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Literatura Hispanoamericana




Enviado por hector2000



Partes: 1, 2

    Indice
    1.
    Introducción


    3.
    Sudamérica

    4.
    Aztecas

    5. Mitología
    azteca

    6. Imperio Inca (principios del siglo
    XVI)

    7.
    Mitología
    inca

    8. Las edades del
    mundo

    9. Tiempo y
    calendario

    10. Imperio Maya
    Quiché

    11. Organización
    económica y
    social

    12. Mitología
    maya

    13. Las últimas
    moradas

    14. Las letras en las culturas
    precolombinas

    15. La escritura
    "florecida"

    16. Características de la
    literatura de los aztecas, incas y
    mayas.

    17. Literatura
    maya

    18. Notas

    1. Introducción

    " Y pues por una parte sabemos de cierto, que hay muchos
    siglos que hay muchos hombres en estas partes, y por otra no
    podemos negar que la Divina Escritura
    claramente enseña de haber procedido todos los hombres de
    un primer hombre,
    quedamos sin duda obligados a confesar, que pasaron acá
    los hombres de allá de Europa o de
    Asia o de
    África, pero el cómo y por qué camino
    vinieron, todavía lo inquirimos y deseamos saber. Cierto
    no es de pensar que hubo otra Arca de Noé en que aportasen
    hombres a Indias, ni mucho menos que algún Ángel
    trajese colgados por el cabello, como el profeta Abacuch, a los
    primeros pobladores de este mundo. Porque no se trata qué
    es lo que pudo hacer Dios, sino qué es conforme a
    razón y al orden y estilo de las cosas humanas. (…) Cosa
    cierta es que vinieron los primeros indios por una de tres
    maneras a la Tierra del
    Perú: porque o vinieron por mar o por tierra; y por
    mar o acaso, o por determinación suya, digo acaso, echados
    con alguna gran fuerza de
    tempestad, como acaece en tiempos contrarios y forzosos; digo por
    determinación, que pretendiesen navegar e inquirir nuevas
    tierras. Fuera de estas tres maneras, no me ocurre otra posible".
    #

    A fines del siglo XV existían en América
    culturas en diverso grado de desarrollo
    como testimonian la arqueología y la antropología. Las más rudimentarias
    habitaban las llanuras patagónicas en tanto que las
    más adelantadas se encontraban en Perú y México. A
    pesar que los lingüístas han agrupado alrededor de
    veintitrés lenguas diferentes anteriores a la llegada de
    Colón, sólo tres correspondieron a grupos
    étnicos de gran desarrollo socio – político y
    cultural: la azteca o náhualt, que ocupaba el centro y sur
    de México actual; la maya – quiché, que se
    extendía por parte de México, Guatemala,
    Honduras y El Salvador; y la inca o quechua, que
    correspondía los territorios de Perú, Ecuador, Bolivia y
    parte de la República Argentina.

    Entre los rasgos comunes a las grandes civilizaciones
    podemos mencionar:

    • Desarrollo de conocimientos científicos y
      manifestaciones artísticas.
    • Existencia de tipos de organización social muy
      avanzados.
    • Gran desarrollo en el cultivo de las plantas
      agrícolas, especialmente el maíz, base de la
      economía
      indígena.
    • Teatro ritual y conocimiento
      de la poesía (épica y lírica) y
      de la prosa narrativa.

    En el presente trabajo presentamos una investigación detallada de las culturas
    maya, azteca e inca, donde enfocamos el análisis de estos pueblos desde dos planos:
    un ‘Marco contextual’ (organización política y social,
    economía, religión, arte, etc.) y un
    ‘Marco Cultural’, denominado ‘Las Letras en las
    culturas Precolombinas’.

    El Marco Contextual está dividido en cuatro
    puntos:

    1. Pueblos indígenas Americanos.
    2. Imperio Azteca
    3. Imperio Inca
    4. Imperio Maya – Quiché

    El Marco Cultural está desarrollado en un solo
    punto (el quinto), donde presentamos la literatura que ellos
    cultivaron y la temática que desarrollan, que en rasgos
    generales coincide con la temática desarrollada por
    escritores de épocas mas recientes.

    2. Pueblos
    Indígenas Americanos

    Mesoamérica

    Las civilizaciones se desarrollaron en México y
    en la parte superior de Centroamérica a partir del
    1400 a.C. Estas civilizaciones surgieron de un estilo de
    vida arcaico cazador-recolector que hacia el 7000 a.C.
    incluía el cultivo de pequeñas cantidades de
    frijol, calabaza y maíz. Hacia el 2000 a.C. los
    antiguos mexicanos dependían totalmente de las
    plantaciones de estos cultivos, además de amaranto,
    aguacate y otras frutas, así como del chile
    (ají). Las ciudades fueron creciendo y hacia el
    1400 a.C. la civilización olmeca poseía una
    capital con
    palacios, templos y monumentos construidos sobre una enorme
    plataforma de unos 50 m de altura y cerca de 1,6 km de
    longitud. Los olmecas vivían en la selva de la costa del
    golfo de México; sus rutas comerciales se extendieron
    hasta Monte Albán en el oeste de la República
    Mexicana (en el actual estado de
    Oaxaca) y el valle de México. A medida que fue
    disminuyendo el poder de los
    olmecas (hacia el 400 a.C.), fueron en aumento los
    asentamientos en las montañas del interior y, poco antes
    del comienzo de la era cristiana, la primera ciudad del
    México precolombino había alcanzado dimensiones
    urbanas en Teotihuacán en el valle de México. Desde
    el 450 hasta el 600 Teotihuacán dominó el
    Altiplano, comerciando con Monte Albán y con los reinos
    mayas que
    habían surgido en el suroeste de México, y
    conquistando a pueblos rivales por el sur incluso en el valle de
    Guatemala. Teotihuacán ocupaba unos 21 km2 con
    bloques de viviendas de varios pisos, mercados,
    multitud de pequeños talleres, templos sobre plataformas y
    palacios cubiertos de murales.

    La cultura maya
    también se distinguió por desarrollar, caso
    único entre los pueblos indígenas americanos, una
    lengua escrita
    basada en glifos.

    Hacia el 700 d.C. Teotihuacán sufrió
    una serie de ataques que le arrebataron su supremacía.
    Más adelante, en ese mismo siglo, muchas ciudades mayas
    quedaron abandonadas, tal vez arruinadas al tocar a su fin el
    comercio con
    Teotihuacán. Otras ciudades mayas, sobre todo en el norte
    de Yucatán, no corrieron la misma suerte. Hacia el
    año 1000, una nueva potencia del
    México central —los toltecas— comenzaron a
    formar un imperio alrededor del ya existente en el valle de
    México y penetraron en el territorio maya de
    Chichén Itzá. Este imperio se derrumbó en
    1168. Hacia el 1433, el valle de México había
    recuperado el dominio sobre la
    mayor parte de México como resultado de una alianza de
    tres reinos vecinos. Esta alianza garantizaba una patria a partir
    de la cual el rey Moctezuma I de los aztecas
    inició sus conquistas territoriales durante el siglo XV.
    El imperio floreció hasta 1519, año en el que el
    conquistador español Hernán Cortés
    arribó a la costa oriental de México y
    avanzó junto a sus aliados mexicanos, los tlaxcaltecas,
    enemigos de los aztecas, en dirección a la capital azteca,
    Tenochtitlán. Las luchas internas y las epidemias vinieron
    a debilitar a los mexicanos, circunstancias que hicieron posible
    que Cortés triunfara en su conquista.

    En el momento de las primeras conquistas
    españolas, los pueblos indígenas de México
    formaban parte de los dominios del Imperio azteca, de los reinos
    y señoríos mixtecos en el actual estado de Puebla y
    de los tarascanos en el estado de
    Michoacán, así como de los zapotecas en Oaxaca, los
    tlaxcaltecas de Tlaxcala, los otomíes en Hidalgo, los
    totonacas en Veracruz, los supervivientes del estado maya de
    Mayapán en Yucatán y grupos menores de
    filiación mayense en el sur, además de otros grupos
    independientes en las regiones fronterizas, como los yaquis,
    huicholes y tarahumaras en el norte de México. Tras la
    conquista española —que tardó más de
    dos siglos en abarcar a todo México— la
    mayoría de los grupos indígenas se vio obligada a
    sobrevivir como campesinos gobernados por la clase alta
    hispano-mexicana.

    El área cultural de Mesoamérica
    —México, Guatemala, El Salvador, la parte occidental
    de Honduras y de Nicaragua— destacaba por su
    carácter agrícola, abasteciendo a los mercados de
    las grandes ciudades en las que los comerciantes traficaban con
    utensilios, vestidos y artículos de lujo importados a
    través de las lejanas rutas terrestres y marítimas.
    En las ciudades vivían los artesanos y los trabajadores,
    los mercaderes, la clase opulenta, así como los sacerdotes
    y eruditos que registraban las obras literarias,
    históricas y científicas en textos
    jeroglíficos (la astronomía estaba especialmente
    desarrollada, véase Astronomía maya). Las ciudades
    se decoraban con esculturas y vistosas pinturas, que
    representaban los símbolos mesoamericanos del poder y el
    saber: el águila, el jaguar y la serpiente.

    3.
    Sudamérica

    Las áreas culturales de Sudamérica abarcan
    desde la parte inferior de Centroamérica —el este de
    Honduras, Nicaragua y Costa Rica
    hasta el extremo meridional de América del Sur. Cabe
    distinguir cuatro áreas principales: 1) la parte norte de
    Sudamérica y el Caribe; 2) los Andes centrales y
    meridionales y la costa adyacente del Pacífico; 3) la
    selva tropical del este de Sudamérica, y 4) la
    Sudamérica meridional, un área que alberga
    sólo a pueblos nómadas de
    cazadores-recolectores.

