nunca me
    abandonaba, compartiendo conmigo inexorable, todas las
    circunstancias de la vida. Si compraba un libro, exigía
    ella su tributo; adquirir un billete para la Opera, significaba
    también días de privación. ¡Que
    constante era la lucha con tan despiadada compañera! Y sin
    embargo en esa época aprendí más que en
    todos los tiempos pasados. Mis libros me deleitaban. Leía
    mucho y concienzudamente en todas mis horas de descanso.
    Así pude en pocos años cimentar los fundamentos de
    una preparación intelectual de la cual hoy mismo me
    sirvo.

    Pero hay algo más que todo esto: En aquellos
    tiempos me formé un concepto del mundo, concepto que
    constituyó la base granítica de mi proceder de
    aquella época. A mis experiencias y conocimientos
    adquiridos entonces, poco tuve que añadir después;
    nada fue necesario modificar. Por el contrario, hoy estoy
    firmemente convencido de que en general todas las ideas
    constructivas se manifiestan, en principio, ya en la juventud, si
    es que existen realmente.

    Yo establezco diferencia entre la sabiduría de la
    vejez y la
    genialidad de la juventud; la primera solo puede apreciarse por
    su carácter más minuciosa y previsor, como
    resultado de las experiencias de una larga vida, en tanto que la
    segunda se caracteriza por una inagotable fecundidad en
    pensamientos e ideas, las cuales por su cúmulo tumultuoso,
    no son susceptibles de elaboración inmediata. Esas ideas y
    esos pensamientos permiten la concepción de futuros
    proyectos y
    dan los materiales de
    construcción, de entre los cuales la sesuda
    vejez toma los elementos y los forja para llevar a cabo la obra,
    siempre que la llamada sabiduría de la vejez no haya
    ahogado la genialidad de la juventud.

    Mi vida en el hogar paterno se diferenció poco o
    nada de la de los demás. Sin preocupaciones podía
    esperar todo nuevo amanecer y no existían para mí
    los problemas
    sociales. El ambiente que rodeó mi juventud era el de
    los círculos de la pequeña burguesía, es
    decir, un mundo que muy poca conexión tenía con la
    clase netamente obrera, pues, aunque a primera vista resulte
    paradójico, el abismo que separaba a estas dos
    categorías sociales, que de ningún modo gozan de
    una situación económica desahogada, es a menudo
    más profundo de lo que uno pueda imaginarse. El origen de
    esta –llamémosle belicosidad- radica en que el
    grupo social
    que no hace mucho saliera del seno de la clase obrera, siente el
    temor de descender a su antiguo nivel de gente poco apreciada, o
    que se le considere como perteneciente todavía a
    él. A esto hay que añadir que para muchos es agrio
    el recuerdo de la miseria cultural de la clase proletaria y del
    trato grosero de esas gentes entre sí, lo cual, por
    insignificante que sea su nueva posición social, llega a
    hacerles insoportable todo contacto con gente de un nivel
    cultural ya superado por ellos.

    Así ocurre que, apenas considera posible el
    "parvenu" aquello que es frecuente entre personas de elevada
    situación que, descendiendo de su rango, se acercan hasta
    el último prójimo. No se olvide que "parvenu" es
    todo aquel que por propio esfuerzo sale de la clase social en que
    vive para situarse en un nivel superior. Ese batallar, con
    frecuencia muy rudo, acaba por destruir el sentimiento de
    conmiseración. La propia dolorosa lucha por la existencia
    anula toda comprensión para la miseria de los
    relegados.

    En este orden quiso el destino ser magnánimo
    conmigo, constriñéndome a volver a ese mundo de
    pobreza y de
    incertidumbre que mi padre abandonara en el curso de su vida. El
    destino apartó de mis ojos el fantasma de una educación limitada
    propia de la pequeña burguesía. Empezaba a conocer
    a los hombres y aprendía a distinguir los valores
    aparentes o los caracteres exteriores brutales, de lo que
    constituía su verdadera mentalidad.

    Al finalizar el siglo XIX, Viena se contaba ya entre las
    ciudades de condiciones sociales más desfavorables.
    Riqueza fastuosa y repugnante miseria caracterizaban el cuadro de
    la vida en Viena. En los barrios centrales se sentía
    manifiestamente el pulsar de un pueblo de 52 millones de
    habitantes con toda la dudosa fascinación de un Estado de
    nacionalidades diversas. La vida de la Corte, con su boato
    deslumbrante, obraba como un imán sobre la riqueza y la
    clase del resto del Imperio. A tal estado de cosas se sumaba la
    fuerte centralización de la monarquía de los Habsburgo y en ello
    radicaba la única posibilidad de mantener compacta esa
    promiscuidad de pueblos, resultando, por consiguiente, una
    concentración extraordinaria de autoridades y oficinas
    públicas en la capital y sede
    del Gobierno. Sin
    embargo, Viena no era sólo el centro político e
    intelectual de la vieja monarquía del Danubio, sino que
    constituía también su centro económico.
    Frente al enorme conjunto de oficiales de alta graduación,
    funcionarios, artistas y científicos, había un
    ejército mucho más numeroso de proletarios y frente
    a la riqueza de la aristocracia y del comercio
    reinaba una sangrante miseria. Delante de los palacios de la
    Ringstrasse, pululaban miles de desocupados y en los trasfondos
    de esa vía triunphalis de la antigua Austria, vegetaban
    vagabundos en la penumbra y entre el barro de los canales. En
    ninguna ciudad alemana podía estudiarse mejor que en Viena
    el problema social. Pero no hay que confundir. Ese "estudio" no
    se deja hacer "desde arriba", porque aquel que no haya estado al
    alcance de la terrible serpiente de la miseria jamás
    llegará a conocer sus fauces ponzoñosas. Cualquier
    otro camino lleva tan sólo a una charlatanería
    banal o a una mentida sentimentalidad. Ambas igualmente
    perjudiciales, una porque nunca logra penetrar el problema en su
    esencia y la otra porque no llega ni a rozarlo. No sé
    qué sea más funesto: si la actitud de no
    querer ver la miseria, como lo hace la mayoría de los
    favorecidos por la suerte o encumbrados por propio esfuerzo, o la
    de aquéllos no menos arrogantes y a menudo faltos de
    tacto, pero dispuestos siempre a dignarse a aparentar que
    comprenden la miseria del pueblo. Esas gentes hacen siempre
    más daño
    del que puede concebir su comprensión desarraigada de
    instinto humano; de ahí que ellas mismas se sorprendan
    ante el resultado nulo de su acción de "sentido social" y
    hasta sufran la decepción de un airado rechazo, que acaban
    por considerar como una prueba de la ingratitud del
    pueblo.

    NO CABE EN EL CRITERIO DE TALES GENTES COMPRENDER QUE
    UNA ACCIÓN SOCIAL NO PUEDE EXIGIR EL TRIBUTO DE LA
    GRATITUD PORQUE ELLA NO PRODIGA MERCEDES, SINO QUE ESTÁ
    DESTINADA A RESTITUIR DERECHOS.

    Impelido por la s circunstancias al escenario real de la
    vida, no debí conocer el problema social en aquella forma.
    Lejos de prestarse éste a que yo lo "conociese"
    pareció querer más bien experimentar su prueba en
    mí mismo, y si de ella salí airoso, no fue por
    cierto, mérito de la prueba.

    *

    El propósito de reproducir aquí el
    cúmulo de mis impresiones de entonces nunca podrá
    dar, ni aproximadamente, un cuadro completo; junto a las
    experiencias adquiridas en aquella época, he de
    concretarme a exponer en este libro solamente mis impresiones
    más culminantes, es decir, aquéllas que más
    de una vez conmovieron mi espíritu.

    En Viena me di cuenta de que siempre existía la
    posibilidad de encontrar alguna ocupación, pero que esta
    se perdía con la misma facilidad con que era conseguida.
    La inseguridad de
    ganarse el pan cotidiano me pareció una de las más
    graves dificultades de mi nueva vida. Bien es cierto que el
    obrero perito no es despedido de su trabajo tan
    llanamente como uno que no lo es, más, tampoco está
    libre de correr igual suerte.

    También yo debí en la gran urbe
    experimentar en carne propia los defectos de ese destino y
    saborearlos moralmente. Algo más me fue dado observar
    todavía: la brusca alternativa entre la ocupación y
    la falta de trabajo y la consiguiente eterna fluctuación
    entre las entradas y los gastos, que en
    muchos destruye, a la larga, el sentimiento de economía, así
    como la noción para un sistema razonable
    de vida. Parece como si el organismo humano se acostumbrara
    paulatinamente a vivir en la abundancia en los buenos tiempos y a
    sufrir hambre en los malos. Así se explica que
    aquél que apenas ha logrado conseguir trabajo, olvide toda
    previsión y viva tan desordenadamente que hasta el
    pequeño presupuesto
    semanal de gastos domésticos resulta alterado; al
    principio el salario alcanza
    en lugar de para siete, sólo para cinco días,
    después únicamente para tres y por último
    escasamente para un día, despilfarrándolo todo en
    la primera noche.

    A menudo la mujer y los
    hijos se contaminan de esa vida, especialmente si el padre de
    familia es en
    el fondo bueno con ellos y los quiere a su manera. Resulta
    entonces que en dos o tres días se consume en casa, en
    común, el salario de toda la semana. Se come y se bebe
    mientras el dinero
    alcanza, para después soportar hambre también
    conjuntamente durante los últimos días. La mujer recurre
    entonces a la vecindad y contrae pequeñas deudas para
    pasar los malos días del resto de la semana. A la hora de
    la cena se reúnen todos en torno a una
    paupérrima mesa, esperan impacientes el pago del nuevo
    salario y sueñan ya con la felicidad futura, mientras el
    hambre arrecia…. Así se habitúan los hijos desde
    su niñez a este cuadro de miseria.

    Pero el caso acaba siniestramente cuando el padre de
    familia desde un comienzo sigue su camino solo, dando lugar a que
    la madre, precisamente por amor a sus hijos, se ponga en contra.
    Surgen disputas y escándalos en una medida tal, que cuando
    más se aparta el marido del hogar, más se acerca al
    vicio del alcohol. Se
    embriaga casi todos los sábados y entonces la mujer, por
    espíritu de propia conservación y por la de sus
    hijos, tiene que arrebatarle unos pocos céntimos, y esto
    muchas veces en el trayecto de la fábrica a la taberna; y
    sí por fin el domingo o el lunes llega el marido a casa,
    ebrio y brutal, después de haber gastado el último
    céntimo, se suscitan con frecuencia escenas….. ¡de
    las que Dios nos libre!

    En cientos de casos observé de cerca esa vida,
    viéndola al principio con repugnancia y protesta, para
    después comprender en toda su magnitud la tragedia de
    semejante miseria y sus causas fundamentales.
    ¡Víctimas infelices de las malas condiciones de
    vida!

    Cuánto agradezco hoy a la Providencia haberme
    hecho vivir esa escuela; en ella ya no me fue posible prescindir
    de aquello que no era de mi complacencia. Esa escuela me
    educó pronto y con rigor.

    Para no desesperar de la clase de gentes que por
    entonces me rodeaban fue necesario que aprendiese a diferenciar
    entre su manera de ser y su vida y las causas del proceso de su
    desarrollo.
    Sólo así se podía soportar ese estado de
    cosas y comprender que el resultado de tanta miseria, inmundicia
    y degeneración no eran ya seres humanos, sino el triste
    producto de
    unas leyes más
    tristes todavía. En medio de ese ambiente mi propia y dura
    suerte me libró de capitular en quejumbroso
    sentimentalismo ante los resultados de un proceso social
    semejante.

    Ya en aquellos tiempos llegué a la
    conclusión de que sólo un doble procedimiento
    podía conducir a modificar la situación
    existente:

    ESTABLECER MEJORES CONDICIONES PARA NUESTRO
    DESARROLLO A BASE DE UN PROFUNDO SENTIMIENTO DE RESPONSABILIDAD
    SOCIAL APAREJADO CON LA FERREA DECISIÓN DE ANULAR A
    LOS DEPRAVADOS INCORREGIBLES.

    Del mismo modo que la Naturaleza no
    concentra su mayor energía en el mantenimiento
    de lo existente, sino más bien en la selección
    de la descendencia como conservadora de la especie, así
    también en la vida humana no puede tratarse de mejorar
    artificialmente lo malo subsistente –cosa de suyo imposible
    en un 99% de casos, dada la índole del hombre- sino por el
    contrario debe procurarse asegurar bases más sanas para un
    ciclo de desarrollo venidero.

    Durante mi lucha por la existencia, en Viena, me di
    cuenta de que la obra de acción social jamás puede
    consistir en un ridículo e inútil lirismo de
    beneficencia, sino en la eliminación de aquellas
    deficiencias que son fundamentales en la estructura
    económico-cultural de nuestra vida y que constituyen el
    origen de la degeneración del individuo o por lo menos de
    su mala inclinación.

    El Estado austríaco desconocía
    prácticamente una legislación social humna y de
    ahí su ineptitud patente para reprimir ni las más
    crasas transgresiones.

