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Rafael Arraíz Lucca: la mirada precavida (página 2)

Enviado por irapavilo



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No se conforma Arráiz con estos consejos y advertencias, aún tiene algo sustancial que confiarle a su primogénita, a pesar de confesarle que todo lo dicho proviene sólo de la confusión. Más intimo, más personal, con la precocidad de quien parece haber vivido mucho en tan poco tiempo, el poeta le confía a la hija un secreto: "la vieja clave de no dejarse llevar / por el juicio final", el absurdo que supone creer, como los mediocres, que se es dueño de la verdad, de las conclusiones únicas y definitivas que proscriben el amor a la duda y amar, en consecuencia, a aquellos que "la ejercen con nobleza".

Reflexivo y concluyente, el padre le ruega a la hija que no crea "en las primeras respuestas /si no vienen del rayo de la intuición", confirmando que no hay una segunda oportunidad para una primera impresión, que la epidermis entiende tanto como el cerebro, y que las intuiciones - eso que ahora llaman inteligencia emocional - tienen tanto o más valor que los argumentos nacidos de la razón. Finalmente, Arráiz le exige a Eugenia que le arranque el "sentido al lugar común" y que cuando la fatiga, la desesperanza, el descreimiento, la frustración, la venzan, recurra a los amigos, a los compinches del alma, a los compañeros de ruta, "para encontrar / el eco de tu cansancio y la fuerza, / la terquedad de la ternura".

Cristóbal y Eugenia conmoviendo a cada paso al poeta, al momento de nacer, de crecer, de hacerle cosquillas con saña, con alevosía, en la planta de los pies, de abrazarlo, de aplastarlo, de juntar sus cachetes con los del padre, para que éste, vencido por el amor y el cariño exclame: "cómo ríen mis hijos /soy feliz". El escritor está convencido de que sus hijos lo acompañaran por siempre, tanto en los momentos felices de su vida como en los aciagos de su muerte, y aspira que cuando su cuerpo gastado culmine su fatal declinación, que cuando sus pupilas desvariadas anuncien el previsible estado de coma, sus hijos muy amados permanezcan "como dos canoas en los costados del lecho".

El refugio que la familia le ofrece a las emociones del poeta no se limita sólo a su descendencia, Arráiz remonta las aguas del linaje familiar para recrear las fuentes de un afecto que se nutrió del cariño que le prodigó una abuela prestada, una tía abuela, Leonor, quien por su constancia y amor se convirtió sin más en la abuela, en Manonoy, esa abuela bolivariana que "se prendía heroica" desempolvando espadas, en la vieja casa de El Paraíso y que le enseñó al poeta "los rigores del honor / al morirse sola con las delicias de la locura". Abuela siempre presente en el afecto de un nieto-poeta que le escribe un conmovedor epitafio en el que reconoce que: "fuiste espléndida en tu gracia / en prodigarte sin reparos / como si todo fuese posible", y a quien nada le reclama "salvo la deuda que dejas con otros / y de la cual soy solidario."

La tía María, hermana del padre, también se hace presente en la larga remembranza afectiva que el poeta hace de las mujeres de su casa que parecían no tener otra misión en el mundo que arrullarlo con esmero. El escritor se traslada al lecho de muerte, al sepelio de la tía para dejar testimonio de una agonía alegre, feliz, jubilosa, consentida por una mujer que, en la víspera de su deceso, "cantaba baladas de Rocío Durcal" y que, suponemos, proscribió el llanto y la tristeza que acompaña a la muerte, haciéndose acompañar al cementerio por la música y las canciones de unos mariachis que festejaron, como si de un nuevo nacimiento se tratara, su tránsito al otro mundo, donde ya María había pactado un acomodo con Dios, cuando entre rezo y salmo, tubos y bombonas de oxígeno, le brindaba el poco aire que le quedaba en sus pulmones para exigirle a cambio que también la recibieran alegremente en el otro Paraíso, y que, por favor, los ángeles del cielo le diesen la bienvenida entonando melodías desconocidas y cánticos novedosos, cuya letra prometía aprender prontamente para dejar atrás, muy atrás, la de las baladas de Rocío Durcal.

La madre, Anita Lucca, es también objeto de la poesía intimista de Rafael Arráiz, el hijo. Se remonta el poeta al mismo día del nacimiento de su madre, un 5 de Abril de 1919, para recordarnos como si estuviese allí, en el momento mismo en que su madre vino al mundo, que "era tan liviana / y sus pies tan diminutos / que mi abuela al verla / quiso arroparla de nuevo / y dejarla para siempre / en su regazo". Mujer que suponemos frugal, hecha de largos y cotidianos ayunos, a quien le enardecen los jactanciosos y los charlatanes, y se dedica a buscar el sustrato, la esencia de lo que queda en el fondo de los estanques, más allá de los rostros inasibles e hipócritas que titilan en superficies fáciles y evidentes. Progenitora del poeta que en medio de las enseñanzas que toda madre prodiga, le mostró como recuperar el pan duro para convertirlo en alimento de otros, y como preservar los tréboles de tres hojas que en su bosque incómodo contemplan, no sin cierta envidia, al de cuatro.

Recuerdos del poeta nutridos del olvido de aquella que no consigue sus llaves ni tampoco acierta a contar completos los diez dedos de las manos de su hijo; evocaciones que se alimentan de fotografías, nuevas y viejas, de los diferentes momentos de felicidad vividos – sola y en compañía de su esposo - por una mujer que también tuvo tres años y gustaba de correr detrás de unas gallinas, mucho, mucho antes de ese momento inexorable en el que, llamada a la casa del cielo, fue cerrando las puertas de la casa de la tierra, y sus ojos recorrieron por última vez, con los del poeta, fechas y circunstancias que cimentaron medio siglo de vida conyugal y el infinito amor por un hijo que, espartano, convirtió lágrimas en palabras para perpetuar la presencia de aquella mujer justiciera que voceaba: "repartir, compartir"(...) "cuando sus hijos aún salvajes / acumulaban para sí todos los tesoros".

La madre acompaña de nuevo a su hijo incluso cuando ya no está, el poeta la trae de nuevo a su vida de trashumante y juntos descienden del auto de turismo en un remoto lugar de la India, donde "el mar bate su cabellera contra las piedras inermes" , mientras Rafael y su progenitora - guiados por un solícito adolescente - recorren las callejuelas de un universo anegado, vencido por el furor de las aguas revueltas, en las que "se divisan unos cuerpos amontonados y verdes", "restos de árboles han quedado varados / en las riberas de las calles"; su madre –atónita – observa en un muro escarapelado "extremidades mezcladas con barro". Vacas sagradas, elefantes honorables, monos venerados, una cobra afanosa, perdices gregarias, bicicletas indómitas, pavos reales protectores, jirafas hambrientas, pájaros en remolino, y "un caballo vestido con su mejor traje", enjaezado, acompañan a la "gente en su movimiento perpetuo". El poeta transita las desconocidas calles "en la hora más sagrada de la tarde", respondiendo al saludo de los lugareños – Namaste – y prosigue sin miedos ni temores su ruta, tomado de la mano de Anita, su madre, armado de un arrojo, de una valentía que nace del conocimiento de que: "Nada tenemos, aunque todo nos es ajeno, No pertenecemos, pero nada nos espanta". De regreso a la simbólica orilla, el poeta se reencuentra con su padre ausente quien "ha estado en la arena esperando por nosotros / y ahora abre el mazo de cartas y pregunta".

En un universo de tanto amor encarnado en forma de mujer (la abuela, las tías abuelas, la madre, las hermanas). Arráiz Lucca se vale de la imagen de su padre, de ese ser que vivía "encaramado en su ternura oculta" para testimoniar las virtudes de la paternidad: "esa paciencia tuya de prologar / toda ira todo odio / con el crédito bondadoso de tu justicia griega"; la franqueza con que se puede destrozar la violencia; el valor de la reflexión, "la cirugía de tus argumentos de jurista" que permite tomar decisiones "sin la fuerza de los ingenios"; la necesidad de dudar y compartir las dudas aunque sea con la guacharaca de siempre; el repudio por las glorias tontas y la reivindicación del futuro, ese que el padre convocaba estornudando en las mañanas "con tanta euforia de nuevo mundo".

