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1.-Consideraciones generales: Sábato y la distorsión definitiva de la construcción social del intelectual

Ernesto Sábato es uno de los escritores que más ha hecho por posicionarse contra Borges en términos políticos. Lo hace en los ya citados Diálogos compaginados por Orlando Barone, en sus charlas públicas, en sus homenajes al propio Borges, en sus prólogos y en las fajas de sus libros. Cada vez que Sábato se distancia de Borges en política, la figura del comprometido se ratifica en él. Luego, los problemas en la representación social del intelectual comprometido en Argentina dejan de ser sutiles (indiferenciación entre Cortázar y Walsh) cuando se pasa a ubicar a Sábato en el lugar del sujeto crítico argentino, en el del hombre confiable.

En su iracunda obra Sábato o la moral de los argentinos, publicada en 1997, María Pía López y Guillermo Korn hacen la genealogía de la legitimidad sabatiana y colocan en el centro de su análisis a medios gráficos como la revista Gente, a programas televisivos como el de Mariano Grondona o a los periodistas que más se han destacado en la divulgación de la falacia Sábato- compromiso. Los medios, algunos periodistas y los gobiernos se han apropiado de Sábato para legitimarse. Sábato les ha aportado, principalmente, con la equidistancia acrítica que señalan López y Korn y que señalaremos desde otro lugar más adelante aquí, y que consiste, sobre todo en los años 60, en defender una extraña concepción del hombre concreto (extraña, como se detallará, porque es, paradójicamente, abstracta) y en mostrarse izquierdista y derechista según la ocasión: "Los 60 serán, para Sábato, años estremecidos y confusos: por momentos, y ante ciertas publicaciones (además de Che: El Escarabajo de Oro y Mundo Nuevo), hace gala de un compromiso revolucionario que desequilibra su habitual balanza de juicio; en otros momentos, y frente a otros grabadores, se recuesta en el desarrollismo frondizista o en la cómoda –cuando no alegre- aceptación del golpe militar. El intelectual atribulado se debate entre Ernesto Guevara y Mariano Grondona."; "En el autor de Uno y el Universo la moral humanitaria es remozada y se presenta seductoramente. Esa moral, ha escrito Regis Debray, "tiene la enorme ventaja de no tener un enemigo designado. Se toma el partido de las víctimas, por lo tanto no se toma partido.", "reduce a todos los hombres a su mínimo común denominador: sus cuerpos y su sufrimiento", y "naturaliza la historia". Estas tres características están presentes en el planteo ideológico y filosófico de Ernesto Sábato" (LÓPEZ- KORN, 1997).

Hemos llegado (o vale decir, Sábato ha llegado, desde esta lectura, con sus obras) a un punto en el que pueden analizarse las estrategias de su autoconstrucción como intelectual comprometido en forma inmanente, complementando de alguna manera aquello que piden López y Korn en 1997. En términos de Tinianov, ya no hay que salirse a la serie social y representarse al Sábato de carne y hueso para hallar sus puntos más objetables como intelectual comprometido: todo lo objetable en Sábato puede ubicarse en su textualidad, más específicamente, en el único género literario que siguió cultivando: el ensayístico (considerado aquí en tanto no ficcional). De paso, esta lectura de Sábato ensayista a la luz de sus últimos textos, que vuelven explícitas sus viejas estrategias implícitas de autoconstrucción como intelectual, según se verá, permite confeccionar otro tipo de trabajos sobre el devenir a- crítico del tipo de intelectual comprometido, fuerza a preguntarse por el destino final del intelectual sartreano que no se silencia a tiempo y, por último, obliga a preguntarse por las posibilidades objetivas de existencia del intelectual sartreano hoy, porque la autocaricaturización de uno de ellos no es un síntoma aislado cuando lo comparamos con la ausencia social de otros intelectuales como David Viñas y con el escaso interés de ocupar el lugar de intelectual sartreano en general. Dice José Pablo Feinmann en La sangre derramada: "Sartre, entre otras cosas, se ha transformado en el filósofo menos citado durante los días que corren" (FEINMANN, 1998). Para remarcar la pertinencia de esta cita, bastaría agregar que lo mismo ocurre, en términos de vigencia, con los intelectuales sartreanos aquí y ahora.

2. Sábato: estrategias implícitas de autoconstrucción como intelectual

3. Uno y el Universo: comentarios sobre un contraste y algunas consideraciones formales

Lacónica advertencia:

No debe extrañar que, en las páginas venideras, indaguemos, algo licenciosamente, sobre algunos procedimientos formales que a primera vista parecerán inútiles a los fines de la tesis, es decir: inútiles si se desea, en última instancia, analizar el caso Sábato como síntoma de la crisis del intelectual comprometido en la Argentina. Y esto no deberá extrañar, sobre todo, porque, al momento de analizar las estrategias de autolegitimación de un intelectual que escribe, se advierte que el lugar en donde sus estrategias se asientan es precisamente el de sus artificios. En las páginas sucesivas se ensayarán una serie de comentarios acerca, principalmente, de cómo funcionan, en Sábato, esos artificios desde los cuales crea, en una recepción muy particular, un efecto de intelectual comprometido. Específicamente, se intentará observar la relación entre el sujeto (el ensayista, el autor) y su objeto de análisis circunstancial, relación que es siempre de poder y que es siempre distinta entre el sujeto y su objeto. Y será importante porque, las más de las veces, el objeto del ensayista Sábato es el hombre, y entonces la pregunta por cómo el sujeto se posiciona frente a su objeto, desde dónde lo analiza o critica o comenta, se hace indispensable. El análisis de esa relación nos ayudará a leer más prolijamente qué significa que Sábato utilice ciertas herramientas con frecuencia y qué relación existe entre la predilección de éste por dichas herramientas y sus aspectos más objetables como intelectual crítico. El análisis, por momentos formal, al que se invita a continuación, es al mismo tiempo un análisis ideológico de los artificios discursivos que Sábato utiliza para cosechar su reconocimiento.

* * *

4. Acerca de posición de Sábato frente su objeto: un caso de absurdo

En la obra Uno y el Universo, de 1945, se accede a un registro discursivo heterogéneo en procedimientos retóricos pero cuya predominancia la tienen los recursos relacionados habitualmente con el género humorístico. Aquí, Sábato, como dueño de ese yo- ensayístico, es irónico, absurdo, caricaturesco, para con la historia de la ciencia. Entre estos recursos relacionables al humor, nos son útiles por lo menos dos: el absurdo y la ironía, porque cada uno de ellos implicará una forma distinta de relación entre el ensayista y su objeto.

Bastará señalar en principio, y demostrar después, un aspecto de la herramienta del absurdo: que quien la utiliza no posee un control estricto sobre sus alcances. El absurdo parece poner a su ejecutor en un marco de absurdo más general del que tampoco él suele salir. Así, en Uno y el Universo: "CONTINUIDAD DE LA CREACIÓN. Una catástrofe que sumiera a la humanidad en la miseria y en la ignorancia transmutaría el valor de todas las obras de arte, aniquilaría las riquezas de Leonardo, de los diálogos platónicos: nadie puede ver en una novela, en un cuadro, en un sistema de filosofía, más inteligencia, más matices de espíritu que los que él mismo tiene.

