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Fondos Soberanos: USA y los nuevos "soberanos" (página 2)

Enviado por Ricardo Lomoro



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Los siete más grandes pertenecen a Abu Dhabi, Noruega, Singapur (dos), Kuwait, China y Rusia. Estos fondos representan casi 1,3% de los activos financieros del mundo. Los US$ 2,2 billones calculados por el estudio de Standard Chartered son superiores a los fondos invertidos en hedge funds y fondos de capital privado, pero están muy por debajo de los US$ 53 billones manejados por inversionistas institucionales maduros.

Standard Chartered cree que el valor de los activos de los SWF puede llegar a US$ 13,4 billones en el curso de la próxima década, mientras que el Fondo Monetario Internacional planteó en su último Informe de Estabilidad Financiera Global que los países, sobre todo emergentes, seguirán acumulando activos internacionales a una tasa de US$ 800.000 millones a US$ 900.000 millones por año, lo que podría elevar los activos extranjeros agregados bajo gestión soberana a unos US$ 12 billones para 2012.

Estrategias de inversión

La asignación y distribución de activos por lo general se ajusta a dos grandes variables: la acumulación y reglas de retiro de los flujos futuros del fondo y sus objetivos. Algunos, como los destinados al pago de pensiones futuras, pueden tener pasivos identificados que calzar con su estrategia. Otros, sin pasivos claros, tienen un foco más exclusivo en retornos y un nivel de riesgo aceptable. Hasta ahora, estos fondos en general han actuado como inversionistas pasivos y de estilo conservador. Pero algunos de los establecidos por los países petroleros (entre ellos, Rusia) y los países asiáticos, están haciendo sonar las alarmas. La principal crítica suele ser la opacidad de sus inversiones, lo que puede provocar reacciones proteccionistas.

¿De dónde procede el dinero?

Los países de mercados maduros siguen siendo los principales proveedores de flujos brutos de capital, impulsados por los flujos intraeuropeos, seguidos de Estados Unidos y Japón. La integración de la Unión Europea (UE) ha facilitado la regionalización financiera dentro del continente, aumentando la proporción correspondiente a Europa en los flujos internacionales de capital del 50% en 1996 a alrededor del 70% en 2005. De hecho, debido a que los países miembros de la zona del euro invierten en forma desproporcionada entre ellos frente a otras combinaciones de países, los datos son concluyentes en cuanto a la preferencia por la zona del euro en las carteras de bonos (Lane, 2006).

La posición de los países desarrollados de Asia como principal proveedor de flujos brutos de capital se ha reducido ligeramente, y Japón, aunque sigue siendo un proveedor importante, ha perdido terreno en los últimos 10 años. No obstante, la proporción correspondiente a Asia -las economías emergentes, las economías asiáticas recientemente industrializadas (Corea, la provincia china de Taiwán, la RAE de Hong Kong y Singapur) y los países productores de petróleo- en los flujos internacionales de capital ha aumentado considerablemente desde 2000.

Un examen de las tendencias de los flujos netos de capital revela un cambio notable en la composición del balance mundial y pone en el punto de mira los desequilibrios mundiales de pagos. Concretamente, los países de mercados emergentes, en su conjunto, se han convertido en exportadores netos de capital y en una clase importante de inversionistas en los mercados maduros en los últimos cinco años, y las salidas de flujos de estos países son la contraimagen del déficit de financiamiento externo de Estados Unidos.

Sin embargo, este movimiento de capital de los mercados emergentes a los mercados maduros se canaliza principalmente a través de las reservas de los bancos centrales de Asia y los fondos soberanos de inversión, sobre todo de los países exportadores de petróleo (como los administrados por la Autoridad de Inversiones de Abu Dhabi, la Autoridad de Inversiones de Kuwait y otros). No obstante, los flujos de capital privado también circulan de los mercados maduros a los emergentes, ya que los inversionistas institucionales, bancos y empresas están invirtiendo sus crecientes activos financieros en otras economías para diversificar y aumentar los rendimientos ajustados por riesgo.

El auge de los flujos institucionales ha incrementado sustancialmente los flujos internacionales de capital en los últimos 10 años. El principal aumento ha correspondido a los flujos de cartera, sobre todo de deuda, y a las transacciones bancarias en otras economías. Estos flujos, sumados a la apreciación de los precios de los activos y favorecidos por las innovaciones financieras en el mercado de derivados, han contribuido al crecimiento y a la profundización sin precedentes de los mercados financieros. La magnitud de los mercados mundiales de acciones y bonos representa el doble del nivel del PIB mundial y la capitalización de los mercados bursátiles mundiales ascendió a US$ 38 billones en 2005, frente a US$ 45 billones en los mercados de bonos.

El mercado monetario y de divisas es, efectivamente, el paso obligado para toda suerte de actividad económica y mueve cada día 3,21 billones de dólares, que discurren en un flujo constante de ida y vuelta entre distintos bloques económicos. "Por cada actividad comercial, hay entre 10 y 15 actividades financieras", expone José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney. "Y para cualquier actividad comercial, recurrir al mercado monetario es imprescindible", enfatiza Anton Brender, responsable de análisis económico de Dexia Asset Management.

En los mercados emergentes, los bancos centrales y los fondos soberanos de inversión se han convertido en participantes principales en la asignación de capital en mercados financieros internacionales, principalmente en los de Estados Unidos. El volumen de valores del Tesoro de Estados Unidos en poder de extranjeros se ha triplicado con creces en los últimos 10 años, y la adquisición de este tipo de valores por parte de instituciones oficiales extranjeras ha contribuido considerablemente a esta acumulación. China registró el mayor aumento: sus tenencias se incrementaron en un 50% en los últimos años y se ha convertido en el tercer inversionista más importante. Se estima que a finales de 2005 las tenencias de las instituciones oficiales extranjeras correspondían a más del 50% de todos los valores estadounidenses a largo plazo en poder de no residentes.

Cómo los nuevos actores están transformando el capitalismo global

Los fondos de pensiones, los fondos mutuos y las aseguradoras todavía retienen la mayor parte de los activos financieros globales, alrededor de US$ 59,4 billones (miles de millones). Pero cuatro recién llegados crecen con rapidez: los bancos centrales asiáticos, los fondos de cobertura, las firmas de capital privado y los inversionistas de petrodólares, es decir los que obtienen los ingresos de un precio del crudo a US$ 90/100 el barril.

En conjunto, este grupo gestiona unos US$ 8,4 billones, lo que equivale a US$ 1 de cada US$ 20 en el sistema financiero global. Desde el año 2000, sus activos se han triplicado. Incluso si el precio del crudo cae a US$ 50 el barril, el enorme superávit comercial de China se reduce y se desacelera el crecimiento de las firmas de capital privado y fonos de cobertura, los activos de estos cuatro grandes jugadores se duplicarán hacia el año 2012, según McKinsey Global Institute, el brazo de investigación del gigante estadounidense de servicios de consultoría McKinsey.

El ascenso de este grupo marca una nueva etapa en la globalización de los mercados financieros. Ellos constituyen una de las vías en que se propaga de un país a otro la onda expansiva de los terremotos económicos. Europa se ve sacudida no porque Estados Unidos esté importando menos Mercedes o vino francés, sino debido al contagio de la crisis de las hipotecas de alto riesgo, que ha afectado a los bancos de Düsseldorf.

"Estos nuevos actores poderosos representan un cambio estructural en los mercados globales de capital", afirma McKinsey en su reciente análisis. Su crecimiento se "refuerza mutuamente", añaden los analistas, ya que los magnates de los petrodólares colocan su dinero en los fondos de cobertura y así sucesivamente.

El informe titulado "The New Power Brokers" (algo así como "Los nuevos actores decisivos") contiene datos como los siguientes:

-          Con un barril de crudo a US$ 70, los productores de petróleo pueden gastar casi US$ 2.000 millones de petrodólares al día. Las inversiones del príncipe saudita Alwaleed Bin Talal Assaud equivalen a unos US$ 50.000 millones (incluyendo participaciones de 4% en Citigroup y News Corp.), con lo que su fortuna está a la par de la de Warren Buffet. Entre el 20% y el 25% de todos los petrodólares pertenecen a individuos muy acaudalados.

-          Con activos de US$ 1,1 billones, el banco central chino es el quinto gestor de dinero del mundo. Sus activos equivalen al 75% de toda la industria global de los fondos de cobertura (sin contar la deuda que asumen).

-          Los cinco mayores fondos de cobertura tienen cada uno, al menos US$ 30.000 millones en activos. Si se toma en cuenta la deuda que asumen, cada uno comanda unos US$ 100.000 millones. Los fondos de cobertura representan entre el 30% y el 50% del corretaje en los mercados bursátiles y de bonos de EEUU y del Reino Unido.

¿Qué significa todo esto? No lo sabremos durante años, pero hay algunas implicaciones.

Una parte tan grande de este dinero llega a EEUU permitiendo que, como resultado, las tasas de interés de largo plazo de ese país se mantengan a la baja. Sólo los bancos centrales de Asia y los petrodólares reducen las tasas estadounidenses en cerca de tres cuartos de  punto porcentual. Esto contribuyó a un festín de deuda en EEUU que elevó los precios de las acciones y los bienes raíces.

