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Techno-sexual landscapes: Un paseo por los nuevos escenarios tecnosexuales




 

 

ABSTRACT

Partiendo del libro de Angel Gordo y Richard Cleminson (Techno-sexual landscapes: changing relations between technology and sexuality) y, trazando un repaso a sus propuestas fundamentales, planteamos algunas problematizaciones de los usos de los chats en relación a la formación de la subjetividad moderna y a las vinculaciones entre las conversaciones electrónicas y las relaciones sexuales. El libro nos sirve como marco teórico y anclaje metodológico en los que insertar una reflexión sobre las dislocaciones que las nuevas tecnologías producen en la noción de individuo moderno, sujeto social o sexualidad. La lectura del mismo es utilizada para sentar las bases epistemológicas sobre las que poder afrontar un posterior estudio de los efectos sociales de las tecnologías digitales. El intento de conformar una disciplina sociológica asociada a los chats se planteará en forma de preguntas que interroguen qué tipo de marcos interpretativos pueden o deben utilizarse en esta empresa.

Introducción:

"Tecnología" y "sexualidad" rara vez han sido observadas simultáneamente. Las ciencias sociales y el mundo académico, con sus rígidas miradas clasificatorias, las han considerado siempre objetos separados, espacios independientes. Esta pretensión de categorizar lo social simplificando y aislando fenómenos ha dejado en el tintero sociológico muchos temas sin tratar. Gran cantidad de prácticas y procesos han quedado olvidados en los repliegues formados por las rigurosas divisiones y las estrictas acotaciones entre disciplinas: zonas oscuras, controvertidas y silenciadas por la ceguera inocente (o no tanto) de la cultura occidental. Angel Gordo y Richard Cleminson, en su último libro (Gordo y Cleminson, 2004), nos invitan a un viaje por uno de estos "no-lugares sociológicos": la relación recíproca e interdependiente entre los sistemas tecnológicos y la sexualidad. Una relación que es histórica y contingente, que ha producido imbricaciones cambiantes y sinuosas pero, al fin y al cabo, de efectos palpables y reales (materiales). Tecnologías y relaciones sexuales, nos descubre el libro, se superponen, se limitan y se refuerzan según ocasiones, según culturas y según coordenadas temporales.

Para dar cuenta y fijar los puntos calientes de tal trasvase o correspondencia hay que recurrir a herramientas de hilo fino y metodologías ad hoc. Análisis genealógico (1) y cultural studies en estado puro se combinan con potencia para hacer resonar los ecos históricos de ciertos espacios y tiempos, para entender el presente desde una reconstrucción no lineal y no determinista del acercamiento entre artefactos tecnológicos y sexualidades sociales. Al fin y al cabo, cada objeto tiene su metodología. Los autores reconocen que podrían haber optado por otras sendas más transitadas y sencillas para abordar su objetivo: estudiar las nuevas (bio)tecnologías de reproducción asistida, analizar los affaires que surgen en los chats, contemplar el tratamiento mediático del SIDA o deconstruir semióticamente los anuncios de coches en los que alguna modelo despampanante se insinúa sensualmente. Sin embargo, la apuesta es más arriesgada: dirigen su catalejo a combinaciones de técnica y sexualidad que han quedado atrapadas en el pasado, que nos revelan sentidos aparentemente nimios pero ricos en enseñanzas. Serían casos de estudio falsamente asépticos que, en su pretendida inocuidad o insignificancia, transpiran gran cantidad de pistas e intuiciones sociológicas. Estos casos encajan en tres "momentos analíticos" o tres (2) episodios clave por los que transitan Ángel Gordo y Richard Cleminson en su libro: i) los tiempos medievales y el florecimiento de monasterios y molinos, ii) la urbanización e industrialización de los siglos XIX y XX con la extensión del ferrocarril y iii) el "presente-futuro" en el que nos hallamos. En cada uno de ellos, debido a su especificidad histórica, se localizarán dinámicas cambiantes entre la técnica y la socialización.