Pero aún sin catástrofe, la humanidad cambia constantemente y, con ella, las creaciones del pasado y los personajes históricos: el presente engendra el pasado; el Cervantes que escribió el Quijote no es el mismo que el Cervantes de hoy; aquél era aventurero, lleno de vida y despreocupado humor; el de hoy es académico, envejecido, escolar, antológico. Lo mismo pasa con Don Quijote, oscilando entre la ridiculez y la sublimidad, según la época, la edad de los lectores y su talento. No hay tal abismo entre la realidad y la ficción. Hoy es tan real –o tan ficticio- Cervantes como Don Quijote. Al fin de cuentas, nosotros no hemos conocido a ninguno de los dos y no nos consta su existencia o inexistencia efectiva, de carne y hueso; de ambos tenemos una noticia literaria, llena de creencias y suposiciones. En rigor, Don Quijote es menos ficticio, porque su historia está relatada en un libro, en forma coherente, lo que no sucede con la historia de Cervantes." (SÁBATO, 1945)

Esta particular definición sabatiana de la percepción que puede tenerse del pasado desde el presente está llevada con una lógica que desemboca en una conclusión absurda como la que supone que Don Quijote es más real que Cervantes. El absurdo trabaja dos planos simultáneamente, uno de los cuales está contenido en el otro. El primer plano está en el texto, en su marco conceptual, en este caso en la premisa: "Don Quijote es más real que Cervantes". Pero existe otro plano donde, simultáneamente, trabaja el absurdo; un plano ciertamente más velado por estar contenido, se dijo, en el primero, e involucra la pregunta por el ensayista mismo y no por su objeto. Este es el plano en el cual el absurdo ha trascendido al objeto y ha llegado al propio ensayista: si el ensayista razona, en este caso, sobre un nivel de existencia menos ficticio en el texto que en la realidad, como se presenta entre Don Quijote y Cervantes, la realidad material del propio Sábato en tanto ensayista se desvanece en el mismo razonamiento absurdo que él plantea sobre Cervantes. Este efecto intrínseco del absurdo pone al que lo utiliza en relación de igualdad respecto de su objeto, porque el ejecutor del procedimiento se convierte, a su vez, en objeto del mismo absurdo que plantea. Sábato (sujeto) es tan absurdo como Cervantes (objeto), y por lo tanto queda atrapado en el absurdo que suelta sobre la no existencia de Cervantes. Sábato habla de Cervantes, pero el absurdo de ese razonar hace que aquél se vuelva de tan dudosa existencia como éste. En el absurdo, en fin, tal y como se lo ejemplifica aquí, el que lo ejecuta lo padece. Esta herramienta lo pone a todo en su mismo plano, incluido al que lo disparó por primera vez. Es en este sentido que sostenemos que este recurso dispara a la vez para adelante y para atrás, al ejecutado y a su ejecutor, y así, la relación entre el sujeto y su objeto es de igualdad, a- jerárquica.

5. Un caso de ironía

El absurdo puede ser o no ser irónico, esto no es objeto de nuestro análisis. No obstante, la ironía es susceptible de ser analizada en forma independiente del absurdo en el marco de las relaciones de poder entre el sujeto (ensayista) y su objeto. La ironía, en términos de ejercicio del poder por parte del yo- ensayístico, empieza, a diferencia del absurdo, a plantear jerarquías. Mientras que el absurdo, como se dijo y como ha quedado demostrado en el ejemplo anterior, pone ejecutor y objeto en un mismo plano, la ironía parte del yo- ensayístico y pretende que no vuelva a él. Constituye, por eso, una relación más claramente jerárquica y vertical que la horizontalidad y a- jerárquica del absurdo. Veamos este otro ejemplo de la misma obra de Sábato: "ANTEOJO ASTRONÓMICO. Combinación de dos lentes que sirve para ver objetos lejanos y para refutar a Aristóteles.

"El firmamento es eterno, inmutable y sin origen", había decretado el sabio de Estagira. Galileo se limitó a dar tres conferencias ante mil personas sobre la estrella nueva aparecida en la constelación de la Serpiente. La disputa se exacerbó cuando empezó a escrutar el cielo con su anteojo y a encontrar cosas raras.

(…)

El matemático y astrónomo Clavius, de Roma, expresó con sobriedad su opinión sobre el descubrimiento: "Me río de los pretendidos acompañantes de Júpiter". Otros peripatéticos, más conciliadores, afirmaron que quizá el instrumento mismo producía los satélites; Galileo ofreció diez mil escudos al que fabricara un anteojo tan astuto. La mayoría de los aristotélicos, sin embargo, se negó en redondo a mirar por el tubo, asegurando que no valía la pena buscar semejantes objetos celestes, ya que Aristóteles no los había mencionado en ninguno de sus volúmenes.

En una carta a Kepler decía Galileo: "Habrías reído estrepitosamente si hubiers oído las cosas que el primer filósofo de la facultad de Pisa dijo en mi contra delante del Gran Duque, y cómo se esforzaba, mediante la ayuda de la lógica y de conjuros mágicos, en discutir la existencia de las nuevas estrellas" (SÁBATO, 1945).

Queda claro cómo, ahora, el ensayista dirige un arsenal discursivo hacia su objeto: la testarudez de los discípulos de Aristóteles frente al objeto irrefutable de Galileo. En este caso, Sábato se ríe de dicha testarudez, y cita a Galileo, que también se ríe de lo mismo, que a su vez conjetura cómo se reiría Kepler de lo mismo. Tres casos de la misma dinámica discursiva: la de la ironía: la ironía que se ríe de lo otro, y en esto radica nuestro interés por ella y su diferencia principal respecto del absurdo. En el absurdo, el yo- discursivo está envuelto en lo mismo que plantea; en la ironía, el yo- discursivo se ríe de un planteo y parte de su efectividad radica en que su fundamento para reír no habilite que se rían de su propio planteo. La relación (de poder) entre el yo- ensayístico y su objeto, en la ironía, no es recíproca, sino vertical y sin retorno al primero: es de ida, no de ida y vuelta, como ocurre con el absurdo.

En la ironía, el ataque es velado pero a la vez abierto y manifiesto, alcance los grados de sutileza que alcance. La ironía es un ataque, en última instancia, franco, por parte del yo- discursivo, y su efectividad depende de que ello, en algún punto, se perciba.

La ironía y el absurdo, en síntesis, son dos recursos utilizados con frecuencia para el ataque por Sábato en esta su primera obra ensayística publicada en forma de libro. Cada uno de ellos ataca en forma distinta y ejerce el poder sobre su objeto de manera diferente: mientras que la ironía conduce a un ataque particular (a su objeto de ironización) y ejerce, abiertamente, el poder sobre su blanco, el absurdo es siempre un ataque total (el yo- ensayístico ve absurdo a su objeto, pero también, y con el mismo movimiento, aparece él mismo como absurdo, según se vio), generándose así una nulidad en el ejercicio del poder entre el yo- ensayístico y su objeto, porque ese objeto se vuelve sobre el yo- ensayístico gracias a esa especie de totalidad de alcance que es constitutiva del absurdo.

6.-Primeras digresiones sobre el registro de la piedad en Sábato

Existe, y es también identificable en el primer trabajo ensayístico de Sábato, un tercer registro destacable, a saber el registro que aquí llamaremos de la piedad. Aquí, las cosas se dan de manera muy distinta respecto de los otros dos registros vistos. El registro de la piedad, en primer lugar, no manifiesta ni connota un ataque directo, sino al revés: se presenta en forma de una estoica (no irónica) solidaridad para con lo que elige defender. El final de la Advertencia que en 1945 anota Sábato en Uno y el Universo es especialmente revelador de este registro: "Montaigne mira con ironía a los hombres porque son capaces de morir por conjeturas. No veo nada que merezca la ironía: en eso reside la grandeza de estos pobres seres." (SÁBATO, 1945).

Aquí, en 1945, en la Advertencia a su primera obra deliberadamente alejada de la física, aparece, ya, una manifestación clara de lo que más adelante será el tono sacerdotal sabatiano: y ese comienzo es el del registro de la piedad. El registro de la piedad coloca al yo- ensayístico en un lugar jerárquicamente superior tanto respecto del caso del absurdo, donde no existen jerarquías entre el yo- ensayístico y su objeto, como respecto del de la ironía, donde sí las hay, pero abiertamente y, por tanto, en algún punto, éticamente. El tono de la piedad coloca al yo- ensayístico en condiciones de ser paternalista con su objeto. Y para que esté en esas condiciones, debe haberse asumido superior a lo que defiende. Ese registro se ve, en Sábato, materializado como de apañamiento o de defensa dotado además de un alto plus de emotividad. Un plus emotivo que lleva implícita, en realidad, la debilidad de aquello a lo que se está defendiendo, o, más exactamente, la superioridad del yo- ensayístico respecto de lo que está defendiendo. Y Sábato, como en un anticipo de lo que luego sería mucho más explícito (según se verá), dice: "en eso reside la grandeza de estos pobres seres", refiriéndose a la humanidad entera. Y lo dice excluyéndose del género humano al que defiende (la grandeza de estos pobres seres), como si estuviera más allá de él, o, para ser claros: más arriba de él.