McKinsey piensa que el valor de las acciones es razonable, con base en la relación precio-ganancias, pero la firma culpa a estos actores de contribuir a una burbuja inmobiliaria global. En los años venideros, una parte importante de ese dinero irá a parar a Asia, Medio Oriente, África y otros mercados emergentes. Y ese es un recordatorio de que EEUU necesita liberarse de su adicción a este dinero y comenzar a ahorrar más.

El poderío financiero de muchos gobiernos está creciendo, como atestigua el auge de los fondos soberanos financiados por las reservas de los bancos centrales (el caso de Asia) o por el petróleo (en Medio Oriente y Noruega). Esto abre la posibilidad de que se realicen inversiones con motivos políticos, mercantilistas e, incluso militares. Hasta ahora no ha sido así, pero el riesgo persiste.

El dinero público en los "mercados"

Creados con parte del superávit de la balanza de pagos de países en su mayoría emergentes, el capital de los fondos soberanos supera ya al de los "hedge funds"

 Si no hubiera explotado la crisis del crédito, la gran historia del verano de 2007 habría sido el crecimiento y preeminente papel que están jugando los Fondos Soberanos de Riqueza (Sovereign Wealth Funds, SWF) en los mercados financieros internacionales y la polvareda política que están levantando debido al fuerte desarrollo que se da por descontado que disfruten en los próximos años.

La de estos fondos es la historia de la inversión de países con un fuerte superávit en balanza de pagos y que ya no se contentan con invertir sus reservas de forma conservadora en deuda del Tesoro, sino que quieren que su dinero sea más rentable. Es la historia del llamado capitalismo de Estado y de los que se han convertido en grandes accionistas a largo plazo de Barclays, Nasdaq y de Blackstone, entre otras firmas.

El departamento del Tesoro de Estados Unidos dice que no hay una sola definición de lo que son estos fondos, que efectivamente pueden tomar la forma de banco, una empresa, un fondo regular o de pensiones, como el gigantesco de Noruega. El Tesoro define a estos fondos soberanos como "vehículos inversores financiados por el superávit de las balanzas de pago cuyos activos se gestionan de forma distinta a las reservas oficiales en manos de las autoridades monetarias". Los gestores de estos fondos tienen "una mayor tolerancia del riesgo", prosigue este departamento, "y esperan una mayor rentabilidad que los gestores tradicionales de las reservas oficiales". Sus objetivos pueden ser varios: desde asegurar las pensiones de un país, como Noruega o Kuwait, hasta financiar proyectos de infraestructura o aislar los presupuestos muy volátiles de fluctuaciones.

Lo que tienen en común es que son los Gobiernos los que controlan estos fondos, en la mayoría de las ocasiones de países emergentes, y aunque algunos, como Temasek (de Singapur) y Adia (de Emiratos Árabes Unidos), se fundaron en 1974 y 1976, respectivamente, es en estos últimos años cuando su peso se ha dejado notar con más fuerza y han empezado a entrar en el accionariado de empresas occidentales de cierta relevancia.

Dice Jan Randolph, director de análisis de riesgo soberano de Global Insight, que en general se han hecho más ricos, más grandes y son más numerosos porque muchos mercados emergentes han disfrutado de un comercio exterior muy activo gracias a su posición industrial o por las materias primas en las que tienen una fuerte posición. "Es como si les hubieran estado inyectando esteroides en estos últimos cinco años", explica.

El profesor de la New York University y director de Rgemonitor.com, Nouriel Roubini, añadía además en un reciente editorial para Project Syndicate que estos países han podido acumular reservas que ahora alimentan el crecimiento de esos fondos soberanos gracias "a políticas cambiarias equivocadas, con divisas muy infravaloradas".

Según las estimaciones del FMI en su último Informe de Estabilidad Financiera, los fondos soberanos controlan entre 1,9 y 2,9 billones de dólares (entre 1,4 y 1,7 billones de euros). Es una cifra modesta comparada con los 53 billones de dólares de los activos bajo gestión de inversores institucionales en mercados maduros pero es más que los estimados 1,5 ó 1,7 billones de dólares de los hedge funds. Stephen Jen, jefe de análisis de divisas de Morgan Stanley, calcula que estos fondos pueden controlar unos 12 billones de dólares en 2015 y que se convertirán "en uno de los factores estructurales más importantes de futuro para los mercados financieros".

No sólo crecen más rápido, sino que, además, como su fuente de financiación es la balanza de pagos, el coste de conseguir fondos, a diferencia de los hedge funds, que se apalancan, es gratis. De momento, la evolución de estos últimos años no hace que esta previsión sea descabellada. Randolph explica que en la última década han crecido entre un 6% y un 7%, pero en los últimos cinco años el crecimiento ha sido de un 13% anualmente como media. Si se apalancaran, algo que no están haciendo pero podrían hacer de forma barata, ya que tienen un alto rating, el crecimiento sería del 25% o el 30%, dice este analista, que califica esta remota posibilidad como una "segunda ronda de esteroides". En cualquier caso, "lo que se ve es una aceleración, y por eso son tan interesantes y están llamando la atención de los mercados y de los políticos", explica.

Parte de esta atención se deriva del hecho de que, al ser más grandes, su comportamiento ha cambiado. Se han convertido en inversores más activos, "en otras palabras, desarrollan una estrategia en lo que se refiere a la inversión y, de pasar a comprar deuda americana o alemana con calificación de triple A y ser los prestamistas de Occidente, ahora están pasando a ser los poseedores de algunos de sus activos", explica Randolph. No suelen invertir en su propio suelo porque no siempre es posible y por evitar el recalentamiento de sus economías. Los responsables de estos fondos se comportan y hablan como los banqueros de inversión. De hecho, es de este sector desde donde se ha captado la experiencia para su gestión. Aunque la mayoría de los Gobiernos dan a sus gestores el mandato de operar el capital, parte puede ir a parar a los bancos de inversión.

Quienes no están tan contentos son los políticos. Es cierto que estos inversores llevan dinero a los mercados y normalmente son inversores pasivos a largo plazo, todo un ideal. Sin embargo, tanto en la UE como en EEUU se está empezando a sospechar de las intenciones de unos Gobiernos con los que las relaciones son en algunos casos tirantes. El temor es que con la propiedad de activos llega la influencia, y se teme que algunos regímenes utilicen este poder como arma política y económica.

En Europa se pide transparencia a estos fondos y en EEUU ya se argumentaron razones de seguridad nacional para impedir que una compañía controlada por el Gobierno de Dubai se hiciera con el control de un buen número de puertos del país. Para los países en desarrollo es una excusa para el libre mercado que desde Occidente se predica.

El capitalismo de Estado

Desde EEUU y la UE se ha levantado la voz de alarma porque, salvo en casos como el de Temasek o el fondo de pensiones de Noruega, estos pool de capital soberano son muy poco transparentes y en ocasiones se duda de si sus intenciones son sólo económicas y no políticas.

A países que llevan décadas privatizando sus empresas no les termina de cuadrar este llamado capitalismo de Estado. La líder alemana Angela Merkel ha sido una de las primeras en Europa en levantar la voz de alarma. En China, el Gobierno le prometió que CIC no tenía intención de comprar participaciones estratégicas en grandes compañías occidentales, pero lo que preocupa a Merkel son Rusia y Gazprom y la posibilidad que el mercado de la energía sea un arma política para este país. Para Merkel, las compras de empresas por fondos soberanos son un riesgo nuevo y se deben analizar como en EEUU hace la agencia de inversiones extranjeras (CFIUS). EEUU en alguna ocasión ha esgrimido la seguridad nacional como motivo para no autorizar alguna compra, aunque últimamente los fondos han invertido en lobbies y la hostilidad se ha rebajado mucho.

Tanto Jean-Claude Trichet, presidente del BCE, como el comisario Joaquín Almunia y el presidente de la SEC, Christopher Cox, quieren que en este sector haya más transparencia (algo que costó mucho pedir para los hedge funds). Los políticos occidentales esperan que el FMI establezca unas reglas del juego para estos fondos, pero el organismo cuenta con muchos accionistas y debe tener prudencia para no alienar más a los países emergentes so pena de correr el peligro de ser más irrelevante para ellos. De momento las reglas de transparencia son voluntarias.

La participación del Estado en las empresas no es nueva. El Instituto Nacional de Industria (INI) del gobierno español fue el propietario de las principales empresas de ese país durante décadas. También las grandes empresas de Italia, Francia o Reino Unido fueron propiedad estatal. Pero a partir de los ochenta se produjo una oleada de privatizaciones.

Sigue habiendo empresas públicas en numerosos países y su participación en el mercado internacional levanta suspicacias sobre su trasfondo político, como en el caso de la energética rusa Gazprom. Pero en el capitalismo protagonizado por estados y no por empresas privadas, han cobrado protagonismo los fondos soberanos, instrumentos de inversión de países para sus inversiones foráneas. La crisis subprime ha afectado a las principales entidades financieras. Ante la necesidad de liquidez han acudido al rescate los fondos soberanos, instrumentos de inversión de diversos países.