Invoca el poeta a su progenitor en los momentos difíciles de su vida, le implora fervorosamente su pronto concurso amoroso; en intima oración, entre dientes, el solitario jinete de un dromedario que peregrina riesgosamente por ese desierto que implica existir, suplica a su padre que le ayude a aclarar y alcanzar el sentido final de una existencia que no desea solitaria, infecunda, inútil, intrascendente: "Padre mío que estás en el cielo, / mira a tu hijo en la travesía del desierto / y díctale al oído la ruta precisa del oasis. / No dejes, padre, que mi destino sea / la senda flagrante de la arena íngrima / ni el desolado amor de los fallecientes de sed. / Tú conoces mejor que nadie el fervor / con que te amé mientras estuviste entre nosotros: / manifiéstate ahora cuando mis fuerzas / comienzan a doblegarse por los rayos del sol. / Voy doblado sobre las jorobas y susurro, padre, / mis labios claman por el mismo ungüento que imploro / en esta plegaria definitiva, escúchame. / Condúceme hacia las aguas / a salvar mi piel y mi garganta de la sequía total".

Vida y muerte de sus padres que el poeta enfrenta sin flaquezas, armado de una valentía que se nutre de la distancia, recordando como la vida se fue convirtiendo en muerte lenta, progresiva, mientras él, cual fiel escudero a los pies de la cama de sus amados padres, contemplaba impotente como "ambos fueron respirando cada vez con mayor ahogo / sonándole más el aire por las entrañas", constatando dolido que a pesar de que "ambos tenían los ojos abiertos... no miraban".

Momentos difíciles, dolorosos, infaustos, signados por la convicción de que nada más se podía hacer por esos dos seres amados que con seis meses de diferencia fueron extinguiéndose despacio y por etapas: primero los píes andariegos, cansados ya de desandar los senderos de este mundo y deseosos de sentir en sus plantas las inéditas texturas de la eternidad, luego las manos que tantas caricias repartieron y que ahora, cambiando de color, duales, por un lado, decían adiós y, por el otro, se aprestaban a entrelazarse otra vez, solidarias, amorosas, en un segundo encuentro definitivo y sin interrupciones, y por último, sus bocas, última atadura a estas praderas terrenales, que no requirieron, ni tenían porqué, murmurar ningún adiós porque los padres del poeta, Rafael y Anita, siempre estuvieron seguros de que no tenían necesidad de despedirse de un mundo en el que todavía permanecen por obra y gracia de la palabra privilegiada de un hijo que convierte la muerte en vida, a pesar de que reconozca, lapidario y sin discusiones, que "quien ha visto morir a sus padres lo ha visto todo".

Caracas es una nostalgia

Al fin termino por entender que

yo amo

esta ciudad hasta la rabia

Caracas es una ciudad evocada, vive en permanente cambio, se alimenta de un pasado efímero que gobernantes y constructores se empeñan en conculcar con rapidez y, sobre todo, con avidez. Esa Caracas nostálgica es permanente fuente de inspiración para aquellos que buscan preservarla del olvido, transformándola en música, copla, canción o verso que se torna en recuerdo inconculcable. Rafael Arráiz Lucca no esconde su condición de ciudadano militante, de habitante sensible de una ciudad que le sirve de inspiración para que su poesía funja de aliada de esa Caracas suya y nuestra que la modernidad y un mal entendido progreso han convertido en "tierra y abono para la nostalgia".

Nuestro poeta no se contenta con ser chofer, consumidor, transeúnte, empleado, porque sabe que la ciudadanía conlleva una alta dosis de orgullo, de reclamo, de aspiración - "los caraqueños regresan a sus casas / o salen en busca de felicidad: / cómo saber dónde el alma encuentra sosiego / y el espíritu se extiende como una mesa servida" – que el escritor vuelca en sus versos, a fin de que Caracas, a pesar de ser "un forzoso ejercicio del recuerdo", se reconcilie con sus ancestrales rasgos, sus gestos, sus accidentes físicos e incluso con su presente de arterias de concreto permanentemente obstruidas y a punto de estallar.

El escritor reivindica – temprana y tardíamente - al caraqueño cerro Ávila, a ese cerro que a fuer de mirado dejó de ser visto para adquirir carácter de rutina sensorial, de mampara urbana, de gimnasio al aire libre, donde unos agotados citadinos aspiran recomponer los equilibrios del cuerpo, pensando que así aseguran también los del alma. El Ávila, cuya silueta en verano "permanece velada por la incandescencia", es reconocido por Arráiz de manera remota e indirecta. El poeta, en versos más tardíos, así lo reconoce: "El cerro cobra toda su magnitud ante el estupor de mis oídos, / tengo ahora la sensación de haber vivido al margen / de su largura, su grandeza, su ritmo, su imperio".

Arráiz Lucca se valió entonces, en su momento, de Manuel Cabré, el pintor por antonomasia del Ávila, para hacernos ver de nuevo los colores, los accidentes y las sombras de una montaña que había perdido su identidad, debido a tanto uso repetido, automático y cotidiano. El pintor es bendecido por el poeta, quien recientemente se declara ".feligrés de sus perfiles vespertinos / y un sirviente de sus amaneceres solventes", y alaba la paciencia del artista plástico, esa que le permitió "vivir noventa y cuatro años haciendo lo mismo sin otro hallazgo que la noble rutina de retocar tu invento". Con especial sarcasmo, Arráiz Lucca le agradece a su "muy querido Manuel Cabré" la mudanza del Ávila a las paredes de las casas porque nosotros no habíamos tenido tiempo de volverlo a ver, "ocupados en cosas más importantes".

Arráiz Lucca ama la Caracas que fue, la que es y la que está siendo, aquella que emergiendo de los planos de arquitectos e ingenieros, se transforma en zonificación y permiso de construcción para darle vía franca a unos constructores, a unos paisajistas, a unos urbanistas que no dejan que "nada se acerque a la eternidad", propiciando que la ciudad del poeta no la conozcan sus hijos, debido a que nunca rodarán por la misma calle ni obtendrán descanso y reposo en bancos y plazas ya desaparecidos. El escritor se erige a sí mismo en testigo privilegiado de esa ciudad que está siendo por efecto de máquinas que engullen, tragan, devoran, insaciables una naturaleza perdedora que antes se denominaba cerro, paisaje, quebrada, bosque o laguna; así, decidido, tajante, cínico, desafiante, y sin ningún asomo de duda afirma que "donde haya un movimiento de tierra estaré yo, mirando los tractores".

Caracas sucumbe y renace de sus propias entrañas, para darle paso a edificios de propiedad común, algunos extremadamente lujosos, imponentes y premiados, protegidos con garita y vigilante; orgullosos saben que no compiten con aquellos otros, cada vez los más, donde el sudor de la frente se trocó en edificación de segunda, en conjunto prefabricado, en cerámica china de segunda en vez de mármol italiano, para ser habitados por los sufridos y cotidianos usuarios del metro, el autobús y del por puesto. Sin embargo, en ambas construcciones, independientemente del lujo visible que recubre cabillas, tubos, cemento y ladrillos, existe para proteger el interés común - "la paz no está en nosotros como si lo está la guerra" - una infaltable junta de condominio, emuladora de los foros romanos, de las asambleas revolucionarias, de las sesiones justicieras de diferente cuño que inevitablemente "viven de sus víctimas", requiriendo del concurso de señoras y maridos para identificar al malhechor, quien deja de tener nombre y apellido para convertirse en nomenclatura de apartamento, en número y letra, 4A, 5C, que identifica piso y torre, culpable y víctima.

Una ciudad vive también de los encuentros furtivos, de ese amor confundido con el sexo que las más de las veces termina siendo masturbación a dúo, pura y simple, refrescada con la saliva y el sudor de una pareja cada vez menos entusiasta que, poco a poco, va reconociendo que el futuro no pretende convocarlos para que lo compartan en conjunto. Arráiz Lucca sabe que Caracas es ella y sus aledaños, la Panamericana, la carretera hacia el Junquito, la vía hacia Mariches, donde variados moteles se alimentan de jadeos y premuras que imponen una alta y muy bienvenida rotación. Hoteles paradójicos a los que se arriba con energizados bríos y urgencias contenidas para salir de ellos, arrepentidos, desencantados, confirmando la añeja historia "de creer que estamos juntos, el antiguo simulacro en el que pierde la tristeza". Paradores sexuales en los que se ejerce una parodia de amor en medio de una vergüenza propia, acompañada de perfumes baratos, paños breves y jabones sin gracia ni abolengo.

