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Los Borgia




Enviado por diminuta



    I El Cardenal Borgia

    El más interesante de los Papas de la
    época del Renacimiento
    nació en Játiva, España, el
    1 de enero de 1431. Sus padres eran primos, ambos Borjas, una
    familia noble
    y de cierta influencia. Rodrigo recibió su educación en
    Játiva, Valencia y Bolonia. Cuando su tío fue
    ascendido a cardenal, más tarde convertido en el Papa
    Calixto III, una nueva y amplia vía se abrió para
    este joven ambicioso dentro de la carrera eclesiástica.
    Una vez en Italia tradujo su
    nombre Borja por uno de sonido más
    italiano: Borgia y fue convertido en cardenal con tan sólo
    veinticinco años; un año más tarde
    recibió el título de vicecanciller,
    convirtiéndose de tal forma, en cabeza de la Curia.
    Cumplió con sus obligaciones
    de forma efectiva, ganándose cierta reputación como
    buen administrador,
    manteniendo una vida austera y formando un importante grupo de
    amistades. Hasta los treinta y siete no se ordenó
    sacerdote.

    Fue un hombre tan
    atractivo durante su juventud,
    elegante en sus maneras, persuasiva su elocuencia, y alegre de
    temperamento que a las mujeres les resultaba difícil
    resistírsele. Habiendo sido criado dentro de los
    parámetros morales más relajados de la Italia del siglo
    XV, se entregó sin reservas a los placeres de la carne,
    decidiendo disfrutar de todas las bendiciones que de Dios
    había recibido. Pío II le recriminó su
    asistencia a "un indecente baile"(1460) pero aún
    así el Papa supo disculpar al joven Rodrigo
    permitiéndole continuar como vicecanciller y consejero
    personal. En
    ese año, su primer hijo, Pedro Luis, nació, y
    probablemente también su hija Girolama quien se
    casó en 1482; las madres de ambos niños permanecen
    siendo desconocidas. Pedro vivió en España
    hasta que, en 1488 fue llamado a Roma por su padre
    muriendo poco tiempo
    después. En 1464 Rodrigo acompañó a
    Pío II en un viaje a Ancona, donde contrajo una enfermedad
    venérea "porque -como dijo su médico- no
    había dormido sólo".

    Hacia 1466 formó una relación más
    estrecha con Vanozza de Catanei, una muchacha de veinticuatro
    años casada con Domenico d´Árignano,
    quién abandonó a su esposa en 1476. Vanozza
    concibió cuatro hijos de Rodrigo (se había ordenado
    sacerdote en 1468), el primero Giovanni (1478), Cesar en 1476,
    más tarde en 1480 nació la hermosa Lucrezia, y por
    último, en 1481 Giofe. Sobre la tumba de su madre el
    nombre de cada hijo fue escrito y por su padre siempre
    reconocidos. Semejante unión persistente y
    prácticamente monógama, en comparación con
    otros eclesiásticos, podría definirse de
    estabilidad y fidelidad, Roscoe decía: " Su unión a
    Vanozza parece ser sincera y uniforme, y aunque su
    relación necesariamente ha de ser desaprobada, él
    la trataba como a su esposa legítima.

    Fue un padre atento y benévolo; fue una pena que
    sus esfuerzos por hacer prosperar a sus hijos no siempre
    reportaran gloria a la Iglesia".
    Cuando Rodrigo ambicionó el trono papal se
    convirtió en un "marido" tolerante para Vanozza y le
    ayudó a acrecentar su fortuna. Enviudó dos veces,
    casada de nuevo, vivió en un modesto retiro disfrutando de
    los triunfos de sus hijos pero lamentando el verse separada de
    ellos, ganó cierta fama de piadosa y murió a los
    setentiséis años de edad dejando todas sus
    propiedades a la Iglesia.
    León X envió a su chambelán en
    representación papal el día de su
    funeral.

    Lo cierto es que se debería olvidar una
    tradición histórica que se ha ocupado de envilecer
    el nombre de Alejandro VI para juzgar a este Papa con unos
    criterios más actuales y no dejarnos impresionar por el
    morboso juego que ha
    dado su bibliografía a numerosa literatura, incluso
    erótica. Sus pecados, considerados en su tiempo como
    canónicos y mortales, podrían ser calificados hoy
    en día como veniales y perdonables. Tendríamos que
    tener en cuenta que la opinión general en el tiempo que
    Rodrigo se convirtió en Papa era más indulgente con
    las libertades sexuales que se perpetraban contra el celibato
    eclesiástico. El mismo Pío II abogó y
    defendió la posibilidad de matrimonio para
    los sacerdotes; Sixto IV tuvo varios hijos; Inocencio VIII
    incluso metió a los suyos en el Vaticano. Muchos
    condenaron y reprobaban la moral de
    Rodrigo, pero de hecho nadie lo mencionó a la hora de
    elegir al sucesor de Inocencio en el cónclave. Cinco
    papas, también el virtuoso Nicolás V, le
    habían otorgado lucrativos beneficios durante todos estos
    años a sus servicios, le
    habían confiado complicadas tareas y dado puestos de
    responsabilidad sin, aparentemente, tener en
    cuenta su exuberante capacidad procreadora. Por el contrario, lo
    que de este hombre era
    realmente remarcable en 1492 era que había sido
    distinguido como vicecanciller durante treinta y cinco
    años y confirmado en este cargo por cinco Papas distintos,
    encargándose de administrar de forma laboriosa y
    competente.

    Iacopo da Voltera le describía así: " un
    hombre dotado de un intelecto capaz de cualquier cosa y gran
    sentido común; ávido argumentador, de naturaleza astuta
    y con una maravillosa habilidad resolviendo
    diligencias".

    Era popular en Roma, cuando se
    supo que Granada había sido conquistado por los Reyes
    Católicos celebró el acontecimiento deleitando a
    los romanos con una corrida de toros por todo lo alto.

    Quizás los cardenales que se reunieron en el
    cónclave de agosto de 1492 estaban también
    interesados en su fortuna pues en tantos años se
    había convertido en el cardenal más rico- a
    excepción de d´Estouteville- que en Roma se pudiera
    recordar. Muchos confiaron en recibir cuantiosas dádivas
    en recompensa por votarle, y no les falló; Infessura
    describió este proceso como
    "la distribución evangélica de sus
    bienes entre
    los pobres" no se trataba de un método
    inusual, cada candidato lo había utilizado en muchos
    cónclaves pasados, hoy en día los políticos
    hacen lo mismo. El voto decisivo corrió a cuenta del
    cardenal Gherardo, de noventiséis años de edad, y
    prácticamente falto de la entera posesión de sus
    facultades. Finalmente se eligió a Rodrigo Borgia por
    mayoría absoluta (10 de agosto de1492). Cuando se le
    preguntó qué nombre respondería
    contestó: "por el de Alejandro
    Magno, el Invencible". Fue un pagano comienzo para un
    pontificado pagano.

    II Alejandro
    IV

    La selección del cónclave coincidió
    con la opinión pública, nunca una coronación
    papal había supuesto tantas celebraciones populares. El
    pueblo se vio deleitado por una panorámica cabalgada de
    blancos caballos, figuras alegóricas, tapices y dibujos,
    caballeros y grandes, tropas de arqueros y jinetes turcos,
    setecientos sacerdotes, cardenales ataviados de sus ropajes
    más coloridos, y finalmente, Alejandro VI en persona, sesenta
    y un años pero de figura majestuosa, rebosante de salud, energía y
    orgullo, "de sereno semblante y sobresaliente dignidad" relataba
    un testigo "parecía un emperador incluso cuando
    bendecía a la multitud", sólo unas cuantas mentes
    sobrias, como por ejemplo Giuliano della Rovere y Giovanni de
    Medici, expresaron su aprehensión hacia el nuevo Papa,
    conocido como un padre protector, se sospechaba acertadamente que
    utilizaría todo su poder para
    engrandecer a su familia
    más que fortalecer a la Iglesia.

    Comenzó bien. En los treinta y seis días
    que corrieron entre la muerte de
    Inocencio y la coronación de Alejandro VI se registraron
    en Roma 220 asesinatos, el Papa hizo del primer asesino capturado
    un ejemplo de escarmiento: el reo fue ahorcado junto a su hermano
    y su casa destruida. La ciudad aprobó estas severas
    medidas; el crimen bajó y el orden fue restaurado en Roma;
    toda Italia se congratulaba de que una la Iglesia estuviera bajo
    la autoridad de
    un hombre estricto.