    *

    No sabría decir lo que más me
    horrorizó en aquel tiempo: si la miseria económica
    de mis compañeros de entonces, su rudeza moral o su
    ínfimo nivel cultural.

    ¡Con qué frecuencia se exalta la
    indignación de nuestra burguesía cuando se oye
    decir a un vagabundo cualquiera que le es lo mismo ser
    alemán a no serlo y que el hombre se
    siente igualmente bien en todas partes con tal de tener para su
    sustento! Esta falta de "orgullo nacional" es lamentada entonces
    hondamente y se vitupera con acritud semejante modo de
    pensar.

    ¿Reflexionan acaso nuestros estratos burgueses en
    que mínima escala se le dan
    al "pueblo" los elementos inherentes al sentimientos de orgullo
    nacional? Ven tranquilamente cómo en el teatro y en el
    film y mediante literatura obscena y
    prensa inmunda
    se vacía en el pueblo día por día veneno a
    borbotones. Y sin embargo se sorprenden esos ambientes burgueses
    de la "falta de moral" y de la "indiferencia nacional" de la gran
    masa del pueblo, como si de esa prensa inmunda, de esos films
    disparatados y de otros factores semejantes, surgiese para el
    ciudadano el concepto de la grandeza patria. Todo esto sin
    considerar la educación ya
    recibida por el individuo en su primera juventud.

    EL PROBLEMA DE LA "NACIONALIZACIÓN" DE UN
    PUEBLO CONSISTE, EN PRIMER TÉRMINO, EN CREAR SANAS
    CONDICIONES SOCIALES COMO BASE DE LA EDUCACIÓN INDIVIDUAL.
    PORQUE SOLO AQUEL QUE HAYA APRENDIDO EN EL HOGAR Y EN LA ESCUELA
    A APRECIAR LA GRANDEZA CULTURAL Y ECONÓMICA Y ANTE TODO LA
    GRANDEZA POLÍTICA DE SU PROPIA PATRIA, PODRA SENTIR Y
    SENTIRA EL INTIMO ORGULLO DE SER SUBDITO DE ESA NACIÓN,
    SOLO SE PUEDE LUCHAR POR AQUELLO QUE SE QUIERE – SE QUIERE
    LO QUE SE RESPETA Y SE PUEDE RESPETAR ÚNICAMENTE LO QUE
    POR LO MENOS, SE CONOCE
    .

    Apenas se despertó mi interés
    por la cuestión social me dediqué a estudiar a
    fondo el problema. ¡Se me descubrió un mundo
    nuevo!

    En los años de 1909 y 1910 se había
    producido también un pequeño cambio en mi vida: ya
    no necesitaba ganarme el pan diario actuando como peón.
    Por entonces trabajaba ya independientemente como modesto
    dibujante y acuarelista. Pintaba para ganarme la vida y al mismo
    tiempo aprendía con satisfacción. De este modo me
    fue también posible lograr el complemento teórico
    necesario para mi apreciación íntima del problema
    social. Estudiaba con ahínco casi todo lo que podía
    encontrar en libros sobre esta compleja materia, para
    después engolfarme en mis propias meditaciones.

    Era poco y muy erróneo lo que yo sabía en
    mi juventud acerca de la socialdemocracia. Me entusiasmaba que proclamase
    el derecho de sufragio
    universal secreto; además, mi ingenua concepción de
    entonces, me hacía creer también que era
    mérito suyo empeñarse en mejorar las condiciones de
    vida del obrero. Pero lo que me repugnaba era su actitud hostil
    en la lucha por la conservación del germanismo.

    Hasta la edad de los 17 años la palabra
    "marxismo" no me era familiar, y los términos
    "socialdemocracia" y "socialismo"
    parecíanme ser idénticos. Fue necesario que el
    destino obrase también sobre este concepto aquí
    abriéndome los ojos ante un engaño tan inaudito
    para la humanidad.

    Si antes había yo conocido el partido
    socialdemócrata sólo como espectador en algunos de
    sus mítines, sin penetrar no obstante en la mentalidad de
    sus adeptos o en la esencia de sus doctrinas, bruscamente
    debía entonces ponerme en contacto con los productos de
    aquella "ideología". Y lo que quizás
    después de decenios hubiese ocurrido, se realizó en
    el curso de pocos meses, permitiéndome comprender que bajo
    la apariencia de virtud social y amor al prójimo se
    escondía una pobredumbre de la cual ojalá la
    humanidad libre a la tierra
    cuanto antes, porque de lo contrario posiblemente sería la
    propia humanidad la que de la tierra
    desapareciese.

    Fue durante mi trabajo cotidiano en el solar donde tuve
    el primer roce con elementos socialdemócratas. Ya desde un
    comienzo me fue poco agradable aquello. Mi vestido era aún
    decente, mi lenguaje no
    vulgar y mi actitud reservada. Mucho tenía que hacer con
    mi propia suerte para que hubiese concentrado mi atención en lo que me rodeaba. Buscaba
    únicamente trabajo a fin de no perecer de hambre y
    poder
    así, a la vez, procurarme los medios necesarios a la lenta
    prosecución de mi instrucción personal.
    Probablemente no me habría preocupado de mi nuevo ambiente
    a no ser porque al tercero o cuarto día de iniciarme en
    el trabajo, se
    produjo un incidente que me indujo a asumir una determinada
    actitud. Se me había propuesto que ingresase en la
    organización sindicalista. Por entonces nada
    conocía aún acerca de las organizaciones
    obreras y me habría sido imposible comprobar la utilidad o
    inconveniencia de su razón de ser. Cuando se me dijo que
    debía hacerme socio, rechacé de plano la
    proposición, expresando que no tenía idea de lo que
    se trataba y que por principio no me dejaba imponer
    nada.

    En el curso de las dos semanas siguientes alcancé
    a empaparme mejor del ambiente, de tal suerte que poder alguno en
    el mundo me hubiese compelido a ingresar en una agrupación
    sindicalista, sobre cuyos dirigentes había llegado a
    formarme entre tanto el más desfavorable
    concepto.

    A mediodía, una parte de los trabajadores
    acudía a las fondas de la vecindad y el resto quedaba en
    el solar mismo consumiendo su exigua merienda. Yo, ubicado en un
    aislado rincón, bebía de mi frasco de leche y
    comía mi ración de pan, pero sin dejar de observar
    cuidadosamente el ambiente o reflexionando sobre la miseria de mi
    suerte. Mientras tanto, mis oídos escuchaban más de
    o necesario y a veces me parecía que intencionadamente
    aquellas gentes se aproximaban hacia mí como para
    inducirme a adoptar una actitud precisa. De todos modos, aquello
    que alcanzaba a oír bastaba para irritarme en sumo grado.
    Allá se negaba todo: la nación no era otra cosa que
    una invención de los "capitalistas"; la patria, un
    instrumento de la burguesía destinado a explotar a la
    clase obrera; la autoridad de
    la ley, un medio de subyugar el proletariado; la escuela, una
    institución para educar esclavos y también amos; la
    religión,
    un recurso para idiotizar a la masa predestinada a la
    explotación; la moral,
    signo de estúpida resignación, etc. Nada
    había pues, que no fuese arrojado en el lodo más
    inmundo.

    Al principio traté de callar, pero a la postre me
    fue imposible. Comencé a manifestar mi opinión,
    comencé por objetar; más, tuve que reconocer que
    todo sería inútil mientras yo no poseyese por lo
    menos un relativo conocimiento
    acerca de los puntos en cuestión. Y fue así como
    empecé a investigar en las mismas fuentes de las
    cuales procedía la pretendida sabiduría de los
    adversarios. Leía con atención libro por libro,
    folleto por folleto, y día tras día pude replicar a
    mis contradictores, informado como estaba mejor que ellos de su
    propia doctrina, hasta que un momento dado debió ponerse
    en práctica aquel recurso que ciertamente se impone con
    más facilidad a la razón: el terror, la violencia.
    Algunos de mis impugnadores me conminaron a abandonar
    inmediatamente el trabajo amenazándome con tirarme desde
    el andamio. Como me hallaba solo, consideré inútil
    toda resistencia y opté por retirarme.

    ¡Que penosa impresión dominó mi
    espíritu al contemplar cierto día las inacabables
    columnas de una manifestación proletaria en Viena! Me
    detuve casi dos horas observando pasmado aquel enorme
    dragón humano que se arrastraba pesadamente. Lleno de
    desaliento regresé a casa. En el trayecto vi en una
    cigarrería el diario "Arbeiterzeitung" órgano
    central de la antigua democracia
    austríaca. En un café
    popular, barato, que solía frecuentar con el fin de leer
    periódicos, encontraba también esa miserable hoja,
    pero sin que jamás hubiera podido resolverme a dedicarle
    más de dos minutos, pues, su contenido obraba en mi
    ánimo como si fuese vitriolo. Aquel día, bajo la
    depresión que me había causado la
    manifestación que acababa de ver, un impulso interior me
    indujo a comprar el
    periódico, para leerlo esta vez minuciosamente. Por la
    noche me apliqué a ello, sobreponiéndome a los
    ímpetus de cólera
    que me provocaba aquella solución concentrada de
    mentiras.

    A través de la prensa socialdemócrata
    diaria, pude, pues, estudiar mejor que en la literatura
    teórica el verdadero carácter de esas ideas.
    ¡Que contraste!¡Por una parte las rimbombantes frases
    de libertad,
    belleza y dignidad,
    expuestas en esa literatura locuaz, de moral humana
    hipócrita, reflejando trabajosamente una honda
    sabiduría –todo esto escrito con profética
    seguridad- y por el otro lado, la prensa diaria, brutal, capaz de
    toda villanía y de una virtuosidad única en el
    arte de mentir
    en pro de la doctrina salvadora de la nueva humanidad! Lo primero
    destinado a los necios de las "esferas intelectuales"
    medias y superiores y lo segundo –la prensa- para la
    masa.

    Penetrar el sentido de esa literatura y de esa prensa
    tuvo para mí la trascendencia de inclinarme más
    fervorosamente a mi pueblo. Conociendo el efecto de semejante
    obra de envilecimiento, sólo un loco sería capaz de
    condenar a la víctima. Por fin comprendí la
    importancia de la brutal imposición de subscribirse
    únicamente a la prensa roja, concurrir con exclusividad a
    mítines de filiación roja y también de leer
    libros rojos solamente. La Psiquis de las multitudes no es
    sensible a lo débil ni a lo mediocre; guarda semejanza con
    la mujer, cuya emotividad obedece menos a razones de orden
    abstracto que al ansia instintiva e indefinible hacia una
    fuerza que la
    integre, y de ahí que prefiera someterse al fuerte a
    dominar al débil. Del mismo modo, la masa se inclina
    más fácilmente hacia el que domina que hacia el que
    implora, y se siente más íntimamente satisfecha de
    una doctrina intransigente que no admita paralelo, que del roce
    de una libertad que generalmente de poco le sirve.

    SI FRENTE A LA SOCIALDEMOCRACIA SURGIESE UNA DOCTRINA
    SUPERIOR EN VERACIDAD, PERO BRUTAL COMO AQUELLA EN SUS
    MÉTODOS, SE IMPONDRÍA LA SEGUNDA, SI BIEN
    CIERTAMENTE, DESPUÉS DE UNA LUCHA TENAZ.

    Como la socialdemocracia conoce por propia experiencia
    la importancia de la fuerza, cae con furor sobre aquellos en los
    cuales supone la existencia de ese casi raro elemento, e
    inversamente, halaga a los espíritus débiles del
    bando opuesto, cautelosa o abiertamente, según la calidad moral que
    tengan o que se les atribuya. La socialdemocracia teme menos a un
    hombre de genio, impotente y falto de carácter, que a uno
    dotado de fuerza natural, aunque huérfano de vuelo
    intelectual. Esta es una táctica que responde al preciso
    cálculo
    de todas las debilidades humanas y que tiene que conducir casi
    matemáticamente al éxito,
    si es que el partido opuesto no sabe que el gas asfixiante se
    contrarresta sólo con el gas asfixiante. A los
    espíritus pusilánimes hay que recalcarles que en
    esto se trata del ser o del no ser.

    EL METODO DEL TERROR EN LOS TALLERES, EN LAS
    FABRICAS, EN LOS LOCALES DE ASAMBLEAS Y EN LAS MANIFESTACIONES EN
    MASA, SERÁ SIEMPRE CORONADO POR EL ÉXITO MIENTRAS
    NO SE LE ENFRENTE OTRO TERROR DE EFECTOS
    ANÁLOGOS.

    *

    COMO CONSECUENCIA DEL HECHO DE QUE LA BURGUESIA EN
    INFINIDAD DE CASOS, PROCEDIENDO DEL MODO MAS DESATINADO E
    INMORAL, OPONIA RESISTENCIA HASTA A LAS EXIGENCIAS MAS
    HUMANAMENTE JUSTIFICADAS, AUN SIN ALCANZAR O SIN ESPERAR SIQUIERA
    PROVECHO ALGUNO DE SU ACTITUD, EL MAS HONESTO OBRERO RESULTABA
    IMPELIDO DE LA ORGANIZACIÓN SINDICALISTA A LA LUCHA
    POLÍTICA.