Caracas despojada de aventuras, rutinaria, cotidiana, prodigadora de ciudadanos comunes, de "seres abyectos" que salen todas las mañanas "en busca del destino". Esa ciudad de fracasos, aburrida, es protagonizada por esos oficinistas, empleados, analistas que se miran en el espejo para "confirmar sus virtudes" y comparten su almuerzo "con otros que aseguran, como él, que la felicidad asalta de improviso y sólo se trata de esperarla". Ciudad de los alienados en la esperanza que Arráiz rechaza, repudia, implorando "que no venza la abulia y mucho menos esa fuerza que nos hace dejar el mundo inmaculado".

Frente a esa Caracas de todos los días, del mismo recorrido y a la misma hora, el escritor reivindica esa otra urbe en la que los ciudadanos se ponen de acuerdo "para actividades distintas del sueño". Ciudad alegre, sonriente, que desobediente deja de lado la tristeza, la rutina, la resignación y que Arráiz asimila con sus amigos, "entre quienes se cuentan las almas menos ruines, más esplendorosas". Caracas posible que en los versos del poeta también puede ser una afrenta, un reto, una alegría previsible, un futuro conquistable. Así como hay una Caracas de la amistad, una ciudad viable, solidaria, asentada sobre las bases de un afecto que trasciende el beso protocolar y el apretón de manos, para el escritor existe también una ciudad concebida para el amor, para el reconocimiento del otro, de ese ser amado, necesario, infaltable, que debe acompañarlo incluso en esos días tristes, de "capota gris", en los que va llover, y ni siquiera tiene a su compañera, a su pareja soberana para "nadar en la autopista". Caracas amada y hecha para el amor donde "sólo es permanente lo que falta y lo que fue" y el cuerpo de la amada es también "una vuelta a empezar todas las noches".

Ciudad difícil, en la que conviven la vida y la muerte, la tranquilidad y la amenaza, la inocencia y el crimen, la fiesta y el luto, donde una cultura de la muerte televisiva e importada hace de las suyas, y el atraco, el arrebatón, el asalto, el secuestro express o el asesinato acechan en esquinas y avenidas, los viernes y fines de semana, haciendo que el poeta se reconforte porque "superamos un día sin saber si nuestra foto aparece mañana en la última página del "periódico con sus hechos de sangre".

Caracas de todos nosotros, revivida, reivindicada, por la emoción de un poeta que es capaz de prescindir del pesimismo y las traiciones para devolverle la identidad a una ciudad que vive de la nostalgia, aunque se empeña, sin embargo, en vencerla para no ser sólo un territorio del pasado y del recuerdo, porque también hace falta "llorar de futuro aunque no llegue."

Un amor con iniciales

Si la vida tiene sentido,

es tu cuerpo quien se lo otorga,

cuando lo roza la muerte

para seguir viviendo

El amor es un tema fundamental en la poesía de Arráiz Lucca. Se trata de un amor encarnado, real, de carne y hueso, con destinatario, con iniciales, que no dejan duda acerca de la pasión que despierta en el escritor su compañera de siempre, Guadalupe, a quien le pide con fruición que lo bese "como cuando no habían nacido / estos óxidos del alma".

La pareja, la necesidad del otro, el requerimiento del complemento, se explícita con vehemencia a lo largo de la obra pasada y reciente del poeta, quien se abrió a la difícil y siempre frágil vida en común vida en brazos de la amada, en una ocasión, bajo el agua, cuando supo "por primera vez de la piel y de tu boca"; en aquel momento crucial, concluyente y definitivo "ni tu ni yo sospechamos que esa tarde / un arrendajo avistó su presa más deseada / y la araña dispuso su tela más brillante".

Esta reiteración de la necesidad de la pareja, de la vida en común, del crecimiento conjunto, del te necesito porque te quiero, lleva al escritor a afirmar que: "Ni la distancia que el océano intermediaba imperioso, / ni los años en que estuviste ausente / y los pájaros no dejaron por ello de trazar su elipse, / ni el inveterado amor que puntual esperaba el cruce / de la llave en el ojal de la cerradura, / ni la costumbre de tu felicidad plana, ni sentirme ya inmune a los vértigos, / pudo." Todo lo experimentado y vivido en tiempos de ausencias, dudas y extrañamientos llevan al poeta a concluir que "si ya no es difícil distinguir / dónde empiezan y terminan / nuestros cuerpos. / Si ya está todo este camino andado / ¿porqué querer volver atrás?".

Arráiz confirma que lo contrario del amor nutriente, vivificador, lo distinto de la pareja, son aquellas mujeres rigurosas destinadas a morir solas, sin compañía, mientras pasan la vida desechando, descartando, poniendo de lado, descalificando, porque "cuando los hombres quieren amarlas, / ...ellas respiran profundo y se guardan / para mejores conquistas". Cansadas, hastiadas de ver transcurrir los días contemplando vidrieras, tomando té entre ellas, jugando cartas, ocultas por una "abultada línea de cosméticos " y de costosas cirugías plásticas, se disponen entonces a morir aburridas, sin esperanza, solas, "abrazadas a sus muñecas".

El amor en la poesía de Arráiz es una construcción cotidiana que se alimenta de las trivialidades, de las solidaridades que inevitablemente hay que erigir con la finalidad de que una buena dosis de pasado conjunto fortifique lo que de otra manera no seria sino puro noviazgo sin arraigo, cama sin ataduras afectivas. El poeta confirma que es bueno recibir el despertar juntos, "el mismo sol entrando por las ventanas", que es conveniente compartir el pan "como ocurren / las seguras faenas de un ingenio", que las certezas conjuntas pueden conculcar los atractivos y los "sobresaltos de la novedad", en fin, que tantos años en común, construidos sobre la base de la solidaridad y el entendimiento, convalidan un amor, un destino para dos, ratifican "que ya somos lo que quisimos / cuando éramos muy jóvenes y posábamos nuestras cabezas / sobre las almohadas".

Arráiz desanda con su poesía la historia del amor, del suyo y el de los demás, del nuestro, a objeto de evidenciar las dificultades, los tropiezos, los desencuentros que inevitablemente acechan a la pareja y se hacen presentes después de que "por los ojos nos llega un disparo" y "nuestras horas se agotan inmantadas / por el influjo del astro de la complacencia", y no aceptamos "otro espacio que el caleidoscopio / del juego que Dios nos ha puesto en las manos / y queremos eterno".

Amor que si quiere transformarse en felicidad permanente y duradera debe superar el tedio, el aburrimiento, el hastío, vencer "la tenacidad del fastidio" que horada, implacable, "lo que antes fue piedra y se creía invulnerable". Afortunadamente hubo un tiempo de tregua durante el cual: " los silencios polvorientos / fueron obviados por la llegada de los habitantes: / cada quien fue trayendo lo suyo / y la casa fue poblándose sin prisa / por el convoy de gitanos e ínfimos objetos (.) Lo que era vastedad y bochorno / fue bendito por la brisa fresca de la tarde".

Afecto humano, frágil, que en momentos de flaqueza personal es capaz de sucumbir ante la añoranza, ante cualquier encuentro pasado que la memoria fortifica y el recuerdo agiganta para poner de lado al olvido, propiciando que regresen los hechizos del pasado, "del tiempo que vivimos bajo el dicterio de un mago".

El escritor, herido voluntariamente por disparos menos eficientes y certeros, cicatriza prontamente heridas y llagas para, sensato y arrepentido, alejarse, convaleciente, de circos y carpas ajenas y regresar sumiso, "al camerino del primer amor" con la preocupación de que su actriz de siempre, la protagonista del afecto genuino y fundamental, haya sido llamada por otras luces a otros escenarios, para ahora, los dos, cada uno por separado, enfrentarse "a las siete culebras que estrangulan / la flor íngrima de la plenitud".

