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Nuevas expresiones de la desigualdad social




Enviado por juantorres@uma.es



     

    Este trabajo es una
    primera aproximación al análisis de lo que podría ser una
    manifestación novedosa del fenómeno de desigualdad
    social característico de nuestras sociedades. Se
    trata del primer avance de una investigación más completa en la que
    tratamos de establecer empíricamente la realidad, la
    naturaleza y
    el alcance de dicho fenómeno, y que en estas
    páginas se limita a presentar las hipótesis de partida.

    1.
    La desigualdad en la sociedad
    capitalista

    La historia de la sociedad
    capitalista no ha podido ser sino la historia de la desigualdad.
    Un sistema
    socioeconómico basado en la escisión a la hora de
    disponer de los derechos elementales de
    apropiación y de los recursos que
    permiten producir los medios de
    satisfacción no puede traer otra consecuencia que el
    desigual disfrute y la diferencia a la hora de hacer frente a la
    necesidad.

    Efectivamente, el fenómeno de la desigualdad
    consustancial a nuestras sociedades es tan evidente como creo que
    son claras sus connotaciones más significativas y a las
    que me referiré brevemente para poder analizar
    después los rasgos diferenciales de un nuevo tipo de
    desigualdad emergente y que habría que empezar a tomar
    también en consideración.

    – Se ha manifestado claramente en expresiones
    objetivables: niveles de renta, acceso a bienes o
    servicios
    públicos, nivel de educación, gasto
    monetario, pauta de consumo, etc
    (Una visión general para España en
    Argentaria 1995).

    – Se traduce en términos de diferencias entre
    grandes colectivos o grupos de
    población homogéneos, hasta el punto
    de que el reconocimiento de éstos constituye el punto de
    partida del análisis social más riguroso. El inicio
    del pensamiento
    económico como disciplina
    científica no fue posible sin el desarrollo
    coetáneo de la primitiva sociología, del reconocimiento de las
    clases
    sociales y, precisamente por ello, su objetivo
    principal no pudo ser otro que el analizar la distribución de la renta y la riqueza entre
    ellas.

    – La desigualdad que hemos conocido a medida que se ha
    desarrollado el sistema capitalista ha sido un fenómeno de
    naturaleza plural, que no sólo afectaba a la propia
    condición material de los individuos, sino a su nivel
    cultural, a su ideología y a sus percepciones del mundo,
    llevando así consigo proyectos o
    visiones de la realidad también diferenciados.

    – El análisis de la desigualdad ha permitido
    siempre comprobar en qué efectiva medida no se trataba de
    un fenómeno resultado de la condición individual
    sino, por el contrario, que era la consecuencia de la
    escisión grupal y de la conformación de la sociedad
    en dinámicas estancas, pues está directamente
    originada por la distribución desigual del ingreso y la
    riqueza que es consustancial a la economía de mercado
    capitalista.

    – La desigualdad típica de la sociedad
    capitalista que hemos conocido se ha caracterizado también
    porque sus consecuencias de frustración relativa, de
    insatisfacción absoluta o en términos comparativos,
    no afectan solamente al individuo,
    sino que son generalizables y propias del colectivo social del
    que cada individuo se siente parte. Y, además, es
    precisamente la percepción
    de este tipo de desigualdad lo que ha permitido que se fortalezca
    incluso el sentido de grupo, toda
    vez que el individuo puede percibir que la padece como
    consecuencia de su propia ubicación grupal. La
    desigualdad, de esta forma, refuerza la imagen del
    colectivo desigual y su percepción de la distancia
    colectiva a la satisfacción.

    – Justamente por ello, en la medida en que la existencia
    y las consecuencias de la desigualdad se vinculan a las
    dinámicas colectivas, los grupos
    sociales incorporan el asunto de la desigualdad a estrategias de
    satisfacción más inmediatas: la cuestión del
    reparto, como reverso del desigual acceso y disfrute, pasa a
    formar parte del corazón de
    las demandas de los diferentes grupos sociales.