    El rechazo rotundo de toda tentativa hacia el
    mejoramiento de las condiciones de trabajo para el obrero, tales
    como la instalación de dispositivos de seguridad en las
    máquinas, la prohibición del trabajo
    para menores, así como también la protección
    para la mujer –por lo menos en aquellos meses en los cuales
    lleva en sus entrañas al futuro ciudadano-
    contribuyó a que la socialdemocracia, que recibía
    complacida todos esos casos de despiadado proceder, cogiese a las
    masas en su red. Nunca podrá
    reparar nuestra "burguesía política" esos errores,
    pues negándose a dar paso a todo propósito tendente
    a eliminar anomalías sociales, sembraba odios y
    justificaba aparentemente las aseveraciones de los enemigos
    mortales de toda la nacionalidad
    en el sentido de ser el partido socialdemócrata el
    único defensor de los intereses del pueblo
    trabajador.

    En mis años de experiencia en Viena me ví
    obligado, queriendo o sin quererlo, a definir mi posición
    en lo relativo a los sindicatos
    obreros.

    El hecho de que la socialdemocracia supiera apreciar la
    enorme importancia del movimiento
    sindicalista le aseguró el instrumento de su acción
    y con ello el éxito. No haber comprendido aquello le
    costó a la burguesía su posición
    política. Había creído que con una
    "negativa" impertinente podría anular un desarrollo
    lógico inevitable.

    Es absurdo y falso afirmar que el movimiento
    sindicalista sea en sí contrario al interés patrio.
    Si la acción sindicalista tiende y logra el mejoramiento
    de las condiciones de vida de aquella clase social que constituye
    una de las columnas fundamentales de la nación, obra no
    sólo como no-enemiga de la patria o del Estado, sino
    "nacionalistamente" en el más puro sentido de la palabra
    .

    Mientras existan entre los patrones individuos de escasa
    comprensión social o que incluso carezcan de sentimiento
    de justicia y equidad, no
    solamente es un derecho, sino un deber el que sus dependientes,
    representando una parte de la nacionalidad, velen por los
    intereses del conjunto frente a la codicia o el capricho de uno
    solo

    MIENTRAS EL TRATO ASOCIAL O INDIGNO DADO AL HOMBRE
    PROVOQUE RESISTENCIAS,
    Y MIENTRAS NO SE HAYAN INSTITUIDO AUTORIDADES JUDICIALES
    ENCARGADAS DE REPARAR DAÑOS, SIEMPRE EL MAS FUERTE VENCERA
    EN LA LUCHA, POR ELLO ES NATURAL QUE LA PERSONA QUE
    CONCENTRA EN SÍ TODA LA FUERZA DE LA EMPRESA, TENGA
    AL FRENTE A UN SOLO INDIVIDUO EN REPRESENTACIÓN DEL
    CONJUNTO DE TRABAJADORES.

    De ese modo la organización sindicalista podrá
    lograr un afianzamiento de la idea social en su aplicación
    práctica de la vida diaria, eliminando con ello motivos
    que son causa permanente de descontento y quejas.

    La socialdemocracia jazz pensó mantener el
    programa
    inicial del movimiento corporativo que había abarcado. Y
    en efecto fue así. Bajo su experta mano, en pocos decenios
    supo hacer de un medio auxiliar creado para defensa de derechos
    sociales, un instrumento destructor de la economía
    nacional. Los intereses del obrero no debían obstaculizar
    los propósitos de la socialdemocracia en lo más
    mínimo.

    Ya a principios del
    presente siglo, el movimiento sindicalista había dejado de
    servir a su idea inicial; año tras año fue cayendo
    cada vez más en el radio de
    acción de la política socialdemócrata para
    ser a la postre sólo un ariete de la lucha de clases.
    Debía a fuerza de constantes arremetidas demoler los
    fundamentos de la economía nacional laboriosamente
    cimentada y con ello prepararle la misma suerte al edificio del
    Estado. La defensa de los verdaderos intereses del se
    hacía cada vez más secundaria, hasta que por
    último la habilidad política acabó por
    establecer la inconveniencia de mejorar las condiciones sociales
    y el nivel cultural de las masas, so pena de correr el peligro de
    que una vez satisfechos sus deseos, esas muchedumbres no pudieran
    ser ya utilizadas indefinidamente como una fuerza autómata
    de lucha.

    *

    A medida que fui formando criterio sobre el
    carácter exterior de la socialdemocracia, aumentó
    en mí el ansia de penetrar la esencia de su doctrina. De
    poco podía servirme en este orden la literatura propia del
    partido porque cuando trata de cuestiones económicas es
    errónea en asertos y demostraciones, y es falaz en lo que
    a sus fines políticos se refiere.

    SOLO EL
    CONOCIMIENTO DEL JUDAÍSMO DA LA CLAVE PARA LA
    COMPRENSIÓN DE LOS VERDADEROS PROPÓSITOS DE LA
    SOCIALDEMOCRACIA.

    Me sería difícil, sino imposible, precisar
    en qué época de mi vida la palabra judío fue
    para mí por primera vez motivo de reflexiones. En el hogar
    paterno, cuando aún vivía mi padre, no recuerdo
    siguiera haberla oído. Creo
    que el anciano habría visto un signo de retroceso cultural
    en la sola acentuada pronunciación de aquel vocablo.
    Durante el curso de su vida, mi padre había llegado a
    concepciones más o menos universalistas,
    conservándolas aún en medio de un convencido
    nacionalismo, de modo que hasta en mí debieron tener su
    influencia.

    Tampoco en la escuela se presentó motivo alguno
    que hubiese podido determinar un cambio del criterio que
    formé en el seno de mi familia.

    Fue a la edad de catorce o quince años cuando
    debí oír a menudo la palabra "judío",
    especialmente en conversaciones de tema político, y
    sentía cierta repulsión cuando me tocaba presenciar
    pendencias de índole confesional. La cuestión por
    entonces no tenía pues para mí otras
    características.

    En la ciudad de Linz vivían muy pocos judíos
    que en el curso de los siglos se habían europeizado
    exteriormente y yo hasta los tomaba por alemanes. Lo absurdo de
    esta suposición me era poco claro, ya que por entonces
    veía en el aspecto religioso la única diferencia
    peculiar. El que por eso se persiguiese a los judíos, como
    creía yo, hacía que muchas veces mi desagrado
    frente a exclamaciones deprimentes para ellos subiese de punto.
    De la existencia de un odio sistemático contra el
    judío no tenía todavía idea en
    absoluto.

    Después estuve en Viena.

    Sobrecogido por el cúmulo de mis impresiones de
    las obras arquitectónicas de aquella capital y por las
    penalidades de mi propia suerte no pude en el primer tiempo de mi
    permanencia allí darme cuenta de la conformación
    interior del pueblo en la gran urbe; y fue así que no
    obstante existir en Viena alrededor de 200.000 judíos,
    entre sus dos millones de habitantes, yo no me había dado
    cuenta de ellos.

    Mal podría afirmar que me hubiera parecido
    particularmente grata la forma en que debí llegar a
    conocerlos. Yo seguía viendo en el judío
    sólo la cuestión confesional y por eso,
    fundándome en razones de tolerancia humana
    mantuve aún entonces mi antipatía por la lucha
    religiosa. De ahí que considerase indigno de la
    tradición cultural de un gran pueblo el tono de la prensa
    antisemita de Viena. Me impresionaba el recuerdo de ciertos
    hechos de la Edad Media,
    que no me habría agradado ver repetirse.

    Como esos periódicos carecían de prestigio
    –el motivo no sabía yo explicármelo entonces-
    veía la campaña que hacían más como
    un producto de exacerbada envidia que como resultado de un
    criterio de principio, aunque éste fuese errado.
    Corroboraba tal modo de pensar el hecho de que los grandes
    órganos de prensa respondían a esos ataques en
    forma infinitamente más digna o bien optaban por no
    mencionarlos siquiera, lo cual me parecía aún
    más laudable.

    Leía asiduamente la llamada prensa mundial ("Neue
    freie Presse", "Wiener Tageblatt", etc.) y me asombraba siempre
    su enorme material de información, así como su objetividad
    en el modo de tratar las cuestiones; pero lo que frecuentemente
    me chocaba era la forma servil en que adulaban a la Corte. Casi
    no había suceso de la vida cortesana que no fuese
    presentado la público con frases de desbordante entusiasmo
    o de plañidera aflicción, según el caso.
    Otra cosa que me llegaba a los nervios era el repugnante culto
    que esa prensa rendía a Francia.

    De vez en cuando leía también el
    "Volksblatt", por cierto periódico
    mucho más pequeño, pero que en estas cosas me
    parecía más sincero. No estaba de acuerdo con su
    recalcitrante antisemitismo,
    bien que algunas veces encontraba razonamientos que me
    movían a reflexionar. En todo caso a través de esas
    incidencias fue como llegué a conocer paulatinamente al
    hombre y al movimiento político que por entonces
    influían en los destinos de Viena: El Dr. Karl Lueger y el
    partido cristiano-social.

    Cuando llegué a Viena era contrario a ambos
    porque los consideraba "reaccionarios". Empero, una elemental
    noción de equidad hizo variar mi opinión a medida
    que tuve oportunidad de conocer al hombre y su obra. Poco a poco
    se impuso en mí la apreciación justa para luego
    convertirse en un sentimiento de franca admiración. Hoy,
    más que entonces, veo en el Dr. Lueger al más
    grande de los burgomaestres alemanes de todos los
    tiempos.

    ¡Cuántas ideas preconcebidas tuvieron
    también que modificarse en mí al cambiar mi modo de
    pensar respecto al movimiento cristianosocial! Y si con ello
    cambió igualmente mi criterio acerca del antisemitismo,
    ésta fue sin duda la más trascendental de las
    transformaciones que experimenté entonces; ella me
    costó una intensa lucha interior entre la razón y
    el sentimiento, y sólo después de largos meses, la
    victoria empezó a ponerse del lado de la razón. Dos
    años más tarde, el sentimiento había acabado
    por someterse a ésta, para, en adelante, ser su más
    leal guardián y consejero.

    Debió, pues, llegar el día en que ya no
    peregrinaría por la gran urbe hecho un ciego, como en los
    primeros tiempos, sino con los ojos abiertos, contemplando las
    obras arquitectónicas y las gentes. Cierta vez, al caminar
    por los barrios del centro, me vi de súbito frente a un
    hombre de largo caftán y de rizos negros.
    ¿Será un judío?, fue mi primer pensamiento.
    Los judios en Linz no tenían ciertamente esa apariencia.
    Observé al hombre sigilosamente y a medida que me fijaba
    en su extraña fisonomía, estudiándola rasgo
    por rasgo, fue transformándose en mi menta la primera
    pregunta en otra inmediata. ¿Será también un
    alemán?.

    Como siempre en casos análogos, traté de
    desvanecer mis dudas, consultando libros. Con pocos
    céntimos adquirí por primera vez en mi vida algunos
    folletos antisemitas. Todos, lamentablemente, partían de
    la hipótesis de que el lector tenía ya
    un cierto conocimiento de causa o que por lo menos
    comprendía la cuestión; además, su tono era
    tal, debido a razonamientos superficiales y extraordinariamente
    faltos de base científica, que me hizo volver a caer en
    nuevas dudas. La cuestión me parecía tan
    trascendental y las acusaciones de tal magnitud que yo
    –torturado por el temor de ser injusto- me sentía
    vacilante e inseguro.

    Naturalmente que ya no era dable dudar de que o se
    trataba de elementos alemanes de una creencia religiosa especial,
    sino de un pueblo diferente en sí; pues desde que me
    empezó a preocupar la cuestión judía,
    cambió mi primera impresión sobre Viena. Por
    doquier veía judíos y cuanto más los
    observaba, más se diferenciaban a mis ojos de las
    demás gentes. Y si aún hubiese dudado, mi
    vacilación hubiera tenido que tocar definitivamente a su
    fin, debido a la actitud de una parte de los judíos
    mismos.

    Se trataba de un gran movimiento que tendía a
    establecer claramente el carácter racial del
    judaísmo; el sionismo.

    Aparentemente apoyaba esa actitud sólo un grupo
    de los judíos, en tanto que la mayoría la
    condenaba; sin embargo, al analizar las cosas de cerca, esa
    apariencia se desvanecía, descubriéndose un mundo
    de subterfugios de pura conveniencia, por no decir mentiras.
    Porque los llamados judíos liberales rechazaban a los
    sionistas, no porque ellos no fuesen judíos, sino
    únicamente porque éstos hacían una
    pública confesión de su judaísmo que
    aquellos consideraban improcedente y hasta peligrosa. En el fondo
    se mantenía inalterable la solidaridad de
    todos.

    Aquella lucha ficticia entre sionistas y judíos
    liberales, debió pronto causarme repugnancia porque era
    falsa en absoluto y porque no respondía al decantado nivel
    cultural del pueblo judío.