Entrando en los tres momentos analíticos:

De esta forma, las arquitecturas medievales ideadas para distanciar sexos y regular celibatos en los monasterios medievales se convierten en la primera estación del viaje (pp. 35-56). Un mundo (el europeo entre los siglos IX y XIV) en el que la férrea moral eclesiástica se enfrenta al reto de disciplinar espacios y sujetos nuevos. Pero también donde los monasterios dúplices (mixtos) o molinos de viento, entendidos como lugares de reunión popular, monjes heterodoxos, brujas y alquimistas que dominan artes y químicas, etc., sirven como semilla de la innovación tecnológica que se vive en la revolución industrial siglos más tarde (se siguen aquí algunas de las aportaciones de Lewis Munford (3) sobre la cultura pre-tecnológica). Los hábitos religiosos medievales no sólo suponían códigos de conducta severos sino también el principio de usos, técnicas y saberes que, compartidos y difuminados, dieron lugar a posteriores invenciones. Algo relativamente similar a lo que Weber apuntaba sobre la racionalización ascética del protestantismo calvinista y su repercusión en la formación del primer capitalismo (Weber, 1997): en las regulaciones (o contra-regulaciones) religiosas medievales del comportamiento individual se forman las simientes o condiciones de posibilidad de ciertos fenómenos sociales históricamente posteriores (4). El ethos medieval no vivió de espaldas al cambio tecnológico, ni mucho menos, sino que combinó recursos y personas de manera que la materialidad y la espiritualidad de las comunidades medievales aportaron experiencias comunitarias innovadoras. El capítulo rompe así con los tópicos que dibujan la Edad Media como una fase transitoria, primitiva o antitecnológica, mostrando la mediación de ciertos enclaves tecnológicos en los encuentros y reuniones sociales.

En la misma línea, en el suroeste francés, los cátaros se erigen en los auténticos transgresores de los siglos XII y XIII tanteando los límites y las severas prohibiciones impuestas por Roma; herejes que exploraban fronteras afiladas sobre las que se construían las "sexualidades normales" de la época. Numerosas órdenes monásticas (cátaros, sarracenos, judíos, etc.) suponían un desafío al orden feudal-eclesiástico, a la vez que introducían y manejaban nuevos conocimientos técnicos y cosmogonías. El texto describe el intercambio constante entre esas órdenes religiosas controvertidas, la vida técnico-material del momento y las sexualidades reguladas imperantes. Son, señalan los autores, los "aspectos productivos" de los monasterios y de la época medieval, tildada de oscura para la historiografía moderna, los que más tarde se plasmarán en desarrollos tecnológicos o los que sirven de fondo para encuentros populares y sexuales. En la misma estela, algo más tarde, las brujas se hacen protagonistas al convertirse simultáneamente en magas, en objetos del oscuro deseo masculino y en especuladoras de una alquimia desconocida, capaces (en la imaginación popular) de volar sobre artefactos de limpieza (escobas); personajes en los que la tentación, la regulación sexual de la iglesia y las tecnologías rudimentarias para elevarse en el cielo se intercalan; figuras estereotipadas donde se superponen técnica y sexualidad. En este caso, la relación con los dispositivos técnológicos marca y estigmatiza las estampas malditas ("desviadas") del momento.