    – Ha sido justamente la existencia de una gran
    desigualdad lo que ha permitido que la historia de la sociedad y
    la economía capitalistas haya sido, también, la
    historia de una tensión distributiva permanente. Y,
    más en concreto, que
    el progreso social, en la medida en que ha ido proporcionando
    instancias de participación y negociación más abiertas, haya
    traído consigo un alivio evidente de los efectos de la
    desigualdad. En la medida en que ha habido suficientes
    oportunidades de negociación del reparto, el crecimiento
    económico y la mejora en las condiciones de
    participación democrática han permitido reducir la
    desigualdad o, por lo menos, lograr que ésta no se
    traduzca en niveles extremos de insastisfacción. Lo que
    Keynes
    expresó como "la paradoja en el seno de la abundancia" ha
    sido una contradicción y un elemento desestabilizador
    suficientemente potente como para abrir la puerta a estrategias
    paliativas de la desigualdad social.

    En resumen, éstos podrían ser los rasgos
    esenciales de un tipo de desigualdad que podría
    denominarse estructural, típica y consustancial a un
    régimen social capitalista que produce y reproduce la
    división social, la fragmentación y el mantenimiento
    de grupos sociales con capacidades, recursos y posibilidades de
    satisfacción restringidas por el acceso igualmente
    desigual que tienen a la dotación de recursos
    existente.

    Sin embargo, la hipótesis que
    trato de plantear es que en la época más reciente
    de la economía y la sociedad capitalista, que coincide
    precisamente con el dominio de lo que
    conocemos como neoliberalismo, se está modificando la
    naturaleza del fenómeno de la desigualdad, apareciendo
    como añadido un proceso de
    características mucho más dañinas y
    difíciles de erradicar.

    2. Las nuevas
    formas de la desigualdad social

    Trataré de señalar a continuación,
    con la prevención de que se trata tan sólo de
    formular hipótesis de partida o de vislumbrar tendencias
    que quizá no estén del todo definidas, los rasgos
    que me parecen más significativos y que hay que considerar
    especialmente.

    – En primer lugar, es un hecho que la desigualdad tiende
    a crecer en cualesquiera que sean sus expresiones tomadas como
    referencia, y tanto a nivel personal como
    global, de regiones o países y bien si se mide en
    diferencias, como si se considera en términos absolutos la
    situación de insatisfacción.

    Aunque no es necesario traer aquí a
    colación pruebas
    específicas de lo anterior, baste con recordar el
    incremento de personas o familias pobres (en la Unión
    Europea en 1970 había 30 millones de personas pobres y
    en la actualidad, según los datos de Eurostat
    hay a 57 millones), o la disminución en la parte de renta
    global (del 2,3% al 1,4%) que corresponde al 20% de la
    población más pobre del planeta, frente al aumento
    del 70% al 85% que ha registrado el 20% más
    rico.

    En todos los países del mundo, la
    proporción de las rentas totales que corresponden al
    trabajo asalariado han disminuido en mayor o menor
    cuantía, mientras que invariablemente ha aumentado la
    correspondiente a los beneficios del capital. La
    OCDE mostraba en un informe de 1996
    que la participación en la producción mundial de la 1/5 parte
    más pobre del planeta ha disminuído del 45% al 1%
    en los últimos treinta años. Y, en la gran
    mayoría de los países, las diferencias de renta
    personal han tendido a agrandarse de manera a veces espectacular.
    Así, en Estados Unidos
    los salarios y
    bonificaciones de los ejecutivos mejor pagados aumentaron un 951%
    entre 1975 y 1995 (cuando la tasa de inflación
    subió un 183%), mientras que los salarios de los
    trabajadores sólo aumentaron un 142%. (Sebastián
    1998:11).

    En fin, es de sobra conocido que la anual
    comparación que realiza el PNUD entre la riqueza de unas
    pocas docenas de personas y la inmensa mayoría de la
    población mundial es cada vez más desigual (PNUD
    1998).

