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La bendición de la traición



  1. La
    certeza de la traición
  2. El
    método de la traición
  3. Victoria sobre el traidor
  4. La
    necesidad de la traición
  5. La
    bendición de la traición

La nieve caía silenciosamente, como plumas a la
deriva, y pronto cubrió de blanco la tierra
grisácea. Había estado nevando toda la noche y yo
miraba desde la ventana de mi estudio, con el corazón
cálido y reposado, con mi alma enamorada de tu mi mujer
amada. Ya era febrero y la nieve lo cubría todo pero, no
podia cubrir mi corzón lleno de calor y de amor por ti
mujer amada. Pasaban los meses, en pocos día viajaba a
visitar a mi amada. Ya parecía tenerte en mis brazos y,
con mi cálida voz proponerte lo que mi amada desaba,
casarse conmigo por el profundo sentimiento de amor que por mi
experimentaba.

Aquel año, como siempre, teníamos muchas
razones para estar agradecido. La mano del Señor
había sido tan evidente sobre mi vida que caminaba de la
mano con Jesús por todas partes. El había logrado
superara el reiterado adulterio de mi ex esposa y me dedicaba a
estudiar Su Palabra, practicarla y darla a conocer. Era
así mi vida. Encerrado en mi claustro para dedicarme al
studio bíblico apareció mi amada, no lo podia
creer. Dios me daba una nueva oportunidad en mi vida; rehacer mi
vida. Me inclinaba muchas veces al día ante el
Señor con mi corazón agradecido, reconociendo en
silencio que Él había sido el autor de todo ello:
El dejar de sufrir por mi esposa infiel y, recibir la
bendición de una nueva mujer para mi vida que amaba
grandemente. Ella era mi amada…

La preciosa calma de esa mañana fue rota de
pronto por unos mensajes de mi amada que me dejaron
atónitos. Fue el primer eslabón de una pesada
cadena que pronto iba a envolverme en desesperación y
dolor. Luego al llamarla telefonicamente me informa que ya no me
ama, que no la busque y que no quiere nada de mi entre otras
palabras tan crueles que destrozaban mi alma. Supieran, si tan
solo el día anterior mi amada lloraba por Skype ante
mí de felicidad al sentirse amada y amarme. Salía
de un adulterio para entrar a otro problema que llama
traición. Se habían producido en ella
circunstancias que ponían en peligro mi estabilidad
emocional. Sufrí el desamor repentino de mi
amada.

Es asombroso ver cuán rápidamente el mundo
entero parece cambiar cuando cambian nuestras circunstancias. En
verdad, la belleza está en el ojo del que mira, porque la
blanca quietud de la nieve ahora me parecía ser
sólo la hipocresía que cubría los hechos
duros y crueles que se ocultaban bajo su capa engañosa. La
alegría de la Acción de Gracias desapareció
rápidamente bajo la sombra de este dolor presente, y me
hundí en mi silla temblando, estremecido. Dios
sabía que yo era una víctima inocente de
circunstancias retorcidas. Sólo pude clamar: «Oh,
Padre, ¿por qué mi amada me pudo hacer
esto?». Mi oración no tuvo respuesta. Pasaron muchos
día y con ella vino el dolor más profundo: Ya no
vería mas a mi amada… Con dureza en sus palabras me
dijo: "cierra el ultimo capítulo de tu librio de
amor"

Durante dos días permanecí atónito,
en el silencio y la desesperación más tenebrosa. El
problema que yo enfrentaba era sumamente grave, pero iba
más allá de lo que yo me sentía capaz de
soportar, por el hecho increíble de que la que
había traído este pesar a mi vida era mi amada,
aquella que partía en la distancia física el pan
conmigo alrededor de la mesa del Señor.

Las preciosas verdades que aprendí a
través de esa experiencia son el tema de este escrito.
Nuestras experiencias «personales» no son tan
personales como nosotros quizás nos imaginamos pues lo que
sucede en nuestras vidas como miembros del Cuerpo de Cristo tiene
el propósito de traer consuelo y ayuda a otros
(2ª Cor. 1). Nos sucede porque es la
herencia mutua de los miembros del Cuerpo de Cristo compartir los
padecimientos de la Cabeza (Flp. 1:29; Col.
1:24).