    ¡Y qué capítulo especial era aquel
    de la pureza material y moral de ese pueblo! Nada me había
    hecho reflexionar tanto en tan poco tiempo como el criterio que
    paulatinamente fue incrementándose en mí acerca de
    la forma cómo actuaban los judíos en determinado
    género
    de actividades. ¿Había por virtud un solo caso de
    escándalo o de infamia, especialmente en lo relacionado
    con la vida cultura, donde
    no estuviese complicado por lo menos un judío?

    Un grave cargo más pesó sobre el
    judaísmo ante mis ojos cuando me di cuenta de sus manejos
    en la prensa, en el arte, la literatura y el teatro.
    Comencé por estudiar detenidamente los nombres de todos
    los autores de inmundas producciones en el campo de la actividad
    artística en general. El resultado de ello fue una
    creciente animadversión de mi parte hacia los
    judíos. Era innegable el hecho de que las nueve
    décimas partes de la literatura sórdida, de la
    trivialidad en el arte y el disparate en el teatro gravitaban en
    el debe de una raza que apenas si constituía una
    centésima parte de la población total del
    país.

    Con el mismo criterio comencé también a
    apreciar lo que en realidad era aquella mi preferida "prensa
    mundial", y cuanto más sondeaba en este terreno,
    más disminuía el motivo de mi admiración de
    antes. El estilo se me hizo insoportable, el contenido cada vez
    más vulgar y por último la objetividad de sus
    exposiciones me parecía más mentira que verdad.
    ¡Eran, pues, judíos los autores!

    Ahora vía bajo otro aspecto la tendencia liberal
    de esa prensa. El tono moderado de sus réplicas o su
    silencio de tumba ante los ataques que se le dirigía,
    debieron reflejárseme como un juego a la par
    hábil y villano. Sus críticas glorificantes de
    teatro estaban siempre destinadas al autor judío y
    jamás una apreciación negativa recaía sobre
    otro que no fuese un alemán. Precisamente por la
    perseverancia con que se zahería a Guillermo II y por otra
    parte se recomendaba la cultura y la civilización
    francesas, podía deducirse lo sistemático de su
    acción. El sentido de todo era tan visiblemente lesivo al
    germanismo, que su propósito no podía ser sino
    deliberado.

    ¿Quién tenía interés en
    ello? ¿Era acaso todo obra de la casualidad?

    En Viena, como seguramente en ninguna otra ciudad de la
    Europa
    occidental, con excepción quizá de algún
    puerto del sur de Francia, podía estudiarse mejor las
    relaciones del judaísmo con la prostitución y más aún, con
    la trata de blancas. Caminando de noche por el barrio de
    Leopoldo, a cada paso era uno – queriendo o sin quererlo
    – testigo de hechos que quedaron ocultos para la gran
    mayoría del pueblo alemán hasta que la guerra de
    1914 dio a los combatientes alemanes en el frente oriental
    oportunidad de poder ver, mejor dicho, de tener que ver,
    semejante estado de cosas.

    Sentí escalofríos cuando por primera vez
    descubría así en el judío al negociante,
    desalmado calculador, venal y desvergonzado de ese tráfico
    irritante de vicios de la escoria de la gran urbe.

    Desde entonces no pude más y nunca volví a
    tratar de eludir la cuestión judía; por el
    contrario, me impuse ocuparme en delante de ella. De este modo,
    siguiendo las huellas del elemento judío a través
    de todas las manifestaciones de la vida cultural y
    artística, tropecé con él inesperadamente
    donde menos lo hubiera podido suponer:

    ¡Judíos eran los dirigentes del partido
    socialdemócrata!

    Con esta revelación debió terminar en mi
    un proceso de larga lucha interior.

    *

    Gradualmente me fui dando cuenta que en la prensa
    socialdemócrata preponderaba el elemento judío; sin
    embargo, no di mayor importancia a este hecho puesto que la
    situación de los demás periódicos era la
    misma. Otra circunstancia sin embargo debió llamarme
    más la atención: no existía diario, donde
    interviniesen judíos, que hubiera podido calificarse,
    según mi educación y criterio, como un
    órgano verdaderamente nacional.

    En cuanto folleto socialdemócrata llegaba a mis
    manos examinaba el nombre de su autor: siempre era un
    judío. Examiné casi todos los nombres de los
    dirigentes del partido socialdemócrata; en su gran
    mayoría pertenecían igualmente al "pueblo elegido",
    lo mismo si se trataba de representantes en el Reichsrat que de
    los secretarios de las asociaciones sindicalistas, de los
    presidentes de las organizaciones del partido que de los
    agitadores populares. Era siempre el mismo siniestro cuadro y
    jamás olvidaré los nombres: Austerlitz, David,
    Adler, Ellenbogen, etc.

    Claramente veía ahora que el directorio de aquel
    partido, a cuyos pequeños representantes combatía
    yo tenazmente desde meses atrás, se hallaba casi
    exclusivamente en manos de un elemento extranjero y al fin supe
    definitivamente que el judío no era alemán. Ahora
    sí que conocía íntimamente a los
    pervertidores de nuestro pueblo.

    Un año de permanencia en Viena me había
    bastado para llevarme al convencimiento de que ningún
    obrero, por empecinado que fuera, no dejaría de acabar por
    rendirse ante conocimientos mejores y ante una explicación
    más clara. En el transcurso del tiempo me había
    convertido en un conocedor de su propia doctrina y yo mismo
    podía utilizarla ahora como un arma a favor de mis
    convicciones.

    Casi siempre el éxito se inclinaba hacia el lado
    mío.

    Se podía salvar a la gran masa aunque solamente a
    costa de enormes sacrificios de tiempo y de
    perseverancia.

    Pero a un judío, en cambio, jamás se le
    podría liberar de su criterio. Cuando alguna vez se
    lograba reducir a uno de ellos, porque observado por los
    presentes no le había ya quedado otro recurso que asentir,
    y hasta se creía haber adelantado con ello por lo menos
    algo, grande debía ser la sorpresa que al día
    siguiente se experimentaba al constatar que el judío no
    recordaba ni lo más mínimo de lo acontecido la
    víspera y seguía repitiendo los dislates de
    siempre. Muchas veces quedé atónito sin saber
    qué es lo que debía sorprenderme más: la
    locuacidad del judío o su arte de mistificar.

    Me hallaba en la época de las más honda
    transformación ideológica operada en mi vida: De
    débil cosmopolita debí convertirme en antisemita
    fanático.

    Una vez más – esta fue la última-
    vinieron a embargarme reflexiones abrumadoras. Estudiando la
    influencia del pueblo judío a través de largos
    períodos de la historia humana, surgió en mi mente
    la inquietante duda de que quizás el destino por causas
    insondables, le reservaba a este pequeño pueblo el triunfo
    final. ¿Se le adjudicará acaso la tierra como
    premio, a ese pueblo, que vive eternamente sólo para esta
    tierra? ¿Es que nosotros poseemos realmente el derecho de
    luchar por nuestra propia conservación o es que
    también esto tiene en nosotros sólo un fundamento
    subjetivo?

    El destino mismo se encargó de darme la respuesta
    al engolfarme en la penetración de la doctrina marxista
    para de este modo estudiar minuciosamente la actuación del
    pueblo judío.

    La doctrina judía del marxismo rechaza el
    principio aristocrático de la Naturaleza y coloca en lugar
    del privilegio eterno de la fuerza y del vigor, la masa
    numérica y su peso muerto. Niega así en el hombre
    el mérito individual e impugna la importancia del
    nacionalismo y de la raza abrogándose con esto a la
    humanidad la base de su existencia y de su cultura. Esa doctrina,
    como fundamento del universo,
    conduciría fatalmente al fin de todo orden natural
    concebible por la mente humana. Y del mismo modo que la
    aplicación de una ley semejante en la mecánica del organismo más grande
    que conocemos, provocaría el caos, sobre la tierra no
    significaría otra cosa que la desaparición de sus
    habitantes.

    Si el judío con la ayuda de su credo marxista
    llegase a conquistar las naciones del mundo, su diadema
    sería entonces la corona fúnebre de la humanidad y
    nuestro planeta volvería a rotar desierto en el eter como
    hace millones de siglos.

    La Naturaleza eterna venga inexorablemente la
    transgresión de sus preceptos.

    ASI CREO AHORA ACTUAR CONFORME A LA VOLUNTAD DEL SUPREMO
    CREADOR: AL DEFENDERME DEL JUDÍO LUCHO POR LA OBRA DEL
    SEÑOR.

     CAPÍTULO
    TERCERO

    Reflexiones políticas
    de la época de mi permanencia en Viena

    Tengo la evidencia de que en general el hombre,
    excepción hecha de casos singulares de talento, no debe
    actuar en política antes de los 30 años, porque
    hasta esa edad se está formando en su mentalidad una
    plataforma desde la cual podrá él analizar los
    diversos problemas
    políticos y definir su posición frente a ellos.
    Sólo entonces, después de haber adquirido una
    concepción ideológica fundamental y con ella
    logrado afianzar su propio modo de pensar acerca de los
    diferentes problemas de la vida diaria, debe o puede el hombre,
    conformado por lo menos así espiritualmente, participar en
    la dirección política de la
    colectividad en que vive.

    De otro modo corre el peligro de tener que cambiar un
    día de opinión en cuestiones fundamentales o de
    quedar – en contra de su propia convicción-
    estratificado en un criterio ya relegado por la razón y el
    entendimiento. El primer caso resulta muy penoso para él
    personalmente, pues, si él mismo vacila no puede ya
    esperar le pertenezca en igual medida que antes la fe de sus
    adeptos, para quienes la claudicación del
    Führer http://www.libreopinion.com/members/jomp/mk1.htm
    – 3#3

    [3], significa desconcierto
    y no pocas veces les provoca el sentimiento de una cierta
    vergüenza frente a sus adversarios políticos. En el
    segundo caso ocurre aquello que hoy se observa con mucha
    frecuencia: En la misma escala en que el Führer
    perdió la convicción sobre lo que sostenía,
    su dialéctica se hace hueca y superficial, en tanto que se
    deprava en la elección de sus métodos.
    Mientras él personalmente no piensa ya arriesgarse en
    serio en defensa de sus revelaciones políticas (no se
    inmola la vida por una causa que uno mismo no profesa) las
    exigencias que les impone a sus correligionarios se hacen sin
    embargo cada vez mayores y más desvergonzadas, hasta el
    punto de acabar por sacrificar el último resto del
    carácter que inviste al Führer y descender así
    a la condición del "político", es decir, a aquella
    categoría de hombres cuya única convicción
    es su falta de convicción, aparejada a una arrogante
    insolencia y un arte refinadísimo para el mentir. Si para
    desgracia de la humanidad honrada tal sujeto llega a ingresar en
    el Parlamento, entonces hay que tener por descontado el hecho de
    que la política para él se reduce ya sólo a
    una "heroica lucha" por la posesión perpétua de
    este "biberón" de su propia vida y de la de su familia. Y
    cuanto más pendientes estén de ese biberón
    la mujer y los hijos, más tenazmente luchará el
    marido por sostener su mandato parlamentario. Toda persona de
    instinto político es para él, por ese solo hecho,
    un enemigo personal; en cada nuevo movimiento cree ver el
    comienzo posible de su ruina; en todo hombre de prestigio otro
    amenazante peligro.

    He de ocuparme detenidamente de esta clase de sabandijas
    parlamentarias.

    También el hombre que haya llegado a los 30
    años tendrá aún mucho que aprender en el
    curso de su vida, pero esto únicamente a manera de una
    complementación dentro del marco ya determinado por la
    concepción ideológica adoptada en principio. Los
    nuevos conocimientos que adquiera no significarán una
    innovación de lo ya aprendido, sino
    más bien un proceso de acrecentamiento de su saber, de tal
    modo que sus adeptos jamás tendrán la decepcionante
    impresión de haber sido mal orientados; por el contrario,
    el visible desarrollo de la personalidad
    del Führer provocará en ellos complacencia, en la
    convicción de que el perfeccionamiento de éste
    refluye a favor de la propia doctrina. Ante sus ojos esto
    constituye una prueba de la certeza del criterio hasta aquel
    momento sostenido.

    Un Führer que se vea obligado a abandonar la
    plataforma de su ideología general por haberse dado cuenta
    de que esta era falsa, obrará honradamente sólo,
    cuando reconociendo lo erróneo de su criterio, se halle
    dispuesto a asumir todas las consecuencias. En tal caso
    deberá por lo menos renunciar a toda actuación
    política ulterior, pues, habiendo errado ya una vez en
    puntos de vista fundamentales, está expuesto por una
    segunda vez al mismo peligro. De todos modos ha perdido ya el
    derecho de requerir y menos aún el de exigir la confianza
    de sus conciudadanos.

    El grado de corrupción
    de la plebe, que por ahora se siente habilitada para "actuar" en
    política, evidencia cuán rara vez se sabe responder
    en los tiempos actuales a una prueba tal de decoro
    personal.

    Apenas si entre tantos puede uno tan sólo ser el
    predestinado.