Creerse en condiciones de defender algo utilizando el registro de la piedad es, en términos de relaciones de poder en el discurso, someter lo defendido al plano de la inferioridad respecto del defensor. Y al defender, se habla de lo defendido. Con esto se logra configurar totalitariamente aquello a lo que se defiende, porque se está hablando por ello, sin dejar hablar a lo que realmente tiene que (y puede) hablar. Este registro, lejos de las no- jerarquías del absurdo o del abierto ataque de la ironía, pone al yo- ensayístico en control total de lo que defiende, dominándolo más que si ironizara y mucho más que si se valiera del absurdo. Y lo hace de la manera menos abierta y más velada, y presumiblemente más perversa, que un registro puede utilizar si el yo- ensayístico desea representar (manipular) lo que (en realidad no) defiende.

Tal la capacidad del registro de la piedad para ocultar la dinámica con la que subyuga de lo que simula proteger.

Es discutible, sin embargo, que un registro, en sí mismo, pueda ser o no perjudicial. Podría discutirse sobre la posibilidad de que existan defensores- usuarios de este registro que estén configurando correctamente aquello a lo que defienden. Podríamos discutir, en fin, si existe, independientemente de lo que nos parezca ese registro, la posibilidad de que no deje de ser falto de ética. Pero el problema principal es que, aún presuponiendo que esa posibilidad exista, ocurre que donde la lucidez ensayística flaquee, este registro será visto no como el síntoma de un error teórico, sino como el de una falla ética, de la misma manera en la que defender algo en forma paternalista sólo es admisible si ese paternalismo es lo suficientemente astuto como para plantear su defensa con exquisita lucidez.

En los textos ensayísticos de Sábato se articulan fatídicamente, como se citará más adelante, el registro paternalista de la piedad y los errores teóricos.

7.-Digresiones avanzadas sobre el registro de la piedad

La edición de Seix Barral que compila gran parte de los ensayos de Ernesto Sábato, incluye, para la obra Uno y el Universo, un Prólogo de 1968, vale decir, 23 años posterior a esa obra. Sábato, en esos 23 años, ya había publicado, entre otros textos: El Túnel (1948), Hombres y engranajes (1951), Heterodoxia (1953), El otro rostro del peronismo (1956), Sobre Héroes y tumbas (1961), El escritor y sus fantasmas (1963), y Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo: Robbe- Grillet, Borges, Sartre (1968). El contraste existente entre ese prólogo y Uno y el Universo se nos vuelve, entonces, bastante sintomático respecto del cambio de registro que fue experimentando Sábato con el correr del tiempo. Ya que Uno y el Universo, esa obra burlona, esa sátira epistemológica hecha ensayo, esa especie de Bouvard y Pècuchet sin personajes, no tiene demasiado que ver con el registro lastimoso del Prólogo de 1968: "VALORES. En la historia del pensamiento nos encontramos a menudo con la ingenuidad de atribuir a Dios nuestros prejuicios éticos o estéticos. Cuando encontramos alguna ley natural que nos halaga o satisface, nos sentimos inclinados a pensar que es una prueba de la existencia de Dios; vanidosamente, el hombre piensa que sólo una divinidad puede conformar sus gustos. Cuando Maupertuis descubrió el principio de la Mínima Acción, sostuvo que era la mejor prueba de la existencia de un Espíritu Ordenador. No veo por qué –sin embargo- algo que satisface la pobre y limitada mente del hombre ha de ser forzosamente obra de dioses. Vanidad semejante a la que experimentamos cuando un autor nos parece inteligente porque piensa como nosotros." (SÁBATO, 1945; Uno y el Universo).

Refiriéndose a esta obra, Sábato anota, en el Prólogo de 1968, lo que sigue: "¡Qué devastación ha traído el tiempo sobre aquella sonrisa y aquel resto de frescura o de espíritu juguetón! ¡Qué abismos se han abierto entre el muchacho de la fotografía y el hombre de ahora! ¡Cuántas ilusiones se advierten allí que han sido agostadas por el frío de las tormentas, por los desengaños y las muertes de tantas doctrinas y seres que queríamos! (…)

No imaginaba, por ejemplo, que también por la izquierda se podían llegar a cometer los crímenes que se cometieron en la tiranía stalinista y en las que todavía ahora la imitan; no tenía aún suficiente (y amarga) experiencia histórica para admitir que nada vale luchar por la justicia social si no es al propio tiempo una lucha por la libertad del ser humano y por la dignidad que le corresponde." (SÁBATO, Prólogo de 1968 a Uno y el Universo).

La diferencia entre registros no es, de acuerdo a lo que se viene sugiriendo, meramente formal. De la ironía y la comicidad de la obra de 1945 se pasa al tono de lamentación y de nostalgia de 1968. Sábato, en este prólogo, es condescendiente, paternalista, consigo mismo, y he aquí el registro de la piedad actuando en toda su forma; pero también, Sábato es condescendiente con su ingenuidad juguetona de 1945. El Prólogo de 1968 y su registro en apariencia emotivo y por eso difícil de refutar en una primera lectura (ahí reside gran parte de su potencial), corrige al Sábato del 45. Y lo hace sosteniendo, según se vuelve a citar, que nada vale luchar por la justicia social si no es al propio tiempo una lucha por la libertad del ser humano y por la dignidad que le corresponde. Es decir que el Sábato de 1968 subestima el registro burlesco de 1945 y se propone hablar en serio. Y cuando lo hace, manifiesta una jerarquía implícita según la cual en primera instancia está la dignidad que le corresponde al ser humano y su libertad, y en segunda instancia, la lucha por la justicia social: de nada vale esto último si no se atiende a los primeros dos términos, según Sábato. El primer rasgo de un Sábato abstracto y esencialista nos da detalles a la vez del efecto corrosivo del registro de la piedad: la emotividad sabatiana, posibilitada por ese registro, no se hace cargo, en este prólogo de Uno y el Universo, de aclarar a qué tipo de libertad se refiere y qué es la dignidad humana para él. Donde Sábato no aclara, universaliza. La lamentación de ese registro genera gran parte de su deficiencia, y que Sábato incurra en el error de universalizar sobre la condición humana que se propone como problema nuclear implica, perversidad (buscada o no) del registro de la piedad de por medio, antes un error ético que un error teórico.

El contraste de registros analizado entre el Prólogo de 1968 a Uno y el Universo y la propia obra es un contraste formal que acarrea uno de carácter ideológico: parece ser, visto desde Sábato, que cuando éste es absurdo e irónico, a su ensayo sólo se le puede pedir lucidez retórica y simpatía argumentativa. Cuando Sábato pretende hablar en serio, subestimando a ese Sábato del 45, la relación de poder es ya no solamente con su objeto (en este caso, él mismo, joven e ignoto), sino también (y aquí, el registro también es responsable, en tanto es de confesión, de intimidad, de gravedad) con el propio lector: se le pide al lector que se ponga serio como él. Y utiliza la complicidad del lector para intentar convencerlo de que es mejor tomar en serio al Sábato del Prólogo de 1968 y no al de 1945, al que trata como a un joven ingenuo (aunque tenía 33 años a la hora de la publicación de Uno y el Universo). Ya preparado este terreno en el orden de los registros, el Sábato que habla en serio y emotivamente es el que esencializa (y, nunca se olvide, el que pide que se tome en serio su esencialización; el que pide que se comparta con él, por su tono de lamentación, esa esencialización); el que no resuelve lo que es la dignidad humana, el que deja sin límites ni aclaraciones nada menos que a la noción de libertad. El Sábato al que hay que tomar en serio es, en fin, el Sábato piadoso y grave, pero abstracto. Eso es todo lo que podemos arriesgar, hasta ahora, de Sábato ensayista.

8.- Hombres y engranajes: fin del absurdo, fin de lo burlesco y aumento del registro de la piedad

Sería excesivamente meticuloso, si no injusto, hablar de un Sábato abstracto por el modesto prólogo que le dedicara, en 1968, a su obra de 1945. Lo que ocurre es que ese prólogo encarna todo un cambio en Sábato que tuvo, según la cita del Prólogo de 1945 incluida más arriba, sus gérmenes en el propio Uno y el Universo, y que se va volviendo cada vez más nítido a medida que vamos leyendo sus obras posteriores. El Prólogo de 1968 es interesante porque Sábato mismo se encarga, sin saberlo, de mostrar el contraste de registro (e ideológico, tampoco se olvide nunca) que hay entre su 1945 y su 1968.

