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¿Para qué acumularon oro los incas y aztecas?




    ¿Para qué acumularon oro los Incas y
    Aztecas? – Monografias.com

    ¿Para qué acumularon oro
    los Incas y Aztecas?

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    Cuando llegaron los españoles en dirección
    a Yucatán. Desembarcaron en la isla de Cozumel, y
    descubrieron Nueva España, Panuco y la provincia de
    Tabasco (que es como nombraron a estos nuevos lugares).
    Pertrechados con una gran variedad de objetos para el trueque y
    no sólo con armas, los españoles se encontraron
    tanto con indígenas hostiles como amistosos. Vieron
    más construcciones y monumentos de piedra, sintieron la
    punzada de las flechas y las lanzas de punta de obsidiana, y
    examinaron los objetos que hacían los indígenas.
    Muchos estaban hechos de piedra, común o semipreciosa;
    otros brillaban como el oro, pero al examinarlos de cerca
    resultaban ser de cobre. En contra de lo esperado, había
    pocos objetos de oro, y no había minas ni otras fuentes de
    oro, ni de ningún otro metal, en aquella
    tierra.

    Entonces, ¿de dónde había llegado
    el oro, por poco que fuera? Los mayas decían que lo
    habían obtenido comerciando. Según ellos,
    venía del noroeste: allí, en el país de los
    aztecas, había mucho. El descubrimiento y la conquista del
    reino de los aztecas, en las alturas del centro de México,
    está unido históricamente al nombre de
    Hernán Cortés. Éste salió de Cuba, al
    mando de una verdadera armada de once barcos, alrededor de
    seiscientos hombres y un buen número de preciados
    caballos.

    Cortés estableció un campamento base y lo
    llamó Veracruz (nombre que ha quedado hasta el día
    de hoy). Fue allí donde, llegaron los emisarios del
    soberano azteca dándoles la bienvenida y portando
    exquisitos regalos. Según un testigo presencial, Bernal
    Díaz del Castillo, entre los regalos había
    «una rueda como el sol, tan grande como la rueda de un
    carro, con gran cantidad de imágenes en ella, todo de oro
    fino, y maravilloso para ser contemplado. Después, otra
    rueda aún más grande, «hecha de plata de gran
    brillantez, a imitación de la luna». También
    un casco, lleno hasta el borde de pepitas de oro; y un tocado de
    plumas del extraño pájaro
    quetzal.

    Los emisarios entregaron los regalos de su soberano,
    Moctezuma, al divino Quetzalcóatl, la «Serpiente
    Emplumada», dios de los aztecas, gran benefactor que fue
    forzado por el Dios de la Guerra a dejar la tierra de los aztecas
    mucho tiempo atrás. Con un grupo de seguidores, fue al
    Yucatán, y después zarpó en dirección
    este, prometiendo volver el día de su nacimiento en el
    año «1 Carrizo». En el calendario azteca, el
    ciclo de los años se completaba cada 52 años, y de
    ahí que el año del prometido retorno, «1
    Carrizo», sólo tuviera lugar una vez cada 52
    años. En el calendario cristiano, estos fueron los
    años 1363, 1415, 1467 y 1519, precisamente el año
    en que Cortés apareció de las aguas por oriente, a
    las puertas de los dominios aztecas.

    Barbado y con casco, al igual que Quetzalcóatl
    (algunos también sostenían que el dios era de tez
    clara), Cortés parecía cumplir con las
    profecías. Los regalos ofrecidos por el rey azteca no se
    habían seleccionado de forma casual, pues eran ricos en
    simbolismo. El montón de pepitas de oro se ofrecía
    porque el oro era un metal divino perteneciente a los dioses. El
    disco de plata que representaba a la luna se incluyó
    porque algunas leyendas sostenían que Quetzalcóatl
    zarpó para volver a los cielos, haciendo de la luna su
    morada. El tocado de plumas y las vestimentas ricamente adornadas
    eran para que se las pusiese el dios que regresaba. Y el disco de
    oro era un calendario sagrado que representaba el ciclo de 52
    años, e indicaba el Año del Retorno.

