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Luis Donaldo Colosio: magnicidio y contexto social (página 2)

Enviado por marcos cueva



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El propósito de esta monografía no es reconstituir a fondo los hechos del 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, en la norteña y fronteriza ciudad de Tijuana (Baja California Norte), lugar donde Colosio fue asesinado. Sobre esos hechos se ha dicho todo, o casi, desde lo verosímil hasta lo absurdo, y por cierto que muchos de quienes quisieron llegar por cuenta propia a la verdad también fueron ejecutados. En aras de comprender a la sociedad mexicana de ese momento y sus limitaciones, esta monografía recoge en cambio, entre otras, las voces que incluso desde antes de lo ocurrido el 23 de marzo de 1994 anunciaron la muerte del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI): "lo van a matar", era un rumor que corría incluso desde antes del famoso discurso de Colosio Murrieta el 6 de marzo de 1994, discurso que fue interpretado como lo más parecido a una afrenta al entonces mandatario Salinas y al salinato. No importó demasiado la rectitud del sonorense en el discurso de ese día, y de lo que dijo no tuvo eco sino la muy supuesta crítica al gobierno de turno. En efecto, importaba nada más que Colosio hubiera roto, supuestamente también, con el presidente Salinas, siendo el candidato sucesor y enfrentándose al antecesor, de un modo que parecía muy apresurado. Atribuyéndole esta falta o culpa a Colosio, no pocos dieron a entender que el propio Colosio se había colocado en la situación de ser "ajusticiado". En suma, que "le tocaba" –como se dice en México- porque había cometido el más craso de los errores, "meterse con el presidente": un error más entre los muchos que se le atribuyeron al sonorense. Quienes decían que Colosio era un títere y un Don Nadie también lo criticaron por lo contrario: por su actitud independiente, pocos días antes de ser ejecutado.

Hoy, la memoria de Colosio no interesa demasiado, aunque el Partido Revolucionario Institucional llegue a servirse de ella y existan distintas y variopintas Fundaciones Colosio, además de calles y "bulevares" con el nombre del sonorense, amén de una muy mal hecha estatua en el Paseo de la Reforma de la capital mexicana, estatua acompañada además de una frase que se le atribuye falsamente al finado ("el mundo no nos fue heredado por nuestros padres, nos fue prestado por nuestros hijos"). La vox populi, sin creer en la existencia de un asesino solitario, designó a los culpables del asesinato: en particular (también lo dejaron entrever como posibilidad el ex líder de la juventud priísta Democracia 2000, Ramiro de la Rosa, Diana Laura Riojas y Luis Colosio Fernández, así como Guillermo del Río Ortegón)[7], al mexicano de origen francés José María (Joseph Marie) Córdoba Montoya, ahora ex Jefe de la Oficina de la Presidencia (que ocupaba sin ser mexicano de nacimiento) y considerado por algunos como el "supersecretario" o "vicepresidente" de aquel sexenio, con influencia tanto en algunos medios académicos –en los cuales deslumbraba- como en el submundo donde apareció con algo así como una "Narco-Mata Hari" y a la par agente federal, Marcela Bodenstedt. No fue un crimen de Estado supuestamente perfecto, que no haya dejado rastros. Resulta llamativo que el Partido Revolucionario Institucional haya archivado el reclamo de esclarecimiento. Junto con Luis Echeverría Alvarez, el único político en reclamar a principios del siglo XXI ocasionalmente que sea reabierto el asunto ha sido el opositor Andrés Manuel López Obrador (Partido de la Revolución Democrática). De las amistades de Colosio Murrieta no quedaron muchas fieles a su memoria. Se dispersaron o aparecieron en los espacios políticos más insospechados, motejados además muy despectivamente como "las viudas de Colosio". Por su parte, los hijos de la pareja Colosio-Diana Laura Riojas han crecido y fueron cuidados por sus abuelos (los padres de la misma Diana Laura Riojas, oriunda de Nueva Rosita, en el norteño estado mexicano de Coahuila). Diana Laura Riojas falleció de una enfermedad grave –que ya tenía antes de ejecutado Colosio- al poco tiempo de asesinado éste.

Así las cosas, este texto no está destinado a reconstituir toda una historia sobre la que existe una bibliografía que consideramos suficiente, incluso abundante. En cambio, hemos destacado y puesto en paralelo los dos universos culturales a los que aludiera el finado sonorense: las interpretaciones de los hechos varían mucho, según se trate de privilegiados o no, y a partir de aquí queda planteado el problema de la relación de casi toda una sociedad con la verdad. En País de mentiras, Sara Sefchovich sugiere, parafraseando a Justo Sierra, que la sociedad mexicana tendría "aversión radical" a la verdad[8]¿Es así? No sería un caso único en el mundo. Con todo, desde muy temprano en el siglo XX Martin Luis Guzmán había hecho observaciones acuciosas sobre el problema. En El águila y la serpiente, libro clásico sobre la epopeya revolucionaria mexicana, el periodista y escritor chihuahuense –también norteño- sostiene lo evidente: la verdad es un peligro para quienes viven de simulaciones[9]Al mismo tiempo, Martin Luis Guzmán llamaba a no fiarse demasiado del instinto popular, que puede equivocarse e "inventar heroísmos y grandezas en hombres de barro y suponer infamias y crímenes que no existen"[10]. Podemos decir que el primer rasgo ha servido para que el "instinto popular" –es intuición- detecte o crea detectar, detrás de la simulación, en dónde se encontraría la verdad de las cosas. Para los privilegiados, el otro argumento debiera ser el válido: no por ser de origen popular una intuición es válida, antes bien al contrario. Es mediante estos dos mecanismos que la difícil verdad –la colectiva- del crimen de Luis Donaldo Colosio se fue diluyendo y perdió el poco interés moral que despertó. En las investigaciones y entre un montaje tras otro, los fiscales se toparon por lo demás con una representación completamente falsa de la verdad, representación frecuente en México y en función de la cual actuaron: "en nuestro país –escribía en1973 el filósofo mexicano Luis Villoro- rara vez se toman decisiones de alcance social por amor a lo que se crea justo; casi siempre es por consideración a las personas o los grupos que creemos favorecer con ello"[11]. Fue así que no pocos eludieron la pregunta que acompaña normalmente a todo crimen, máxime de esta naturaleza: ¿quién se beneficia? La respuesta no debió ser exactamente personal, sino en términos de intereses y proyectos de país. El historiador Enrique Krauze se hizo en algún momento una pregunta de mucho interés: ¿quién mató a Luis Donaldo Colosio: el odio de la ambición o del desinterés?[12] Agreguemos: ¿o de ambas cosas?

¿Padre e hijo?

Desde el 28 de noviembre de 1993, cuando Luis Donaldo Colosio Murrieta se convirtió en precandidato del oficialista Partido Revolucionario Institucional a la presidencia, algo turbio empezó a moverse en la sociedad mexicana, supuestamente en cambio y "transición". Colosio apareció casi de inmediato como ilegítimo y por ello sin derecho a forma de existencia alguna, y luego de vida. Lo primero que se dijo, en México como en Estados Unidos, es que el sonorense era el "señor Continuidad", completa hechura del entonces mandatario mexicano Carlos Salinas de Gortari, interesado en perpetuarse en el poder mediante algo así como un plan transexenal. La periodista Gisela Arriaga recogió una nota periodística muy llamativa aparecida el 29 de noviembre de 1993 y atribuida al grupo "Consultores Interdisciplinarios":"Colosio –decía esa nota del rotativo mexicano La Jornada, considerado de izquierda- ha contado con la capacidad para convertirse en el hijo (el subrayado es nuestro), la hechura del presidente Salinas de Gortari"[13]. ¿El supuesto padre iba a hacer lo que quisiera con el supuesto hijo, por el solo hecho de que hubiera un – también supuesto- "parentesco" entre ambos? Todo esto no parece haber sido en realidad de la predilección de Colosio, quien al rendir formalmente protesta como candidato priísta a la presidencia, el 8 de diciembre de 1993, y sin oportunismo ni dobleces, afirmó: "el gobierno habrá de actuar sin paternalismos (el subrayado es nuestro), pero lejos de la indiferencia"[14]. Más que a los ojos de su supuesto "padre político", Colosio Murrieta estaba pendiente de legitimarse ante la nación y sobre todo ante el potencial electorado: el día de su destape y con una alusión a Morelos, el precandidato del partido oficial afirmó que pondría todo su esfuerzo y empeño "al servicio de la sociedad mexicana (…) para hacer una propuesta que recoja las necesidades y los sentimientos de la nación"[15]. De que para Colosio su relación con el entonces presidente Salinas de Gortari no era de "parentesco" alguno dan cuenta las siguientes palabras de Agustín Basave sobre el candidato ejecutado: Colosio "(era) un hombre que sabía distinguir entre la política, la amistad y la familia (…)".[16]