    El área cultural de la parte norte de
    Sudamérica y el Caribe incluye tierras bajas de selva,
    sabanas cubiertas de hierba, la parte septentrional de la
    cordillera de los Andes, algunos territorios áridos del
    oeste de Ecuador y las islas del Caribe. Debido a su
    ubicación geográfica, la región
    podría prestarse a servir de vínculo entre las
    grandes civilizaciones de México y Perú, pero por
    la dificultad que entrañan los desplazamientos por tierra
    a través de la selva y las montañas de la parte
    baja de Centroamérica, los contactos precolombinos entre
    Perú y México se desarrollaron sobre todo por mar,
    desde el golfo de Guayaquil en Ecuador hasta los puertos
    occidentales de México. Los pueblos indígenas de la
    parte norte de Sudamérica y el Caribe vivían en
    pequeños estados independientes. Aunque comerciaban
    directamente con México y Perú a través de
    Ecuador, estos grandes imperios nunca entraron en contacto con
    ellos. Andes centrales y meridionales

    La cordillera de los Andes, que se extiende por toda la
    mitad occidental de Sudamérica, junto con los angostos
    valles costeros entre las montañas y el océano
    Pacífico, constituyeron el territorio de una de las
    grandes civilizaciones del continente.

    En tiempos recientes, las excavaciones del yacimiento
    del Monte Verde en el sur de Chile han proporcionado pruebas
    irrefutables de la existencia humana ya por el 13.000 a.C.
    Algunas excavaciones algo más al norte, en Perú,
    revelan que hacia el 700 a.C. se cultivaban frijol y
    ají. Algunos siglos más tarde se produjo la
    domesticación de las llamas. A veces se criaban cobayas o
    cuis como alimento comestible; el algodón, la papa, el
    maní y otros alimentos se
    fueron incorporando a la agricultura
    peruana, y hacia el 2000 a.C. se introdujo el maíz
    procedente de los Andes septentrionales. Los pueblos de la costa
    del Pacífico, Chile, Perú y Ecuador, también
    supieron aprovechar la riqueza marina, con su abundancia de
    especies, así como las aves
    acuáticas, las morsas, los delfines y los
    crustáceos.

    Después del año 2000 a.C. los pueblos
    asentados en los diferentes valles costeros del Perú
    central se aliaron para construir grandes templos de piedra y
    adobe sobre enormes plataformas. Después del 900 a.C.
    estos templos se destinaron a una nueva religión, centrada
    en la ciudad de Chavín de Huantar. Esta religión
    tenía como símbolos el águila, el jaguar, la
    serpiente (probablemente una anaconda) y el caimán, que
    simbolizaba el agua y la
    fertilidad de las plantas. Estos símbolos son en cierta
    forma análogos a los de las religiones de México,
    pero no se conoce ningún vínculo concreto entre
    ambas culturas. Después del 300 a.C. comenzó a
    declinar la influencia de Chavín, o posiblemente su
    dominio político. Surgió así la cultura moche
    o mochica en la costa septentrional de Perú y la nazca en
    la costa sur. Ambas dieron lugar a la construcción de grandes proyectos de
    regadío, ciudades y templos, desarrollándose un
    comercio intenso que incluía la exportación de cerámica fina. Los
    moche representaron su vida cotidiana y sus mitos en
    pinturas y en esculturas cerámicas; se retrataban como
    feroces guerreros y también fabricaron esculturas de
    cerámica modelada que representaban viviendas con
    familias, plantas cultivadas, pescadores e incluso parejas de
    amantes. También eran diestros trabajadores del
    metal.

    Hacia el 600 d.C. las culturas moche y nazca
    desaparecieron y surgieron dos nuevos estados poderosos en
    Perú: Huari en las montañas centrales y Tiahuanaco
    en las montañas meridionales del lago Titicaca. Tiahuanaco
    fue un gran centro religioso que hizo resurgir los
    símbolos de Chavín, pero ambos estados duraron
    pocos siglos. A partir del siglo XI volvieron a adquirir
    importancia los estados costeros, especialmente Chimú en
    el norte, con su amplia y esplendorosa ciudad capital
    Chanchán, construida de adobe y piedra. Todo Perú
    llegó a estar dominado por un estado que nació en
    las montañas centrales en Cuzco; era el estado quechua,
    pueblo que pasó a ser el componente más poderoso
    del Imperio inca. El emperador inca de aquella época,
    Pachacutec Inca Yupanqui, inició la expansión de su
    Imperio en el siglo XV; hacia 1525, los incas dominaban
    desde Ecuador hasta Chile y Argentina. Entre 1525 y 1532 se
    desencadenó una guerra civil
    en su seno y a su término desembarcó en Perú
    el conquistador español Francisco Pizarro, que apenas tuvo
    dificultades para conquistar al devastado Imperio
    inca.

    Durante este periodo, las partes central y meridional de
    los Andes estaban habitadas por campesinos que cultivaban
    diversas plantas. Los productos
    locales, transportados en caravanas de llamas, se exportaban y se
    intercambiaban hacia la costa, las montañas y la selva
    tropical oriental. Los reinos de esta región estaban
    gobernados por administradores auxiliados por soldados y
    sacerdotes. Los peruanos carecían de lenguaje
    escrito, pero utilizaban el ábaco
    para sus cálculos aritméticos, y llevaban un
    registro
    numérico de carácter administrativo con ayuda de
    unos collares anudados, parecidos a los ábacos,
    denominados ‘quipus’.

    4.
    Aztecas

    Orígenes, el surgimiento de los
    aztecas

    Azteca o Mexica, es el nombre que recibían los
    mienbros de un pueblo que dominó el centro y sur del
    actual México, en Mesoamérica, desde el siglo XIV
    hasta el siglo XVI y que es famoso por haber establecido un vasto
    imperio altamente organizado, destruido por los conquistadores
    españoles y sus aliados tlaxcaltecas. Algunas versiones
    señalan que el nombre de ‘azteca’ proviene de
    un lugar mítico, situado posiblemente al norte de lo que
    hoy en día es México, llamado Aztlán;
    más tarde se autodenominaron mexicas.

    Los aztecas ocuparon un breve período de la
    historia de la
    civilización mesoamericana La mayoría de los
    investigadores creen que los primeros habitantes de México
    emigraron de Asia a Alaska por el estrecho de Bering, desde donde
    se desplazaron hacia el sur. Afirman los arqueólogos que
    la cultura más antigua que floreció en
    Mesoamérica fue la olmeca, la cual, surgió hacia el
    año 1200 a.C. y prevaleció alrededor de ochocientos
    años. Pero no fue sino hasta 1200 d. C. –más
    de dos milenios después- cuando empezaron a destacarse los
    aztecas, cuya cultura duraría apenas trescientos
    años y cuyo poderoso imperio dominaría en la zona
    solo cien años antes de caer por la espada de los
    invasores españoles. No obstante, en el cenit de su
    gloria, el Imperio azteca reflejó un esplendor pocas veces
    igualado, The World Book Encyclopedia dice de ellos los
    siguiente: "Fueron los aztecas poseedores de una de las
    civilizaciones más adelantadas de América.
    Construyeron ciudades tan grandes como cualquier ciudad europea
    de la época".

    Tras la caída de la civilización tolteca
    que había florecido principalmente en Tula entre los
    siglos X y XI, oleadas de inmigraciones inundaron la meseta
    central de México, alrededor del lago de Texcoco. Debido a
    su tardía aparición en el lugar, los
    aztecas-mexicas se vieron obligados a ocupar la zona pantanosa
    situada al oeste del lago. Estaban rodeados por enemigos
    poderosos que les exigían tributos, y la
    única tierra seca que ocupaban eran los islotes del lago
    de Texcoco, rodeados de ciénagas

    El hecho de que, desde una base tan poco esperanzadora,
    los aztecas fueran capaces de consolidar un imperio poderoso en
    sólo dos siglos, se debió en parte a su creencia en
    una leyenda, según la cual fundarían una gran
    civilización en una zona pantanosa en la que vieran un
    nopal (cactus) sobre una roca y sobre él un águila
    devorando una serpiente. Los sacerdotes afirmaron haber visto
    todo eso al llegar a esta zona; como reflejo de la continuidad de
    esa tradición, hoy en día esa imagen representa
    el símbolo oficial de México que aparece, entre
    otros, en los billetes y monedas.

    Al aumentar en número, los aztecas establecieron
    organizaciones
    civiles y militares superiores. En 1325 fundaron la ciudad de
    Tenochtitlán (ubicada donde se encuentra la actual ciudad
    de México, capital del país).

    La capital

    Tenochtitlán, capital de los aztecas, situada en
    una isla del lago de Texcoco, en la actual ciudad de
    México. Fue fundada en 1325 y planificada siguiendo el
    esquema cuadriculado de calles y canales construidos en torno a un
    recinto ceremonial formado por pirámides, templos y
    palacios, entre los que destacan: el Templo Mayor, el de
    Quetzalcóatl, el Juego de
    Pelota y el Tzompantli o altar de sacrificios (ver ‘Recinto
    sagrado de México -Tenochtitlán, pág. ).
    Estaba protegida contra inundaciones mediante diques y conectada
    a tierra firme por medio de varias calzadas: Xochimilco,
    Iztapalapa y Tlacopan que hoy forman parte de la inmensa ciudad
    de México. Desde 1376 comenzó el desarrollo de la
    ciudad, bajo el soberano azteca Acamapichtli. Se
    engrandeció con la anexión de Tlatelolco, y
    llegó a ser una de las ciudades más bellas y
    grandes del mundo (con cerca de 300.000 habitantes). El
    conquistador español Hernán Cortés
    capturó la ciudad en 1521, arrasándola hasta los
    cimientos. Sobre sus ruinas fundó la ciudad de
    México.