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    Para ellos, los objetos no eran más que la prueba
    de las enormes riquezas del reino de los aztecas. Estos objetos
    se llevaron a Sevilla desde México el 9 de diciembre de
    1519, a bordo del primer barco de tesoros que enviara
    Cortés a España. El rey de España, Carlos I,
    nieto de Fernando y soberano de otros países europeos como
    Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano, estaba entonces en
    Flandes, de modo que el barco fue enviado a Bruselas. Entre todo
    aquel oro había, además de los simbólicos
    regalos, figurillas de patos, perros, tigres, leones y monos, y
    un arco con sus flechas de oro. Pero sobrepasándolos a
    todos estaba el «disco de oro», de 197,5 cm de
    diámetro, y grueso como cuatro reales. El gran
    artista Alberto Durero, que vio el tesoro que llegó de
    «la Nueva Tierra de Oro», dijo que «estas cosas
    eran todas ellas tan preciosas que se valoraron en 100.000
    florines. Pero nunca en todos mis días había visto
    algo que regocijara tanto mi corazón como aquellas cosas.
    Pues vi entre ellas asombrosos objetos artísticos, y me
    maravillé de la delicada ingenuidad de los hombres de
    aquellas distantes tierras. Ciertamente, no puedo decir
    suficiente de las cosas que había allí, ante
    mí».

    Pero fuera cual fuera el valor artístico,
    religioso, cultural o histórico que «aquellas
    cosas» pudieran tener, para el rey no eran más que
    oro, oro con el cual poder financiar sus luchas contra las
    insurrecciones internas y las guerras en el exterior. Sin perder
    el tiempo, Carlos dio la orden de que éstos y todos los
    objetos futuros hechos de metales preciosos fueran fundidos a su
    llegada y convertidos en lingotes de oro o plata. En
    México, Cortés y sus hombres adoptaron la misma
    actitud. Avanzando lentamente, y venciendo cualquier resistencia
    que se encontraban por la fuerza de su superioridad en armas o
    por medio de la diplomacia y la traición, los
    conquistadores llegaron a la capital azteca, Tenochtitlán
    -la actual ciudad de México- en noviembre de 1519. A la
    ciudad, situada en medio de un lago, sólo se podía
    acceder a través de unas calzadas de fácil defensa.
    Sin embargo, todavía sobrecogidos por la profecía
    del dios que regresaba, Moctezuma y sus nobles salieron de la
    ciudad para recibir a Cortés y su séquito.
    Sólo Moctezuma llevaba sandalias; los demás iban
    descalzos y se postraron ante el dios blanco. Moctezuma
    recibió a los conquistadores en su magnífico
    palacio; había oro por todas partes, incluso los
    artículos de la mesa estaban hechos de oro; y les
    mostraron un almacén lleno de objetos de oro. Los
    conquistadores apresaron a Moctezuma y lo retuvieron en sus
    dependencias, exigiendo para su liberación un rescate en
    oro. Ante esto, los nobles enviaron emisarios por todo el reino
    para que reunieran el rescate; trajeron oro suficiente como para
    llenar un barco.

    Consiguiendo el oro de forma astuta, y debilitando a los
    aztecas sembraron cizaña entre ellos. Cortés
    tenía Planeado liberar a Moctezuma y dejarle en el trono
    como un rey títere. Pero su segundo en el mando
    perdió la paciencia y ordenó una masacre entre los
    nobles y jefes aztecas. En la confusión que siguió,
    Moctezuma fue asesinado.

    Cortés se retiró de la ciudad, y
    sólo consiguió volver a entrar en ella en agosto de
    1521, potentemente reforzado desde Cuba y tras una serie de
    prolongadas batallas. En este periodo habían saqueado unos
    600.000 pesos de oro, convertidos ya en lingotes.

