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Ser y existir de la ciudad




Enviado por Cesar



Partes: 1, 2

  1. PRIMERA
    PARTE:
  2. SEGUNDA
    PARTE:
  3. CONCLUSIÓN

SER Y EXISTIR DE LA CIUDAD

El hombre se encuentra instalado en el espacio,
escribía hace años Otto Bolnow en Hombre y
Espacio
. El filósofo alemán no
reflexionó sobre los espacios constructores de humanidad
– la casa, el barrio, la comuna, la ciudad, la provincia y
la nación, así, de menor a mayor- no era su
intención. Hoy inexperto piloto, invito a mi lector a
hacer un vuelo rasante sobre la ciudad. Queden, como ajeno a
nosotros la Uruk mesopotámica, la polis griega o la Roma,
madre de ciudades. No es esto lo que nos interesa, es más
simple y más complejo: ¿Qué es la
ciudad?

Pero ¿es posible reflexionar sobre la ciudad,
espacio humano, sin una aproximación a la idea de espacio
e historia? Espace et Histoire, es el subtítulo
de la última obra (1988) publicada por Fernad Braudel. No
era infrecuente en la Francia de aquella época estas
indagaciones entre dos ciencias distintas, Geografía e
Historia; es así como Lucien Febvre y Vidal de la Blanche
aparecen como una pantalla de fondo de la gran obra de Braudel.
Haciendo breve historia de la problemática, los
historiadoras de los Annales en el periodo de
entreguerras y postguerra, abrió campos fecundos para el
estudio de la antropología del mundo rural, aunque no
tanto para la temática en sí de hombre y espacio.
Italia se plegó a esta misma línea ruralista en
Storia della agricultura italiana; los resultados fueron
granados en el ámbito de la economía, no así
en la interdisciplinariedad de estas últimas ramas del
conocimiento.

En ambos casos, paradigma de otros muchos, el fruto
mayor fue el estudio de la percepción del espacio, sus
creencias y sensibilidades; en definitiva, su imaginario. El
espacio como imaginario, tal como lo han recepcionado Durand y
Bachelard (La Poética del Espacio) gana en
riqueza gneosológica, pero pierde en categoría de
ciencia social.

Falta una reflexión más profunda entre
historia y espacio, una reflexión no desviada del objeto
real, que potencie el medio como protagonista de historia. El
tema que nos ocupa, el espacio de la ciudad, y la calidad
de esta investigación, un ensayo, es buen camino para dar
luz a esa orientación interdisciplinaria no lograda en
plenitud: La ciudad, un espacio acotado y vivido con intensidad,
para que no se nos fugue en dudosas historias más amplias,
y el ensayo, el género de la intuición y la
sugerencia, único género para dar cuenta de las
reales "vividuras".

PRIMERA
PARTE:

El ser de la ciudad

I.- La ciudad una necesidad

Una ciudad es en primer lugar un conjunto de casas para
vivir. No importa su estructura, si la ciudad es bella o fea,
esto es asunto para turistas; para el "ciudadano" la ciudad, su
ciudad, constituye un órgano vital, la siente y la
necesita como siente y necesita sus pulmones, el páncreas
o los latidos pausados de su corazón. Las ciudades tienen
una vida secreta que solo conocen los que han vivido largos
años en ellas y han visto el nacimiento de este edificio,
la madurez del otro o el estado de decrepitud del que está
más allá. Las ciudades, como los hombres, tienen
secreta vida que habla con tono de confidencia a sus habitantes.
"Ciudad" y "ciudadano", no son nombres dados al azar, la vida de
uno es la vida del otro, por ello comparten nombres.

Un día Francisco de Quevedo, imaginativamente
convertido en un viejo soldado de las tropas del Emperador,
regresaba a casa tras largas campañas, quién sabe
si de la Provenza de Francisco I o del Amburgo de los
Príncipes alemanes, escribió un soneto de oro que
empieza así:

"Miré los muros de la patria
mía

si un tiempo fuertes, ya desmoronados

de la carrera del tiempo cansados

por quien caduca toda valentía"

"Miré". Los ojos miran lo que aman y ven lo que
observan. Se fijan los ojos en muchas cosas: En la nube que
frágil es llevada rauda por el viento otoñal, se
fijan en la Cordillera, siempre majestuosa y lejana; pero los
ojos están hechos para un mirar cercano, casi
íntimo, las casas de la ciudad y sus muros que todos los
días al hombre acompañan. Cuando las casas se
convierten en "muros", ayer "fuertes" y hoy "desmoronados", como
dice el poeta, es que algo serio ha pasado en la ciudad. Casas,
edificios, centros de atención privada o pública,
hablan, tienen voces secretas que al ciudadano le dicen, como a
Francisco de Quevedo, "tú vida, es como mi vida, tiempo
que pasa y horas que se consumen". A esto se llama sensibilidad
de la ciudad.