Luego no tenemos más que comprobarlo analizando su texto ensayístico inmediatamente posterior: Hombres y engranajes. El registro discursivo de que se vale este texto no es otro que el del Prólogo de 1968. Sábato, como ensayista, adopta el registro de la piedad, de la gravedad, habla en serio, como en aquél prólogo. Aquí, también, se observa el registro de la piedad por primera vez ya no en germen, sino expuesto en cuanto emprendemos una lectura en esta clave. Con la aparición más abundante que en su primera obra del registro de la piedad, aparece un Sábato que habla en serio y al que hay que leer con seriedad. Porque ya no es un Sábato absurdo e irónico como el de Uno y el Universo, en donde el registro, independientemente de que pueda o no ser crítico o polémico, no pretende más (ni menos) que poner en ridículo algunas cuestiones epistemológicas de la filosofía y de la ciencia: "CASUALIDAD. Barbarismo, ¿por causalidad? (…); MÉTODO CIENTÍFICO. La escuela de Aristóteles hacía ciencia de la siguiente manera:

Los planetas son eternos.

Su movimiento debe ser, por lo tanto, eterno.

El único movimiento eterno es el circular.

Por consiguiente, los planetas se mueven en círculos.

Esto parece irreprochable. No se ve, sin embargo, por qué no aceptar directamente la conclusión, en vez de partir de una proposición que es bastante dudosa. (…); etc. (SÁBATO, 1945).

Este registro, y por lo tanto este Sábato, se extingue casi con su aparición, y da paso a otro registro, a otro Sábato, uno más pretencioso, que sintetiza, en Hombres y engranajes (1951), las razones por las que la humanidad deviene tecnolátrica y maquinista. Algo influenciado por la Dialéctica del Iluminismo, de Adorno y Horkheimer, según sospechan López y Korn en Sábato o la moral de los argentinos (LÓPEZ- KORN, 1997), este Sábato hace una lectura histórica desde el Renacimiento hasta mediados del siglo XX. Casi toda la obra está cimentada por el registro de la piedad, algo teñido ya por un campo semántico bíblico: "Que los adoradores de la Abstracción se queden arrodillados ante ella. Mientras llegan sus ángeles de exterminio, en la forma de los aviones atómicos, que sigan arrodillados ante esa divinidad laica, ante ese ente cuyo culto suele calificarse de Amor a la Humanidad, pero que a la larga viene unido al odio más desenfrenado por el hombre con minúscula" (SÁBATO, 1951).

Pasajes como estos nos dejan leer una línea de razonamiento apocalíptica sobre el destino de la modernidad; sin embargo, las conclusiones que Sábato extrae, cuando es apocalíptico, resultan algo reduccionistas pese a su esfuerzo dialéctico; porque todo el tiempo se plantea, en esta obra, y con este registro, el devenir del hombre. La humanidad, dice Sábato, se ha masificado (odio desenfrenado por el hombre con minúscula), se ha extraviado en su propia tecnología (ángeles de exterminio, en forma de los aviones atómicos) y en sus superestados de izquierda y de derecha. El esquema de Sábato es tan maniqueo como el que sigue: los hombres son víctimas de: los superestados de izquierda y de derecha, la civilización tecnolátrica, que atraviesa transversalmente la izquierda y la derecha, y la masificación, a la que también le es indistinto el costado político en que se encuentre. El registro sabatiano, y el lugar desde el que Sábato interviene en esa lectura, es el de la piedad; piedad por la humanidad constituida por hombres con minúscula, apañamiento a esas víctimas, los hombres. El registro de la piedad es ideal en este caso; es ideal para el tono de gravedad que Sábato necesita, pero es ideal también para esconder, con ese paternalismo para con los hombres y con esa protección que esconde una relación de poder porque se extiende, en Sábato, desde el intelectual hasta el hombre por él protegido- subestimado, la falta absoluta de la posibilidad de un cuestionamiento real de esos hombres y su responsabilidad histórica, así como también esconde una abstracción inútil en términos de crítica que escinde, como conclusión más o menos general, a los hombres por un lado y a sus enemigos por el otro, sin advertir que los enemigos del hombre, esos entes que Sábato piensa de manera abstracta, son, en última instancia, el hombre: superestados, máquinas, masificación. Sábato parece no querer ver, en esa esencia no explicada a la que el hombre debe volver, que ese hombre, en todo caso, convive permanentemente, aunque no lo quiera, con su esencia; porque es más productivo leer la esencia del hombre como un devenir histórico que como algo que se ha perdido y que habría que recuperar, sobre todo si ese algo a recuperar no se especifica: "(…) tengo la convicción de entrever ya con mayor crueldad los contornos de Uno- Mismo en medio de la confusión del Universo." (SÁBATO, 1951; Prólogo a la obra);

"Son tiempos en que se ha borrado una imagen del Universo, desapareciendo con ella la sensación de seguridad que se tiene ante lo familiar: el hombre se siente a la intemperie, sin hogar. Entonces, se pregunta nuevamente por sí mismo" (SÁBATO, 1951; Introducción a la obra) .

Sábato pide volver a, como él dice, recuperar lo humano del hombre. Toda vez que en la historia de la filosofía se ha pedido esto, la definición de lo "humano" siempre ha corrido por cuenta del filósofo. Nietzsche se debatía entre lo apolíneo y lo dionisíaco para dar con esa humanidad que quería recuperar en el Origen de la tragedia; Sartre ha esbozado, con su concepto de la mirada de los otros como aquello que constituye a los hombres, o con la categoría de proyecto, esa combinación entre la libertad y el compromiso que definen la humanidad del hombre; en Sábato se da que pretende retornar a lo que de humano quede en el hombre, pero no define claramente a qué se refiere con esa condición humana, y por lo tanto, tampoco resuelve las cuestiones de la libertad o la dignidad, según se vio y se verá. El resultado es interesante y sintetiza lo que sobre Sábato tenemos para decir hasta ahora: en él, no hay más que piedad para con ese hombre mortificado por la masificación, la tecnolatría y el superestado. Piedad en el registro, piedad en su aporte como intelectual. Piedad, entonces, en el contenido de su forma y en la forma de su contenido. Esta inconsistencia sabatiana que lo conduce a la piedad sacerdotal en lugar de a una reflexión como intelectual comprometido o al menos crítico, se puede observar claramente en el momento en que Sábato debe ensayar soluciones o balances finales a la catástrofe de la modernidad que analiza. Las conclusiones, en esta obra, son tan abstractas, que vienen a demostrar lo que se ha venido marcando: que Sábato no está aportando nada más que una lectura inconsistente del hombre moderno desde su piedad como ensayista, y que, al enfocar en su trabajo (y por su piedad, precisamente) a las víctimas de todos los males de la humanidad, no tiene más que maldecir al hombre que viene del positivismo y de la ciencia, el que creó los males de la actualidad. La explicación de Sábato por la cual en la actualidad el hombre está en vías de extinción es una explicación que no aporta soluciones porque no aporta problemas: sólo hay una buena capacidad de síntesis histórica y piedad para con las víctimas. Veamos, ahora mismo, algunas reflexiones finales de un Sábato que, por no haber leído en forma polémica la historia y el presente, no puede, a la hora de las conclusiones, más que aportar conclusiones de la misma inconsistencia que en el resto de su trabajo: "Un atardecer de 1947, mientras iba caminando de una aldea de Italia a otra, vi a un hombrecito inclinado sobre su tierra, trabajando todavía afanosamente, casi sin luz. Su tierra labrada renacía a la vida. Al borde del camino se veía todavía un tanque retorcido y arrumbrado. Pensé qué admirable es a pesar de todo el hombre, esa cosa tan pequeña y transitoria, tan reiteradamente aplastada por terremotos y guerras, tan cruelmente puesta a prueba por los incendios y naufragios y pestes y muertes de hijos y padres." (SÁBATO, 1951).

Esta es, sin más, una de las conclusiones de Sábato: que el hombre sigue y sigue, a pesar de todo. Pero Sábato juega a pensar constantemente dos hombres distintos dentro de un mismo hombre, uno de los cuales es despreciable y el otro admirable: porque, al decir qué admirable es a pesar de todo el hombre, está diciendo algo parecido a qué admirable es a pesar del hombre el hombre, ya que ese todo remite especialmente a las guerras y a los tanques retorcidos. Tanques producidos por el hombre, masificación y fetichismo de la máquina ejercidas por el hombre: ¿Cómo podemos saber a cuál de los dos hombres se refiere Sábato si nunca define lo humano, la libertad, la dignidad humana a la que con tanto ahínco quiere que retornemos? Un día, ese hombrecito italiano que se inclinaba sobre la tierra puede convertirse en un explotador: ¿y entonces, ya no será admirable? ¿pertenecerá todavía a lo que, en este caso, Sábato llama el hombre cuando lo admira? Todo lo cual nos hace confluir en esta pregunta simple; ¿a qué se refiere cuando dice el hombre? Sábato sabe que el hombre es perverso y bondadoso al mismo tiempo, pero sólo lo admira cuando es bondadoso, como al hombrecito inclinado sobre la tierra. Porque cuando ese hombrecito se convierta en un explotador, Sábato ya no lo reclutará entre sus ejemplos.