    Mientras estaba siendo conquistado, México fue
    una Nueva Tierra de Oro; pero cuando se llevaron los objetos de
    oro creado y acumulado durante siglos, si no milenios,
    quedó claro que México no era lo que esperaban y
    que Tenochtitlán no era la legendaria Ciudad de Oro. Y
    así, la búsqueda del preciado metal, a la que ni
    aventureros ni reyes estaban dispuestos a renunciar, se
    encaminó hacia otros lugares del Nuevo Mundo.

    Los españoles establecieron una base en
    Panamá, en la costa del Pacífico, y desde
    allí enviaban expediciones y delegados a América
    Central y del Sur. Fue allí donde escucharon la seductora
    leyenda de El Dorado, abreviatura de el hombre dorado.
    Se trataba de un rey que gobernaba en un reino tan rico en oro,
    que se embadurnaba cada mañana de la cabeza a los pies con
    un aceite previamente rociado con polvo de oro. Al llegar la
    noche, se sumergía en el lago y se quitaba el oro y el
    aceite, para repetir aquel ritual al día
    siguiente.

    Reinaba en una ciudad que estaba en el centro de un
    lago, emplazada en una isla de oro. Según la
    crónica titulada Elegías de Varones Ilustres de
    Indias,
    el primer informe concreto de El Dorado lo obtuvo
    Francisco Pizarro en Panamá de uno de sus capitanes: Se
    decía que un indígena de Colombia había
    oído hablar de «un país rico en esmeraldas y
    oro. Entre las cosas de las que se ocupaban estaba ésta:
    su rey se desnudaba y, a bordo de una balsa, iba hasta el centro
    de un lago para hacer abluciones. Su regia forma era untada con
    aceite fragante, sobre el cual se esparcía una capa de oro
    en polvo, desde la planta de los pies hasta la coronilla,
    dejándolo resplandeciente como los rayos del sol».
    Muchos peregrinos iban para contemplar el ritual, haciendo
    «ricas ofrendas votivas de objetos de oro y esmeraldas
    singulares, así como otros muchos ornamentos»,
    arrojándolos en el lago sagrado.

    Otra versión, sugería que el lago sagrado
    estaba en algún lugar del norte de Colombia, hacía
    llevar al rey dorado una «gran cantidad de oro y
    esmeraldas» hasta el centro del lago. Allí, en
    calidad de emisario de las multitudes que se aglomeraban gritando
    y tocando instrumentos musicales en las orillas, arrojaba el
    tesoro en el lago como ofrenda a su dios. Otra versión
    más llamaba a la ciudad dorada Manoa y afirma que se
    encontraba en la tierra de Biru (Perú para los
    españoles).

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    La leyenda de El Dorado se difundió entre los
    europeos como el fuego, y no tardó mucho en llegar a
    Europa. Lo que pasaba de boca en boca terminó por ponerse
    por escrito; comenzaron a circular por Europa panfletos y libros
    en los que se describía el país y el lago, la
    ciudad y el rey a quien nadie había visto aún, e
    incluso el ritual mediante el cual se doraba al rey cada
    mañana.

    Mientras algunos, como Cortés, que fue a
    California, u otros que fueron a Venezuela, buscaban en
    direcciones de su propia elección, Francisco Pizarro y sus
    tenientes confiaron en los informes de los
    indígenas.

    Pizarro, convino en que el Perú tenía que
    ser el lugar correcto. Desde la base de Panamá, dos
    expediciones recorrieron la costa del Pacífico en
    dirección sur, y trajeron suficientes objetos de oro como
    para convencer de que valdría la pena centrar los
    esfuerzos en Perú. Tras obtener el permiso real y
    conseguir los títulos de capitán general y
    gobernador (de una provincia que aún no había sido
    conquistada), Pizarro zarpó hacia Perú a la cabeza
    de dos centenares de hombres en el año 1530.