    El Arte y la
    Literatura eran
    símbolos de su tiempo. Alejandro hizo posible la construcción de numerosos monumentos y
    edificios tanto dentro como fuera de Roma; financió un
    nuevo tejado para Santa María Maggiore con el oro
    americano que le habían regalado los Reyes
    Católicos; remodeló el Mausoleo de Adriano en el
    fortificado Castillo de Sant´ Angelo, redecorando su
    interior además de proporcionarle celdas para prisioneros.
    Mandó construir un corredor cubierto entre el castillo y
    el Vaticano, el mismo que le dio cobijo durante el ataque de
    Carlos VIII en 1494 y salvó a Clemente VII de la emboscada
    luterana acaecida durante el saqueo de Roma. Pinturicchio se
    comprometió a adornar el Appartamento Borgia en el
    Vaticano, cuatro de estos seis cuartos fueron restaurados y
    abiertos para el público bajo el papado de León
    XIII, una luneta en uno de estos cuartos representa un retrato de
    Alejandro VI- una sonriente imagen vestida
    majestuosamente.

    En otro de los aposentos una Virgen enseñando al
    Niño a leer fue descrita por Vasari (Vasari II,
    Pinturicchio.) como el retrato de Guilia Farnese de la que
    se decía ser la amante del Papa. Vasari añade que
    el cuadro contenía "la cabeza del Papa Alejandro
    adorándola" pero no se encuentra visible en la pintura.

    Reconstruyó la Universidad de
    Roma, empresa para la
    que mandó llamar a distinguidos maestros. Le gustaba el
    teatro, para su
    diversión y entretenimiento los estudiantes de la Academia
    Romana eran contratados para representar comedias y ballets para
    sus festivales familiares privados. Prefería la música ligera a la
    densa filosofía. En 1501 restableció la censura
    sobre publicaciones bajo edicto requiriendo que ningún
    libro
    sería publicado sin la autorización y
    aprobación del arzobispo local, sin embargo
    permitió una amplia libertad para
    la sátira y el debate, "Roma
    es una ciudad libre" dijo el Papa al embajador Ferrarese "una
    ciudad donde todo el mundo puede escribir y decir lo que le
    plazca; se me critica mucho, pero a mí no me
    importa"

    Su oficina
    administrativa fue, en los primeros años de su
    pontificado, inusualmente eficaz, Inocencio VIII había
    dejador grandes deudas a cargo del tesoro de la Iglesia lo cual
    le supuso al nuevo Papa toda su habilidad financiera, tarea que
    le llevó cerca de dos años. El número de
    empleados del Vaticano fue reducido, gastos recortados
    y las cuentas
    estrictamente guardadas y anotadas. Alejandro representó
    el laborioso ritual de sus diligencias con fidelidad pero con la
    impaciencia propia de un hombre ocupado. Su maestro de ceremonias
    era un alemán, Joham Burchard, que contribuyó a
    perpetuar su fama e infamia anotando todo lo sucedido en un
    Diarium, incluyendo muchas de las cosas que el Papa
    hubiera preferido no mencionar.

    A los cardenales que le apoyaron en el cónclave
    el Papa obsequió y recompensó generosamente. Unos
    años después de su elección creó doce
    nuevos cardenalicios, mucho de ellos fueron hombres que contaban
    con verdaderas habilidades, algunos fueron escogidos en virtud de
    intereses políticos necesarios de conciliar; dos eran
    escandalosamente jóvenes- Ipplito d´Este, de quince
    años y Cesar Borgia, que tan sólo tenía 18
    años; uno de ellos, Alessandro Farnese debía su
    ascenso a su hermana Guilia, de quien se creía que era la
    amante del Papa, los romanos, de afiladas lenguas, apodaron a
    Farnesse il cardenale della gonnela, sin saber que el
    mismo Alessandro se convertiría años más
    tarde en Pablo III. El cardenal de más influencia entre
    aquellos más ancianos, Guiliano della Rovere, se
    exasperó al descubrir que, habiendo tenido gran poder sobre la
    voluntad de Inocencio VIII, tenía poco que hacer con
    Alejandro VI, quien hizo al Cardenal Sforza su principal
    consejero. Furioso Giuliano armó una guardia en Ostia y
    embarcó hacia Francia donde
    embelesó a Carlos VIII animándole a invadir Roma,
    reunir un concilio y deponer a Alejandro bajo la acusación
    de simonía.

    Mientras tanto, Alejandro trataba de plantarle cara a
    los problemas
    propios de un pontificado que se regía bajo los diversos
    poderes que en ese momento reinaban en Italia. Los Estados
    Pontificios habían caído de nuevo en manos de los
    dictadores locales, quienes, llamándose a sí mismos
    vicarios de la Iglesia, habían aprovechado la oportunidad
    que les había proporcionado la debilidad de Inocencio VIII
    para restablecer prácticamente la independencia
    que habían perdido sus predecesores. Algunas de las
    ciudades pontificias eran controladas por consejos locales. La
    primera tarea de Alejandro consistió en unir todos los
    Estados Pontificios bajo una administración centralizada: la labor fue
    encomendada a Cesar Borgia, cumpliendo con su cometido con tal
    eficacia y
    rapidez que despertó la admiración del mismo
    Maquiavelo.

    En el seno de Roma latía un problema más
    inmediato y alarmante, la turbulenta autonomía de los
    nobles, teóricamente subjetiva pero de hecho hostil y
    peligrosa. La fragilidad del papado desde Bonifacio VIII (1303)
    había permitido a estos barones mantener un feudo medieval
    con soberanía sobre los estados, creando sus
    propias leyes y jurisprudencia, organizando ejércitos
    privados, promoviendo conflictos
    internos que arruinaban el comercio. Para
    hacernos una idea de estos abusos baste con decir que poco
    después de la ascensión de Alejandro VI
    Franceschetto Cibó vendió, por la suma de 40,000
    ducados los estados que su padre, Inocencio VIII le había
    dejado, a Virginio Orsini.

    Orsini regía un alto puesto en el ejército
    napolitano, había recibido de Ferrante la mayoría
    del dinero que le
    permitió la compra, de hecho Nápoles había
    conseguido de esta guisa dos fuertes en territorio
    papal.

    La respuesta de Alejandro no se hizo esperar,
    formó una alianza con Venecia, Milán, Ferrara y
    Siena, reuniendo un ejército y fortificando la barrera que
    separaba Sant´Angelo y el Vaticano. Fernando II de
    España, temiendo que un ataque combinado sobre
    Nápoles acabaría con el poder de Aragón
    sobre Italia persuadió al Papa para que negociara con
    Ferrante. Orsini entregó a Alejandro VI 40,000 ducados en
    concepto de
    pago para obtener el derecho de mantener su compra, al mismo
    tiempo que el Pontífice comprometía a su hijo
    Giofre, de trece años, con Sancia, la preciosa nieta del
    rey napolitano (1494).

    En recompensa por su feliz mediación, el Papa
    concedió a Fernando el Católico las dos
    Américas. Colón había descubierto Las Indias
    dos meses después de la sucesión de Alejandro, Juan
    II de Portugal reivindicó el derecho a esas tierras en
    virtud de la Bula que el Papa Calixto III le había
    acreditado en 1479, la cual confirmaba su derecho sobre todas las
    tierras de la costa atlántica, además de esta, el
    pacto de Alçasovas que firmó España con
    Portugal reconociendo estos derechos, tenían
    confirmación en otras dos Bulas papales, la "Aeteris
    regis"
    de 1481 y la Bula "Romanus pontifex" de
    Nicolás V otorgada en 1455 que hacía alusión
    a estos mismos temas.

    Alejandro VI concedió a los Reyes
    Católicos tres bulas paralelas a las que ya tenía
    Portugal: una de donación de tierras e islas descubiertas
    o por descubrir. Otra de concesión de privilegios en las
    tierras descubiertas referentes a su evangelización y una
    tercera de demarcación, que delimitase la
    navegación de castellanos y portugueses en el
    Atlántico.