La certeza de la
traición

La dura experiencia de ser traicionados por nuestros
amigos y amados debe ocurrir forzosamente en la vida de cada
creyente. Baso esta observación en muchas experiencias
sobre la vida cristiana, además de la clara y simple
enseñanza de la Palabra de Dios. Es un descubrimiento
interesante aprender que la palabra «traición»
y sus formas sólo se usan con respecto a la
traición de Jesús por Judas, exceptuando una sola
mención en Lucas 21:16. En este pasaje,
que es profético, se usa para representar el fin del
tiempo de la gracia y es indicada como una de las marcas de
identificación, o señales, de la venida del
Señor Jesucristo. El versículo simplemente dice:
«Ustedes serán traicionados aun por sus
padres, hermanos, parientes y amigos; y a algunos de ustedes se
les dará muerte
».

Esta es una cosa terrible de avizorar, pero es la
promesa llana de la palabra de Cristo. El tiempo de la gracia se
cerrará con un tiempo de engaño religioso mundial.
Será la hora de la gran apostasía, tiempos
peligrosos en los cuales la verdad será resistida por la
falsedad y el engaño (estudien las palabras de
Pablo en 2ª Timoteo 3:1-17).

Yo creo que cada hombre en quien Jesús
mora, tendrá en estos terribles tiempos postreros su
propio Judas personal; porque en la era de la apostasía se
destacará el hermano falso. Asimismo, la traición
es la experiencia común de cada hombre a quien Dios ha
usado alguna vez para Su gloria.

Nuestro versículo en Lucas 21:16 dice que la
traición viene de parte de «padres, y hermanos,
parientes y amigos». Espantoso, pero real, y por una buena
razón. Primero, nuestros enemigos no pueden traicionarnos.
Ellos no están lo bastante cerca de nuestros corazones. No
somos lo suficientemente íntimos con ellos. Es con
nuestros hermanos y amigos que abrimos nuestro corazón.
Nuestros enemigos no pueden herirnos; son nuestros amigos los que
nos hieren. Así, el salmista dijo en el Salmo
55:12-14: «Porque no me afrentó un enemigo, lo cual
habría soportado; ni se alzó contra mí el
que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él;
sino tú, hombre, (mujer) al parecer íntimo
mío, mi guía, y mi familiar; que juntos
comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos
en amistad en la casa de Dios».

Así que toda la historia de la Biblia hace eco
del hecho de la traición a manos de nuestros amigos. Abel
fue traicionado por su único hermano; Esaú por su
hermano gemelo; Isaac por su hijo; Urías por su rey en
quien confiaba y por su esposa encantadora; Jesús por su
discípulo consagrado; Pablo por «falsos
hermanos». No necesitamos seguir, porque esta solemne
verdad permanece: a menudo son nuestros amigos, nuestras
familias, nuestras esposas(os) y novias(os) los que se levantan
contra nosotros, los que nos destrozan el corazón, el alma
y con ello el cuerpo y así se multiplican nuestras
aflicciones en la vida cristiana. En general, he experimentado a
menudo la herida aplastante de la traición a mano de
aquéllos que profesaban amarme.
Esta paradoja
puede perturbarnos y entristecernos, pero la sabiduría y
el amor de Dios se ve en todo ello, en la serena verdad de que
él no libró ni a su propio Hijo a este respecto,
sino que lo envió a la muerte por mano de un amigo.
¡Que Dios instruya nuestros corazones por medio de esta
preciosa lección!

El método
de la traición

El método siempre será el mismo. Primero,
nuestros traidores escogerán cuidadosamente la hora.
En el caso de Jesús, él fue traicionado en
el momento exacto de su vida en que él tenía la
mayor necesidad de compañía humana (Marcos
14:37);
en la hora de su más grande necesidad.
Por mi parte he sufridio la traición, la
desilución y el adulterio en las mismas circunstancias
pero te digo: Aliéntate si la traición ha sido tu
reciente experiencia. Debe haber grandes cosas delante para ti,
de otro modo Satanás no golpearía en este mismo
momento
.