    ¿Cómo esperaba conquistar, con tan
    pequeño ejército, un inmenso país protegido
    por miles de guerreros ferozmente leales a su señor, el
    Inca, al que consideraban la personificación de su dios?
    El plan de Pizarro consistía en repetir la eficaz
    estrategia que empleó Cortés: atraer al soberano,
    apresarlo, obtener el oro como rescate y, después, dejarlo
    en libertad para que fuera un títere de los
    españoles.

    La cuestión es que los incas, estaban en una
    guerra civil cuando desembarcaron los conquistadores, lo cual era
    una ventaja. Se encontraron con que, tras la muerte del Inca, su
    primogénito, nacido de una «esposa
    secundaria», estaba cuestionando la legitimidad sucesoria
    de un hijo nacido de la esposa principal del Inca. Cuando la
    noticia del avance de las tropas españolas llegó a
    oídos del aspirante, llamado Atahualpa, éste
    tomó la determinación de dejar que los
    conquistadores penetraran tierra adentro (alejándose
    así de sus barcos y refuerzos) mientras él
    terminaba de hacerse con el control de la capital, Cuzco. Cuando
    los españoles llegaron a la principal ciudad de los Andes,
    le enviaron emisarios con regalos y con una oferta de
    conversaciones de paz. Proponían que se encontraran en la
    plaza de la ciudad, desarmados y sin escolta militar, como
    muestra de buena voluntad.

    Atahualpa accedió pero, cuando llegó a la
    plaza, los conquistadores atacaron a su escolta y lo capturaron.
    Luego, pidieron rescate por su liberación: Una gran sala
    llena de oro hasta la altura de un hombre con la mano extendida
    hacia el techo. Atahualpa creyó entender lo que
    significaba llenar la sala con objetos de oro, y accedió.
    Por orden suya, todo tipo de utensilios de oro se sacó de
    templos y palacios: copas, ánforas, bandejas, jarras de
    todas las formas y tamaños, ornamentos entre los que
    había imitaciones de animales y plantas, y placas con las
    que se forraban los muros de edificios públicos. Durante
    semanas, acumularon aquellos tesoros para llenar la sala. Pero,
    entonces, los españoles dijeron que el trato
    consistía en llenar la sala con oro sólido, no con
    objetos huecos; y, durante un mes, los orfebres incas se
    dedicaron a fundir todos los objetos artísticos y
    convertirlos en lingotes.

    Y dado que la historia insiste en repetirse, el destino
    de Atahualpa fue exactamente el mismo que el de Moctezuma.
    Pizarro pretendía liberarlo para que gobernase como un rey
    títere, pero sus tenientes y los representantes de la
    Iglesia, en un simulacro de juicio, lo sentenciaron a muerte por
    el crimen de idolatría y el asesinato de su hermanastro,
    su rival en el trono.

    Según las crónicas de la época, el
    rescate obtenido por la liberación del Inca fue el
    equivalente a 1.326.539 pesos de oro -alrededor de 5.670 kilos-,
    tesoro que se repartió rápidamente Pizarro y sus
    hombres después de dejar la requerida quinta parte para el
    rey. Pero a pesar de que lo que cada hombre recibió iba
    más allá de sus sueños más
    fantásticos, aquello no era nada comparado con lo que
    aún estaba por llegar.

