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La desilusión de un sacerdote




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    Profesor Franz Griese ex
    teólogo

    1. Notas bibliográficas del
      autor
    2. Carta dirigida al
      Papa
    3. ¿Origen divino o humano
      de Cristo?
    4. Dios y la
      Biblia
    5. Las diferencias entre la
      doctrina de Cristo y las iglesias
      Cristianas
    6. La moral de Cristo y de la
      Iglesia

    NOTAS
    BIBLIOGRÁFICAS DEL
    AUTOR

    Nacido el 26 de diciembre de 1889 en Straelen, provincia
    renana, Alemania, de
    padres sumamente cristianos, entré –niño
    todavía- en 1903, en el convento de los Padres del Verbo
    Divino en Steyl, Holanda, para hacerme misionero Después
    de los estudios humanísticos pasé al seminario de la
    misma orden en Viena, donde curse Filosofía y
    Teología.

    Como mi materia
    favorita era la Lingüística, me dedique especialmente
    al estudio de la Biblia, para lo cual el
    conocimiento de una docena de idiomas me habilitaba de un
    modo particular.

    En 1911 hice una traducción del "Cantar de los Cantares" que
    se atribuye a Salomón. Los versos del texto original
    hebreo, cuya lectura
    está prohibida a los judíos
    menores de 23 años, habían sido cambiados entre
    sí, para que sólo los iniciados pudieran comprender
    su verdadero sentido. La reconstrucción de la forma
    original me hizo ver que se trataba de una poesía
    extremadamente obscena, sin la menor relación con Dios.
    Naturalmente, desistí por este motivo de la
    traducción, pues de, publicarse, me habría costado
    el sacerdocio que con tanta ansia anhelaba.

    Igual suerte tuve con la traducción de los 150
    salmos de David. Conseguí esclarecer el verdadero sentido
    de muchísimos versos, que hasta hoy siguen incomprendidos,
    y hacer una traducción verdaderamente exacta. Pero el
    hecho que en los salmos, entre otras cosas, se niega en forma
    categórica la existencia del alma
    después de la muerte(1), cosa contraria al
    dogma católico, me hizo imposible la publicación, y
    en mi desesperación destruí el trabajo de
    varios años. Sólo publiqué algunos detalles
    inofensivos en un libro titulado
    "Melodías de Salmos".

    Desde entonces dejé el Viejo Testamento,
    dedicándome con la mayor aplicación al Nuevo
    Testamento, en el cual las cartas de San
    Pablo habían llamado mi especial atención.

    La guerra mundial me
    llevó a tomar las armas, y
    sólo por temporadas que tenía libre, como simple
    soldado que era, podía seguir mi estudio favorito. En ocho
    años de trabajo se
    formó aquella traducción de las cartas de San
    Pablo, que había de ser el origen, primero de mis dudas, y
    después de mi convicción de los errores
    teológicos de la Iglesia
    Católica.

    Al final de la guerra, en
    1918, fui ordenado sacerdote, y lo era con alma y corazón.
    Cumpliendo a conciencia con
    mis deberes de cura, nunca dejé de perfeccionarme en mis
    estudios, pues quería saber la verdad con toda mi alma y
    la puse por encima de todo. Fue entonces que nacieron en mi
    aquellas luchas de conciencia por las diferencias entre las
    doctrinas teológicas y las enseñanzas de la Sagrada
    Escritura,
    luchas que difícilmente pueden describirse. Poco a poco,
    el estudio de la Sagrada Escritura me alejó del terreno de
    la teología católica, cristalizándose en
    mí una nueva convicción basada en la doctrina de la
    misma Biblia, que en aquel entonces era para mí la palabra
    de Dios.

    En 1920 y 1921 publiqué bajo el seudónimo
    "Pacífico" dos escritos: "Cristianos de todas las
    confesiones, uníos". En estas publicaciones
    aconsejé dejar de lado las diferencias dogmáticas y
    formar una sola Iglesia Cristiana. Estos dos escritos marcan
    claramente la evolución que estaba realizándose en
    mí.

    En 1922 los obispos de Alemania me confiaron un alto
    cargo en la América
    del Sur. Durante el viaje resumí mis dudas acerca de la
    teología católica en un manuscrito que, terminada
    mi misión,
    entregué personalmente a mi obispo, presentándole a
    la vez mi indeclinable alejamiento de mi cargo sacerdotal y de la
    Iglesia.

    Esto era en abril de 1924. Desde entonces he tenido
    suficiente oportunidad de examinar mi paso y contemplar la
    cuestión religiosa desde afuera. No sólo no me he
    arrepentido en ningún momento de mi decisión, a
    pesar de sufrir miserias y penurias bastante grandes, sino que
    más y más en estudios posteriores, me di cuenta del
    inmenso engaño que bajo la máscara de la religión cristiana
    está haciéndose en todo el mundo.

    Observo que si no hubiera sido por mis estudios
    particulares, jamás habría encontrado la verdad, ya
    que el sacerdote católico, y más aún el
    aspirante al sacerdocio, se le hace imposible y le esta
    prohibido, bajo pecado mortal, leer cualquier libro que en forma
    alguna ataque a la religión cristiana. Yo mismo, hasta mi
    alejamiento, y muchos años después todavía,
    jamás he leído libro alguno prohibido por la
    Iglesia Católica. El lector podrá darse cuenta cuan
    difícil es para un hombre en
    estas condiciones librarse de los enormes prejuicios y llegar al
    conocimiento
    de la verdad. Toda la educación, el
    ambiente
    mismo, la cotidiana práctica de ejercicios religiosos, el
    desconocimiento absoluto de argumentos serios en contra de la
    religión, todo esto contribuye a crear un espíritu
    que termina por creer firmemente en la religión y sus
    enseñanzas, por más absurdas que sean.

    No será necesario agregar que desde mi
    alejamiento voluntario de la Iglesia Católica, estoy
    completamente separado de todos mis hermanos y demás
    parientes y amigos. Solamente una hermana, monja en un convento
    en la Argentina, con un inmenso cariño me ha escrito mes a
    mes desde hace diez años, rogándome que vuelva a
    tomar los hábitos. Nunca le he contestado, pues lo
    único que ella quiere saber, y por qué se sacrifica
    enteramente, es justamente aquello que jamás podré
    cumplir: mi retorno a los hábitos.

    En cambio, tengo
    ahora, por la publicación de mi libro en Alemania, una
    gran cantidad de nuevos y sinceros amigos, como me demuestra el
    gran número de cartas que he recibido de todas las partes
    de Alemania y Austria y de todos los círculos sociales, lo
    que es, por cierto, un gran consuelo en las pérdidas
    espirituales y materiales que
    he soportado en todo este tiempo.
    Ojalá pudiera conseguir con este libro que ningún
    joven, en su impericia e ilusión; se deje llevar al
    sacerdocio. Sería para él el error de los errores,
    y los padres que lean este libro, deberían procurar
    ilustra a sus hijos, especialmente si observan que uno de ellos
    –ignorando la verdad- quiere dedicarse a tan funesta
    tarea.

    La verdad camina, y cada día más
    rápidamente. No pasarán muchos años sin que
    el mundo entero conozca la verdad sobre la religión
    cristiana que hoy es todavía desconocida para la gran
    mayoría del pueblo. El día en que esta
    mayoría la conozca, habrá sonado la última
    hora de la iglesia cristiana.

    CARTA
    ABIERTA DIRIGIDA AL
    PAPA

    A quien mandé, al mismo tiempo, un ejemplar de la
    edición
    alemana de mi libro, pues él mismo y su Secretariado de
    Estado, el
    Cardenal Pacelli, saben perfectamente el idioma alemán.
    También se ha enviado a Roma esta
    edición castellana.

    Mendozae in Argentina, Idibus Januariis MCMXXXIII

    Franciscus Griese

    Pío XI. Papae

    Salutem

    Sanctitati Vestare, opusculum meum nuperrime editum hac via
    mittere mihi liceat, quod utile atque necessarium judicavi quia
    hoc libello causas rationesque adduxi, quae mihi, Ecclesiae
    Catholicae quondam sacerdoti persuaserunt, ut habitum
    sacerdotalem deponerem fidemque deficerem.

    Ne ignoscat Sanctitas Vestra, libellum meum non solum
    Ecclesiae doctrinam, praesertim sacramentorum vehementissime
    aggredi, sed etiam ipsius Christi personam, cuius proximi
    adventus sui vaticionationem falsam atque fallacem arguit quin
    immo ad oculos demostrat.

    Quapropter Sanctitas Vestra, defensor fidei per excellentiam
    videat, si qua refutari possint argumenta libri istius, ne quid
    detrimenti capiat neque fundamentum Ecclesiae neque grex
    fidelium.

    Quae scripserim, coram quibuslibet Sanctae Sedis theologis
    palam defendere paratus sum, cuando ubique Sanctitas Vestra
    jubeat.

    De hac epistola, proximae opusculi mei editioni adjuncta,
    aphemeridibus mundum certiorem faciam.

    Vale.

    Franz Griese.

    Poste restante: Mendoza Argentina.

    TRADUCCIÓN

    Mendoza, Argentina, 15 de enero de 1933.

    Franz Griese

    Saluda

    Al Papa Pío XI.

    Séame permitido enviarle por la presente mi obra
    recientemente editada. Así lo he juzgado útil y
    necesario porque indico en este libro las causas y razones que me
    indujeron a mí, el anterior sacerdote de la Iglesia
    Católica, a dejar los hábitos sacerdotales y
    renegarla fe.

    No quiero que Vuestra Santidad desconozca que mi libro no
    solamente ataca con vehemencia la doctrina de la Iglesia, en
    particular los sacramentos, sino hasta a la misma persona de
    Jesucristo, cuyo vaticinio de su propia y próxima vuelta
    al mundo conceptúa de falso y falaz, demostrándolo
    hasta la evidencia.

    Por esta razón vea Vuestra Santidad, como defensor de
    la fe por excelencia, si de algún modo pueden refutarse
    los argumentos de este libro, para que no sufra ningún
    perjuicio el fundamento de la Iglesia ni la grey de los
    fieles.

    Estoy listo para defender públicamente cuanto he
    escrito, delante de cualquier teólogo de la Santa Sede,
    donde y cuando lo mande Vuestra Santidad.

    Esta carta que
    será agregada a la próxima edición de mi
    libro, la comunicaré al mundo mediante la prensa.

    Dios guarde a Vuestra Santidad.

    Francisco Griese.

    Poste restante: Mendoza, Argentina.