La conclusión de Sábato es, en los propios términos por momentos burlones y lúcidos del Sábato en Uno y el Universo, la que sigue: que el hombre es admirable sólo cuando es admirable.

Más conclusiones de Sábato: "El poder físico de los Estados es hoy tan tremendo que parece inútil plantearse soluciones teóricas al problema del hombre. Sin embargo es lo primero que debemos hacer, cualquiera sea la posibilidad de su realización.

(…)

El hombre debe luchar hoy por una nueva síntesis: no una mera resurrección de individualismo, sino una conciliación del individuo con la comunidad; no el destierro de la razón y de la máquina, sino su relegamiento a los estrictos territorios que le corresponden." (SÁBATO, 1951).

Luego dedica algunos párrafos a proponer que la relación entre el hombre y la máquina tienda a lo fraternal. Y nos preguntamos nuevamente: ¿qué hombre es el que debe luchar por todo ello? ¿Cómo luchar? Y finalmente: ¿no es todo esto bastante obvio, aunque el texto sea de 1951?: "Será menester, ahora, recuperar aquel sentido humano de la técnica y de ciencia, fijar sus límites, concluir su religión. (…) Si no somos destruidos por las fuerzas atómicas, será necesario acometer una vasta síntesis de elementos contrarios. (…) Ni el individualismo ni el colectivismo son soluciones humanas: como dice Matin Buber, el primero no ve a la sociedad y el segundo se niega a ver al hombre. (…) Pero la verdadera posición no es ni una ni otra sino el reconocimiento del otro, del interlocutor, del semejante. (…) El hecho fundamental es el hombre con el hombre. El reino del hombre no es el estrecho y angustioso territorio de su propio yo, ni el abstracto dominio de su colectividad, sino esa tierra intermedia en la que suelen acontecer el amor, la amistad, la comprensión, la piedad." (SÁBATO, 1951).

Las soluciones de Sábato, las soluciones que Sábato exige de sí mismo según una de las citas anteriores, son, entonces: 1) recuperar el sentido humano de la técnica y de la ciencia, con lo cual pide otra humanidad a lo humano, y no ésta, a la que llama, implícitamente, inhumana. 2) Trabajar en una síntesis de elementos contrarios, por ejemplo, entre el individualismo y el colectivismo: Sábato propone el reconocimiento del otro. 3) Sábato describe cuál sería el reino, el Paraíso, del hombre: un lugar donde haya amor, amistad, comprensión y piedad.

Finalmente, incluiremos la conclusión- solución que el Sábato piadoso en su registro y en sus contenidos deja para el final de su trabajo: "¿Por qué buscar lo absoluto fuera del tiempo y no en esos instantes fugaces pero poderosos en que, al escuchar algunas notas musicales o al oír la voz de un semejante, sentimos que la vida tiene un sentido absoluto?

Ése es el sentido de la esperanza para mí y lo que, a pesar de mi sombría visión de la realidad, me levanta una y otra vez para luchar." (SÁBATO, 1951)

Con que, entonces, 4) Sábato sugiere que sintamos más seguido el poder del instante, el poder extraordinario de la propia existencia, de la vida. Eso lleva a la conclusión- solución 5), que es la de tener esperanzas y fuerzas. Las esperanzas de que el mundo estará mejor y las fuerzas para seguir. Es decir que ambas soluciones parecen resignación, no lucha. Se lucha, en Sábato, para resistir todo lo que Sábato, en términos teóricos, no puede ofrecer cambiar por carecer de una intención crítica real y por convivir permanentemente en la abstracción y en el esencialismo: retornar a lo humano (que no se define) y sugerir obviedades o abstracciones a las que él llama utopías.

La piedad, en el registro pero y por tanto en el contenido de ese registro, no soluciona: sólo soporta, resiste y sufre, mientras se mantiene más allá. Tal la piedad de Sábato, que, en las últimas líneas de este volumen, empalma, quizás, con lo que David Viñas llamó un tono sacerdotal: "Y que, si es cierto que Satanás es el amo de la tierra, en alguna parte del cielo o en algún rincón de nuestro ser reside un Espíritu Divino que incesantemente lucha contra él, para levantarnos una y otra vez sobre el barro de nuestra desesperación" (SÁBATO, 1951).

9.- Apologías y rechazos, 1979: una caza de brujas y un sobreviviente

Si en Uno y el Universo ya estaban en germen las características del registro sabatiano que aquí hemos denominado de la piedad, y si en Hombres y engranajes ese registro y sus características se veían con mayor claridad, será la obra Apologías y rechazos la que, en plena dictadura militar argentina, evidenciará el momento en el que más claramente se manifiesta el carácter acrítico de su registro y de lo que ese registro dice.

Ya habíamos dicho que algunas de las características con que cuenta el registro de la piedad son la abstracción, la nulidad intelectual al momento de tomar partido, en la medida en que tomar partido por las víctimas, siempre, es no hacerlo (ya citamos a Debray), la abstracción en su lectura (a) histórica del devenir humano y en sus "soluciones", y el esencialismo como práctica permanente en ese registro, la inconsistencia crítica. Esta inconsistencia crítica que se esconde detrás de este registro de la piedad sabatiano no puede verse más nítidamente, para nosotros, que analizando, como se hará a continuación, su armónica convivencia con un contexto de represión, persecución, permisos estratégicamente enclavados y censura hábil y hasta sutilmente planificada por los golpistas que intervinieron la Argentina entre 1976 y 1983. Partiremos de la base de que Sábato no ha sido, mayormente, molestado por las autoridades dictatoriales en todo el período que duró el Proceso. Luego, deberemos preguntar qué clase de compromiso social ejerce el autor de un libro al que ni siquiera la dictadura, con su ejército de censores, creyó pertinente sacar de circulación como lo había hecho con tantos otros libros y autores.

10.-Dos pruebas de la inoperancia del registro sabatiano

Primera prueba: la autorreproducción sabatiana no censurada como coherencia acrítica

Sábato, como lo advirtieron María Pía López y Guillermo Korn, y como lo advierte también él mismo, suele repetir sus conceptos según una metodología a la que él llama de "machacamiento". No discutiremos este énfasis por parte de Sábato de "machacar" con la repetición de ideas y conceptos, pero sí utilizaremos su recurso como una de las más contundentes demostraciones de que todo Sábato, toda su línea ideológica y no sus últimas producciones como podría pensarse, está constituido por un acriticismo político y, en términos sartreanos, por una abstención política que siempre termina convirtiéndose en adhesión acomodaticia.

Si Sábato fuera un autor cuyo registro e ideas hubieran cambiado, atenuando su caudal crítico durante la última dictadura, la crítica dirigida a él como intelectual no sería, quizás, de fondo, sino, a fin de cuentas, una gigantesca objeción: por qué Sábato se silenció cuando tenía que hablar. Pero la discusión sobre el modelo de intelectual Sábato es una discusión de fondo: por qué es que Sábato nunca habló como hablan los intelectuales genuinos, o, en términos de Gramsci, por qué Sábato, con sus vaivenes ideológicos, según se verá, siempre termina siendo un intelectual orgánico a la clase dirigente. Es significativo que la Dictadura no sólo le haya permitido publicar todo lo que él ha querido escribir, sino que tampoco le censurara su obra ensayística anterior al golpe de estado. El gobierno de facto más intolerante de la Argentina, así, se convierte en un lúcido lector de Sábato: es el que con mayor énfasis demuestra que su obra completa ensayística es acrítica y que no es un intelectual auténtico. Es significativo, en este sentido y como demostración de lo antedicho, que Sábato pueda trasladar, casi textualmente, párrafos enteros de su obra Hombres y engranajes, de 1951, a su obra Apologías y rechazos, de 1979. No hablamos, en principio, de una moderación del discurso (lo que también sería discutible pero que permitiría hablar, al menos, de una etapa crítica y de una moderada, esto es, de una etapa decente y de una poco ética) en Sábato: éste es firme y coherente en su registro:

En Hombres y engranajes:

"Si no somos destruidos por las fuerzas atómicas, será necesario acometer una vasta síntesis de elementos contrarios. Ya la filosofía existencial- fenomenológica intenta una conciliación entre lo objetivo y lo subjetivo, de la esencia y la existencia, de lo absoluto y lo relativo, de lo intemporal y lo histórico.