    Cuando los conquistadores entraron en la capital, Cuzco,
    vieron templos y palacios cubiertos literalmente de oro y llenos
    de este metal. En el palacio real había tres
    cámaras llenas de objetos de oro y cinco con objetos de
    plata, y una montaña de 100.000 lingotes de oro con un
    peso de 2,265 kilos cada uno, una reserva de tan precioso metal
    que estaba a la espera de ser convertida en objetos
    artísticos. El trono, también de oro, y equipado
    con un taburete de oro, diseñado para convertirse en una
    litera sobre la cual pudiera reclinarse el rey, pesaba 25.000
    pesos (alrededor de 113 kilos); incluso las varas para
    transportarlo estaban recubiertas de oro. Por todas partes
    había capillas y cámaras funerarias en honor a los
    antepasados llenas de estatuillas e imágenes de
    pájaros, peces y animales pequeños, espigas,
    pectorales. En el gran templo (que los españoles llamaron
    el Templo del Sol), las paredes estaban cubiertas con pesadas
    placas de oro, y tenía un jardín artificial en
    donde todo –árboles, arbustos, flores, pájaros y
    una fuente- estaba hecho de oro. En el patio, había un
    campo de maíz con tallos de plata y espigas de oro, un
    campo que cubría una superficie de 91 por 182 metros -es
    decir, ¡16.562 metros cuadrados de maíz de
    oro!

    En Perú, los conquistadores españoles
    vieron cómo en un corto espacio de tiempo sus
    fáciles victorias iniciales dieron paso a unas
    encarnizadas rebeliones de los incas, y la riqueza inicial dio
    paso al azote de la inflación. Para los incas, igual que
    para los aztecas, el oro era un don propiedad de los dioses, no
    un medio para el intercambio.

    Nunca lo utilizaron como una mercancía, como
    dinero. Para los españoles, el oro era un medio para
    adquirir todo lo que deseaban. Atiborrados de oro, pero
    desprovistos de cualquier lujo o, incluso, de necesidades
    cotidianas, los españoles no tardaron en pagar sesenta
    pesos de oro por una botella de vino, 100 por una capa o 10.000
    por un caballo.

    En Europa, la afluencia del oro, plata y piedras
    preciosas disparó la fiebre del oro y las especulaciones
    acerca de El Dorado. A despecho de las grandes cantidades de
    tesoros que llegaban, persistía la convicción de
    que El Dorado aún no había sido encontrado, y que
    con algo de paciencia, de suerte y leyendo bien las pistas de los
    indígenas y de enigmáticos mapas, alguien
    podría hallarlo. Exploradores alemanes estaban seguros de
    que la ciudad dorada se encontraría en las cabeceras del
    río Orinoco, en Venezuela, o quizás en Colombia.
    Otros llegaron a la conclusión de que el río que
    había que seguir era otro, incluso el Amazonas, en
    Brasil.

    Pero como todo era fábula la fuente de todas esas
    riquezas no se encontró, los conquistadores interrogaron
    de forma intensiva a los nativos acerca del origen de aquellos
    tesoros amasados, y siguieron cada una de sus pistas
    incansablemente. Pero no tardaron en comprender que no iban a
    encontrarlo en el Caribe y en el Yucatán; de hecho, los
    mayas les habían dicho que ellos habían conseguido
    la mayor parte de su oro comerciando con sus vecinos del sur y
    del oeste, y explicaron que habían aprendido el arte de la
    orfebrería de antiguos pobladores (los toltecas).
    Sí, decían los españoles, pero, ¿de
    dónde habían obtenido el oro los toltecas?: De los
    dioses, era la respuesta de los mayas.

    En las lenguas de la zona, el oro recibía el
    nombre de teocuitlatl, que significa literalmente
    «excreción de los dioses», su
    transpiración y sus lágrimas. En la capital azteca,
    los conquistadores supieron que el oro se consideraba el metal de
    los dioses, de ahí que robarlo fuera un delito
    gravísimo. Los aztecas también señalaron a
    los toltecas como sus maestros en el arte de la
    orfebrería. Pero, ¿quién les había
    enseñado a los toltecas? El gran dios Quetzalcóatl,
    respondían los aztecas.