    Seguramente en aquellos tiempos, me había ocupado
    de política más que muchos otros, sin embargo, tuve
    el buen cuidado de no actuar en ella; me concretaba a hablar en
    círculos pequeños abordando temas que me subyugaban
    y que eran motivo de mi constante preocupación. Este modo
    de actuar en ambiente reducido tenía en sí mucho de
    provechoso, porque si bien es cierto que así
    aprendía menos a "discursear" en cambio, llegaba a conocer
    a las gentes en su moralidad y en
    sus concepciones, a menudo infinitamente primitivas. En aquella
    época continué ampliando mis observaciones sin
    perder tiempo ni oportunidad y es probable que, en este orden, en
    ninguna parte de Alemania se ofrecía entonces un ambiente
    de estudio más propicio que el de Viena.

    *

    Las preocupaciones de la vida política en la
    antigua monarquía del Danúbio abarcaban, en
    general, contornos más vastos de mayor espectativa que en
    la Alemania de esa misma época, excepción hecha de
    algunos distritos de Prusia, Hamburgo y la costa del Mar del
    Norte. Bajo la denominación "Austria" me refiero en este
    caso a aquel territorio del gran Imperio de los Habsburgo que,
    debido a sus habitantes de origen alemán, significó
    en todo orden no solamente la base histórica para la
    formación de tal Estado, sino que en el conjunto de su
    población representaba también aquella fuerza que a
    través de los siglos generó la vida cultural en ese
    organismo político de estructura tan artificial como era
    el Imperio Austro-Húngaro. Y a medida que el tiempo
    avanzaba, más dependía precisamente de la
    conservación de ese núcleo, la estabilidad de todo
    el Estado.

    No quiero engolfarme aquí en detalles porque no
    es este el propósito de mi libro; quiero solamente
    consignar en el marco de una minuciosa apreciación
    aquellos sucesos que, siendo la eterna causa de la decadencia de
    pueblos y Estados, tienen también en nuestro tiempo su
    trascendencia, aparte de que contribuyeron a cimentar los
    fundamentos de mi ideología política.

    *

    Entre las instituciones
    que más claramente revelaban – aún ante los
    ojos no siempre abiertos del provinciano – la corrosión de la monarquía
    austríaca, encontrábase en primer término
    aquélla que más llamada estaba a mantener su
    estabilidad: el Parlamento o sea el Reichsrat, como en Austria se
    le denominaba.

    Manifiestamente, al norma institucional de esta
    corporación radicaba en Inglaterra, el
    país de la "clásica democracia". De allá se
    copió toda esa dichosa institución y se la
    trasladó a Viena, procurando en lo posible no
    alterarla.

    En la Cámara de diputados y en la Cámara
    alta celebraba su renacimiento el
    sistema inglés
    de la doble cámara; sólo los "edificios"
    diferían entre sí. Barry, al hacer surgir de las
    aguas del Támesis el palacio del Parlamento inglés,
    había recurrido a la historia del Imperio Británico
    con el fin de inspirarse para la ornamentación de los 1200
    nichos, consolas y columnas de su monumental creación
    arquitectónica. Por sus esculturas y arte
    pictórico, el Parlamento inglés resultó
    así erigido en el templo de gloria de la
    nación.

    Aquí se presentó la primera dificultad en
    el caso del Parlamento de Viena. Cuando el danés Hansen
    había concluido el último pináculo del
    palacio de mármol destinado a los representantes del
    pueblo, no le quedó otro recurso que el de apelar al arte
    clásico para adaptar motivos ornamentales. Figuras de
    estadistas y de filósofos griegos y romanos hermosean esta
    teatral residencia de la "democracia occidental" y a manera de
    simbólica ironía están representados sobre
    la cúspide del edificio cuadrigas que se separan partiendo
    hacia los cuatro puntos cardinales, como cabal expresión
    de lo que en el interior del Parlamento ocurría
    entonces.

    Las "nacionalidades" habrían tomado como un
    insulto y como una provocación el que en esa obra se
    glorificase la historia austríaca. En Alemania mismo,
    reciente todavía el fragor de las batallas de la guerra
    mundial, se resolvió consagrar con la inscripción :
    "Al Pueblo Alemán", el edificio del Reichstag en
    Berlín, construido por Paul Ballot.

    Sentimientos de profunda repulsión me dominaron
    aquel día en que, por primera vez, cuando aún no
    había cumplido los veinte años, visitaba el
    Parlamento austríaco para escuchar una sesión de la
    Cámara de diputados. Siempre había detestado el
    Parlamento, pero de ningún modo la institución en
    sí. Por el contrario, como hombre amante de las
    libertades, no podía imaginarme otra forma posible de
    gobierno. Y justamente por eso era ya un enemigo del Parlamento
    austríaco. Su forma de actuar la consideraba indigna del
    gran prototipo inglés. Además, a esto había
    que añadir el hecho de que el porvenir de la raza germana
    en el Estado austriaco dependía de su
    representación en el Reichsrat. Hasta el día en que
    se adopto el sufragio universal de voto secreto, existía
    en el Parlamento austríaco una mayoría alemana,
    aunque poco notable. Ya entonces la situación se
    había hecho difícil, porque el partido
    social-demócrata, con su dudosa conducta nacional
    al tratarse de cuestiones vitales del germanismo, asumía
    siempre una actitud contraria a los intereses alemanes a fin de
    no despertar recelos entre sus adeptos de las otras
    "nacionalidades" representadas en el Parlamento. Tampoco ya en
    aquella época se podía considerar a la
    socialdemocracia como un partido alemán. Con la adopción
    del sufragio universal tocó a su fin la preponderancia
    alemana, inclusive desde el punto de vista puramente
    numérico. En adelante, no quedaba pues obstáculo
    alguno que detuviese la creciente desgermanización del
    Estado austriaco.

    El instinto de conservación nacional me
    había hecho repugnar, ya entonces, por esa razón,
    aquel sistema de representación popular en la cual el
    germanismo, lejos de hallarse representado era más bien
    traicionado. Sin embargo, esta deficiencia, como muchas otras, no
    era atribuible al sistema mismo, sino al Estado
    austriaco.

    Un año de paciente observación bastó para que yo
    cambiase radicalmente mi modo de pensar en cuanto al
    carácter del parlamentarismo. Una vez más el
    estudio experimental de la realidad me preservó de
    anegarme en una teoría
    que a primera vista, les parece seductora a muchos y que a pesar
    de ello no deja de contarse entre las manifestaciones de
    decadencia de la humanidad.

    La democracia del mundo occidental de hoy es la
    precursora del marxismo, el cual sería inconcebible sin
    ella. Es la democracia la que en primer término
    proporciona a esta peste mundial el campo de nutrición de donde la
    epidemia se propaga después.

    Cuánta gratitud le debo al destino por haber
    permitido que me adentrase también en esta cuestión
    cuando todavía me hallaba en Viena, pues, es probable que
    si yo hubiera estado en aquella época en Alemania, me la
    habría explicado de una manera demasiado sencilla. Si
    desde Berlín hubiese podido percatarme de lo grotesco de
    esa institución llamada "Parlamento", quizás
    habría caído en la concepción opuesta,
    colocándome – no sin una buena razón
    aparente- al lado de aquellos que veían el bienestar del
    pueblo y del Imperio, en el fomento exclusivista de la idea de la
    autoridad imperial, permaneciendo ciegos y ajenos a la vez a la
    época en que vivían y al sentir de sus
    contemporáneos.

    Esto era imposible en Austria. Allá no se
    podía caer tan fácilmente de un error en otro,
    porque si el Parlamento era inútil, aun menos capacitados
    eran los Habsburgo.

    Lo que más me preocupó en la
    cuestión del parlamentarismo fue la notoria falta de un
    elemento responsable. Por funestas que pudieran ser las
    consecuencias de una ley sancionada por el Parlamento, nadie
    lleva la responsabilidad, ni a nadie es posible exigirle
    cuentas.
    ¿O es que puede llamarse asumir responsabilidades al hecho
    de que después de un fiasco sin precedentes, dimita el
    gobierno culpable o cambie la coalición existente o, por
    último, se disuelva el Parlamento? ¿Puede acaso
    hacerse responsable a una vacilante mayoría? ¿No es
    cierto que la idea de responsabilidad presupone la idea de
    la
    personalidad?

    ¿Puede prácticamente hacerse responsable
    al dirigente de un gobierno por hechos cuya gestión
    y ejecución obedecen exclusivamente a la voluntad y al
    arbitrio de una pluralidad de individuos?

    ¿O es que la misión del
    gobernante – en lugar de radicar en la concepción de
    ideas constructivas y planes – consiste más bien en
    la habilidad con que éste se empeñe en hacer
    comprensible a un hato de borregos lo genial de sus proyectos,
    para después tener que mendigar de ellos una bondadosa
    aprobación?

    ¿Cabe en el criterio del hombre de Estado poseer
    en el mismo grado el arte de la persuasión, por un lado, y
    por otro la perspicacia política necesaria para adoptar
    directivas o tomar grandes decisiones?

    ¿Prueba acaso la incapacidad de un Führer el
    solo hecho de no haber podido ganar a favor de una determinada
    idea el voto de mayoría de un conglomerado resultante de
    manejos más o menos honestos?

    ¿fue acaso alguna vez capaz ese conglomerado de
    comprender una idea, antes de que el éxito obtenido por la
    misma, revelara la grandiosidad que ella encarnaba?

    ¿No es en este mundo toda acción genial
    una palpable protesta del genio contra la indolencia de la
    masa?

    ¿Qué debe hacer el gobernante que no logra
    granjearse la gracia de aquél conglomerado, para la
    consecución de sus planes?

    ¿Deberá sobornar?¿O bien, tomando
    en cuenta la estulticia de sus conciudadanos, tendrá que
    renunciar a la realización de propósitos
    reconocidos como vitales, dimitir el gobierno o quedarse en
    él, a pesar de todo?

    ¿No es cierto que en un caso tal, el hombre de
    verdadero carácter se coloca frente a un conflicto
    insoluble entre su persuación de la necesidad y su
    rectitud de criterio, o mejor dicho su honradez?

    ¿Dónde acaba aquí el límite
    entre la noción del deber para con la colectividad y la
    noción del deber para con la propia dignidad
    personal?

    ¿No debe todo Führer de verdad rehusar a que
    de ese modo se le degrade a la categoría de traficante
    político?

    ¿O es que, inversamente, todo traficante
    deberá sentirse predestinado a "especular" en
    política, puesto que la suprema responsabilidad
    jamás pesará sobre él, sino sobre un
    anónimo e inaprensible conglomerado de gentes?

    Sobre todo, ¿no conducirá el principio de
    la mayoría parlamentaria a la demolición de la
    idea-Führer?

    Pero ¿es que aún cabe admitir que el
    progreso del mundo se debe a la mentalidad de las mayorías
    y no al cerebro de unos
    cuantos?

    ¿O es que se cree que tal vez en lo futuro se
    podría prescindir de esta condición previa
    inherente a la cultura humana?

    ¿No parece, por en contrario, que ella es hoy
    más necesaria que nunca?

    Difícilmente podrá imaginarse el lector de
    la prensa judía, salvo que hubiese aprendido a discernir y
    examinar las cosas independientemente, qué estragos
    ocasiona la moderna institución del gobierno
    democrático-parlamentario; ella es ante todo la causa de
    la increíble proporción en que ha sido inundado el
    conjunto de la vida política por lo más
    descalificado de nuestros días. Así como un
    Führer de verdad renunciará a una actividad
    política, que en gran parte no consiste en obra
    constructiva, sino más bien en el regateo por la merced de
    una mayoría parlamentaria, el político de
    espíritu pequeño, en cambio, se sentirá
    atraído precisamente por esa actividad.

    Pero pronto se dejarán sentir las consecuencias
    si tales mediocres componen el gobierno de una nación.
    Faltará entereza para obrar y se preferirá aceptar
    la más vergonzosa de las humillaciones antes que erguirse
    para adoptar una actitud resuelta, pues, nadie habrá
    allí que por sí solo esté personalmente
    dispuesto a arriesgarlo todo en pro de la ejecución de una
    medida radical. Existe una verdad que no debe ni puede olvidarse:
    es la de que tampoco en este caso una mayoría
    estará capacitada para sustituir a la personalidad en el
    gobierno. La mayoría no sólo representa siempre la
    ignorancia, sino también la cobardía. Y del mismo
    modo que de 100 cabezas huecas no se hace un sabio, de 100
    cobardes no surge nunca una heroica decisión.

    Cuanto menos grave sea la responsabilidad que pese sobre
    el Führer, mayor será el número de
    aquéllos que, dotados de ínfima capacidad, se creen
    igualmente llamados a poner al servicio de la
    nación sus imponderables fuerzas. De ahí que sea
    para ellos motivo de regocijo el cambio frecuente de funcionarios
    en los cargos que ellos apetecen y que celebren todo
    escándalo que reduzca la hilera de los que por delante
    esperan…. La consecuencia de todo esto es la espeluznante
    rapidez con que se producen modificaciones en las más
    importantes jefaturas y repartos públicos de un organismo
    estatal semejante, con un resultado que siempre tiene influencia
    negativa y que muchas veces llega a ser hasta
    catastrófico.