Nunca me ha parecido algo más inútil – por
lo superficial- que esos autobuses rojos, generalmente de dos
pisos, que recorren lentos algunas ciudades en el intento de
mostrar barrios, casas, calles a los turistas. Hay turismo
"life" y turismo inteligente. Este referido es un
turismo "life". El turismo inteligente se diferencia del otro
porque se ven pocas cosas, pero en profundidad. "Las calles
se patean",
me decía un amigo mío, y
ciertamente es así. Se patean y se conversan. Recuerdo a
este propósito, una entrevista tenida con el escritor
argentino Ricardo Rojas, el inventor de la palabra
"Amerindia". Me contaba de su viaje a la
españolísima ciudad de Avila:"…había
leído previamente casi todas las obras de Santa Teresa, me
decía; no quería llegar a la castellana ciudad sin
escuchar el tono y timbre de la Santa Mística; entonces,
un día vi salir de la catedral a dos empañoladas
señoras que conversaban y conversaban no sé de
qué asunto religioso; me apresté a ir tras ellas, –
"por la secreta escala disfrazada"- para escuchar el hablar; una
señora, la de voz más dulce, pero no menos potente,
me pareció ser la voz transplantada de Santa Teresa.
Así hablaba Santa Teresa de Jesús, me dije;
éste es el tono del hablar del siglo XVI, el tono y timbre
que en adelante voy a escuchar cuando relea las obras de la
Santa. Logré, así, ponerme sonoramente en el Siglo
de Oro español. No olvidaré esta
experiencia".

La ciudad es, así, tan imperiosa, porque somos
"con", "en" y "entre" la ciudad. Ella es
nuestra circunstancia, y circunstancia es una palabra que indica
(circum) "al rededor" y (stare) "en nuestro
estar
", somos uno con ella. Los presocráticos nunca
entendieron al hombre sin su identificación con la
"fisis"; el orden de la "fisis", decían,
debe ser el orden de las personas. Recordemos, por lo
anecdótico, aquella fábula con la que los
Cínicos explicaban el comportamiento
"físico-humano" a sus discípulos: Una vez,
decían, dos vacas se quedaron a dormir en gélida
noche en el campo. La escarcha cubrió de blanco hielo sus
cuerpos y pasto; a la mañana siguiente, el esfuerzo por
levantarse y ponerse de pie para los dos vacunos resultaba
inútil; se movían y se movían sin apenas
desprenderse ni una brizna del suelo. Al final, una de ellas, la
más impaciente, tras largas horas logró zafar todo
su cuerpo, menos el rabo. Decidió finalmente con sus
dientes cortar tal apéndice y se incorporó, aunque
mutilada, gozosa al campo, no sin el asombro de su
compañera, más paciente y que fiel al ritmo de la
naturaleza esperó a que saliese el sol y, descongelada, se
levantó sin mutilación alguna. Hay que respetar la
"fisis" decían.

Somos "con", "en" y "entre la ciudad".
Las palabras, entre comillas por la categoría que denotan.
Los griegos definían el espacio oponiendo lo lleno a lo
vacío. Ser "en la ciudad" es llenar la ciudad,
dar existencia a la ciudad; los pensadores griegos jugaban a
veces con "ser" y "no ser" como
sinónimos de "lleno" y "vacío".
Entonces tenemos ya una serie de palabras con grosor
ontológico: Existencia humana, espacio, materia.
La mirada de Platón y Aristóteles refrenda esto:
Para Platón el espacio es un receptáculo
vacío, presto a llenar y la "polis" es el espacio
lleno para Aristóteles. Para Aristóteles el espacio
"topos" conlleva también lo lleno, pero desde
todas las direcciones. El espacio ejerce atrae, hermana al cuerpo
que está en él, al ciudadano en primer lugar, pues
es el agente del propio "topos" de la
"polis".