    Su publicación proporcionaba el título de
    dominio y
    dotaban a España de exclusividad bajo pena de
    excomunión para aquellos que no las respetasen. La Bulas,
    extendidas en este contexto fueron las siguientes: "Inter
    Coetera"
    (3 mayo 1493) "Inter Coetera" (4 de mayo 1493)
    "Eximiae Devotionis (3 de mayo 1493), "Piis
    fidelium
    " (25 de junio 1493) y por último" "Dudum
    siquidem"
    (26 de septiembre de 1493). Conocidos estos
    principios,
    los Reyes de Castilla podían navegar, descubrir y
    apropiarse de las tierras concedidas al oeste del
    Atlántico, mientras que a los portugueses les
    correspondería las halladas al este.

    Salvaguardados los derechos portugueses al Sur
    de las Canarias y hacia la India, nadie
    podía aferrarse a estas concesiones ya que se otorgaban de
    motu propio por la Santa Sede. No habiendo lesión
    de derechos, no hay que suponer intrigas y presiones en la
    concesión de las Bulas. Sin embargo las Bulas no obligaban
    a nada, concedían mucho y eran la expresión de la
    habilidad diplomática exterior de Fernando el
    Católico. En cualquier caso las Bulas se concedían
    bajo el supuesto de que las tierras descubiertas no estuvieran
    habitadas por cristianos, comprometiéndose los
    conquistadores en la labor de convertir a los nuevos
    súbditos a la fe verdadera. La "garantía papal"
    meramente confirmaba la conquista por la espada, pero
    preservó la paz entre los dos poderes peninsulares. Parece
    que a nadie le preocupó que los paganos nativos tuvieran
    ninguna clase de derechos. Este tema fue posteriormente
    desarrollado por el Padre Las Casas, Sepúlveda y el Padre
    Vitoria.

    Mientras Alejandro VI se disponía a distribuir y
    repartir continentes no le resultaba, en cambio, tan
    fácil contener al propio Vaticano. Cuando muere Ferrante
    de Nápoles (1494), Carlos VIII decide invadir Italia y
    restablecer Nápoles bajo autoridad
    francesa. Temiendo el Papa su deposición, Alejandro VI se
    aventuró a solicitar ayuda al Sultán turco, en
    julio de 1494, envió un secretario papal, Giorgio
    Bocciardo para alertar a Bajazet II de la inminente
    invasión de Carlos VIII, este, tomaría
    Nápoles, depondría o controlaría al Sumo
    Pontífice y usaría a Djem como pretendiente al
    trono del Imperio Otomano en una cruzada contra Constantinopla.
    Alejandro proponía al Sultán hacer causa
    común frente a Francia, unido
    a Nápoles y Venecia. Bajazet recibió al emisario
    con toda la cortesía propia de oriente, y le mandó
    de regreso con los 40,000 ducados que supondrían la
    manutención de Djem y saludos a Alejandro. En la ciudad de
    Seniagallia Bocciardo fue apresado por Giovanni della Rovere,
    hermano del ofendido cardenal; los 40,000 ducados fueron
    confiscados junto a las cinco cartas del
    sultán para el Papa. Una de estas cartas
    proponía a Alejandro ordenar la muerte de Djem
    y enviar su cadáver a Constantinopla, además de
    prometerle la suma de 3000,000 ducados "con los que Su alteza
    podrá comprar dominios para sus hijos", el Cardenal della
    Rovere se apresuró en hacer copias de estas cartas y
    enviarlas al rey francés. Alejandro alegó una
    conspiración en su contra, diciendo que las cartas
    habían sido falsificadas y la historia inventada. La
    evidencia histórica mantiene la autenticidad de la misiva
    papal pero sostiene que las contestaciones fueron probablemente
    falsificadas. (Cambrige, Modern History, I) Venecia y
    Nápoles habían entrado en negociaciones similares
    con los turcos.

    Carlos VIII marchó hacia Italia, avanzó
    por Milán y Florencia hasta que llegó hasta Roma en
    diciembre de 1494; una escuadra naval asedió el puesto de
    Ostia- el importante puerto romano en la boca de Tiber-
    amenazando con sabotear el envío de grano desde Sicilia.
    Mucho cardenales, incluso Ascanio Sforza, se declararon a favor
    del Rey; la mitad de los cardenales en Roma se aliaron con
    él en un intento para deponer al Papa. Alejandro se
    refugió en el Castillo de Sant´Angelo, enviando
    delegados para tratar con el conquistador. Carlos no
    pretendía deponer al Papa ya que esta acción
    supondría enemistarse con España, su meta era
    Nápoles. Pactó la paz con Alejandro VI bajo la
    condición de proporcionarle un salvoconducto para su
    ejército a través del Latium y el perdón
    para todos los cardenales que le hubieran apoyado. Alejandro
    retornó al Vaticano, disfrutó de las tres
    genuflexiones que Carlos VI hizo ante él mientras de
    él recibía obediencia formal y todos los planes
    para deponer al Papa fracasaron. El 25 de enero de 1494 Carlos se
    trasladó a Nápoles llevándose consigo a Djem
    quien murió un mes después de bronquitis, la
    leyenda negra cuenta que fue el mismo Alejandro quien
    envenenó al turco, pero hoy en día esta tesis
    está completamente rechazada.

    Una vez los franceses hubieran marchado, Alejandro
    recuperó su valentía y se convenció de la
    necesidad de fortalecer los Estados Pontificios creando un
    importante ejército con un ejemplar general al mando que
    librara a los papas de dominación secular. Junto a
    Venecia, Alemania y
    España formó la Santa Liga (31 de marzo de 1495)
    para mutua defensa y protección frente a los turcos, y
    secretamente, con el fin de expulsar a los franceses de Italia.
    Carlos VIII sospechando las intenciones del Papa volvió a
    Roma a través de Pisa; Alejandro, para evitarle,
    permaneció refugiado en Orvieto y Perugia, una vez
    embarcó Carlos hacia Francia, volvió triunfante el
    Papa a Roma; demandó de Florencia su unión a la
    Santa Liga y silenció a Savonarola, fiel aliado del rey
    francés. Reorganizó el ejército papal,
    poniendo al frente a su hijo mayor Giovanni enviándole a
    reconquistar para su mayor gloria las insurrectas fortalezas de
    Orsini (1496). Pero no era Giovanni el hijo destinado a cumplir
    la labor de general: fue vencido en Soriano y retornó a
    Roma hundido en la desgracia muriendo poco
    después.

    Alejandro recobró los dominios vendidos a Orsini
    además de capturar el puerto de Ostia
    arrebatándoselo a los franceses, fue entonces, triunfante
    y victorioso sobre todos los obstáculos, cuando
    mandó a Pinturicchio pintar sobre las paredes de los
    aposentos papales del Castillo de Sant´Ángelo los
    frescos que representaban el triunfo del Papa sobre el
    Rey.

    III El
    Pecador

    Roma aplaudía su labor dentro de la administración interna además de su
    carrera diplomática, sin embargo le reprobaba sus
    escarceos amorosos, criticaba la forma en la que hacía a
    sus hijos prosperar y le escandalizaba que se hubiera rodeado de
    españoles despreciando a los italianos dentro de la curia.
    Un centenar de familiares españoles del Papa se
    había congregado en Roma, un observador comentaría:
    "Ni siquiera diez papados hubieran bastado para dar cobijo a
    tanto primo" El mismo Alejandro era a estas alturas de la
    Historia
    completamente italiano en su cultura,
    política y
    maneras, pero seguía amando España: hablaba en
    español constantemente con sus hijos Lucrezia y Cesar,
    elevó a diecinueve españoles a la categoría
    de cardenal y se rodeó de sirvientes catalanes. Los
    romanos, heridos en su orgullo, le apodaron "el Papa marrano"
    haciendo burla de su ascendencia judía conversa; Alejandro
    se excusaba explicando que muchos italianos, especialmente
    aquellos del Colegio Cardenalicio, le habían traicionado,
    cuando no, habían sido desleales, y que debía
    apoyarse sobre un núcleo de fieles colaboradores que le
    debieran lealtad.

    Según Creighton: " en las precarias condiciones
    en las que se encontraba la política italiana los
    aliados no eran dignos de confianza a no ser que su fidelidad
    estuviera fundamentada en motivos interesados; de tal forma,
    Alejandro VI utilizó el matrimonio de sus
    hijos como método
    para asegurarse la lealtad de un partido político a su
    alrededor que fuera fuerte e influyente. En realidad él no
    confiaba en nadie salvo en sus hijos a quienes veía como
    instrumentos políticos para llevar a cabo sus planes" (M.
    Creighton, History of the Papacy During the period of the
    Reformation
    )

    Durante un tiempo mantuvo la esperanza de que su hijo
    Giovanni le ayudara a defender y proteger los Estados
    Pontificios, pero Giovanni había heredado el gusto de su
    padre por las mujeres, no su capacidad de mando, percibiendo que
    de sus hijos el único competente para participar en el
    juego de la
    política italiana en aquella época tan violenta era
    Cesar, Alejandro le concedió todo lo necesario para
    financiar el creciente poder de su hijo.