    Las excavaciones realizadas en el Templo Mayor, llevadas
    a cabo por arqueólogos mexicanos durante los años
    1978-1982, han sacado a la luz los hallazgos
    más espectaculares del siglo XX en México. Los
    españoles habían construido la catedral de
    México sobre una parte de las ruinas del Templo Mayor,
    utilizando las piedras originales.

    Los aztecas convirtieron el lecho del lago, que era poco
    profundo, en chinampas (jardines muy fértiles, construidos
    con un armazón de troncos que sostenían arena,
    grava y tierra de siembra, atados con cuerdas de ixtle, para
    lograr islas artificiales donde se cultivaban verduras y flores y
    se criaban aves domésticas). Se hicieron calzadas y
    puentes para conectar la ciudad con tierra firme; se levantaron
    acueductos y se excavaron canales por toda la ciudad para el
    transporte de
    mercancías y personas. Las construcciones religiosas
    —gigantescas pirámides escalonadas recubiertas de
    piedra caliza y estuco de vivos colores, sobre
    las que se construían los templos— dominaban el
    paisaje.

    La ciudad floreció como resultado de su
    ubicación y del alto grado de organización. En la
    época en la que los españoles, capitaneados por
    Hernán Cortés, comenzaron la conquista en 1519, el
    gran mercado de
    Tlatelolco atraía a unas 60.000 personas diarias. Las
    mercancías llegaban a manos aztecas gracias a los acuerdos
    sobre tributos establecidos con los territorios conquistados.
    Muchas de esas mercancías se exportaban a otras zonas del
    Imperio azteca y a América Central.

    La confederación azteca

    Los aztecas-mexicas establecieron alianzas militares con
    otros grupos, logrando un imperio que se extendía desde
    México central hasta la actual frontera con Guatemala. A
    principios del
    siglo XV Tenochtitlán gobernaba conjuntamente con las
    ciudades-estado de Texcoco y Tlacopan (más tarde conocida
    como Tacuba y en la actualidad perteneciente a ciudad de
    México) bajo la denominación de la Triple Alianza.
    En un periodo de unos 100 años los aztecas lograron el
    poder total y, aunque las demás ciudades-estado
    continuaron llamándose reinos, se convirtieron en meros
    títulos honoríficos.

    Al final del reinado de Moctezuma II, en 1520, se
    habían establecido 38 provincias tributarias; sin embargo,
    algunos pueblos de la periferia del Imperio azteca luchaban
    encarnizadamente por mantener su independencia.
    Estas divisiones y conflictos
    internos en el seno del Imperio azteca facilitaron su derrota
    frente a Cortés en 1521, ya que muchos pueblos se aliaron
    con los españoles. Además de los problemas
    internos que contribuyeron a su caída, el emperador
    Moctezuma había dado una bienvenida pacífica a
    Cortés y lo instaló junto a sus capitanes en los
    mejores palacios, desde donde se hicieron con la ciudad. Es
    posible que la interpretación de antiguos presagios sobre
    el regreso del dios Quetzalcóatl indujera a Moctezuma a
    confundirlo con Cortés, si bien lo que más
    interesaba al emperador era colmar de regalos a los
    españoles para que se retiraran.

    Sociedad y religión aztecas

    La sociedad azteca
    estaba dividida en tres clases: esclavos, plebeyos y nobles. El
    estado de esclavo era similar al de un criado contratado. Aunque
    los hijos de los pobres podían ser vendidos como esclavos,
    solía hacerse por un periodo determinado. Los esclavos
    podían comprar su libertad y los
    que lograban escapar de sus amos y llegar hasta el palacio real
    sin que los atraparan obtenían la libertad inmediatamente.
    A los plebeyos o macehualtin se les otorgaba la propiedad
    vitalicia de un terreno en el que construían su casa. Sin
    embargo, a las capas más bajas de los plebeyos
    (tlalmaitl), no se les permitía tener propiedades y eran
    campesinos en tierras arrendadas. La nobleza estaba compuesta por
    los nobles de nacimiento, los sacerdotes y los que se
    habían ganado el derecho a serlo (especialmente los
    guerreros).

    En la religión azteca numerosos dioses
    regían la vida diaria. Entre ellos Huitzilopochtli (deidad
    del Sol), Coyolxauhqui (la diosa de la Luna que, según la
    mitología azteca, era asesinada por su hermano el dios del
    Sol), Tláloc (deidad de la lluvia) y Quetzalcóatl
    (inventor de la escritura y el calendario, asociado con el
    planeta Venus y con la resurrección).

    Los sacrificios, humanos y de animales, eran
    parte integrante de la religión azteca. Para los guerreros
    el honor máximo consistía en caer en la batalla u
    ofrecerse como voluntarios para el sacrificio en las ceremonias
    importantes. Las mujeres que morían en el parto
    compartían el honor de los guerreros. También se
    realizaban las llamadas guerras
    floridas con el fin de hacer prisioneros para el sacrificio. El
    sentido de la ofrenda de sangre humana (y
    en menor medida de animales) era alimentar a las deidades solares
    para asegurarse la continuidad de su aparición cada
    día y con ella la permanencia de la vida humana, animal y
    vegetal sobre la Tierra.

    Los aztecas utilizaban la escritura pictográfica
    grabada en papel o
    piel de
    animales. Todavía se conserva alguno de estos escritos,
    llamados códices. También utilizaban un sistema de
    calendario que habían desarrollado los antiguos mayas.
    Tenía 365 días, divididos en 18 meses de 20
    días, a los que se añadían 5 días
    ‘huecos’ que se creía que eran aciagos y
    traían mala suerte. Utilizaban igualmente un calendario de
    260 días (20 meses de 13 días) que aplicaban
    exclusivamente para adivinaciones. La educación era muy
    estricta y se impartía desde los primeros años. A
    las mujeres se les exhortaba a que fueran discretas y recatadas
    en sus modales y en el vestir y se les enseñaban todas las
    modalidades de los quehaceres domésticos que,
    además de moler y preparar los alimentos,
    consistían en descarozar el algodón, hilar, tejer y
    confeccionar la ropa de la familia. A
    los hombres se les inculcaba la vocación guerrera. Desde
    pequeños se les formaba para que fueran fuertes, de modo
    que los bañaban con agua
    fría, los abrigaban con ropa ligera y dormían en el
    suelo. A la
    manera de los atenienses de la Grecia
    clásica, se procuraba fortalecer el carácter de los
    niños mediante castigos severos y el fomento de los valores
    primordiales como amor a la
    verdad, la justicia y el
    deber, respeto a los
    padres y a los ancianos, rechazo a la mentira y al libertinaje,
    misericordia con los pobres y los desvalidos. Los jóvenes
    aprendían música, bailes y
    cantos, además de religión, historia, matemáticas, interpretación de los
    códices, artes marciales, escritura y conocimiento del
    calendario, entre otras disciplinas.

    5. Mitología
    azteca

    Los dioses

    De carácter politeísta, el panteón
    azteca abarcaba una abundante jerarquía de dioses.
    Tezcatlipoca era una de las deidades principales y representante
    del principio de dualidad. Portaba un espejo (su nombre significa
    espejo que humea), en el que se reflejaban los hechos de la
    humanidad. Divinidad aérea, representaba el aliento vital
    y la tempestad y llegó a asociarse posteriormente con la
    fortuna individual y con el destino de la nación azteca.
    La fiesta más importante consagrada a Tezcatlipoca era el
    Tóxcatl, que se celebraba en el mes quinto. En esa
    ocasión se le sacrificaba un joven honrado como
    representación del dios en la tierra, guarnecido con todos
    sus atributos, entre ellos un silbato, con el que producía
    un sonido
    semejante al del viento nocturno por los caminos.

    Considerado como padre de los toltecas,
    Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, aparece enfrentado a
    Tezcatlipoca, quien, según la leyenda, le hizo beber
    varios tragos de pulque (bebida alcohólica que se obtiene
    haciendo fermentar el aguamiel o jugo extraído del maguey,
    una variedad del agave), supuestamente beneficioso para su
    salud, pero
    Quetzalcóatl, avergonzado por haber perdido su entereza,
    se ocultó y finalmente desapareció, prometiendo que
    volvería. Está relacionado con la enseñanza
    de las artes y, por tanto, actúa como introductor de la
    civilización. Sus devotos, para venerarlo, se sacaban
    sangre de las venas que están debajo de la lengua o
    detrás de la oreja y untaban con ella la boca de los
    ídolos. La efusión de sangre sustituía el
    sacrificio directo.

    Huitzilopochtli, dios de la guerra, representaba los
    dardos y lanzas del guerrero, la sabiduría y el poder,
    símbolos que lo identifican con la serpiente. Pero
    además su nombre alude al colibrí, precursor del
    verano, la estación de los relámpagos y la
    fertilidad. Se le honraba en el decimoquinto mes azteca, en una
    ceremonia muy semejante al Tóxcatl de Tezcatlipoca, el
    Panquetzaliztli, en la que el sacerdote atravesaba con una flecha
    una masa preparada con sangre de personas sacrificadas para tal
    ocasión.