    Está de más decir que no he recibido ninguna
    contestación a esta misiva, como tampoco a la
    edición alemana por parte de los teólogos de mi
    país. La razón es harto sencilla: No es posible
    oponer argumento alguno de valora las razones y hechos expresados
    en este libro, razones y hechos que destruyen de manera
    concluyente la doctrina de la Iglesia y por ende a la Iglesia
    misma.

    PRIMERA PARTE

    ¿ORIGEN DIVINO O HUMANO DE CRISTO?

    INTRODUCCIÓN

    Para la Iglesia Católica la cuestión de la
    divinidad de Cristo es de capital
    importancia, ya que constituye un dogma, considerado como el
    fundamento de la misma.

    Depende entonces la existencia de la Iglesia de este dogma;
    poner en claro su falsedad equivale a la propia
    destrucción de la Iglesia Católica.

    No así la Iglesia Protestante. Para ella la divinidad
    de Cristo es de segunda importancia, y la gran mayoría de
    los teólogos protestantes, por más que le atribuyen
    a Cristo una misión divina, niegan rotundamente la
    divinidad de su persona. Con eso los protestantes no dejan de ser
    –en la opinión de ellos- buenos cristianos, si no
    que, muy por el contrario, profesan a Cristo un profundo amor y sincera
    veneración.

    Cuando yo dejé los hábitos –hace 10
    años- creía todavía firmemente en el dogma
    de la divinidad de Cristo y estaba convencido que Cristo era
    Dios. Recién años más tarde, a raíz
    de un estudio detenido de la persona de Cristo, tal como se
    presenta en el Nuevo Testamento, me vi obligado –muy a
    pesar mío- a cambiar de idea.

    A continuación, voy a exponer las razones que me dieron
    la absoluta convicción de que Cristo no era ni es
    Dios.

    Son argumentos tan sólidos, tan claros e irrefutables,
    que vale la pena alterar el orden lógico y
    cronológico de este libro y estampar en primer
    término la cuestión de la divinidad de Cristo.

    CAPÍTULO PRIMERO

    LA
    DIVINIDAD DE CRISTO A LA LUZ DE LA
    BIBLIA

    Dice el dogma de la Iglesia Católica que Cristo es la
    segunda persona en Dios, siendo el Padre la primera, y el
    Espíritu
    Santo la tercera.

    Pero estas tres personas no forman tres dioses, sino uno solo;
    no habiendo entre ellas ninguna prioridad de una persona sobre la
    otra, existe la más perfecta igualdad entre
    las mismas.

    Esto, que constituye el llamado misterio de la
    Santísima Trinidad, ha debido ser explicado en alguna
    forma a la mente humana, y a esta tarea se han dado los
    teólogos. Ellos afirman que Dios, el Padre, en un acto
    eterno e inmenso de su inteligencia,
    conoce como en un espejo a su propia persona, y esta imagen del Padre,
    hecha realidad, o más bien siendo suprema realidad, es el
    Hijo. Pero al mismo tiempo, al conocerse Padre Hijo, el uno al
    otro en su sublime perfección, surge n amor infinito entre
    ellos, y de este amor entre Padre e Hijo, una nueva realidad, el
    Espíritu Santo. De suerte que una sola naturaleza
    divina, una sola divinidad, es poseída por tres personas:
    el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

    Genial concepción, compartida también por la
    Iglesia Ortodoxa (griega y rusa) con la sola diferencia que
    ésta asevera que el Espíritu Santo sale del Padre
    "por" el Hijo, como una flor sale de la raíz "por" el
    tallo; mientras que la Iglesia Romana asegura que el
    Espíritu Santo sale del Padre "y" el Hijo en la manera
    arriba indicada.

    Esta diferencia en la doctrina, aparentemente sutil y abstrusa
    para un profano ha sido, sin embargo, motivo de discusiones
    acerbas entre los más destacados y eruditos
    teólogos, que se prolongaron durante siglos y,
    extendiéndose a la grey ignara, se tradujeron en
    persecuciones y matanzas terribles. Para ella, inaccesible a
    estas complicaciones doctrinarias, la cuestión se redujo,
    y todavía se reduce, a saber si el signo de la cruz se
    hace de izquierda a derecha (del Padre "y" el Hijo) o la inversa
    (del Padre "por" el Hijo).

    Naturalmente, pretende la Iglesia Católica que su
    doctrina de la Trinidad, y por consiguiente la divinidad de
    Cristo, está contenida en la Biblia, en particular en el
    Nuevo Testamento.

    Como la existencia de la Trinidad en Dios depende de la
    divinidad de Cristo, es esta última la cuestión
    fundamental. Por eso vamos ahora a examinar lo que dicen los
    libros del
    Nuevo Testamento al respecto, ya que estos, según la
    opinión de los cristianos, están más que
    nadie autorizados para opinar sobre esta cuestión; aunque
    tal opinión no sería la última palabra, si
    se demostrara por otro conducto que Cristo no era Dios.

    Ahora bien, en el Nuevo Testamento se distinguen bien
    claramente dos diferentes grupos de
    manifestaciones sobre la divinidad o no divinidad de Cristo.

    Al primer grupo
    pertenecen todas aquellas palabras que a primera vista parecen
    afirmar una perfecta igualdad de Cristo con Dios. El segundo
    grupo comprende aquellas frases que expresan claramente una
    subordinación de Cristo a Dios.

    Del primer grupo citamos las siguientes expresiones del mismo
    Cristo: "Antes de que Abraham era, soy yo" (Juan 8, 58). "Ahora
    también tú, Padre, glorifícame con la gloria
    que tenía contigo antes de que el mundo era" (Juan 17, 5).
    Estas dos frases recalcan claramente la existencia premundial de
    Cristo.

    Otras expresiones dan a conocer la íntima unidad de
    Cristo con Dios: "Yo y el Padre somos uno" (Juan 10, 30). "Todo
    lo que hace el Padre, hace igualmente también el Hijo".
    (Juan 5, 19). "Porque (Padre), todo lo que es mío, es
    tuyo; y lo que es tuyo, es mío". (Juan 17, 10).

    No cabe la menor duda que estas palabras de Cristo, a prima
    facie, hacen pensar que él estaba en íntima
    relación con Dios, y hasta podría creerse que, como
    según nuestros conceptos no hay otra cosa sino Dios y
    criatura, Cristo según estas palabras debería ser
    Dios mismo. Sin embargo, veremos pronto que no es así.

    Pero antes contemplemos las palabras que pertenecen al segundo
    grupo y en las cuales se encuentra una abierta inferioridad y
    subordinación de Cristo con respecto a Dios. Esta
    subordinación de Cristo se refiere tanto a su saber, como
    a su poder y a todo
    su ser.

    Primero: inferioridad en el saber. Al hablar Cristo de la
    fecha exacta de su próxima vuelta al mundo dijo a los
    Apóstoles: "De aquel día y aquella hora no sabe
    nadie, ni siquiera los ángeles del Cielo, tampoco el Hijo,
    sino sólo el Padre". (Mat. 24, 36. Marc. 13, 32).

    Segundo: inferioridad en el poder, a los hijos de Zebedeo dijo
    "El poder sentaros a mi derecha izquierda no es cosa mía,
    sino de él a quien es dado, de mi Padre". (Mat. 20, 23).
    En otra oportunidad dijo: "Yo no puedo hacer nada por mí
    mismo". (Juan 5, 30). "Descendí del Cielo, no para hacer
    mi propia voluntad, sino la voluntad del que me mandó".
    (Juan 6, 38). Y en el monte Olivo rogó a Dios: Padre, si
    es posible, deja pasar este cáliz; pero no se haga mi
    voluntad, sino la tuya". (Mat. 26, 39). En estas palabras Cristo
    se califica de simple ejecutor de la voluntad divina de su Padre,
    con poderes estrictamente limitados.

    Tercero: inferioridad de la misma persona de Cristo. A este
    respecto tenemos una palabra muy clara del apóstol Pablo
    (1) quien dice, refiriéndose al próximo
    fin del mundo: "Después de que todo estará sujeto
    (a Dios), también él mismo, el Hijo, se
    subordinará a aquél, quien le ha subordinado todo
    –para que sea sólo Dios todo- en todo"". (1. Cor.
    15, 28). Quiere decir que, cuando Cristo haya sujetado todo el
    mundo a Dios, terminando así su tarea, entonces el mismo
    Cristo también entregará su propia
    dominación a quien se la dio, a Dios, y entonces no
    habrá más otra dominación sino la de Dios.
    Cristo ya no será más que cualquiera otra criatura
    subordinada.

    Hay también otras palabras, en este caso del mismo
    Cristo, que implican una franca inferioridad de su persona con
    respecto a su Padre. Así cuando dice: "El Padre es
    más grande que yo". (Juan 14, 28). "Ascenderé a mi
    Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios". (Juan 20,
    17). "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
    has abandonado?". (Mat. 27, 16). Todas estas frases nos hacen ver
    que Cristo reconoció a un Dios que le era superior y
    más grande, y del cual se sentía supeditado con
    toda su alma.

    Ahora bien: sabemos que Dios, el Ser Supremo, es suprema
    perfección. Nada, absolutamente nada de imperfecto en
    poder, saber y ser, puede existir en él. Menos
    todavía hay subordinación alguna o inferioridad en
    Dios.

    ¿Cómo se explica entonces el dualismo entre
    aquellos dos grupos de manifestaciones que acabamos de tratar y
    de las cuales unas indican igualdad de Cristo con Dios y otras
    inferioridad?.

    La teología católica, haciéndose la tarea
    muy sencilla, declara que Cristo tenía dos naturalezas:
    una divina y otra humana. De suerte que si expresó su
    inferioridad y subordinación a Dios, lo hizo con respecto
    a la naturaleza
    humana, y si expresaba su igualdad con Dios lo hacía
    refiriéndose a su naturaleza divina.

    Tal explicación no deja de ser cómoda. Es como si
    un rey, habiendo aprendido de sastre, dijera una vez: "Yo
    gobierno (como
    rey), y otra vez "Soy gobernado" (como sastre).

    Pero, ¿no le parece al lector que tal juego de
    palabras en un asunto de tan trascendental importancia es
    simplemente inadmisible?. Más aún, lo que Cristo
    dijo, lo dijo en todo momento de su persona, de su propio yo, y
    esta persona, este yo de Cristo, según la misma doctrina
    católica era divino; pues según el dogma
    había en Cristo una sola persona, la persona divina, y
    ninguna persona humana: ¿Cómo se explica entonces
    que a ésta, su persona divina le atribuyese inferioridad y
    subordinación, cuando el dogma declara que la persona de
    Cristo era en todo sentido igual a la del Padre?.