Nuestros traidores también conocen el lugar donde
atacarnos. Juan 18:2 muestra que Judas sabía el lugar
secreto donde Jesús se retiraba. Ellos nos observan y
conocen nuestro lugar de agonía y oración; y
así, teniendo la ventaja de la intimidad, nos golpean con
violencia en el lugar oportuno sin sentir ni el mas mínimo
remordimiento.

Su forma de traición siempre será
el beso. Ellos alientan nuestro amor, de modo que pueden
golpearnos en el momento más inesperado. La palabra de
Dios dice: «Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba,
el que de mi pan comía, alzó contra mí el
calcañar» (Sal. 41:9). Hay una figura preciosa en
este verso. El significado original representa a un caballo
conocido y confiable que cruelmente patea por detrás a un
amigo desprevenido y confiado.

Victoria sobre el
traidor

¿Qué fue de Judas? La historia registra su
trágico final, pero encubierto en la aparente vaguedad del
breve relato de su muerte hay un drama que ha permanecido mucho
tiempo sin revelar. Para verlo en su perspectiva real, debemos
mirar brevemente la relación entre Jesús y Judas.
Jesús escogió a Judas y oró por él
como lo hizo por Jerusalén que lo rechazó y por
aquellos que lo crucificaron. Jesús deseaba que Judas
comiera la última Pascua con él, lo amó y le
ofreció el lugar de amor y comunión a la mesa en el
aposento de la Pascua. Jesús lavó sus pies y, de
ahí, le expresó un amor que era indudablemente
verdadero y digno del Hijo de Dios. Jesús le dio a
Judas total reconocimiento y nunca lo delató como su
traidor futuro, sino que se refirió a él como su
«amigo».
La meditación cuidadosa
sobre los eventos que llevaron a la traición,
revelará que Jesús ofreció a Judas
toda muestra de amor y no estuvo dispuesto a repudiarlo ni aun en
el momento de su crimen. Particularmente actúo de la misma
manera, podrán hacerme lo que quieran pero ello no sera
motivo de venganza o desear el mal al que me traiciona, es mas,
hago oraciones por esa persona pues es deber Cristiano: es mi
obligación hacerlo.
Jesús
enseñó en Mateo 5:44 que debemos
amar a nuestros enemigos y él practicó todo lo que
predicó. Aunque de antemano conocía perfectamente
el mal que Judas haría contra él, le mostró
su amor sincero en toda forma concebible.

En Marcos 14:45 Judas acordó traicionar a
Jesús con un beso
. Hay dos palabras en el
original para «beso». Una significa el beso de
amistad y otra significa besar fervorosamente, o el beso del amor
verdadero. Ahora, vamos a Getsemaní y veamos la escena
final. Judas viene con la multitud armada con palos y espadas
para tomar a Jesús prisionero. Judas saluda al
Señor y lo besa; pero, de acuerdo con el original, no es
con el beso de amistad como había convenido, ¡sino
con el beso de amor genuino! Sólo la eternidad
revelará lo que pasó en ese momento por el
corazón de Judas. Quizás, a la luz fluctuante de
las antorchas, Judas vio en el rostro de Jesús la
sobrecogedora verdad de que a pesar de su traición,
Jesús lo amaba todavía, porque él
llamó a Judas, «amigo».

Jesús fue apresado y Judas lloró por haber
traicionado sangre inocente; había aprendido que el amor
de Jesús hacia él era real. Su corazón debe
haber experimentado un golpe demoledor, y ahora él no
puede racionalizar su locura o justificar su acto deleznable.
Intenta deshacer lo que ha hecho devolviendo el dinero, pero es
rechazado con desprecio por sus impíos amigos, pues ni aun
ellos quieren relacionarse ahora con Judas. Su ganancia
momentánea se vuelve polvo en sus manos -el futuro es
negro sin la confraternidad de Jesús y sus amigos-
él ha perdido para siempre aquel ministerio que
Jesús le había dado; su habitación
estará ahora desolada, otro hombre tomará su
corona, y Judas irá a su propio lugar en una muerte
solitaria efectuada por su propia mano.