El poeta, convalidando lo construido a lo largo de una vida en común, reconoce, una vez más, que "no es fácil ver cómo el paraíso languidece / y se extingue / al lado de quien nos lo dio con sus besos / y sus ojos y sus manos y su cuerpo". De allí que predique la vuelta, el regreso a las arenas comunes que en forma de tálamo nupcial promueven un armisticio para que la ruptura no se vista de victoria, y marido y mujer, reconociendo sus raíces profundas, puedan volver a creer en un futuro compartido, en un porvenir con nombre de hijos que cuentan con sus padres al momento de acostarse y levantarse, porque éstos, sabios y maduros, pueden perdonarse y quererse "como dicen que Dios ha reservado para los elegidos / la única, extraña y deslumbrante luz / de los amantes".

Esta necesidad de futuro, este requerimiento de porvenir, es una constante en la poesía amatoria de Arráiz, quien recurre a los hijos, a los descendientes, para ilustrar incontestablemente la continuidad del amor. De esta forma, el futuro de la pareja implica para el escritor que "para ese tiempo quizás / un loquito histriónico correrá por los pasillos / hablando incoherente de crespos y alegría", así como que sus hijos sepan a cabalidad que "de las alfombras de esta casa / nacieron sus instintos / y la gloria de volar sobre los mares".

El amor en la poesía de Arráiz, además de futuro compartido con la pareja escogida se expresa también como tensión, como desencuentro, como batalla porque "amarse es estar en guerra". El poeta se ancla en las contradicciones, en los extremos dialécticos, en las antípodas de la conducta humana para preguntarse inmerso en los dominios del sentimiento: "el que suplica / y el que concede. / Súbdito y Rey. ¿Quién ama más?". Amor dual, contradictorio, en el que la derrota puede ser una victoria y la felicidad no se alcanza ni siquiera en la paz, en el abandono, en la similitud de pasión y sometimiento. Para ilustrar esta tensión, estos extremos irreconciliables del amor, Arráiz, como un Esopo contemporáneo, construye su propia fábula de la liebre y el galgo, para concluir como lo testifican y certifican tantos binomios afectivos en el mundo, que "no forman pareja / pero van juntos por la actualidad, / sin abandonarse".

Pasión plural, contradictoria, tensa en medio de la quietud, violenta en su paz, fría en su ardor, atrayente a pesar del miedo, victoriosa en la rendición, calma en su trepidación, batalla irresuelta que sólo tiene en cuenta el enfrentamiento mismo, los contendores, los enemigos que pueden o no reconciliarse, porque el resultado, el éxito o el fracaso, las razones para continuar juntos en permanente conflicto poco importan, debido a que "nada puede explicar que dos personas insistan / en matar el olvido todas las mañanas, / como dos eucaliptos rozándose / en el viento de las noches".

Muy poco tiene de platónico el amor en Arráiz, sólo algunas expresiones de un afecto, de una atracción inmadura de una adolescente que no se imagina la intimidad con el poeta, porque en la aurora de su vida, con sus quince años a cuestas, Mercedes confiesa: "simplemente, que no se cruzaron tu tormenta y la mía".

Para el escritor, el amor además de aprendizaje permanente y de batalla ocasional es tormenta, frenesí, despojo de sí mismo, locura, desenfreno, pasión desbordada e incontrolable que implica lamer, estrujar, morder, tomar a la mujer deseada por la nuca, voltearla, someterla, tenerla a plenitud, para, de este modo, paradójicamente, convertir la locura en cordura, drenando convenientemente esa demencia irracional que caracteriza al verdadero amor, ese sentimiento arrebatado que es capaz de transformar la pasión propia en disfrute del otro, en goce ajeno, en felicidad sin límites, experimentada por la mujer amada a lo largo y a lo ancho de su cuerpo, porque, definitivamente, sin ambages, el poeta sentencia: "no hay dicha mayor / que el jadeo ansioso / de una mujer feliz".

Amor encarnado - "duermo sobre la hospitalidad de tus nalgas / y despierto moroso sobre la maternidad de tu vientre" - que no puede prescindir del cuerpo apetecido, anhelado, ambicionado, de la carne, los huesos, los músculos, de los olores y humedades que lo definen y concretan, convirtiendo súbitamente al poeta en cartógrafo, en el "espeleólogo frenético de tus entradas". Amor que, en la visión orográfica de Arráiz, es costa, monte, cima, península, golfo, con los que la pasión traza mapas corporales ajenos y personales - "ya no hay un mínimo puerto de mi geografía / en el que no haya encallado tu nave" - que auxilian al poeta navegante, quien, prevenido y gozoso, se dispone en cada desplazamiento a "gozarte como si fueses un parlamento que repito / y nunca es igual". El poeta una y otra vez, como un gozoso Sísifo contemporáneo sube y baja, asciende y desciende, recorre -¿castigado? – el cuerpo nuevo y repetido de su amada, hasta que – lujurioso, lascivo, rijoso, - arriba al objetivo deseado: "Ahora mis dedos van recorriendo los accidentes de tu topografía / y juegan con los promontorios y palpan las riberas / y se detienen dichosos en el timbre oscuro / donde la historia se hace trizas y el mundo inexistente":

Poesía amatoria que, después de encuentros y desencuentros, de los avatares propios de toda vida de pareja, apuesta al largo plazo, al fruto de la simiente, a la certeza de que el poeta alcanzará por fin sus ansiados objetivos personales, momento en el que la misma G de siempre escuchará la voz serena de su esposo, luego de transcurridos tantos y tantos años, diciéndole, maduro, amoroso y solidario, que "las cosas no han podido ser / más luminosas / que tus ojos mirando las tortugas", y en ese preciso instante "un rescoldo de la dicha de Dios, / mínimo, / se nos habrá, entonces, sólo entonces, / entregado".

Maravillas de la naturaleza

Los animales que pacían allí, fueron espejos

donde reconocí mis rasgos

A pesar de ser un hombre eminentemente urbano, la poesía de Arráiz Lucca reivindica la naturaleza, sus árboles, sus pájaros, sus animales, a fin de atribuirle virtudes, valores o defectos que tienen mucho que ver con la concepción del poeta acerca de las motivaciones que condicionan la conducta, el comportamiento del ser humano: "A mi lado surcan el caimán y el perro de agua / todos hemos abandonado nuestras funciones precisas"

La vieja casona de la familia en la urbanización El Paraíso, medio urbana, medio campestre, en una Caracas que todavía no había sido sojuzgada por el concreto, la cabilla y el vidrio, ayudó sobremanera a que Arráiz tuviese contacto directo con árboles y plantas, con los pájaros que anidaban entre sus ramas o se instalaban desprejuiciados a disfrutar del pan mojado y resucitado que el poeta, contando con la feliz complacencia de su madre, les ofrecía a cambio de su trino melodioso y libertario.

El eucalipto, el matapalo, el jabillo, la hiedra, la ceiba, la trinitaria, el cactus, concitan la atención del poeta para dedicarle esa especial visión con la que trastoca al mundo, haciendo solidaria a la hiedra para que los ratones alcancen "sus destinos sin mayores contratiempos", mientras la mata conjuga a plenitud el verbo tapizar. Esa hiedra se convierte en indeleble, en inolvidable, para todos aquellos niños que la contemplan como un espejismo en el que la grama asciende, caliente y decidida, para conquistar un tejado inalcanzable; generosa "hace de los muros de las casas / regiones menos ásperas" e imbatible impide que "la desgracia o la tristeza / sobrevivan a su abrazo".

El matapalo, en la poesía de Arráiz, se transforma en una planta imprescindible para los árboles suicidas, para aquellos que, como el mijao de Tikal, no le encuentran sentido a la existencia luego de que una civilización como la maya desapareció instaurando la soledad y el olvido. El ficus dendrocida, el matapalo del poeta "sólo asfixia a los árboles que quieren morir".

Pero la muerte no sólo es exclusiva de mijaos ahogados por matapalos en la soledad de la intrincada jungla guatemalteca, el jabillo, nuestro cotidiano y vecino árbol "sufre de muerte prematura". Es efímero, poco longevo, llamado a sucumbir pronta y fácilmente ante la violencia del vendaval o la fuerza de la tromba, sin embargo, coincidimos con el poeta en que sería injusto negarle al jabillo la sombra que prodiga y la belleza que exhibe durante su exigua vida. Sin embargo, a pesar de su calendario limitado, el jabillo puede darse el lujo de anidar en su follaje a la manada de pericos que "festeja con el mayor estruendo" el desplome del gallardo y presumido chaguaramo, que carcomido "por el tiempo / (y el comején), / se desploma como si fuera / un soplo de aserrín / suspendido en el aire".