    La antigua Austria poseía el régimen
    parlamentario en grado superlativo. Bien es cierto que los
    respectivos "premiers" eran nombrados por el monarca, sin
    embargo, eso no significaba otra cosa que la ejecución de
    la voluntad parlamentaria. El regateo por las diferentes carteras
    ministeriales podía ya calificarse como propio de la
    más alta democracia occidental. Los resultados
    correspondían a los principios aplicados; especialmente la
    substitución de personajes representativos se operaba con
    intervalos cada vez más cortos, para al final convertirse
    en una verdadera cacería. En la misma proporción
    descendía el nivel de los "hombres de Estado" actuantes
    hasta no quedar de ellos, más que aquel bajo tipo del
    traficante parlamentario, cuyo mérito político se
    aquilataba tan sólo por su habilidad en urdir coaliciones,
    es decir, prestándose a realizar aquellos infames manejos
    políticos que son la única prueba de lo que en el
    trabajo práctico pueden realizar esos llamados
    representantes del pueblo.

    Viena ofrecía un magnífico campo de
    observación en este orden.

    Aquello que de ordinario denominamos "opinión
    pública" se basa sólo mínimamente en la
    experiencia personal del individuo y en sus conocimientos;
    depende más bien casi en su totalidad de la idea que el
    individuo se hace de las cosas a través de la llamada
    "información pública", persistente y tenaz. La
    prensa es el factor responsable de mayor volumen en el proceso de
    la "instrucción política", a la cual, en este caso
    se le asigna con propiedad el nombre de propaganda; la
    prensa se encarga ante todo de esta labor de "información
    pública" y representa así una especie de escuela
    para adultos, sólo que esa "instrucción" no
    está en manos del Estado, sino bajo las garras de
    elementos que en parte son de muy baja ley. Precisamente en Viena
    tuve en mi juventud la mejor oportunidad de conocer a fondo a los
    propietarios y fabricantes espirituales de esa máquina de
    instrucción colectiva. En un principio debí
    sorprenderme al darme cuenta del tiempo relativamente corto en
    que este pernicioso poder era capaz de crear cierto ambiente de
    opinión, y esto incluso tratándose de casos de una
    mixtificación completa de las aspiraciones y tendencias
    que, a no dudar, existían en el sentir de la comunidad. En el
    transcurso de pocos días, esa prensa sabía hacer de
    un motivo insignificante una cuestión de Estado notable e
    inversamente, en igual tiempo, relegar al olvido general
    problemas vitales o, más simplemente, sustraerlos a
    la memoria de
    la masa.

    De este modo era posible en el curso de pocas semanas
    henchir nombres de la nada y relacionar con ellos
    increíbles expectativas públicas,
    adjudicándoles una popularidad que muchas veces un hombre
    verdaderamente meritorio no alcanza en toda su vida; y mientras
    se encumbran estos nombres que un mes antes apenas si se
    habían oído pronunciar, calificados estadistas o
    personalidades de otras actividades de la vida pública
    dejaban llanamente de existir para sus contemporáneos o se
    les ultrajaba de tal modo con denuestos, que sus apellidos
    corrían el peligro de convertirse en un símbolo de
    villanía o de infamia.

    Esta es la chusma que en más de las dos terceras
    partes fabrica la llamada "opinión pública", de
    donde surge el parlamentarismo cual una Afrodita de la
    espuma.

    Para pintar con detalle en toda su falacia el mecanismo
    parlamentario sería menester escribir volúmenes.
    Podrá comprenderse más pronto y más
    fácilmente semejante extravío humano, tan absurdo
    como peligroso, comparando el parlamentarismo democrático
    con una democracia germánica realmente tal.

    La característica más remarcable del
    parlamentarismo democrático consiste en que se elige un
    cierto número, supongamos 500 hombres o también
    mujeres en los últimos tiempos, y se les concede a
    éstos la atribución de adoptar en cada caso una
    decisión definitiva. Prácticamente, ellos
    representan por sí solos el gobierno, pues, si bien
    designan a los miembros de un gabinete encargado de los negocios del
    Estado, ese pretendido gobierno no cubre sino una apariencia; en
    efecto, es incapaz de dar ningún paso sin antes haber
    obtenido la aquiescencia de la asamblea parlamentaria. Por esto
    es por lo que tampoco puede ser responsable, ya que la
    decisión final jamás depende de él mismo,
    sino del Parlamento. En todo caso un gabinete semejante no es
    otra cosa que el ejecutor de la voluntad de la mayoría
    parlamentaria del momento. Su capacidad política se
    podría apreciar en realidad únicamente a
    través de la habilidad que pone en juego para adaptarse a
    la voluntad de la mayoría o para ganarla en su
    favor.

    Una consecuencia lógica
    de este estado de cosas fluye de la siguiente elemental
    consideración: la estructura de ese conjunto formado por
    los 500 representantes parlamentarios, agrupados según sus
    profesiones o hasta teniendo en cuenta sus aptitudes, ofrece un
    cuadro a la par incongruente y lastimoso. ¿O es que cabe
    admitir la hipótesis de que
    estos elegidos de la nación pueden ser al mismo tiempo
    brotes privilegiados de genialidad o siquiera de sentido
    común? Ojalá no se suponga que de las papeletas de
    sufragio, emitidas por electores que todo pueden ser menos
    inteligentes, surjan simultáneamente centenares de hombres
    de Estado. Nunca será suficientemente rebatida la absurda
    creencia de que del sufragio universal pueden salir genios;
    primeramente hay que considerar que no en todos los tiempos nace
    para una nación un verdadero estadista y menos aun de
    golpe, un centenar; por otra parte, es instintiva la
    antipatía que siente la masa por el genio eminente.
    Más probable es que un camello se deslice por el ojo de
    una aguja que no que un gran hombre resulte "descubierto" por
    virtud de una elección popular. Todo lo que de veras
    sobresale de lo común en la historia de los pueblos suele
    generalmente revelarse por sí mismo.

    Dejando a un lado la cuestión de la genialidad de
    los representantes del pueblo, considérese simplemente el
    carácter complejo de los problemas pendientes de
    solución, aparte de los ramos diferentes de actividad en
    que deben adoptarse decisiones, y se comprenderá entonces
    la incapacidad de un sistema de gobierno que pone la facultad de
    la decisión final en manos de una asamblea, de entre cuyos
    componentes sólo muy pocos poseen los conocimientos y la
    experiencia requeridas en los asuntos que han de tratarse. Y es
    así cómo las más importantes medidas en
    materia económica resultan sometidas a un forum cuyos
    miembros en sus nueve décimas partes carecen de la
    preparación necesaria. Lo mismo ocurre con otros
    problemas, dejando siempre la decisión en manos de una
    mayoría compuesta de ignorantes e incapaces. De ahí
    proviene también la ligereza con que frecuentemente estos
    señores deliberan y resuelven cuestiones que serían
    motivo de honda reflexión aun para los más
    esclarecidos talentos. Allí se adoptan medidas de enorme
    trascendencia para el futuro de un Estado como si no se tratase
    de los destinos de toda una nacionalidad sino solamente de una
    partida de naipes, que es lo que resultaría más
    propio entre tales políticos. Sería naturalmente
    injusto creer que todo diputado de un parlamento semejante se
    halla dotado de tan escasa noción de responsabilidad. No.
    De ningún modo. Pero es el caso que aquel sistema,
    forzando al individuo a ocuparse de cuestiones que no conoce, lo
    corrompe paulatinamente. Nadie tiene allí el coraje de
    decir: "Señores, creo que no entendemos nada de este
    asunto; yo a lo menos no tengo idea en absoluto". Esta actitud
    tampoco modificaría nada porque, aparte de que una prueba
    tal de sinceridad quedaría totalmente incomprendida, no
    por un tonto honrado se resignarían los demás a
    sacrificar su juego.

    El parlamentarismo democrático de hoy no tiende a
    constituir una asamblea de sabios, sino a reclutar más
    bien una multitud de nulidades intelectuales, tanto más
    fáciles de manejar cuanto mayor sea la limitación
    mental de cada uno de ellos. Sólo así puede hacerse
    política partidista en el sentido malo de la
    expresión y sólo así también
    consiguen los verdaderos agitadores permanecer cautelosamente en
    la retaguardia, sin que jamás pueda exigirse de ellos una
    responsabilidad personal. Ninguna medida, por perniciosa que
    fuese para el país, pesará entonces sobre la
    conducta de un bribón conocido por todos, sino sobre la de
    toda una fracción parlamentaria. He aquí porque
    esta forma de la Democracia llegó a convertirse
    también en el instrumento de aquella raza, cuyos
    íntimos propósitos, ahora y por siempre,
    temerán mostrarse a la luz del
    día. Sólo el judio puede ensalzar una
    institución que es sucia y falaz como él
    mismo.

    En oposición a ese parlamentarismo
    democrático está la genuina democracia
    germánica de la libre elección del Führer, que
    se obliga a asumir toda la responsabilidad de sus actos. Una
    democracia tal no supone el voto de la mayoría para
    resolver cada cuestión en particular, sino llanamente la
    voluntad de uno solo, dispuesto a responder de sus decisiones con
    su propia vida y hacienda.

    Si se hiciese la objeción de que bajo tales
    condiciones difícilmente podrá hallarse al hombre
    resuelto a sacrificarlo personalmente todo en pro de una tan
    arriesgada empresa,
    habría que responder: "Dios sea loado, que el verdadero
    sentido de una democracia germánica radica justamente en
    el hecho de que no pueda llegar al gobierno de sus conciudadanos,
    por medios vedados, cualquier indigno arrivista o emboscado
    moral, sino que la magnitud misma de la responsabilidad a asumir,
    amedrenta a ineptos y pusilánimes".

    Y si no obstante todo esto, un individuo de tales
    características intentase deslizarse, podrá
    fácilmente ser identificado y apostrofado sin
    consideración: "Apártate, cobarde, que tus pies no
    profanen las gradas del frontispicio del Panteón de la
    Historia, destinado a héroes y no a mojigatos".

    *

    Había llegado a estas conclusiones después
    de dos años de concurrir al Parlament austríaco. En
    adelante no volví a frecuentarlo.

    El régimen parlamentario fue una de las
    principales causas de la progresiva decadencia del antiguo Estado
    de los Habsburgo. A medida que por obra de ese régimen se
    destruía la hegemonía del germanismo en Austria,
    intensificábase el sistema de explotar el antagonismo de
    las nacionalidades entre sí.

    Después de la guerra franco-prusiana de 1870 la
    casa de los Habsburgo se lanzó con ímpetu
    máximo a exterminar lenta pero implacablemente el
    "peligroso2 germanismo de la doble monarquía
    austro-húngara. Este debía ser, pues, el resultado
    final de la política de eslavización. Empero,
    estalló la resistencia de la nacionalidad que estaba
    destinada al exterminio y esto en una forma sin precedentes en la
    historia alemana contemporánea. Hombres de sentir
    nacionalista y patriótico se hicieron rebeldes, pero no
    rebeldes contra el Estado mismo, sino rebeldes contra un sistema
    de gobierno del cual tenían el convencimiento de que
    conduciría a la ruina a su propia raza.

    Por primera vez en la historia contemporánea
    alemana se hacía una diferenciación entre el
    patriotismo dinástico general y el amor por la patria y el
    pueblo.

    Fue mérito del movimiento pangermanista operado
    en la parte alemana de Austria, allá por el año
    1890, haber establecido en forma clara y terminante que la
    autoridad del Estado tiene el derecho de exigir respeto y
    cooperación sólo cuando responde a las necesidades
    de una nacionalidad o cuando por lo menos no es perniciosa para
    ésta.

    La autoridad del Estado no puede ser un fin en sí
    misma, porque ello significaría consagrar la
    inviolabilidad de toda tiranía en el mundo.

    Si por los medios que están al alcance de un
    gobierno se precipita una nacionalidad en la ruina, entonces la
    rebelión no sólo es un derecho, sino un deber para
    cada uno de los hijos de ese pueblo.

    La pregunta: ¿Cuándo se presenta un tal
    caso? No se resuelve mediante disertaciones teóricas, sino
    por la acción y por el éxito.

    Como todo gobierno, por malo que fuese y aun cuando
    hubiese traicionado una y mil veces los intereses de una
    nacionalidad, reclama para sí el deber que tiene de
    mantener la autoridad del Estado, el instinto de
    conservación nacional en lucha contra un gobierno
    semejante tendrá que servirse, para lograr su libertad o
    su independencia,
    de las mismas armas que aquel
    emplea para mantenerse en el mando. Según esto, la lucha
    será sostenida por medios "legales" mientras el poder que
    se combate no utilice otros; pero no habrá que vacilar
    ante el recurso de los medios ilegales si es que el opresor mismo
    se sirve de ellos.

    En general, no debe olvidarse que la finalidad suprema
    de la razón de ser de los hombres no reside en el
    mantenimiento de un Estado o de un gobierno; su misión es
    conservar la raza. Y si esta misma se hallase en peligro de ser
    oprimida o hasta eliminada, la cuestión de la legalidad pasa
    a plano secundario. Entonces poco importará ya que el
    poder imperante aplique en su acción los mil veces
    llamados medios "legales"; el instinto siempre en grado
    superlativo, el empleo de todo
    recurso.