    Otro de los dioses importantes era Tláloc, dios
    de la lluvia, casado con Chalchiuhtlicue (la de la falda de jade)
    diosa del agua, a la que se solía representar con la
    imagen de una rana, y con la que tuvo muchos hijos: los tlalocas
    o nubes. Vivía en un paraíso de aguas llamado
    Tlalocan, donde iban los que habían muerto en
    inundaciones, fulminados por un rayo o enfermos de
    hidropesía, que allí disfrutaban de una felicidad
    eterna. Le ofrecían niños y doncellas en
    sacrificio. Los campesinos, en previsión de
    sequías, hacían fabricar ídolos a imagen de
    Tláloc y los veneraban ofrendándoles maíz y
    pulque. Relacionados con la agricultura había un grupo de
    dioses, entre ellos Cinteotl, a los que se identificaba con
    partes de la planta del maíz. La diosa principal del grupo
    era Chicomecoátl, otra forma de la deidad del agua,
    Chalchiuhtlicue. Su festival se celebraba entre junio y julio,
    cuando la planta del maíz había madurado
    completamente.

    Xolotl, como dios del lucero de la tarde, representaba
    las formas ascendentes y descendentes del fuego. Dios monstruoso,
    aparece en algunas de sus representaciones con las cuencas de los
    ojos vacías porque, según la leyenda, al
    sacrificarse los dioses para dar vida al nuevo Sol, se puso tan
    triste y lloró tanto que los ojos se le cayeron de las
    órbitas. Tlazolteotl, diosa de la inmundicia, la lujuria y
    el deseo, absolvía a los fieles de sus faltas o pecados;
    representaba la basura, el abono
    y, por tanto, la fecundidad de la tierra. Mictlantecuhtli era el
    dios de las tinieblas y la muerte.
    Vivía en una región del Mictlán, en el
    Ombligo de la Tierra; a este lugar iban los muertos que no
    merecían ninguno de los diversos grados de cielos, y su
    castigo era el tedio.

    También presente en la mitología maya, las
    almas, que salían de la boca de los muertos, llevaban
    jabalinas para afrontar varias pruebas antes de llegar a su
    morada e iban acompañadas por la sombra de su perro
    favorito: paso entre dos peñas peligrosas, lucha con una
    serpiente, enfrentamiento con un caimán, travesía
    por ocho desiertos y ocho montañas, superación de
    un torbellino capaz de hender las rocas más
    sólidas, además de una serie de demonios que le
    impiden el paso.

    Como contraste con esta visión heroica de la
    travesía después de la muerte, el
    dios Omacahtl simbolizaba el regocijo y el espíritu
    festivo. Especie de Dioniso azteca, se representaba como un
    gordo, en blanco y negro, tocado con una diadema de papel de la
    que colgaban papeles de colores. Festejado sobre todo por los
    ricos, a través de orgías y banquetes, Omacahtl
    castigaba los errores en el culto con indigestiones o mareos, lo
    que habla de la necesidad de un mito para
    regular las reglas de urbanidad y el comportamiento
    en la mesa.

    El cómputo del tiempo

    Derivado del maya, el calendario azteca reúne el
    Tonalpohualli, ciclo ritual de 260 días, con el año
    solar de 365. En cada año había cinco días
    funestos, llamados nemontemi, durante los cuales no se trabajaba.
    En su concepción cíclica del paso del tiempo, los
    aztecas creían que pasados cincuenta y dos años el
    mundo acabaría. En la víspera del final de ese
    periodo, atemorizados, intentaban aplacar a los dioses con
    ofrendas y
    sacrificios. Si no se producía la catástrofe,
    volvían a encenderse los fuegos del hogar y se reanudaba
    la vida normal. En el Museo Nacional de Antropología de
    México se encuentra la piedra solar del calendario azteca,
    que mide casi 4 metros de diámetro y pesa 25 toneladas. En
    el centro está el dios del Sol, Tonatiuh, rodeado por
    cuatro secciones cuadradas que representan las encarnaciones de
    la divinidad y las cuatro edades anteriores del mundo. Alrededor
    del conjunto, unos signos manifiestan los veinte días del
    mes azteca.

    Cosmogonía y edades del cosmos

    Ometecuhtli representaba la dualidad de la
    generación, equivalían respectivamente al cielo, lo
    masculino, y la tierra, lo femenino, y ocupaban el primer lugar
    en el calendario. Los aztecas creían que cuatro mundos o
    soles habían precedido al actual. Como en muchas otras
    mitologías y concepciones religiosas, entre los aztecas
    existía la idea de la sucesión de distintas eras o
    mundos, interrumpidos y transformados a través de
    cataclismos.

    El primer Sol se llamaba Nahui-Ocelotl (Cuatro-Ocelote o
    Jaguar), porque el mundo, habitado por gigantes, había
    sido destruido, después de tres veces cincuenta y dos
    años, por los jaguares, que los aztecas consideraban
    nahualli o máscara zoomorfa del dios
    Tezcatlipoca.

    El segundo Sol, Nahui-Ehécatl (Cuatro-Viento),
    desapareció después de siete veces cincuenta y dos
    años al desatarse un gran huracán,
    manifestación de Quetzalcóatl, que
    transformó a los sobrevivientes en monos.

    Durante el tercer Sol, Nahui-Quiahuitl (Cuatro-Lluvia de
    fuego), al cabo de seis veces cincuenta y dos años,
    cayó una lluvia de fuego, manifestación de
    Tláloc, dios de la lluvia y señor del rayo, de
    largos dientes y ojos enormes, todos eran niños, y los
    sobrevivientes se transformaron en pájaros.

    El cuarto Sol, Nahui-Atl (Cuatro-Agua), acabó con
    un terrible diluvio, después de tres veces cincuenta y dos
    años y del que sólo sobrevivieron un hombre y una
    mujer, que se
    refugiaron bajo un enorme ciprés (en realidad, ahuehuete).
    Tezcatlipoca, en castigo por su desobediencia, los
    convirtió en perros,
    cortándoles la cabeza y colocándosela en el
    trasero. Cada uno de estos soles corresponde a un punto cardinal:
    Norte, Oeste, Sur y Este, respectivamente.

    El Sol actual es el quinto y se llama Nahui-Ollin
    (Cuatro-Movimiento),
    porque está destinado a desaparecer por la fuerza de un
    movimiento o temblor de tierra, momento en el que
    aparecerán los monstruos del Oeste, tzitzimime, con
    apariencia de esqueletos, y matarán a toda la gente.
    Quetzalcóatl, junto con Xolotl, creó a la humanidad
    actual, dando vida a los huesos de los
    viejos muertos con su propia sangre. El Sol presente
    se sitúa en el centro, quinto punto cardinal y se atribuye
    a Huehuetéotl, dios del fuego, porque el fuego del hogar
    se encuentra en el centro de la casa.

    Arte Azteca

    Sus manifestaciones (1250-1521 d.C.) se encuentran entre
    las más importantes de Mesoamérica antes de la
    llegada de los europeos. El término azteca, junto con los
    de mexica y tenochca, se utiliza hoy día para designar a
    los siete pueblos que llegaron al valle de México
    procedentes de Aztlán, lugar mítico situado al
    norte de Mesoamérica. El arte azteca es, fundamentalmente,
    un arte al servicio del
    Estado, un lenguaje utilizado por la sociedad para transmitir su
    visión del mundo, reforzando su propia identidad
    frente a la de las culturas foráneas. De marcado
    componente político-religioso, el arte azteca se expresa a
    través de la música y la literatura, pero
    también de la arquitectura y la
    escultura, valiéndose para ello de soportes tan variados
    como los instrumentos
    musicales, la piedra, la cerámica, el papel o las
    plumas. Lo primero que llama la atención es la
    asimilación azteca de las tradiciones artísticas
    anteriores y la impronta personal que
    otorgaron a sus manifestaciones. El arte azteca es violento y
    rudo pero deja entrever una complejidad intelectual y una
    sensibilidad que nos hablan de su enorme riqueza
    simbólica.

    Escultura

    Era fundamentalmente monumental y aparecía
    asociada a las grandes construcciones arquitectónicas. Muy
    realista en su concepción, contenía un componente
    simbólico y abstracto de gran importancia relacionado con
    su universo
    religioso. Existen piezas de gran tamaño que representan a
    los dioses, los mitos, los reyes y sus hazañas. De las
    obras que han llegado hasta nosotros y que se encuentran en el
    Museo de Antropología de México destacaremos la
    imponente Coatlicue (diosa de la tierra), de relieve plano
    y repleta de símbolos; la cabeza de Coyolxauhqui (diosa de
    la Luna e hija de Coatlicue); la Piedra del Sol o Calendario
    azteca, enorme bloque circular trabajado en relieve y dedicado a
    la divinidad solar Tonatiuh que algunos investigadores atribuyen
    al monstruo de la tierra Tlaltecuhtli y la Piedra de Tizoc,
    enorme disco que narra en un friso las conquistas del que fuera
    famoso Tlatoani (emperador) de los aztecas entre 1481 y 1486.
    Existen obras escultóricas de menor envergadura entre las
    que destacaremos el llamado Caballero Águila en la que se
    representa el rostro de un guerrero surgiendo del pico de un
    águila y algunas imágenes
    del dios Tláloc y de la diosa Chalchiuhtlicue. La
    más conocida es la imagen de la diosa de las flores
    Xochipilli, sentada sobre un gran taburete, con todo el cuerpo
    cubierto por flores tatuadas. La escultura de pequeño
    tamaño en piedra tuvo también una gran importancia.
    Suele pertenecer más al ámbito de lo cotidiano,
    reproduciendo, generalmente, animales y objetos comunes. Algunas
    piezas conservan restos de pintura e
    incrustaciones realizadas con piedras diferentes. La
    técnica mexica creó obras extraordinarias con
    materiales muy
    difíciles de labrar. Entre ellas debemos destacar una
    vasija de obsidiana que representa a un mono, o una excepcional
    calavera de cristal de roca que se encuentra en el Mankind Museum
    de Londres, donde se percibe el detallado conocimiento
    anatómico que poseían los mexicas, así como
    su pericia con el trabajo de
    la piedra, presentando una pieza casi transparente de un pulido
    perfecto. Los trabajos escultóricos en madera y
    turquesa, aun siendo mucho menos numerosos, supusieron un aporte
    interesante. Encontramos tambores con relieves muy complejos,
    marcos para espejos de obsidiana y los llamados mosaicos de
    turquesas (esculturas en madera cubiertas con mosaicos de
    piedras) que continúan la antigua tradición
    mesoamericana y de los que sólo se conservan algunas
    cabezas zoomorfas y máscaras.