    También fue la dulce Lucrezia instrumento de sus
    fines. El cariño que el padre procesaba por la hija le
    llevó a tales demostraciones de ternura que las lenguas
    viperinas le acusaron de incesto e imaginaron una mórbida
    historia que le situaban como un competidor más, que junto
    a los hermanos de Lucrezia, luchaban por su amor. En dos
    ocasiones el Papa tuvo que ausentarse de Roma dejando a su hija
    encargada de sus aposentos en el Vaticano, con autoridad para
    abrir su correspondencia y atender todo el trabajo
    rutinario, semejante delegación de poder a una mujer era
    frecuente en las casas reinantes- tales como Ferrara, Urbino,
    Mantua- pero en Roma era motivo de shock y
    escándalo.

    La ciudad le había perdonado su relación
    amorosa con Vanozza, incluso se maravillaba con Guilia; la
    Farnese nació con el don de la belleza, causaba
    admiración y fascinación allí por donde
    pasaba, pero aún más su cabellera dorada que,
    cuando la dejaba suelta, llegándole hasta los pies,
    contaban que hacía hervir la sangre de
    cualquier hombre. Sus amigos la llamaban "La Bella". Sanudo
    hablaba de ella como "la favorita del Papa, una joven de
    extraordinaria belleza, comprensiva, graciosa y gentil"; en 1493
    Infessura la describió como la concubina del Papa en el
    relato que hizo sobre el banquete nupcial que se celebró
    en el Vaticano con motivo de la boda de Lucrezia; el Historiador
    Matarazzo utilizó el mismo término para Giulia y un
    ingenioso florentino la tildó sposa di Cristo, un
    adjetivo normalmente reservado para la Iglesia. Guilia dio
    luz a una
    hija, Laura, registrada oficialmente como concebida por el marido
    de esta, Orsino Orsini, pero reconocida por el cardenal
    Alessandro Farnese como la hija de Alejandro VI. No existe
    ninguna duda sobre la sensualidad del Papa español, un
    síntoma incompatible con el celibato. Él era un
    hombre y como tal se sentía; parece ser que creía,
    junto a muchos eclesiásticos de su época, que el
    celibato clerical era un error, y que deberían tener
    permitido gozar de la compañía de una mujer.

    En el otro lado, la devoción que sentía
    por sus hijos, muchas veces olvidándose de sus deberes
    para con la Iglesia, podría bien utilizarse como argumento
    para defender la sabiduría con la que el canon del
    celibato fue escrito.

    ¿Fue su fe pretendida? Probablemente no; en sus
    cartas, incluso aquellas que mandaba a Giulia, están
    llenas de frases piadosas que no son indispensables en la
    correspondencia privada. Él era un hombre de
    acción, había absorbido la moral laxa y
    relajada de la época, sólo esporádicamente
    notaba cierta contradicción entre la ética
    cristiana y su vida. Parece que él sentía que, en
    sus circunstancias, la Iglesia necesitaba un estadista y no un
    santo; él admiraba la santidad pero creía que
    pertenecía más al mundo monacal y la vida privada
    que al hombre que cada día debía atender a
    diplomáticos sin escrúpulos y déspotas
    expansionistas. Acabó utilizando sus mismas armas.

    Necesitaba financiación para su gobierno y sus
    guerras:
    vendió cargos eclesiásticos, se apoderó de
    los dominios de los cardenales difuntos y explotó el
    año jubileo de 1500 al máximo. Dispensaciones y
    divorcios eran concedidos como la parte lucrativa de un negocio
    político: si Enrique VIII de Inglaterra
    hubiera tenido que tratar sobre su anulación con Alejandro
    probablemente la Iglesia Anglicana como tal no existiría
    hoy en día.

    Aparte de alargar el jubileo asegurando indulgencia
    plenaria a todos los cristianos que a Roma peregrinaran, para
    enriquecer sus arcas nombró doce nuevos cardenales cuya
    asignación no se debía a sus méritos sino
    más bien hasta cuanto ascendía la suma que
    podían ofrecer, pagando en total 120,000 ducados al
    Papa.

    En contra de la opinión general que alegaba el
    envenenamiento de aquellos cardenales o enemigos que se tomaban
    demasiado tiempo para fallecer de muerte
    natural, por orden tanto de Alejandro como de Cesar Borgia,
    podemos aceptar provisionalmente la conclusión a la que ha
    llegado las más recientes investigaciones
    "no hay evidencia de que Alejandro VI envenenara a nadie", esta
    teoría
    no le libra enteramente de culpa pues sigue bajo sospecha; en
    realidad estas sospechas nacieron de las sátiras,
    panfletos y demás que se utilizaban como armas arrojadizas
    entre familias enfrentadas: Infessura servía a los Colonna
    con su pluma, Mancione valía tanto como un regimiento para
    los Savelli. Alejandro, como parte de la campaña contra
    los nobles, publicó en 1501 una bula detallando todos los
    vicios y pecados de los Savelli y los Colonna. Como podemos
    observar estos "documentos" bien
    valieron para crear la leyenda negra que persigue al Papa Borgia
    dibujándole como un monstruo de perversión y
    crueldad. Alejandro ganó la batalla armada, pero sus
    nobles enemigos encabezados por el Papa Julio II ganaron la
    batalla de la palabra, convirtiendo de esta forma la leyenda en
    Historia.

    Pero Alejandro tenía debilidades y la mayor de
    ellas era su hijo Giovanni a quien quería incluso
    más que a Lucrezia, el Duque de Gandía era guapo,
    simpático, y un buen hijo. Cuando Alejandro conoció
    la noticia de su muerte se sintió tan lleno de dolor que
    se encerró y dejó de alimentarse, se decía
    que sus lamentos se podían oír en las calles.
    Ordenó la busca y captura de sus asesinos pero pronto se
    dio por vencido y dejó que el crimen permaneciera en el
    misterio. Cuando el Papa recobró el autocontrol
    reunió a los cardenales (19 de junio de 1497),
    recibió las condolencias y les dijo: "He querido al Duque
    de Gandía más que a nada en este mundo"
    atribuyó la pena como la carga más pesada que
    hubiera podido recibir del cielo y posteriormente anunció:
    "Nos, estamos dispuestos a resolver y enmendar nuestra vida, y
    reformar la Iglesia…en lo sucesivo los beneficios se
    otorgarán sólo a aquellos que los merecen y de
    acuerdo con los votos de los cardenales. Renunciaremos a todo
    nepotismo. Comenzaremos por reformarnos a nosotros mismos y
    procederemos después con cada parte de la Iglesia hasta
    que nuestra labor sea completada"

    Un comité de seis cardenales fue elegido para
    crear un programa de
    reforma. Esta labor fue tan clarividente y la bula de reforma
    presentada a Alejandro tan excelente que, sus previsiones puestas
    en práctica hubieran, probablemente, salvado a la Iglesia
    tanto de la Reforma como de la Contrarreforma. Sin embargo, la
    necesidad de financiar el ambicioso proyecto
    político de Alejandro no permitió llevar a cabo
    este programa.

     

    IV. Cesar Borgia

    Alejandro tenía sobrados motivos para estar
    orgulloso de su hijo: Cesar era un atractivo hombre de cabellos
    rubios, alto, fuerte y valiente. Pensar que este personaje era
    más bien un monstruo es no profundizar en la evidencia.
    Uno de sus contemporáneos le describía como: "un
    joven de gran inteligencia y
    excelente disposición, alegre y siempre de buen humor"
    otro escribía que era: "incluso más guapo que su
    hermano el Duque de Gandía"

    La gente no podía dejar de apreciar su garbo,
    destreza en el mando y una actitud
    superior que tiene todo aquel que cree haber heredado el mundo,
    las mujeres le admiraban pero encontraban difícil
    enamorarse de él puesto que, al contrario que su padre y
    sus hermanos, no era el sexo femenino
    lo principal en su escala de
    prioridades. Estudió derecho en la Universidad de
    Perrugia y, aunque no dedicaba demasiado tiempo a los libros
    considerados "culturizantes", escribía versos de vez en
    cuando y tenía buen gusto para el arte: cuando el
    Cardenal Raffaello Riario desdeñó el cuadro de un
    cupido, obra de un joven y desconocido artista florentino
    llamado Miguel Ángel Buonarroti, fue Cesar quien
    pagó una buena suma por obtener la obra.