    Cortés, en sus informes al rey de España,
    decía que le había preguntado una y otra vez a
    Moctezuma sobre el origen del oro, y que Moctezuma le
    había dicho que éste provenía de tres
    provincias de su reino, una en la costa del Pacífico, otra
    en la costa del golfo, y otra tierra adentro, en el sudoeste,
    donde estaban las minas. Cortés envió a sus hombres
    a investigar los tres lugares indicados. En los tres casos, se
    encontraron con que los indígenas estaban obteniendo
    ciertamente el oro de los lechos de los ríos, o bien
    recogiendo las pepitas en la superficie, donde las habían
    depositado los aluviones creados por las lluvias. En la provincia
    donde estaban las minas, su actividad parecía ser algo del
    pasado, puesto que los indígenas con los que se
    encontraron los españoles no trabajaban en ellas «No
    había minas en activo -escribió Cortés en su
    informe-. Las pepitas se encontraban en la superficie; la
    principal fuente era la arena de los lechos de los ríos.
    El oro se guardaba en forma de polvo en pequeños tubos de
    caña, o se fundía en pequeñas ollas y se
    convertía en barras.» Así preparado, el oro
    se enviaba a la capital, se devolvía a los dioses, a
    quienes siempre había pertenecido.

    Como se podrá notar los aztecas se dedicaban
    exclusivamente a la minería de ribera (recojo de pepitas y
    polvo de oro en las orillas y lechos de los ríos), y no a
    una verdadera minería en la que se cavan pozos y
    túneles en las laderas de las montañas, el asunto
    aún está lejos de haber quedado
    resuelto.

    Sin embargo, los mismísimos aztecas habían
    dicho que sus predecesores toltecas no solo conocían el
    oficio de la orfebrería, sino también el
    conocimiento del lugar oculto del oro y la habilidad para sacarlo
    de las montañas. En un manuscrito azteca conservado en el
    Códice Matritense de la Real Academia,
    según la traducción de Miguel León Portilla
    (Aztec Thought and Culture), se describe a los toltecas
    así:

    «Los toltecas eran un pueblo hábil; todos
    sus trabajos parecen buenos, exactos, bien hechos y admirables…
    Pintando, esculpiendo, tallando piedras preciosas, trabajando con
    plumas o haciendo cerámica, hilando o tejiendo, los
    toltecas se mostraban hábiles en todo lo que
    hacían. Ellos descubrieron la turquesa, la piedra preciosa
    verde; conocían la turquesa y sus minas. Encontraban sus
    minas y encontraban las montañas en donde se ocultaba la
    plata y el oro, el cobre, el estaño y el metal de la
    luna.»

    La mayoría de los historiadores coinciden en que
    los toltecas llegaron a las tierras altas del centro de
    México en los siglos anteriores a la era cristiana, al
    menos, mil años antes, quizás mil quinientos, de
    que los aztecas aparecieran en escena. ¿Cómo puede
    ser que conocieran la minería, la minería
    auténtica del oro y de otros metales, así como de
    piedras preciosas como la turquesa, siendo que los que les
    siguieron -los aztecas- no hacían más que recoger
    pepitas de oro de las orillas de los ríos? ¿Y
    quién enseñó a los toltecas los secretos de
    la minería? La respuesta, como hemos visto, estaba en
    Quetzalcóatl, el dios Serpiente Emplumada.

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    El misterio de la gran acumulación de oro de los
    aztecas por una parte, y su limitada capacidad para obtenerlo,
    por otra, se repitió en el caso de los incas. En
    Perú, al igual que en México, los nativos
    obtenían el oro a partir de las pepitas que depositaban
    los ríos en las orillas. Pero la producción anual
    de oro a través de este sistema no da cuenta de los
    inmensos tesoros que se encontraron en manos de los incas. La
    inmensidad de estas riquezas se hace obvia por las anotaciones
    que se guardaron en Sevilla, puerto de entrada oficial de las
    riquezas del Nuevo Mundo. En los Archivos de Indias
    todavía disponibles- se registró la llegada de
    134.000 pesos de oro en los cinco años que van de
    1521 a 1525. En los cinco años siguientes (¡Los del
    botín de México!), se registraron 1.038.000 pesos.
    De 1531 a 1535, cuando los embarques de Perú comenzaron a
    sobrepasar a los de México, la cantidad se
    incrementó hasta llegar a 1.650.000 pesos. Entre 1536 y
    1540, cuando Perú se había convertido en la fuente
    principal, los registros anotaron 3.937.000 pesos; y en la
    década de 1550, las recepciones totalizaron casi
    11.000.000 de pesos.