    El aumento de las diferencias sociales de todo tipo,
    suficientemente verificado en multitud de estudios
    empíricos (Navarro 1997, Tortosa 1993), contrasta
    enormemente con lo que se había considerado
    convencionalmente que era el desarrollo "normal" de las
    sociedades. La célebre hipótesis de Kuznets,
    según la cual se irían reduciendo progresivamente
    las desigualdades sociales a medida que se fuera generando
    suficiente crecimiento económico, y la más
    elemental convicción de que el desarrollo histórico
    iba acompañado del propio crecimiento de la actividad
    económica, no son hoy sino formulaciones con muy escaso
    contenido real. Lo cierto ha sido que se ha debilitado el ritmo
    de crecimiento económico con carácter general, a causa de las políticas
    deflacionistas dominantes (Torres 1995) y que, además,
    incluso cuando éstas se han dado no han sido capaces de
    traer consigo una disminución sustancial, o incluso
    mínima, de la desigualdad.

    En resumen, una característica primera de los
    fenómenos de desigualdad es que no sólo no
    desaparecen, sino que aumentan en todo el mundo, con independencia
    de que se produzcan fases de expansión o de
    recesión económica.

    – En segundo lugar, la desigualdad contemporánea
    no se expresa solamente en términos de diferencias entre
    grandes grupos, como era propio de la desigualdad estructural a
    la que hice referencia más arriba. Se trata ahora de un
    fenómeno que se manifiesta como un mosaico de distintas
    intensidades y también desigualmente esparcido en la
    estructura
    social.

    Como he señalado, tradicionalmente
    habíamos percibido la desigualdad como una
    característica perceptible principalmente por la
    existencia de grandes y diferenciadas categorías sociales
    que se correspondían con la existencia de grandes
    morfologías colectivas. Se trataba de una desigualdad de
    naturaleza básicamente intergrupal

    Hoy día, la desigualdad tiende a darse
    también en el seno de esos mismos grupos, de manera que el
    hecho diferencial no aparece como consecuencia de la pertenencia
    a un grupo y a partir de la cual se deriva una diferencia
    respecto a los de otro cualquiera, sino que la desigualdad se
    puede percibir con semejante intensidad entre los propios
    miembros del macrogrupo al que se pertenece. La desigualdad,
    pues, no se da sólo, ni principalmente, entre clases,
    entre colectivos conformados objetivamente en virtud de una
    determinada posición social frente a los derechos o al uso
    de los recursos, sino que se produce en el mismo seno de estos,
    lógicamente, por circunstancias que son, entonces, mucho
    menos objetivables pero no por ello imperceptibles, como
    trataré de señalar en seguida.

    La consecuencia más inmediata de ello es que la
    desigualdad no proporciona una imagen de la sociedad en
    términos de grandes manchas, sino como una especie de suma
    de muchas variedades, desdibujada, sin perfiles nítidos
    entre los grupos, sin fronteras de desigualdad claramente
    establecidas en términos de clases o estratos sociales. Y,
    en consecuencia, con mucha menor posibilidad de establecer
    diferencias nítidas en el orden de los intereses, de las
    percepciones colectivas y de las demandas grupales.

    – En tercer lugar, la desigualdad a la que estoy
    refiriéndome como un fenómeno nuevo y reciente se
    caracteriza porque es el resultado del devenir individual,
    más que del pasado grupal.

    Tradicionalmente, también podía deducirse
    que la desigualdad era el resultado de la pertenencia a un
    determinado origen, podríamos decir que de un conjunto de
    condiciones heredadas. Sin embargo, en la actualidad, la
    desigualdad deriva más bien del futuro que del pasado. Es
    una condición que se va a generar a lo largo del recorrido
    vital y, en una gran medida, con independencia del origen social.
    No es, por lo tanto, el resultado de una determinada
    condición (desigual) de partida sino, sobre todo, una
    contingencia de destino.

    La gran diferencia que hoy muestran nuestras sociedades
    (en realidad, la gran paradoja de la dinámica de "progreso" que se ha generado)
    es que, tradicionalmente, el ciclo vital parecía tender
    preferentemente hacia la igualdad, toda
    vez que el conflicto por
    el reparto y la necesidad de evitar niveles inaceptables de
    deslegitimación habían provisto a los grupos
    sociales de instancias para paliar la desigualdad de partida o,
    al menos, para aliviarla a lo largo de la vida, mientras que
    actualmente puede estar sucediendo lo contrario. La
    condición desigual, o su resultado en términos de
    pobreza o
    marginación, puede ser un punto de llegada aunque no haya
    sido la condición de partida.