    Claramente su carrera eclesiástica no era
    vocacional, Alejandro le hizo arzobispo de Valencia en 1492 y
    cardenal un año después, en realidad Cesar nunca se
    ordenó sacerdote. Desde que una ley
    canónica prohibía ordenar cardenales a hijos
    bastardos, Alejandro en una Bula publicada el 19 de Septiembre de
    1482 lo declaró hijo legítimo de Vanozza y
    d´Arignano. En 1497, poco después de la muerte de
    Giovanni, Cesar fue a Nápoles como delegado papal en la
    coronación del Rey de Nápoles; quizás le
    impresionara este acto porque a la vuelta le pidió
    insistentemente a su padre que le dejara renunciar sus votos y a
    su carrera eclesiástica. No había forma de escapar
    a este destino a no ser que Alejandro admitiera
    públicamente que Cesar era su hijo ilegítimo, cosa
    que hizo consiguiendo que inmediatamente la ordenación de
    cardenal fuera invalidada (17 agosto de 1498). Restaurada su
    ilegitimidad, Cesar retornó al juego
    político.

    El matrimonio de Cesar se solucionó cuando Louis
    XII pidió al Papa la anulación de su matrimonio, al
    que había sido forzado, y que según él,
    nunca había sido consumado. En octubre de1498, Alejandro
    envió a Cesar partir hacia Francia con el decreto de
    divorcio para
    el Rey. Encantado con el divorcio y
    más feliz aún ante la posibilidad de casarse con
    Anne de Bretaña, viuda de Carlos VIII, Louis
    ofreció a Cesar la mano de Charlotte d´Albret,
    hermana del Rey de Navarra; además hizo del hijo del Papa
    duque de Valentinois y Diois, dos territorios franceses sobre los
    que el papado tenía ciertos derechos.

    El matrimonio selló una alianza entre el
    Pontífice y un Rey que planeaba abiertamente invadir
    Italia para tomar bajo su poder Milán y Nápoles.
    Este pacto rompió la alianza de la Santa Liga que
    Alejandro había ayudado a formar en 1495, preparando de
    este modo el escenario propicio para las guerras de
    Julio II.

    Alejandro por fin había encontrado al general que
    tanto ansiaba para que llevara a las fuerzas armadas de la
    Iglesia hacia la reconquista de los Estados
    Pontificios.

    Louis XII contribuyó a la causa con
    ejército bien equipado, aunque pequeño para luchar
    contra una docena de déspotas, pero Cesar estaba ansioso
    por partir hacia la victoria. Para añadir un arma
    espiritual, el Papa proclamó una solemne Bula declarando
    que: Caterina Sforza y su hijo Octavio dominaban Imola y
    Forlí– Pandolfo Malatesta dominaba Rimini– Giulio Varano
    dominaba Camerino—Astorre Manfredi dominaba
    Faenza—Guidobaldo dominaba Urbino—Giovanni Sforza
    dominaba Pesaro—sólo porque habían usurpado
    todas estas tierras, propiedades y derechos a la Iglesia,
    perpetrando la justicia y la
    ley; eran
    tiranos que habían explotado a sus súbditos y
    abusado de sus poderes, y como tales debían ser
    expulsados, si no por su propia resignación, por la
    fuerza de la
    espada.

    Posiblemente lo que Alejandro pretendía era
    unificar un reinado para dejárselo en herencia a su
    hijo. El mismo Cesar soñaba con esta posibilidad; Maquiavelo
    así lo hubiera deseado, enorgulleciéndose ante la
    visión de una Italia unida y bajo el poder de un hombre
    fuerte e inteligente que echara a todos los invasores. Al final
    de su vida, Cesar, lamentaría no tener otra meta que
    recuperar los estados de la Iglesia para la Iglesia, y que se
    contentaría con que el gobernador de la Romagna fuera
    vasallo del Papa.

    En enero de 1500, Cesar y su ejército
    marchó a través de los Apeninos hacia Forlí
    e Imola donde ganó el pulso del asedio a Caterina Sforza.
    La reconquista pasó por ofrecer una convincente suma de
    dinero a Paolo
    Orsini para que se uniera a las fuerzas papales con su
    ejército; Paolo le apoyó junto a otras familias
    nobles que siguieron su ejemplo, de la misma forma reclutó
    los soldados de Baglioni, señor de Perugia, y
    comprometió a Vitelli para liderar la artillería.
    Louis XII le envió un pequeño regimiento pero Cesar
    no necesitaba ya de la ayudada francesa. En septiembre de 1500
    atacó los castillos ocupados por los hostiles Colonna y
    Savelli en el Latium. Uno tras otro fueron entregándose. A
    lo largo del siguiente año Cesar guió sus tropas
    con valentía, coraje y audacia, demostrando tener grandes
    dotes de mando y estrategia
    militar, utilizó la astucia para seducir al enemigo,
    ganarse aliados, persuadió a los más reticentes
    para que le apoyaran, trató con cortesía a los
    vencidos y se ganó una merecida fama de brillante militar.
    El 20 de julio se rindió el último enemigo del
    Papa, Camerino, y por fin todos los Estados Pontificios volvieron
    a ser Pontificios. Entusiasmado Maquiavelo escribió sobre
    él: "Es un Señor espléndido y
    magnífico y tan audaz que cualquier empresa por
    difícil que sea la maneja como si fuera sencilla . Par
    ganar gloria y dominios se roba a sí mismo su reposo, y no
    conoce ni el peligro ni la fatiga. Llega antes que sus
    propósitos hayan sido comprendidos. Se hace querer entre
    sus soldados, eligiendo para ello a los mejores de toda Italia.
    Estas cosas son las que le han hecho victoriosos y formidable,
    junto a la ayuda perpetua de la buena

    suerte".

    Por el otro lado Italia estaba plagado de personas que
    deseaban su desgracia. Venecia, aunque le había convertido
    en ciudadano honorífico (gentiluomo di Venezia) le
    molestaba ver cómo los Estados Pontificios eran de nuevo
    fuertes y controlaban la costa Adriática. Pisa y Florencia
    le temían, los Colonna y Savielli, y en menor grado
    Orsini, habían sido arruinados por sus conquistas, creando
    una coalición en su contra. Incluso sus propios hombres
    que habían liderado brillantemente sus tropas, no estaban
    tan seguros de que no
    fueran sus dominios los próximos en ser atacados. Vitelli
    reunió a todos estos hombres y familias resentidas y
    amenazadas para crear una organización cuyo fin era volver las tropas
    en contra de su general, capturarle y asesinarle, terminando con
    su dominio sobre
    la Romagana y los marquesados, restaurando a sus antiguos
    señores.

    La conspiración comenzó con brillantes
    victorias, sin embargo Cesar actuó con rapidez
    apropiándose de la herencia que
    había dejado el Cardenal Ferrari, financiando un nuevo
    ejército de 6000 hombres. Mientras tanto Alejandro
    negoció individualmente con los conspiradores,
    haciéndoles solemnes promesas, y ganándo de muchos
    de ellos su obediencia. A finales de octubre la conjura
    había fracasado y todos sellaron la paz con
    Cesar.

    En cuanto a la vida marital del general esta fue
    prácticamente nula, Cesar veía su matrimonio como
    una cuestión de estado y por
    lo tanto no se sentía obligado a mostrar ningún
    amor por su
    esposa. La había dejado con su familia en Francia a donde
    ocasionalmente escribía y le mandaba regalos, esta le
    había dado una hija durante las guerras pero no
    volvió a verla. La Duquesa de Valentinois vivió una
    modesta y retirada vida en Bourges, esperando que su marido la
    mandara llamar, cuando Cesar, al final de su vida, se
    encontró arruinado y desertado ella intentó llegar
    hasta él y a su muerte vistió la casa de luto donde
    permaneció encerrada hasta su muerte.