Más adelante (pp. 77-96) nos topamos con las convulsiones que sufren las sociedades occidentales por la entrada en escena del capitalismo industrial, sacudida que, en el despliegue de lo fabril-urbano, deshace y rehace gran cantidad de lazos sociales. Es esa modernidad temprana, con sus conmociones y vapuleos existenciales que lúcidamente detallaran, cada uno a su manera, los Simmel o Benjamin: momento también en que la vida social comienza a ser "tecnologizada" masivamente. Si bien en el periodo medieval podemos atrevernos a afirmar sin mucha equivocación que la tecnología estaba emplazada en zonas concretas, en áreas específicas, el siglo XIX se encarga de extenderla y democratizarla, especialmente tras el descubrimiento del "nuevo mundo", las colonizaciones y un mejorado transporte de masas que recalcula las distancias terráqueas (reduciendo el espacio geográfico). Los sujetos sexuados comienzan a verse envueltos en dispositivos técnicos insólitos hasta la fecha, a usar y ser usados por la tecnología moderna. En ese escenario, la presencia de la "bruja", por ejemplo, sigue funcionando desplazada, ya sea encarnada en otros sujetos (indígenas, por ejemplo) o invisiblemente, y actuando como tope para el desarrollo de la cultura hegemónica. En el nuevo centro histórico, la ciudad, las clases sociales emergentes redefinen su sexualidad al contacto con trenes, máquinas de vapor, penicilina, globos aerostáticos o máquinas de escribir. Una profusión progresiva de cachivaches que se van insertando en la vida social de una manera radicalmente nueva, alterando la estructura socio-sexual de la época.

Son en concreto los trenes, según nos relata el libro, los vehículos tanto del nuevo transporte terrícola como de un nuevo modo de existencia relacional y sexual. En los vagones de finales del XIX y principios del XX se comienza a articular novedosamente género y nuevas tecnologías del transporte de humanos, coquetería y raíles, seducción y vapor, normas de etiqueta y ferrocarriles. La aparición de un objeto técnico como los trenes, y su relación con la conformación de una regulación fuerte de las relaciones sexuales, ha sido ninguneada hasta la fecha. La facilidad con la que dicho medio produce "encuentros" y conexiones de gente distanciada geográficamente induce un simbolismo erótico nuevo (siguiendo aquí a Baudrillard). Estaciones y vagones, son "espacios intermedios", casi "no-lugares" (Augé, 2004) públicos en los que las mezclas raciales e inter-clase generaron cambiantes formas de relación. Las locomotoras atropellaron y arrasaron, metafóricamente, los viejos modos de vida, haciendo aflorar miedos, ansiedades, nervios, vértigos, desviaciones sexuales y esperanzas. Las normas de etiqueta surgidas al calor de los trenes, implícitas o explícitas, tácitas o públicas, son algo crucial ya que, los autores afirman, se van grabando lentamente en los cuerpos y en las mentes, actuando como líneas disciplinarias de construcción de subjetividad (una idea muy foucaultiana). Concretando en un ejemplo: las mujeres inicialmente tuvieron prohibido por la vigilante moral social de la época corresponder miradas, ceder asientos o mostrarse excesivamente en dichos lugares (se analizan en este caso normas de etiqueta escritas).

Merece la pena señalar que una de las novedades que Ángel Gordo y Richard Cleminson aportan es vincular las "tecnologías del yo" (Foucault, 1996) con las tecnologías de objetos y artefactos, con los manejos y usos de técnicas concretas. La creación del self moderno estaría íntimamente ligada a la tecnología en un sentido amplio, algo que no ha sido suficientemente enfatizado por los seguidores y continuadores de la línea foucaultiana. La Modernidad se abre con un nuevo modo de sujetar sujetos (Ibáñez), de definirlos y conformarlos (sexualmente también) a través de su relación con ciertas innovaciones, dispositivos, aparatos, elementos técnicos y objetos. No sólo a través del dinero (Simmel) o en la fábrica (Marx), sino también a través del transporte, de las máquinas, de los ingenios y de los artilugios técnicos que comienzan a ver la luz desde el siglo XVIII. Éste es uno de los meollos del libro: la génesis de la subjetividad moderna tiene mucho que ver con la historia material de la tecnología. Los sujetos sociales de la modernidad son fruto de una combinación entre lo simbólico y lo material donde la tecnología tiene un papel esencial. Nuestro "yo" y nuestra identidad se conforman también en la utilización de la técnica, en la relación cotidiana con los productos del homo faber. Una de las aportaciones del texto es interrogar este fenómeno y contribuir a rellenar un hueco "mal tapado" que las ciencias sociales tenían desde hace tiempo.