    ¿A qué sofismas, a que razonamientos rebuscados
    debió acudir Jesús, según esta doctrina
    teológica, para justificar la contradicción
    flagrante entre sus propias manifestaciones de divinidad e
    inferioridad a Dios?. ¿Cómo podían haberlo
    comprendido los apóstoles, a quienes no dio ninguna
    explicación en el sentido teológico?.

    Finalmente, ¿no es un arbitrario anacronismo el
    atribuir a las palabras de la Sagrada Escritura conceptos
    filosóficos que recién varios siglos más
    tarde fueron desarrollados?. ¿No es un deber entender la
    Biblia por el significado que tenía en su tiempo?.
    ¿No debemos interpretar aquellos escritos con el
    espíritu con que fueron redactados, con la mentalidad con
    que habían sido pensados, con las ideas del ambiente del
    cual habían nacido?.

    Por cierto, es ésta la única manera de llegar a
    la verdad de las cosas y encontrar una solución que es
    natural, porque es propia del texto; y es verdadera, porque
    resuelve todas las dificultades fácilmente y sin esfuerzo
    alguno.

    ¿Cuál será entonces la verdadera
    solución del aparente dualismo de aquellos dos grupos de
    palabras sobre la divinidad de Cristo?.

    Para encontrar esta solución hay que recordar las ideas
    filosófico-religiosas de aquel tiempo. Según estas
    ideas, muy vulgarizadas también en la teología
    judaica, existían tres clases de seres razonables: Dios,
    espíritus puros y hombres. Los espíritus puros eran
    seres dotados de poderes divinos. Así por ejemplo, eran
    ellos quienes habían creado el mundo; porque Dios como ser
    Supremo, no podía mancharse con la creación del
    mundo material. Para esta tarea creó Dios a los
    mencionados espíritus puros.

    La teología judaica, en tiempos de Cristo, se
    había compenetrado de estas ideas y hasta enseño
    que, no Dios mismo, sino los ángeles habían dado la
    ley a
    Moisés en el Monte Sinaí, una doctrina que el mismo
    San Pablo reproduce en su carta a los Gálatos. (Gal. 3,
    20).

    Con la base de esta filosofía teológica, que
    tuvo un desarrollo muy
    grande en el Gnosticismo, tan a la moda en el mundo entero
    entonces, se soluciona fácilmente el dualismo entre las
    dos clases de expresiones sobre la divinidad de Cristo.

    En efecto, si se supone que Cristo haya sido considerado como
    uno y el más grande de aquellos espíritus
    superiores, se comprende enseguida por qué por un lado se
    le atribuían cualidades divinas, y por el otro, una
    subordinación completa a Dios.

    La prueba más rotunda de que hay que buscar la
    solución aquel antagonismo por este camino, la dan las
    mismas palabras de San Pablo, quien en su carta a los Efesios se
    refiere directamente a tales ideas, diciendo: "También
    recuerdo de vosotros en mis plegarias, para que el Dios de
    Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os
    dé un espíritu sabio e inteligente, a fin de que lo
    conozcáis… mediante aquel signo de su gran poder que
    mostró en Cristo al resucitarlo de los muertos y al
    ponerlo en el Cielo a su derecha, muy por encima de los
    Príncipes, Poderes, Potestades y cualquier otro ser que
    existe no sólo en éste, sino también en el
    otro mundo".

    (Ef. 1. 17). Se ve por estas palabras que San Pablo
    consideraba a Cristo como un ser que ha sido puesto por Dios, por
    encima de todos aquellos espíritus, de los cuales
    nombró nueve diferentes clases.

    La misma idea expresa San Pablo en su carta a los Colosos
    diciendo: "Él (Cristo) es el visible lugarteniente del
    invisible Padre, el primogénito ante toda la
    creación, Pues en él fueron creadas todas las cosas
    visibles e invisibles en el Cielo y en la Tierra:
    Tronos, Dominaciones, Príncipes, Potestades –todo es
    creado por él y para él -. También es
    él anterior a todos los demás y todo tiene
    sólo en él su consistencia". (Col. 1, 15).

    Expresa aquí San Pablo que la superioridad que,
    según el texto anterior, Cristo tiene sobre estos
    espíritus, la tenía ya antes de su existencia
    terrena, porque Cristo era el Primogénito o sea la primera
    creación del Padre y, recién entonces, por
    él y para él fueron creados los demás
    espíritus.

    Era necesario inculcar a los Efesios y Colosos esa creencia en
    la superioridad de Cristo sobre los demás espíritus
    o ángeles; porque en Efeso y Colosas ciertos cristianos se
    dedicaban al culto de aquellos espíritus,
    considerándolos iguales y tal vez superiores a Cristo. Por
    eso les escribió el apóstol: "Que no os arrebate
    nadie la palma de la victoria, quien se complace en un
    despreciable culto de ángeles, se jacta de visiones y, no
    teniendo por qué, está hinchado de vanidad, sin
    quedar unido con la cabeza (Cristo), por la cual todo el cuerpo,
    engendrado y mantenido por articulaciones y
    músculos, posee un crecimiento efectuado por Dios". (Col.
    2, 18).

    En forma análoga, dice la carta a los
    Hebreos: "Mediante él (Cristo), creó (Dios) el
    mundo. Él es el resplandor de su gloria y la imagen de su
    ser, y él mantiene con su poder el Universo.
    Él también, después de haber consumado el
    sacrificio expiador para los pecados, ha tomado asiento a la
    derecha de la majestad divina, en la altura, y sobrepasa tanto en
    poder a los ángeles cuanto los supera el nombre que
    heredó. Porque, ¿a quién de los
    ángeles ha dicho Dios alguna vez: "Tú eres mi hijo,
    hoy te he generado?". (Hebr. 1, 2). Estas palabras: "Tú
    eres mi hijo, hoy te he generado" son de los salmos (Salmo 2, 7),
    donde Dios las dice a David, por lo que se ve que ni el nombre
    "Hijo", ni la expresión "Generar" han de ser tomadas en un
    sentido real, sino espiritual y figurado. Es una gran falta
    desconocer esta idiosincrasia de los judíos.

    Según estas palabras, Cristo es la imagen del Padre
    como también Adán lo fue, a quien Dios creó
    "según su imagen y semejanza". (Génesis 1),
    Además heredó el título "Hijo", un
    título que David también tenía. Por cierto,
    posee Cristo el título "Hijo" por razones muy superiores
    que David; pero Cristo heredó el título, lo que
    quiere decir que hubo un tiempo en que no lo tenía.

    Efectivamente, que hay una gran diferencia entre el
    título "Hijo de Dios" (1), y Dios mismo, lo
    confirma también Cristo en el Evangelio de San Juan,
    Cristo había dicho a los judíos: "Yo y el Padre
    somos uno. Entonces los judíos levantaron piedras para
    apedrearlo. Pero Jesús les previno y dijo: os he mostrado
    muchas obras buenas que son de mi Padre. ¿Por cual de
    estas obras queréis matarme?. Los judíos le
    contestaron: No por una obra buena queremos apedrearte, sino por
    la blasfemia; porque tú, aunque eres solamente un hombre,
    te das por Dios. Jesús les replicó: ¿No
    está escrito en vuestra Sagrada Escritura: He dicho:
    Dioses sois?. Por lo tanto si Dios ha llamado "Dioses a los que
    fue dirigida la palabra de Dios, y si debe cumplirse la Sagrada
    Escritura ¿cómo podéis decir entonces a
    quien el Padre consagró y mando a este mundo: tú
    blasfemas de Dios; porque yo dije: soy Hijo de Dios?". (Juan 10,
    30).

    De esta conversación se desprende lo siguiente:

    Primero: Jesús niega rotundamente haber cometido una
    blasfemia en el sentido de los judíos. Con otras palabras:
    él no ha querido en ningún momento igualarse a Dios
    con ninguna de sus manifestaciones.

    Segundo: según Jesús, la misma Sagrada Escritura
    da a los hombres hasta el título de dioses, sin que esto
    implique una divinidad verdadera en ellos.

    Tercero: Jesús afirma aquí, que él se da
    el título de "Hijo de Dios" tan sólo por su
    consagración y misión divina.

    Esta explicación del título "Hijo de Dios" dada
    por el mismo Cristo, debería echar por tierra de una
    vez por todas la idea de una divinidad real en Jesús.

    Coincide con esta explicación lo que nos dice la
    historia de la
    Iglesia. Sabemos que en lo primeros tres siglos los escritores
    eclesiásticos desconocían de un modo absoluto una
    verdadera divinidad de Cristo. Especialmente los autores de
    Oriente, entre ellos el más importante, Orígenes,
    que era tan cristiano como sabio, niega en absoluto tal
    divinidad.

    La divinización de Cristo empezó en Roma y
    así se explica que en el año 318, o sea apenas
    después del cierre de las catacumbas, Arrio, sacerdote de
    Alejandría, se opusiera enérgicamente a esa
    divinización, secundado no sólo por el ilustrado
    obispo Eusebio, sino también por la gran mayoría de
    obispos de su tiempo, de manera que San Jerónimo, al
    escribir los sucesos de aquella época, exclamó: "Et
    miratus est orbis, esse se arianum", lo que significa: Y el orbe
    terrestre se asombró, al ver que era arriano.

    Empezó entonces una lucha encarnizada de Roma contra el
    arrianismo: tuvieron lugar persecuciones tan sangrientas, que
    recordaban los tiempos de Nerón, sólo que esta vez
    los mismos cristianos se mataban entre ellos. Concilio tras
    concilio fueron celebrados y la tierra resonaba de anatemas hasta
    que después de un siglo Roma salió victoriosa y la
    tierra a la fuerza
    "convencida" de la verdadera divinidad de Cristo.

    CAPÍTULO SEGUNDO

    LA
    DIVINIDAD DE CRISTO A LA LUZ DE SU GRAN PROFECIA

    Hemos visto que es imposible interpretar las palabras de la
    Sagrada Escritura en el sentido de que Cristo haya sido y sea
    verdaderamente el mismo Dios. Muy al contrario, entendiendo las
    palabras de la Biblia en el sentido en que habían sido
    redactadas, se ve en seguida que en aquel entonces ni se pensaba
    todavía en una divinidad de Cristo.

    Pero aunque el Nuevo Testamento hubiese aseverado que Cristo
    era Dios y aunque todos los cristianos lo hubiesen confesado,
    existe una prueba irrefutable en contra de tal divinidad; una
    prueba que por si sola basta para destruir definitivamente toda
    posibilidad de que Cristo haya sido Dios. Y esta prueba nos la ha
    dado el mismo Cristo por su gran profecía de su
    próximo retorno al mundo para el juicio final,
    profecía que falló del modo más
    absoluto.