La Edad Media, en este afán de concretizar
más los conceptos griegos de espacio, hablaron de
locus (espacio),situs (ámbito),spatium (lugar).
En la incipiente fundación de las ciudades, estos
términos estaban cargados de alta significación
espacial y humana. Tomo un texto en el que Gonzalo de Berceo da
cuenta de la "Vida de Santo Domingo"; escribe "natus
in spatiun Silii",
nació en la ciudad de Silos. El
espacio, palabra material latina, se une a "natus", al
ser humano. No hay ciudad sin humanidad. El "situs" de
Santo Domingo, es el espacio geográfico de la Rioja. La
ciudad se encuentra reguardada por el "situs", el
contorno. En otro contexto, también medieval, se habla de
Zamora como "situs":"La bien cercada", porque la
circunda el río Duero y la ciñe después las
murallas. Ese es su "situs". El "locus" donde
Santo Domingo vivió, es más que "spatium"
y "situs", es "locus Castellae", Castilla.
Siempre la ciudad como el espacio privilegiado y protegido por el
"locus" y "situs".

II.- La ciudad como circunstancia

La ciudad es factor humano de otra manera, en cuanto
espacio circunstancial. En cuanto "circunstancia" la
ciudad se nos aleja, tiene vida propia, en cuanto
"stare" nos acompaña. "Convivimos"
más bien con la ciudad, tiene ella su vida como nosotros
la nuestra, pero sin negar nuestras fraternales
interdependencias. Acaso nos explique mejor esto aquello de los
derechos y deberes, que solo entendemos si los vemos como
correlativos. Estamos acostumbrados a proyectar a todo la idea
lógica de "género supremo y diferencia
específica
", aquí la ciudad, allí su
habitante, la mesa al otro lado, un libro no es una silla y un
niño se diferencia no por género supremo de un
hombre, sino por su diferencia específica; esto
está bien en el orden lógico, pero no en el vital,
como es la relación de ciudad y ciudadano. Antes que
apareciese la metafísica, la "fisis" -leamos
ciudad en nuestro caso- era llamada "fuente viva";
aparecida la abstracta reflexión y se la llamó
parmenídeamente, ser. La ciudad para el ciudadano es
"fuente viva", para el forastero, un ser, mera ciudad,
como puede ser Lima, Bogotá o Santiago de
Chile.

Hoy estamos en un mundo de emigrantes ¿qué
sentido humano tiene la ciudad para el emigrante? También
los griegos, tan amigos de llegar a las cosas fundamentales,
hablaron de ello. Los sofístas llegaron a decir: "Todo
es a qué atenerse sobre lo que necesitamos para
vivir
". La ciudad para el emigrante es eso, un modo de
vivir, un a qué atenerse. La compleja situación del
emigrante es la de pertenecer a dos mundos, y para resolver
tamaña situación, buscan crear en la patria ajena
la suya propia. En todas las ciudades donde habitan emigrantes se
fundan estas extrañas colonias: "La Pequeña
Lima"
en Santiago, el "Barrio Turco" en
Münich, "El Barrio Moro" en Madrid. En la Edad
Media a Granada se le llamó por los árabes "La
Ceca
", por oposición a la lejana "Meca", y
trataron de hacer en la Alhambra un palacio tan cómodo y
lujoso como el de oriente. No pensemos que existe cambio de
habitualidad en la segunda o tercera generación de
ciudadanos emigrantes, siempre les perseguirá el ADN de la
ciudad de sus abuelos, y levantarán estadios, colegios y
centros que les lleve a recordar la patria del más lejano
origen. ¿ La ciudad marca la constitución
genética del hombre? Dejemos el tema para otra
ocasión no sin recordar aquel viaje en sueños que
un día tuvo K. Jung y que le llevó a descubrir su
Teoría del Inconsciente Colectivo: Se sintió viajar
por época distintas que se le expresaban en diversos pisos
de un edificio, decorados cada uno según épocas
distintas; en todos se sentía bien, como se sintieron bien
sus antepasados que revivían en su inconsciente colectivo.
La ciudad de nuestros antepasados vive en nosotros. Es posible
que no la hayamos visitado, que poco a nada sepamos de ella, pero
escuchamos su nombre, y nuestra sensibilidad se estremece, no es
un nombre cualquiera. Muchas ciudades habitan en nosotros, con
distinta voz, tono y timbre, la del contralto, es la
nuestra.