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    Uno de los principales cronistas de entonces, Pedro de
    Cieza de León (Crónicas de Perú),
    comenta que, en los años que siguieron a la conquista, los
    españoles «extrajeron» del imperio inca unas
    15.000 arrobas de oro al año, y 50.000 de plata;
    es decir, ¡el equivalente a más de 170 toneladas de
    oro y 567 toneladas de plata al año.

    Aunque Pedro de Cieza no menciona durante cuántos
    años se estuvieron «extrayendo» estas
    fabulosas riquezas, las cifras nos dan una idea de la cantidad de
    metales preciosos que los españoles fueron capaces de
    llevarse del país de los incas. Las crónicas
    cuentan que, después de conseguir el gran rescate pedido
    por el señor de los incas, después del saqueo de
    Cuzco y del templo sagrado de Pachacamac en la costa, los
    españoles se hicieron expertos en la
    «extracción» de oro de las provincias en
    cantidades igualmente ingentes. En todo el imperio inca, los
    palacios y los templos estaban ricamente decorados con oro.
    También obtuvieron oro de los objetos de los
    enterramientos, y supieron de la costumbre inca de sellar las
    residencias de los nobles y los soberanos fallecidos, dejando
    allí sus cuerpos momificados junto con todos los objetos
    preciosos que habían poseído en vida. Los
    conquistadores sospecharon también, acertadamente, que los
    indígenas se habían llevado algunos tesoros a
    lugares ocultos; unos fueron escondidos en cuevas, otros
    enterrados, y otros más arrojados a los lagos. Y
    también estaban las huacas, lugares apartados de
    culto o de uso divino, en donde se amontonaba el oro y se
    guardaba a la disposición de sus verdaderos propietarios,
    los dioses.

    Por medio de la tortura los españoles lograron
    que los indígenas revelaran los lugares donde
    tenían tesoros ocultos, y por este método los
    españoles exportaron desde Perú a España
    más de cuatrocientos millones de ducados de oro y plata, y
    bien se puede decir que las nueve décimas partes de todo
    esto no era más que el botín tomado por los
    conquistadores; en este cálculo, dejamos de lado las
    inmensas cantidades de metales preciosos enterrados por los
    nativos para ocultarlos de la avaricia de los
    invasores.

    Pero la acumulación de oro por parte de los
    nativos de América, a despecho de su forma de
    obtención, presenta aún otra cuestión
    básica: ¿para qué?

    Tanto los cronistas como los expertos
    contemporáneos, después de siglos de estudio,
    coinciden en que aquellas gentes no daban un uso práctico
    al oro, excepto el del adorno de los templos de los dioses y de
    aquellos que gobernaban al pueblo en nombre de los dioses. Los
    aztecas derramaron literalmente su oro a los pies de los
    españoles, creyendo que representaban a la deidad que
    regresaba. Y los incas, al principio también vieron en la
    llegada de los españoles el cumplimiento de la promesa de
    retorno de su deidad Wiracocha, desde más allá de
    los mares, nunca llegaron a comprender por qué los
    españoles habían llegado tan lejos y se
    habían comportado tan mal por un metal al cual el hombre
    no daba uso. Todos los expertos coinciden en que ni incas ni
    aztecas utilizaban el oro con propósitos monetarios, ni le
    daban un valor comercial. Sin embargo, a las naciones sometidas
    les hacían pagar un tributo en oro. ¿Por
    qué?