El gobierno chino ha invertido en Blackstone, Bear Stearns, Morgan Stanley y Barclays. En el banco inglés también participa el gobierno de Singapur. Desde esa ciudad-estado y desde el fondo de Dubai salieron los recursos necesitados por el banco suizo UBS. Y es Dubai el fondo más activo ya que además participa en el Citibank, HSBC, en el banco indio ICICI y hasta en la bolsa Nasdaq.

Parece un funcionamiento razonable, una especie de fondo de pensiones, capitalizable. Pero a diferencia del caso del mastodonte fondo de pensiones de los funcionarios de California, estos fondos están gestionados por los gobiernos.

Es el caso del Fondo de Pensiones del Gobierno de Noruega, también beneficiado por los ingresos del petróleo y que no sólo tiene en cuenta la maximización de beneficios. Dicho fondo desinvirtió de empresas de defensa, mineras o de la empresa Wal-Mart por razones éticas.

¿Pero que ocurriría si los fondos de inversión de países no democráticos decidieran gestionar sus inversiones por criterios políticos? ¿Si en vez de razones éticas fueran amenazas a la seguridad nacional? ¿Serían un peligro para las democracias occidentales?

¿Quiénes son los nuevos titanes de los mercados?

No son ni los bancos de inversión de Wall Street, ni los ambiciosos fondos del capital riesgo, ni los agresivos hedge funds. Los nuevos titanes del mercado global son los fondos de inversión soberanos propiedad de los países emergentes, como los recién creados en Rusia y China, o los más antiguos, como la Abu Dhabi Investment Authority o Temasek Holdings de Singapur.

Un nuevo estudio revela que esos fondos, cuyo capital procede del masivo superávit comercial (en China o Singapur) o de la venta de materias primas (petróleo en Kuwait, Rusia y otros países, cobre en Chile o diamantes en Botswana), están poco a poco abandonando su nicho de la deuda pública para aventurarse en la bolsa, la deuda empresarial, las materias primas o la inversión en fondos de capital riesgo.

"En la última década, los países emergentes han girado en redondo: de ser deudores netos al extranjero, se han convertido en acreedores", dice Malan Rietveld, uno de los autores del estudio "Gestión de la Riqueza Soberana" (Soverign Wealth Management), publicado recientemente por Central Banking Publications, en Londres.

En un último signo de la tendencia a invertir en nuevos mercados, alejados del nicho de la deuda pública, Rusia anunciaba en mayo de 2007 que su Fondo de Estabilización se "dividirá en breve en dos: uno, con alrededor de 142.000 millones de dólares invertirá en deuda pública; otro, de 24.000 millones de dólares, invertirá en las bolsas  internacionales".

El cambio ruso se produjo poco después de que China anunciase que destinaría una parte de sus 1,2 billones de dólares de reservas a un fondo soberano, que podría invertir en bolsa. Se especula que su tamaño ronde los 300.000 millones de dólares. Hasta ahora, Pekín invertía en activos muy seguros, pero poco rentables; sobre todo deuda pública estadounidense.

Incluso los fondos soberanos con mayor tradición en inversión bursátil, como Temasek de Singapur (creado en 1974) o la Kuwait Investment Authority (1960), están siendo ahora más agresivos. Temasek, por ejemplo, compró en 2006 el 11,5% de Standard Chartered, el banco británico. A fines de abril de 2007, el fondo de Qatar dejó temblando a muchos cuando adquirió por sorpresa casi un 15% de J. Sainsbury, una de las principales cadenas de supermercados del Reino Unido, por 1.400 millones de libras. Y la Abu Dhabi Investment Authority también ha realizado grandes compras recientemente.

Dubai International Capital, uno de los fondos de inversión de Dubai Holding, que a su vez gestiona la inversión del emirato de Dubai, se convirtió el martes 1 de mayo de 2007 en uno de los mayores accionistas de HSBC, el banco británico, en una compra que sorprendió a la City de Londres.

Según Reuters, que cita datos de Dealogic, los gobiernos y los inversores particulares de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y otros tres países productores de petróleo del Golfo Pérsico gastaron en 2005 y 2006 alrededor de 67.000 millones de dólares en compras de empresas extranjeras, más de tres veces lo que invirtieron durante los ocho años anteriores.

Pero la tendencia a crear fondos soberanos que inviertan más allá de la deuda pública no es un hecho aislado de los países emergentes. Noruega ha elevado en las últimas semanas el porcentaje máximo que su fondo de pensiones (cuyo capital procede del petróleo) invierte en bolsa del 40% al 60%. Y España se plantea invertir en bolsa parte de los 40.000 millones de euros de la hucha de las pensiones.

¿Cuál será el impacto de estos nuevos titanes en los mercados? Y, sobre todo, ¿sus inversiones tendrán un carácter meramente financiero, buscando siempre la mayor rentabilidad a largo plazo con el menor riesgo, o también político? Muchos temen que el factor político cause problemas pronto.

¿Los Fondos Soberanos amenazan la… "globalización"?

Ironicamente, el campo financiero, hasta ahora considerado la vitrina de la "globalización", podría experimentar una "recompra" por los gobiernos nacionales, en la medida en que un número creciente de ellos usara las "reglas del juego" para capitalizarse y lograr mejores condiciones para proteger a sus países de los efectos de las jugarretas financieras globales.

Uno de los instrumentos de esta contraofensiva estatal son los llamados fondos de riqueza soberana (sovereign wealth funds (SWFs), en la jerga globalista), que, aunque existen desde hace décadas en algunos países, apenas en los últimos años comenzaron a ser más populares entre los países propietarios de grandes saldos comerciales a favor, tanto como forma de protección contra inestabilidades cambiarias o actuando como fondos de inversión que en nada se diferencian de sus similares privados, con la diferencia -fundamental- de que su control está en manos de gobiernos.

Hasta ahora, su discreta actuación en el mundo de las finanzas globalizadas había pasado casi desapercibida, pero con la enorme suma de recursos reunidos en esos fondos ya surge como una fuerza considerable, que está preocupando sobremanera a los próceres de las altas finanzas globales. En tanto tales fondos concentraban sus recursos en activos como los títulos del Tesoro de EEUU, los "globalizadores" no se preocupaban mucho de ellos, pero, en la medida en que comienzan a flexionar los músculos en busca de inversiones más atractivas, empiezan a ser vistos como una amenaza a la propia "globalización" financiera.

Fondos de riqueza soberana

(en miles de millones de dólares, marzo de 2007; fuente: Morgan Stanley)

 

País                                         Estimación de activos                        Inicio

 

Emiratos Árabes Unidos                        875                                          1976

 

Singapur                                              430                                          1974

 

Arabia Saudita                                      300                                            n.d.

 

Noruega                                               300                                          1996

 

China                                                   300                                          2007

 

Kuwait                                                  70                                          1953

 

Australia                                               40                                           2004

 

EU (Alaska)                                          35                                           1976

 

Rusia                                                    32                                           2006

 

Brunei                                                   30                                          1983

 

Corea del Sur                                        20                                           2003

El "Conundrum de Greenspan" y la liquidez internacional

En febrero de 2005, Alan Greenspan, quien presidía la Reserva Federal de los Estados Unidos, dio un discurso en el cual advirtió que se estaba viviendo un "Conundrum" en las tasas de interés norteamericanas. Esto se debía a que si bien la Fed se encaminaba hacia su segundo año consecutivo de apretón monetario (subiendo la tasa de referencia -Fed funds-), las tasas de largo plazo no acompañaban esa misma suba, sino que se mantenían inusualmente estables

La causa principal que gestaba este fenómeno era la abundante liquidez internacional que se invertía en bonos del tesoro norteamericano de largo plazo, y ello conducía a un descenso de las tasas de interés que pagaban estos instrumentos (simplemente por la ley de oferta y demanda). Esta liquidez que ha venido inundando al mundo de dólares, se ha visto reflejada en tasas de interés internacionales históricamente bajas, así como un notable descenso en las primas de riesgo para las economías emergentes, a la vez que se ha producido un extraordinario aumento en el precio de los commodities (todos efectos que han conducido a la bonanza actual en los países emergentes).

Como es sabido, el gran ahorrador a nivel mundial ha sido China que ha desarrollado un proceso creciente de integración a las corrientes globales de comercio. Este inmenso y nuevo ahorrador global ha acumulado reservas internacionales en la forma de bonos del tesoro norteamericano de largo plazo, cuyo objetivo principal ha sido no permitir apreciar su moneda frente al dólar para favorecer a su sector exportador. Sin embargo, mantener ese ahorro bajo la forma de bonos estadounidenses ha tenido un inmenso costo de oportunidad: el de invertir en activos más rentables tendiendo a la eficiencia en el manejo de las reservas. Es por esta razón que en el transcurso de este año, las autoridades han decidido instaurar un fondo soberano para el manejo eficiente de sus reservas internacionales.