    Solo así se explican en la Historia ejemplos
    edificantes de luchas libertarias contra la esclavitud
    – interna o externa – de los pueblos.

    El derecho humano priva sobre el derecho
    político.

    Si un pueblo sucumbe en la lucha por los derechos del
    hombre, es porque al haber sido pesado en la balanza del destino
    resultó demasiado liviano para tener la suerte de seguir
    subsistiendo en el mundo terrenal. Porque quién no
    está dispuesto a luchar por su existencia o no se siente
    capaz de ello es que ya está predestinado a desaparecer, y
    esto por la justicia eterna de la providencia.

    El mundo no se ha hecho para los pueblos
    cobardes.

    *

    Debieron serme un objeto clásico de estudio y de
    honda trascendencia el proceso de la formación y el ocaso
    del movimiento pangermanista, por una parte, y por la otra el
    asombroso desarrollo del partido cristiano-social en
    Austria.

    Comenzaré por establecer un paralelo entre los
    dos hombres considerados como fundadores y leaders de esos dos
    partidos: Georg von Schoenerer y el Dr. Karl Lueger.

    Como personalidades, ambos sobresalían
    notoriamente entre las llamadas figuras parlamentarias. Su vida
    había sido limpia e intachable en medio de la corrupción política general. En un
    principio, mis simpatías estaban del lado del
    pangermanista Schoenerer y poco después fueron
    paulatinamente inclinándose también hacia el leader
    cristiano-social. Comparando la capacidad de ambos, Schoenerer me
    parecía ser, en problemas fundamentales, un pensador
    más certero y profundo. Con mayor claridad y exactitud que
    ningún otro, previó el lógico fin del Estado
    Austriaco. Si se hubiese prestado oído a sus advertencias
    respecto de la monarquía de los Habsburgo, especialmente
    en Alemania, jamás hubiera sobrevenido la fatalidad de la
    guerra mundial. Pero, si bien Schoenerer penetraba la esencia de
    los problemas, erraba en cambio cuando se trataba de aquilatar el
    valor de los hombres.

    Aquí radicaba lo ponderable del Dr. Lueger.
    Lueger era un extraordinario conocedor de los caracteres humanos,
    teniendo muy especial cuidado en no verlos mejor de lo que en
    realidad eran. Por eso él podía contar con las
    posibilidades efectivas de la vida mejor que Schoenerer, que para
    esto tenía poca comprensión.

    En teoría era evidente cuanto sobre el
    pangermanismo sostenía, pero le faltaba la energía
    y la práctica indispensables para trasmitir sus
    conclusiones teóricas a la masa del pueblo, esto es,
    simplificándolas de acuerdo con la concepción
    limitada de esta masa. Sus conclusiones era, pues, meras
    profecías sin visos de realidad.

    La ausencia de la capacidad de distinguir caracteres
    humanos debía lógicamente conducir también a
    errores en la apreciación de la fuerza que encierran los
    movimientos de opinión así como las instituciones
    seculares. Schoenerer había reconocido indudablemente que
    en aquel caso se trataba de concepciones fundamentales, pero no
    supo comprender que, en primer término, sólo la
    gran masa del pueblo podía prestarse a luchar en pro de
    tales convicciones de índole casi religiosa.

    Infortundadamente, Schoenerer se dio cuenta sólo
    en muy escasa medida, de que el espíritu combativo de las
    llamadas clases "burguesas" era extraordinariamente limitado por
    depender de intereses económicos que infundían al
    individuo el temor de sufrir graves perjuicios, determinando
    así su inacción.

    La falta de comprensión en lo tocante a la
    importancia de las capas inferiores del pueblo fue también
    la causa de una concepción totalmente deficiente del
    problema social.

    En todo esto el Dr. Lueger era la antítesis de Schoenerer. Sabía hasta
    la saciedad que la fuerza política combativa de la alta
    burguesía era en nuestra época tan insignificante
    que no bastaba para asegurar el triunfo de un nuevo gran
    movimiento; por eso consagraba el máximo de su actividad
    política a la labor de ganar la adhesión de
    aquellas esferas sociales cuya existencia se hallaba amenazada,
    siendo esto más bien un acicate que un menoscabo para su
    espíritu combativo. El Dr. Lueger optó
    también por servirse de medios de influencia, ya
    existentes, para granjearse el apoyo de instituciones
    prestigiosas con el propósito de obtener de esas viejas
    fuentes de energía el mayor provecho posible a favor de su
    causa.

    Fue de este modo que, en primer término,
    cimentó su partido sobre la clase media, amenazada de
    desaparecer, y con ello logró asegurarse un firme grupo de
    adictos animados de gran espíritu de lucha y
    también de sacrificio. Su actitud extraordinariamente
    sagaz con respecto de la iglesia
    católica, le había captado en corto tiempo las
    simpatías de la clerecía joven en una medida tal
    que el viejo partido clerical se vio forzado a ceder el campo, o
    bien, obrando más cuerdamente, a adherirse al nuevo
    movimiento para, de este modo, recuperar poco a poco sus antiguas
    posiciones.

    Sin embargo, sería injusto en extremo considerar
    únicamente esto como lo esencial del carácter de
    Lueger; puesto que al lado de sus condiciones de táctico
    hábil estaban las de reformador grande y genial; por
    cierto, dentro del marco de un exacto conocimiento de su propia
    capacidad.

    Era una finalidad de enorme sentido práctico la
    que perseguía aquel hombre verdaderamente meritorio. Quiso
    conquistar Viena. Viena era el corazón de la
    monarquía y de esta ciudad recibía los
    últimos impulsos de vida el cuerpo enfermo y envejecido de
    ya desfalleciente organismo del Estado. Cuanto más
    restablecía sus energías ese corazón, tanto
    más debía revivir el resto del cuerpo. En
    principio, la idea era naturalmente justa pero no podía
    surtir efectos sino durante un tiempo determinado.

    Es aquí donde radicaba el punto débil de
    este hombre.

    La obra que realizó como burgomaestre de Viena es
    inmortal en el mejor sentido de la palabra; pero con ella no pudo
    ya salvar la monarquía – era demasiado
    tarde.

    Su adversario Schoenerer había visto esto con
    más claridad.

    Todo lo que Lueger emprendió en el terreno
    práctico, lo logró admirablemente; en cambio no
    logró alcanzar lo que ansiaba como resultado.

    Schoenerer no consiguió lo que deseaba, pero
    aquello que él temía se realizó en forma
    terrible.

    Así ninguno de los dos llegó a coronar su
    suprema finalidad perseguida. Lueger no pudo salvar la
    monarquía austríaca, ni Schoenerer librar al
    germanismo en Austria de la ruina que le esperaba.

    Hoy nos es infinitamente instructivo estudiar las causas
    que determinaron el fracaso de aquellos dos partidos. Esto es
    esencial ante todo para mis amigos, teniendo en cuenta que las
    circunstancias actuales se asemejan a las de entonces, para poder
    evitar el incurrir en errores que ya una vez condujeron, a uno de
    los movimientos, a la ruina y a la infructuosidad el
    otro.

    *

    La situación de los alemanes en Austria era ya
    desesperante al iniciarse el movimiento pangermanista. De
    año en año había ido convirtiéndose
    el Parlamento en un factor de lenta destrucción del
    germanismo. Todo intento salvador de última hora y aunque
    sólo de efecto pasajero, podía vislumbrarse
    únicamente en la eliminación del
    Parlamento.

    ¿Y cómo destruir el
    parlamento?¿Entrando en él, para "minarlo por
    dentro", como corrientemente se decía, o combatirlo por
    fuera, atacando la institución misma del
    parlamentarismo?

    Para empeñar la lucha desde afuera contra un
    poder semejante, era preciso revestirse de coraje indomable y
    hallarse dispuesto a cualquier sacrificio. Para esto, empero, era
    menester el concurso de los hijos del pueblo.

    El movimiento pangermanista carecía precisamente
    del apoyo de las masas populares y no le quedaba por lo tanto
    otra solución que la de ir al parlamento mismo.
    Parecía también más factible dirigir el
    ataque a la raíz misma del mal, que no arremeter desde
    fuera. Por otra parte, creíase que la inmunidad
    parlamentaria reforzaría la seguridad de cada una de las
    personalidades pangermanistas, acrecentando la eficacia de su
    acción combativa.

    En la realidad los hechos se produjeron de manera muy
    diferente.

    El forum ante el cual hablaban los diputados
    pangermanistas no había aumentado, por el contrario,
    más bien había disminuido; pues el que habla lo
    hace sólo ante un público que quiere comprender al
    orador, oyéndole directamente o a través de la
    prensa que refleja lo que él haya expuesto.

    El forum más amplio, de auditorio directo, no
    está en el hemiciclo de un parlamento. Hay que buscarlo en
    la asamblea pública, porque allí hay miles de
    gentes que se arremolinan con el exclusivo fin de escuchar lo que
    el orador ha de decirles, en tanto que en el plenario de una
    Cámara de diputados se reúnen sólo unos
    pocos centenares de personas, congregadas allí, en su
    mayoría, para cobrar dietas y de ningún modo para
    dejarse iluminar por la sabiduría de uno u otro de los
    señores "representantes del pueblo".

    Los diputados pangermanistas podían quedarse
    roncos de tanto hablar; su esfuerzo resultaba siempre
    estéril. Y en cuanto a la prensa, guardaba un silencio de
    tumba o mutilaba los discursos
    hasta el punto de hacerlos incongruentes y llegando incluso a
    tergiversarlos en su sentido, proporcionando así a la
    opinión pública una pésima sinopsis de la
    esencia del nuevo movimiento.

    Más grave que todo esto era el hecho de que el
    movimiento pangermanista había olvidado que para contar
    con el éxito, debía recapacitar desde el primer
    momento que en su caso no podía tratarse de un nuevo
    partido, sino más bien de una nueva concepción
    ideológica. Únicamente algo análogo
    habría sido capaz de imprimir la energía interior
    necesaria para llevar a cabo esa lucha gigantesca. Solamente los
    más calificados y los de mayor entereza eran los llamados
    a ser los leaders de esa ideología.

    La desfavorable impresión que reflejaba la prensa
    no era contrarrestada en modo alguno mediante la acción
    personal de los diputados en mítines y la palabra
    "pangermanismo" acabó por adquirir pésima
    reputación ante los oídos del pueblo.

    Desde tiempos inmemoriales la fuerza que impulsó
    las grandes avalanchas históricas de índole
    política y religiosa, no fue jamás otra que la
    magia de la palabra hablada.

    La gran masa cede ante todo al poder de la oratoria.
    Todos los grandes movimientos son reacciones populares, son
    erupciones volcánicas de pasiones humanas y emociones
    afectivas aleccionadas, ora por la diosa cruel de la miseria, ora
    por la antorcha de la palabra lanzada en el seno de las masas
    – pero jamás por el almíbar de literatos
    estetas y héroes de salón.

    Únicamente un huracán de pasiones
    ardientes puede cambiar el destino de los pueblos; más
    despertar pasión es sólo atributo de quien en
    sí mismo siente el fuego pasional.

    Que cada escritor quede junto a su tintero ocupado de
    "teorías" si su saber y su talento le bastan
    para eso: que para Führer ni nació, ni fue
    elegido.

    *

    La grave controversia que el movimiento pangermanista
    tuvo que sostener con la iglesia católica, no
    respondía a otra causa que a falta de comprensión
    del carácter anímico del pueblo.

    El establecimiento de parroquias checas, fue sólo
    uno de los muchos recursos puestos en práctica hacia el
    objetivo de la
    eslavización general de Austria. En distritos netamente
    alemanes se impusieron curas checos que comenzaron por subordinar
    los intereses de la iglesia a los de la nacionalidad checa,
    convirtiéndose así en células
    generadoras del proceso de la desgermanización
    austriaca.

    Desgraciadamente la reacción de la
    clerecía alemana ante semejante proceder resultó
    casi nula, de suerte que el germanismo fue desalojado lenta pero
    persistentemente gracias al abuso de la influencia religiosa, por
    una parte, y debido a la insuficiente resistencia, por
    otra.

    La impresión general no podía ser otra que
    la de tratarse de una brutal violación de los derechos
    alemanes por parte de la clerecía católica como
    tal. Parecía, pues, que la Iglesia no solamente era
    indiferente al sentir de la nacionalidad germana en Austria, sino
    que, injustamente, llegaba a colocarse al lado de sus
    adversarios. Como decía Schoenerer, el mal tenía su
    raíz en el hecho de que la cabeza de la iglesia
    católica se hallaba fuera de Alemania, lo cual, desde
    luego, motivaba una marcada hostilidad contra los intereses de la
    nacionalidad nuestra.

    Georg Schoenerer no era hombre que hiciera las cosas a
    medias. Había asumido la lucha contra la Iglesia con el
    íntimo convencimiento de que sólo así se
    podía salvar la suerte del puebo alemán en Austria.
    El movimiento separatista contra Roma (Los-von-Rom
    Bewegung) tenía la apariencia de ser el más
    poderoso, pero a su vez el más difícil
    procedimiento de ataque destinado a vencer la resistencia del
    adversario.