La parte final del texto (pp. 99-113) apunta a una recopilación de sugerencias, intuiciones e hipótesis arrancadas de los casos históricos que, recicladas en tiempo presente, nos puedan sugerir vías de desarrollo y proyección para la sociedad informacional moderna. El tercer escenario es, pues, nuestro presente que mira al futuro. ¿Encontraremos idénticas enseñanzas sobre brujas y trenes en el ciberespacio, en los videojuegos o en las tecnologías inalámbricas? Seguramente sí. Erotismo y tecnología hace tiempo que deambulan dados de la mano, tal y como la película Crash (David Cronnenberg, 1995), analizada en el libro (pp. 23 y 24), reflejó no sin cierta polémica y malestar. Nuestro tiempo actual observa atónito la reescritura de la relación mente-cuerpo en torno a las nuevas tecnologías digitales que permiten ya casi integrar humanos y máquinas. La imagen mistificada y mágica que los ordenadores tienen actualmente ha rejuvenecido cierto "paganismo tecnológico" digno de mencionar. Los encuentros sexuales mediados por redes de ordenadores están de plena actualidad, por ejemplo. Precisamente, es por ello que, sólo al día de hoy, se dan las condiciones de posibilidad de una pregunta incisiva y abierta sobre la "tecno-sexualidad".

En definitiva, el libro demuestra cómo las tecnologías son una parte integral de significados y prácticas sociales y culturales, de nuestros modos de representar y representarnos, de los mismos sujetos. Molinos medievales, monasterios, trenes o chats son lugares donde no sólo se tejen amores, celos, "cuidados de sí" (Foucault), afectos, comportamientos de género o rupturas sino relaciones sociales en un sentido amplio, mediadas y reguladas por técnicas que, a su vez, son modificadas en su uso. Son espacios bulliciosos y efervescentes donde los agentes sociales habitan, se constituyen y viven intensamente. Lo que nos indica que la fractura que trazan las ciencias entre lo natural y lo social, entre hombres y máquinas, entre lo biológico y lo cultural, entre el cuerpo y la tecnología, hace tiempo que se ha difuminado quedando borrosa, como no se han cansado de anunciar los así etiquetados "post-humanistas" (Latour, Law, Callon o, especialmente, Haraway (5)). Si los nuevos dispositivos han menguado la distancia entre cuerpo y técnica, poco sentido tiene plantear las viejas dicotomías y taxonomías que separan nítidamente la naturaleza animal de la cultura socialmente construida. El viejo concepto de cuerpo, definido como objeto preciso de contornos fijos e inmutables, ha dejado de existir en su hibridación con el resto de objetos sociales (técnicos y no técnicos).

El libro, en definitiva, busca arrojar luz sobre esas encrucijadas en las que sexualidad y tecnología se entrelazan, rastrear los cruces de caminos que han sido velados por la corrección moral occidental y que ocultan materia prima para las ciencias sociales de alta calidad. Para ello, los autores construyen un dispositivo teórico (idénticamente a términos como "biopolítica" o "cyborg") en el último capítulo: la "tecno-sexualidad" (p. 106), una "metáfora" que se forma por sedimentación de ejemplos empíricos (es decir, toma cuerpo en la historia) y que da cuenta de las relaciones entre la cultura simbólica y la materialidad técnica. No pretende ser un ente ontológico que, a modo de espíritu absoluto hegeliano, dirija la historia o la desglose exhaustivamente. Es un término que abre y problematiza el punto cardinal de las relaciones relatadas mostrando, como dicen los autores, que no hay "lugares neutros o seguros" (p. 113). Este tipo de trabajos exploratorios han enriquecido los estudios sociales de la ciencia y la tecnología que, en los últimos años, han abierto sus horizontes de miras a campos, sorprendente e injustamente, no abordados o teorizados.