III.- La ciudad como apego y
ocultamiento

La ciudad, si no tiene ADN, que es mucho decir, tiene
"apego". La palabra "apego" conlleva una carga
material que no vamos a aliviar. Cuántas veces hemos
topado, queriendo o sin querer, con esa esquina que nos
interrumpe el paso o ese poste que delata la poca generosidad del
Servicio Eléctrico. "Ese niño está muy
apegado a usted",
se dice. La calle donde por primera vez me
enamoré, tiene apego; la plaza del primer beso, tiene
apego; me hablan con afecto de apego, la escuela donde
estudié, el árbol donde me subí, la plaza
donde jugué…La ciudad tiene voces de apego. Un
día esas voces susurraron en la oreja de Borges y
escribió "Fervor de Buenos Aires". No me resisto
a poner aquí, por lo significativa, esa calle del libro
que lleva el nombre de "La desconocida":

PENUMBRA DE LA paloma

llamaron los hebreos a la iniciación de la
tarde

cuando la sombra no entorpece los pasos

y la venida de la noche se advierte

como una música esperada y antigua,

como un grato declive.

En esa hora en que la luz

tiene una figura de arena,

di con una calle ignorada,

abierta en noble anchura de terraza

cuyas cornisas y paredes mostraban

colores blandos como el mismo cielo…

Era "La Desconocida". Uno de los misterios de
la ciudad, como la de Borges, es que ama ocultarse, es otra forma
de apego. Siempre una esquina, la cornisa de una ventana, el
juego de dos calles que permiten se asome otro edificio
más vistoso. Quien no cargue con la cámara de
fotos, no conoce a su ciudad. La ciudad es bella mujer que busca
siempre sorprender y a la que de mil modos y maneras grabamos sus
cientos de posturas en una cámara. Cuando regresamos de un
largo viaje, la pregunta es siempre la misma:"¿Y viste
aquello?"
Generalmente no hemos visto lo que al otro le
sorprendió, porque así es la ciudad, tiene dos
caras la patente y la latente, y es más rica ésta
llena de ricas ocultedades que la otra que nos mira todos los
días.

He meditado largamente sobre estos apegos humanos de la
ciudad, de sus secretos y sus magias y he descubierto que la
ciudad existe porque no existe, explicaré el
retruécano. Con solo casas, calles, un árbol
aquí y el otro allá, veredas y patios, no hay
ciudad, esos son cosas y las cosas no son la ciudad, la ciudad
existe porque existo yo que unifico todos esos elementos y los
hago mi vida, ella es mi ciudad, sin mi, la ciudad se desgranada
inconexa de sentidos. Acaso sea esta la razón de esa
"matrimoniedad" entre ciudad y ciudadano. La ciudad es un espacio
para vivir y en mi vivir se recompone la ciudad. Las viejas
escisiones entre sujeto y objeto, herederas de las otras
más antiguas: ideas y cosas, lo sensible y lo inteligible,
esencia y existencia, este dualismo no funciona bien para definir
la vida en la ciudad.

IV.- La ciudad tiene su centro

Prometí en anteriores páginas, hacer un
vuelo rasante sobre la ciudad. Ahora, vistas ya las primeras
casas, que nos han ofrecido un remanso de reflexión,
observo La Plaza. La Plaza, en singular, porque cada ciudad tiene
La Plaza y múltiples plazas. La Plaza con mayúscula
siempre lleva un apellido mayor: Plaza de San Marcos en Venecia,
Plaza Mayor de Madrid, Plaza de Armas en algunas ciudades
latinoamericanas. La Plaza es el centro y esto es decir mucho. No
hay ciudad sin centro, ese punto inicial que un día se
ensanchó elástico hasta llegar a lo que es hoy la
ciudad, crecida y tal vez desmesurada. Entre el centro y los
extremos siempre hay una ilación de estructura y
contenido, por eso, por extensa que sea como Río o
México, siempre la identificamos con el mismo nombre, no
se nos fuga etérea. Nada hay en el centro que no se
expanda como veloz rayo hasta tocar los extremos, como nada
existe en la periferia que para hacerse ciudad, haya de pagar sus
alcabalas.