    Si la campaña resultaba victoriosa, entonces
    habría tocado también a su fin la infeliz
    división religiosa existente en Alemania y así
    habría ganado enormemente en fuerza interior la
    nacionalidad alemana.

    Pero ni la premisa ni la conclusión de esa lucha
    estaban en lo cierto.

    Mientras el sacerdote checo adoptaba una posición
    subjetiva con respecto a su pueblo y objetiva frente a la
    Iglesia, el sacerdote alemán se subordinaba subjetivamente
    a la Iglesia y permanecía objetivo desde el punto de vista
    de su nacionalidad; un fenómeno que podemos observar por
    desgracia en miles de otros casos. No se trata aquí de una
    herencia
    exclusivamente propia del catolicismo, sino de un mal que entre
    nosotros es capaz de corroer en poco tiempo casi toda
    institución estatal o del concepción
    idealista.

    Comparemos, por ejemplo, la conducta observada por
    nuestros funcionarios del Estado frente al propósito de un
    resurgimiento nacional, con la actitud que asumirían en un
    caso semejante iguales elementos de otro país. ¿Y
    qué norma nos ofrece el criterio que hoy sustentan
    católicos y protestantes frente al semitismo, criterio que
    no responde ni a los intereses nacionales ni a las necesidades
    verdaderas de la religión? No hay pues paralelo posible
    entre el modo de obrar de un rabino en todos los aspectos que
    tienen una cierta importancia para el semitismo bajo el aspecto
    racial y la actitud observada por la mayoría de nuestros
    religiosos, sea cual fuere su confesión, frente a los
    intereses de su raza. Este fenómeno se repite siempre que
    se trate de defender una idea abstracta.

    "Autoridad del Estado", "democracia", "pacifismo",
    "solidaridad internacional", etc., etc., son todas ideas que
    entre nosotros se convierten por lo general en conceptos tan
    netamente doctrinarios y tan inflexibles, que cualquier juicio
    respecto de las necesidades vitales de la nación resulta
    subordinado a ellas.

    El protestantismo obrará siempre en pro del
    fomento de los intereses germanos toda vez que se trate de
    puridad moral o del acrecentamiento del sentir nacional, en
    defensa del carácter, del idioma y de la independencia
    alemanes, puesto que todas estas nociones se hallan hondamente
    arraigadas en el protestantismo mismo; pero al instante
    reaccionará hostilmente contra toda tentativa que tienda a
    salvar la nación de las garras de su más mortal
    enemigo, y esto porque el punto de vista del protestantismo con
    respecto al semitismo está más o menos
    dogmáticamente precisado.

    Mientras el pueblo contó durante la guerra de
    1914 con dirigentes resueltos, cumplió su deber en forma
    insuperable. El pastor protestante como el sacerdote
    católico, ambos contribuyeron decididamente a mantener el
    espíritu de nuestra resistencia no sólo en el
    frente de batalla, sino ante todo, en los hogares. En aquellos
    años, especialmente al iniciarse la guerra, no dominaba en
    efecto, en ambos sectores religiosos otro ideal que el de un
    único y sagrado imperio alemán, por cuya existencia
    y porvenir elevaba cada uno sus votos de fervorosa
    devoción.

    El movimiento pangermanista debió haberse
    planteado en sus comienzos una cuestión previa:
    ¿Era factible o no conservar el acervo germánico en
    Austria bajo la égida de la religión
    católica? Si se contestaba afirmativamente, este partido
    político jamás debió mezclarse en cuestiones
    religiosas o hasta de orden confesional, y sí, por el
    contrario, era negativa la respuesta, entonces debió haber
    surgido una reforma religiosa, pero nunca un partido
    político.

    Los partidos
    políticos nada tienen que ver con las cuestiones
    religiosas mientras éstas no socaven la moral de la raza;
    del mismo modo, es impropio inmiscuir la religión en
    manejos de política partidista.

    Cuando dignatarios de la Iglesia se sirven de
    instituciones y doctrinas para dañar los intereses de su
    propia nacionalidad, jamás debe seguirse el mismo camino
    ni combatírseles con iguales armas.

    Las doctrinas e instituciones religiosas de un pueblo
    debe respetarlas el Führer político como inviolables;
    de lo contrario, debe renunciar a ser político y
    convertirse en reformador, si es que para ello tiene
    capacidad.

    Un modo de pensar diferente, en este orden
    conduciría a una catástrofe, particularmente en
    Alemania.

    Estudiando el movimiento pangermanista y su lucha contra
    Roma, llegué en aquellos tiempos, y aún más
    todavía en el transcurso de años posteriores, a la
    persuasión de que la poca comprensión revelada por
    el movimiento para el problema social, le hizo perder el concurso
    de la masa del pueblo de espíritu verazmente combativo.
    Ingresar en el parlamento significóle sacrificar su
    poderoso impulso y gravarlo con todas las taras propias de
    aquella institución; su acción contra la iglesia
    católica lo había desacreditado en numerosos
    sectores de la clase media y también de la clase baja,
    restándole así infinidad de los mejores elementos
    de la nación.

    *

    Allí donde el movimiento pangermanista
    cometía errores, la actitud del partido cristiano-social
    era precisa y sistemática. Este conocía la
    importancia de las masas y logró asegurarse por lo menos
    el apoyo de una parte de ellas, subrayando públicamente
    desde un comienzo el carácter social de su tendencia.
    Evitaba toda controversia con las instituciones religiosas y
    así le fue posible asegurarse el apoyo de una
    organización tan poderosa como la Iglesia. También
    reconoció la importancia de una propaganda amplia e
    hízose especialista en el arte de influir en el
    ánimo de la gran masa de sus adeptos.

    El hecho de que a pesar de su fuerza, este partido no
    fue capaz de alcanzar el anhelado propósito de salvar a
    Austria, se explica por los errores de método en
    su acción, y también por la falta de claridad en
    los fines que perseguía.

    El anti-semitismo del partido cristiano-social se
    fundaba en concepciones religiosas y no en principios racistas.
    La misma causa determinante de este primer error
    constituía el origen del segundo. Si el partido
    cristiano-social quiere salvar a Austria –decían sus
    fundadores- no puede invocar el principio racista, porque eso
    significaría provocar en corto tiempo la disolución
    general del Estado. Según la opinión de los
    "leaders" del partido, la situación exigía, ante
    todo en Viena, evitar en lo posible incidencias disociadoras y
    más bien fomentar todos los motivos que tendían a
    la unificación.

    Ya en aquella época, Viena estaba tan saturada de
    elementos extranjeros, especialmente de checos, que
    tratándose de problemas relacionados con la
    cuestión racial, sólo una marcada tolerancia
    podía mantenerlos adictos a un partido que no era
    antigermanista por principio. El propósito de salvar a
    Austria imponía no renunciar al concurso de esos
    elementos; así es cómo mediante una lucha de
    oposición contra el sistema liberalista de Manchester, se
    intentó ganar ante todo a los pequeños artesanos
    checos, representados en gran número en Viena;
    pensábase que de esta manera, por encima de todas las
    diferencias raciales de la vieja Austria, habríase
    encontrado un lema para la lucha contra el judaísmo desde
    el punto de vista religioso.

    Es claro que una acción contra los judíos
    sobre una base semejante podía causarles a éstos
    sólo una relativa inquietud, pues, en el peor de los
    casos, un chorro de agua bautismal
    era siempre capaz de salvar al judío y su
    comercio.

    Abordada la cuestión tan superficialmente,
    jamás podía llegarse a un serio y científico
    análisis del problema fundamental y
    sólo se conseguía apartar a muchos de los que no
    concebían un antisemitismo de esas
    características.

    Este modo de hacer las cosas a medias anulaba el
    mérito de la orientación antisemita del partido
    cristiano-social. Era un pseudo anti-semitismo de efectos
    más contraproducentes que provechosos; se adormecía
    despreocupadamente creyendo tener al adversario cogido por las
    orejas mientras en realidad era éste quien tenía al
    contrario sujeto por la nariz.

    Si el Dr. Carl Lueger hubiese vivido en Alemania, se le
    habría colocado entre las primeras cabezas de nuestro
    pueblo, pero el hecho de haber actuado en un Estado imposible
    como era Austria constituyó la ruina de su obra y la suya
    propia. Cuando murió, ya empezaron a arreciar llamaradas
    en los balcanes, de modo que el destino clemente le ahorró
    ver aquello que él había creído poder
    evitar.

    Empeñado en buscar las causas de la incapacidad
    de uno de los movimientos y las del fracaso del otro,
    llegué a la íntima persuasión de que a parte
    de la imposibilidad de poder aun lograr una consolidación
    del Estado austríaco, ambos partidos habían
    incurrido en los siguientes errores:

    En principio, el movimiento pangermanista tenía,
    indudablemente razón en su propósito de
    regeneración alemana, pero fue infeliz en la
    elección de sus métidos. Había sido
    nacionalista, mas, por desgracia, no lo suficientemente social
    para ganar en su favor el concurso de las masas. Su antisemitismo
    descansaba sobre una justa apreciación de la trascendencia
    del problema racista y no sobre concepciones de índole
    religiosa. En cambio su lucha contra una determinada
    confesión –contra Roma- era errada en principio y
    falsa tácticamente.

    El movimiento cristiano-social poseía una
    concepción vaga acerca de la finalidad de un resurgimiento
    alemán, pero como partido demostró habilidad y tuvo
    suerte en la selección de sus métodos;
    conocía la importancia de la cuestión social, pero
    erró en su lucha contra el judaísmo y no
    tenía la menor noción del poder que encarnaba la
    idea nacionalista.

    *

    Mi antipatía contra el Estado de los Habsburgo
    creció cada vez más en aquella época. Estaba
    convencido de que este Estado tenía que oprimir y poner
    obstáculo a todo representante verdaderamente eminente del
    germanismo y sabía también que, inversamente,
    favorecía toda manifestación
    anti-alemana.

    Repugnante me era el conglomerado de razas reunidas en
    la capital de la monarquía austríaca; repugnante
    esa promiscuidad de checos, polacos, húngaros, rutenos,
    servios, croatas, etc. y, en medio de todos ellos, a manera de
    eterno bacilo disociador de la humanidad, el judío y
    siempre el judío.

    Todas estas razones provocaron en mí el deseo
    cada vez más ferviente de llegar finalmente allí,
    adonde desde mi juventud me atraían anhelos secretos e
    íntimas afecciones.

    Confiaba en hacerme más tarde un nombre como
    arquitecto y así ofrecerle a la nación leales
    servicios
    dentro del marco –pequeño o grande- que el destino
    me reservase. Finalmente, aspiraba a estar entre aquéllos
    que tenían la suerte de vivir y actuar allí donde
    debía cumplirse un día el más fervoroso de
    los anhelos de mi corazón: la anexión de mi querido
    terruño a la patria común: el Reich
    Alemán.

    Pero Viena debió ser y quedar para mí
    simbolizando la escuela más dura y a la vez la más
    provechosa de mi vida. Había llegado a esta ciudad cuando
    era todavía adolescente y me marchaba convertido en un
    hombre taciturno y serio. Allí asimilé, en general,
    los fundamentos para una concepción ideológica y,
    en particular, un método de análisis
    político; posteriormente, jamás me abandonaron
    esos conocimientos, no haciendo después otra cosa
    más que completarlos. Por esto me he ocupado aquí
    más detalladamente de aquella época que me
    proporcionó el primer material de estudio, precisamente en
    aquellos problemas que son básicos dentro de nuestro
    partido, el cual surgiendo de los más modestos principios,
    tiene ya hoy http://www.libreopinion.com/members/jomp/mk1.htm
    – I#I

    (I) apenas transcurridos cinco
    años, las características de un gran movimiento
    popular. No sé cuál sería ahora mi modo de
    pensar respecto al judaísmo, la social-democracia
    –mejor dicho, todo el marxismo- el problema social, etc.,
    si ya en mi juventud, debido a los golpes del destino y gracias a
    mi propio esfuerzo, no hubiese alcanzado a cimentar una
    sólida base ideológica personal.

     [3]Jefe,
    caudillo, conductor, leader.

    (I)
    Hitler
    escribió su obra en 1924.

    CAPÍTULO
    CUARTO
    Munich (*)

    CAPÍTULO QUINTO
    La guerra mundial
    (*)

    CAPÍTULO SEXTO
    Propaganda de
    guerra (*)

    CAPÍTULO SEPTIMO
    La revolución (*)

    CAPÍTULO OCTAVO
    La iniciación de
    mi actividad política (*)

    CAPÍTULO NOVENO El partido obrero alemán
    (*)

    CAPÍTULO DECIMO
    Las causas del
    desastre (*)

    CAPÍTULO ONCE
    La nacionalidad y la
    raza (*)

    (*) Para ver el texto completo
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    superior

    Enviado por:

    Dr. Luis Afredo
    Alarcón Flores

    Perú

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