El gobierno chino ha lanzado una política de diversificación de sus reservas, y de hecho la inversión china en el mes de abril de 2007 fue una vendedora neta de bonos del Tesoro norteamericano (por primera vez desde octubre de 2005). Si bien la estrategia de diversificación de las reservas chinas es promovida por un eficiente manejo del portafolio gubernamental, es claro que de comenzar a gestarse el proceso de desprendimiento de bonos estadounidenses, se dará de forma muy gradual para evitar grandes pérdidas en su portafolio (no "vender barato") y al mismo tiempo no generar presiones alcistas sobre la moneda local (el Yuan).

Algunos gobiernos han empezado a considerar estas inmensas reservas como un fondo que debe ser invertido en busca de mejores retornos, en lugar de limitarse a defender la estabilidad de sus monedas. "Si invertimos en bonos del Tesoro y conseguimos (retornos) del 4% o del 5%, la inflación se lo come todo", dice Sheikh Hamid, primer ministro de Qatar. "Necesitamos ganancias más altas".

Pero esta ola de inversiones acarrea varios riesgos. La presión política para bloquear o restringir esta clase de acuerdos parece estar en aumento. Por ejemplo, un acuerdo de una empresa de Dubai para comprar una firma británica que poseía varios puertos en EEUU se topó con la terca resistencia de los políticos estadounidenses. La empresa árabe optó por vender los puertos en EEUU voluntariamente. Otro riesgo es que las inversiones no den los resultados esperados. Los inversionistas japoneses, por ejemplo, perdieron mucha plata al invertir en bienes raíces en Nueva York en los años 80 y Singapur también perdió dinero tras la explosión de la burbuja tecnológica a inicios de esta década.

Patrones cambiantes

Ahora resulta que los fondos soberanos de varios países que antes fueron colonias de los europeos fundamentalmente están viéndose como una amenaza para los países desarrollados. Una vez más la visión estrecha del colonialismo sigue presente en los gobiernos de los países que tanto han apoyado la libre circulación de todo, incluyendo especialmente los recursos financieros.

La imposición del capitalismo salvaje en todo el mundo propiciada por ellos ahora se torna en contra de sus muy particulares intereses, por lo que se muestran preocupados y proponen que existan reglas claras sobre qué y cómo se puede aceptar la intervención de estos fondos soberanos en las empresas mediante participaciones parciales o compra total.

Los fondos son el resultado de las magníficas ganancias que han obtenido por primera vez muchos países gracias específicamente a los precios del petróleo y del gas, y que en los últimos tiempos, por cierto, el barril del primero ha alcanzado una cifra récord cercana a los 100 dólares.

Así, estamos viendo que países como China, Qatar, Singapur y otros han acumulado tales niveles de reservas que no son suficientes los rendimientos que les proporciona, por ejemplo, la compra de bonos del Tesoro estadounidense y, dentro de la lógica del capitalismo, buscan obtener un mayor rendimiento por su dinero, lo cual resulta normal en la economía actual.

El único problema es que los países desarrollados nunca pensaron que los hoy llamados emergentes llegarían a tener tal tamaño de riqueza que hiciera verlos minimizados en el mundo actual. Ellos, los que llevan cientos de años expoliando las economías del tercer mundo, se sienten agredidos.

Hasta la llegada de estos fondos soberanos, las políticas de los organismos internacionales, apoyados fundamentalmente por los países desarrollados, eran que todos abrieran sus mercados y que quien ofreciera los mejores recursos se quedara con el pastel. Además, han insistido una y otra vez que se abrieran a la participación extranjera los sectores que se consideran estratégicos. Pero ahora que los posibles compradores de esas áreas en sus propios países no son nacionales, o por lo menos nacionales de otros países ex colonialistas, se muestran preocupados.

El problema está en que el pastel completo lo quieren para los que tradicionalmente se han quedado con todo, y esto por lo visto está por acabarse debido a los cuantiosos recursos sobrantes que tienen algunos países emergentes.

Hay países como Francia que, en el colmo del nacionalismo, han vetado la compra de industrias nada estratégicas. Tal fue el caso de la empresa alimentaria Danone, que quería comprar la Pepsico, y el anterior gobierno del señor De Villepin vetó.

De lo que no se han dado cuenta es que el monstruo que engendraron con el libre comercio se ha vuelto principalmente contra ellos y quieren dar marcha atrás, lo cual pareciera una contradicción dentro de las reglas de este capitalismo salvaje propiciado por ellos mismos, apoyados por los organismos internacionales fundamentalmente.

En la globalización la llegada de estos fondos soberanos a los únicos que ha puesto a temblar ha sido a los que han dominado el mundo en el último siglo y ahora tratan de que no se salgan de su control, lo cual es imposible.

O nos ponemos de acuerdo en cómo debe desarrollarse el mundo para que exista menos pobreza y desigualdad o de plano que sean las famosas fuerzas del mercado y la mano invisible las que lo determinen. Lo único que no se vale es pedir reglas abiertas para afuera y adentro exigir la protección total, de acuerdo a sus "intereses nacionales".

Los nuevos dilemas

Un nuevo debate en la arena financiera internacional aún sin respuesta final está conectado con los fondos de inversión privados (FIP) propiedad de gobiernos. Países como China, Qatar, Rusia, Singapur, y Noruega, entre otros, canalizan por su intermedio sus excedentes de reservas para adquirir activos de otros países. Podría incluirse a Venezuela dentro de esta misma categoría, aunque utiliza otros medios.

La realidad es que un grupo de naciones emergentes son exportadoras voluntarias de capital, principalmente hacia el mundo desarrollado, como vía de diversificar las fuentes de retorno de su enorme ahorro doméstico, retroalimentado en algunos casos por la bonanza derivada de sus exportaciones petroleras.

Este nuevo escenario plantea preguntas sin respuestas fáciles, pues su dinámica trasiega aspectos sutiles cuyas consecuencias eventuales trascienden las reglas de la libre movilidad de los capitales entre países. Es un resultado nuevo en la historia reciente del mundo cuyas consecuencias aún no han sido bien evaluadas, máxime cuando las naciones inversoras están ubicadas en el mundo emergente.

La bonanza por la que atraviesan, en algunos casos incluso con altas tasas de ahorro doméstico hace que, colmadas sus necesidades de acumulación de reservas, salgan a la búsqueda de nuevos canales para asignar sus excedentes financieros. Si eso corresponde al intento de una mayor rentabilidad, podrían compararse sus efectos al de una inversión privada pura.

Pero por las características del inversor -otro estado soberano- existen también otros riesgos o resultados adversos para el país receptor de los flujos. Sólo basta pensar en una querella comercial con una entidad cuyo propietario es otro estado soberano, para comprender que entran de lleno en escena aspectos políticos entre naciones. ¿Y cuáles serían los riesgos potenciales, si algún país con una cultura o sistema político diferente invierte en otro estado en actividades conectadas con la información, la educación o la cultura?

Podría decirse que en la fase imperial del capitalismo, cuya cúspide fue el imperio británico, ya hubo una situación donde coexistía una línea muy tenue entre los intereses privados y los estatales. Pero después de la primera guerra mundial, ese escenario entró en agudo decaimiento para dar paso a grandes empresas transnacionales de propiedad privada cada vez más difusa y diseminada por distintos confines del mundo.

Sin darnos cuenta, hemos entrado en una fase cuyo entorno operativo posibilita que unos estados puedan ser propietarios -por vía directa o indirecta- de activos localizados en otro estado soberano. Y la diferencia radica en que un estado de por sí, puede ser un propietario con objetivos diferentes a los de un inversor privado. éste, por lo general, busca la maximización del retorno financiero de su inversión, y en base a esto es que operan los incentivos y los marcos regulatorios, generalmente comunes a los que se aplican a un empresario local. Eso delineó reglas, e incluso maneras de proteger o regular actividades de interés para los estados o sus sociedades.

Oponerse a los excesos de una empresa privada, por más poderosa que sea, es tarea relativamente fácil cuando se la compara a las dificultades y consecuencias de regular una entidad cuya propietario mayoritario es otro estado soberano que puede ser más rico, y por tanto más poderoso, que la nación reguladora.

¿Hay respuestas? Lo reciente del tema sólo ha arrojado voces de alerta sobre cómo prepararse ante nuevas conductas de los flujos financieros, con visos de aceleración creciente. En los setenta el reciclaje de los excedentes financieros se canalizó en parte a través del sistema bancario internacional y los destinatarios fueron los países en desarrollo. Sus excesos dieron lugar a la crisis de la deuda de los ochenta. Hoy existen nuevas vías, siendo la inversión directa una de las alternativas para disipar la acumulación de saldos ociosos.

El debate está abierto, aunque hay ya un cierto denominador común en las respuestas que cubre todo el arco ideológico, desde el campo liberal hasta el tradicionalmente más restrictivo expresado en posturas nacionalistas. Esa posición común estaría diciendo que hay ciertas áreas reservadas, donde este tipo de inversión no puede realizarse. Las referencias obvias son los campos de la cultura o los distintos modos de difusión de la información. Siguen en orden de importancia las referidas a los recursos naturales, para culminar en actividades privatizadas. La razón de esto último es que no tiene sentido re-estatizar una actividad, cuando a su vez el soberano en ese caso es extranjero.