    Orfebrería

    Aunque los orfebres mixtecos que realizaron las ofrendas
    de las tumbas de Monte Albán fueron los mejores de
    Mesoamérica, los aztecas alcanzaron tal pericia en la
    fundición, combinando oro y plata, que no se quedaron
    atrás. Los metales se utilizaban
    fundamentalmente para hacer joyas: collares, pendientes,
    pectorales, orejeras, bezotes (adornos que se colocaban en un
    orificio practicado bajo el labio inferior) y pulseras.
    También se hacían figuras y recipientes. Utilizaban
    la cera perdida y eran maestros en la fundición, hasta el
    punto de fabricar figuras articuladas. Frecuentemente se
    combinaban los metales con piedras semipreciosas como el jade, la
    amatista y la turquesa, formando collares y adornos de gran
    belleza.

    Plumería

    Fue una de las expresiones más originales y
    características de los aztecas,
    especialmente la elaboración de mosaicos de plumas. Las
    aves utilizadas para estos trabajos procedían de los
    bosques tropicales del sur de México y Guatemala, o bien
    eran criadas en cautividad y cazadas con técnicas
    refinadas que no dañaban el plumaje de la presa. Eran
    clasificadas de acuerdo con el tamaño, calidad y
    color, siendo
    las más apreciadas las verdes de quetzal (sobre todo las
    larguísimas caudales); las rojas del tlauquecholli,
    parecido al flamenco, y las azules turquesa del
    xiuhtótotl. Los especialistas dedicados a estos menesteres
    se llamaban amanteca y eran muy apreciados, destacando los de
    Tlatelolco, Texcoco y Huaxtepec. Se conservan buenos ejemplares
    de escudos y tocados en museos de América y Europa.
    Destacaremos el escudo del Dios de la Lluvia, que representa un
    coyote (quizá el emblema del Tlatoani Ahuizotl), pero,
    sobre todo, el gran tocado de plumas de quetzal con adornos de
    oro, conocido como el Penacho (Corona) de Moctezuma, conservado
    en el Museo Etnográfico de Viena.

    Cerámica

    Constituye la forma de expresión más
    popular, sobre todo en lo relativo a las figuras de personas y
    divinidades entre las que destacan figurillas femeninas de
    fertilidad y representaciones de dioses. Las figurillas femeninas
    aparecen de pie, con el cabello dividido en dos crestas o bucles
    que se elevan sobre la cabeza, un faldellín decorado que
    llega hasta los pies, y suelen llevar en sus brazos otras dos
    figuras más pequeñas. Se ha interpretado como una
    representación de la diosa madre azteca (Tonantzin,
    Xochiquetzal, Coatlicue o Cihuacóatl), aunque en la
    actualidad son consideradas como un símbolo de la
    maternidad. Otras figuras son representaciones de los dioses
    Tláloc y Quetzalcóatl Ehecatl.

    6. Imperio Inca (principios
    del siglo XVI)

    Historia

    Inca (del quechua, inka, ‘rey’ o
    ‘príncipe’), nombre genérico de los
    gobernantes cuzqueños, con equivalencia a soberano,
    quienes establecieron un vasto imperio en los Andes en el siglo
    XV, muy poco antes de la conquista del Nuevo Mundo por los
    españoles. El nombre también se aplica por
    extensión, a todos los súbditos del Imperio incaico
    o Incanato. Inca es, arqueológicamente, el nombre de una
    cultura y un periodo prehispánico.

    Los incas no eran un grupo étnico natural del
    Cuzco, región que después será su
    área central, se trataba de una población que emigró hacia el
    año 1100 d.C., probablemente desde el Altiplano,
    hacia el valle de Cusco o Cuzco, donde durante casi trescientos
    años llevaron a cabo incursiones y alianzas con los
    pueblos de la zona. Con el paso del tiempo se convirtieron en un
    grupo muy poderoso e importante, sin embargo permanecieron en la
    región hasta la invasión chanca y el gobierno de
    Pachacutec Inca Yupanqui, cuando empezaron a expandirse por otras
    regiones.

    Cuenta la leyenda que eran años en que gobernaba
    el Inca Viracocha, cuando aparecieron rodeando la ciudad del
    Cuzco los chancas, un pueblo muy belicoso de la sierra central,
    quienes atacaron y destruyeron la ciudad, tras de lo cual
    Viracocha huyó. Frente a las ruinas del viejo templo
    solar, el Inticancha, el general Yupanqui imploró su ayuda
    al dios Sol, el cual convirtió a las piedras que rodeaban
    la ciudad en soldados (conocidos como pururaucas) y éstos
    derrotaron a los enemigos. La gente entonces aclamó a
    Yupanqui como su nuevo inca y éste asumió el cargo
    con el nombre de Pachacutec (‘el que transforma el
    mundo’). Con el nuevo inca, el sector militar se vio
    fortalecido y la expansión adquirió importancia.
    Pachacutec conquistó la meseta del Collao, Arequipa, el
    valle del Mantaro, a los chinchas (icas), Lima, entre otros
    territorios, y organizó el Tahuantinsuyu. A Pachacutec le
    sucedió Túpac Inca Yupanqui, quien como auqui
    (‘príncipe heredero’) continuó la
    expansión por la costa y la sierra norte, dominando a los
    chachapoyas, los chimú y otros pueblos importantes hasta
    el actual territorio de Ecuador. Posteriormente, ya como inca, se
    dirigió al sur, donde avanzó hasta el río
    Maule, punto que se convertirá en la frontera sur del
    Imperio. Éste, no obstante, alcanzó su mayor
    extensión con el reinado (1493-1525) del hijo de
    Túpac, Huayna Cápac. Hacia 1525, el territorio bajo
    control inca se
    extendía por la zona más meridional de la actual
    Colombia, por
    Ecuador, Perú y Bolivia y por zonas de lo que hoy en
    día es el norte de Argentina y Chile, abarcando un
    área de más de 3.500 km de norte a sur, y de
    805 km de este a oeste. Los investigadores estiman que esta
    inmensa región estuvo habitada por una población de
    entre 3,5 y 16 millones de personas de distintas culturas
    andinas.

    La muerte de Huayna Cápac en 1525, antes de que
    pudiera designar a su sucesor, provocó la división
    del Imperio. Sus dos hijos, los hermanastros Huáscar y
    Atahualpa, aspiraban al trono. La consiguiente y encarnizada
    lucha entre ambos, que finalizó en 1532 con la captura de
    Huáscar, debilitó seriamente al Imperio. En este
    crítico momento el conquistador español Francisco
    Pizarro desembarcó en la costa con una fuerza de unos 180
    hombres dotados de armas de fuego.
    Pizarro, apoyado por distintos grupos de indígenas
    descontentos por la dominación inca, logró
    controlar el Imperio, altamente centralizado, haciendo prisionero
    a su jefe, Atahualpa. Temeroso de que Pizarro pudiera ordenar su
    destitución en favor de Huáscar, Atahualpa dio la
    orden de ejecutar a su antiguo rival, lo que sería una de
    las causas de su propia condena en el proceso al que
    le sometieron los españoles un año después.
    El 26 de julio de 1533, cuando todavía se estaba
    acumulando un enorme depósito de ornamentos de oro
    procedentes de todos los rincones del Imperio, Pizarro
    ejecutó al garrote a Atahualpa.

    Ese mismo año, los españoles iniciaron su
    marcha a Cuzco. En Jauja (un punto intermedio) conocieron a
    Túpac Hualpa (Toparpa), quien se presentó como hijo
    de Huayna Cápac y legítimo heredero al cargo de
    inca, Pizarro lo nombró entonces como tal. Al llegar y
    ocupar Cuzco, recibieron la noticia de que Toparpa había
    sido asesinado, entonces Francisco Pizarro nombró a Manco
    Inca (Manco Cápac II) como nuevo soberano. Manco Inca se
    rebeló contra los españoles en 1536, cercó
    Lima y Cuzco por algunas semanas, hasta que finalmente fue
    derrotado en Sacsahuamán. Tras la derrota huyó
    hacia el oriente, fundando un centro de resistencia
    conocido como Vilcabamba: por ello a él y a sus
    descendientes se les conoce como incas de Vilcabamba. Al morir
    Manco Inca, le sucedió en el trono su hijo Sayri
    Túpac, quien firmó la paz con el virrey
    Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de
    Cañete, pero falleció en 1561, siendo reemplazado
    por Titu Cusi Yupanqui, que reinició las hostilidades;
    finalmente, en 1570, asumió el poder Túpac Amaru,
    quien fue derrotado y decapitado en 1572 por orden del virrey
    Francisco de Toledo.