A esta actitud filosófica debería corresponder una síntesis social del hombre y la comunidad. Ni el individualismo ni el colectivismo son soluciones humanas; como dice Martin Buber, el primero no ve a la sociedad y el segundo se niega a ver al hombre. (…)

Pero la verdadera posición no es ni una ni otra sino el reconocimiento del otro, del interlocutor, del semejante. (…) El hecho fundamental es el hombre con el hombre. El reino del hombre no es el estrecho y angustioso territorio de su propio yo, ni el abstracto dominio de su colectividad, sino esa tierra intermedia en la que suelen acontecer el amor, la amistad, la comprensión, la piedad." (SÁBATO, 1951);

En Apologías y rechazos:

"Si no somos destruidos por la hecatombe atómica, será necesario ir buscando la forma de rectificar rumbos hasta hoy imperantes dentro de la imperfecta democracia. (…) Será indispensable ir buscando la síntesis de una realidad que los Tiempos Modernos escindieron en opuestos aparentemente inconciliables: la ciencia y el hombre, el individuo y la colectividad, lo objetivo y lo subjetivo. Debería realizarse en el orden social lo que la nueva filosofía logró en el pensamiento: la síntesis dialéctica del hombre y el mundo. Ni el individualismo ni el colectivismo son soluciones verdaderamente humanas, pues el primero no ve la sociedad, el segundo no ve al hombre; ambos son abstracciones, y abstracciones esencialmente perniciosas para el ser humano". (SÁBATO, 1979)

Y, unas veinte páginas más adelante, agrega: "Si no somos destruidos por la hecatombe atómica, será necesario ir buscando la forma de rectificar rumbos dentro de la imperfecta democracia, será necesario ir buscando la síntesis de una realidad que los Tiempos Modernos escindieron en opuestos: la ciencia y el hombre, el individuo y la colectividad, lo objetivo y lo subjetivo. Debería realizarse en el orden social lo que la nueva filosofía logró en el pensamiento: la síntesis del hombre y el mundo.

Ni el individualismo ni el colectivismo son soluciones verdaderamente humanas, pues el primero no ve la sociedad y el segundo no ve al hombre; ambas son abstracciones, y abstracciones esencialmente perniciosas para el ser humano. Pues el reino de este ser no es el estrecho y angustioso territorio de su yo, ni el abstracto dominio de la colectividad, sino esa región intermedia en que acontecen el amor y el arte, la camaradería y el diálogo, la comprensión y el trabajo en común." (SÁBATO, 1979)

Procediendo de manera análoga a la del propio machacar sabatiano, se había incluido en este trabajo ya la cita primera cuando se habló de la obra Hombres y engranajes. Y se había hecho una lectura de sus falsas soluciones. Aquí, nuevamente publicadas en 1979 estas soluciones, falsas por abstractas, no utópicas sino facilistas, el efecto del registro sabatiano de la piedad se torna más violento por las condiciones históricas en las que la Argentina se encuentra, condiciones que, también queda patente aquí, a Sábato no parecen interesarles en el momento en que rigen. El débil contenido crítico que se aloja en una obra de 1951 de Sábato, Hombres y engranajes, se ve entonces demostrado por la falta de objeciones que la Dictadura más objetadora de la historia argentina manifiesta cuando varios de sus párrafos, en especial los de las soluciones de Sábato, son transcriptos a un texto de 1979 como Apologías y rechazos.

Segunda prueba: qué tiene Sábato para decir en 1979 con el registro de la piedad

Además de haber dejado sentado en nuestra Primera prueba que la coherencia de Sábato consiste precisamente en mantener a lo largo de su obra, de los años y de los procesos históricos el mismo discurso abstracto, bajo el fundamento de que un régimen represor y censor no ha ejercido su censura ni con la obra anterior al Proceso ni con las traslaciones que Sábato ha efectuado de dicha obra a su ensayo de 1979 Apologías y rechazos ni con el material inédito que esta última obra guardaba entremezclado con esas traslaciones, será menester releer ahora a la luz de la radicalización histórica de nuestro país en 1979, las sospechas que anotamos al analizar Uno y el Universo y Hombres y engranajes.

Del discurso de la piedad hemos dicho en un principio que posee sus dos caras: la formal y la de contenido, y que la formal ya implicaba, de antemano y en su propia forma, poseer, constituir, a aquello que necesita piedad. El piadoso, el que utiliza ese registro, es un acobijador de su objeto, al que define todo el tiempo y del que se hace cargo. La relación de poder existente entre protector y protegido es paternalista, y sólo puede ser admitida en caso de que el yo- discursivo piadoso acobije su objeto de piedad de una forma efectiva si no quiere ponerse de manifiesto en su paternalismo. Es decir: cuando un defensor que ha elegido acobijar con el soberbio registro de la piedad no lo hace conceptualmente bien, se convierte en alguien que ha fallado, y que lo ha hecho, muy posiblemente, de una forma irreversible, porque tal registro resulta tan contundente, que no parece permitir retractaciones de fondo. Y no es posible retractarse por las propias limitaciones de ese registro de la piedad, entre las que se encuentra como la principal la de su estilo afectivo y emocional, según lo demostraremos ahora mismo: "¡Qué devastación ha traído el tiempo sobre aquella sonrisa y aquel resto de frescura o de espíritu juguetón! ¡Qué abismos se han abierto entre el muchacho de la fotografía y el hombre de ahora! ¡Cuántas ilusiones se advierten allí que han sido agostadas por el frío de las tormentas, por los desengaños y las muertes de tantas doctrinas y seres que queríamos! " (SÁBATO, 1979)

¿Cómo volver atrás en algo que fue dicho tan afectivamente? El engaño (y la limitación, a la vez) de este registro es que mezcla lo afectivo con lo conceptual, lo emocional con lo filosófico, la calidad de una teoría con el arrebato de un impulso. Esto, según se dijo, provoca que Sábato sea en principio difícil de leer críticamente, porque pareciera, en ese registro, estar expresando todo el dolor que le confiere la humanidad. Sin embargo, lo cierto es que Sábato, recubierto de un irrefutable efecto de afecto o verosímil del afecto, desliza un caudaloso torrente de conceptos, categorías, presuposiciones, prejuicios, errores conceptuales y errores éticos, o errores conceptuales que devienen éticos. Y, según se sospechó al principio, pero según se confirma en el radicalizado período 1976- 1983, uno de los peores errores conceptuales- éticos de Sábato es que no se molesta en definir lo que defiende. Al no hacerlo, según se demostró, se produce su famoso efecto de pensador cuya justificación real es muy difícil. Apologías y rechazos termina de hacer notar su abstracción en el hecho de que, y a eso se dirige esta Segunda prueba, no necesita ser censurado ya que su registro, aunque lo parezca por los mecanismos señalados, no es crítico. "La madurez comienza cuando las conciencias más lúcidas comprenden que las infinitas perfecciones con que creían dotada a su patria –como a la madre- no son ni infinitas ni perfecciones; y que, como en otros pueblos, como en todos, sus virtudes están triste pero humanamente unidas a sus taras, taras de las que los seres honestos no pueden sino acusarse y avergonzarse. Motivo por el cual pienso que empezamos por fin a tener una nación madura." (SÁBATO, 1979).

Baste, quizás, la cita para comprobar cómo un error conceptual se convierte en error ético cuando no hay una retractación de parte del ensayista. Ya hemos hablado sobre la dificultad de volver atrás que este registro de la piedad, tan omnipotentemente paternal, aunque esto no justifica de ninguna manera el comentario de Sábato. Es difícil, requiere distinguir entre lo dicho con pasión y lo soltado como un error intelectual grave: pero no es imposible retractarse. Frecuentemente, los intelectuales señalan los errores de sus contemporáneos. Sábato casi no ha respondido a los errores que intelectuales contemporáneos suyos como Osvaldo Bayer o David Viñas, o intelectuales de generaciones posteriores como Guillermo Korn y María Pía López le vienen formulando desde hace décadas.