Epílogo cibersociológico: Preguntas abiertas para una "sociología de los chats"

El libro termina planteando la novedosa presencia de las nuevas tecnologías (biotecnologías o Proyecto Genoma Humano y chat o "conversaciones electrónicas") como escenario privilegiado para el estudio de las relaciones entre tecnología y sexualidad. Dejando momentáneamente de lado el aspecto biotecnológico, ¿inaugurarán las charlas virtuales una nueva fase de interacción entre el ámbito técnico y las relaciones interpersonales? ¿Qué metamorfosis sufrirá la subjetividad social ante la, cada vez más importante, conexión telemática entre individuos? ¿Se está convirtiendo el chateo o la mensajería instantánea en una forma preeminente o hegemónica de socialización de género? Las respuestas, a partir del libro, se adivinan pero no se condensan aún en ninguna afirmación rotunda. Una vez que el texto nos ha colocado alineados hacia el presente, debemos valernos de las herramientas y metodologías aportadas para mirar lo actual. En ese sentido, el libro puede funcionar perfectamente como un "programa de investigación", un esquema detallado de actuación sociológica. Nos invita a estirar sus argumentos o perspectivas a otros casos de estudio o fenómenos empíricos. El texto ofrece, a partir de sus genealogías, una propuesta epistemológica para abordar los efectos sociales de las tecnologías contemporáneas. Es por ello que ponerse a la tarea de estudiar el mundo de las charlas virtuales, en sus versiones clásicas (IRCs) o de mensajerías instantáneas (Messenger y demás), tiene un fuerte sentido desde la óptica desarrollada. No obstante, ¿qué límites o fronteras tiene esta mirada? ¿Existen otras escuelas, corrientes o aportaciones teóricas que converjan con las que hemos visto? ¿Habría que complementar esta perspectiva (típica de muchos cultural studies) con una teorización sobre el poder (como parece hizo Foucault finalmente)? ¿Sería necesario apuntalar el enfoque con un fondo (una teoría social) sobre el que encajar las piezas históricas a riesgo de encorsetar lo empírico en un metarrelato monolítico?.

Otro de los temas que emergen intuitivamente es la idea de que la tecno-sexualidad que describen Angel Gordo y Richard Cleminson tiene visos de verse acelerada y acentuada en los años venideros. La significación social y la presencia cotidiana creciente de las tecnologías (digitales, especialmente) son cada vez mayores en nuestras vidas. Nuestro día a día, el conocernos y el conocer el mundo, están mediados incesantemente por artefactos digitales y tecnológicos. ¿Constituirán, entonces, los chats uno de estos "escenarios" (tecno-sexuales (6)) o tarimas sobre las que los actores sociales construyen su modo de ver (y actuar) el (y sobre) el mundo? ¿La importancia de los mismos será recalcada y enfatizada con el paso del tiempo o estamos ya en su momento de máximo esplendor? ¿Pertenecemos a un momento histórico (y, por tanto, analítico) dominado incontestablemente por el mundo chat?.

Idénticamente, en los chats ¿seremos testigos de muchos de los fenómenos y acontecimientos que se mencionan en el libro: regulación normativa (normas de etiqueta y comportamiento), disciplinas, jerarquías simbólicas, sexuación de espacios y erotización de tecnologías, creación de figuras desviadas, nuevas formas de interacción, etc.? Por ejemplo, en cada canal, encontramos códigos de conducta compartidos, actividades sancionadas, actitudes proscritas, vocabulario o lenguajes propios, relaciones de poder, reglas de seducción, simbologías eróticas, pautas de dominación, autoridad, compañerismo, comportamientos diferenciados según variables sociodemográficas (género, edad, clase, etc.). Es decir, ¿podremos distinguir claramente un cúmulo de fenómenos sociales tradicionales que, mediatizados por una tecnología comunicativa, tomen un tinte o cariz diferente u observaremos "lo mismo de siempre" pero bajo un decorado futurista-digital?