César Romero y Héctor Zamarrón se encuentran entre los primeros en haber establecido el símil con el parentesco: "Con el cuidado del padre al velar por el futuro de su hijo –escribieron-, el mandatario aceptó al novel funcionario en su equipo y, a la par de ir construyendo su propia carrera, vio en todo momento el sino político de quien a la larga se hubiera convertido en el sucesor"[17]. Se argumentaba así que Salinas le había "fabricado" el curriculum a Colosio[18]como si éste fuera un Don Nadie convertido en "hijo predilecto", con un privilegio inmerecido, una versión por cierto contraria a la de un hombre que reivindicó de entrada haberse hecho a sí mismo. No faltó quien desde muy pronto afirmara que "había que parar a Salinas" y cuidarse al mismo tiempo de ese Don Nadie de origen demasiado popular y por lo mismo presto a cobrarse las "humillaciones" supuestamente recibidas. Sorprende la rapidez de algunas reacciones: habiendo sido "destapado" Colosio el 28 de noviembre de 1993, para el 2 de diciembre de ese mismo año el semanario Etcétera editorializaba, no sin cierto malestar, exigiendo "menos paternalismo" del régimen en el rito del "tapadismo", "por muy iluminadas que (pudieran) ser sus decisiones".[19] Apenas siete días después, Jaime Ramírez Garrido escribía en el mismo semanario: "Ya es tiempo de que ese monstruo de relevo, esa generación del cambio, ese grupo compacto cometa el parricidio".[20] De hecho, el "destape" estuvo "rodeado de fuertes presiones, sorpresas y grandes desengaños para los perdedores".[21]

El problema con la figura paterna volvió a salir un poco más adelante. Siempre según lo recogido de la prensa por Gisela Arriaga, originaria de Hermosillo, la capital del norteño estado mexicano de Sonora, algún periodista creyó necesario afirmar, en enero de 1994, cuando la campaña de Colosio no lograba despegar y cundían los rumores sobre una posible renuncia, que había llegado el momento del "parricidio simbólico"[22]. Gisela Arriaga consigue demostrar que aunque el discurso del sonorense haya ido cambiando al correr de las semanas, a principios de 1994, en ningún momento estuvo en tela de juicio la lealtad del candidato hacia el entonces mandatario mexicano Salinas. "Las críticas –escribió Arriaga - no lograron el objetivo de enfrentar a Salinas y al político sonorense. No cometió "parricidio" como se le recomendaba insistentemente a través de columnas, notas y declaraciones. Su discurso fue modificado, evitaba mencionarlo o vitorearlo como lo hizo después del destape, pero hasta el último momento, fue leal al amigo: nunca lo traicionó"[23]

Amigos, ni siquiera hermanos: y de ninguna manera padre e hijo. El sonorense no cayó en la provocación de quienes, supuestamente contrarios al salinismo, llamaban al mismo tiempo a seguir con las reglas más oscuras del priísmo, las de las deslealtades. Al mismo tiempo, Colosio Murrieta no parecía estar dispuesto a aceptar un "pacto" con Salinas de Gortari que hiciera quedar al sonorense como un hombre de ínfima categoría, que debía expresar hasta el último incondicionalidad –no lealtad- y apoyo al mandatario saliente, rogarle confianza y lograr su "aprecio" ante la opinión pública, según lo quería el entonces coordinador de campaña, Ernesto Zedillo. ¿Cómo fue posible que el lugar de Colosio en el poder fuera interpretado de un modo tan turbio, y que fuera simbólicamente asesinado dos veces, una por supuesto "hijo obediente" y otra por supuesto "hijo desobediente", después del discurso del 6 de marzo de 1994? Jorge E. Beyer Esparza ha propuesto una hipótesis interesante sobre el modo en que el mexicano medio se comporta ante el político: "el repudio al político que miente para enriquecerse al paso por los puestos públicos y el desdén por quien no lo hace, reduciendo a éste a papeles de importancia secundaria e imputando el manejo correcto de los recursos públicos, no a su honradez, sino a la falta de imaginación o nulidad de mando".[24] Es a partir de esta visión que a Colosio, quien por cierto nunca quiso vivir de manera ostentosa, se le habría atribuido más ingenuidad de la que ciertamente tenía.

¿Quien dijo por lo demás que el poder se maneja como una familia? ¿Lo contrario puede ser entonces cierto? Isabel Arvide da indicios sobre todo lo anterior en un breve libro curiosamente intitulado Asunto de familia, en el cual llama a los protagonistas "Carlos, Manuel y Donaldo"[25], aunque está claro que con uno de ellos no hay posibilidad de fraternización: "Donaldo no supo entender, escribe Arvide. No tuvo la capacidad de despojarse de su recién investidura para retornar al seno paterno (sic). Fue por eso que Salinas insistiese tanto en jugar con él, en ordenar, en permitir que el equívoco fuese".[26] Esa de la "gran familia" es la visión que ha terminado por tenerse –incluso en la intelectualidad- del poder en México, y la dimensión moral "estorba" o no existe en esa misma visión[27]Incluso Enrique Krauze consideró que Colosio, "hombre suave, conciliador, con buena pinta de charro mexicano" (sic) era el "hijo político" de Salinas de Gortari.[28] No deja de ser "curiosa" la declaración que hizo Manuel Camacho luego del asesinato de Colosio: "lo ocurrido es una gran ofensa a su familia, es una gran ofensa a la familia de todos nosotros, es una ofensa a la nación"[29].

No puede pensarse en el parricidio; ni tampoco en que Salinas haya querido evitar ser "simbólicamente asesinado", luego de haber escogido a "un hijo": el ahora ex mandatario se refirió siempre a Colosio como amigo, y justamente como tal parece haberlo despreciado, por cierto. A lo sumo, habría buscado "apadrinarlo", rompiendo una regla no escrita: la que obligaba a dejarle el lugar al "ungido" y a no volver a sobresalir en el escenario político, mucho menos para dar a entender que seguiría siendo el dueño del poder, el de manejar hilos en la política y la economía, lo que Carlos Salinas de Gortari siguió haciendo mucho tiempo después. Son otros lazos, de complicidades, los que jugaron contra Luis Donaldo Colosio, quien no puso el poder por encima de los valores: no había sido educado para ello. Cuando supo que su hijo quería ser político, Luis Colosio Fernández le pidió, severo, que fuera ante todo honrado: "si el pueblo te otorga su voto –dijo-, sé honesto, no seas del montón"[30]. Desde mucho antes, Colosio Fernández le había preguntado al futuro candidato priísta a la presidencia: "¿Qué vas a hacer en la política, en un ambiente de traiciones y corrupción?".[31]

Por lo pronto, a juzgar por un memorándum del 19 de marzo de 1994, algunos en el gobierno de ese entonces se estaban moviendo sin respeto alguno por las reglas no escritas de la política mexicana. Ernesto Zedillo, presidente de México (1994-2000) y autor de dicho memorándum, se encontraba entre quienes no parecían tener mayor idea de lo que significaban esas reglas. En la misiva ni siquiera se guardaron las formas, ya que Colosio Murrieta aparecía como resultado del "dedazo" y no, como se estilaba, de una supuesta voluntad "compacta" del Partido Revolucionario Institucional. Ello no quiere decir que Zedillo, el hombre que durante su mandato se encargó de sepultar el "caso Colosio", haya sido autor intelectual de nada, ni siquiera de las "perversidades de familia": así lo sugiere Isabel Arvide[32]

2. Cultura del esfuerzo, cultura del privilegio.

El día que lo iban a matar, el 23 de marzo de 1994, Luis Donaldo Colosio Murrieta seguramente no había llegado a medir la extrema gravedad de la contradicción en la que se había ido colocando, a lo mejor sin quererlo. "El día que lo iban a matar" no es nada más un decir por imitar una novela del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Gabriel Alós, en un libro opaco, dice muy extrañamente sobre el crimen de Colosio: "se cumplió la infamia"[33]. ¿"Se cumplió"? ¿La infamia estaba escrita? ¿O hubo quienes la fueron escribiendo con el transcurrir de los días, estando Colosio con vida? En el libro de César Romero y Héctor Zamarrón, Zedillo, muerto Colosio, terminó siendo presidente de México no "por azares del destino", como suele decirse, sino extrañamente "por azares del juego político" (sic).[34] ¿Fue entonces este juego el que mató a Colosio? Desde que asumió la candidatura de su partido, en el gobierno durante décadas, Colosio, de origen sonorense, nacido en 1950 en Magdalena de Kino (al norte de la República mexicana, en el desierto de Altar y cerca de Estados Unidos)[35], hizo una y otra vez hincapié en sus orígenes modestos y en la "cultura del esfuerzo", como la llamó oponiéndose por contraste a la "cultura del privilegio", en la cual todo está dado y no hay que ganarse nada. Además, Colosio se apresuró a reivindicar su origen regional, norteño, pero por lo mismo muy identificado con México: "Soy hombre de frontera, afirmó Colosio, ahí se vive la identidad día con día, se contrastan las culturas, se aprecia profundamente la riqueza de nuestros valores y nuestro amor por México, se construye en el esfuerzo cotidiano que supera adversidades"[36]. Gisela Arriaga sostiene que ya desde entonces pudo haber despertado recelo en el inconciente colectivo de una parte de la sociedad mexicana, proclive a rechazar a los sonorenses por ser supuestos "bárbaros". "Otro factor que debió jugar un papel importante –escribió Gisela Arriaga- es el temor, conciente o inconsciente, de que los sonorenses regresaran –después de 60 años- al poder (…); el gobierno de Calles (se había caracterizado) por el conflicto religioso que hiere profundamente los sentimientos de la gente del altiplano. Eso suscita una memoria colectiva –sobre todo en el centro del país- en contra de los gobiernos de Obregón y Calles. Ese sentimiento puede haberse transmitido de generación en generación y de alguna manera producir un alto grado de desconfianza hacia Colosio"[37], junto al hecho de que un hombre "de esfuerzo" y de raíces populares, abiertamente reivindicadas como tales, pudiera desplazar a "gente de élite". Isabel Arvide expone la aversión: "los rumores. La figura de Donaldo desdibujada quién sabe por qué motivos. El mal, pésimo discurso de su protesta como candidato en el que se refirió a los mexicanos del sur y los del norte y los demás".[38] En Etcétera, el 2 de diciembre de 1993, el periodista e investigador Raúl Trejo Delarbre ya tenía listo el discurso ambivalente sobre los sonorenses: "nadie como los sonorenses –escribía Trejo Delarbre, en ese entonces director del semanario- conoce las desventuras de los maximatos".[39]

Entretanto, frente a las pretensiones "globalizadoras" de la élite mexicana, Colosio defendió desde el discurso del 28 de noviembre de 1993 lo que llamó "nacionalismo popular" y la importancia de que México resguardara su soberanía y su capacidad para decidir su destino. Identificaba a México con la patria, no con una familia, con el poder o con ambas cosas juntas. Por contraste, buena parte del sexenio de Salinas de Gortari se había ido en negociar la integración con Estados Unidos, no para beneficio de México, salvo de unos pocos privilegiados.