    En las ruinas de la cultura preincaica de Chimú,
    en la costa de Perú, el gran explorador del siglo XIX
    Alexander Von Humboldt (ingeniero de minas de profesión)
    descubrió gran cantidad de oro enterrado junto con los
    muertos en las tumbas. Aquello le hizo preguntarse por qué
    enterraban con oro a sus muertos, si éste no se estimaba
    por su valor práctico. ¿Se creía que, de
    algún modo, lo iban a necesitar en la otra vida, o que al
    reunirse con sus antepasados podrían utilizar el oro del
    mismo modo en que ellos lo habían hecho una
    vez?

    ¿Quién había introducido tales
    costumbres y creencias, y cuándo?

    ¿Quién había hecho que se valorara
    tanto el oro, y quizá fuera a buscarlo a sus
    fuentes?

    La única respuesta que les dieron a los
    españoles fue "los dioses". De las lágrimas de los
    dioses se había formado el oro, decían los
    incas.

    Durante milenios, desde que el hombre alcanzó la
    civilización, sacerdotes, y astrónomos, observaron
    los cielos en busca de guía para el hombre en la Tierra.
    Desde los zigurats de Sumer y Babilonia, los templos de Egipto,
    el círculo de piedras de Stonehenge, las pirámides
    de Caral, Tucume y el templo de Pachacamac; o el Caracol de
    Chichén Itzá. Se observaron, se calcularon y se
    registraron los complejos movimientos celestes de estrellas y
    planetas; y, para poder hacer esto, zigurats, templos y
    observatorios se alinearon con exactas orientaciones celestes y
    se dotaron de aberturas y de otros detalles de
    construcción que permitieran entrar la luz del Sol o de
    otra estrella en los momentos de los equinoccios o de los
    solsticios.

    ¿Para qué tanta precisión?
    ¿Para ver qué, Para determinar qué? Para los
    expertos, es habitual atribuir los esfuerzos astronómicos
    del hombre antiguo a la necesidad de un calendario para una
    necesidad agrícola que precisaba saber cuándo
    sembrar y cuándo cosechar. Esta explicación se ha
    dado por supuesto durante mucho tiempo. Sin embargo, un
    agricultor que labra la tierra año tras año puede
    estimar el cambio de las estaciones y la llegada de las lluvias
    mucho mejor que cualquier astrónomo, y aún
    podría enseñarle algunas cosas más. Lo
    cierto es que, dondequiera que se han encontrado sociedades
    primitivas (que subsisten de la agricultura) en los lugares
    más remotos del mundo, sus miembros han vivido y se han
    alimentado durante generaciones sin necesidad de
    astrónomos ni de un calendario preciso. Y también
    es un hecho que el calendario fue diseñado en la
    antigüedad dentro de una sociedad urbana, y no
    agrícola.

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    Un simple reloj de sol como el intihuatana, un gnomon,
    puede proporcionar suficiente información primaria y
    estacional como para no poder sobrevivir sin él. Sin
    embargo, el hombre antiguo estudiaba los cielos y alineaba sus
    templos con las estrellas y los planetas, y no relacionaba su
    calendario y sus festividades con el suelo sobre el que se
    erguía, sino sobre los caminos del cielo ¿Por
    qué? Porque el calendario no se diseñó con
    fines agrícolas, sino con fines religiosos. No para
    beneficio de la humanidad, sino para venerar a los dioses. Y los
    dioses, según la primera de todas las religiones y
    según el pueblo que nos dio el calendario, vinieron de los
    cielos.

     

     

    Autor:

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    Maestro Mason Herbert Oré
    Belsuzarri

    2do. Vig:. P:.F:.C:.B:.R:.L:.S:. FENIX
    137-1

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    Valle de Lima Octubre de 2011

    GRAN LOGIA CONSTITUCIONAL DEL
    PERU.

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