    Parece que el único afecto real que Cesar
    sentía era por su hermana Lucrezia , a quien amaba tanto
    como se puede amar a una esposa. A pesar de los peligros que para
    él representaba el ir a visitarla a Ferrara donde ella se
    encontraba enferma, Cesar se desvió de su camino hasta
    llegar a su casa donde en sus brazos la sostuvo mientras los
    médicos la sangraban y no se apartó de su lecho
    hasta que Lucrezia mejoró considerablemente. Cesar no
    estaba hecho para el matrimonio; tuvo muchas amantes pero ninguna
    le duró excesivo tiempo, estaba demasiado consumido por el
    ansia de poder que no podía permitir que ninguna mujer le
    apartara de su camino.

    En Roma vivía retiradamente, trabajando de noche
    y asistiendo a pocos actos diurnos. Trabajaba muy duro en los
    asuntos pertinentes a los Estados de la Iglesia y siempre
    encontraba tiempo para asistir las necesidades de sus dominios.
    Aquellos que le conocían le admiraban y respetaban, era
    popular entre sus soldados a pesar de su severidad y la disciplina que
    les imponía.

    Su vida apartada le hacía blanco de sospechas y
    sátiras, sobre todo de feos rumores que embajadores
    hostiles y aristócratas enemigos inventaban o
    extendían. Muchos de estos rumores acusaban a los Borgia
    de envenenar a ricos cardenales para heredar sus fortunas, uno de
    estos asesinatos fue confesado por un sirviente bajo tortura,
    quien contó que había asesinado al cardenal Micheli
    por orden de Alejandro y Cesar. Un historiador del siglo veinte
    no daría ningún tipo de credibilidad a las
    confesiones arrancadas bajo tortura.

    La estadística prueba que la mortalidad entre
    cardenales fue tan elevada durante el papado de Alejandro como en
    el de sus predecesores y sucesores, pero no hay duda de que en
    aquella época era peligroso ser cardenal y rico. Isabella
    d´Este escribió a su marido previniéndole
    contra Cesar de quien no creía tuviera ningún
    escrúpulo incluso con su propia familia, parece ser que la
    cuñada creyó la historia que acusaba a Cesar de
    haber asesinado a su hermano, el Duque de Gandía. Los
    cotilleos en Roma hablaban de cierto veneno, con base de
    arsénico, que vertido sobre la bebida o la comida, actuaba
    lentamente sin posibilidad de ser detectado en una autopsia. Los
    historiadores han rechazado comúnmente la teoría
    de los famosos venenos del Renacimiento como
    parte de una leyenda, pero creen que efectivamente existieron
    algunos casos de envenenamiento por orden del Papa a pesar de la
    falta de evidencia.

    Algunas historias aún peores se contaban sobre
    Cesar: para divertir a Lucrezia y a su padre, éste
    organizaba una fila de reos de muerte a los que atravesaba con
    sus flechas en un acto de destreza. A estas leyendas
    podríamos añadir múltiples orgías con
    cortesanas desnudas correteando por los aposentos de Cesar,
    además de la acusación de incesto, puesto que se
    creía que el amor que
    Lucrezia y Cesar sentía el uno por el otro era algo menos
    casto que puramente filial

    V. Lucrezia
    Borgia

    Alejandro admiraba y hasta temía a su hijo, pero
    adoraba a su hija con todo la intensidad con la que era capaz.
    Parece ser que se deleitaba con su moderada belleza, su precioso
    y largo cabello color sol (tan
    pesado que incluso le daba dolores de cabeza) y en la
    devoción que la hija sentía por su padre. No era
    particularmente bella, pero fue descrita en su juventud como
    dolce ciera (dulce rostro) una expresión que
    permanecería hasta su muerte a pesar de los horrores que
    tuvo que vivir: divorcios, asesinatos, intrigas…

    Como todas las italianas de su tiempo que lo
    podían permitir fue a un convento para recibir una
    completa educación. Auna edad
    que desconocemos se trasladó de la casa de su madre a la
    casa de una prima de su padre, Donna Adriana Mila, donde
    conoció a la nuera de su tía, Guilia Farnese, con
    quien entabló una sincera amistad que
    duraría hasta el resto de sus días. Favorecida por
    la buena fortuna, Lucrecia vivió una infancia feliz
    y acomodada.

    Esta sensación de felicidad duraría hasta
    su primer matrimonio. Probablemente no se sintió ofendida
    cuando su padre le escogió un marido; este era el procedimiento
    normal para todas las mujeres de su clase. Alejandro, como
    cualquier otro soberano, pensaba que los matrimonios de sus hijos
    debían avanzar al mismo son con el que los intereses de su
    estado.
    Nápoles era por entonces hostil a Roma y Milán era
    enemiga de Nápoles; de tal forma que su primer matrimonio,
    a la edad de trece años, fue con Giovanni Sforza, de
    veintiséis, Señor de Pesaro y sobrino de Ludovico,
    regente de Milán (1493) Alejandro preparó la casa
    de los recién casados en un lugar cerca del Vaticano para
    poder tener a su hija próxima a él. Pero Sforza
    debía vivir en Pesaro buena parte del año
    llevándose con él a su joven esposa. Ella
    languidecía en tan lejanas costas, tan remotas de su padre
    y más aún de la vida bulliciosa y cosmopolita que
    Roma le ofrecía; después de unos meses
    volvió de nuevo a la capital donde
    se reencontraría con su marido más tarde. El 14 de
    julio de 1497 Alejandro pidió a Sforza que consintiera en
    la anulación de su unión matrimonial a causa de su
    impotencia—la única causa reconocida por la ley
    canónica para la anulación de un matrimonio
    legítimo. Lucrezia, quizás por pena, quizás
    por vergüenza se retiró a un convento. Unos
    días más tarde el Duque de Gandía era
    asesinado, las malas lenguas sugirieron que el crimen
    había sido cometido bajo las órdenes de Sforza,
    quien celoso se vengaba de Giovanni Borgia por haber intentado
    seducir a su esposa. El marido negó su impotencia y
    acusó a Alejandro de tener relaciones incestuosas con su
    hija. El Papa congregó un comité de investigación, liderado por dos cardenales,
    para averiguar si el matrimonio había sido consumado.
    Lucrezia con todo el aplomo del que fue capaz se sometió a
    las pruebas, y se
    le aseguró a Alejandro que Lucrezia era todavía
    virgen. Ludovico propuso a su sobrino demostrar que no era
    impotente delante de una delegación papal en Milán,
    Giovanni declinó la oferta pero
    firmó una admisión formal en la que declaraba que
    el matrimonio nunca había sido consumado, le
    devolvió a Lucrezia su dote de 31,000 ducados y en
    diciembre de 1497 el enlace era anulado.

    Es posible que Alejandro hubiera roto el matrimonio con
    la intención de hacer mejores alianzas políticas,
    pero es más probable que Lucrezia contara la verdad acerca
    de la consumación. En cualquiera de los casos el Papa no
    iba a dejar a su hija soltera. Con la intención de
    acercarse a su enemigo, Alejandro, propuso al Rey Federico la
    unión de Lucrezia con Don Alfonso, Duque de Bisceglie. El
    Rey accedió y un documento oficial fue firmado en junio de
    1498, en agosto la boda era celebrada en el Vaticano.

    Lucrezia facilitó enormemente las cosas
    enamorándose de su marido. Ella tenía entonces
    dieciocho años y él diecisiete, pero las cosas
    empeorarían por culpa de la mala fortuna y la
    política. Cesar Borgia rechazado en Nápoles,
    buscó novia en Francia (octubre de 1498); Alejandro
    entraba de esta forma en una alianza con Louis XII, el declarado
    enemigo de Nápoles. El joven Duque de Bisceglie enfermaba
    viendo como la Roma en donde vivía se llenaba de agentes
    franceses: marchó hacia Nápoles. A Lucrezia se le
    rompió el corazón,
    para entretenerla Alejandro la hizo regente de Spoleto (agosto
    1499); Alfonso se reunió allí con ella; Alejandro
    les fue a visitar a Nepi y se los llevó con él a
    Roma donde Lucrezia tuvo su primer hijo, al que llamaron Rodrigo
    en honor de su padre.