    – En cuarto lugar, la desigualdad más reciente se
    enfrenta a un problema muy agudo de predecibilidad. Se genera al
    producirse contingencias no grupales que no se pueden abordar,
    sin enormes efectos perversos, individualizadamente. La
    desigualdad que hoy día se estaría añadiendo
    a la que siempre hemos conocido en nuestras sociedades tiene que
    ver con una incapacidad generalizada para la previsión,
    con la incapacidad para incorporar las contingencias que la
    generan a lo que los juristas llamarían "las condiciones
    generales" en virtud de las cuales se contratarían los
    remedios posibles para evitarlas.

    Los regímenes tradicionales establecidos para
    hacer frente a las consecuencias indeseadas de la desigualdad se
    basaron en la formulación de una especie de contrato social
    suscrito a partir de los grandes números y orientado a
    proporcionar respuestas a contingencias colectivas o globales.
    Hoy día, la gama de contingencias que provocan las nuevas
    formas de desigualdad son, no sólo novísimas y por
    ello aún no tenidas en cuenta, sino de muy difícil
    singularización.

    La creciente desigualdad de género,
    por ejemplo, es bien expresiva de la aparición de nuevas
    formas de desigualdad/discriminación que no sólo no son
    paliadas por medio de los mecanismos tradicionales (Derecho de
    Familia), sino
    que, por el contrario, se ven agudizadas precisamente porque
    estos mecanismos no están concebidos sino en
    términos de riesgo
    típico y de contingencias homogeneizables.

    – Las nuevas situaciones de desigualdad están
    causadas en una gran medida por dos tipos de circunstancias. En
    primer lugar, porque la desigualdad que hoy día se produce
    no está ligada tanto a la dotación inicial de
    derechos y recursos, diríamos que al haz originario de
    derechos de apropiación de cada sujeto social, a su punto
    de partida, como a contingencias sobrevenidas muy marcadas por el
    azar.

    Hasta hace unos años era una evidencia general
    que unas pocas circunstancias, y particularmente la educación,
    podían explicar gran parte de la desigualdad existente.
    Según Mincer (1975:73), hace veinticinco años "las
    diferencias en capital humano
    explicaban a grandes rasgos el 60% de las diferencias de los
    ingresos en
    Norteamérica". Hoy día, sin embargo, se comprueba
    que se alcanza un alto nivel de desigualdad incluso entre grupos
    de personas con el mismo nivel educativo (Sarbanes 1994:169). En
    el caso español,
    por ejemplo, ya es posible observar que una mayor igualdad global
    va acompañada de mayor desigualdad en el seno de
    diferentes grupos educativos (Pena:912-914).

    En segundo lugar, porque resulta que lo que se
    solía considerar como la dotación inicial de
    recursos que permitiría alcanzar determinados
    estándares de riqueza, ingreso o bienestar se hace mucho
    más difusa. A grandes trazos, su expresión
    monetaria, per se homogénea y homogeneizadora, puede ser
    aún válida para poder diferenciar ventajas
    relativas, condiciones de vida diferentes o posibilidades de
    trayectoria vital determinadas. Pero es una medida que ya no
    basta para percibir la situación de diferencia real entre
    los colectivos o las personas. La misma condición
    monetaria puede incorporar con toda seguridad
    multitud de circunstancias y contingencias de desigualdad. El
    divorcio, a
    causa de un derecho de familia anquilosado; un accidente, en el
    contexto de un sistema de responsabilidad
    civil en crisis y con
    tendencia creciente a (im)perfeccionarse a través del
    establecimiento de estándares de seguridad; un despido, la
    incertidumbre generalizada en un régimen de precariedad
    laboral y
    vital creciente… terminan por provocar situaciones de
    diferencia en el seno de los grupos sociales homogéneos en
    lo monetario (Kimenyi 1995).