La fibra sensible había sido tocada. En efecto, Colosio Murrieta, de 44 años al momento de ser ejecutado (ejecución es la palabra que escogieron algunos, incluyendo al padre del finado), reivindicó un mundo al que los beneficiados del salinato, que no fueron pocos, habían decidido darle la espalda, desconociéndolo y considerándolo ilegítimo. Dicho de otro modo, al mismo tiempo que ponía en alto sus raíces populares Colosio alababa abiertamente en noviembre de 1993 a un Carlos Salinas de Gortari, a la sazón presidente de México, que creó todo un mundo de privilegios y privilegiados, en el más amplio espectro político y socioeconómico, y con la cereza del pastel el 1º. de enero de 1994, fecha de entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, el por décadas anhelado "Primer Mundo". El choque entre las culturas a las que se había referido Colosio ya estaba así en ciernes desde noviembre de 1993. Buena parte de la sociedad mexicana se dedicó desde entonces a tratar como a fuereño a quien, a juzgar por sus discursos, quiso defender por lo menos algo de lo más encomiable de décadas de historia mexicana y priísta. Colosio Murrieta no tenía las "credenciales" que se ostentaban en la élite mexicana durante el salinato y que se convirtieron luego en signo de privilegio en algunos estratos sociales: en particular, el sonorense no estudió en ninguna universidad estadounidense de gran renombre, pese a haber vivido y estudiado 8 años en el extranjero, Estados Unidos incluidos (Pennsylvania). A diferencia de mucha gente de élite, acomodada, tendiente a sentirse como extranjera en México ("éste" país), Colosio tenía una firme identidad nacional: "estoy decidido –declaró en una ocasión- a ser leal a los principios que heredé y que inculco a mis hijos. Ser nacionalista es hacer de la soberanía un valor fundamental. ¡Esa es mi convicción!"[40]. Colosio no fue cercano a quienes giraban en torno al cada vez más potente Banco de México, ni al mundo de los negocios, y ni siquiera tenía alianzas familiares como las que había tejido por ejemplo Manuel Camacho Solís con un ex gobernador de Chiapas (Manuel Velasco Suárez). En suma, Colosio Murrieta, tal y como lo escribió Samuel Palma, no se encontraba en un mundo en el que tiende a confundirse lealtad con complicidad, confusión que el salinato no hizo sino agigantar[41]

Dos factores habían entrado en juego para darle a toda una parte de la sociedad mexicana la sensación de pertenecer a un mundo de privilegiados: por un lado el uso de los recursos discrecionales por parte del gobierno de Salinas de Gortari y sus familiares y allegados, y por el otro la negociación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, que hizo creer a muchos que México enfilaba, "ahora sí", a toda suerte de garantías para los privilegios. Del uso discrecional mencionado dan cuenta las declaraciones del rápidamente silenciado ex presidente Miguel de la Madrid Hurtado quien, palabras más palabras menos, afirmó en el año 2009 que la familia Salinas de Gortari se enriqueció de modo ilícito y saqueó al erario público[42]Sin duda, a los beneficiados de la "derrama" económica salinista no les agradó el que apareciera "un Colosio" con un discurso reiterativo sobre la necesidad urgente de justicia en la sociedad mexicana. Colosio ofreció una reforma que asegurara la paz social, que diera certidumbre a la sociedad y que evitara la violencia: esas promesas pueden compararse frontalmente con la evolución posterior de México.

3.La (breve) campaña de Colosio.

Luis Donaldo Colosio no hizo ni dejó mayor obra en el plano ideológico. El candidato del "partido oficial" no era adicto al protagonismo y mucho menos a las declaraciones de prensa –con ésta era distante- o a los reflectores. Siempre prudente, lector de Sun Tzu, Colosio Murrieta tampoco fue un político priísta de tantos: su modo de vida fue discreto. Daniel Cosío Villegas, según lo ha recogido el historiador Enrique Krauze, llegó a decir que el mexicano no sabía vivir sino "del presupuesto, la herencia o el robo"[43]. Los dos segundos "modos de vida" mostraron el peor de los desprecios por quien suponían que había crecido a la sombra del primero. Fue un desprecio de ésos que, parafraseando a Rosario Castellanos, buscan la menor contradicción que permita rebajar hasta lo más bajo que se pueda a quien se quiere finalmente pisotear. Desde noviembre de 1993 hasta el 23 de marzo de 1994, Colosio fue rebajado de las más distintas maneras.

Las propuestas de campaña de Colosio no fueron especialmente importantes: propuso ciertamente un funcionamiento más limpio de este partido, con la vigilancia de los gastos de campaña, de tal forma que ésta fuera sobria, austera, y no con gastos a costa de la sociedad (Colosio lo afirmó claramente en Ciudad Valles, el 10 de enero de 1994, y un día más tarde en San Luis Potosí: "mayor gasto no es el medio para obtener más votos"); no quería que se ganaran votos al margen de la ley, y desde este punto de vista pudo aparecer desde muy pronto como alguien dispuesto a aceptar una eventual derrota del PRI, siempre y cuando fuera en buenas lides; propuso asimismo la auditoría externa al padrón electoral y cierta vigilancia el día de las elecciones, para que los resultados fueran conocidos a la brevedad; sugirió vigilar el proceso con la presencia de observadores nacionales y "grupos distinguidos de la sociedad civil", como los llamaba, pensando en particular en universitarios y en empresarios; hizo hincapié en la necesidad de buscar un nuevo federalismo y en el fortalecimiento de las regiones y los municipios, contra la "soberbia" del centro (Colosio ya había empleado esta palabra el 17 de enero, en Coatzacoalcos), a lo que se agregaron algunas propuestas para un mejor equilibrio de los tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y sobre la necesidad de solventar una educación de calidad para los mexicanos.

Colosio anheló un debate de ideas que nunca llegó: aquél quería, según sus propias palabras, "elevar la calidad de la política, entendida como espacio privilegiado para dirimir diferencias y no como medio para descalificar al adversario"[44], según lo afirmado en Pachuca el 13 de enero, y rechazaba "la politiquería", como la llamó explícitamente. En el discurso del 6 de marzo de 1994 no había mayor cosa que no estuviera dicha ya desde el arranque de la campaña, en enero del mismo año, cuando el ambiente era ya tan tenso que Luis Donaldo Colosio llegó a pensar en la renuncia, según distintos testimonios. Mucho de lo dicho el 6 de marzo de 1994 ya estaba en las constataciones que había hecho Colosio como dirigente del PRI, a partir de 1988, y luego como secretario de Desarrollo Social, cargos en los cuales había visto sin duda lo que al mundo del privilegio se le escapó, o que no quiso ver: un país con carencias y necesidades. Así, por ejemplo, Colosio había dicho tiempo antes que era hora de poner fin a lo que llamaba "la perversión" de las decisiones cupulares. Colosio también estuvo consciente de verse envuelto en lo que había denominado "la perversidad del sistema"[45]. Lo repitió en una conversación con los periodistas Raul Cremoux, Miguel Angel Granados Chapa y José Agustín Ortiz Pinchetti: "(…) Soy el primero en sufrir las confusiones de otros. Padezco (…) la perversidad del sistema".[46]

Al revisarse los discursos o en algunos casos las pocas palabras de campaña de Colosio, en los documentos que publicó en su momento el PRI, llama la atención la insistencia en el valor del trabajo y la llamada "cultura del esfuerzo", descrita de las más distintas maneras y junto a una reivindicación de cierta idiosincracia del norte de la República mexicana. Samuel Palma y Cesáreo Morales, ambos asesores cercanos de Colosio, constataron hasta qué punto a éste, alguien que acostumbraba observar comportamientos y medir actitudes, le gustaban colaboradores que fueran "gentes de esfuerzo, de orígenes modestos, pero con cultura, tenacidad y carácter"[47]. Como parte de un mundo ajeno al privilegio, Colosio rechazaba a quienes carecían de "emoción política y social"[48], pero no era hombre de hablar por hablar. También en eso era norteño, dijo Agustin Basave: "frontal y franco, no le gustaba el rollo (el "hablar para enredar", en el argot mexicano, nota nuestra)"[49]

Las referencias a esta "cultura del esfuerzo" fueron constantes, desde el comienzo de la campaña en las Huastecas, en el centro-oriente de México, hasta las visitas a Papantla (Veracruz) o a Mante y Ciudad Madero (Tamaulipas). Poco después de haber sido "destapado" (elegido por el presidente en turno, en el argot político mexicano), Luis Donaldo Colosio afirmó, de visita en Hermosillo, la capital de Sonora: "aquí en Sonora, para tener un lugar, para ser conocido, hay que trabajar; hay que mostrar, todo los días, que se es hombre de bien"[50]. En Tamazunchale, el 10 de enero de 1994, Colosio precisaba por ejemplo que se necesitaba, junto a la justicia social, "organización, trabajo, tenacidad, perseverancia"[51] para salir adelante; Colosio hablaba desde el 11 de enero, en San Luis Potosí, de trabajo responsable y consistente. En Querétaro, el 12 de enero, pidió "entrega, lealtad, dedicación mística y emoción"[52] en el desempeño del proselitismo y de las tareas partidistas priístas. Colosio, recuerdan sus colaboradores, sabía escuchar y hacer sentir importante al "otro", pero como jefe "no perdonaba actitudes perezosas ni negligencias"[53]. En Cuautitlán Izcalli, el 14 de enero, solicitó gente probada en el trabajo, la responsabilidad y en la seriedad de la labor política. El 20 de enero, el compromiso era trabajar con denuedo. Desde mucho antes, como dirigente del PRI, Colosio había llamado a desterrar la simulación y el autoengaño.