El cactus, dos cactus, le sirven al escritor para establecer las inevitables y a veces no tan bienvenidas diferencias, uno coronado por un punto rojo y otro por un punto azul, engordan mientras van afilando sus espinas; independientes uno del otro "no atienden a su vecindad ni a sus idénticas penurias".

La indiferencia al clima por parte de las trinitarias sorprende igualmente a Arráiz, quien contrasta la frondosidad del arbusto, su abundancia de flores durante todo el año, con la reducida fecundidad de las matas de orquídeas que, a pesar de vivir protegidas por ceibas enormes, sólo ofrecen una flor diminuta y anual que habla por si sola de una fertilidad disminuida.

De los eucaliptos destaca el poeta su adaptabilidad, su esbeltez, su flexibilidad, sus escasas exigencias, su inmunidad frente a las termitas y su contribución al afeite y a la salud, en la medida en que "de sus entrañas algunos extraen / la esencia de un perfume, / y otros el remedio contra la fiebre". Quizás por no haberse compenetrado para la época del poema con las enseñanzas del budismo y del taoísmo, el poeta se extraña porque nadie alcanza a comprender cómo "siendo veloces y elásticos provocan tanto sosiego".

Animales que vuelan, reptan, nadan o simplemente caminan también están presentes en la obra poética de Arráiz. Una vez más, el poeta endosa conductas y actitudes, comportamientos y atributos humanos a todos los animales que conviven en su bestiario. De las aves, el poeta se concentra primero en el pavo real, cuyos graznidos fueron tenidos, desde los tiempos de Heliogábalo, "como presagios funestos". No sale muy bien parado el pavo real en la consideración poética de Arráiz, a pesar de nobles destinos como "guardar del mal al Paraíso" o de su carácter de "emblema de la nobleza", el ave, para el poeta, es "altivo, dominante, insoportable".

El cristofue, valiente y de sueño inofensivo, vive para el escritor en una permanente contradicción que es mejor expresarla con los propios versos del poeta: "aunque es posible creer que es libre, en verdad, lo domina la desesperación: / llama a alguien que no responde/ y, sin embargo, insiste". Bella imagen de la devoción de un pájaro que busca adelantar la parusía, la segunda venida de Cristo en la tierra, llamándolo insistentemente para que el Apocalipsis se presente de una vez por todas y ponga término a un mundo condenado por unas escrituras tremebundas a tener un final poco feliz.

Las serpientes, las más venenosas y mortales, esas víboras que despiertan la animadversión, rechazo y repugnancia, la cascabel y la mapanare, son poetizadas en el bestiario del poeta. La cascabel es presentada como una madre indiferente, irresponsable que "cuando trae a tierra un hijo, lo deja reptar /entregado a su suerte", hedionda, sufre de mal aliento después de comer; no posee la virtud de la discreción, arriba a cualquier parte, desechando el silencio para que de su cola emerja el inconfundible sonido de la muerte, sembrando el miedo y la confusión entre unos cerditos predestinados a no tener larga vida. La mapanare se presenta como amante de la libertad hasta sus últimas consecuencias ("prefiere la muerte a vivir en cautiverio"), inflexible, de bajos modales, sádica ("hay quienes la dibujan riendo / mientras afinca los colmillo / en la espalda de sus víctimas"), adaptable (puede convivir en el cielo con la corte celestial) y, en especial, hipócrita, porque es capaz de "jurar amor por muchos años / antes de hincar el diente final"

De los animales que reptan, el poeta privilegia a la salamandra, a la que considera humilde, capaz de generar sus propias prótesis ante cualquier mutilación. Destaca también su indiferencia ante blasones reales y emblemas de cortes que portan su imagen, su paciencia y lentitud, así como su hidalguía ante "el mal gusto / de quien pretenda ofrendarlas", sin embargo, todas estas virtudes no significan que las salamandras sean tontas e inofensivas, que no respondan pronta y decididamente ante una ofensa, "se manifiestan de una sola vez /contra quienes las agraden: / el veneno que despiden es mortal", aunque no son tan mortíferas, tan letales tan fulminantes, como el odio y la furia: "las ruines alimañas que llevo en la bodega".

Arráiz también se introduce en el sentimiento gregario que poseen ballenas y sardinas para constatar paradójicamente que en el caso de las ballenas, el hecho de juntarse, de convocarse a través de cánticos, es sinónimo de fiesta y vida, mientras que en el de las sardinas, la reunión es un suicidio colectivo inconsciente, porque "creen defenderse al ir juntas/pero en verdad propician la tarea /de sus enemigos naturales: / el delfín, el atún y especialmente / El Rey de las sardinas". No resiste la tentación el poeta de endilgarles a ballenas y sardinas conductas y atributos: aquéllas son corteses, nobles, y un tanto despreocupadas, mientas éstas son "tontas y crueles como un imperio".

Caracoles e hipocampos le brindan también al escritor motivos para la reflexión que se desprende de sus versos. La vida de los caracoles parece ser un tanto aburrida y sin sentido: no les importa la nada o la abundancia, mueren y resucitan, resuelven con facilidad los problemas de la soledad, se autofecundan, y lo que es peor "pueden ser muchos y similares: les es difícil reconocerse y, más aún, quererse". Los hipocampos, por el contrario, han gozado a lo largo de la historia de la humanidad de una vida versátil y útil, han sido indistintamente joya, fuerza motriz, remedio contra la calvicie, pitador de buena suerte, sin perder su condición de comuna sedentaria y su capacidad para pasar inadvertidos "como verdaderos ladrones".

Sí diferencias se trata de establecer entre seres del mundo animal, nada más apropiado que contraponer el topo con la danta, al menos en lo que a sus preferencias por la lluvia o el sol se refiere. El topo ciego, de oído agudo, hiperquinético, constructor de absurdas y precarias galerías que, por carecer de conocimientos ingenieríles, muchas veces arrastra lo de arriba echando literalmente por tierra largos días de incesante faena. En virtud de su cotidiana tarea y de su frenética actividad no podrían nunca los topos amar el agua que viene del cielo, "se sabe que detestan las lluvias / porque arruinan sus laberintos", y por eso prefieren el sol, el enemigo natural de la danta, esa mezcla de rinoceronte con cerdo, cobarde, nocturna e inteligente que ama las aguas placenteras de ríos y charcos y, en especial, pasear sobre su lomo a una diosa que inventaron los venezolanos para realizar un sinigual aporte al Olimpo Universal de todos los hombres .

Si algún animal reivindica Arráiz con entusiasmo es la cabra, le otorga sitiales distinguidos:"un puesto en el cielo y otro en la historia", le endilga las mejores virtudes: tímida, precavida, ágil, perseverante, laboriosa y esforzada, para asignarle un rol salvador, un claro papel redentor: "sin la cabra el mundo habría desaparecido". Es tanta la admiración y la afinidad del poeta con la cabra que en uno de sus poemas de hace algunos años se mimetiza, se identifica con ella y expresa: "estoy atado a mí mismo / y sufro / como una cabra entre estacas / días antes de morir", y más recientemente, sin melindres, remilgos o rubores se sincera nuevamente y confiesa su mimetismo caprino: "Soy la cabra / que íngrima / mira el alba / entre las ramas del cují":

Treinta mil pies de altura

El universo es infinito,

no termina nunca

¿y dónde empieza?

Arráiz Lucca no resiste la tentación de un país distinto, de una ciudad inédita, éstos se le imponen como un mandato ineludible, suda y se excita ante la posibilidad de irlos descubriendo poco a poco para extraerles su esencia, decantando lo superfluo a fin de concentrarse en los sustratos, en los elementos definitorios, en los rasgos fundamentales. Cada viaje del poeta es una oportunidad para aprehender el ontos de un paraje, de una avenida, de una idiosincrasia, de un gentilicio, incluso el del mismo cielo europeo muchas veces transitado por el escritor y su familia, aunque en ocasiones se le torne irreconocible.