La abstracción del discurso de la piedad de Sábato manifiesta en 1979 su vacuidad crítica: "¿De qué censores estamos hablando si es la justicia independiente la que debe ejercerla [Sábato se refiere a la censura, o, mejor dicho, a los que censuran en la Argentina]? Y si el terrorismo totalitario quiere echar abajo estas nobles instituciones tal como salvajemente están ahora intentándolo en España e Italia, habrá que encontrar la forma de actualizar nuestras leyes para que los enemigos de la República no puedan derribarla aprovechándose de su benignidad y su inoperancia." (SÁBATO, 1979)

Para este entonces, 1979, según un intelectual comprometido socialmente no puede ignorarlo, no habría que haber ido a buscar los ejemplos de censura desde el Estado a Italia ni a España. Sin embargo, y como quizás se haya advertido en la cita, en Sábato se da algo bastante más grave aún que la abstracción ya mencionada, que es, ya de por sí, objetable en un escritor que utiliza este registro discursivo, a saber: que atenúa, aún más, su discurso ya de por sí atenuado. Sin la necesidad, muy posiblemente, de bajar el tenor crítico en su discurso precisamente por no ser crítico, Sábato, de todas formas, lo hace. Y donde antes encontraba, en forma maniqueamente pareja, aberraciones históricas tanto en Estados Unidos como en la Unión Soviética, ahora, en 1979, tenderá a omitir considerablemente los comentarios despreciativos para con el primer polo, según se compara a continuación, sólo como una prueba entre tantas otras que podrá hallar quien lea los ensayos sabatianos en esta clave: "EL PARAÍSO MECANIZADO

Los Estados Unidos son el resultado directo y puro de la expansión europea, que pudo realizarse sin trabas espaciales ni tradicionales en el vasto territorio virgen de la América septentrional. Allí surgieron de la nada ciudades, que desde su mismo origen tuvieron el sello de la cantidad y del funcionalismo. Así se convirtió en el país de las fabricaciones en serie, de las diversiones en serie, de los asesinatos en serie: hasta las románticas bandas de forajidos sicilianos se convertían en sindicatos capitalistas.

Hombres que habitaban en "máquinas de vivir" construidas en ciudades dominadas por los tubos electrónicos han inventado esa extraña ciencia que se llama cibernética, que rige la fisiología de los "cerebros electrónicos" y que, en días próximos, servirá para controlar los ejércitos de robots. En ese país no sólo se ha llegado a medir los colores y olores sino los sentimientos y emociones. Y esas medidas, convenientemente tabuladas, han sido puestas al servicio de las empresas mercantiles. En un libro titulado Cómo anunciar para vender, de W. B. Dygert, aparece una tabla en la que se clasifica de 0 a 10 el poder de atracción de los anuncios, según los sentimientos que utilizan:

Hambre: 9,2

Amor a los hijos: 9,1

Atracción sexual: 8,9

Afecto a los padres: 8,9

Respeto a Dios: 7,1

Cordialidad: 6,5

Temor: 6,2" (SÁBATO, 1951)

La crítica que Sábato, en 1951 y en la obra Hombres y engranajes, dedicara al sistema de vida estadounidense, es traducida, en Apologías y rechazos, en una cierta admiración: "DERECHO AL DISENTIMIENTO

(…) Si los Estados Unidos dejaron de ser un jactancioso adolescente fue porque sus mejores espíritus tuvieron el coraje de escuchar los bajos fondos de su alma y exponerlos a la vergüenza pública en sus novelas, en su teatro, en su cine. Es muy frecuente, en nuestros países latinoamericanos –tan propensos a regímenes despóticos- criticar el famoso materialismo yanqui, mientras nos envanecemos de nuestra presunta inclinación a los valores espirituales. (…) Como todo gran imperio, ha cometido innumerables tropelías a lo largo y a lo ancho del mundo. Pero nadie ha dicho palabras tan duras contra los Estados Unidos como sus propios hijos" (SÁBATO, 1979).

Podríamos analizar incansablemente estos dos fragmentos de distintas épocas citados aquí: podríamos preguntarnos de dónde proviene esa justificación de las tropelías cometidas por el país al que Sábato otorga sumisamente, no crítica ni despectivamente, el mote de Imperio. Podríamos discutir la vacuidad crítica de un Sábato que no advierte, en textos de estas épocas, que ese derecho al disentimiento que tanto celebra de los Estados Unidos y que no desea para nuestros países latinoamericanos tan propensos a regímenes despóticos, no es censurada precisamente porque no puede hacer lo suficiente por el espíritu crítico de su pueblo. Podríamos alegar, también respecto de esta última cita, que es muy dudoso, aún si el lector es optimista en su defensa a Sábato como intelectual, considerar que éste incluye a nuestro país y a la dictadura que Sábato habita cuando dice que nuestros países latinoamericanos son tan propensos a regímenes despóticos, sobre todo teniendo en cuenta, según ya se ha citado, que Sábato considera, unas páginas antes, que empezamos por fin a tener una nación madura. Todo esto podría extenderse en un análisis que ya hemos atendido, no agotado, en esta la Segunda prueba. No obstante, sólo se hace estrictamente necesario preguntarnos cuál es la razón de esta actitud más bien elogiosa para con los Estados Unidos en 1979 y no en 1952, de cuya obra Hombres y engranajes, esta vez, Sábato no traslada ninguno de sus comentarios a Apologías y rechazos. Lo que ocurre es lo que habíamos sospechado unas líneas atrás: el registro sabatiano al que hemos denominado de la piedad, ese registro confesional, portavoz con un adicional de tono afectivo del que difícilmente se puede salir o retractarse después por sus propias limitaciones; ese registro, en fin y como ya se ha visto, acrítico y abstracto, se ve aún más atenuado en este ensayo. Y la manera que Sábato encuentra para atenuar aún más este discurso ya atenuado per se es previsible: elimina o adormece la crítica del polo que le es menos molesto al régimen despótico a cuyo servicio Sábato, lo quiera o no, está: el que enfrenta a la Unión Soviética: Estados Unidos. Luego, para terminar el movimiento, lo que había ahorrado en críticas a Estados Unidos lo despilfarra en objeciones de fondo, en ironías, en ataques directos a todo lo inherente a la Unión Soviética: "LOS FINES Y LOS MEDIOS

La prohibición del disentimiento, la instauración del Partido Unico, la abolición de la justicia independiente y de la prensa libre, el reemplazo de un Parlamento por el de un circo como el que periódicamente se reúne en los países comunistas, son los rasgos esenciales de la sociedad totalitaria y los recursos mediante los cuales el hombre es conducido a la condición de engranaje." (SÁBATO, 1979)

El ejemplo del hombre reducido a engranaje, contrariamente a lo que su obra homónima de 1951 sostenía, es ahora sólo de la Unión Soviética. Pero la monopolización de la figura demoníaca en la U.R.S.S. es objeto de una enorme y llamativa mayoría en esta obra de 1979: "En 1917, la Rusia zarista fue conmovida por una gigantesca revolución que exigía pan y libertad. ¿Qué hombre generoso y, sobre todo, qué joven idealista no habría de inclinarse a juzgar como una gran esperanza aquel acontecimiento histórico? Los años revelaron que mediante ese género de revolución podía darse pan a los hambrientos, pero en modo alguno esa libertad sin la cual no vale la pena vivir. Porque, como dijo Saint- Exupéry, una tiranía totalitaria puede satisfacer nuestras necesidades materiales, pero los hombres no forman un rebaño que meramente debe ser engordado.

Realizar una sangrienta revolución, sacrificar generaciones enteras, encerrar, torturar y matar a millones de disidentes para un día estar en condiciones de fabricar automóviles y heladeras tan buenos como los estadounidenses no puede construir el gran ideal de nadie." (SÁBATO, 1979).

Es claro, luego de las citas presentadas, que Sábato tiene un interés especial cuando exalta a los Estados Unidos, cuando llama a Inglaterra y a Estados Unidos naciones genuinamente civilizadas (SÁBATO, 1979). Su razonamiento es siempre improcedentemente maniqueo, tanto en su notorio aporte a la elaboración de la teoría de los dos demonios en la Argentina, según se verá en el próximo apartado, y como aquí mismo: pensar rígidamente en dos polos implica, por lo menos, tres cosas: neutralidad cuando se toma partido por las víctimas de uno y otro bando; posibilidad de conservar un espíritu crítico, utilizando como praxis el mirar siempre desde la perspectiva contraria a la del bando "oficial"; capacidad acomodaticia, sin un bando fijo, o más bien supeditado al momento en el que uno u otro se vuelve oficial. Sábato, en el fondo de su abstracción un pensador maniqueo, practica entonces el deslizamiento entre la primera y la tercera implicancia de esta tipología. Su abstracción sirvió siempre para identificar dos polos y no posicionarse sobre ninguno, a menos que los regímenes despóticos se lo sugirieran para legitimarse en él.