La geometría geográfica y humana de la
ciudad tienen la misma fórmula, la saben hasta los
niños de escuela: Sin límites no hay
configuración. El área de la ciudad es
insobornable, siempre nos dice "ni más allá, ni
más acá
", aunque otras casas de otra ciudad
continúen las nuestras. La polis griega vivía de
este principio con lo que le daba a la ciudad su magnitud humana,
el "ne quid nimis", el nada demasiado délfico. Lo
demasiado en la ciudad siempre era rechazado, incluso cuando se
trataba de una foránea intromisión de acentos.
Cuenta Tucídides, riguroso historiador de las Guerras del
Peloponeso que un soldado de Esparta encontró en su
misión de espía dos tablillas con dos opuestos
mensajes, en uno se decía: "Huyan, porque los
atenienses están cerca",
en la otra: "Los
atenienses han huido ante nuestra superioridad, pueden
retirarse".
Por el distinto uso de los acentos, el
hábil soldado espartano reconoció que el primer
mensaje había sido escrito por un ateniense enemigo,
comunicó el recto mensaje y desde ese día se dijo:
"Por un acento se ganó la batalla". Esta
fijación de límites por distintos usos de la
fonética, se dio incluso entre los judíos. Nos
dicen los Evangelios que un día Jesús se
encontró con una samaritana en el brocal de un pozo;
Jesús le dice: "Dame de beber". Y le contesta la
mujer de siete maridos, que lo identificó por la
fonética: "¿Cómo tú siendo
judío, me pides agua a mi, que soy una samaritana?"

Las ciudades como las personas, tienen su voz y en la voz guardan
su identidad.

V.- Volver a la ciudad

Cuántos no han vuelto, tras muchos años, a
su ciudad, todos odiseos por mares o tierras lejanas. En todos la
misma sensación:"¡ Cómo ha cambiado mi
ciudad, menos la plaza!"
Son instantes en que se nos
despierta la conciencia escatológica. La ciudad nos invita
entonces a verla y vernos de otro modo. Cuando nos fuimos, la
saludábamos desde el avión, vertical y
estática, ahora la dimensionamos futuramente horizontal,
amiga del tiempo cambiante y hasta la muerte; la ciudad -ahora
viejo- me dice que ella me acompaña hasta los
últimos límites de la existencia.
¿Quién sabe si más allá? Las
religiones nos hablan de otra ciudad y existencia en la que
ésta no se "consume", se "insume".
Porque amo a la ciudad, amo la otra vida, si aquélla no
existe, ¡qué vale toda ésta! Me dedico mejor
a pintar grafitys en sus paredes, cuanto más feos, mejor.
Las ciudades en muchas culturas antiguas, mantenían la fe
en esta persistencia del lugar al fundar en nombre de un dios o
Santo Patrón su primer espacio. Atenea no fue elegida por
los atenienses como protectora de Atenas, ella blandió sus
alas, todavía no cortadas, y disputó a
Poseidón el patronazgo de la ciudad. Después, desde
su santuario en la Acrópolis, dibujó la "Senda
Sagrada
" por donde otras ciudades podrán encaminarse
hacia el Olimpo. El espacio de los dioses y el espacio de los
hombres, la inmortalidad, tan distantes en el antiguo mundo
hebreo y en el mundo griego, empezó así a romperse.
Faltará poco para que cada hogar tenga su fuego sagrado y
Manes protectores y diga Horacio : "Non omnis moriar" y
Jesús "Yo soy el camino, la verdad y la vida" y
Quevedo esté dispuesto a "nadar el agua
fría
" del Aqueronte para volver a esta vida,
allí donde "ardía" su corazón,
porque lo que se amó y se amó muchas veces, "no
podrá ser destruido por ley tan severa
". Tendremos
que decir que las ciudades seguirán con paso más
quedo que nosotros hacia el más allá, pero, como el
poeta, nuestros restos "polvo serán, pero polvo
enamorado"
(Quevedo), siempre soñarán desde el
más allá este más acá donde nos
construimos y nos "destruimos".

Solo conozco una ciudad que murió antes que sus
habitantes, Famagusta. Invadida la isla de Chipre en 1974 por los
turcos, y dividida en dos, dejaron esta ciudad deshabitada como
testimonio de lo que ellos podían hacer contra cualquier
resistencia ulterior grecochipriota. Famagusta, 38 años
deshabitada, llamando al polvo de los años para que se
apresure a sepultarla. Ya no se observan avenidas, el
césped inunda sus calles: ya no resisten los techos, se
inclinan cansados sobre las antiguas moradas; se apagó la
luz en ella; el agua se cortó; los árboles se
secaron. Famagusta, ciudad-cementerio por obra de los turcos.
Allí llegan hoy sus antiguos habitantes a verla tras las
alambradas. Desde un alto mirador, vi un día a un anciano
jubilado reclamar una silla para ver su casa; llegaba a las 1o de
la mañana, a las tres se retiraba, no hablaba con nadie.
Así dos años, viendo silencioso su casa cautivada y
abatida. Después nunca más lo vieron. Se
adelantó en la muerte a la muerte de su ciudad. Los que
más le conocieron, dicen que solo habló una vez, el
último día, hablaba solo: "Las culebras –
decía- pueden entrar a mi casa, y yo no".
De otro
famagustano, me contaron: Le afeitaba su hijo; el anciano padre
había perdido la memoria, de nada se acordaba y se quejaba
así a su hijo: "Señor, no sé como
podré pagarle este servicio, no tengo plata".
Su hijo
le respondió:" No importa, señor, le afeito
gratis
". Seguía el silencio en la memoria del
anciano, no se acordaba ni siquiera quien lo atendía. De
golpe su hijo le preguntó: "Señor, ¿y
usted de dónde es?"
Y el anciano lúcido de
veinte años contestó sin titubear: "De
Famagusta
". La ciudad vence la impertérrita
memoria.