Hay otros elementos de la personalidad de Colosio Murrieta que se fueron perfilando durante los primeros días de campaña: el 17 de enero, en Veracruz, en la costa del golfo de México, al oriente del territorio mexicano, el entonces candidato pidió "veracidad, rectitud, transparencia y honestidad", y soltó a los asistentes: "(…) mirándonos de frente, a los ojos, asumimos nuestra decisión y estamos resueltos a salir adelante con energía y coraje"[54]. En el norteño estado de Tamaulipas, que también mira al golfo de México, Colosio volvió sobre otro tema, el de la procedencia regional: en Ciudad Mante, el 20 de enero, consignaba que había llegado "a hablarles como lo hacemos en el norte, de frente, sin rodeos y con claridad"[55]. Para uno de sus colaboradores más cercanos, Guillermo Hopkins, procedente también de Magdalena de Kino, a Colosio "le gustaba que le hablaran de frente, directo: rehuía la adjetivación y los protocolos excesivos. Como todo buen norteño le gustaba y daba un trato frontal, abierto, sin utilizar argumentos laterales"[56]. Había concordancia entre las palabras y los hechos: entrevistando a Colosio en Tuxpan, Calixto Almazán se sorprendió de que el candidato fuera "una persona tan sencilla"[57]. Lo mismo ocurrió luego con algunos de quienes conocieron a un tío de Colosio, familiar fuerte a sus 81 años: "son gente buena, de campo"[58], dijo el entonces candidato asociando ambas cosas (Veracruz, 18 de enero). En Xochimilco, el 23 de enero, Colosio aseveró que la Presidencia le interesaba para pasar de los dichos a los hechos. En el discurso del 6 de marzo de 1994, el sonorense afirmó contundente: "como mis padres, como mis abuelos, soy hombre de trabajo que confía más en los hechos que en las palabras, pero, por eso mismo, soy hombre de palabra"[59]. Al definir a la "cultura del esfuerzo", Colosio afirmó: "nací en una familia en la que aprendí que no todo nos es dado"[60] (Veracruz, 18 de enero). Había quedado señalada de paso la "cultura del privilegio", que creería entonces que todo le es dado (¿y debido?). En la importancia del origen regional también coincidieron Palma y Morales, aunque por momentos ditirámbicos: "hombre del desierto sonorense –escribieron-, tenía una gran profundidad de pensamiento y sabía dosificar el esfuerzo; mostraba siempre una profunda vida interior, lo que le daba una fortaleza a toda prueba"[61]. Seguramente esa vida interior –de un hombre que "increpaba con la mirada, como buscando escudriñar la esencia de cada quien"[62]- incomodó a muchos por lo que significaba de genuino frente a lo simulado. Al nacido en Magdalena de Kino no le gustaba la ostentación, e incluso rehuía a los "alardosos", como los llama Beyer Esparza[63]por lo demás tendientes a confundir sencillez con "poco mundo": "hay quien dice –escribe Beyer Esparza- que su "norteñismo" perjudicaba el "savoir faire" que es usual en quienes pertenecen a los estratos altos de la sociedad".[64] Colosio podía parecer hosco, incluso para gente del norte, por ejemplo de Baja California, que luego quiso equiparar con el sonorense a Zedillo, proveniente más bien de clase media baja y crecido en Mexicali, en la frontera con Estados Unidos. En algún momento Subsecretario de Organización del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional, Hugo Abel Castro Bojórquez recuerda a Colosio como "hombre de pocas palabras en lo corto, pero de profundos afectos"[65], y como un hombre generoso pero también exigente en el trabajo y nada protagónico. A Colosio Murrieta le disgustaban la lisonja, el halago fácil y la hipocresía.[66] "Luis Donaldo-sigue Castro Bojórquez- era áspero y serio, pero generaba confianza; no rechazaba, dejaba que uno se le acercara, no hablaba mucho pero escuchaba muy bien"[67]. Colosio, según lo recuerda Melchor de los Santos, sabía escudriñar psicologías, era un observador nato, y Beyer Esparza ha hecho notar que "observar es valorar".[68]

La sencillez fue también lo mejor y el "gran secreto" de Diana Laura Riojas, al decir de quienes la conocieron (entre sus amistades se contaba por cierto la cantante mexicana Daniela Romo). El mundo del privilegio, poco dado a escuchar al país real, seguramente tampoco entendía la prudencia y este nulo afán de protagonismo.

Desde el 1º. de enero de 1994, la prensa se ocupó más de lo que fue un sorprendente fenómeno mediático, que entusiasmó en particular a capas medias urbanas y sectores intelectuales, nacionales y extranjeros: el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y su espectacular "Subcomandante Marcos", de quien pronto se discutió no exactamente un programa inexistente o muy vago, sino si era o no "guapo". A Colosio no le iba tan bien: entre la gente acomodada de la capital, la ciudad de México, se le atribuía por ejemplo "no saber vestirse" (¿a diferencia del "Subcomandante"?), tener "cara de carnicero" (¿llamaba más la atención un encapuchado que a fin de cuentas nunca dio la cara, ni siquiera políticamente hablando?), "no saber cortarse el cabello" y cosas peores e indignas (como atribuirle una "relación" con Salinas, o insinuar que parecía proxeneta, "Chulosio"). Colosio era un "naco" (apócope de "totonaco", forma despectiva de decirle "vulgar" a alguien en México) e importaba poco o nada lo que hiciera o dejara de hacer. Que el sonorense era considerado casi como intruso social y "advenedizo" (luego de que el salinismo fuera una fábrica de advenedizos) lo prueba una sorprendente expresión de Guillermo Samperio, quien describe al entonces candidato como "mestizo medio indiado" (sic, algo un tanto extraño para un descendiente de inmigrantes del norte de Italia, de la región del río Po), en ¿Por qué Colosio?[69]. Samperio confirma que el equipo de publicidad se ocupó del corte de pelo del originario de Magdalena de Kino. Cuando se especuló que el crimen de Lomas Taurinas pudo haber sido obra del narcotráfico, especulación a la que contribuyó Eduardo Valle, El Búho, a muchos les pareció muy natural y otro modo de denigrar consistió en decir que Colosio Murrieta era originario de "Mafiaelena de Kino" (sic)

¿Molestaba además que Colosio haya afirmado que se equivocaban quienes creían que "la transformación democrática de México exige la desaparición del PRI", según se recoge en El legado de Luis Donaldo[70]Es difícil pensar que el entonces candidato, aunque dispuesto a aceptar derrotas electorales, fuera a dejar morir al Partido Revolucionario Institucional. Es más bien en el salinato, al amparo de palabras concretas de Carlos Salinas de Gortari, que se adujo que desde 1988 terminaba la etapa del partido prácticamente único. Salinas pareciera haber querido aparecer a como diera lugar como adalidad de la "democratización" de México, y en este sentido fueron los pronunciamientos que desde un principio propiciaron que Colosio fuera visto con malos ojos: efectivamente, como lo afirmara José Luis Trueba Lara, y guardando las proporciones, "en Lomas Taurinas, el principal muerto no fue Luis Donaldo Colosio, sino su partido (…)".[71] Quien fue su sucesor, Zedillo, no era visto como hombre de partido, aunque sí como tecnócrata y extranjerizante, aplaudido incluso por personajes como el académico estadounidense Wayne Cornelius. Con la salida de Zedillo en el año 2000 terminaron décadas de gobiernos priístas.