    Hoy día sabemos, por ejemplo, que el haber
    establecido garantías de tipo general para lograr el
    acceso universal de la población a la enseñanza no está garantizando que
    eso repercuta en una dotación igualitaria de recursos
    formativos. Precisamente, porque el establecimiento de un
    mecanismo igualitarista que responde a un principio de reparto de
    carácter universalista no elude la existencia de otras
    contingencias intragrupales. Así, el fracaso escolar
    motivado por circunstancias dispares o la diferente probabilidad de
    empleo de los
    egresados evidencia claramente que los factores de desigualdad no
    tienen que ver con el establecimiento de pasarelas de alcance
    intergrupal, porque es en el seno de los propios grupos sociales
    y con una casuística muy difusa donde se generan las
    causas de la desigualdad que va a ser sobrevenida.

    – Por último, un efecto tremendamente importante
    del origen intergrupal de la desigualdad es que éstas son
    generadoras de exclusión.

    Mientras que la desigualdad estructural, inter grupos,
    tiende incluso a fortalecer las relaciones de pertenencia, la
    imagen de colectivo y la capacidad de respuesta del propio grupo,
    es decir, su posibilidad de encontrar coincidencias
    estratégicas en la demanda de
    mayor satisfacción frente a la frustración relativa
    que se percibe nítidamente, la desigualdad intragrupal
    deshilvana estas relaciones.

    El efecto más dramático de la desigualdad
    contemporánea es, precisamente por ello, la
    marginación. El desfavorecido tiende a enajenarse del
    grupo, porque es en relación con este mismo como comprueba
    la consecuencia de su condición desigual.

    Mientras que, quizá paradójicamente, la
    desigualdad estructural de la sociedad capitalista incentiva la
    aparición de lazos de solidaridad
    grupal, la desigualdad reciente es la desigualdad excluyente, que
    desdibuja los tejidos sociales
    de referencia. )Dónde encuentra el profesional de clase media su
    necesaria imagen vicaria para generar lazos de refortalecimiento
    mutuo, en qué universo se
    circunscribe el parado de larga duración, cuál es
    la referencia, que antes hubiéramos llamado "de clase", de
    la madre soltera, del joven sin empleo, del trabajador pobre, o
    del jubilado forzoso a los 45 años, )cuál es el
    vínculo entre el trabajador ocupado y sus vecinos
    parados?

    En definitiva, una condición
    socioeconómica de esta naturaleza implicaría
    reconocer que hoy día la desigualdad presenta una especie
    de doble frente, de doble expresión. Por una parte, la
    desigualdad estructural vinculada a la permanencia de una
    sociedad escindida, en donde la existencia de clases y estratos
    sociales de posición objetiva diferenciada tiene
    todavía una repercusión evidente, una influencia
    decisiva sobre las opciones, las condiciones de disfrute y sobre
    las posibilidades de satisfacción. Es una desigualdad, de
    todas formas, que no tiende a disminuir, pero que se entrelaza
    con una nueva forma de discriminación.

    3.
    Nuevas
    fuentes de
    desigualdad

    Es muy importante advertir que estas nuevas expresiones
    de la desigualdad no sustituyen a la desigualdad intergrupas
    más tradicional y típica de las sociedades
    capitalistas. Se trata, y eso es también su lado
    aún más negativo, de una desigualdad
    añadida. Puede decirse que se trata de la aparición
    de nuevos generadores sociales de desigualdad, de nuevas fuentes
    de la misma que, una gran medida, podemos ya
    reconocer.

    a) Por un lado, una crisis que ha afectado al papel del
    Estado y de
    las instituciones
    colectivas en la sociedad, en particular las que tienen que ver
    con las estructuras de
    bienestar y de negociación sobre el reparto.

    Sabemos que el llamado Estado de Bienestar (Guerrero y
    Díaz 1998:137-166) no produjo una igualación
    significativa, ni mucho menos, de los niveles de renta en
    nuestras sociedades. Pero, a pesar de ello, repercutió de
    manera muy positiva a la hora de extender niveles universales de
    bienestar; permitió paliar los efectos más
    desestabilizadores de la desigualdad, promoviendo mecanismos de
    solidaridad colectiva y provisión de bienes
    públicos gracias a las políticas redistribuidoras;
    instituyó racimos de derechos de acceso general; y
    permitió que se extendieran ciertos criterios de equidad como
    principios
    orientadores de las decisiones sociales esenciales.