    Era esta profecía el Ceterum censeo, el alfa y omega no
    solamente de la prédica de Cristo, sino también de
    la de los apóstoles, quienes, imbuidos de esta creencia,
    cifraban en ella todas sus esperanzas, y llevaron al
    espíritu de todos los cristianos la misma ilusión
    que alentaba a ellos. Y si el cristianismo
    consiguió tantos prosélitos y se propago con tanta
    rapidez ha sido, en primer término, porque la
    anunciación de la próxima vuelta de Cristo hizo una
    profunda impresión, ya que todos los convertidos
    vivían en la firme persuasión de la inminencia del
    gran acontecimiento. En esta esperanza vivieron los primeros
    cristianos y con esta esperanza murieron.

    Pero esa profecía de Cristo no solamente tiene su gran
    importancia, por haber sido el punto central de la doctrina y
    creencia cristiana, sino también, porque era y es la
    piedra de toque para la cuestión del origen divino o
    humano de la persona de Cristo y de su religión.

    En efecto: si Cristo hubiese cumplido aquella profecía,
    el origen divino de su persona y doctrina habría sido
    ampliamente comprobado.

    Pero nos vemos frente a un hecho que es trascendental en su
    significado, el hecho que Cristo no cumplió esta gran
    profecía de volver al mundo, mientras que sus
    apóstoles estaban todavía con vida. El
    fenómeno sobrenatural, único en la historia de la
    humanidad, de que un ser volviese al mundo después de
    muerto, este fenómeno no se ha producido y no se
    producirá jamás; porque una profecía que no
    se cumplió en el tiempo fijado por ella misma, tal
    profecía ha comprobado, por sí sola, que era una
    profecía falsa. Y, en vez de comprobar la divinidad de
    Cristo y de su doctrina religiosa, resulta ser todo lo contrario:
    el veredicto definitivo de su autor.

    No escapará al criterio del lector que es absolutamente
    necesario descubrir debidamente este hecho, que con singular
    maestría se ha ocultado hasta ahora al mundo entero y en
    particular al mundo cristiano.

    En efecto: si los cristianos hubiesen sabido el fracaso de
    aquella profecía de Cristo, que con letras imborrables,
    está escrita casi en cada página del Nuevo
    Testamento; silos teólogos cristianos no hubiesen
    disimulado el verdadero significado de las palabras que predican
    aquella profecía, si hubiesen confesado la verdad
    íntegra –la divinidad de Cristo habría pasado
    hace mucho a la historia-.

    Por eso mismo nos incumbe el deber de tratar esta
    cuestión, esta gran profecía de Cristo, con toda
    minuciosidad, para que de una vez por todas quede sentado que
    Cristo aquí erró, erró como jamás ha
    errado un hombre, y que, por esta misma razón, él
    no podía ni puede ser Dios.

    Al empezar ahora nuestro estudio sobre la profecía de
    Cristo, dividiremos el plan en dos
    partes: la primera tratará de las palabras mismas de
    Cristo y la segunda de las de sus apóstoles.

    I

    LA PROFECÍA DE CRISTO SEGÚN
    SUS MISMAS PALABRAS

    Desde el día en que Cristo inició su
    prédica pública, empezó también a
    hablar del día del Juicio Final, para sancionar así
    su palabra con la promesa de un premio eterno para los que la
    aceptaran y de un castigo, igualmente eterno, para los que la
    acogieran con indiferencia o incredulidad. Al principio,
    indeterminada y sin fijación de fecha más o menos
    precisa, la profecía del Juicio Final hízose cada
    vez más clara y definida.

    He aquí la primera amenaza hecha a las ciudades de
    Israel, Cafarnaum
    y Betsaida que, a pesar de sus milagros no se habían
    convertido: "A Tiro y Sidón les será más
    soportable el día del juicio que a vosotros". (Mat. 11,
    21). Y a todos los judíos previene: "Los habitantes de
    Nínive saldrán de acusadores contra este pueblo
    porque ellos aceptaron la prédica de Jonás –y
    aquí hay más que Jonás". (Mat. 12, 41).
    Más tarde pinta Cristo el cuadro del Juicio Final: "El
    Hijo del Hombre mandará a sus ángeles y
    éstos juntarán de su reino a todos los seductores y
    malhechores y los lanzarán al fuego, donde habrá
    clamor y estridor de dientes". (Mat. 13, 41). Y a sus
    apóstoles promete: "Amén os digo, vosotros que me
    habéis seguido; en la resurrección, cuando el Hijo
    del Hombre se siente en su espléndido trono, vosotros os
    sentaréis en doce tronos y juzgaréis las doce
    tribus de Israel". (Mat. 19, 28). Culmina este cuadro en la
    más grandiosa y detallada profecía que Cristo hizo
    del Juicio Final según el evangelio de Mateo (25, 31- 46)
    y que todos nosotros conocemos por el insuperable cuadro de
    Miguel Angel en la capilla Sixtina, donde Cristo, separando los
    buenos de los malos, pronuncia la sentencia final.

    En todas estas profecías que hemos citado hasta ahora,
    no hay ninguna indicación o insinuación de la fecha
    del Juicio Final.

    En cambio veremos a continuación seis profecías
    del mismo Cristo, que expresan esa fecha, no con precisión
    numérica, señalando hasta el día del
    terrible acontecimiento, pero sí con una exactitud
    completamente determinada y al alcance del control de todo
    el mundo.

    Pues Cristo promete en cada una de estas seis profecías
    que iba a volver en la generación contemporánea y
    cuando aún alguno de sus apóstoles estuviera con
    vida.

    PRIMERA PROFECIA DE CRISTO

    Habiendo Jesús hablado de su próxima vuelta, San
    Pedro le reprochó porque no quería saber de una
    muerte de su
    querido Maestro pero Jesús retó a Pedro
    recordándole que su muerte sería necesaria para
    volver en gloria: "Porque pronto volverá el Hijo del
    Hombre en la gloria de su Padre y entonces retribuirá a
    cada uno según sus actos. Amén os digo, hay algunos
    entre los que están aquí, que no gustarán
    la muerte
    hasta que no vean al Hijo del Hombre venir en la gloria de su
    reino". (Mat. 16, 27: Marc. 9, 1; Luc. 9, 27). ¿Acaso
    podía Cristo haber hablado con más claridad de la
    que hay en estas palabras?. ¡Estoy seguro que
    no!.

    SEGUNDA PROFECÍA DE CRISTO

    Jesús la pronunció cuando había hablado a
    sus apóstoles de los sufrimientos que durante la
    prédica del Evangelio tendrían que soportar por
    parte de los judíos en Palestina. Con el objeto de
    consolarlos, agregó que estas persecuciones felizmente no
    durarían mucho tiempo, porque antes de los
    apóstoles hubiesen terminado su misión
    serían sorprendidos por la llegada de Cristo al Juicio
    Final: "Amén, os digo, vosotros no terminaréis con
    (la prédica en) las ciudades de Israel, hasta que no
    vuelva el Hijo del Hombre". (Mat. 10, 23).

    Como se ve, dirige Jesús su palabra a los mismos
    apóstoles, diciéndoles que ellos mismos no
    podrían terminar su prédica en la Palestina antes
    de su vuelta quiere decir, que Cristo ni piensa siquiera en
    sucesores de los apóstoles, o en una conversión de
    todo el mundo cuando apenas queda tiempo para la
    conversión de la Palestina.

    Según esta profecía y la anterior, la vuelta de
    Cristo en ningún caso podría demorar más
    allá del primer siglo. Al contrario, como Cristo hizo
    estas profecías más o menos en el año
    treinta y tres, su vuelta al mundo debía haber tenido
    lugar, a más tardar, a fines del primer siglo.

    TERCERA PROFECÍA DE CRISTO

    Esta profecía es la más importante de todas, se
    destaca muy especialmente por el hecho que Cristo repite
    constantemente a sus apóstoles, que son ellos mismos
    quienes tendrán que sufrir todas las angustias que
    precedan su vuelta al Juicio. Además, la fecha de su
    regreso está aquí determinada por otro
    acontecimiento: la destrucción de Jerusalem, que
    según esta profecía deberá ocurrir poco
    antes de la vuelta de Cristo. Este culmina sus palabras con la
    solemne promesa de que no pasará la actual
    generación sin que no se produzca todo cuanto haya
    dicho.

    Por la gran importancia de esta profecía, he
    creído necesario reproducirla íntegra, por
    más extensa que sea. He elegido el texto del evangelista
    Mateo, con el cual coinciden más o menos, los textos de
    Marcos y Lucas. He aquí el relato:

    "Cuando Jesús abandonó el templo y se alejaba,
    se le acercaron sus discípulos para llamar su
    atención sobre el edificio del templo. Pero él les
    explicó: no hagáis caso de esto; amén os
    digo, que no quedará ninguna piedra sobre la otra.

    Cuando más tarde estaba sentado en el Monte Olivo, se
    le aproximaron sus discípulos y le preguntaron:
    ¿Cuándo será todo esto y cuál es la
    señal de tu vuelta y del fin del mundo?.

    Jesús les contestó: cuidado que nadie os
    engañe porque muchos van a abusar de mi dignidad y os
    dirán: yo soy el Cristo –y seducirán a
    muchos. Vosotros sentiréis de guerras y
    rumores de guerra. Cuidaos, sin embargo. Que no perdáis el
    ánimo; porque así debe venir- pero todavía
    no es el fin.

    Pues se levantará un pueblo contra el otro y un imperio
    contra el otro. También habrá aquí y
    allá peste, hambre y temblores; pero todo esto es
    sólo el principio de las angustias.

    Entonces os entregarán al suplicio y os matarán
    (1): porque seréis odiados por todos los
    paganos de Palestina por mi nombre.

    Muchos van a sucumbir entonces, a traicionar y odiarse los
    unos a los otros. También surgirán muchos profetas
    falsos que engañarán a muchos. Y como el
    ateísmo abunda, se enfría en muchos el amor. Pero
    quien soporte hasta el fin, será salvado.

    Y este Evangelio del reino de Dios será predicado en
    todo el país (Palestina), para que sea confesado delante
    de todos los paganos y entonces vendrá el fin.

    Tan pronto como vosotros veáis la "horrorosa
    abominación", de la cual habla el profeta Daniel
    (2) –el que lea esto que lo entienda bien- huyan
    los que de vosotros vivan en Judea a las montañas, y el
    que esté en la terraza no baje para sacar sus cosas de la
    casa, y quien esté en el campo no vuelva para sacar su
    vestido.