¿Murió Judas por su propia mano? Me parece
claro que Judas murió bajo la fuerza del irresistible amor
de Cristo. Judas se destruyó a sí mismo
porque él ya no podía vivir más consigo
mismo o con otros, y todo esto fue operado por el verdadero amor
del Señor Jesucristo.
Me parece que las palabras
de Romanos 12:20-21 son repentinamente claras:
«Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale
de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto,
ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas
vencido de lo malo, sino vence con el bien el
mal».

¿No se cumplen así aquellas palabras que
afirman: «Porque las armas de nuestra milicia no son
carnales …» (2ª Corintios 10:4
), y
«el amor nunca deja de ser» (1ª Cor.
13:8)?
Sin duda, necesitamos afirmar desesperadamente en
nuestros corazones que la Palabra de Dios es verdad. Nosotros
sólo damos más razón al odio de nuestros
enemigos y motivo a la traición de nuestros amigos cuando
les devolvemos mal por mal. El amor que es verdadero e
inconmovible aun frente a una mala obra contra él,
finalmente conducirá a su traidor a las solitarias laderas
del Campo de Sangre (Hch. 1:19) para
morir.

La necesidad de
la traición

Hay otra consideración en el acto de
traición de Judas. Él fue escogido por el
Señor Jesucristo, aunque el Señor sabía de
antemano que Judas lo traicionaría (Juan
6:64).
En mi propia experiencia personal de
traición a manos de un amor que consideraba aprobado por
Dios, el amado Señor me mostró esta verdad
preciosa. Mientras estaba (y lo estoy todavía) en el fuego
de esta prueba, me fui a acostar una noche pensando en aquella
que pretendía amarme. Por la noche desperté en
oración hallando la respuesta en este pensamiento:
¡El Señor Jesús escogió a sus propios
amigos, y sabiendo de antemano la alevosía de Judas, lo
escogió de todos modos! Les dijo que él
había escogido a los doce, y que uno de ellos era diablo.
Di gracias a Dios por esta traición, pues ella era
necesaria para el ministerio de Jesús, y por mi traidora,
dado que ella también era necesaria en mi
vida.

¿Qué necesidad habría de que
un creyente fuese traicionado por sus amigos o amados?
¿Qué buen propósito podrían tener el
dolor y la tristeza de un corazón herido? Yo hice estas
preguntas aquella noche y encontré respuestas que vinieron
al encuentro de las necesidades de mi corazón. Nosotros
tenemos necesidad de reconocer la fidelidad del Espíritu
Santo en nuestras vidas.
Consideremos el hecho de que
Jesús nunca fue engañado acerca de Judas.
«Porque Jesús sabía desde el principio
quiénes eran los que no creían, y quién le
había de entregar» (Juan 6:64).

¿Quién puede explicar la naturaleza de la
advertencia de Dios en el alma respecto a un hermano falso?
No es fácil expresarlo con palabras, pero todos los
santos conocen la inquietud que la razón no puede explicar
sobre algunos que profesan ser nuestros amigos
.
Conocemos y experimentamos ese muro real de restricción
que busca impedir que demos nuestros corazones a aquéllos
que nos traicionarían en un tiempo de necesidad. No
estaríamos tan a menudo afligidos y defraudados por otros
si fuésemos más sensibles al Fiel que mora en
nosotros. ¿No creemos nosotros en el
«discernimiento» por el Espíritu? Entonces,
¿por qué a menudo desechamos aquel sentimiento
extraño en nuestro corazón hacia amigos declarados
y nos aventuramos a «proclamar» comunión por
sobre todas las advertencias del Señor Jesucristo por Su
Espíritu? ¿Cuándo aprenderemos nosotros que
«el Señor conoce a los que son
suyos»?

Nuestra responsabilidad es oírlo en las
profundidades más íntimas de nuestra alma y
depender de Él para escudriñar los corazones de
otros por Su Espíritu. La experiencia de la
traición aclara la verdad de que la aceptación
pública en medio de los creyentes, el empleo de
vocabulario común entre los santos, la realización
de obras religiosas, la predicación de la Palabra, o
cualquier otro signo externo que normalmente constituye una
«prueba» de la salvación y fidelidad de un
hombre, no siempre manifiestan la situación verdadera.
«…pues el hombre mira lo que está delante
de sus ojos, pero el Señor mira el corazón»
(1 Sam. 16:7).