Muchas son las enseñanzas y reflexiones que otras locaciones distintas a Caracas le sugieren al escritor, desde esa primera vez, cuando a los ocho años navegó en el Rosa de Fonseca "descubriendo las leyes de los camarotes, / la simetría de los ojos de buey / y los muchos pisos que puede tener un barco". De allí en adelante el mundo se le hizo pequeño a un escritor deseoso de ser protagonista tanto de su tiempo como de su espacio.

Viena lo conmovió muy tempranamente porque se le ofreció como "un carrusel que nos va mostrando el mundo", ese universo que, en este caso, se llama Austria, un país discreto, musical, pleno de gazebos sonoros, de gastronomía sencilla y honesta, donde el poeta volvió a ser conductor y pasajero por excelencia de los trenes eléctricos de su infancia, y tuvo el encuentro decisivo consigo mismo para aprender contundentemente que "vivir es mirar hacia adentro".

Arráiz siente que a su casa "le son insuficientes las ventanas / y que su sola puerta no basta / para dejar salir el vapor". De allí esa necesidad de espacios distintos, de parajes lejanos como el de Irlanda donde "se puede pasar / de la verde placidez de un rebaño de ovejas / a la elocuencia de un acantilado", o como el de La Paz, especie de "cuerda de equilibrista" que semeja al satélite del Planeta Tierra, en la medida en que la gravedad parece no existir y cuesta respirar, y todo se hace más lento en ese barranco andino que se cubre de ruanas y de alpacas en medio de una cordillera que funge de columna vertebral de una manera de ser y de sentir, común a unas gentes que el oportunismo y la traición separaron para introducir las odiosas nociones de país y de frontera.

Las olas y la nieve, las velas blancas y un bote terco entusiasman por igual a un poeta que es capaz de estirar sus versos para que en ellos habite tanto un malecón tropical del Caribe como el río Neva que cruza la ciudad de Leningrado (ahora, San Petersburgo). En ambos casos, el escritor se identifica con el paisaje para reclamar la presencia de un "hombre herido por el insomnio y la ausencia" en medio de la blancura silenciosa de ese lienzo de invierno llamado Leningrado, que a lo mejor es el mismo hombre que, ahora, mirando el mar, "saborea unos calamares en su tinta" distraído por el aleteo de unas gaviotas tropicales que nada tienen en común con las grullas soviéticas.

Un viaje supone un punto de partida, un aeropuerto con sus salas de espera, su tráfago, sus quioscos, el ir y venir de vidas que se cruzan generando mil preguntas acerca de orígenes y destinos. Para Arráiz esas salas de espera de los aeropuertos pueden ser un cadalso, un sitio en el que "comprende que va a morir" y que sólo puede aferrarse a la existencia, enamorándose fugaz y tontamente de una mujer que no tiene rostro de vida en común o bien cumpliendo a cabalidad los trámites de inmigración y aduana, únicas evidencias de una condición de viajero impenitente que asume esas acciones cotidianas, episódicas, sin abolengo, como una forma de sacarle la lengua al destino, burlándose de él, apropiándoselo para confirmar un señorío, una majestad frente a "algo para lo que no tiene nombre."

Los seres cotidianos

Babel está allí

condena e imitación:

saber de los otros tanto

como de nosotros mismos

No puede prescindir Arráiz Lucca de su entorno, está pendiente de los mensajes que le envían cosas y gentes, amigos y enemigos, compañeros de trabajo y vecinos, pintores y poetas, para transformarlos en versos donde se asienta una enseñanza, una conclusión, un respeto, una admiración e incluso una venganza.

La poesía le sirve a Arráiz para rememorar, para preservar del olvido, objetos, cosas, seres, personas, que en algún momento de su existencia dejaron de ser lo que eran, a fin de ser lo que efectivamente el poeta quiere que sean. No puede ser más explícito el escritor: "las cosas son / lo que de ellas persiste / en la memoria (...) Las cosas nada son / hasta que alguien / las mire de reojo". Entre esas cosas que el poeta mira de reojo, destaca la propia casa de su infancia y de su juventud, los objetos y animales que la poblaban. De esta forma, mirándola con los ojos de la emoción, el poeta rescata del olvido, y de la eventual picota, a la casa de El Paraíso: "la casa estaba en pie y sobre su pararrayos / descansaban los mismos zamuros que recibieron a mi madre / el 5 de abril de 1919". Evocada y cantada en sus versos la vieja casona es transformada por el poeta en "una oración que escucha mi mujer / cuando sudo sin sueño por las noches".

Esa casa del afecto, de la familia, de los primeros descubrimientos del mundo "era el sitio del perdón" y estaba habitada por cosas y seres que, indistintamente, ocupan ahora la atención del escritor para ser vistas de manera diferente a como las vemos los demás. En este sentido, "los platos son espejos que vamos limpiando / para luego vernos.", "la mesa es una tregua", la campana en la puerta llama "a la liturgia de la risa / de un perro – Balín – a quien enseñé a ser toro", y en la azotea de la nostalgia el poeta conserva aún en sus brazos "un conejo bautizado Jai Alai".

Metamorfosis bienvenidas, protectoras, que el poeta dota de ironía y de cinismo, para protegerse de un mundo en el que pululan los seres pequeños, los mediocres, los charlatanes, los falsos dirigentes, en fin, esos seres cotidianos producto de una sociedad que propicia el ascenso social, el académico, el político o el militar patrocinado por la envidia y la mentira. Arráiz utiliza su poesía como un arma benévola que, sin embargo, arroja dardos letales, efectivos, instalándolos allí, donde más duele, en el orgullo de quien se ve develado por la palabra justiciera del escritor. Iraida es un buen ejemplo de las venganzas inofensivas pero certeras del poeta, esa supervisora gerencial que "huye de todo aquello que la sitúe / al filo de delatar su ignorancia", pero que, sin embargo, "asciende con velocidad" utilizando el "oficio de los otros / para presentarlo como propio".

Este es también el caso de las mujeres de servicio, de esas "nuevas reinas" que "huelen el rastro / que de nosotros queda / en las almohadas", a las que "les aumentamos el salario / y los días de asueto" para que ellas, ingratas y calculadoras, nos dejen "de nuevo, / entre el jabón y la reja". O bien, el del líder que se presenta abierto, justo, tolerante, para luego de haber engañado a todos y obtener el ambicionado poder, confesar que: "lo ejerzo con pasión transformadora, el universo cambia bajo mi sombra fértil: / no acepto disidencias. / Soy la paz unánime del orden".

Los hombres pequeños que "casi gritan /cuando hay otros a su alrededor / y susurran y murmuran / cuando están solos" tampoco escapan al ojo escrutador de Arráiz, quien realiza una radiografía de sus más profundas frustraciones y motivaciones, descubriendo, poniendo de manifiesto que "un mínimo desplante / pueden llevarlo como herida / sangrante / antes del día dichoso de la venganza". Hombres pequeños, inseguros, volátiles, inmaduros, que unas veces "miden casi dos metros / y otras, uno y medio".

Previsivo y precavido Arráiz recupera para beneficio de todos nosotros y a fin de que nos protejamos convenientemente del prójimo, las cuatro máximas de Hernández, a saber: Primera: "muchas veces un saludo puede ser / empujar a alguien que mira el mar / desde un acantilado". Segunda: "una oferta, / casi siempre, lleva oculta una estafa / en el reverso". Tercera: "si no hay sitio para ti / es porque todo está lleno de rufianes". Cuarta: "Todo se olvida, / menos aquello que nos espera en el poniente".

Ni siquiera las aeromozas se salvan de la mirada escrutadora del poeta, siempre preocupado en saber algo de los demás. En esta oportunidad, la larga travesía por los cielos del mundo, le sirve para elucubrar acerca de las carencias y querencias de aquella aeromoza que "como los árboles, / busca una tierra para quedarse", convencida de que después de tanto vuelo, itinerario y pasajero ha perdido el piso para siempre.

La admiración y el respeto surgen también de la poesía de Arráiz para indicarnos con claridad preferencias y distinciones. Borges, Cavafy, Edgar Lee Masters, Bob Marley, Jack Nicholson, Manuel Cabré, y en especial, Armando Reverón, el pintor que hace nacer el sol y la luz en Macuto, son convocados por el escritor para rendirles personal homenaje en su polifacética poesía.