    Cultura

    Los incas fueron gobernantes que recopilaron y dieron
    gran extensión a una serie de costumbres que
    ancestralmente existían en los Andes. Su valor no se
    halla tanto en su capacidad creativa, sino en su habilidad para
    difundir, ordenar y administrar el sistema andino en un amplio
    territorio. La base de la cultura y la
    organización andina se encuentra en el parentesco, es
    decir, en el ayllu, un conjunto de personas que se consideran
    parientes pues creían descender de un antepasado
    común. Éstos están a su vez unidos por
    vínculos de reciprocidad, es decir, están
    comprometidos a ayudarse mutuamente en las labores cotidianas; a
    este tipo de trabajo se le conoce con el nombre de ayni.
    También tienen la obligación de trabajar juntos
    para el beneficio de todo el ayllu: este trabajo se conoce como
    minca. Los miembros de un ayllu responden a la autoridad de
    sus curacas (caciques), que son los encargados de regular las
    relaciones sociales, de ejecutar las fiestas, de almacenar
    recursos,
    repartir las tierras entre su gente y disponer de la mano de
    obra. La economía inca no conoció ni la moneda, ni
    el mercado, por lo tanto los intercambios y la fuerza laboral se
    obtenían a través de lazos de parentesco o por
    reciprocidad. Entre parientes existía un intercambio de
    energía constante, pero también se daba trabajo
    para la autoridad, conocido como mita. El inca pedía como
    tributo exclusivamente mano de obra, que era enviada a trabajar
    sus tierras, a hacer cerámica, a construir andenes o
    grandes obras arquitectónicas. A cambio, el
    inca devolvía estos servicios
    organizando rituales, manteniendo los caminos, repartiendo
    bienes en caso
    de necesidad o en fiestas; esta relación por la cual el
    inca devolvía el trabajo del ayllu se conoce como
    redistribución.

    En el cenit de su poderío, los incas
    habían desarrollado un sistema político y
    administrativo no superado por ningún otro pueblo nativo
    de América. El Imperio incaico era una teocracia basada en
    la agricultura y en el sistema de ayllus, o grupos de parentesco,
    dominada por el inca, que era adorado como un dios viviente. En
    la organización política inca llama la
    atención la existencia de un sistema de poder dual, donde
    todas las autoridades aparecían siempre emparejadas: por
    ejemplo, en el caso del inca, se propone la existencia de dos
    incas que gobiernan en simultáneo, un inca hanan
    (‘arriba’) y un inca hurin (‘abajo’). De
    igual forma, las autoridades a nivel local eran también
    duales: a nivel de los ayllus, las máximas autoridades
    fueron los curacas; todo ayllu tenía dos curacas, uno
    hanan y otro hurin. Por debajo de los incas, se encontraban las
    familias de los antiguos incas, las cuales formaban grupos de
    parentesco conocidos como panacas (‘familia
    noble’), quienes se encargaban de mantener el recuerdo del
    inca fallecido, de realizar ceremonias en su nombre y de cuidar
    de sus bienes y alianzas hechas en vida. Las panacas
    tenían gran influencia en la decisión del
    nombramiento de los sucesores al cargo de inca. Debajo de este
    sector se encontraban los jefes de los pueblos conquistados por
    los incas, los cuales, en caso de no ser rebeldes,
    recibían una educación cuzqueña y una serie
    de privilegios. El siguiente nivel de autoridad lo
    constituían los curacas, jefes de los ayllus. La gente
    común estaba agrupada en la categoría de hatun
    runa, se trataba de campesinos miembros de un ayllu, éstos
    tenían la obligación de ir a la mita (trabajo por
    turnos) para el Estado inca. Algunos salían temporalmente
    de esta condición y eran movilizados fuera de su lugar de
    origen: a estos se les conoce como mitimaes o mitmaqunas,
    población que era movilizada a distintas zonas con
    diferentes objetivos,
    como obtener recursos o poblar regiones. Finalmente, cabe
    mencionar a los yanacona, los cuales eran separados
    definitivamente de su ayllu y pasaban a depender directamente del
    inca, para quien desempeñaban una labor
    especializada.

    Administrativamente, todo el territorio estaba dividido
    en cuatro grandes regiones o suyos (‘parte’), a ello
    debe su nombre Tahuantinsuyu (una palabra quechua que significa
    literalmente ‘Tierra de los Cuatro Cuarteles’ o
    ‘de las Cuatro Partes’), que estaba, a su vez,
    subdividido en cuatro: Antisuyu, Collasuyu, Cuntisuyu y
    Chinchaysuyu.

    Fue el inca un pueblo de agricultores avanzados: para
    cada zona desarrollaron una estrategia que
    permitía obtener el máximo provecho. Utilizaron
    andenes o terrazas de cultivo para aprovechar las laderas de los
    cerros, camellones o waru waru en zonas altas inundables,
    irrigaciones, etc. Es destacable la existencia de un arado de pie
    conocido como chaquitaclla. Los cultivos más importantes
    fueron la papa (patata) y el maíz, además del
    ají, la chirimoya, la papaya, el tomate y el frijol. Las
    llamas fueron los animales básicos de transporte;
    también se domesticaron las vicuñas y alpacas por
    su fina lana. Otros animales domesticados fueron guanacos,
    perros, cobayas y ocas. Las principales manufacturas incas fueron
    la cerámica, los tejidos, los
    ornamentos metálicos y las armas con bellas
    ornamentaciones. A pesar de no contar con caballos, ni
    vehículos de ruedas ni un sistema de escritura, las
    autoridades de Cuzco lograron mantenerse en estrecho contacto con
    todas las partes del Imperio. Una compleja red de caminos empedrados
    que conectaban las diversas zonas de las regiones,
    permitía esta comunicación; mensajeros entrenados
    —los chasquis—actuando en relevos, corrían
    402 km al día a lo largo de esos caminos. Los
    registros de
    tropas, suministros, datos de
    población e inventarios
    generales se llevaban a cabo mediante los quipus, juegos de
    cintas de diferentes colores anudados según un sistema
    codificado, que les permitía llevar la contabilidad.
    Botes construidos con madera de balsa constituían un modo
    de transporte veloz a través de ríos y
    arroyos.

    La religión tuvo un carácter de gran
    formalidad. El dios supremo de los incas era Viracocha, creador y
    señor de todas las cosas vivientes. Otras grandes deidades
    fueron los dioses de la creación y de la vida, Pachacamac,
    del Sol, Inti (padre de los incas), y las diosas de la Luna,
    Mamaquilla, de la Tierra, Pachamama, y del rayo y la lluvia,
    Ilapa (véase Mitología inca). Las ceremonias y
    rituales incas eran numerosos y frecuentemente complejos y
    estaban básicamente relacionados con cuestiones
    agrícolas y de salud, en particular con el cultivo y la
    recolección de la cosecha y con la curación de
    diversas enfermedades.
    En las ceremonias más importantes se sacrificaban animales
    vivos y raramente se exigía la realización de
    sacrificios humanos como ofrenda a los dioses (véase
    págs. 34-36 ). Los incas produjeron un rico corpus de
    folclore y música, del cual sólo perviven algunos
    fragmentos.

    7. Mitología
    inca

    Abarca un conjunto de creencias, normalmente de base
    animista, propia de los pueblos de origen quechua y aymara que
    constituyeron el imperio inca, cuya capital era la ciudad de
    Cuzco.

    Los dioses

    El dios creador, con rasgos de héroe cultural, es
    Viracocha, calificado como Anciano hombre de los cielos o
    Señor maestro del universo. Por haber creado la tierra,
    los animales y los seres humanos, y ser el poseedor de todas las
    cosas, los incas lo adoraban. Creó, destruyó a los
    hombres y volvió a crearlos a partir de la piedra.
    Después los dispersó en cuatro direcciones. Como
    héroe cultural, enseñó a los seres humanos
    varias técnicas y oficios. Emprendió muchos
    viajes hasta
    que llegó a Manta (Ecuador), desde donde surcó el
    océano Pacífico: según algunos, en una
    embarcación hecha con su capa; según otros,
    caminando sobre el agua.

    Inti, el dios Sol, era la divinidad protectora de la
    casa real. Su calor
    beneficiaba a la tierra andina y hacía madurar las
    plantas. Se representaba con un rostro humano sobre un disco
    radiante. Cada soberano inca veía en Inti a su divino
    antepasado. La Gran Fiesta del Sol, el Inti Raymi, se celebraba
    en el solsticio de invierno. Para dar la bienvenida al sol, le
    ofrecían una hoguera, en la que quemaban a la
    víctima del sacrificio, coca y maíz. Culminada la
    celebración, exclamaban: "¡Oh, Creador, Sol y
    Trueno, sed jóvenes siempre! ¡Multiplicad los
    pueblos! ¡Dejad que vivan en paz!". La mujer de Inti
    se llamaba Mamaquilla, la Madre Luna, y era la encargada de
    regular los ciclos menstruales de la mujer. El dios dador de
    lluvia, Illapa, era una divinidad agrícola. En
    época de sequía se hacían peregrinaciones a
    los templos consagrados a Illapa, construidos en zonas altas. Si
    la sequía era muy persistente, llegaban a ofrecerle
    sacrificios humanos. Los incas creían que la sombra de
    Illapa se encontraba en la Vía Láctea, desde donde
    arrojaba el agua que caería en la tierra en forma de
    lluvia.

    Otros dioses importantes son Pachamama, la Madre Tierra,
    el mundo de las cosas visibles, Señora de las
    montañas, las rocas y las llanuras, y Pachacamac, dios del
    fuego y del cielo, el espíritu que alienta el crecimiento
    de todas las cosas, espíritu padre de los cereales,
    animales, pájaros y seres humanos.