Siguiendo el interrogatorio, ¿asistiremos, además, a dos procesos sociales clásicos, dos tipos ideales de fenómenos que tradicionalmente estiran a los individuos en direcciones aparentemente opuestas: la individuación y la socialización comunitaria? La primera sería una tendencia que forzaría una visión cada vez más solitaria, anómica, atomizada, autista y replegada hacia la interioridad de los sujetos (Beck y Beck- Gernsheim, 2003). La segunda, en cambio, opta por enfatizar el papel socializador, dinámico, interactivo, conectivo e inherentemente colectivo del uso de dichas tecnologías. Entre ambas, el juego identitario se despliega con todos sus fuegos de artificio. En concreto, ¿cómo se materializan estos antagonismos en los chats?

Tanto los monasterios como los canales chats comparten la idea de ser "comunidades" (gemeinschaft, para Tönnies), una grupalidad densa y especial, una "solidaridad orgánica" (Durkheim) en las que los miembros participan y se reconocen. Las tecnologías, en sus diferentes versiones, permiten y facilitan las agrupaciones o la cohesión colectiva, fortaleciendo vínculos sociales. Pero la idea de comunidad encarna, de alguna manera, un sentido religioso de "unidad espiritual", una unificación no material o instrumental donde las representaciones del mundo son comunes. En la Edad Media, el trasfondo religioso pujaba fuerte por ello pero en una época aparentemente secularizada, ¿qué elementos aglutinadores tienen los chats como para facilitar esa comunión anímica o ese sentimiento comunitario? ¿Qué función cumplen en tanto cemento grupal para la formación de microsociedades? ¿Qué características tiene esa sociabilidad (estabilidad, sustento, emotividad, racionalidad, etc.)? La idea de "comunidades virtuales" ¿connota la aparición de grupos sociales específicos en los que no hay un mero intercambio egoísta de bienes y servicios sino culturas (en un sentido amplio), inquietudes, ideologías, necesidades, reconocimientos, etc., o algún elemento común en torno al cual se articulan las mismas? ¿Tienen esos grupos el mismo significado social que poseían las comunidades heréticas de los siglos pasados (estudiadas en el libro) pero en un formato nuevo de sociedad laica? Más aún, ante el vendaval globalizador, ¿realmente el compartir sentimientos y abrirse "a los otros" funciona como trinchera y refugio existenciales? La confesión mutua y la revelación recíproca de los chats, ¿conforman más una "comuna hippie" o generan una especie de nueva "familia" artificial?

Las tecnologías, podíamos decir siguiendo uno de los ejes del libro, son lugares de encuentro, de reunión y socialización. Las ambivalencias y ambigüedades de la conexión, del viaje, de la interacción, del choque o del compartir un espacio (real o virtual) no sólo las encontramos en los molinos o en los trenes. Los salones, los carruajes, los aviones, los baños y piscinas, los puentes y canales o los chat-rooms pueden generar efectos idénticos. Si, como hemos visto, para la inflexible moral victoriana los trenes supusieron una amenaza por su mensaje libidinal, ¿las conversaciones electrónicas pueden significar también una dislocación de nuestros marcos normativos e interpretativos actuales? El mundo en el que nació el psicoanálisis, el final del siglo XIX y la cristalización del primer capitalismo, estaba atravesado por una serie de patologías sociales (histerias y neurosis varias). Por consiguiente, ¿los turbulentos días de la cultura global revisitarán el narcisismo, como anunciaba hace años Senett (1980)? ¿Serán los chats lugares privilegiados para percibirlo? ¿Encontraremos en la virtualidad de las conversaciones anónimas la sintomatología básica de los "excesos contemporáneos" (adicciones o anorexias, por ejemplo)? La sociabilidad virtual parece que da pié para divisar nítidamente los "desórdenes del carácter" y la clínica psicológica oficial de nuestros tiempos. Si el mundo erotizado de la "burguesía capitalista industrial" que viajaba en los trenes era moldeado por la represión victoriana, ¿encontraremos una nueva semiótica de las "conductas desviadas" o una lógica de las psicopatologías modernas conectándonos a los chats? Las comunidades formadas alrededor de la conversación y la confesión virtual seguramente definirán la génesis de otras "desviaciones sociales", de otras figuras malditas o retratos de perversiones.