El caso de Reverón es revelador, este artista plástico despierta una admiración muy particular en Arráiz, quién le dedica 25 poemas, en los que el creador de Macuto se viste y se desnuda para que lo descubramos tal como es o como ha podido ser.

Arráiz Lucca construye "imágenes de imágenes" de una obra plástica que admite lecturas dispares, provenientes de enfoques y perspectivas personales, que desarman, desengatillan el revólver de aquellos ingenuos reduccionistas que conciben la crítica de arte como el simple y anodino ejercicio de un nuevo oficio, gremial y colegiado, asentado en el fastidio que supone la disección de la obra plástica, o la simple y tediosa enumeración de fechas y circunstancias que pretenden asimilar con la Historia, con H mayúscula, reivindicando sincronismos que se transforman en anodinas anécdotas y en superficiales recuentos de fechas y circunstancias.

Los 25 poemas sobre Reverón de Arráiz reivindican una emoción poética que, en el siglo pasado y en el presente, concretaron escritores deseosos de otorgarle un sentido vivificador a la imagen, desechando ataúdes, entierros, morgues y sepulturas. Nuestro poeta se adentra en el alma del creador de Macuto para legarnos imágenes dispares que complementan las del pintor de la luz: religiosas: "todos rezan con el anhelo / de hallar oídos para sus plegarias"; evidentes: "el sol es la forma más clara / de quedarse ciego"; lúdicras: "expectante / como la flor de la cayena / que espera el beso / del colibrí"; esperanzadas: "una palma como una cruz / esperando la redención / y la gloria"; resignadas: "llevo años esperando tus canciones"; reveladoras: "pero hay noches en las que Dios / tiene una linterna en la mano"; permisivas: "cuando no posan para mí / andan por los caneyes / haciéndose las locas"; afectivas: "somos amigos. / Reverón y él también lo fueron"; y en especial, biográficas: "Ahora que llevo la luz por dentro, la luz que me dispensas, ahora que soy ciego / es cuando más veo".

Arráiz y Reverón, distanciados por el tiempo, hermanados, sin embargo, por una emoción libertaria que los lleva a prescindir de las pajareras de los hombres para, afortunadamente, confirmar que la libertad creativa, la verdadera, puede sustentar que el blanco es, a la vez, color y temperatura, y más allá de las desabridas sabidurías plásticas: lo anodinamente blanco: "puede ser frío o caliente".

Sin embargo, luego de la lectura de sus seres cotidianos, un tanto decepcionado de sus semejantes, de su prójimo, de los humanos en general, el poeta constata: "Los cuadrúpedos han sido fieles, / las aves también, las luces y las sombras no han cesado en su juego; / pero la gente se fue, / se cansó de intentar el concilio, retomó sus argumentos y siguió su camino, / Cada quien volvió a adorar sus dioses

/ y elevar sus plegarias".

El desencantado escritor hace lo propio y reconociendo que "soy lo que siempre he sido: / una mínima partícula amada por un Dios memorioso", sale en busca también del ser más cotidiano de todos: Dios, el omnipresente y omnisciente, ese ser superior que "no es nada claro", pero que tiene la virtud de sentarse "a la mesa / hasta con su peor enemigo", se apoltrona también en la obra de este poeta inquieto, que busca y se pregunta, que inquiere y va de gente en gente, de cosa en cosa, de ser en ser, de divinidad en divinidad buscando las respuestas que le permitan descifrar "los mensajes de otros lares, de otras maneras de girar".

Allí está pues Dios en toda su plenitud, descubierto por un escritor ansioso, quien, en medio de una de las mayores revelaciones divinas que ser humano haya podido disfrutar, sentencia: "Así es Dios: / cuando crees que has descubierto / el sistema de las paradojas / le da por ir al grano sin espejos ni ironías, / y cuando crees haber entendido su lenguaje llano, se pone con oscuridad / que ya nadie comprende. / No deja un segundo de trabajar sobre ti / y de ir modelando tu espíritu / para ver hasta dónde eres capaz de avanzar / o si te deja solo a la mitad del camino".

Ante el espejo

Por que ya el que fui no soy

y no quedan las costras de aquel otro

que esperaba en el desespero

Arráiz Lucca se escruta a sí mismo para entender a los demás. Los otros, disímiles, variados, distintos: padres, hijos, árboles, sitios, animales, vecinos, amigos y no tanto, le sirven de motivación para establecer ese amplio compendio de virtudes humanas en el que se traduce su poesía. El poeta apuesta por el hombre y su circunstancia, por su aquí y su ahora, pero ese albur no implica que se desprenda de un conjunto de valores y preceptos buenos y útiles para la convivencia humana, que hace suyo, defendiéndolo a ultranza, a capa y espada sin ánimos moralistas e inquisidores.

Para el poeta lo humano se encuentra en el fondo de su condición de hombre, expresado en forma de virtud que se debe reforzar o de defecto que se debe proscribir. Buena parte de su obra poética es una compilación de enseñanzas que se convierten en conclusiones, consejos, admoniciones o advertencias. Así ocurre con la virtud de la tolerancia, atributo fundamental de la convivencia entre los hombres, que Arráiz reivindica con frecuencia y vehemencia. A la hija, a Eugenia, le advierte al mismo momento de su llegada al mundo de los encuentros "que si alguna de las virtudes es indispensable, / la tolerancia es la primera: / ella te regalará la lucidez / y algo que todos dicen buscar sin descanso: / la paciente y esquiva justicia". Virtud difícil, escasa, que ni siquiera la propia naturaleza es capaz de producir autónomamente en forma de "flores de la tolerancia".

Virtud comprometedora y comprometida, de difícil ejercicio que implica un desprendimiento, un continuo despojarse de dogmas y certezas, de herejías y anatemas, de ideas preconcebidas y prejuicios, para reconocer la diferencia, y sobre todo, lo disímil, lo desigual y asimétrico, lo incomparable, porque después de todo, más allá de teorías y elucubraciones, la tolerancia es la reivindicación, el reconocimiento de que los demás, los otros, poseen el legitimo y justificado derecho a ser distintos, a no creer en lo que yo creo, a preferir otros cultos y otros credos extraños y bizarros que desacomodan los propios conceptos y las creencias acendradas.

A pesar del tono sombrío y un tanto derrotista de algunos de sus poemas, el poeta ama como nadie la alegría, ese estado de ánimo que disfrutó desde muy temprano, durante aquellos días de tanta holgura en su casa de El Paraíso donde "la vida gastándose tan rápido / se hace eterna y alegre". El poeta quiere regresar aunque sea por un breve instante a esos tiempos de inenarrable felicidad: "Voy hacia mis años perdidos, / vuelo hacia el oeste del valle donde nací: / allí esperan los días en que fui feliz / como un caimán sin deseos".

Alegría que unida a una aspiración permanente de futuro se transforma en optimismo, en fortuna posible y bienvenida que muy probablemente le permitirá al poeta gastar "el tiempo en los azares del ocio", mientras espera ver "la victoria de la noche y el sol humilde construyendo su venganza". Alegría real, significativa, que en el caso de Arráiz Lucca es una afirmación espontánea, genuina, de vida y convivencia que nace de lo más recóndito de su condición de hombre que ama la existencia.

Arráiz es un apasionado del sosiego y, en consecuencia, un enemigo irreductible de su contrario: el desasosiego. Esta preferencia lo lleva a preguntarse escuetamente, en uno de sus poemas más breves y concisos: "El que canta y el que escucha: / ¿a quien prefiere el sosiego?," así como a concluir, escéptico y resignado, que "una nube blanca / que ha ido creciendo en el sitio / impreciso / que ocupa el alma" y que "no es plácida / ni melancólica / ni desesperada / tampoco anuncia la vastedad del desasosiego", este particular estado de espíritu, pesado, agobiante, que "durante mucho tiempo llevamos como Atlas en los hombros".