Dicho esto, es obvio que este nuevo tipo de transacciones una vez desatadas han llegado para quedarse. Por tanto, no es cuestión de oponérseles ya que sería infructuoso, sino de buscarles cauces apropiados. Y en eso es donde están las dificultades mayores, siendo por el momento el consenso primario que esos recursos sean administrados profesionalmente a través de grandes fondos de inversión privados cuyo único propósito sea lograr mayores retornos. Con ello, su aplicación sería totalmente independiente de fines políticos o de otra índole.

El eterno viaje de ida y vuelta

Los países emergentes surten a los países desarrollados de un gran número de materias primas y manufacturas baratas, pero el dinero que obtienen vuelve a Occidente invertido en bonos y valores.

Unos datos ilustrativos: los cálculos de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) establecen que el 80% del petróleo que se produce en el mundo se extrae de regiones emergentes, mientras que las economías más avanzadas consumen casi el 60% de ese crudo. Esta dinámica ha hecho que los países de la OPEP ingresaran en el año 2007 más de medio billón de dólares por la exportación de oro negro.

Pero ese dinero ya no sólo se dilapida en suntuosos palacios del jeque de turno, como antaño. Qatar y Dubai pugnan ahora por hacerse con el control de la Bolsa de Londres. Y el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF) calcula que las naciones del golfo Pérsico han invertido más de 540.000 millones de dólares en los últimos cuatro años en diversos activos de economías occidentales. En retorno, el flujo de inversión directa extranjera hacia países en desarrollo ascendió en el año 2007 a la cifra récord de 550.000 millones, según el IIF.

Pero el ciclo no para, sigue en movimiento. Los datos divulgados por el Tesoro americano ponen de manifiesto que más del 40% de la deuda emitida por Estados Unidos está directamente en manos de países como China, Brasil, Argelia, Rusia o Polonia. En julio de 2007 (último mes del que se disponen datos), el flujo de capitales foráneos a EEUU superó los 100.000 millones; el déficit por cuenta corriente de todo el año asciende a 800.000 millones. "Todo está conectado".

Un lugar donde se ve con mucha claridad es en el tipo de cambio. La práctica totalidad de los países asiáticos, del golfo pérsico y también de América Latina tiene una vinculación con el dólar. Eso implica que esos Estados no pueden dejar de almacenar dólares para poder responder al tipo de cambio al que están sujetos. Y la mejor manera de atesorar dólares es comprar bonos denominados en esta divisa. La moneda estadounidense cumple así el papel que el oro desempeñó desde finales del siglo XIX y, en cierta medida, hasta la pasada década de los setenta, y EEUU se ha garantizado de esta forma una financiación constante de su endeudamiento.

"El riesgo consiste en qué sucedería si estos países se cansaran de tener dólares y comenzaran a venderlos en el mercado. Eso podría llegar a representar una debacle para la moneda americana", subraya Antonio Villaroya, jefe global de estrategia de tipos en Merrill Lynch. Basta con echar un vistazo a la distribución mundial de las reservas en divisas, la gran mayoría de ellas en dólares. China posee un 23,2% del reparto global, más de 1,33 billones; Rusia tiene más de 407.000 millones (un 7,4% del total); India, unos 239.900 millones (el 3,97%); Brasil, 162.550 millones (2,7%) y México, 73.240 millones (1,27%).

Se comprende así que, para desesperación de los agricultores y los trabajadores de las fábricas estadounidenses, la Casa Blanca no ponga demasiado énfasis en que economías como China revalúen de una vez por todas su moneda, devolviendo así la competitividad que han perdido los productos occidentales.

Tal vez, tal vez…

El auge de los fondos soberanos -que gestionan los miles de millones de dólares que han cosechado en los últimos años las economías exportadoras y los países productores de petróleo y commodities- ha llevado a renovados esfuerzos para asegurar que los gobiernos no utilicen estas sociedades como armas financieras.

Preocupada por una posible reacción global en contra de la inversión internacional y por un aumento del proteccionismo, la secretaría del Tesoro de Estados Unidos prefiere una estrategia minimalista: reglas voluntarias de "mejores prácticas". Pero incluso los libremercadistas dudan de este enfoque, porque no es posible hacer cumplir esas prácticas.

Un concepto distinto puede tener más sentido: hacer que las actividades de estos fondos sean un nuevo punto en la agenda del comercio global y negociar un acuerdo entre los países que tienen estos fondos y las economías que reciben sus inversiones. Los que infrinjan el acuerdo podrían ser sancionados con prohibiciones sobre inversiones futuras.

El tema de los fondos soberanos dominó una reunión reciente de los ministros de finanzas del Grupo de los Siete países más industrializados. El G-7, que incluye a EEUU, Canadá, Alemania, Francia, Italia, Gran Bretaña y Japón, emitió después un comunicado diciendo que si bien sus economías "pueden beneficiarse al abrirse" a estos fondos, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial deberían examinar aspectos como la estructura, transparencia y responsabilidad de estos vehículos de inversión.

La razón de toda la preocupación es que estos fondos cuentan actualmente con entre US$ 2 billones (dos millones de millones) y US$ 3 billones para invertir, una cantidad que podría llegar a US$ 13/15 billones en los próximos 10 años. Con ese tamaño, "ellos son el sistema financiero global", dice el ex economista jefe del FMI Kenneth Rogoff en declaraciones a The Wall Street Journal America.

Algunos de los fondos más grandes pertenecen a los países en los que menos confían los inversionistas de EEUU y Europa: China, Arabia Saudita, Rusia, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos. De momento, los fondos soberanos han adquirido mayoritariamente deuda de gobierno, contribuyendo así a la estabilidad mundial.

Pero los críticos piensan que no continuarán actuando de esa manera. Como ejemplo señalan la compra a comienzos del año 2007 de una participación de casi un 10% en la firma estadounidense de capital privado Blackstone Group por parte de China.

Christopher Cox, presidente de la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos, incluso expresó que esos fondos soberanos podrían usar "el enorme volumen de información clasificada" que recogen sus agencias de espionaje, convirtiéndolos así en "la herramienta definitiva en el uso de la información privilegiada".

La secretaría del Tesoro, que suele ser alérgica a la regulación, dice que las mejores prácticas deberían ser suficientes. Un principio debería ser que las "inversiones sean impulsadas por un fin comercial", dice el subsecretario del Tesoro David McCormick.

La meta: conseguir, por ejemplo, que el fondo soberano saudita actúe como el fondo de la dotación de la Universidad de Harvard, y no como el equivalente financiero de un avión de combate.

Tal vez, tal vez… se pueda contemplar un esquema "alternativo". Es un proceso de dos etapas. En la primera, Estados Unidos, Europa y Canadá, que tienen intereses comunes, elaborarían posiciones conjuntas sobre las cuestiones más urgentes: ¿Hay que limitar la inversión de los fondos soberanos a participaciones minoritarias? ¿Hay sectores prohibidos para estos fondos, como la defensa, los medios u otros? ¿Deberían los países cuyos fondos invierten en ciertos sectores, por ejemplo, servicios financieros, estar obligados a abrir en sus países esos mismos sectores a la inversión extranjera?

En una segunda fase participarían los gobiernos de los fondos. ¿La razón? Mantener el acceso más libre posible a la inversión en los mercados más ricos del mundo.

Las negociaciones podrían comenzar con una decena de países que tienen los mayores fondos, de lo contrario podrían darse conversaciones interminables como ocurre con la Ronda de Doha en la que participan 150 naciones.

Gary Hufbauer, especialista de comercio en el Peterson Institute for International Economics, un centro de estudios en Washington, dice que las negociaciones deberían mantenerse bajo un auspicio neutral para reducir la sensación de que EEUU y Europa son quienes dictan los términos. él propone al Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), que tiene vínculos estrechos con el Banco Mundial.

La compra del Citi por Abu Dhabi reveló la nueva cara de las finanzas

Comienza a perfilarse la silueta de un tsunami que pronto arrasará los mercados y determinará el comportamiento de las inversiones: los llamados fondos soberanos (sovereign wealth funds) poseen actualmente una "potencia de fuego" de US$ 2,2 billones y seguirán creciendo en forma exponencial hasta llegar a US$ 13,4 billones en la próxima década, según las previsiones del banco Standard Chartered.

Su poder se vio en diciembre de 2007, cuando ADIA (Abu Dhabi Investment Authority) invirtió US$ 7.500 millones para comprar 4,9% del capital del Citigroup. Por tratarse de una empresa emblemática del sistema bancario internacional, esa operación causó estupor en Estados Unidos.

Ese instrumento financiero no tiene nada que ver con los fondos de pensión (creados por las cajas privadas de jubilación para rentabilizar sus haberes), ni con los fondos de inversión (concebidos por inversores interesados en obtener rápidos beneficios) y mucho menos con los hegde funds (operaciones especulativas de corto).

Los fondos soberanos se llaman de esa manera porque fueron creados por los Estados o los bancos centrales de países emergentes para invertir los excedentes monetarios que provienen de la estampida de precios del petróleo (en el caso de los países árabes) o de sus superávits comerciales (China). Algunos países opulentos, como Noruega y Canadá, copiaron esa experiencia.