Reconozcamos en cada hombre la posición que
él declara tener delante de Dios, pero nunca nos
permitamos ir más allá del testimonio del
Espíritu de Dios en nuestros corazones en nuestra
relación con otros. Hemos leído de muchos que
vinieron a Jesús y profesaron fe en él, basados
puramente en los milagros que realizó, y no sobre una
genuina fe en él como el Hijo de Dios. Movidos sólo
por la impresión de las obras externas, ellos se
incluyeron entre sus seguidores… «Pero
Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a
todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese
testimonio del hombre, pues él sabía lo que
había en el hombre» (Juan
2:24-25).

Nuestra obligación no es abrir el
corazón a todo hombre que busca entrada a nuestro hombre
interior, sino permitir a nuestros corazones ser afectados hacia
otros por el Espíritu Santo, pues él siempre nos
advertirá de aquellos que intenten
engañarnos.
Aprendamos que la
«comunión» es la obra del Espíritu
Santo y no del hombre. No intentemos establecerla sin su ayuda,
ni la rechacemos cuando él tan obviamente la establece
entre nuestros corazones y otros en el Cuerpo de
Cristo.

¿Cuál es la necesidad de la
traición? Quizás viene a ser aclarada a
través de las palabras de Pedro en su primera
epístola cuando él observa que sus lectores
tendrán que «ser afligidos en diversas
pruebas … si es necesario».
Es necesario porque,
como él explica tan hermosamente, hay un fruto tanto
presente como futuro de tales experiencias aflictivas. En
el futuro, esta prueba de nuestra fe, como el oro tratado al
fuego, sacará del horno nuestras vidas en alabanza, honra
y gloria para el Señor Jesucristo en su venida. ¡Si
sólo pudiéramos asirnos de este tremendo potencial
en medio de nuestras pruebas, cuán distinta sería
la respuesta de nuestros corazones al desafío de esa hora!
Aún más, además de esto (gracia sobre
gracia), las duras pruebas de la vida son usadas para hacer una
obra muy necesaria en todos nosotros -la obra de aumentar nuestro
amor y gozo en esta vida presente-. Lee 1a Pedro 1:6-
8 y
recuerda que, tras cada horno de aflicción, hemos
salido amando al Señor como nunca antes y
regocijándonos en la realidad de su
comunión.

Necesitamos la experiencia de la traición
para aprender la verdadera sumisión al Señor.
¿Sabías que la mayor oración que un hijo de
Dios puede decir es la oración del Hijo perfecto:
«Sí, Padre, porque así te
agradó» (Luc. 10:21)? Cuando podamos clamar
así de lo íntimo de nuestros corazones heridos,
sabremos que el aguijón ya se ha ido y que hemos
triunfado, porque nuestra sumisión al deseo del Padre en
nuestras vidas trae la victoria sobre todo ataque que venga
contra nosotros (2ª Cor. 2:14).

2ª Corintios 4:16-18 ofrece más razones para
la aparente sinrazón de las grandes desilusiones de la
vida: "Por lo tanto no desmayemos…aunque este
hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de
día en día…"

A menudo temblamos bajo el temor de las
«consecuencias que esto podría traer a nuestra
vida», y olvidamos que en los tiempos angustiosos nada
puede dañar a nuestro hombre interior si nos hemos vestido
de toda la armadura de Dios. Estas cosas duran sólo un
momento comparadas con la eternidad, y un día
traerán un eterno peso de gloria. Estas aguas profundas
sólo servirán para alzar nuestra mirada de los
lazos y «cosas» terrenales, y ponerla en los valores
eternos. Al enemigo le gustaría agobiarnos y nublar
nuestra razón, conduciéndonos a mirar los detalles
horribles de la experiencia exterior; así, mientras nos
ocupamos con preocupaciones inútiles sobre lo exterior,
somos a veces golpeados con violencia en el hombre interior, y
derrotados. En tiempos de traición,debemos aprender
primero a ceñir los lomos de su mente en Cristo y a
apropiarse de toda la armadura de Dios, lo cual realmente
significa vestirse de Cristo en toda Su fuerza y
poder.