    Mas ¡ay de las preñadas y de las que críen
    aquellos días –Orad, pues, que vuestra huida no sea
    en invierno ni en sábado porque habrá una
    tribulación tan grande como no fue nunca desde el
    principio del mundo hasta ahora, ni será. Y si aquellos
    días no fueran acortados, no se salvaría nadie;
    mas, por causa de los escogidos, aquellos días
    serán acortados.

    Si entonces alguien os dice: he aquí está Cristo
    o allí, no creáis. Porque se levantarán
    falsos Cristos y falsos Profetas (3) y darán
    señales
    y prodigios grandes para seducir si fuera posible hasta a los
    escogidos. He aquí, os lo he dicho de antemano.

    Así que si alguien os dice: ¡Mirad, él
    está en el desierto –no salgáis!
    ¡Mirad, él está en las cámaras
    –no creáis!. Porque como un relámpago (que
    sale en el Oriente y brilla hasta el Occidente) así
    será la vuelta del Hijo del Hombre; los buitres se juntan
    allí donde hay un cadáver. (El cadáver son
    los pecadores; y donde hay pecadores tendrá lugar el
    juicio).

    Pronto después de la tribulación de aquellos
    días, el sol se
    obscurecerá, la luna no dará ya su lumbre, las
    estrellas caerán del Cielo (1) y las fuerzas
    del Cielo serán conmovidas. Y entonces aparecerá el
    signo del Hijo del Hombre en el Cielo y se lamentarán
    todas las tribus del país y verán al Hijo del
    Hombre venir en las nubes del Cielo con gran poder y majestad. Y
    él mandará a sus ángeles con fuertes voces
    de trompeta y juntarán sus escogidos de los cuatro vientos
    y desde un horizonte a otro.

    De la higuera aprended esta similitud: cuando brota su rama y
    salen sus hojas, sabéis que el verano esta cerca.
    Así también vosotros, cuando veáis todo
    esto, sabréis que mi vuelta está cerca, a las
    puertas.

    Amén os digo: esta generación no pasará,
    hasta que no acontezcan todas estas cosas. Cielo y tierra
    pasarán pero mis palabras no pasarán". (Mat. 24, 1
    – 35; Marc. 13, 1 – 32; Luc. 21, 5 – 33).

    En esta profecía podemos hacer constar tres hechos:

    Primero, Cristo, contestando a la pregunta de los
    apóstoles sobre el fin del mundo, dice que tendrá
    lugar poco después de la destrucción de Jerusalem,
    que se produjo en el año 70, de acuerdo con una supuesta
    profecía de Daniel.

    Segundo, Cristo dice a los apóstoles que son ellos
    mismos quienes tendrán que sufrir todas las angustias que
    precedan tanto la destrucción de Jerusalem, como el fin
    del mundo.

    Tercero, Cristo declara finalmente, en la forma más
    solemne que ambos hechos acaecerán antes de desaparecer la
    actual generación.

    Con esta última declaración, Cristo repite lo
    que había dicho en las primeras dos profecías,
    sólo que la solemnidad de su promesa esta vez es muy
    superior a la de los vaticinios anteriores.

    CUARTA PROFECÍA DE CRISTO

    Pronunció Jesús esta profecía el
    día de su muerte y se puede agregar que murió por
    ella. En efecto, ya preso, fue llevado a la presencia del Sumo
    Pontífice Caifás quien a raíz de esta
    profecía lo declaró reo de muerte. He aquí
    el relato bíblico:

    "El Pontífice le dijo: te conjuro por el Dios viviente
    que nos digas si eres tú el Cristo, Hijo de Dios.

    Jesús contestó: tú lo has dicho;
    además os digo: dentro de poco (1)
    veréis al Hijo del Hombre a la derecha de Dios y venir en
    las nubes del Cielo".

    Entonces el Pontífice rasgó sus vestidos,
    diciendo: Blasfemo: ¿Qué más necesidad
    tenemos de testigos? ¡He aquí, ahora habéis
    oído su
    blasfemia! ¿Qué os parece?.

    Y respondiendo ellos dijeron: "es reo de muerte". (Mat. 26,
    63; Marc. 14, 62; Luc. 22, 69).

    El lector habrá advertido que también en esta
    profecía, Cristo se dirige a su auditorio: el
    Pontífice y la gente que lo rodea, y les asegura
    solemnemente que ellos mismos lo verán dentro de poco
    venir en la gloria de su Padre.

    QUINTA PROFECÍA DE CRISTO

    Encontramos esta profecía en el evangelio de San Juan.
    Jesús la hizo después de su resurrección,
    cuando sorprendió a sus apóstoles, ocupados en la
    pesca en el
    mar de Tiberíades. Dice el texto:

    "Cuando Pedro se dio vuelta y vio seguir a aquel
    discípulo, al cual amaba Jesús (el que
    también se había recostado en su pecho durante la
    Cena y le había dicho: Señor, ¿quién
    es el que te ha de entregar?), entonces Pedro, viéndolo a
    este, dice a Jesús: "Señor ¿y éste,
    qué?.

    – Jesús le contesta: "Si yo quisiera que él
    quede, hasta que yo venga, ¿qué te importa a ti?-
    ¡Sígueme tú!".

    Salió entonces este dicho que entre los hermanos que
    aquel discípulo no había de morir. Mas Jesús
    no dijo: no morirá –sino: si yo quisiera que
    él quede, hasta que yo venga, ¿qué te
    importa a ti?". (Juan 21, 20).

    También en esta profecía dice Cristo
    indirectamente, que él volverá estando la actual
    generación con vida. De lo contrario, su
    contestación a Pedro sería ridícula; porque
    Juan solamente habría podido quedarse hasta la vuelta de
    Cristo, si ésta hubiese tenido lugar dentro de un tiempo
    razonable. Los mismos discípulos entendieron de esta
    profecía, que la vuelta de Cristo estaba muy cerca y hasta
    creían que Juan no moriría antes de ese
    acontecimiento. El apóstol corrige esta última
    creencia en forma condicional, no la primera, y afirma en su
    carta, como veremos más adelante, que Cristo pronto
    volverá.

    Así confirma esta profecía las anteriores en
    todo sentido.

    SEXTA PROFECÍA DE CRISTO

    Esta última profecía la hizo Cristo en el
    momento de su ascensión al Cielo. Son las últimas
    palabras de él, según el evangelio de Mateo. Dice
    el texto:

    "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el
    fin del mundo". (Mat. 28, 20).

    Cristo promete aquí a sus apóstoles que
    él estará con ellos, o sea que no los
    abandonará, ¿Hasta cuando? ¿Hasta su
    muerte?. No, porque antes de esta muerte se cumplirá la
    gran promesa, la gran profecía de Cristo; pues el
    volverá mientras que, por lo menos, algunos de sus
    apóstoles estuvieren con vida. Y por eso les promete
    aquí estar con ellos hasta el fin del mundo. Promete estar
    "con ellos". No habla de sus sucesores. En efecto. ¿Para
    qué? Si él volverá tan pronto, si ellos
    viven todavía, si no acaban de predicar el evangelio en la
    Palestina, si tienen que vigilar y estar alertas, porque el
    día menos pensado viene Cristo. como un ladrón en
    la noche, como un rayo del Cielo- ¿Para qué
    entonces sucesores de los apóstoles?. Efectivamente:
    ¿para qué?.

    En resumen de todo esto, es posible establecer que Cristo en
    cada una de las seis profecías prometió, en forma
    inequívoca, que él volvería al Juicio Final,
    mientras que la entonces generación contemporánea y
    hasta algunos de sus discípulos estuvieran todavía
    con vida.

    Que este era el sentido de las profecías de Cristo
    está ampliamente confirmado por una serie de palabras y
    parábolas, que son la consecuencia natural de su
    convicción de que próximamente volvería al
    mundo.

    Pues si era cierto que Cristo, dentro de poco e inopinadamente
    (ni él mismo sabía indicar la fecha exacta),
    volvería al Juicio Final para llevar los buenos al Cielo y
    los malos al infierno, entonces era necesario que sus fieles, los
    cristianos, estuvieran listos para aquel día.

    Y así Cristo pronunció una serie de
    amonestaciones y parábolas, inculcando con ellas a los
    suyos que vigilaran y estuvieran preparados para el día de
    su vuelta al mundo. Recuerdo tan sólo la parábola
    de las cinco vírgenes prudentes que estaban listas con las
    lámparas preparadas y provistas de aceite, y las
    cinco fatuas que durmieron no teniendo aceite en sus lamparas. De
    repente viene el novio celeste y lleva a las prudentes consigo,
    mientras que las fatuas van en busca de aceite, perdiendo de esta
    manera la entrada al Cielo. Termina esta parábola con las
    palabras. "Velad pues, porque no sabéis el día ni
    la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir". (Mat. 25. 1
    – 13). Recuerdo además la parábola del
    ladrón en la noche, quien viene sin avisarse, y con quien
    compara Cristo su llegada, concluye esta similitud con la frase:
    "Luego también vosotros estad listos, porque el Hijo del
    Hombre ha de venir a la hora que no pensáis". (Mat. 24,
    44). Y la parábola del siervo que dormía, cuando su
    amo lo sorprendió con su llegada, imparte la moraleja:
    "Vendrá el Señor de aquel siervo el día que
    no espera, y la hora que no sabe; y lo separará, y le
    dará su parte con los hipócritas, donde
    habrá clamor y crujir de dientes". (Mat. 24, 50).
    También en Mateo 24, 42 dice Cristo: "Velad, pues, porque
    no sabéis a que hora ha de venir vuestro
    Señor".

    Como se ve, dirige Cristo en todas estas manifestaciones su
    palabra directamente a sus oyentes, apercibiéndolos a fin
    de que estén listos y preparados para el día de su
    llegada. Nos preguntamos: ¿Para qué estas continuas
    y constantes amonestaciones para prepararse para el Juicio Final,
    si Cristo no hubiese tenido la firme convicción que
    él retornaría dentro de muy poco tiempo?
    ¿podía haber hablado así, sabiendo que iban
    a pasar miles de años antes de su vuelta?. Sólo un
    hombre ciego y lleno de prejuicios podría afirmar tal
    cosa. Quien toma y lee los textos en el sentido natural y real
    que tienen, llega sin ninguna duda a la absoluta seguridad de que
    Cristo efectivamente tenía el propósito y la
    convicción de volver pronto al Juicio Universal.