    Además, en la medida en que el tipo de riesgo al
    que se deseaba hacer frente era de caracter global y susceptible
    de homogeneizar, la inaccesibilidad a determinados bienes y
    derechos de grandes colectivos de la sociedad podía ser
    eficazmente combatida suministrando la posibilidad general de
    acceso a los mismos, con independencia de las contigencias
    intragrupales que no estaban afectando a esa posibilidad de
    acceso sino de forma muy marginal.

    El debilitamiento de todas estas estructuras,
    instituciones, políticas y principios de bienestar o de
    redistribución, por muy tímidas que hayan podido
    ser en el contexto capitalista en que se dieron, ha provocado
    lógicamente un incremento de la desigualdad estructural
    pero también la pérdida de las necesarias
    coberturas para hacer frente a las nuevas manifestaciones de
    necesidad. Esto es lo que ha hecho que se hagan mucho más
    vulnerables los Aextremos@ sociales, la población
    especialmente sujeta a riesgos (que
    no tiene por qué constituir una morfología
    poblacional previa determinada) y que hayan aparecido, junto a
    más desigualdad tradicional, sus nuevas
    manifestaciones.

    b) Por otro lado, la crisis de las relaciones sociales
    de carácter general y la vida económica. El sistema
    capitalista ha funcionado históricamente sobre la base de
    extender el trabajo
    asalariado como una relación ambivalente: el trabajo no
    era sólo la prestación a partir de la cual
    podía obtenerse un medio de vida, sino que era, a su vez,
    la garantía para mantener una pauta de consumo y de
    satisfacción material legitimadora.

    Hoy día, el trabajo, a pesar de mantener
    paradójicamente su centralidad como mecanismo de socialización, ocupa menos tiempo del
    trabajador considerado en su conjunto, de la clase trabajadora,
    y, al mismo tiempo, tampoco es la garantía esencial de
    satisfacción.

    La crisis del trabajo deriva, por demás, en
    distintos fenómenos que producen y refuerzan la
    desigualdad intragrupal. Primero, porque al hacerse escaso se
    generaliza la exclusión del mercado de trabajo y se
    desarticula así la primera y más importante
    fórmula de fortalecimiento grupal: la condición
    misma de asalariado. Segundo, porque la relación salarial
    se desentiende de su función
    mantenedora de la pauta de satisfacción. Tercero, porque
    el trabajo se realiza cada vez más en condiciones de
    inseguridad e
    incertidumbre, bien por el mayor riesgo de perderlo sin
    alternativa alguna, bien porque incluso los costes financieros y
    de todo tipo que es preciso soportar para ejercerlo se elevan de
    manera vertiginosa.

    Finalmente, el incremento de las diferencias salariales,
    la segmentación de las actividades laborales
    y, en general, el cambio en las
    condiciones de organización del trabajo modifican la
    relación laboral al provocar el desmantelamiento de los
    espacios del trabajo colectivo, la jerarquización
    disipativa y la aparición de estrategias de competencia que
    socavan los vínculos de acercamiento
    tradicionales.

    Todo ello ha tenido dos consecuencias más
    específicas sobre la generación de nuevos procesos de
    discriminación y desigualdad. Por un lado, la
    pérdida del sentido de clase, la ruptura de los referentes
    y la instauración de un universo del trabajo que ya no
    propicia el encuentro sino que, por el contrario, conforma una
    percepción atomística del mundo por parte de los
    propios trabajadores. Por otro, la pérdida de
    sindicación que hoy día constituye una variable
    inmediatamente vinculada por la investigación
    empírica con la mayor desigualdad obervada en nuestras
    sociedades.

    c) Estos dos procesos que acabo de mencionar provocan
    igualmente una crisis en las propias morfologías grupales,
    cambios sustanciales en las categorías y en las relaciones
    de interacción social.