Algunos de esos fondos soberanos ya comenzaron a devorar a los de inversión: en mayo de 2007, la China Investment Corporation (CIC) invirtió US$ 3.000 millones para comprar un 10% de Blackstone, uno de los tres fondos de inversiones más grandes del mundo. La toma de participación del 48% de la Bolsa de Londres por parte de los fondos de Dubai (28%) y Qatar (20%), concretada en septiembre de 2007, es otro ejemplo. En otras operaciones recientes también adquirieron porciones significativas del Nasdaq en Estados Unidos, los bancos Barclays y Bear Stearns y la cadena de grandes tiendas Sainsbury"s.

Los US$ 2,2 billones calculados por Standard Chartered corresponden sólo a los fondos de los países emergentes. Pero, sumados a los de países ricos como Canadá y Noruega, se llega a US$ 3,4 billones.

"Esos nuevos actores crean un problema", asegura Steffen Kern, del Deutsche Bank.

Lejos de adoptar una actitud prudente frente al temor de Occidente, esos fondos están decididos a intensificar su ofensiva. Frente a un severo problema de refinanciamiento, el gigante bancario suizo UBS AG recurrió a los gobiernos asiáticos y del Medio Oriente, los que se están convirtiendo en los prestamistas de última instancia de muchas entidades financieras internacionales.

Para los fondos soberanos, es atractivo invertir en bancos e instituciones financieras debido a los bajos precios de las acciones y las oportunidades de relacionarse con firmas como UBS, las cuales ofrecen experiencia calificada en servicios de banca privada.

Hoy, más de un tercio de las acciones de la controladora de la Bolsa de Londres está en manos de dos firmas d Medio Oriente respaldadas por el gobierno: Borse Dubai y la autoridad de Inversión de Qatar. Londres se ha transformado en un centro neurálgico para muchos banqueros y abogados de EEUU y Europa que viajan frecuentemente al Medio Oriente para orquestar acuerdos financieros.

Los fondos soberanos "son muy listos y están analizando todas las oportunidades disponibles hoy en el mundo", afirma Guy Cornelius, un director administrativo del departamento de renta fija de Lehman Brothers Holding. "Están viendo todo porque tienen el mayor crecimiento de capital y son muy, muy sofisticados, saben que tiene la sartén por el mango y tienen la capacidad de obtener condiciones fantásticas para sus inversiones de largo plazo".

Sin embargo, las crecientes alianzas entre las firmas financieras occidentales y sus nuevos pares de Asia y Medio Oriente podrían provocar más intromisiones gubernamentales en EEUU y Europa.

Además, el Grupo de los Siete principales países industriales está tomando medidas para responder a la creciente influencia de los fondos soberanos. Representantes del G7 temen que estos fondos se conviertan en una fuente de volatilidad para los mercados financieros o causen problemas de seguridad nacional si intentan comprar participaciones en empresas que son sensibles desde el punto de vista de la seguridad.

"Todos los participantes de los mercados financieros globales deben ser tratados por igual", declaró ayer a través de un comunicado Tony Tan, un ex viceprimer ministro de Singapur y actual vicepresidente de la Corporación e Inversión del Gobierno de Singapur. "El proteccionismo financiero debería evitarse".

- El financiamiento soberano también presenta riesgos (Wall Street Journal -online- 14/12/07)

"El fondo soberano de Abu Dhabi ha invertido US$ 7.500 millones en Citigroup, el conglomerado financiero estadounidense. Singapur ha colocado US$ 9.720 millones en UBS, el gigante bancario suizo. China puso US$ 3.000 millones en Blackstone Group, el coloso estadounidense del capital privado.

¿Se trata de un fenómeno bueno o malo? La respuesta es sí.

Es un poco extraño, por decir lo menos, que Occidente empiece a reclamar cuando los gobiernos de Asia y Medio Oriente inyectan, a través de sus fondos soberanos, capital para apuntalar los balances de bancos que son fundamentales para la salud de la economía mundial. La economía de Estados Unidos necesita US$ 2.000 millones diarios provenientes del extranjero para seguir funcionando. La forma de obtener este dinero es mediante la colocación de deuda o la venta de participaciones en empresas como Citigroup y Bear Stearns.

Incluso si excluimos las vastas reservas en manos de los bancos centrales asiáticos, los fondos de riqueza soberana acumulan cerca de US$ 3 billones (millones de millones) en activos y, según algunas estimaciones, la cifra se encamina a llegar a los US$ 12 billones. Es decir, los fondos soberanos son más grandes que los fondos de cobertura y las firmas de capital privado combinados, aunque estos dos últimos magnifican sus apuestas a través de altos niveles de endeudamiento.

Los fondos soberanos plantean al menos tres riesgos.

• La primera preocupación es la reacción de los países que reciben estas inversiones. Los estadounidenses, con algunas vacilaciones, aceptan la inversión extranjera, en especial si adopta la forma de empleos en una planta de Toyota o una reducción de precios en los planes de telefonía celular gracias, en parte, a la competencia de T-Mobile, una filial de la empresa alemana Deutsche Telekom. Sin embargo, la feroz reacción en contra de la propuesta de compra de varios puertos estadounidenses por parte de Dubai Ports World elevó, por sí sola, las barreras a la inversión extranjera directa en todo el mundo. Eso sirve como recordatorio del alto grado de ansiedad que existe frente a la globalización y con qué rapidez los políticos pueden responder a ella.

La idea de que gobiernos no democráticos compren empresas estadounidenses en su totalidad, o participaciones lo suficientemente grandes para ejercer una gran influencia, es la carnada perfecta para que entren en escena los xenófobos y los proteccionistas.

"Si Estados Unidos ataca un problema (las preocupaciones particulares ligadas a que el gobierno posea empresas), con otro (traicionar nuestro compromiso con la apertura de los mercados), sólo resultará en más injerencia estatal en nuestros propios mercados" advirtió en un discurso reciente Christopher Cox, el presidente de la Comisión de Bolsa y Valores de EEUU (SEC). No es de extrañar, entonces, que el gobierno estadounidense quiera que los fondos soberanos se ciñan a alguna suerte de código de conducta.

• La segunda preocupación es tanto económica como política. Cuando Cerberus Capital Management, una firma de capital privado, engulló a Chrysler, la tercera automotriz estadounidense, hubo por lo menos una certeza: lo hizo por dinero.

Las empresas de capital privado compran a precios bajos y venden a precios altos. Esa es la razón de ser del capitalismo y los mercados. Una de las principales preocupaciones acerca de los fondos soberanos es que lograr una ganancia no es la única razón por la cual invierten.

Resultaría irónico si un prolongado período de privatización de empresas, desde China a Francia, que claramente ha ayudado a hacerlas más eficientes y productivas, llegara a su fin y fuera reemplazado por una renacionalización transfronteriza. "La lógica del sistema capitalista", ha señalado el ex secretario del Tesoro de EEUU Lawrence Summers, "depende de que los accionistas obliguen a sus empresas a... maximizar el valor de sus activos. No está claro si esta va a ser, con el tiempo, la única motivación de los gobiernos como accionistas".

Un inversionista privado saudita con una participación de 5% en Citigroup contribuyó a sacar del puesto al presidente ejecutivo. ¿Podemos estar seguros de que un país exportador de petróleo con una participación del 5% no tratará de influir en la decisión del banco de financiar alternativas al petróleo?

• La tercera preocupación es la torpeza. Cuando los grandes inversionistas cometen equivocaciones igual de grandes, las consecuencias no sólo recaen sobre los accionistas".

Del susto… a los blindajes

Este nuevo empleo de los fondos invertibles ha desatado las primeras señales de alarma. Un tímido "no pasarán" asomaba ya en la carta que el presidente Sarkozy y la canciller Merkel enviaron a sus colegas de la UE días antes de la Cumbre de Lisboa el pasado octubre. El porqué del miedo es claro: gobiernos extranjeros a la caza de nuestras mejores empresas. Y, lo que es peor, gobiernos que distan de tener claras credenciales de respeto a las leyes del mercado. La entrada de China en Barclays o de Rusia en EADS, alimentan este tipo de temores.

Sin embargo, si eso fuera todo, estaríamos ante un falso problema. Históricamente, los fondos soberanos se han limitado a buscar buenas rentabilidades. Como cualquier inversor. Si siguen actuando así, serán una oportunidad, no un riesgo. Más aún si como en el caso del Citibank se dedican a salvar a ciertos bancos de los errores de sus gestores. Deberá exigírseles una mayor transparencia en sus órganos de gobierno, en la gestión y contabilidad de sus fondos, en sus criterios de inversión. Nada que un par de confusas directivas comunitarias no pueda arreglar.

El auténtico riesgo reside en que esos vehículos de inversión se utilicen para ganar espacios de influencia. En definitiva, si Rusia decide utilizar su Fondo de Estabilización como ya usa Gazprom: como un instrumento más de una agresiva política exterior.