Estas ansias de sosiego, de paz, de tranquilidad, de silencio, se compadecen con la afirmación de que "no quiero otro jadeo que el de mis carreras / por no perder los trenes, indispensables" para conseguir, quizás, ese sitio "donde mis días no tengan otro objeto / y no haya otro ruido / que el de la maquinaria en mi pecho", porque lo que desea con mayor fruición el escritor es dejar atrás aquellas jornadas malgastadas, inútiles, ingratas, "oyendo por los auriculares (...) el erizo del caos, / la comedia / y las incontables máscaras del diálogo / de los sordos". Por esta razón, inspirada y místicamente, afirma que el sosiego, en lo que consideramos su expresión más pura, el silencio, "es el sonido de Dios".

Esta búsqueda de sosiego, de silencio, de paz interior, puede ser confundida con la corrección, con esa pretensión de que la existencia transcurra dentro de los cánones ortodoxos y precisos que prescribe una mayoría que pretende ser unánime. Ante esta distorsionada corrección, el poeta reacciona advirtiéndole "a los que me acusan de correcto: / que tan sólo revisen el fondo / de mis mesas de noche", Mesas de noche en las que, en confesión aparte, el escritor tiene a mano las cosas, los productos, los apoyos de un hombre común y corriente: una aspirina, un bolígrafo, un cortaúñas, un condón.

Para mostrarse todavía más contundente ante ese atribuido afán de corrección, Arráiz explícita, clara e inequívocamente, sus odios, sus aversiones, las circunstancias que lo desacomodan y descoyuntan: el horario del mundo, el rigor de las mañanas, su fracaso ante las imposiciones del sueño, el sudor sin oficio, la soledad, en fin todo aquello que le niega, le imposibilita "la intuición de ser yo mismo".

A estas aprehensiones y rechazos, el poeta suma otros: la ausencia de dirección al igual que la terca certidumbre de que existe una sola y exclusiva, la incapacidad para escuchar a los demás, aunque quien la ejerza sea una majestad, "la carroña / y el trato cruel que se dispensan / los hombres", los espantos terribles que la memoria puede brindar, el olvido cotidiano por parte del hermano rico, la imposibilidad de volver después de muchos vuelos, "la esperanza / por el mundo mejor / de mis amigos marxistas", la voz baja de los hombres de uniforme, "el rumor de la maleza ahogando los maizales", las comunidades que viven de sus víctimas, el propósito comercial de las calles de las nuevas urbanizaciones, "los jactanciosos y los charlatanes", y, en especial, la abulia, la tristeza, la ausencia de futuro.

Más maduro, mucho más consciente de cómo son los hombres y las cosas, el poeta va dejando atrás la desesperanza que en el algún momento le llevó a verse "doméstico, incrédulo y opaco" y el desencanto de saber que hay realidades inevitables porque "la naturaleza tiene sus leyes / y no soy yo quien pueda enfrentársele". Así, Arráiz confirma que "atrás han quedado los años iniciales / cuando me empeñaba en remar / en contra de la corriente y en mala compañía", ratifica que sabe como protegerse, que no todo se ha perdido, que puede renacer de sus propias frustraciones y de las traiciones ajenas para crear una nueva flota dotada de velas de colores brillantes, de insignias visibles pero ambiguas, aunque aquel que se acerque comprenderá que se trata de blasones, de banderas "de un hombre que quiere ser feliz".

En plena madurez poética, el escritor - cernidas y decantadas sus numerosas andanzas y singulares avatares – anuncia que lo asiste la certidumbre y es feliz; ligero de fardos espirituales y equipajes terrenos, "nada cuelga en mi pecho, / nada se enrosca en mis muñecas", proclama que: "Voy hacia la nada de mi mismo, / hacia la desintegración / hacia la unidad en un solo átomo (.) Seré nadie sobre las aguas quietas: / ni yo mismo llegaré a recordar quien fui, / cuáles muros levanté con mis manos, / cuántas puertas cerré cortando la brisa / no a dónde fueron a parar las semillas de almendro que guardé en mis baúles de infancia".

Felicidad que el poeta busca sin cesar, constantemente, en todo lo que lo rodea, procurando obtener una paz, un silencio, un sosiego que no resulta fácil conseguir en un país sin identidad, sin conciencia de su pasado y sin visión de su futuro, de allí que afirme que "todo aquel que busque un país / donde nunca ha habido uno / termina por no encontrarlo", envidiando "la palabra patria" cuando lee a Jorge Luis Borges para preguntarse, herido, lacerado, molesto: "¿qué jugada sucia del azar / nos dejó esta tierra seca / donde crecen tanto los insectos?".

Sin embargo, en este país de bochinche, de estulticia, en el que parece que "el saldo de la historia es un bostezo," Arráiz, a pesar de todo, insiste en buscar su felicidad, lejos de improperios y vindictas. Aunque pareciese querer ejercer una dulce venganza, reconoce que "no puedo, / nada saco en claro dañando a los otros tanto / como se me ha dañado a mí". No comulga el poeta con la venganza, no está en "la espesura de mi sangre" afirma, más bien se aferra a sus propias posibilidades, a la solidaridad de esa voz que lo tranquiliza, lo reconcilia con lo que es y lo que será, diciéndole que "la felicidad / será tanta que todos estos años / encendiendo la luz al anochecer / quedarán bajo el peso del olvido".

Renovando sus fuerzas y sus flotas, arriando nuevas banderas, sosegado y vengado por efecto del paso de la historia, el poeta se decide a prender la luz, a iluminar sus rincones interiores para desechar las oscuridades propias del desterrado que sobredimensiona el peso y el paso del tiempo, o las penurias del escritor que percibe que "este oficio al que estoy condenado / no es más que una de la pruebas del infierno".

Reconoce Arráiz que la fuente de su "desdicha / es saber que todo discurre a mis espaldas". Para responder a esta circunstancia y a esta infelicidad, el poeta se erige en artífice de su propio destino y del de su personal patria, en la medida en que determina, establece y certifica "que el país puede ser sólo el que yo decrete desde mi imperio". Como monarca de sí mismo y emperador de su destino; Arráiz se propone ejercer su majestad y abolir de un plumazo la adversidad con sus dictámenes, ser todas las voces y las máscaras, responderse todo aquello que ansía oír y modificar a su favor, con el uso de su fuerza creadora, cualquier contrariedad, desencanto, desaliento que se le presente. En estricta intimidad develada reconoce el poeta: " Estoy solo, nadie ha acudido a ayudarme, mi vida ha sido un reino solitario, pienso, / quizás por eso me acostumbré a hablar y a responder / como si en mí se congregaran las voces de un templo".

Después de estos actos justicieros y necesarios para restablecer el imperio sobre su mundo, Arráiz culminará el largo viaje hacia si mismo, dejándole por escrito a sus herederos, como cláusula fundamental de su legado espiritual, la siguiente disposición: "Una sola instrucción he dejado a mis deudos: / al apoderarse de mí la tiesura, / abran las ventanas para que mi alma encuentre su rumbo, / déjenla ir, / no interpongan ningún obstáculo a su vuelo, / el aleteo de las palomas que se anuncian / con el carraspeo de sus gargantas / las anunciará la ascensión del espíritu que encontró en mí / la hospitalidad de un cuerpo romo, / poco filoso, naturalmente tibio, herbívoro, / proclive al regazo de las hembras. He muerto".

El poeta confía que después de su larga travesía por los ariscos rincones de su mundo, de la accidentada ruta vital recorrida, tendrá el tiempo y el derecho para proferir el necesario: "ya basta", y alcanzar a descubrir, por fin, su verdadera esencia, el peso exacto de su alma, el justo grosor de su espíritu, la textura de su ánima, aquello que siempre le fue propio e huidizo: "y guardo la esperanza de ver allí, / el cruce de los tendidos, / el remolino de las aguas, / la estrella sobre la que giran los cuerpos, / y algo que no tiene nombre / y te recorre sin muelle, / voy como quien lanza su último dado / hacia el plexo solar".

Seguro está Arráiz Lucca de que en ese minuto, en ese preciso instante: "al fin, el mundo terminará por pertenecerme" y podrá obtener el reposo ansiado, la certeza última, el sosiego final, la definitiva paz interior, momento en el cual, Guadalupe, su mujer amantísima, fungirá de poltrona, cuando el poeta reclame firme, decidido, conforme y sosegado: "silencio, silencio / que voy a acostarme sobre el lado derecho / y miraré el poniente / y no escribiré más y dejaré de preguntar".

 

 

 

Autor:

Enrique Viloria Vera


Partes: 1, 2


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