    Pero el mayor problema de la joven pareja residía
    el odio acérrimo que se procesaban los dos cuñados.
    , quizás por el carácter temperamental de Alfonso o
    tal vez porque Cesar representaba la alianza con los franceses.
    En la noche del 15 de julio de 1500 unos bandidos atacaron a
    Alfonso cuando volvía de la catedral de San Pedro, fue
    herido de gravedad pero se las arregló para llegar hasta
    la casa del Cardenal de Santa María en Portico. Lucrezia
    se desmayó al ver las condiciones en las que se hallaba su
    joven marido, le atendió día y noche junto a su
    hermana Sancia. Alejandro envió una guardia de
    dieciséis hombres para protegerle de posibles nuevos
    ataques. Cierto día mientras Cesar paseaba por un
    jardín cercano, Alfonso convencido de que aquel era
    el hombre que
    había contratado a la banda que le había intentado
    asesinar, tomó arco y flecha disparando a Cesar en el
    corazón. La flecha falló su
    propósito por muy poco y Cesar no estaba dispuesto a darle
    una segunda oportunidad a su enemigo: mandó sus guardias
    al cuarto de Alfonso, teóricamente a darle una
    lección, pero le ahogaron con una almohada hasta que
    murió. Alejandro aceptó la muerte de Alfonso
    según la versión que le dio Cesar, encargó
    para Alfonso un pequeño funeral, e hizo lo imposible por
    animar a la inconsolable Lucrezia.

    Se retiró a Nepi, donde escribió cartas
    firmándolas como la infelicissima principessa,
    ordenando misas para el descanso del alma de su difunto marido.
    Aunque parezca extraño, Cesar la fue a visitar a Nepi
    solamente dos meses y medio después del asesinato de
    Alfonso. Lucrezia era influenciable y paciente; parece ser que
    ella entendía la muerte de Alfonso como la defensa que su
    hermano tenía que hacer frente al que había
    atentado contra su vida. No parece que ella creyera que hubiera
    sido Cesar el hombre que
    contratara a los infructuosos bandidos que intentaron matar a su
    marido, aunque esta la posible explicación de otro de los
    misterios del Renacimiento. Durante el resto de su vida dio
    muestras más que suficientes de que quería a su
    hermano, quizás porque, como su padre, él
    también la adoraba con intensidad. Pudiera ser que por
    estos motivos tanto en Roma como en la rencorosa Nápoles
    la siguieron acusando de incesto; un de las plumas de la
    época la llamó: "La hija del Papa, esposa y nuera"
    Estas perfidias se las tomó también con cierta
    resignación. Todos los estudiosos de la época
    actualmente coinciden en que todos estos cargos fueron crueles
    calumnias, pero semejantes acusaciones tan escabrosas han
    perdurado a través de los tiempos. (Cambrige,
    Modern History)

    Que Cesar matara a Alfonso con la intención de
    confirmar una nueva alianza política es improbable. Tras
    un periodo de luto Lucrezia fue ofrecida en noviembre de 1500 al
    Duque Ercole de Ferrara para casarla con su hijo Alfonso, y no
    fue hasta septiembre de 1501 que sonaron las campanas de boda.
    Como ni Ercole ni su hijo habían visto a Lucrecia,
    siguieron los trámites diplomáticos acostumbrados
    de la época, pidiendo a Ferrarese, embajador en Roma, que
    enviara un informe sobre su
    persona,
    morales y virtudes. El embajador contestó con lo
    siguiente:

    Ilustrísimo Señor: Hoy durante la cena,
    Don Gerardo Saraceni y yo, hemos ido a ver a la Ilustre Madonna
    Lucrezia para presentarle nuestros respetos en el nombre de su
    Excelencia y Su Majestad Don Alfonso. Hemos tenido una larga
    conversación sobre distintos aspectos. Es una mujer de lo
    más amable e inteligente además de estar dotada de
    todas las bendiciones. Su Excelencia y el Ilustre Don
    Alfonso—según nuestra más humilde
    opinión—estará encantado con ella. Aparte de
    ser extremamente bondadosa en todos los aspectos, es modesta,
    tierna y decorosa. Además es una piadosa y devota
    cristiana, temerosa de Dios. Mañana irá a confesar
    y en Navidades recibirá la comunión. Es una mujer
    realmente hermosa, pero su encanto es aún más
    cautivador. Resumiendo, su carácter es tal que es
    imposible sospechar que exista algo "siniestro" en
    ella.

    Don Alfonso fue convencido y envió un
    magnífico cortejo de caballeros para escoltar a la novia
    de Roma a Ferrara. Cesar Borgia equipó doscientos
    cavaliers para acompañarla, además de
    músicos y bufones para entretenerla durante el arduo
    camino. Alejandro, orgulloso y feliz, le procuró un
    cortejo de 180 personas incluyendo a cinco obispos.
    Vehículos especialmente diseñados para la
    ocasión, y 150 mulas, trasladaban su ajuar. El 6 de enero
    de 1502, Lucrezia comenzó su viaje por Italia para
    reunirse con su prometido Roma jamás había
    presenciado semejante espectáculo y probablemente tampoco
    Ferrara. Después de veintisiete días de viaje,
    Lucrezia fue recibida a las afueras de la ciudad por el Duque
    Ercole y Don Alfonso con una soberbia cabalgada de nobles,
    profesores, setenticinco arqueros montados, ochenta trompeteros y
    catorce carros llevando a las mujeres de la alta aristocracia
    elegantemente vestidas. Cuando la procesión llegó
    hasta la catedral, dos trovadores cantaron la belleza de su nueva
    señora. Al pasar por el palacio ducal todos los
    prisioneros fueron liberados, la gente se regocijaba por la
    llegada de la futura duquesa; y Alfonso se sentía radiante
    ante su encantadora prometida.

    VI. El fin del poder
    Borgia

     Los últimos años de la vida
    de Alejandro se desarrollaron en relativa calma y
    prosperidad.

    Su hija estaba casada felizmente con un duque y era
    respetada por todos sus súbditos; su hijo había
    cumplido brillantemente con la misión de
    reunificar y administrar los Estados Pontificios que
    además florecían bajo excelente gobierno. El
    embajador veneciano describe al Papa, en esos últimos
    años, alegre y activo, con la conciencia
    tranquila y sin preocupaciones. En aquel momento contaba con
    setenta años de edad, pero en enero de 1501, el embajador
    decía de él que cada día parece
    rejuvenecer.

    La tarde del 5 de agosto de 1503, Alejandro, Cesar,
    acompañados por algunas personas cenaron en los jardines
    de la villa del Cardenal Adriano da Corneto, no lejos del
    Vaticano. Todos permanecieron en los jardines hasta medianoche
    pues el calor era
    insoportable dentro de las casas. Seis días más
    tarde el Cardenal cayó enfermo con náuseas,
    mitos y fiebre
    hasta que pereció tres días más tarde,
    inmediatamente después, tanto Alejandro como su hijo,
    tuvieron que guardar cama sufriendo los mismo síntomas que
    el malogrado Cardenal. Roma, como le era ya costumbre,
    habló de veneno; Cesar, decían las
    habladurías, había querido envenenar al Cardenal
    para asegurarse su fortuna, pero por error casi toda la comida
    había sido envenenada y tomada por prácticamente
    todos los invitados Los historiadores coinciden con los
    médicos que en su día trataron al Papa, quienes
    diagnosticaron malaria, debida a la exposición prolongada
    a la brisa nocturna. En el mismo mes la malaria atacó a la
    mitad de los sirvientes papales, probándose muchos casos
    como fatales, en Roma hubo cientos de muertes debidos a la misma
    infección durante aquella estación.

    Alejandro deliró trece días
    batiéndose entre la vida y la muerte, de vez en cuando
    recobraba el sentido hasta el punto que era capaz de recitar de
    memoria los
    discursos
    diplomáticos; el 13 de agosto estaba jugando a las cartas.
    Los médicos le sangraron en repetidas ocasiones, tanto que
    el hombre perdió todas sus fuerzas muriendo el 18 de
    agosto. La leyenda cuenta que se pudo ver cómo el diablo
    se llevaba su alma hasta los abismos infernales.

    Los romanos se alegraron de que por fin el Papa
    español les hubiera dejado, comenzaron las revueltas, y
    los "catalanes" fueron perseguidos, incluso asesinados; la ciudad
    perdió el control de tal
    forma que fue necesario que entraran las tropas armadas de
    Colonna y Orsini el 22 de agosto acudiendo ante las protestas del
    colegio cardenalicio.

    Guicciardini, el florentino narraba:

    "Toda la ciudad de Roma corrió con presteza
    hasta llegar hasta la iglesia de San Pedro donde la muchedumbre
    rodeó el cuerpo, no eran capaces de satisfacer su vista
    regocijándose ante el cadáver de quien, en su
    inmoderada ambición y detestable perfidia, con manifiestas
    actuaciones de horrible crueldad y monstruosa lujuria, vendiendo
    sin distinción tanto lo profano como lo sagrado,
    había intoxicado el mundo entero."