Ya había sido chocante para muchos que se reivindicara el esfuerzo contra el privilegio. Por su parte, la masa pobre de México no perdía sus costumbres "electoreras", que no electorales. Una señora del Distrito Federal le preguntó a bocajarro a Colosio, el 21 de enero: "¿qué me ofrece si voto por usted"?[72] El "asunto" de la renuncia estuvo muy pronto en el aire y no en relación directa con el problema del autodenominado neozapatismo en Chiapas, aunque Colosio se refería a aquél como portador de "odio y rencor", con esas palabras, evitando al mismo tiempo lo más posible el tema. Ni más ni menos que para el 17 de enero, a una semana apenas de empezada la campaña y sin que se supiera de la verdadera dimensión de lo que sucedía en Chiapas, Jesús Hernández Tea, periodista radiofónico de Coatzacoalcos, Veracruz (Golfo de México, centro-oriente de México), le decía al sonorense: "señor Luis Donaldo Colosio, todos conocemos los estragos que, en la sociedad mexicana y en las instituciones, ocasiona una campaña de rumores, sobre todo cuando es insistente y no hay quien salga al paso para frenarla (…) la campaña de rumores está en marcha y se propala; se habla de retiro de candidatos presidenciales, hasta de posponer las elecciones por el conflicto surgido en Chiapas (…)"[73]. Que Colosio estaba "de más" es algo que se rumoreaba –y el rumor llegaba por ejemplo hasta Coatzacoalcos- casi tres meses antes del asesinato en Lomas Taurinas. Colosio había sido sentenciado desde finales de 1993. A partir de entonces, iba a ponerse en marcha, con connivencias sociales, la perversidad que César Romero y Héctor Zamarrón describen así: "no lo olvidemos, señalan: en un sistema político no democrático como el mexicano, en el que la política es un rito sólo para iniciados, el juego oculto, la cortina de humo, la falsa señal, el aparente titubeo, la doble jugada y el velo de misterio son ingredientes para que el gran formulador pruebe lealtades, mida ambiciones y palpe reacciones…"[74], en vísperas de la elección del sucesor. Todo lo anterior –simulación, habría dicho probablemente Martin Luis Guzmán- se le quiso atribuir a Salinas de Gortari, ciertamente astuto, pero con esta culpabilización se buscó también exonerar a una opinión pública y a buena parte de la sociedad que "jugó el juego" con complicidad.

Colosio pronto se ubicó a distancia de los salinistas que, haciéndose llamar "la generación del cambio", habían afirmado –como lo hizo en algún momento José Angel Gurría- que pensaban gobernar durante 20 años (otros dicen 18 o 24 años). Para el sonorense no era cuestión de edades, sino de "actitud ante la vida", según afirmó en el Distrito Federal, la capital mexicana, también el 21 de enero. ¿Incomodaba todo esto a los "dinosaurios", a quienes Salinas (alumno del "antiautoritario" John Womack en la universidad estadounidense de Harvard) señaló con el dedo como culpables de lo ocurrido con Colosio, añadiendo que Luis Echeverría propuso como candidato substituto a Emilio Gamboa Patrón? Según Guillermo Samperio, es Salinas de Gortari quien llegó a proponer a Gamboa (según Federico Arreola, fue Miguel de la Madrid) y a Manlio Fabio Beltrones[75]este último nativo del siempre conflictivo sur de Sonora. Muerto Colosio, los rumores, periodísticos incluidos, señalaban como favorito de Echeverría (suponiendo que tuviera injerencia) a Fernando Gutiérrez Barrios (es la versión que recogen Quintero y Rodríguez, en Colosio…Zedillo… ¿Por la "reforma del poder"?)[76]. Samperio recoge la especie de que, poco antes de lo acontecido en Lomas Taurinas, Colosio se entrevistó cordialmente con el supuesto "dinosaurio" Gutiérrez Barrios. La actitud de éste parece haber sido más bien leal, a juzgar por sus declaraciones, recogidas por Samperio: "se tienen que hacer a un lado las viejas fórmulas –declaró el ex secretario de Gobernación y veterano de la seguridad nacional en México-, buscar alianzas, abrir su abanico, incluir y no excluir (…) Atención especial, agregaba, requieren los sectores agraviados en su nivel de vida, en sus condiciones de trabajo, en su austera economía doméstica (…), sin justicia social, sin compromiso con los hechos concretos, la democracia se convierte en una abstracción sin relación con el país real, con el cuerpo social, con la nación de seres de carne y hueso (…) Hoy, para vencer hay que convencer, porque los votos cuentan y se cuentan"[77]. En muy poco se diferenciaba esta óptica de la de Colosio, quien habló fuertemente del México los agraviados, el 6 de marzo de 1994. No hay pruebas contundentes de que otros llamados "dinosaurios", los del llamado "grupo" Hank (Estado de México, el "cinturón" de la capital mexicana) hayan sido culpables del asesinato de Colosio, ni de que se hayan apresurado a presionar a favor de los suyos, como Ignacio Pichardo Pagaza, o incluso Francisco Rojas, entre los más sonados. De lo que sí hay prueba es de la amistad que trabaron Luis Colosio Fernández y el ex presidente Luis Echeverría (1970-1976), quien asistió al sepelio del primero en febrero de 2010 y quien, en vez de un discurso con retórica, afirmó de modo concreto que con Colosio padre no se fue el reclamo de justicia. Con el asesinato de Luis Donaldo Colosio, sostuvo Echeverría, "se frenó el progreso del PRI, se acentuó su visible declive y se frustró a quien hubiera sido un magnífico gobernante".[78]

4.La izquierda: Manuel Camacho Solís y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

En el mitin en el cual Colosio perdió la vida, una extraña manta decía: "Colosio, el Subcomandante Marcos y Camacho te vigilan. Di no a Televisa". Curiosamente, cuando esos dos últimos personajes saltaron al "centro" de la política mexicana, Luis Donaldo Colosio, por lo demás consciente de que no había guerra ninguna en Chiapas (suroeste mexicano, fronterizo con Guatemala), aseveró, al decir de Federico Arreola: "lo de menos es la guerrilla, lo de mas es la vanidad de los protagonistas"[79] Manuel Camacho Solís, ex investigador de El Colegio de México, ex titular de Desarrollo Urbano y Ecología y ex regente de la populosa ciudad de México, una urbe con cerca de 20 millones de habitantes incluyendo a las zonas conurbadas, tardó hasta un día antes del asesinato de Colosio (el 22 de marzo) para afirmar que la presidencia de la República no le interesaba. Camacho declaró: "entre buscar una candidatura a la presidencia de la República y la contribución que pueda hacer al proceso de paz en Chiapas, escojo la paz"[80]. Este político era considerado "hermano mayor de Salinas" desde que ambos estudiaron en la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México, y favorito tanto de la izquierda como incluso de The Wall Street Journal. El negociador en Chiapas señaló, sin importarle en nada afectar a otro priísta, Colosio: "tomo esta decisión poniendo por encima de mis aspiraciones las razones superiores de la nación"[81]. Camacho agregó de inmediato que habría de seguir impulsando la construcción de posiciones de un centro democrático, lo más demagógico que se podía afirmar en ese momento de moda política del "centro". Isabel Arvide describe así lo que perdió a Camacho Solís: "nunca planteó, de frente, que el proceso de democratización diese comienzo en su propio caso, con una elección abierta, libre, del candidato priísta. No renunció meses antes para hacer pública su pretensión, reconocida, de aspirar a la Presidencia. Nunca abandonó las reglas que daban sustento a un sistema en agonía, a un sistema que dijo querer cambiar sin rompimiento (…) En respuesta a su disciplina, lo destruyeron. O pretendieron destruirlo desde el seno del poder al que sirvió".[82] En realidad Camacho Solís no se "disciplinó". Como casi toda la "generación del cambio", que creció a partir de 1985 a la sombra del entonces mandatario Miguel de la Madrid, el ex regente del Distrito Federal (1988-1993) pasó por encima de las reglas que al mismo tiempo parecía estar dispuesto a jugar.

El político que desde sus años al frente del Distrito Federal acostumbraba dirigirse a los reporteros y fotógrafos como "compañeros" se había rehusado el 27 de enero de 1994, desde el aparentemente conflictivo suroeste de la República mexicana, a que le fueran "conculcados" sus "derechos ciudadanos"[83]; se reservaba así la posibilidad de tomar "la decisión política para hacer avanzar la democracia y propiciar la unidad de México"[84]. Camacho no quería "cancelar su vida en la política" y "lo que en política representaba"[85] (el ex regente tenía la costumbre de hablar de sí mismo en tercera persona). Hasta el 15 de marzo, plazo para el registro de candidatos a la presidencia de la República, Manuel Camacho Solís en ningún momento desmintió los insistentes rumores sobre su posible candidatura. No dudó además en corroborar que contaba con la lealtad de Carlos Salinas de Gortari, al punto que antes de noviembre estaba seguro de que sería el "ungido", por lo que incluso le habría ofrecido la secretaría de Gobernación a Colosio. En los relevos inmediatamente posteriores a lo sucedido en Chiapas, Camacho Solís se habría visto favorecido por la llegada de Jorge Carpizo McGregor a la Secretaría de Gobernación y Diego Valadés a la Procuraduría General de Justicia, hechos que no fueron del agrado de los colosistas. Carpizo y Valadés eran considerados en ese momento camachistas. Mucho tiempo después, Camacho Solís dijo no haber sentido jamás animadversión hacia Colosio, lo que parece cierto, pero como otros tantos, simplemente lo ignoró. El 22 de marzo de 1994, Camacho dijo: "sí quiero ser presidente de la República, pero no a cualquier costo"[86]. ¿A cualquier costo para quién, puesto que el costo lo había pagado desde principios de enero Luis Donaldo Colosio, lo que explica la indignación de Diana Laura Riojas, aunque nunca haya inmiscuido al "pacificador de Chiapas" en la autoría del crimen de su esposo?