    Finalmente deducimos igual resultado de otra clase de
    palabras de Cristo, las que se refieren a la predicación
    del evangelio.

    En efecto, si Cristo iba a volver tan pronto al Juicio Final,
    si, según sus propias palabras, los apóstoles hasta
    aquel momento no podrían terminar ni siquiera la
    conversión de la Palestina, ¿qué objeto
    tenía entonces una conversión del mundo que en
    ningún caso hasta su vuelta podía realizarse?.

    Y así vemos que Cristo considera que tanto su propia
    tarea, como la de los apóstoles, consiste tan sólo
    en convertir a los judíos y hasta prohibe a sus
    apóstoles predicar el evangelio a los paganos. He
    aquí sus palabras.

    "No vayáis a los paganos, sino a las ovejas perdidas de
    Israel". (Mat. 10, 5). "He sido mandado solamente a las ovejas
    perdidas de la casa de Israel. (Mat, 15, 24). "Vosotros
    seréis mis testigos en Jerusalem y en toda la Judea y
    Samaria y hasta los límites
    del país". (Actos de los Ap. 1, 8). "Id y predicad a todas
    las tribus (las doce tribus de Israel) y bautizadlas en nombre
    del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". (Mat. 28,
    19).

    En consecuencia los apóstoles se limitaron a predicar
    tan sólo a los judíos de Palestina, salvo muy raras
    excepciones, como lo es la conversión del capitán
    pagano Cornelio (Actos 10) que, por otra parte, dio motivo a
    violentas recriminaciones por parte de los judíos
    convertidos a la fe cristiana, pues éstos consideraban a
    las gentes extrañas a su raza, y en especial a los
    romanos, como gente inferior, a los cuales calificaban de
    perros
    inmundos.

    Como condición previa para admitirlos en las nuevas
    creencias, exigían de ellos el cumplimiento de los actos y
    reglas de Moisés. Sólo la autoridad de
    San Pablo pudo imponer –después de muchas luchas- el
    reconocimiento de la propagación del Evangelio entre los
    paganos. La resolución definitiva fue tomada recién
    en el concilio de los apóstoles en el año 50 (Actos
    15).

    Esta resolución fue facilitada por los grandes milagros
    que San Pablo había efectuado entre los paganos,
    considerándoselos como una aprobación de la obra
    del apóstol por parte de Dios. Sólo así se
    explica esta medida que contrariaba al espíritu y a la
    práctica de Cristo y su expreso mandato.

    En efecto, si Cristo hubiese alguna vez encargado a los
    apóstoles predicar el Evangelio también a los
    paganos, esas dificultades jamás habrían surgido.
    Pero Cristo no encomendó tal prédica, porque estaba
    seguro de su próxima vuelta al mundo para el Juicio
    Final.

    En resumen, podemos ahora constatar que Cristo, en mil
    diferentes oportunidades y en mil variaciones, anunció su
    próximo retorno al mundo, que este era el "amén" de
    toda su prédica, y la sanción de su Evangelio,
    debiendo su vuelta realizarse en vida de la generación que
    le era contemporánea.

    Y ahora estos mismos hechos, aunque ya estén
    comprobados, recibirán su confirmación definitiva
    en los escritos de los apóstoles, los continuadores
    inmediatos del Mesías.

    II

    LA PROFECÍA DE CRISTO EN LOS ESCRITOS
    DE LOS APÓSTOLES

    Nadie mejor que los mismos apóstoles debían
    conocer la doctrina de Cristo y su verdadero significado. Ellos
    habían seguido a Jesús desde sus primeros pasos, y
    de él habían recibido prácticamente su
    doctrina, le habían escuchado sus predicciones, y
    adquirido la convicción de su próximo regreso.

    Imbuidos de estas ideas y francamente convencidos de ola
    verdad de su vaticinio, no omitieron nunca en su campaña
    de difusión del nuevo espíritu creado por el
    Maestro, la mención de su próxima vuelta,
    insistiendo en este hecho, y transformándolo en uno de los
    más sólidos pilares de la doctrina, y en uno de los
    alicientes e incentivos
    más seductores para atraer a la masa de los oyentes.

    Si estos apóstoles, los discípulos más
    selectos, los continuadores de la cruzada elegidos por el mismo
    Mesías para llevar su verbo a todos los rincones de
    Palestina, expresan clara y precisamente en sus escritos la
    seguridad del regreso del Redentor, nosotros logramos presentar
    un nuevo argumento tan fidedigno, tan contundente, tan
    indestructible como el primero, del error que el transcurso del
    tiempo ha permitido ver que existía en ese anunció,
    y en esa doctrina.

    Ahora bien, quien ha dejado más escritos, en los
    cuales, con una sinceridad, claridad e insistencia que a veces
    confunden, preanuncia la próxima vuelta de Cristo al
    mundo, es el apóstol Pablo el que por su incansable
    actividad ha contribuido más que nadie a la
    divulgación de la doctrina cristiana. Como el estudio de
    sus cartas me ha ocupado durante ocho años, y la
    versión que hice de ellas mereció señalados
    elogios por ser la primera y única traducción fiel
    (1), hablo aquí más que nunca con
    absoluto conocimiento de causa. He aquí los
    testimonios:

    PRIMER TESTIMONIO

    (Carta a los Corintios – 1. Cor. 15,
    51)

    "Mirad, os anuncio una profecía: no todos nosotros
    moriremos; pero todos seremos transformados en un momento, en un
    abrir y cerrar de ojos, en el último toque de la trompeta.
    Pues sonará la trompeta y entonces tanto los muertos
    resucitarán en incorruptibilidad, como nosotros seremos
    transformados, porque es necesario que esto corruptible sea
    vestido de incorrupción y esto mortal de
    inmortalidad".

    Esta palabra de San Pablo no puede ser más clara. El
    apóstol está absolutamente convencido que el Juicio
    Final lo encontrará a él y a los corintios en
    general, con vida todavía. Cree que al último toque
    se levantarán los muertos vestidos de un cuerpo
    incorruptible, y que él y los corintios entonces, se
    transformarán en un momento, cambiando su cuerpo mortal
    por un cuerpo inmortal.

    SEGUNDO TESTIMONIO

    (Carta a los Tesalónicos – 1.
    Tes. 4, 13)

    "Sobre la suerte de los dormidos (muertos) no
    quisiéramos dejaros en ignorancia, hermanos, para que no
    os aflijáis como los demás que no tienen ninguna
    esperanza. Porque, como creemos que Jesús después
    de haber muerto resurgió, así Dios llevará a
    los dormidos por Jesús y con él, arriba hacia
    sí".

    "Pues os aseguramos con una palabra del Señor, que
    nosotros, que estamos todavía en el mundo y quedaremos
    vivos hasta la vuelta del Señor, no llegaremos por eso
    antes que los dormidos a la meta. Porque
    cuando el toque de alarma retumbe y el Arcángel su voz
    levante, la trompeta de Dios suene, y el Señor mismo
    descienda del Cielo, entonces primero surgirán los muertos
    en Cristo;: recién después también nosotros,
    que quedamos en vida, seremos llevados juntos con ellos hacia el
    Señor".

    Para comprender el motivo que determinó esas
    manifestaciones de San Pablo, es necesario recordar que los
    tesalónicos estaban inquietos por la demora de la vuelta
    de Cristo, tantas veces prometida, y esta inquietud
    creció, cuando algunos miembros de la colectividad
    cristiana murieron; pues se temía que ellos no
    podrían participar en la vuelta de Cristo. Con esta
    preocupación se dirigieron a San Pablo, quien entonces les
    escribió el párrafo
    citado. El efecto fue sorprendente. Los tesalónicos,
    seguros ahora
    de la inminencia de la vuelta de Cristo, hasta dejaron de
    trabajar (2 Tes. 3, 11), no pensando en otra cosa, sino en la
    llegada de Cristo. En esta seguridad fueron excitados por
    exaltados, que en las reuniones religiosas (1) se
    daban por posesos del Espíritu Santo, vaticinando la
    inminente llegada de Cristo, como si ésta fuera ya un
    hecho.

    El apóstol, enterado de este estado anormal, se vio
    obligado a dirigirse nuevamente a los tesalónicos, y en un
    pasaje un tanto confuso de esta segunda carta, niega haber dicho
    que el día del Señor hubiese llegado ya,
    desautorizando a la vez a los exaltados. Recuerda a los
    tesalónicos haberles dicho, que antes de la vuelta del
    Señor debería aparecer el Anticristo, cuyos
    primeros indicios ya se notan, el que pronto vendrá
    seguido por Cristo, quien lo matará.

    En otras palabras: San Pablo no retira sus anteriores
    manifes-taciones, sino que las suaviza para confirmarlas
    nuevamente. He aquí el texto:

    TERCER TESTIMONIO

    (SEGUNDA CARTA A LOS TESALÓNICOS
    – 2. TES. 2, 1)

    "Os rogamos hermanos no exaltaros tan pronto por la vuelta del
    Señor Jesucristo y nuestra unión con él, y
    no dejaros confundir ni por un exaltado, ni por una supuesta
    palabra o una carta de nosotros, como si nosotros
    hubiésemos dicho: el día del Señor ya
    está. ¡Que nadie os engañe de ninguna
    manera!".

    "Porque primero debe venir el apóstata, el gran
    malhechor, el hijo de la perdición, aquel opositor que se
    levanta por encima de todo lo que se llama Dios y divino, de tal
    suerte, que se siente en el templo de Dios (en Jerusalem),
    haciéndose pasar por Dios. ¿No os recordáis
    que os decía esto, cuando estaba todavía con
    vosotros?".

    "Y ahora aprended también el obstáculo que
    recién lo deja aparecer en su tiempo. Porque aquella
    profecía ya se engendra. Sólo falta que
    aquél que retiene la iniquidad, se quite de en medio, y
    entonces se manifestará el inicuo a quien el Señor
    en su magnífica aparición matará y
    aniquilará con un soplo de su boca, y cuya
    presentación, como obra de Satán, se produce con
    toda clase de milagros y signos
    falaces, y con toda clase de seducciones en castigo de los
    condenados, porque han rechazado la doctrina de la verdad, por la
    cual debían salvarse".