    Maquiavelo de acuerdo con Guicciardini
    decía:

    "Nada hizo sino decepcionar, y en nada pensó
    más durante toda su vida; nunca hubo hombre alguno que
    tanto prometiera y nada cumplió. No obstante, en todo
    triunfó, pues estaba bien informado sobre su parte del
    mundo
    ."

    Estas condenas estaban basadas en dos suposiciones: que
    las historias contadas en Roma sobre Alejandro eran verdad, y que
    los métodos
    utilizados por el Papa para recuperar los Estados de la Iglesia
    deslegitimizaban su conquista. Los historiadores
    católicos, aún defendiendo el derecho de Alejandro
    para restaurar su poder temporal, condenan sus métodos y
    moral,
    decía Pastor:

    "Fue universalmente descrito como un monstruo,
    además de ser acusado de cualquier tipo de crimen. La
    investigación crítica moderna le ha
    juzgado con más justicia y ha
    rechazado gran parte de las acusaciones que se hicieron en su
    contra"

    Los historiadores protestantes han demostrado generosa
    indulgencia con Alejandro VI. William Roscoe, en su ya
    clásica obra: "Vida y Pontificado de León X"
    (1827), fue de los primeros que tuvo palabras amables para
    definir al Papa Borgia:

    "Cualesquiera fueran sus crímenes, no hay que
    dudar por un momento que todos fueron, sin duda, exagerados. El
    que fuera devoto a engrandecer su familia, y que empleara la
    autoridad de su elevada posición para establecer un
    dominio permanente sobre Italia en la persona de su hijo, es
    innegable; pero cuando prácticamente la totalidad de los
    soberanos europeos utilizaban básicamente los mismos
    métodos criminales para gratificar sus ambiciones, resulta
    injusto atribuir a Alejandro la extraordinaria infamia que le ha
    perseguido durante toda la Historia. Mientras que Louis de
    Francia y Fernando de España conspiraban conjuntamente
    para repartirse el reino de Nápoles, Alejandro seguramente
    se sentía justificado para derrocar a los turbulentos
    Barones, quienes, durante años, habían arrendado
    las tierras eclesiásticas y usado de campo de batalla para
    sus guerras intestinas, subyugando a sus súbditos de la
    Romagna, sobre quienes Alejandro tenía
    supremacía.

    Con respecto a las acusaciones tan generalmente
    creídas, sobre relaciones incestuosas entre Alejandro y su
    propia hija… no debería ser muy difícil probar su
    improbabilidad. En segundo lugar, los vicios de Alejandro fueron
    acompañados, cuando no compensados, por sus muchas
    virtudes."

    Aquellos que pueden comprender la sensibilidad de
    Alejandro hacia los encantos femeninos no pueden arrojar piedras
    para sepultar sus pecados amorosos. Sus desviaciones no fueron
    más escandalosas que aquellas de Aeneas Sylvius, quien tan
    buena reputación tuvo con los historiadores, o las de
    Julio II, al que el tiempo perdonó. No se escribió
    tanto sobre el apoyo que prestaron ambos papas a sus familias,
    pero sin duda lo hicieron. Lo cierto es que la Historia hubiera
    sido pintada de otro color si la
    Italia renacentista hubiera permitido el matrimonio de sus
    sacerdotes como sí lo hizo más adelante la Alemania
    protestante y la Inglaterra
    anglicana, sus pecados no fueron contra la naturaleza humana
    sino contra el voto de castidad, el celibato rechazado por la
    mitad de la Cristiandad.

    Para juzgar el papel
    desempeñado por Alejandro en cuestiones políticas
    debemos distinguir entre sus propósitos y sus
    métodos. La meta era
    completamente legítima—recobrar el "Patrimonio de
    Pedro", que comprendía esencialmente el antiguo Latium, de
    los Barones feudales, tomando de los déspotas usurpadores
    aquello que tradicionalmente había sido los Estados de la
    Iglesia. Los métodos utilizados por Alejandro y su hijo
    Cesar eran usados por todos los estados conocidos—guerra,
    diplomacia, violación de tratados,
    deserción de aliados, traiciones etc. Cualquiera que fuera
    el peligro que corrió la Iglesia Católica al ser
    dominada por fuerzas temporales, ganó en
    compensación aquellos territorios de desde largo tiempo le
    pertenecían. Quizás nuestras mentes actuales
    piensen que la Iglesia debería volver a sus principios y
    estar en las manos pescadores galileos sin más voto que el
    de la pobreza y
    obediencia a Dios, pero en el mundo de intrigas en el que se
    movía la Iglesia tenía necesidad de un hombre
    fuerte y dominante: ganó un reino, perdió a la
    mitad de sus creyentes. La Reforma identificó los pecados
    de una Iglesia arruinada moralmente con la necesidad de cambiar
    aquello que más la alejaba de Dios, el Ser Supremo al que
    sirve.

    Quizás fuera este el legado que dejara Alejandro
    VI, sin embargo no fue este Papa el único que
    contribuyó a la pobreza de
    principios de la Iglesia.

    Csar Borgia se recuperó lentamente de la
    enfermedad que había matado a su padre. Mientras los
    médicos le sangraban las tropas de los Colonna y Orsini
    rápidamente recuperaban castillos y fortalezas perdidas y
    los señores depuestos de la Romagna, animados por Venecia,
    reclamaron sus antiguas tierras.

    Pío III fue elegido para suceder al difunto
    Borgia el 22 de septiembre de 1503, un hombre íntegro,
    sobrino de Aeneas Sylvius, padre de una gran familia y de sesenta
    y cuatro años de edad. Su amistad con Cesar
    permitió a este regresar a Roma, sin embargo, el 18 de
    octubre Pío II murió.

    Cesar no pudo evitar que su máximo enemigo, el
    Cardenal della Rovere, fuera escogido Papa el 31 de octubre de
    1503 y coronado el 26 de noviembre. El fin del general estaba
    próximo, traicionado por Gonzalo de Córdoba, bajo
    órdenes de Fernando el Católico, Cesar fue enviado
    a España donde fue confinado en una prisión. Julio
    II temía una guerra civil
    en Italia, y apoyado por el rey español, se ocupo de aquel
    que podía acaudillar el fin del nuevo Papa no regresara a
    Italia. Recuperó su libertad en la
    Corte de Navarra, donde murió el 12 de marzo de 1507
    luchado fieramente, sólo y desertado.

    Lucrezia pudo descansar por fin en Ferrara, lejos de las
    habladurías y las falsas acusaciones, respetada y
    admirada. En Ferrara intentó olvidar todos los horrores y
    tribulaciones del pasado. Ariosto, Tebaldeo, Bembo, Tito y Ercole
    Stonzzi la alabaron a través de sus versos. Brindó
    a su tercer marido cuatro niños y una niña y
    continuó su educación aprendiendo varios idiomas.
    Su marido la dejaba a cargo como regente en su ausencia,
    cumpliendo con sus obligaciones
    con tan buen juicio que sus súbditos se inclinaron a
    perdonar a Alejandro por haberla dejado en alguna ocasión
    encargada del Vaticano. En los últimos años de su
    vida se dedicó a educar a sus hijos y atender a su
    respetado marido, pero también encontró tiempo para
    la solidaridad,
    empleándose en trabajos caritativos.

    El 24 de junio de 1519, a los treinta y nueve
    años de edad, moría Lucrezia como consecuencia de
    su séptimo parto.

     Bibliografía

    Will Durant; The story of Civilization,
    tomo V

    Gustavo Sacerdote; Cesare Borgia: La sua vita,
    la sua famiglia, i suoi tempi
    . Milán 1950

    Eugenio Garín y otros; El Hombre del
    Renacimiento
    . Madrid 1990

    María Pilar Perez Cantó y Esperanza
    Mó Romero
    ; De Reinos a Repúblicas.
    Madrid 1998

    Cambrige Modern History, Nueva York
    1907

    M.B. Bennassar/ J. Jacquart/ F. Lebrun/ M. Denis/
    N.Blayau
    ; Historia moderna. Akal Textos

    Juan Antonio Vallejo Nájera; Perfiles
    Humanos.
    Editorial Planeta

    Maquiavelo; El Príncipe. Alianza
    editorial.

     

     

    Autor:

    Belén Suárez de Lezo
    Cultura
    Católica y cultura Protestante
    3º HISTORIA

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