    Actualmente, hablar de "trabajadores", de "clase obrera"
    o, incluso, de "empresariado", apenas si equivale a decir algo.
    La nueva forma de incidencia del tiempo, generador de
    incertidumbre e inseguridad en la trayectoria vital (Beck 1998);
    el papel diferente del espacio, que en lugar de referente de
    estabilidad constituye un marco de movilidad permanente y de
    instantaneidad; o las nuevas formas de concebir el trabajo
    modifican las relaciones sociales hasta ahora objetivables, que
    ya dejan de ser la forma elemental de incardinación, de
    socialización. El género, la condición de
    la familia, la
    temporalidad, el paro (como un
    fenómeno verdaderamente interclasista), el tipo de
    cotidianeidad y toda una serie de condiciones sociales mucho
    más difusas, auténticos lugares opacos de los
    social o de lo colectivo, tal y como lo hemos entendido
    común y convencionalmente, constituyen hoy día los
    referentes a los que hay que mirar para contemplar el origen de
    desigualdades que no están vinculadas a las condiciones de
    grupo que se han objetivado tradicionalmente.

    d) Finalmente, ha jugado un papel principal en estos
    procesos una radical crisis antropológica, una verdadera
    crisis del sujeto social que lo ha llevado a quedar sumido en
    nuestra época en la individualidad humanamente más
    inerme, porque no se ha producido como resultado de un proceso de
    introspección trascendente sino como consecuencia de una
    verdadera disipación del ser social en el uno mismo, o
    mejor, en la dimensión más incapaz y frustrante del
    yo.

    Desde el aislamiento y la soledad los sujetos no pueden
    hacer frente a la incertidumbre sino en términos de
    inseguridad. Y ello, junto a la confusión con que se
    presentan las referencias conformadoras de la identidad, ha
    dado lugar a que los procesos de insatisfacción no se
    conviertan en demandas colectivas de respuesta, sino en la
    desidentificación o, en el peor de los casos cuando estos
    procesos se hacen patológicos, en la asunción de
    referentes perversos que se muestran en la numerosa criminalidad
    iniciática de los jóvenes, en la
    drogadicción, o en la asunción de la
    paralegalidad como escenario vital de miles de
    familias.

    El individuo, desentendido de los demás, no
    refuerza ni reclama entonces lo que no es distintivo suyo, sino
    de él junto a éstos, y reduce su universo a una
    aspiración desarraigada y fatal que termina por ser un
    único y no-referente común. Enclaustrado en ese
    universo de lo individual, sin asideros y sin conciencia de
    vivir en una situación que no es aislada sino
    común, su transcurso vital se limita a ser un simple
    ejercicio de supervivencia y no la conquista de la libertad que
    debería ser propia de cualquier experiencia
    humana.

    4. Problemas de
    percepción

    Las nuevas formas de desigualdad comportan serios
    problemas de tratamiento, principalmente, porque no cabe
    abordarlas desde políticas universalistas tradicionales y
    porque precisan de una detección mucho más
    singularizada y específica que las expresiones de la
    desigualdad social. Me referiré aquí a los
    problemas de percepción que hoy día tenemos para
    poder determinar con precisión y rigor operativo su
    verdadera presencia en nuestras sociedades.

    El primero de ellos es que se produce en un contexto
    social de gran y creciente opacidad.

    A pesar de que se multiplican y mejoran nuestros medios
    de análisis, es cada vez más complejo poder
    detectar los rasgos de nuestra realidad desigual, sus
    manifestaciones concretas, su presencia personal, su existencia
    singular y no sólo estadísticamente
    agregada.

    En particular, en este aspecto nos encontramos con
    varias limitaciones importantes:

    a) El
    conocimiento estadístico disponible y generalmente
    utilizado está orientado a descubrir la situación
    de grandes grupos homogéneos en cuyo seno se da una
    distribución probabilística de los sucesos. Pero la
    desigualdad a la que nos estamos refiriendo es, valga la
    redundancia, de distribución muy desigual y aleatoria en
    el propio seno de los grupos donde se produce, de manera que es
    necesario modificar nuestra percepción de las
    categorías sociales y de las referencias habituales a la
    hora de establecer grupos y variables.