    8. Las edades del
    mundo

    Según el testimonio del cronista peruano Felipe
    Huamán Poma de Ayala en Nueva crónica y buen
    gobierno (1612), entre los incas existía la creencia en la
    sucesión de cinco edades. La primera, llamada Huari
    Viracocha Runa (o Pakarimok Runa, ‘los habitantes de la
    aurora de la humanidad’), duró ochocientos
    años. Por ser la primera generación, los pobladores
    no morían ni se mataban entre sí. Parían de
    dos en dos, hombre y mujer. Eran nómadas, vivían en
    cuevas y se cubrían con hojas de árboles y esteras
    de paja. Al llegar, destruyeron a los animales (jaguares y osos)
    y a los monstruos que habitaban la tierra. Adoraban como dios a
    Runa Camac Viracocha. Llamaban al diluvio Uno Yaco
    Pachacuti.

    La segunda edad, llamada Huari Runa (‘gente
    autóctona’), duró mil trescientos
    años. Se caracteriza porque en ella se inició el
    trabajo de la tierra y de los cultivos agrícolas,
    además del aprovechamiento del agua de ríos,
    lagunas y pozos. Vivían en casas semejantes a hornos,
    llamadas pukullos, y se cubrían con pieles de animales.
    Adoraban a un solo dios en tres personas, soberanos del cielo y
    de la tierra, llamadas Yayan Illapa (‘rayo padre’),
    Chaupichurin Illapa (‘rayo hijo intermedio’) y Sullca
    Churin Illapa (‘rayo hijo menor’).

    La tercera edad, Purun Runa, duró mil ciento
    treinta y dos años y sus contemporáneos "se
    multiplicaron como la arena del mar, tanto que ya no
    cabían en la tierra". Construyeron casas de piedra con
    tejados de paja y formaron poblados. Mejoraron las
    técnicas de aprovechamiento del suelo y los sistemas de
    riego. Criaron llamas y alpacas y desarrollaron los procedimientos de
    teñido y tejeduría. Organizados bajo el mando de
    reyes, señores y capitanes, su elevado número y sus
    posesiones despertaron la codicia y las guerras. Adoraban al
    señor del cielo, Pachacamac. Dicen que la tercera edad
    acabó con una epidemia que no dejó a nadie con vida
    y que eran tantos los muertos "que en seis meses los buitres y
    cóndores no pudieron terminar con los
    cadáveres".

    Los indios de la cuarta edad, Auka Runa, vivieron y se
    multiplicaron durante dos mil cien años. Hubo tres
    periodos, que se caracterizaron por las luchas de
    expansión y conquista: el primero, de guerras para
    aumentar o consolidar el dominio territorial; en el segundo, la
    nación Chincha sometió a las demás y las
    confederó, asegurando su paz y su prosperidad; en el
    tercero, los incas dominaron la confederación y
    extendieron el cultivo de distintas variedades de maíz y
    de patata. La expansión del imperio inca, Tahuantinsuyu,
    define y da nombre a la quinta edad, que incluye además el
    periodo de la conquista española.

    9. Tiempo y
    calendario

    Entre los incas, el tiempo se medía según
    las fases en el curso natural de la Luna. El año, de
    trescientos sesenta días, estaba dividido en doce lunas de
    treinta días cada una. Los cuatro hitos del recorrido del
    Sol, que coincidían con los festivales más
    importantes consagrados al dios Inti, se indicaban por medio del
    intihuatana, una gran roca, coronada por un cono que hacía
    sombra en unas muescas de la piedra. En Cuzco los solsticios se
    medían con pilares llamados pachacta unanchac o indicadores de
    tiempo. La organización mítico-religiosa
    determinaba la sucesión en el calendario a través
    de las doce lunas, correspondientes a festividades y actividades
    cotidianas:

    Capac Raimi Quilla (Luna de la Gran Fiesta del Sol),
    equivalente a diciembre, mes de descanso;

    Huchuy Pucuy Quilla (Pequeña Luna Creciente),
    enero, tiempo de ver el maíz en crecimiento;

    Hatun Pucuy Quilla (Gran Luna Creciente), febrero,
    tiempo de vestir taparrabos;

    Pacha Pucuy Quilla (Luna de la Flor Creciente), marzo,
    mes de maduración de la tierra;

    Ayrihua Quilla (Luna de las Espigas Gemelas), abril,
    mes de cosecha y descanso;

    Aymoray Quilla (Luna de la Cosecha), mayo, el
    maíz se seca para ser almacenado;

    Haucai Cusqui Quilla (Luna de la Preparación),
    junio, cosecha de patata y descanso, roturación del
    suelo;

    Chacra Conaqui Quilla (Luna del Riego), julio, mes de
    redistribución de tierras;

    Chacra Yapuy Quilla (Luna de la Siembra), agosto, mes
    de sembrar las tierras en medio de cantos de
    triunfo;

    Coia Raymi Quilla (Luna de la Fiesta de la Luna),
    septiembre, mes de plantar;

    Uma Raymi Quilla (Luna de la Fiesta de la Provincia de
    Uma), octubre, tiempo de espantar a los pájaros de los
    campos cultivados;

    Ayamarca Raymi Quilla (Luna de la Fiesta de la
    Provincia de Ayamarca), noviembre, tiempo de regar los
    campos.

    Objetos de culto y fetiches

    Muchos lugares naturales, como cursos de agua,
    montes, cuevas, precipicios, se consideraban asiento de los
    antepasados. De carácter sagrado, los incas creían
    que allí se encontraban los encargados de transmitir los
    oráculos y proteger a los miembros del ayllu. Los llamaban
    pacariscas o pacarinas, que significa ‘lugar de
    origen’. Las piedras, concebidas como los huesos de la
    tierra, también merecían veneración. Se les
    atribuía en algunos casos el carácter de
    testimonios de su historia mítica: en la Roca de Titicaca
    se habría ocultado el Sol después del gran diluvio;
    otras rocas eran representaciones antropomorfas de los gigantes
    que, como castigo a su desobediencia, fueron convertidos en
    piedras.

    También se daba el caso inverso, el de piedras
    que se habían convertido en hombres, surgidos para prestar
    ayuda al Inca Pachacutic. Las huacas (‘lo sagrado’)
    estaban destinadas a proteger a los propios individuos, las
    cosechas y a los propios muertos en forma de muñecas,
    fenómeno que recuerda una costumbre similar entre los
    egipcios . Las mamas (‘madres’) eran espíritus
    destinados a alentar el crecimiento de las plantas: saramama
    (‘maíz madre’), cocamama (‘madre de la
    planta de coca’), y también encargados de regir a
    fuerzas naturales como el mar (mamacocha), temido por los pueblos
    del interior y considerado benévolo por los habitantes de
    la costa, pues los alimentaba con sus frutos.

    Arte Inca

    Supuso el momento culminante de un largo proceso social
    y político que se había iniciado varios milenios
    antes. Más que un conjunto de formas innovadoras, sus
    manifestaciones artísticas supusieron una continuidad con
    las tradiciones anteriores, siendo las más elaboradas los
    textiles, la orfebrería, el trabajo en piedra y la
    cerámica. A partir de una experiencia local modesta, los
    incas desarrollaron un arte sencillo al que fueron incorporando
    las técnicas y la habilidad de los pueblos conquistados.
    Respondiendo a las necesidades derivadas de un
    estado tan complejo como el inca, sus manifestaciones
    artísticas se convirtieron en un arma
    propagandística de una gran importancia.

    Desde su capital, Cuzco o Cosco, en quechua
    ‘ombligo del mundo’, los incas dirigieron un imperio
    que se extendía por el área central andina desde
    Ecuador hasta Chile. Ellos se autodenominaban tahuantinsuyo, y el
    nombre de incas significaba en quechua ‘señor’
    o ‘alteza’. No sólo los objetos sino
    también toda la estructura de
    la civilización inca sufrió una suerte similar a la
    de los aztecas de México. El fervor religioso y la codicia
    por los metales preciosos son responsables de la
    destrucción de gran parte de los objetos incas de oro y
    plata, que fundidos y convertidos en lingotes, fueron embarcados
    rumbo a Europa.

    De todos modos, gracias a que los españoles
    entablaron contacto directo con este pueblo americano, la suya es
    la civilización de Sudamérica que mejor se conoce
    actualmente. Era un pueblo guerrero del altiplano, cuyo arte y
    arquitectura se caracteriza por la simplicidad de formas, la
    escasa decoración y la funcionalidad. Las edificaciones
    incas, que presentaban una de las estructuras
    más logradas de todo el periodo precolombino, estaban
    construidas con aparejo de piedra, trabajada y engastada con gran
    precisión y sin ninguna decoración posterior. Eran
    características las puertas y ventanas
    trapezoidales.

    Los incas no produjeron estatuas exentas de gran
    tamaño ni esculturas ornamentales. Las figurillas de metal
    y las pequeñas vasijas de piedra ceremoniales con
    representaciones de llamas y alpacas constituyen los ejemplos
    más destacados de su escultura.

    La cerámica, al igual que la chimú, se
    producía mediante moldes, aunque no era de tanta calidad.
    La pieza más característica fue el aribalo,
    recipiente policromado para transportar líquidos. Tanto en
    los textiles como en la metalurgia los
    incas continuaron la tradición centroandina de alta
    calidad en el diseño
    y la ejecución.