Para concluir, hemos comprobado en el libro estudiado que el erotismo o la sexualización de espacios se produce socialmente, cada vez más, en torno a enclaves de interacción tecnológica y comunicativa. Son esos lugares u objetos técnicos, inventos o ingenios sociales, los que sirven como puntos de contacto o anclaje identitario y sexual; posiciones en las que las relaciones sociales se anudan y entretejen definiendo posibles encuentros o imposibilitando deseados intercambios. Parajes, en definitiva, ideales para observar la materialización histórica de la "tecnosexualidad" o para hacer visibles las relaciones dinámicas entre técnica y sexualidad. Ante el panorama que se presenta, ¿tendrá, por tanto, la historia de la sexualidad otro punto de inflexión u otra cesura en la era Internet? Estamos aquí para verlo.

Bibliografía:

  • Aberasturi, A. y Salceda, P. (2003) Hol@, de dónde eres?. Manual de urgencia para navegar en los chats, Ediciones B, Barcelona.
  • Augé, M. (2004) Los no lugares. Espacios de anonimato, una antropología de la sobremodernidad, Gedisa, Barcelona.
  • Beck, U. y Beck-Gernsheim, E. (2003) La individualización. El individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas, Paidós, Barcelona.
  • Foucault, M. (1996) Tecnologías del Yo. Y otros textos afines, Paidós, Barcelona.
  • Gordo, A. y Cleminson, R. (2004) Techo-sexual landscapes: changing relations between technology and sexuality, Free Association Books, Londres.
  • Haraway, D. (1995) Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza, Cátedra, Madrid.
  • Mayans, J. (2002) Género chat. O como la etnografía puso un pié en el ciberespacio, Gedisa, Barcelona.
  • Munford, L. (1997) Técnica y Civilización, Alianza Editorial, Madrid.
  • Recio, F. (1986) "El enfoque arqueológico y genealógico", en García Ferrando, M., Ibáñez, J. y
  • Alvira, F. (Comps) El análisis de la realidad social. Métodos y técnicas de investigación, Alianza Editorial, Madrid, 1986; capítulo III.5, pp. 425 - 438.
  • Rozitchner, L. (2001) La cosa y la cruz. Cristianismo y capitalismo (En torno a las «Confesiones» de San Agustín, Losada, Buenos Aires.
  • Sennet, R. (1980) Narcisismo y cultura moderna, Kairós, Barcelona.
  • Weber, M. (1997) La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Península, Barcelona.

 

Notas

[1] - Nos referimos aquí a una línea investigadora que arrancaría en Nietzsche y que alcanza, en Michael Foucault, su máximo esplendor. En nuestro país, son insoslayables los estudios de Fernando Álvarez-Uría y Julia Varela. Para una introducción en castellano ver Recio (1986).

[2] - La elección de la terna recuerda a las clasificaciones que Michael Foucault realiza en varias de sus obras, muchas de las cuales pueden resumirse en la cadena: época clásica, época moderna y época contemporánea.

[3] - Munford (1997) insiste en el papel de cierta predisposición cultural como requisito y complemento a la innovación tecnológica.

[4] - Idénticamente, otros autores menos conocidos han desarrollado tesis similares colocando el periodo medieval como fuente de futuras transformaciones socioeconómicas (aparte de los trabajos de Andrés Bilbao, ver, por ejemplo, Rozitchner, 2001).

[5] - Por ejemplo, Haraway (1995).

[6] - Uno de los primeros pasos para una "sociología de los chats" parece ser el incluirlos en dichas categorías ("escenario tecno-sexual") como forma de reconocer su relevancia. El segundo, intentando responder a tanta duda, emprender su estudio desde análisis empíricos concretos que den cuenta de sus rasgos y especificidades; o bien en las versiones más académicas (Mayans, 2002) o periodísticas (Aberasturi y Salceda, 2003)

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Igor Sádaba Rodriguez


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