    CUARTO TESTIMONIO

    (PRIMERA CARTA A LOS CORINTIOS – 1.
    COR. 7, 25)

    Este testimonio tiene su origen en una pregunta que por carta
    hicieron los corintios al apóstol, porque también
    ellos creían la próxima llegada de Cristo y
    sabían las angustias que a este acontecimiento
    precedían. Seguramente conocían también la
    palabra de Cristo: "¡Ay de las preñadas y de las que
    críen en aquellos días!". (Mat. 24, 19). Por esta
    razón le preguntaron a San Pablo si en vista de todo esto
    no sería mejor que los padres de hijas núbiles
    impidieran que éstas se casaran ; pues en aquel tiempo
    decidía el padre sobre el casamiento de las hijas. San
    Pablo, fiel a su convicción del próximo fin del
    mundo contesta a la pregunta con las siguientes palabras:
    "Respecto a las vírgenes no he recibido ningún
    mandamiento por el Señor; pero puedo dar un consejo en
    esta causa, por cuanto el Señor me dio la gracia de ser
    buen consejero". "Creo, pues, que por la inminente angustia es lo
    mejor que ellas queden así (es decir: vírgenes), ya
    que para cada uno de nosotros sería lo mejor estar
    así". "Si ya estás ligado a una mujer, no busques
    la separación. En cambio si estás libre de mujer,
    no la busques". "Pero si a pesar de esto te casaras, no
    cometerás ningún pecado. Tampoco pecaría la
    virgen si se casa, pero sufrirá angustias terrestres, de
    las cuales yo os quisiera preservar". "Porque os digo, hermanos
    míos, que nuestro tiempo está muy escasamente
    medido". "Por eso también aquellos que tienen mujer, vivan
    así, como si no la tuvieran; y los que lloran, vivan
    así como los que no lloran; los que se alegran así
    como quienes no se alegran; los que comercian con el mundo,
    así como quienes no comercian con él". "Porque la
    gloria de este mundo pasa". A estas palabras de San Pablo agrego
    tan solo, que si los cristianos hubiesen seguido el consejo del
    apóstol, no tendría yo necesidad de escribir este
    libro. Los siguientes testimonios serán reproducidos sin
    comentario alguno, ya que no lo necesitan.

    QUINTO TESTIMONIO

    (1. Cor. 1, 4)

    "Siempre agradezco a Dios por vosotros, debido a la gracia que
    Dios os ha dado en Jesucristo". "Porque en él
    habéis conseguido superabundancia en todo sentido: en toda
    clase de lenguas y de inteligencia (por lo cual la doctrina de
    Cristo fue confirmada entre vosotros) de suerte, que no os falta
    ningún don del Espíritu y sólo
    esperáis la aparición de Nuestro Señor
    Jesucristo".

    SEXTO TESTIMONIO

    (Carta a los Filipos – Fil. 1,
    9)

    "Y por eso ruego que vosotros, amados míos,
    aumentéis cada vez más en sabiduría y
    verdadera inteligencia, para distinguir lo bueno de lo malo, de
    suerte que estéis íntegros y sin manchas en el
    día de Cristo, cargados con los frutos de la justicia".

    SEPTIMO TESTIMONIO

    (Fil. 3, 20)

    "Nuestra patria en cambio es el Cielo. De allí
    también esperamos nosotros al Señor Jesucristo como
    nuestro redentor. Él transformará nuestro cuerpo
    miserable para ser semejante a su cuerpo transfigurado, mediante
    la facultad que tiene de poder sujetar a sí todas las
    cosas". "Luego de esta esperanza, mis muy queridos hermanos, mi
    alegría y mi corona, estad firmes en el Señor".

    OCTAVO TESTIMONIO

    (1. Tes. 5, 23)

    "Pero él mismo, el Dios de la paz, os santifique
    enteramente, y vuestro espíritu, alma y cuerpo, queden
    conservados inmaculados hasta la vuelta de Nuestro Señor
    Jesucristo. Él que os llamó, responde, que
    también lo hará".

    NOVENO TETSTIMONIO

    (2. Tes. 1, 6)

    "Es pues, justo, que Dios (1):

    1) retribuya con angustia a vuestros opresores.

    2) pero de alivió a vosotros, los oprimidos en
    unión con nosotros";

    Ad 1) "cuando el Señor Jesús con los
    ángeles, como ejecutores de su poder, aparece desde el
    Cielo para castigar con llamas de fuego a aquellos (paganos) que
    no quieren saber nada de Dios, y a aquellos (judíos), que
    no prestan obediencia al Evangelio de Nuestro Señor
    Jesús. Y éstos sufrirán, como castigo, la
    eterna perdición, separados de la faz del Señor y
    de su gloria y potencia";

    Ad 2) "cuando vendrá en aquel día, para ser
    glorificado en sus santificados y (rodeados de todos vosotros,
    que habéis aceptado la fe) para ser admirado".

    DÉCIMO TESTIMONIO

    (1. Tim. 6, 13)

    "Te amonesto delante de Dios, quien llena todo con vida, y
    delante de Jesucristo, quien ratificó nuestra hermosa
    confesión con la muerte, que te conserves sin mancha y sin
    reproche en la doctrina, hasta la aparición de Nuestro
    Señor Jesucristo".

    UNDÉCIMO TESTIMONIO

    (Tit. 2, 11)

    "Porque la gracia de Dios evidenció su poder redentor
    en todos los hombres, pues nos induce a deponer la iniquidad y
    los deseos mundiales, a vivir sobrios, justos y piadosos en este
    mundo, y a esperar nuestra beata esperanza; la aparición
    de la majestad de Nuestro Gran Dios y Redentor Jesucristo".

    DUODÉCIMO TESTIMONIO

    Terminamos las citas de las cartas de San Pablo con algunas
    frases aparecidas en sus escritos y dichas de paso: "Esto fue
    escrito para prevenirnos a nosotros, sobre los que ha venido el
    fin de los tiempos". (1. Cor. 10, 11).

    "El Señor está cerca". (Fil. 4, 5).

    "Porque la salvación no está ahora más
    cerca que cuando hemos aceptado la fe". (Rom. 13, 11)

    "Pero sepa que para estos últimos tiempos cosas
    terribles están por llegar". (2. Tim. 3, 11).

    En lo sucesivo citaré también algunos otros
    apóstoles, para que el lector vea que también ellos
    creían en la próxima vuelta de Cristo.

    DÉCIMO TERCER TESTIMONIO

    (Carta de San Juan – 1. Juan 2,
    18)

    "Hijos, ya está la última hora, y como
    habéis oído que viene un Anticristo, así
    existen ahora muchos Anticristos. En esto se conoce la
    última hora".

    DÉCIMO CUARTO TESTIMONIO

    (Carta de San Pedro – 1. Pedro 4,
    7)

    "Ha llegado el fin del mundo".

    Esta manifestación le salió a San Pedro
    –como parece- al revés de lo que había
    él mismo pensado. Pues la gente, cansada de oír
    tanto de la vuelta de Cristo y del fin del mundo, sin ver ni lo
    uno ni lo otro, empezó a murmurar y burlarse de la
    profecía.

    San Pedro, quien siempre se había destacado por su
    temperamento bastante colérico, escribió enseguida
    toda una carta en la cual, con el fin de poner coto a estas
    opiniones irrespetuosas y subversivas, ataca a esos cristianos
    con un lenguaje
    bastante inusitado en este género de
    correspondencia (1).

    El argumento de esta carta de San Pedro es el siguiente:

    "Dios os ha dado las más grandes y más preciosas
    promesas, mediante las cuales os haréis partícipes
    de la naturaleza divina en el día del Juicio Final (2.
    Pedro 1, 4). Pero hay que cultivar las virtudes y evitar los
    vicios; entonces, la entrada al reino eterno os quedará
    abierta (2. Pedro 1, 11); "Porque no os hemos dado a conocer la
    poderosa vuelta de Nuestro Señor Jesucristo siguiendo
    fábulas
    inventadas, sino por haber visto su majestad con nuestros propios
    ojos". (2. Pedro 1, 16).

    "Pero hay falsos profetas, aún entre vosotros (2, 1),
    que seducen a muchos; pero a todos ellos castigará Dios en
    el Día del Juicio (2, 9). Habría sido mejor para
    ellos no haber conocido nunca el camino de la salvación
    (2, 21). Escribí esta carta para que recordéis
    siempre la doctrina de los apóstoles".

    "Pues sabed antes de nada que en los últimos
    días vendrán burladores que andan tras sus propios
    deseos y dirán: "¿Dónde está su
    prometido retorno?". (3, 2).

    "Pero no olvidéis que delante del Señor un
    día es como mil años, y mil años como un
    día. El Señor no difiere el cumplimiento de su
    promesa (aunque algunos la tengan por tardanza), sino es paciente
    para con nosotros, porque no quiere que perezca nadie, sino que
    todos se dejen conmover a la penitencia". (3, 8).

    "Pero vendrá el día del Señor como un
    ladrón. En él, el Cielo estrellado pasará
    con gran estruendo y la Tierra con todo lo que está en
    ella será quemada". (3, 10).

    "Si por lo tanto, este Universo se
    disolverá, cuanto más estáis entonces
    obligados a una vida en santas y piadosas conversaciones –
    vosotros que con ansia esperáis la llegada del día
    de Dios…". (3, 12).

    "Por eso, amados, ya que vosotros esperáis tal cosa,
    procurad que seáis hallados de él sin
    mácula, sin reprensión y en paz". (3, 14).

    "¡Aprovechad, pues, la paciencia del Señor para
    vuestra salvación!".

    "Así también ha escrito nuestro querido hermano
    Pablo (con la sabiduría que le ha sido dada) en todas sus
    cartas, en las cuales habla de esto; entre lo cual hay algunas
    cosas difíciles de entender, y las que los indoctos e
    inconstantes tuercen en su perdición, como lo hacen
    también con otros textos de la escritura". (3, 16).

    Des esta carta del apóstol Pedro deducimos lo
    siguiente:

    Primero: ya en tiempos de los apóstoles muchos
    cristianos se dieron cuenta que la vuelta de Cristo era una
    fábula.

    Segundo: San Pedro trata de explicar la aparente demora,
    diciendo que se debe a la paciencia del Señor delante del
    cual mil años son como un día, y un día mil
    años, produciendo con esta comparación una
    confusión, pues este criterio no es del caso por cuanto
    Cristo no se había referido a años o días,
    sino sólo prometido volver en la generación
    contemporánea, estando los apóstoles todavía
    con vida. Luego no hay aquí cuestión alguna de mil
    años.

    Tercero: San Pedro busca otra salida, diciendo que las
    manifestaciones de San Pablo sobre la vuelta de Cristo son en
    parte obscuras y difíciles para entender. Esto no es
    cierto, como hemos visto. Lo único que hay es que San
    Pedro, en el gran apuro en que le han colocado, trata de ocultar
    el verdadero sentido de la profecía en
    cuestión.