La
bendición de la traición

Consideremos la bendición que trae la
traición cuando, a través de ella, aprendemos a no
reconocer otra mano sino la mano fiel de nuestro amante Padre en
el cielo, en todas las cosas.
Nosotros damos demasiada
gloria al mundo y a la carne en las circunstancias de nuestras
vidas. Culpamos a nuestros enemigos cuando somos zarandeados;
pero gran paz y quietud de corazón llegan a ser nuestros
cuando nos negamos a reconocer segundas causas en nuestras vidas.
Dios es soberano y él es nuestro Padre. A él
le agradó permitir que esto nos suceda, y nuestra parte es
creer que «…a los que aman a Dios, todas las cosas les
ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito
son llamados» (Rom. 8:28).

José fue traicionado amargamente por sus
hermanos, puesto en el pozo y vendido como esclavo, para
después ser favorecido por Potifar, y, otra vez, ser
maliciosamente traicionado por su esposa.
Puesto en
prisión, él hizo amistad con el copero del rey, y
pronto conoció una vez más la agonía del
beso de traición, porque cuando aquel hombre fue
restaurado al favor de la corte de Egipto, rompió su
promesa hecha en la prisión. La Palabra de Dios dice:
«Y el jefe de los coperos no se acordó de
José, sino que le olvidó» (Gén.
40:23).

Tanta aflicción para un solo hombre parece
suficiente como para herirlo mortalmente en su interior, hasta
perecer bajo la amargura del alma que a menudo resulta del
rechazo personal; pero los años pasaron y José fue
recordado por el Señor y exaltado al trono de Egipto en
victoria. Y el bendito secreto de su sanidad, de su paciencia
victoriosa, se revela en sus palabras a sus hermanos:
«Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios
lo encaminó a bien…» (Génesis.
50:20).

Pedro manifestó esta misma verdad en su
perspectiva de la cruz del Calvario. Pedro no la traición
y muerte de Jesús como una tragedia, no ve en ello una
victoria de Satanás; sino que, triunfalmente anuncia que
el Señor Jesucristo fue «…entregado por el
determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios…»
(Hech. 2:23).

Y así, mis amados santos de Dios que
en este momento se encuentran perplejos a causa de la
traición de un amigo o ser querido, reconozcan en
esta hora que Dios bien pudo haberlo evitado si lo hubiese
querido, pero lo permitió para vuestro bien.
Regocíjense en esta bendición, pues él
está tomándoles como sus hijos y
preparándoles para consolar y bendecir a otros.
Él ha agraciado vuestras vidas con el privilegio
glorioso de compartir con ustedes los más
íntimos sufrimientos de Cristo (Filip.
3:10).

Esta comunión es dada a un grupo
selecto, porque no todos tienen el privilegio de conocer la
agonía de la traición, de poder compartir en
alguna medida la profundidad del amor de Cristo. Su traidor
intentó hacerle mal, pero Dios lo volverá
todo para bien; y como Jesús escogió a Judas,
dado que Él tenía necesidad de la
traición en Su propia vida, así Dios en Su
fidelidad ha escogido a nuestros traidores. Él
sabía perfectamente que, si la elección
hubiera sido nuestra, nunca habría sido
hecha.

Ustedes dirán: «Escoger a nuestros
traidores? ¿Qué bien pueden hacernos ellos?».
¿Han olvidado ustedes que la traición de Judas
llevó a Jesucristo a su más grande obra, y
desencadenó los eventos que cumplieron los
propósitos eternos de Dios en Cristo? ¡La
redención eterna a través de la sangre de Cristo
fue fruto del despreciable acto de Judas!

Sigue siendo un hecho el que nuestros enemigos no
harán esta obra por nosotros. Sólo nuestros amigos
nos entregarán al dolor de las circunstancias más
allá de nuestro control; y por tanto, realizarán un
verdadero servicio a los santos de Dios.