Y lo es por dos razones. La primera, porque la sociedad internacional ha cambiado. El mundo unipolar tutelado por los EEUU quedó sepultado en las arenas del Golfo y bajo los rascacielos de Shangai. Nuevas potencias emergen, China o la India, y se van reafirmando como actores globales. Rusia trata de recuperar su viejo papel de gran potencia. Y la segunda razón es que esos recién llegados (o recién retornados) al "gran juego" no necesariamente comparten el modelo anglosajón de relaciones internacionales. Apuestan, al menos por ahora, por las relaciones de poder. Su única guía es conseguir el propio interés nacional. El mundo puede permitirse que un pequeño país se comporte así. Pero no que lo haga una gran potencia.

Los fondos nacionales salvan las cuentas de los bancos en crisis, pero inquietan a los accionistas. Los fondos soberanos han irrumpido con una fuerza inusitada en las instituciones financieras internacionales. La mecánica de esta irrupción es la compra de importantes participaciones accionariales en bancos o instituciones financieras afectadas por la crisis crediticia. El dinero fresco procedente de China, de los emiratos árabes o del sureste asiático está compensando el terrible daño que causan los fallidos de los activos hipotecarios en las grandes entidades de crédito.

Está claro que en condiciones de bonanza económica las instituciones financieras no hubieran recurrido al dinero de los fondos soberanos para reforzar su capital. Es inevitable, por tanto, que la aparición de capitales chinos o de Abu Dhabi en los bancos occidentales genere tensiones. Una primera fuente de conflicto es que la entrada de capital compensa las pérdidas o el crecimiento de las provisiones, pero diluye la participación de los accionistas tradicionales. El dinero de los soberanos salva la cabeza de ejecutivos apurados, pero molesta a los accionistas.

La inquietud más acusada proviene de la opacidad política y corporativa de las inversiones. Es verdad que hay fondos transparentes, como el noruego, el chileno o los asiáticos de Singapur u Hong Kong. Sus reglas de inversión, sus criterios de rentabilidad y sus objetivos financieros son públicos y se conocen además los estrictos controles que ejercen sobre ellos sus gobiernos o sus depositantes. No es el caso de otras instituciones, como las agencias chinas o las de los países del Golfo, cuyos objetivos son desconocidos y pueden confundirse con los intereses políticos o estratégicos de sus países respectivos. Por ejemplo, el 10% del capital de Morgan Stanley puede ser un arma poderosa de presión en manos de un inversor cuyas apetencias vayan más allá de la obtención de rentabilidad.

Hay precedentes del caos generado por la gestión corrupta y poco democrática de un fondo soberano. Hoy el riesgo es mayor, porque las agencias de inversión son más poderosas y los gobiernos que las respaldan tienen mayor influencia. Por esa razón, los gobiernos deberían exigir transparencia democrática a los fondos nacionales que pretendan participar en instituciones financieras o estratégicas; y debieran también buscar fórmulas más sofisticadas que la clásica acción de oro.

Es el mundo al revés. Los países en desarrollo financian la recuperación de las grandes empresas de Estados Unidos y Europa. El desplome del mercado inmobiliario en Estados Unidos ha desatado una crisis que ha puesto a temblar a las grandes bolsas mundiales y ha dejado un agujero financiero que podría alcanzar los 500.000 millones de dólares, según las previsiones.

Una cifra difícil de asumir por los afectados, pero que representa apenas una pequeña parte de lo que acumulan en reservas países emergentes como China o las economías del Golfo Pérsico. El aumento en los precios de las materias primas (en especial del petróleo) y el auge de las importaciones asiáticas han dejado miles de millones de dólares en manos de países como Rusia, China, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.

Para canalizar estos recursos, se han creado los llamados fondos soberanos, enormes vehículos de inversión que hasta ahora sólo invertían en deuda pública, pero que últimamente han dado un salto importante, al atreverse a tomar participaciones significativas en grandes empresas como Morgan Stanley, Sony, Citigroup o UBS.

Un informe de Morgan Stanley fijaba en 2,5 billones de dólares el total de los recursos que manejan estos fondos. Y asegura que, en el año 2007, han invertido unos 45.000 millones en compras en el exterior. Por su parte, Merrill Lynch prevé que en los próximos cinco años, estos fondos soberanos podrían colocar entre 3 y 6 billones de dólares en los mercados internacionales y algunas previsiones apuntan que el total de activos bajo su control podría superar los 15 billones de dólares en 2015.

Con el dinero que maneja el fondo de Abu Dhabi (el mayor del mundo con unos 625.000 millones de dólares) se podrían comprar todas las empresas del Ibex 35 y todavía sobraría dinero como para adquirir algún gigante como Citigroup.

Noruega, el ejemplo

El segundo mayor fondo soberano del mundo es el de Noruega, que maneja más de 300.000 millones de dólares. Se trata de un fondo modélico en muchos sentidos. Su gestión está totalmente en manos de profesionales, utiliza los criterios más modernos de distribución de las inversiones para diversificar el riesgo y asegurar el futuro de los noruegos cuando el petróleo deje de constituir su principal fuente de recursos. Además, el fondo se maneja utilizando criterios de inversión socialmente responsable. Otros fondos soberanos, de Asia y Oriente Próximo, tienen al fondo noruego como un ejemplo a seguir.

A golpe de talonario. Nada se resiste a las grandes reservas

Petrodólares. Predilección por el sector financiero

Los  fondos estatales de Abu Dhabi y Dubai han tomado participaciones en grandes bancos. Otros países, como Venezuela, utilizan sus petrodólares para ganar influencia política  en su región.

Más por venir. Muchas reservas y apetito

Las reservas chinas crecen en más de 1.000 millones de dólares al día y los expertos prevén que el fondo estatal podría recibir 200.000 millones de dólares cada año, hasta convertirse en el más grande del mundo.

China, a la conquista de los mercados internacionales

Si un país tiene capacidad de aumentar su influencia en el resto del mundo, se trata de China. Su fondo soberano se constituyó con 200.000 millones de dólares y tiene ahora más de 70.000 millones para invertir en el exterior. Pero esta cantidad representa sólo una pequeña proporción de los 1,4 billones de dólares que el Gobierno chino acumula en reservas internacionales. La cifra está creciendo a tal ritmo que el gobierno se encuentra en ocasiones, incluso, con problemas para gestionar tanta liquidez, informa Efe.

- Operaciones de calado (Juego de números)

El acuerdo de las entidades controladas por los gobiernos de China y Singapur de invertir hasta US$ 18.600 millones en el banco británico Barclays PLC lleva la tendencia de las inversiones soberanas a un nivel potencialmente más controvertido.

Este acuerdo es uno de los ejemplos más recientes de la ola de inversiones cada vez más agresivas que los gobiernos de Asia y el Medio Oriente hacen en compañías europeas y estadounidenses. Estas apuestas están diseñadas para impulsar sus retornos sobre las inversiones, ya que exponen a los fondos soberanos a riesgos que abarcan desde las simples pérdidas generadas por sus inversiones a las consecuencias políticas de una caída inesperada de la economía. "Ha habido un incremento espectacular en los activos financieros en manos de los gobiernos", dice Dominic Wilson, director de investigación de macroeconomía global y mercados en Goldman Sachs Group.

La inversión de las entidades controladas de China y Singapur se produce una semana después de que un fondo de inversión controlado por el gobierno de Qatar ofreciera US$ 21.800 millones por la cadena británica de supermercados J. Sainsbury PLC, en lo que sería la mayor adquisición de este tipo por parte de un fondo soberano y la mayor compra de una empresa occidental por parte de un comprador de Medio Oriente.

Desde 2002 a la fecha, las reservas han promediado un aumento anual de 20%, según el Departamento del Tesoro de Estados Unidos. Las reservas globales de divisas bordean ahora los US$ 5,6 billones (millón de millones). Si uno añade entre US$ 1,5 billones y US$ 2,5 billones en "fondos soberanos", el total de activos controlados por los gobiernos alcanza "aproximadamente los US$ 7,6 billones", es decir un 15% del Producto Interno Bruto del mundo, según los cálculos del Tesoro.

El banco Morgan Stanley ha estimado que el total de recursos de China, Rusia y varios países árabes que han establecido fondos soberanos podrían llegar a la cifra de 2,5 billones de dólares, lo cual nunca antes se había visto. Esto ha permitido, por ejemplo, que parte de Chelsea, uno de los barrios más caros de Londres, sea propiedad del gobierno de Qatar, o que una parte del banco Barclays ahora sea propiedad del gobierno chino. Y así podríamos seguir en esta etapa del capitalismo, donde existen muchos recursos disponibles en estos fondos soberanos para comprar lo que quieran. Al fin y al cabo tienen dinero, que es el principal motor del sistema, ¿o no?

El orden de magnitud actual es significativo y en franco crecimiento. Hoy esos flujos ascienden a 800/900 mil millones de dólares por año, con un ritmo anual de crecimiento que supera el incremento en el mismo período de doce meses de las reservas de esos países.

En otras palabras, hay un cambio de política hacia la diversificación y búsqueda de mayor retorno de sus reservas invirtiéndolas en activos reales localizados en otros países. Eso implica que las tesorerías o los bancos de ciertas naciones acumulan cuotas partes o la totalidad de empresas localizadas fuera de su territorio.