    Cuarto: a pesar de todo repite el apóstol Pedro varias
    veces, que pronto ha de llegar el día del Señor y
    que todos estén listos, pues Cristo no tardará en
    volver.

    Y con esta promesa de la vuelta de Cristo se ha ido desde los
    tiempos de los apóstoles de siglo en siglo.

    La historia eclesiástica relata que antes del
    año 1,000 innumerables personas se volvieron locas o se
    mataron por miedo de la próxima llegada de Cristo. Ahora
    dicen que es el año 2,000. Cuando estaba en el primer
    tiempo en el convento, teníamos un padre (W. W.) quien de
    libros proféticos, especialmente de "mujeres santas",
    sabía calcular que la abuela del Anticristo ya
    debía estar en el mundo, y que el fin de éste
    sería infaliblemente antes del año 2,000!.

    No necesito repetir que no hay ya posibilidad de una vuelta de
    Cristo, y que el mundo después del año 2,000,
    seguirá existiendo como antes. Lo que hay es que los
    teólogos, desde los tiempos de los apóstoles, han
    querido dar a esta profecía de Cristo un tiempo indefinido
    para crear una eterna ilusión en el creyente y justificar
    la subsistencia de la Iglesia y la sucesión de los
    apóstoles.

    La profecía de la vuelta de Cristo se ha convertido en
    la famosa espiga de trigo del carro del labriego, que éste
    utilizaba para hacer avanzar a su asno.

    Lo que a nosotros interesa en este asunto es el hecho que
    Cristo ha emitido una profecía que no se ha cumplido.

    Este hecho –sea cual fuere la interpretación que se le dé- nos
    demuestra, más que ningún otro, que Cristo no era
    Dios. Cualquier tentativa de salvar la divinidad de Cristo
    fracasa ante este hecho. El lector, quien sin prejuicio
    alguno ha leído este capítulo, no puede menos que
    reconocer esta gran verdad.

    CAPÍTULO TERCERO

    LA
    DIVINIDAD DE CRISTO A LA LUZ DE SUS MILAGROS Y
    DOCTRINAS
    (*)

    I LOS MILAGROS DE CRISTO

    II LA DOCTRINA DE CRISTO

    CONCLUSIÓN

    SEGUNDA PARTE

    DIOS Y LA
    BIBLIA (*)

    INTRODUCCIÓN

    CAPÍTULO PRIMERO – EL DIOS DEL
    VIEJO Y NUEVO TESTAMENTO (*)

    I DIOS EN EL VIEJO TESTAMENTO

    II EL DIOS DEL NUEVO TESTAMENTO

    CAPÍTULO SEGUNDO – LA
    BIBLIA (*)

    I LAS TRES CULTURAS DE LA INDIA, CALDEA
    Y PALESTINA

    II EL ORIGEN VERDADERO DEL VIEJO
    TESTAMENTO

    III EL ORIGEN VERDADERO DEL NUEVO
    TESTAMENTO

    IV ALGUNAS PRUEBAS DE LA
    IDENTIDAD DE
    LOS TEXTOS

    V LAS DEMAS FUENTES DE LA
    RELIGIÓN CRISTIANA

    CONCLUSIÓN

    TERCERA PARTE

    LAS DIFERENCIAS ENTRE LA DOCTRINA DE CRISTO
    Y LA DE LAS IGLESIAS CRISTIANAS (*)

    INTRODUCCIÓN

    CAPÍTULO PRIMERO – EL PECADO
    ORIGINAL Y EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS (*)

    I LA NATURALEZA DEL PECADO ORIGINAL, SU
    ADQUISICIÓN, EFECTOS Y EXTINCIÓN

    II LA BIBLIA SOBRE EL BAUTISMO

    III LA INTRODUCCIÓN DEL PECADO ORIGINAL EN LA
    RELIGIÓN DE CRISTO

    IV EL VERDADERO SENTIDO DEL TEXTO DE LA CARTA DE SAN
    PABLO

    V CONSIDERACIONES FINALES

    CAPÍTULO SEGUNDO – LA
    CONFESIÓN Y EL PECADO
    MORTAL
    (1) (*)

    I EL PERDÓN DE LOS PECADOS SEGÚN
    CRISTO

    II EL PERDÓN DE LOS PECADOS SEGÚN LOS
    TEOLÓGOS Y EN LA IGLESIA DE HOY

    III LO QUE ALEGAN LOS TEOLOGOS PARA JUSTIFICAR LA
    CONFESIÓN DE HOY

    IV EL ERROR DE ESTA LÓGICA

    V CÓMO Y CÚANDO SE EFECTUO LA
    TRANSFORMACIÓN DE LA CONFESIÓN APOSTÓLICA EN
    LA DE HOY

    VI LOS GRANDES INCONVENIENTES Y LA INCOMPATIBILIDAD
    DE LA DOCTRINA TEOLÓGICA CON LA DOCTRINA DE CRISTO
    RESPECTO DE LA CONFESIÓN

    CAPÍTULO TERCERO – MATRIMONIO Y
    EXTREMAUNCIÓN (*)

    I EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

    II EL SACRAMENTO DE LA
    EXTREMAUNCIÓN

    CAPÍTULO CUARTO – LA MISA Y LA
    COMUNIÓN (*)

    I EL CARÁTER RELIGIOSO DE LA MISA Y DE LA
    COMUNIÓN

    II LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA EN
    LOS TIEMPOS DE LOS APÓSTOLES Y HOY

    III LAS PALABRAS DE LA TRANSUBSTANCIACIÓN, O
    SEA DE LA TRANSFORMACIÓN DEL PAN Y VINO EN EL CUERPO Y LA
    SANGRE DEL
    SEÑOR

    CAPÍTULO QUINTO – LA
    INFALIBILIDAD DEL PAPA (*)

    CONCLUSIÓN

    CUARTA PARTE

    LA
    MORAL DE
    CRISTO Y DE LA IGLESIA (*)

    INTRODUCCIÓN

    CAPÍTULO PRIMERO – LA FALTA DE CARIDAD EN LA
    IGLESIA

    CAPÍTULO SEGUNDO – LA TRANSFORMACIÓN DE
    LA RELIGIÓN EN SIMBOLISMO

    CAPÍTULO TERCERO – LA AVARICIA DE LA
    IGLESIA

    CAPÍTULO CUARTO – LA SOBERBIA FARISAICA EN LA
    IGLESIA

    CAPÍTULO QUINTO – EL AFAN DE LA IGLESIA PARA
    EL PODER MUNDIAL

    CAPÍTULO SEXTO – LA EDUCACIÓN DEL CLERO
    PARA EL CELIBATO

    CONCLUSIÓN

    (*)Para ver el texto seleccione la
    opción "Descargar" del menú superior

    FIN

    He de concluir mi obra. En la primera parte vimos que
    Cristo no era ni es Dios. En la segunda parte se ha demostrado
    que el Dios del Viejo y Nuevo Testamento, lejos de ser el Ser
    Supremo, no es más que un ídolo nacional judaico, y
    que la Biblia carece de toda autenticidad y veracidad, siendo en
    gran parte una simple copia de "Libros Sagrados" de otros
    pueblos. En la tercera parte se expuso la transformación
    de la religión cristiana en un sistema
    teológico completamente ajeno a la doctrina de Cristo.
    Finalmente, en la cuarta parte, se puso de relieve la
    inmensa diferencia entre la conducta de
    Cristo y de los apóstoles por un lado, y la
    práctica de sus representantes y sucesores por el
    otro.

    He aquí un cristianismo sin Cristo, sin Dios, sin
    libros sagrados, sin representación doctrinal, y sin
    representantes legítimos. Esto es: un cristianismo no
    sólo decapitado, sino científicamente
    descuartizado.

    Creo haber tratado cada uno de aquellos tópicos
    con criterio sereno y sin dejarme arrastrar por la
    pasión.

    Creo, además, que mis razones desde todo punto de
    vista, son convincentes para quien sabe juzgar sin prejuicio
    alguno.

    Creo, finalmente, haber cumplido con un deber ineludible
    al haber escrito este libro, para que el mundo entero se
    dé cuenta de cómo se le oculta la verdad religiosa
    y cuál es esta verdad.

    No es posible que los pueblos hoy cristianos sigan
    viviendo de ilusiones religiosas y de leyendas
    anticuadas, cuya falsedad está tan a la vista. No es
    posible que ellos sigan sacrificando las vidas de jóvenes
    entusiastas e inexpertos a un terrible engaño y entreguen
    su dinero y sus
    bienes a una
    iglesia que devoraría a todo el mundo si le fuera
    posible.

    Es por lo tanto una verdadera obligación sagrada
    para cuantos conocen la verdad, difundirla todo cuanto sea
    posible. Siendo el culto de la verdad la mejor religión,
    será su propagación un verdadero acto religioso. Y
    la Humanidad que tanto ha sufrido por persecuciones religiosas,
    recién podrá llegar a la verdadera fraternidad
    cuando estén abolidos todos los ídolos, y cuando no
    se conozca más que un solo Ser Supremo y una sola familia
    humana.

    ****************

    Y ahora, mis queridos ex – cofrades, toca a
    vosotros o seguir con la farsa o adherirse a la
    verdad.

    Es, naturalmente, más cómodo quedarse con
    la farsa y desoír la voz de la verdad. Así no
    sufriréis la pérdida del bienestar en que os
    encontráis, ni tendréis necesidad de buscar otra
    clase de ocupación, para empezar una nueva vida, como tuve
    que hacerlo yo. Seguiréis siendo curas, pero sabedlo bien:
    contra vuestra conciencia y perpetuando un engaño, por
    cuya razón, tarde o temprano, seréis el desprecio
    de cuantos conocen la verdad de las cosas y la falsedad de
    vuestra pretendida religión.

    En cambio, qué ejemplo daríais al mundo
    entero si, convencidos del engaño que se ha hecho con la
    religión, y del cual sois víctimas al igual que yo,
    tuvierais el coraje, no sólo de acatar la verdad, sino de
    convertiros en sus más ardientes defensores. Cada uno de
    vosotros que lo hiciera, hallaría –no os quepa la
    menor duda- el aplauso del mundo íntegro, por tal acto
    verdaderamente heroico. Y lo que más vale;
    tendríais la conciencia tranquila por haber cumplido con
    vuestro más grande deber: el de seguir y de predicar la
    verdad. Como hasta ahora habéis sido ciegos y guías
    de ciegos, así, en lo sucesivo, seáis sus
    guías hacia la verdad, y la verdad os librará (Juan
    8, 32).

    FIN DE

    "LA DESILUSIÓN DE UN
    SACERDOTE

    Rolando Javier Juárez Pérez

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