Cuando Colosio resultó ser el candidato elegido, en noviembre de 1993, Camacho no dio muestra del menor respeto. Se negó a felicitar públicamente a Colosio. Tampoco hubo mayor respeto social, porque se publicaron encuestas que, aún habiendo sido ya nominado Colosio, colocaban a Manuel Camacho en el centro de los reflectores, por encima de otros "presidenciables", como Ernesto Zedillo (a la postre presidente) y Pedro Aspe Armella, por cierto el predilecto de la escritora y periodista Elena Poniatowska[87]quien al mismo tiempo se dejaría luego halagar por el "Subcomandante Marcos". Extraoficialmente se habló de que algún otro partido –incluso el izquierdista Partido de la Revolución Democrática- le ofreciera a Camacho la candidatura. Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del general Lázaro Cárdenas (presidente de México entre 1934 y 1940) y candidato perredista, dijo sobre Camacho: "si él tiene ganas, que nos lo diga y lo consideraremos".[88] El "Subcomandante Marcos" coqueteó con la misma idea" en entrevista con Multivisión. Camacho aparecía como el "concertador por excelencia", negociando en Chiapas bajo el cargo de Comisionado para la Reconciliación y la Paz, luego de haber sido colocado en la Secretaría de Relaciones Exteriores como premio a la pataleta o balandronada, como quiera llamársela, porque la nominación de Colosio "no le gustó" y por lo mismo protestó, renunciando a la jefatura del Distrito Federal. Este tipo de desavenencias se arreglaban antes en privado dentro del priísmo. Camacho rompió la regla y así, desde noviembre de 1993 el "dedazo" de Salinas apareció a los ojos de muchos como un error, en detrimento de Colosio.

Además de gozar de simpatías entre quienes a lo mejor estaban a la espera de la "derrama" de bienestar, Camacho Solís era el favorito de la supuesta izquierda, que veía un modelo a seguir en el presidente estadounidense William Clinton (algunos más, en el primer ministro británico Anthony Blair). Cuauhtémoc Cárdenas se apresuró a decir que Colosio era la elección de "Salinas y Córdoba"[89], cosa falsa, habida cuenta de la marcada predilección de Córdoba por Zedillo. Esa izquierda desconoció desde un principio al priísta, contribuyendo a los rumores y empujando sin mayor empacho hacia la sustitución por Camacho: tiró la piedra y escondió la mano. Ni siquiera importaba jugar a dos bandas (parecía hacerlo el cotidiano La Jornada, uno de los de mayor circulación en el país), la camachista y la ilegal del "Subcomandante Marcos". Mucho tiempo después, Camacho Solís argumentó haber sido él también víctima de un juego perverso. Ciertamente, no fue el autor intelectual de nada, ni estuvo implicado directamente en lo ocurrido con Colosio el día de su muerte, pero no pareciera que hubiera sentido el mínimo respeto por el sonorense, más allá de una muy vaga amistad. Las pataletas de Camacho provocaron que Salinas afirmara, en franco abuso de sus facultades metaconstitucionales (se rompían de nuevo las reglas), al decir de Quintero y Rodríguez: "no se hagan bolas (no se enreden, nota nuestra), el bueno es Colosio"[90], terminando de rebajarlo, porque ya no aparecía sino como el más vulgar producto del "dedazo", algo que aunque fuera cierto debía guardarse en la discrecionalidad. Salinas de Gortari rompió otra de las reglas de un sistema antiguo de décadas.

Manuel Camacho Solís no se había quedado atrás en el desconocimiento de las reglas, según lo hicieron notar Palma y Morales. En efecto, al aceptar mediar en Chiapas, Camacho "rompió una regla política fundamental de las campañas a la presidencia de la República en la historia de los candidatos del PRI. Era la regla de que, una vez postulado el candidato priísta, los aspirantes que habían quedado en el camino se mantenían desempeñando responsabilidades públicas, con lo que automáticamente quedaban inhabilitados legalmente (el subrayado es nuestro) para aspirar a una candidatura independiente, presentar su registro por otro partido, o aspirar a la remoción del candidato del PRI" (de acuerdo con el artículo 82 de la Constitución de la República)[91]. Camacho quedó habilitado constitucionalmente para buscar una eventual sustitución del candidato del PRI. ¿No evaluó el ex regente que ello le complicaba sobremanera el panorama a Colosio, o acaso lo despreciaba porque la "opinión pública" lo permitía, dándole al ex regente el contexto para ello? Para terminar de enturbiar las cosas, muerto Colosio el presidente Salinas le habría pedido a Diana Laura Riojas –quien dignamente se negó- una exoneración pública para Camacho. No fue todo: según Laura Quintero e Ignacio Rodríguez, había corrientes favorables a Camacho dentro del PRI, comenzando por el presidente del partido, Fernando Ortiz Arana, quien además habría intentado "autocandidatearse" luego de muerto Colosio, por lo que tuvo que "desmentirse" públicamente el 29 de marzo de 1994. "El presidente del PRI –declaró Ortiz Arana- no debe inclinarse a favor de nadie, y menos a favor de sí mismo"[92]. Al poco rato, pasadas unas horas, el mismo Ortiz Arana que no podía pronunciarse por nadie "destapó" a Ernesto Zedillo, sin esperar siquiera los tradicionales 9 días de riguroso luto mexicano. Por cierto, en teoría, el discurso del 6 de marzo de 1994 no le correspondía a Colosio, según las reglas priístas, sino al presidente del PRI, tratándose del 65 aniversario del llamado "partido oficial". Según Eduardo Muriel, la ausencia de Carlos Salinas de Gortari en el festejo priísta no equivalía forzosamente a algo negativo, sino dejarle las candilejas "al que viene"[93]. En todo caso, muerto Colosio, Manuel Camacho le envió a Zedillo Ponce de León, tan pronto como éste fue nombrado en remplazo del candidato ejecutado, una carta que además de estar llena de consideraciones sobre la democracia, decía: "cuentas con mi apoyo y contarás con él, conforme se construya una opción republicana y democrática de gobierno"[94]. Esa fue la "generación del cambio": capaz de actuar sin moderación ni discreción, y de pasar por encima de la ley y de reglas del sistema construidas desde décadas atrás, como lo hicieron de facto Salinas, Camacho y Zedillo. Y de pasar además por encima del decoro, como lo hicieron con Diana Laura Riojas.

A los tres días del alzamiento en algunas partes de Chiapas, el entonces apenas conocido como "Comandante Marcos" (sic) pidió, en entrevista con el periódico La Jornada, de centro izquierda, "elecciones verdaderas": descalificaba de entrada las que estaban en juego, y llamó al gobierno de Salinas de Gortari "ilegítimo". Colosio no podía aparecer entonces sino como otro ilegítimo más, esta vez a juicio de un espectacular y mediática dirigencia en armas, desde luego que en la primera fila de la ilegitimidad, o al menos de la ilegalidad. Al reportero Roger Gutiérrez Díaz, el autodenominado "Marcos" le declaró el 3 de enero de 1994: "lo que están planteando para encubrir (sic) a Colosio es una simple mascarada"[95]. El luego "Subcomandante" reconoció: "al anunciarse que él sería el candidato del PRI, sí veíamos una continuidad; o sea, el nombre de Salinas en la imagen de Colosio"[96]. Una que otra muestra de desprecio se añadió después: "¿a quién hacía daño este hombre?", se preguntó el líder del levantamiento zapatista. El "neozapatismo" se mostró "consternado" por la muerte del "señor" (sic) Colosio, no sin reconocer que parte del objetivo de la sublevación era "poner en crisis" a "todos los partidos", textualmente[97]Lo sorprendente (porque además no parece haber llamado especialmente la atención) es que el líder de un grupo que había realizado acciones armadas en una parte de Chiapas, a principios de enero de 1994, fustigara luego del asesinato de Colosio –atribuido a la probable mano de Córdoba Montoya- a todo aquél que no quisiera una solución pacífica de los conflictos, el chiapaneco incluido: "con el atentado de Colosio- dijo el "Subcomandante"- es la otra puerta que se está abriendo: la no solución pacífica y democrática de los conflictos"[98].

Finalmente, el obispo Samuel Ruiz, mediador (¿o parte involucrada?) en el conflicto de Chiapas, lamentó en una misa celebrada en la catedral de la sureña ciudad de San Cristóbal de Las Casas: "Grande tristeza- dijo- me embargó el tener noticia del atentado en que perdió la vida el respetable y querido amigo Luis Donaldo Colosio…Estoy pidiendo porque en su descanso permanente, cerca de Dios, vea colmados los anhelos sinceros por los que estaba luchando para nuestro país"[99]. Si se entiende el lenguaje mexicano, ahora Colosio no pasaba, a los ojos de otro involucrado en el problema chiapaneco, de "respetable" y "querido amigo", formulaciones un tanto ambiguas: ¿por qué era necesario hablar del ejecutado como alguien apenas respetable? ¿De quién era el "querido amigo", si el conflicto de Chiapas no hizo sino empeorar el desprecio hacia Colosio manifiesto desde noviembre de 1993, y no desde enero de 1994?