En esa carrera, hoy China es el accionista mayoritario del FIP Blackstone; Qatar acaba de adquirir la mayor cadena de supermercados de Gran Bretaña; Gazprom -cuya propietaria es Rusia- tiene importantes inversiones diseminadas en el área energética de varios países en desarrollo. La compañía estatal china (PTR) tiene inversiones importantes en el resto del mundo en desarrollo, inclusive en Sudán que está en plena guerra civil. Un FIP propiedad de Singapur es quien cofinanció a Barclays en su intento de adquirir el banco ABN Amro. De otra manera, a través de la inversión directa de alguna de sus empresas como Petrobras y Vale do Rio Doce, Brasil participa también en ese proceso. Esta última acaba de adquirir en Canadá el mayor yacimiento de níquel del mundo. Por último, Venezuela, fundamentalmente a través de Pdvsa, tiene refinerías y estaciones de servicio en Estados Unidos y muestra una presencia creciente en el sector energético de América Latina con propuestas de asociación con empresas locales en rubros conectados con la energía.

El Gobierno chino tiene 200.000 millones de dólares para salir de compras por las bolsas este año. La conquista de los mercados financieros por parte de China no se limita a la apertura de sus fronteras para que el capital nacional pueda invertir en las bolsas internacionales, empezando por la de Hong Kong, sino que abarca una segunda dimensión mucho más preocupante: la posibilidad de que sea el propio gobierno chino el que dé salida directa a sus excedentes de tesorería mediante el uso de lo que se han venido en llamar "fondos soberanos".

Los fondos soberanos no son sino un remedo de las antiguas "oficinas de inversión" o investment offices de tan oscuro recuerdo en algunos países. De hecho, en la mayoría de los casos, son establecidos por naciones que ingresan ingentes cantidades de divisas a cuenta de la venta de petróleo. El origen del exceso de reservas chino no procede de la venta de materiales fósiles sino de un superávit comercial que supone cerca del 10% de su Producto Interior Bruto y que crece a niveles superiores al 70% interanual. El diferencial entre exportaciones, favorecidas por los bajos costes de producción y una divisa artificialmente devaluada, y las importaciones, pendientes del despertar del consumo local, ha permitido a los chinos acumular unas reservas superiores a los 1,33 billones de dólares, de los que, a juicio de los analistas, alrededor de 200.000 millones irán al fondo soberano de reciente constitución.

Blackstone, la piedra de toque

Los primeros pasos fueron dados en junio de 2007, con la toma, antes de su salida a bolsa, de un porcentaje cercano al 10% en el capital de la firma de capital riesgo Blackstone, por 3.000 millones de dólares, un 1,5% de la capacidad inversora teórica total. Una inversión, por cierto, que coincidió con el pico del mercado de acciones y ha generado no pocas críticas dentro del país, desde gobernantes poco experimentados en la dinámica de este tipo de operaciones, hasta anónimos ciudadanos que censuran que se ponga en juego de esa manera el dinero que, el conjunto del país, ha ganado gracias al esfuerzo colectivo.

La "Operación Blackstone" ha puesto al fondo soberano chino en primera línea de fuego y ha generado un debate que se ha articulado en torno a tres grandes núcleos. Primero, interno, hace referencia a la compatibilidad de este tipo de fondos, y sus inversiones, con el modelo actual de mercado impuesto por las autoridades locales. Segundo, intelectual, versa sobre su filosofía de inversión. ¿Será un hunter o cazador de oportunidades o un farmer o conservador del patrimonio? Tercero, internacional, se circunscribe a la posibilidad de que los países destino del chorro de divisas chino puedan establecer una serie de cortapisas hasta que no se aclare cuál es la intención última de la inversión o se establezcan criterios de reciprocidad inversora.

De ahí que los mensajes lanzados por Lou Jiwei, gestor del fondo, y sus colegas intenten ajustarse a un perfil lo más bajo posible. Según ellos, la toma de participaciones directas en empresas extranjeras cotizadas será una excepción, y se encuadrará dentro de la diversificación de riesgo necesaria para ajustar su perfil a los objetivos de rentabilidad preestablecidos. De hecho, gran parte de la inversión inicial se dirigirá a la compra de algunas empresas nacionales que cuelgan bajo el paraguas del Banco Central, lo que, a juicio de los analistas locales, dejará la capacidad inversora final del fondo en los 72.000 millones de dólares.

Influencia mundial

En cualquier caso, y mientras el fondo busca su identidad (gestor de empresas locales o inversor internacional) y trata de reclutar talento para su gestión, China sigue dando pasos más allá de ser, en su propio interés, el principal comprador de bonos del tesoro norteamericanos, una posición que, de por sí, le permitiría, con una gestión beligerante, desequilibrar los mercados internacionales de divisas y renta fija.

Y las consecuencias pueden llegar a ser tan relevantes como señalaba un editorial del Financial Times "con el tiempo, los inversores chinos serán tan parte central del mercado como son hoy día los norteamericanos. Sus intermediarios financieros serán más activos, operando por sí solos o a través de joint-ventures. No queda lejos el día en que los chinos sean los primeros actores en los mercados mundiales". 

En mayo de 2007, en los días previos a la salida de Blackstone a Bolsa, el Gobierno de China comprometió una inversión de 3.000 millones de dólares en la empresa de capital riesgo. Entonces, el Gobierno de Pekín no había lanzado el fondo soberano a través del cual tendría el control de esta participación. Pero se pusieron rápidamente a ello tomando como modelo el fondo Temasek, fundado hace más de 30 años por el que se considera el padre político de Singapur, Lee Kuan Yew. Este fondo, China Investment Corp. (CIC), se constituyó el 29 de septiembre de 2007 e invertirá 200.000 millones de los 1,3 billones que el Gobierno chino tiene en sus reservas de divisas.

Detrás de algunas recientes operaciones como la compra del 26% de la Bolsa de Londres y el 20% de Nasdaq, está Dubai Group, y tras la adquisición del 5% de Barclays están CIC y Temasek. QIA, del Gobierno de Qatar, vinculado a la compra de los supermercados Sainsbury.

Operaciones de calado. Los Estados diversifican su cartera de inversiones

Barclays. Accionistas de China y Singapur. China Development Bank y Temasek, de Singapur, entraron en julio de 2007 en el capital de Barclays cuando este banco estaba en pleno lanzamiento de su OPA sobre ABN Amro y necesitaba fondos. Estos dos fondos le apoyaron comprando algo menos de un 3% cada uno. Temasek es también (desde 2006) accionista del banco británico Standard Chartered y en agosto elevó su participación al 15,3%. Por lo que se refiere al banco chino, especializado en financiar infraestructuras en el país, Barclays ha creado una sociedad con éste durante cinco años para el mercado de las materias primas y de energía. Por cierto, que en la operación de compra de Barclays la entidad china fue asesorada por Blackstone.

Blackstone. El capital público y el privado cruzan caminos. Blackstone y Apollo, luego Carlyle. El muy reservado capital riesgo y el capital estatal han cruzado sus caminos. China compró, a través de lo que luego sería China Investment Corp., algo menos del 10% de Blackstone apenas unas semanas antes de que esta gestora saliera a Bolsa. Unos meses después Carlyle Group vendió un 7,5% a Mubadala Development, un fondo de Abu Dhabi, por 1.350 millones de dólares. Mubadala también ha invertido varios cientos de millones en uno de los fondos de Carlyle. A mediados de 2007, Apollo Management vendió un porcentaje pequeño al Adia, también de Abu Dhabi, uno de los fondos soberanos más grandes y cuyo objeto es hacer inversiones no estratégicas.

London Stock Exchange. Una pieza de los mercados de capitales. Los propios mercados dan que hablar y los fondos soberanos de los Gobiernos de Oriente Próximo escuchan. Apoyado en el fondo Dubai Group, el mercado de este emirato (que controla dos parqués) acordó comprar un 19,9% del mercado Nasdaq de Nueva York y comprarle a su vez a éste el 28% que poseía en el London Stock Exchange. El acuerdo se completó con la toma de posesión de Nasdaq de un tercio de una de las dos Bolsas de este emirato y el 47% del mercado sueco OMX. Un fondo de Qatar adquirió también un 20% del mercado londinense y se hizo con una participación por debajo del 10% en el OMX. Recientemente ha dicho a los reguladores que quiere aumentarla.

Sainsbury. La cesta de la compra del Reino Unido. Con el crudo en máximos, los Estados del Golfo Pérsico han decidido abrir su cartera a distintos tipos de compra. En 2006, DP World, de Dubai, compró Peninsular & Oriental, lo que le dio la gestión de varias docenas de puertos del mundo. En mayo de 2007, Saudi Basics adquirió GE Plastics, y Delta Two, un fondo de Qatar, está estudiando la compra de la cadena de supermercados británica Sainsbury por 10.450 millones de libras. El fondo ya tiene un 25% de este supermercado, que no pudo comprar antes el capital riesgo (CVC), y las negociaciones siguen para hacerse con el 100% del capital. Sainsbury, controlada por una familia, es la tercera cadena de supermercados del Reino Unido, tras Tesco y Asda.


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