    Arquitectura

    Entre las expresiones artísticas más
    impresionantes de la civilización inca se hallan los
    templos, los palacios, las obras públicas y las fortalezas
    estratégicamente emplazadas, como Machu Picchu. Enormes
    edificios de mampostería encajada cuidadosamente sin
    argamasa, como el Templo del Sol en Cuzco, fueron edificados con
    un mínimo de equipamiento de ingeniería. Otros logros destacables
    incluyen la construcción de puentes colgantes a base de
    sogas (algunos de casi cien metros de longitud), de canales para
    regadío y de acueductos. El bronce se usó
    ampliamente para herramientas y
    ornamentos. Véase Arte inca.

    Machu Picchu

    Es un bastión inca en los Andes, situado a unos
    130 km al noroeste de Cuzco, en Perú. Está
    emplazado a gran altitud en una cima entre dos picos, a
    600 m aproximadamente sobre el río rubamba, a unos
    2.045 m de altitud. Los restos de la ciudad cubren unos
    13 km2 de terrazas construidas en torno a una plaza central
    y conectadas entre sí mediante numerosas escaleras. La
    mayoría de los edificios, se calcula un total de
    más de 150 viviendas, son casas de una sola
    habitación (en la actualidad sin su correspondiente
    techo), dispuestas en torno a patios interiores. Algunas de las
    estructuras más grandes fueron utilizadas para ceremonias
    religiosas. Dos de los edificios más destacados son la
    Casa de la Ñusta, que pudo ser una zona de baños y
    de la que se conservan varias puertas trapezoidales con enormes
    dinteles; por otro lado, es famoso el intihuatana, u observatorio
    astronómico que se levantó en uno de los lugares
    más estratégicos, desde donde los incas pudieron
    estudiar los movimientos del Sol. Todas esas estructuras se
    caracterizan por una gran habilidad constructiva y una hermosa
    artesanía. Construida seguramente después de 1450,
    la ciudad fue descubierta en 1911 por el explorador
    estadounidense Hiram Bingham. Machu Picchu no aparece mencionada
    por las crónicas de los conquistadores españoles
    del Perú y la época de su ocupación es
    incierta. Bingham creyó, erróneamente, que Machu
    Picchu podría haber sido Vilcabamba, el último
    refugio de los altos dignatarios incas de Cuzco que huían
    de los invasores españoles, pero no se conoce realmente
    nada de su historia.

    Tejidos

    Conocieron un desarrollo espectacular. En primer lugar
    se daba a las fibras (lana y algodón) un tinte con
    colorantes naturales, para a continuación ser hiladas con
    la ayuda de ruecas y después tejidas en diversos tipos de
    telares rudimentarios. El más corriente, todavía se
    sigue utilizando en los Andes, consistía en dos lienzos
    colocados sobre un plano horizontal, uno fijado a un árbol
    o a un poste y el otro atado a una correa que el tejedor pasaba
    alrededor de los riñones. Las técnicas conocidas
    eran muy variadas, pero para producir tejidos destinados a fines
    ceremoniales se utilizaba el brocado, el bordado y la
    tapicería, siendo las piezas salidas de los talleres de
    Paracas las más apreciadas. Estas magníficas telas
    podían alcanzar hasta 20 metros de longitud y estaban
    decoradas con una perfecta maestría y buen gusto con
    motivos zoomorfos polícromos, marcando, sin duda, uno de
    los más brillantes momentos del arte universal del tejido.
    Además de estas piezas, de clara inspiración
    foránea, los incas dieron paso a un variado universo
    propio con vistosos diseños geométricos de gran
    colorido. Dividen el espacio en franjas y cuadrados donde
    expresan un complejo mundo de símbolos presidido por la
    disposición geométrica. Durante este periodo la
    producción textil adquirió un
    carácter masivo siendo los templos del Sol los lugares
    destinados al abastecimiento del Inca y su corte.

    Metalistería

    Los objetos de metal constituyen, sin duda, la
    realización más llamativa de todas cuantas llevaron
    a cabo los incas. La tradición orfebre, muy antigua en la
    costa peruana, ocupó un capítulo muy importante
    dentro de su ajuar. Trabajaron el cobre, el
    bronce, la plata y el oro siendo el repujado y calado de
    láminas el procedimiento
    más utilizado. Las decoraciones son eminentemente
    geométricas, aunque los motivos antropomorfos y zoomorfos,
    representados frontalmente conforme a los principios de
    hieratismo y simetría axial, son bastante frecuentes. Los
    alfileres y prendedores para sujetar las prendas de vestir, tupu
    en lengua quechua, fueron elementos muy corrientes aunque de
    tipología poco variada. El remate solía ser una
    lámina muy desarrollada, de forma variable, que en el caso
    poco habitual de ir decorada, presentaba motivos
    geométricos muy simples dispuestos en bandas o cenefas. El
    alfiler de cabeza laminar o circular fue el modelo
    cuzqueño que alcanzó más difusión y
    popularidad, pudiéndolo encontrar tanto en Cuzco como en
    los últimos confines del Imperio.

    Otras culturas del periodo intermedio tardío
    (Chancay, Chimú, Ica-Chincha) desarrollaron un arte
    figurativo muy rico a base de prendedores rematados por figuras
    humanas o zoomorfas. Colgantes, collares, aretes, anillos,
    brazaletes y pulseras son otros tantos objetos fabricados
    según las técnicas descritas. Los vistosos y ricos
    tocados que adornaban las cabezas de reyes y nobles (donde
    confluían materiales como el tejido, la plumería y
    los metales preciosos) son otros tantos ejemplos de la
    riquísima orfebrería inca. Encontramos
    también objetos rituales, utilizados como amuletos u
    ofrendas, que representan animales y figuras humanas, de bulto
    redondo, entre los que merece la pena destacar las figuras
    antropomorfas desnudas con una estilización y
    geometrización muy señalada, y los estereotipos
    más comunes de llamas y vicuñas. Los objetos de
    metal se encontraban a menudo incrustados de piedras preciosas o
    semipreciosas. A veces se coloreaban con un ácido natural
    que bruñía el cobre haciendo salir, de este modo,
    el brillo del oro o la plata con que estaba aleado. La
    producción se orientó hacia fines ornamentales. El
    Inca, la corte y los dignatarios del Estado iban ataviados con
    pectorales, brazaletes y collares, que ponían de
    manifiesto su inmenso poder.

    Cerámica

    La ausencia del torno hacía que el alfarero
    tuviera que modelar la vasija a mano, y la pasta, presentada
    generalmente en forma de rulos alargados, se enroscaba sobre
    sí misma para construir las paredes de la pieza.
    Además de esta antigua técnica andina, la
    utilización del molde permitió la
    fabricación en serie, de tal forma que la
    producción se incrementó notablemente. Debemos
    distinguir entre el menaje doméstico y la vajilla de uso
    ritual. Mientras que en el primer caso las formas y
    tamaños derivaban de las necesidades cotidianas, en el
    segundo, su desarrollo estuvo directamente condicionado por el
    mundo de las creencias. Estilísticamente encontramos la
    cerámica tipo Killke, con una cronología que va del
    1200 al 1450 d.C., y la cerámica polícroma tipo
    Cuzco desde 1450 hasta la Colonia. Las primeras aparecen
    decoradas con motivos geométricos muy sencillos en tonos
    rojos y negros mientras las segundas, decoradas de igual forma,
    denotan una elaboración técnica más cuidada.
    No sólo se plasmaba sobre sus paredes una rica
    iconografía, sino que las piezas mismas eran colocadas
    como ofrendas en las sepulturas. Los alfareros incas no
    inventaron ninguna técnica que fuera desconocida en
    épocas anteriores y su cerámica se
    caracterizó, fundamentalmente por formas equilibradas, un
    pulimento notable y la preponderancia de los motivos
    geométricos. Los tipos más característicos y
    propios fueron el aríbalo, una vasija globular de base
    cónica, cuello cilíndrico de borde evertido con un
    apéndice zoomorfo en la base del cuello y dos asas en
    forma de lazo, el kero, un vaso de uso ceremonial utilizado por
    el Inca y la nobleza, y una gran variedad de cuencos y platos de
    muy diversas formas y decoraciones. Los keros y pajchas merecen
    una mención especial. Realizados a partir de maderas muy
    duras como la chonta y utilizados para libaciones rituales a la
    tierra, se ornamentaba mediante incisiones o decoración
    labrada sobre las que luego se aplicaban pastas resinosas
    coloreadas. Los temas solían ser escenas figurativas
    dispuestas en franjas o frisos horizontales que proporcionan una
    riquísima información sobre la vida incaica, tanto en
    época prehispánica como en tiempos de la conquista
    española (encontramos escenas cortesanas, de guerra y
    rituales). Estas tipologías siguieron vigentes durante la
    época colonial, aunque incorporando en sus composiciones
    numerosos elementos ornamentales de raíz hispana y mayores
    dosis de dinamismo y profusión decorativa.

    Escultura

    Los trabajos realizados en piedra constituyen el otro
    gran conjunto de realizaciones incaicas que merece la pena
    destacar. Suele limitarse a representaciones zoomorfas de
    auquénidos, llamas, vicuñas y alpacas, y
    fitomorfas, mazorcas de maíz, que son conocidas como
    conopas y a numerosos cuencos y recipientes llamados popularmente
    morteros. Entroncados en las tradiciones artísticas
    andinas, los incas supieron imprimir un carácter propio y
    original a sus obras que se basó en una
    simplificación de las formas por medio de volúmenes
    geométricos sencillos y una esquematización de los
    motivos decorativos muy próxima a una concepción
    estética geometrizante y cubista. El arte inca se
    caracterizó por la sobriedad, la geometría
    y la síntesis, tendiendo más a lo práctico y
    funcional que a lo formal.

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