5. Hambre y sed…

"Quien tiene empleo –afirmó alguna vez Luis Donaldo Colosio- eleva su autoestima ante su propia familia"[100] Al candidato asesinado nunca le pareció que la riqueza o la pobreza debieran ser argumentos para no ser honestos. En una entrevista que tuvo lugar el 15 de diciembre de 1993, Colosio Murrieta fue claro al respecto: "las cualidades que más valoro –dijo- son la lealtad, la honestidad, la honorabilidad para vivir dignamente sin importar el estrato social al cual se pertenezca"[101]. El entrevistador le preguntó a Colosio si aspiraba a ser querido por la gente (pregunta un tanto curiosa, de Pedro Ferriz de Con), a lo cual el candidato contestó: "quiero en primer lugar ganarme el respeto de la sociedad como individuo".[102]

El 6 de marzo de 1994, cuando su campaña presidencial ya había dado visos de haber realmente arrancado, Luis Donaldo Colosio afirmó en su discurso frente al Monumento a la Revolución, en el centro de la capital mexicana: "veo a un México con hambre y sed de justicia", frase que lo hizo "famoso". El sonorense se había definido en más de una ocasión como un hombre de raíces populares. No pocas personas de origen modesto –de raíces populares, según habría dicho Colosio Murrieta- quisieron contribuir a esclarecer los hechos de Lomas Taurinas, sabiendo probablemente qué riesgos se corrían: una tras otra, dichas personas se perdieron, prefirieron enmudecer o fueron silenciadas o a su vez ejecutadas (cerca de 11, según el cálculo de Cortés y Cordero)[103], en particular en la conflictiva Tijuana. Desde el momento mismo del crimen hubo en esa ciudad fronteriza, en el estado de Baja California norte y cercana a San Diego, gente "humilde"- como se llama en México a quienes viven con pobreza - que cumplió con lo que consideraba su deber, sin pedir nada a cambio, por buenos oficios y sentido de servicio. Al mismo tiempo, varios personajes oscuros –incluyendo uno, el más oscuro de todos por su manera de enredarse en sus declaraciones, el sinaloense Jorge Antonio Sánchez Ortega[104]todos de origen "popular" (Vicente Mayoral y Rodolfo Mayoral Esquer, Tranquilino Sánchez Venegas, Othón Cortéz, Rodolfo Rivapalacio Tinajero, Salvador Hernández Tomasini, Tomassini o Thomassiny, Mario Alberto Carrillo Cuevas, Fernando de la Sota, Jorge Romero Romero y hasta el general Domiro García Reyes) no fueron tratados como "nacos" por la opinión pública ni por el mundo de los privilegiados, sino declarados inocentes, uno tras otro, sin indignación de nadie, o casi. Quedaron libres y el más sospechoso de todos –Sánchez Ortega- apareció mucho tiempo después, riéndose a carcajadas, en la vigilancia de un mitin en la ciudad de Saltillo, en el norteño estado de Coahuila, lo que hizo que el gobierno del estado se sintiera obligado a tomar medidas preventivas de protección para la familia Riojas[105]

La carta de Zedillo dirigida a Colosio, fechada el 19 de marzo de 1994 le abría la puerta a Salinas para "salir airoso" y rompía con las reglas del sistema político mexicano, que antes autorizaba y alentaba la independencia del candidato a sucesor ante el mandatario por salir (porque "la presidencia no se comparte"). La preocupación de Zedillo en la misiva no era Colosio, sino Salinas, quien según el mismo Zedillo había dejado de preocuparse por Colosio a raíz de lo ocurrido en Chiapas y tenía como prioridad, además de "asegurar la paz social y la estabilidad financiera", "concluir satisfactoriamente su mandato", con su "enorme orgullo de auténtico hombre de Estado"[106]. Era tal la exigencia de servilismo que Zedillo llegó en esa misma misiva a escribir: "cada vez que haya que señalar tareas pendientes y deficiencias del gobierno, mediará notificación previa y se será receptivo a la forma de decirlo"[107]. Poco antes de ser ejecutado, Colosio se disponía –se dijo- a remplazar a Zedillo como coordinador de campaña, ya fuera por Santiago Oñate o por Fernando Elías Calles. Zedillo no estuvo presente en los funerales de Diana Laura Riojas, fallecida el 19 de noviembre de 1994[108]Lo que a juicio de Federico Arreola terminó por despuntar en Zedillo fueron los complejos del "nuevo rico", originario por lo demás de clase media baja y de otra visión del "esfuerzo": inseguro, por un origen modesto, "le gustaba rodearse de señoritos tecnócratas, elegantes e inteligentes, refinados y atrevidos".[109] Sería la razón por la cual Córdoba habría deslumbrado a Zedillo, aunque al momento de que éste fuera nombrado candidato sustituto, el resultado se consiguió –perversamente, otra vez- con un video en el cual Colosio alababa antes de los hechos fatídicos a quien fuera su coordinador de campaña[110]

Fernando Benítez, atribuyéndole las palabras a Venustiano Carranza, escribió en El rey viejo: "no sea usted niño, le dice Carranza a su interlocutor (nota nuestra), en este país no hay misericordia para los vencidos".[111] Ninguno de los potenciales sospechosos de estar involucrados en el crimen –así fuera por descuidos- estaba vencido, mucho menos en comparación con Colosio desde que fue candidato. Salvo a Mario Aburto, a todos se les lavó de una u otra manera la cara, se les "legitimó", lo que no se hizo con Colosio en vida. Podría haberse dicho sobre Colosio Murrieta, como lo hace uno de los personajes de la novela de Benítez luego del asesinato de Carranza: "todos lo habíamos suicidado".[112]

Luego del asesinato, las investigaciones oficiales y la opinión pública hicieron algo peor: todos los motivos de los sospechosos, y los sospechosos mismos, quedaron justificados, mientras que de noviembre de 1993 a marzo de 1994 muchos hicieron hasta lo imposible para que Luis Donaldo Colosio fuera señalado como "ilegítimo". Que haya de uno a cuatro Aburtos es casi secundario: lo que se le hizo a Colosio fue una suplantación, al hacerlo pasar casi como culpable de lo ocurrido y al legitimarse a los sospechosos, aunque sea de negligencia, considerando que ésta fue gravísima, según lo demostró Eduardo Muriel[113]La suplantación aparece de manera clara en la versión que dio el semanario Zeta, de Tijuana, sobre lo ocurrido. Colosio es descrito de tal manera que todo se presta desde un principio a que otros lo suplanten. "Luis Donaldo Colosio era un buen hombre", escriben los reporteros del semanario, "pero no era un buen político. Políticos-políticos no tenía en su equipo cuando lo nominaron candidato"[114]. Peor: "podría, sin seguridad, contar con uno o dos gobernadores, con algunos senadores o con ciertos diputados pero, la verdad, no había mucho de dónde escoger"[115]. Colosio, al decir reiterado de los reporteros, era apenas una hechura de Salinas a la que se sumó un grupo de "norteños atrabancados" (sic) que no tardaron en olvidarse del muerto. Para los periodistas de Zeta, y aquí el escribirlo en una sola palabra agrava las cosas, Colosio era "buenagente" (sic), y además "correcto, disciplinado"[116], lo que está redactado de manera que parecen los defectos de un pobre "obediente". "Tenía la estampa de buena gente, prosiguen los del semanario tijuanense; la cuna le fue humilde, la vida arrancó del campo con sacrificio para ir a las grandes universidades"[117] Más despectiva aún, al menos en la visión común del mexicano, resulta esta descripción: "Colosio, un-alma-de-Dios. Cuando Salinas le dio la candidatura la conseja popular fue elocuente: es al único que puede seguir manejando"[118] En medio de estas observaciones aparecen ya no norteños atrabancados y temerarios en la logística, sino chivos expiatorios –salvo Aburto- de un poder aparentemente presionado por la opinión pública para encontrar autores intelectuales: Salinas, de preferencia. Poco antes de que lo arresten, una verdadera alma de Dios, Tranquilino Sánchez Venegas, no entendía por qué había salido su foto en The San Diego Union-Tribune, que lo estaba indiciando, y en cambio el policía estaba feliz: "salí en el periódico", dijo[119]pero sin complejo alguno, ni baja autoestima, ni problemas familiares… Nótese bien la redacción de Zeta: "sus amigos a Tranquilino Sánchez Venegas lo calificaban como "un pobre policía". Tan pobre que tuvo que abandonar la corporación y buscar trabajo en el Jai-Alai. Fracasó. Sin embargo, obtuvo permiso para adquirir un carrito y vender hot-dogs fuera del Frontón. Luego, consiguió trabajo frente al Frontón, en una discoteca llamada Las Pulgas, donde su misión era sacar borrachos"[120] En cuanto al "clavadista", Mario Alberto Carrillo Cuevas, "un tropiezo le llegó en el momento equivocado en el lugar equivocado": justo cuando Aburto se acercó a Colosio, Carrillo Cuevas cayó a los pies del candidato, en uno de tantos tropezones.[121] Para algunos fiscales, el "clavadista" (sic) no se cayó, sino que "se tiró" para impedirle el paso a Colosio.

Domiro García Reyes tenía una carrera brillante en el Estado Mayor Presidencial y la perdió. Nunca negó que falló el día del asesinato de Colosio, ni trató de excusarse por ello: entre empellones y con fuerza, el ex sacaborrachos Tranquilino Sánchez Venegas o unas mujeres lo apartaron del candidato priísta. Por lo demás, parece indudable lo que afirmaron los periodistas del semanario Zeta: "todo el mundo jaló (se las arregló, nota nuestra) como mejor se le ocurrió" en la seguridad del mitin en Lomas Taurinas.[122] El testimonio de García Reyes es sin embargo inexacto, dando la impresión de que tiende a confundir la lealtad con el cumplimiento de órdenes, lo que lo dividió en su fuero interior ante un temerario Colosio. Incluso, Domiro García Reyes reaccionó peor a una mala reacción de Colosio quien, viéndolo alguna vez agachado para recoger unas tarjetas, le espetó que un general no se agacha ante nadie. Iracundo, García Reyes le dijo a una amistad muy cercana al entonces candidato priísta: "(…) tú que eres amigo del candidato, dile que si me vuelve a gritar le voy a partir la madre; soy un general, y te juro que si me vuelve a gritar lo golpeo. Y no me importa lo que me pase".[123] ¿Se habría atrevido el general en circunstancias menos desfavorables para el candidato?