    Un ejemplo específico de estas limitaciones es el
    relativo al conocimiento
    de la distribución funcional de la renta, tal y como
    habitualmente está siendo utilizado. A la vista de la
    mayor diferenciación salarial, de la multiplicación
    de categorías y condiciones laborales, la
    sustitución espuria de asalariados por trabajadores
    legalmente autónomos, o la difuminación de las
    diferentes rentas del capital, la distribución funcional
    que solemos analizar deja de ser un reflejo exacto, incluso, de
    la desigualdad entre los grandes grupos de rentas. Mucho menos,
    de lo que sucede en su seno.

    b) Además, la desigualdad se produce en una
    dimensión individual de muy difícil
    percepción porque está detrás, por
    así decirlo, de todo un bosque de derechos formales
    igualitaristas que no permiten contemplar con nitidez la
    situación personal. Aparentemente, todos los ciudadanos
    tienen iguales derechos reconocidos y la misma posibilidad de
    acceder a bienes y servicios de
    promoción, todos ellos conviven en
    condiciones de igualdad de oportunidades, pero su
    condición desigual no depende ya de la ausencia o no de
    esos derechos de acceso, sino de su peor condición a la
    hora de hacer frente a contingencias cuya casuística mucho
    más singular, aleatoria y diversificada no puede ser
    cubierta por derechos transversales.

    El segundo problema es que ésta difícil
    percepción de la desigualdad más moderna hace que
    hoy día sea una desigualdad que los ciudadanos sienten,
    pero que aún no se percibe como un problema objetivable.
    Y, justamente por ello, se trata de un fenómeno social
    todavía políticamente irrelevante. Aunque no
    sólo por su opacidad.

    El problema principal es que, como ya he apuntado, ni
    las políticas redistributivas de la mejor intención
    pero que toman como referencia los grandes grupos sociales, ni
    las políticas de protección basadas en estrategias
    de universalización pueden hacerle frente con la eficacia
    necesaria.

    El tercer problema es que al producirse estos
    fenómenos de desigualdad como procesos centrífugos
    en el seno de los grupos sociales de pertenencia y provocar la
    exclusión del mismo, debilitando así pues el papel
    del propio grupo como referente, la desigualdad excluyente se
    realimenta permanentemente. En esta nueva condición
    desigual, los individuos no tienden a contemplarse como
    integrantes del colectivo desigual, sino que, excluidos, se
    perciben a ellos mismos como la expresión única de
    la desigualdad, sólo son imagen de sí mismos. De
    ahí, el proceso continuado de fragmentación
    (Minguione 1993) a través de la exclusión
    permanente que actualmente constituye una de las connotaciones
    más típicas de nuestras sociedades.

    Por eso, esta nueva dimensión de la desigualdad
    no puede comprenderse sólo como un asunto de diferencias o
    de distancias. Es una evidencia que las situaciones a las que ha
    coadyuvado de manera fundamental una crisis antropológica
    y un grave desmoronamiento del sistema de valores
    sociales no pueden resolverse, ni tan siquiera paliarse, operando
    tan sólo en el reducido universo de las magnitudes y las
    cantidades.

    En resumen, en este trabajo preliminar tan sólo
    me he propuesto llamar la atención, al socaire de un aniversario, de
    la aparición de un nuevo tipo de fenómeno social al
    que entiendo modestamente que deberíamos atender con
    prontitud los científicos sociales. Como creo que queda
    suficientemente planteado, se trata de un problema especialmente
    complejo y arduo por varias razones, y no sólo por su
    novedad: por su difícil percepción empírica,
    que requiere nuevos estudios estadísticos, nuevos
    instrumentos de análisis y nuevas definiciones; por su
    viscosidad
    social, toda vez que no aparece vinculado a grupos sociales
    especialmente señalados y con conciencia de riesgo: porque
    no puede ser abordado desde las políticas igualitaristas
    convencionales y porque dada su naturaleza polisémica no
    puede entenderse ni resolverse sin el concurso de diversas
    especialidades del conocimiento. Tan inútiles serán
    las aproximaciones economicistas como los intentos de abordarlo y
    resolverlo sin modificar los procesos económicos que, en
    todo caso, lo están provocando.

    Bibliografía
    Citada

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    TORTOSA, J.M. (1993). "La pobreza capitalista". Tecnos.
    Madrid.

    Juan Torres López

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