Para sintetizar: Sábato, en 1951, abstracto, compasivo con la criatura humana en general, piadoso, equidistante; Sábato, en 1979: compasivo con la criatura humana en general, aunque de una equidistancia atenuada por una sutil predilección por los países contrarios a la Unión Soviética, sobre la que no se ahorra críticas, y optimista respecto del país maduro que cree que por fin hemos llegado a tener. Sábato, en 1984: compasivo con la criatura humana en general, aunque de una equidistancia atenuada hacia el otro lado: repudio de los timoneles de ese país maduro. Desde un registro piadoso y compasivo, desde un maniqueísmo acomodaticio que le ha permitido, pasados más de una docena de regímenes despóticos, salir airoso de todos.

11.- El Prólogo de la CoNaDeP y la legitimidad mediante el registro de la piedad

Nos hemos preguntado a lo largo de este trabajo, ya muchas veces, por qué Sábato se había ganado la simpatía de la sociedad argentina y el mote social de comprometido en ella, pese a sus lúcidos detractores también citados. Habíamos esbozado una primera conjetura al hablar de la oficialidad de la representación que ha logrado tejer sobre sí mismo, y que lo coloca en contraposición con Borges. Ahora diremos, luego de haber analizado cuestiones cruciales del registro de Sábato a lo largo de varias de sus obras, que es este registro de la piedad el que da la prueba final de la efectividad en términos de reconocimiento social de Sábato, y a la vez, según se vio, la de su nulidad crítica.

El registro de la piedad y sus cualidades terminan de demostrar su versatilidad ideológica y su carisma frente a una recepción poco crítica como la de la clase media nacional en el prólogo del denominado "Informe Sábato": el de la CoNaDeP. Y, siguiendo una línea como la que se propuso de lectura de la discursividad sabatiana, se demuestra objetivamente que el registro de la piedad es a tal punto abstracto, que Sábato no tiene que acudir a otro para escribir dicho prólogo: el registro, como sus contenidos, como la abstracción acrítica, son, en el peor sentido de la palabra, universales: "Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países". (CONADEP, Prólogo atribuido a Sábato, 1984. El subrayado es mío), maniqueíza Sábato, para repudiar con mayor énfasis, esta vez, el horror de la extrema derecha del mismo modo en que, durante el régimen dictatorial de 1976- 1983 había mostrado mayor énfasis, según también se demostró, en repudiar a la extrema izquierda. Esta era, se dijo, una ventaja del registro de la piedad: la capacidad acomodaticia que se oculta bajo su paternalismo defensor y emotivo. En su abstracción reside su triunfo constante y universal. Luego, la teoría de los dos demonios que figura en este prólogo se vuelve inevitable en un ensayista que, como Sábato, siempre ha pensado en forma bipolar y maniquea cuando el maniqueísmo no era pertinente. En la cita de más arriba, se nos narra la historia de dos grupos en pugna: el terrorismo de la extrema izquierda y el de la extrema derecha. La lucha no puede ser leída de manera distinta a la que Sábato lee las cosas: de manera abstracta. Dos grupos en pugna y una sociedad compuesta por ciudadanos inocentes. Demonizar a los dos grupos en pugna implica angelizar a un tercero: la sociedad: "En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiera caer en aquella infinita caza de brujas (…) Todos, en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores" (SABATO, 1984). Marcelo Tinelli, en ocasión del atentado a la embajada de Israel, se lamentaba en su programa porque, además de judío, habían muerto muchos inocentes. Luego, Tinelli se disculpó públicamente por esta especie de acto fallido, que recupera la lectura de los dos demonios sobre la que Sábato, estando comprometido explícitamente en el plano político y siendo, o queriendo ser, un intelectual, admirando a Sartre, no se retracta. Sábato lleva gran parte de su legitimidad, para atisbar respuestas a esta pregunta insistente sobre su representatividad, porque plantea, y oficialmente (en el Informe de la CoNaDeP entregado al entonces presidente Raúl Alfonsín) una lectura que absuelve de culpa y cargo a la sociedad que había pedido ese golpe, a la sociedad que había aplaudido esos partidos distractores del mundial de 1978 y a la sociedad que había festejado la decisión política de la guerra de Malvinas.

Corren, como conclusión de todo lo visto hasta ahora sobre Sábato y sus trabajos, dos cosas en paralelo: primero, que el grado de disociación respecto de la realidad histórica inmediata de este registro se congela para analizar siempre, en distintas épocas y circunstancias históricas, las cosas de manera congelada. El registro de la piedad (y valga a modo de repaso) se lamenta por las víctimas, siempre es abstracto y esencialista a la hora de referirse al hombre, es ahistórico, apolítico, y maniqueo. Estos atributos hacen que el ensayista Sábato pueda hablar casi de cualquier cosa y volcarse por el lado que, en su maniqueísmo, más le convenga (ya vimos que, en sus ensayos, lo ha hecho, y, para más detalles, remito a la bibliografía citada). Al mismo tiempo el efecto de compromiso de este registro le valió, siempre, el aplauso universal por parte de una recepción que no gusta ser acusada por su evasión de la complicidad histórica que durante el régimen de 1976- 1983 han tenido a raíz, muy posiblemente, de un rasgo que mucho tiene que ver con Sábato: la nulidad crítica.

Existen en Sábato por lo menos tres aspectos a tener en cuenta en el momento en que lo analizamos como intelectual: primero, el registro de la piedad y su falta de alcances críticos (visto en la Segunda Prueba). Segundo, la coherencia acrítica (vista en la Primera Prueba) que Sábato ha mantenido desde sus primeros trabajos ensayísticos, comprobada al momento de la extraña permisividad por parte de los golpistas del Proceso de 1976- 1983 (permisividad que ya no debería resultarnos extraña, y, de paso, se dirá que en esto último radica el éxito o el fracaso de este apartado), lo que anula la posibilidad de considerar a Sábato, como suele hacérselo, un intelectual que devino decadente; y en tercer lugar, diremos, una nueva cualidad del sistema de pensamiento que no le pertenece exclusivamente a Sábato sino que forma parte de las contraindicaciones de una perspectiva maniquea en el intelectual: la posibilidad de ser, en un descuido, un intelectual acomodaticio o abstracto. Las citas con que hemos intentado discernir las zonas desde las cuales el discurso sabatiano ha resultado efectivo para su recepción, constituida por la clase media, pueden y deben implicar una traslación a la problemática del auténtico intelectual comprometido. Que el discurso sabatiano haya sido, aquí, objetado, nos debe ubicar en una perspectiva paranoica que nos fuerce a mirar alrededor de él y preguntar: ¿en dónde reside, entonces, el triunfo de Sábato en el mapa social del intelectual crítico? Ya vimos que una respuesta puede ser su "triunfo" sobre Borges en términos políticos. ¿Por qué Sábato y no Viñas, Bayer, José Pablo Feinmann, ocupa el lugar de la masiva admiración? ¿Por qué los intelectuales de corte sartreano más genuino y menos objetable tienen una influencia más escasa que la de Sábato, el personaje más ovacionado en el último Congreso de la Lengua celebrado en Rosario en 2004 y considerado uno de los eventos culturales más importantes de los últimos tiempos celebrado en nuestro país?

Sábato preocupa. Pero preocupa como síntoma del intelectual sartreano, influyente, hoy. Preocupa porque encarna la pregunta sobre las posibilidades de existencia de un intelectual sartreano genuino. Y preocupa, principalmente, porque sí hay un lugar para él pero no lo hay para los que lo deberían ocupar.

En 1979, Sábato no desafía a la censura impuesta por la dictadura militar en la Argentina, como lo dice la edición de la Obra Completa: Ensayos de Seix Barral editada en 1996; tampoco se ha planteado problemas cuyas soluciones lo irguieran al plano de pensador, donde, sin embargo, ha terminado estando. El problema es por qué Sábato está ahí.

Ahí donde no está el verdadero intelectual.

Fernán Tazo


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