García Reyes, ciertamente marginado por el entorno del sonorense de la logística de la campaña, era por momentos un avezado observador de lo que ocurría en el ambiente. Sostuvo así que si la seguridad que se le debía a Colosio Murrieta se debilitó, es porque éste, agobiado por una opinión pública en contra, sobre todo en la prensa, buscaba estar cerca de la gente a como diera lugar, demasiado cerca, de modo imprudente. A partir de los señalamientos del periodista Gilberto D"Estrabau, el general García Reyes se percató de que la elección de Colosio como candidato no parecía un puro capricho de Salinas de Gortari, sino una toma de partido por un hombre que, sin haberse convertido de facto en "cabeza política", tenía en cambio en su haber una meritoria y amplia experiencia, desde diputado hasta secretario de Estado[124]El general recuerda también cómo, casi desde un principio, en diciembre de 1993, se hablaba ya en la prensa de Zedillo como "candidato sustituto" en caso de alguna "contingencia irreparable" con Colosio, o "si le ocurriera algo al candidato del PRI".[125] Sin tapujos, a lo mejor por haberlo vivido luego en carne propia, en tiempos del fiscal Pablo Chapa Bezanilla, García Reyes, militar oriundo de Poza Rica, Veracruz, constató: "la prensa fue cruel con Colosio, la prensa lo obligó a tomar determinaciones en las que no le importó su seguridad".[126] Lo curioso es que Domiro García Reyes, hablando de sí mismo, se haya presentado como proveniente de la cultura del esfuerzo, aunque lleno de agradecimiento para más de un privilegiado y por momento con arranques de tirria contra Luis Donaldo Colosio. "Mi padre, sin educación –explicaba Domiro García Reyes-, ha sido muy luchador, (…) fue un hombre muy luchador, sin ninguna preparación pues se dedicaba a lo que cayera (lo que encontrara, nota nuestra)".[127] García Reyes empezó a trabajar desde temprano y fue sobresaliente en la carrera militar. "No soy- alegó- ningún improvisado, he trabajado muy duro, me he dedicado a ello con lealtad, con esperanza, con sacrificio y con mucho corazón", a lo que agregó:"jamás he fallado a mis jefes en el aspecto de la lealtad (…), desde el punto de vista de la lealtad he sido fiel toda la vida, además de ser un hombre de principios"[128]. Más adelante queda clara la confusión: "la lealtad que se le enseña al soldado es para toda la vida (…) y cuando se llega a ostentar un grado de general, es porque uno realmente se lo ha ganado con el esfuerzo".[129] García Reyes dijo en su testimonio que la casa familiar la construyó "con esfuerzo"[130], y al ser entrevistado volvió una y otra vez sobre el tema, el del hombre "formado en el esfuerzo y la lealtad".[131] Cualquiera que haya sido la verdad de García Reyes, tal parece que lealtad y obediencia se confundieron (es justamente lo que se le atribuyó a Colosio ante Salinas), quedando el general a merced de algo que a lo mejor no entendió del todo. García Reyes se resguardó en la familia: además de casa, tener esposa y tres hijos fue para el general una de las grandes pruebas de honestidad[132]

Othón Cortéz (o Cortés, según las fuentes) Vázquez fue inculpado en algún momento en el caso Colosio, ya que al "oaxaquita" (proveniente de Salina Cruz, en el estado mexicano de Oaxaca, en la costa del suroeste mexicano) fue designado como "el segundo tirador" de Lomas Taurinas, y como tal capturado y encarcelado. Pasada de nueva cuenta la teoría del complot, en la que había trabajado el fiscal Pablo Chapa Bezanilla, Othón Cortéz resultó inocente. Recuperó la libertad (en 1996 fue absuelto por desvanecimiento de pruebas) y siguió en Tijuana poniéndose, como era su costumbre desde antes, a la disposición de cualquier "jefe" al que lograra acercarse, ya fuera político o incluso policíaco. En un libro que se difundió bastante en México, El segundo tirador, de Constantino Presa[133]Othón Cortéz aparece él también como un hombre de raíces populares, y casi diríase – al igual que Domiro García Reyes- que por lo mismo inocente, desafortunadamente utilizado en los tejes y manejes gubernamentales (pareciera que como Colosio) y encima difamado ante la opinión pública (otra vez, igual que Colosio). El mismo Othón Cortéz sacó esta conclusión -muy perceptiva sobre lo que ocurre desde la época colonial- de su experiencia: "la única tranquilidad que hay en México –dijo-es que no hay guerra con otros países, pero entre sus habitantes sí hay guerra, el gobierno pelea contra ellos, y se llevan entre los pies la tranquilidad de la gente común como nosotros"[134].

En el testimonio de Othón Cortéz no hay por cierto muchas palabras para Luis Donaldo Colosio. En el prólogo, sin embargo, Constantino Presa se expresa de una manera que no necesita de muchos comentarios: tiende a culpar a Salinas de lo ocurrido (sin pruebas y por principio de cuentas), pero de Colosio dice: "pobre cuate (sic, tipo, nota nuestra), qué mala suerte (sic)…la tenía en las manos (sic) y se lo echaron (lo mataron, nota nuestra). Por andar hablando antes de tiempo (sic)". Al fin y al cabo, Presa ya había pensado de Colosio el 6 de marzo de 1994, con un dejo de resignación común en México: "a ver si no lo matan" (sic). Lo anterior en nada le impide al autor argüir en plena contradicción que el asesinato del candidato priísta tomó "a todos" (sic) por sorpresa. A partir de esos comentarios, uno podría pensar que Cortéz compartió la desdicha con Colosio, ya que al primero, otro "pobre cuate", le tocó la "mala suerte" de estar cerca del candidato cuando "se lo echaron". Sólo que lo que para Colosio es mala suerte, para Othón Cortez es una decidida mala voluntad del poder, en particular de uno de los fiscales del caso, Chapa Bezanilla. Este es descrito como si fuera otro, Mario Aburto para ser exactos: "un loco ególatra" que "atentó en contra de la sociedad mexicana toda"[135]. En realidad, Cortéz ni siquiera es un "pobre cuate": heredero –como Domiro García Reyes- de la cultura del esfuerzo y no del privilegio, lo único que buscaba era, gracias al favor de tal o cual político, "tenerla en las manos", parafraseando a Constantino Presa en sus reflexiones. Desde un principio, Cortéz es un "carismático guardia de seguridad, alguna vez chofer, (que) sabe cómo sacar partido de sus relaciones, a la fecha tiene facilidad de saludar y solicitar favores a diestra y siniestra, nadie le niega nada, lo mismo una comida que dinero. Con el pasar de los años el arte de sobrevivir como pudiera lo hizo experto en relaciones humanas, con sobrado éxito"[136]. Cuando no fue para el político de paso, Othón Cortéz, el hombre "que a todos servía" y a quien nunca le faltó el "¿qué se le ofrece?"[137], sencillo y probo, no cesó nunca de agradecerle al Creador, que le permitió ser alguien luego de pasar por los empleos de albañil, taxista, plomero y electricista, hasta llegar a chofer. Othón sigue adelante con esposa e hijos (Jonathan, Leslie y Cristian), "mientras Dios le dé licencia" y "sus jefes se lo permitan"[138], cuando por cierto debiera ser al revés.

Con una niñez feliz, "muy hermosa", "rodeada de amor y cariño"[139], estudiante en una primaria llamada además Casa del Obrero Mundial, el servicial (la insistencia es de Constantino Presa) Othón Cortéz ha sido "un hombre orgulloso de su tierra, de su comunidad" (digamos que como Colosio), sin importar que el padre se ausentara con frecuencia y por periodos largos, por razones de trabajo, y que otra persona fuera "su segundo padre" y quien le enseñara a respetar a la gente. Una observación de Presa al pasar llama la atención: se refiere a Cortéz como alguien "servicial hasta el servilismo"[140], rasgo que por cierto se le quiso atribuir a Colosio cuando fue designado; como no fuera cierto, luego se le atribuyó al candidato priísta el no haber sido servil en el discurso del 6 de marzo de 1994, y haber sido ejecutado por ello. Si García Reyes confundió lealtad y obediencia, Cortéz confundió servicialidad y servilismo. Ambos quedaron libres de toda sospecha oficial. Otro detenido, Rodolfo Rivapalacio Tinajero, fue igualmente absuelto: no pasó al parecer de ser "un hombre que sacó provecho de su puesto, sin arriesgarse, pero incapaz de moverse sin el consentimiento de sus jefes" [141]En cuanto al calmado Vicente Mayoral Valenzuela, también el crimen de Colosio fue injusto con él: antiguo miembro de la Policía Judicial del Estado, nunca había pasado de ser "medio golpeador (sic) pero cuando el tiempo lo permitía (sic)".[142] Hasta aquí, García Reyes y Cortéz han sido descritos por quienes les dieron voz y se describen a sí mismos con los rasgos –aparentes- que Colosio reclamaba para sí, o sobre todo que se le atribuían. El proceso de suplantación se ha casi consumado.

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