Sólo puedo hablar a partir de mi experiencia
personal. ¡Un traidor trajo a mi vida penalidades que me
llevaron a ser librado de la dependencia del hombre y me hicieron
un hombre libre en el Señor! Un traidor trajo a mi vida un
sufrimiento que produjo el presente ministerio fructífero
y jubiloso que he recibido de Cristo para Su
Cuerpo.¡Cuando miro hacia atrás, doy gracias
a Dios por cada «diablo» escogido por un Padre fiel,
pues es muy probable que yo hubiese perdido algunas de las
más grandes bendiciones de mi vida si no hubiera sido por
ellos!

¿La bendición de la
traición? Sólo Dios puede realizar tal milagro,
pero he descubierto que la paradoja de estas palabras es una
realidad. La traición a manos de aquellos a quienes hemos
confiado el corazón puede traer bendiciones imposibles de
contener.

A través de la traición he
aprendido lo que el salmista quiso decir cuando cantó:
«En esto conoceré que te he agradado, que mi enemigo
no se huelgue de mí» (Salmo 41:11). También
lo que el profeta quiso decir cuando escribió:
«Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y
condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio.
Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su
salvación de mí vendrá, dijo el
Señor» (Isaías 54:17).

A través de la traición aprendí que
el poder y la gracia del Señor Jesucristo en mi vida
sólo pueden ser operadas a través de la
bendición de la debilidad, que es producida por las
bofetadas de Satanás como un aguijón en la carne
(2ª Cor. 12:7).

A través de la traición somos preparados
para la bendición de ser usados alentando a otros en la
misma prueba de fe, con la misma consolación que nosotros
hemos recibido de Dios (2ª Cor.
1:4).

A través de la traición a manos de un
«amigo», he recibido la bendición de tocar en
este mensaje las verdades preciosas que he aprendido en la
comunión de Cristo Jesús, mi Señor. Las
bendiciones de los que leerán este mensaje fluirán
de la fuente de la traición y, de ahí, la maldad de
ese hecho se transforma, a través de la gracia, en el bien
de Dios.

A través de la experiencia de la
traición de amigos falsos, he recibido una de las
más grandes bendiciones de mi vida, aprendiendo
cómo amar a mis enemigos y bendecir a los que me
persiguen. No fue facil.
Durante años, me fue
difícil entender estas palabras: «Bendecid a
los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis»
(Rom. 12:14),
y mucho más difícil
practicarlas. El cumplimiento de ellas se opone diametralmente a
todo lo humano; y su comprensión de ellas fue abierta por
medio de las aguas amargas del ataque salvaje de mis falsos
amigos. Solamente la experiencia las transformó en una
realidad bendita para mí. La palabra
«bendecid» significa «elogiad» o
«hablar bien de». La expresión «no
maldigáis» significa «no deseéis
ningún mal».

Cuando se concreta la bendición de la
traición, miramos hacia atrás y vemos cuánto
hemos segado en creciente gozo, amor, gracia, fuerza y
comunión con el amado Señor Jesús; nos
sentimos abismados por la comprensión de cuánto
bien nos ha hecho nuestro traidor. No importa cuáles
fueron sus intenciones. Lo que importa es el fruto bendito que
él ha traído a nuestras vidas.

¡Cuán gloriosamente fácil se vuelve
en verdad «hablar bien» de él y no desearle
ningún mal! ¡Sí, cuando miramos nuestro
presente estado de bendición y comprendemos que fuimos
entregados por un enemigo a la libertad y magnitud de la tierra
que ahora poseemos, nosotros podemos decir:
«¡No puedo sino hablar bien de él,
porque ha sido una bendición para
mí!».

De este modo, tal como la flor pisoteada cuyo
perfume sube para bendecir el pie que la aplastó,
así nuestros corazones no encuentran amargura, no buscan
ninguna venganza, no desean ningún mal. La plenitud de
nuestros vasos necesita desbordar y bendecir la mano que nos
afligió.

 

 

Autor:

Jorge Edgardo Portus
Romero

 

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