VI. Toda ciudad es sagrada

Toda ciudad auténtica, es sagrada, se la nombra
como "mi ciudad"; y solo se habla de
"mío", cuando nos referimos a algo muy
íntimo, como el caso del grecochipriota famagustino; de
las demás cosas nuestras, pero exteriores a nosotros se
dice "me pertenece". La ciudad – Roma antigua- fue
fundada bajo el signo de los augures y se puso bajo la
protección sagrada de los lares. Atenea, como se dijo,
eligió la polis de Atenas para sí, en dura disputa
con Poseidón, y teniendo a los ciudadanos atenienses como
jueces. El Cuzco fue reconocido como centro de energía
sagrada. Santa fue Jerusalén para los hebreos, como La
Meca para los musulmanes, como Santiago de Compostela para los
españoles y Roma para los católicos. Los
países latinoamericanos, fieles a esta sacralidad de la
ciudad, han levantado un templo votivo al que han consagrado el
país y sus ciudades: Maipú para los chilenos con su
Virgen del Carmen, Copacabana para los bolivianos, La Virgen de
Pompeya para los argentinos, y no se entiende Cuba sin la Virgen
del Cobre como a México sin la Virgen de Guadalupe . De
ese centro sagrado, como desde Delfos en Grecia, se derrama el
fuego sagrado para cada una de las casas de sus habitantes. Desde
antiguo los manes eran los dioses protectores del hogar, que
significa "focus", fuego.

Cuando la ciudad se funda con un rito sagrado, como
Santiago de Chile, o se coloca una imagen sagrada en lo
más alto de su espacio como el Cristo Redentor en
Río, es que la ciudad es mucho más que lugar de
comercio, fábricas, bancos o administración
pública. Es ante todo y sobre todo un espacio sagrado,
porque es donde sus habitantes han nacido, han hecho su vida y la
tierra de esa ciudad los acogerá tras la
muerte.

La sacralidad de la ciudad, de las ciudades
–aunque muchas de ellas han sido invadidas por la
profanidad- ha motivado la peregrinación a la ciudad; en
la profanidad se dice visita a la ciudad. La ciudad como objeto
de una peregrinación, tiene un sentido de
recuperación humana y espiritual: Se adquieren compras,
sí, pero sobre todo se ven monumentos a los héroes,
se visita dónde partió la ciudad, la independencia;
el visitante observa la catedral o iglesia mayor, visita los
museos síntesis de la historia pasada. La ciudad no es
ajena al sentimiento de la persona. Entre los libros de viajes en
la Edad Media se encuentran aquellos que dan cuenta de viajes
sagrados a ciudades sagradas. Es admirable cómo estos
libros, dan razones a veces para que otros peregrinos lleguen de
mejor modo a esa ciudad, así El Códice
Calixtino
–tristemente robado y alegremente
encontrado- verdadera guía para llegar a Santiago de
Compostela; otro libro es la Guía para viajeros a
Tierra Santa
de fray Riccoldo da Monte di Santa Croce, para
él el viaje a Jerusalem es de transformación
espiritual; cada piedra de la ciudad sagrada, dice, "nos
habla", "nos grita"
las palabras de Jesús. Este tipo
de viajes, como el de los musulmanes a La Meca, nos habla de la
recuperación de un tiempo pasado, que hay que recrear.
Viajar, peregrinar a esas ciudades demandaba en el pasado, una
preparación espiritual; los sacerdotes guías
sometían a sus fieles a una serie de predicaciones o
retiros de preparación espiritual; recuérdese la
obra de Roberto Rusconi Gerusalemme nella predicazione
popolare quatrocentesca tra milenio, ricordo di viaggio e luogo
sacro
"; fueron famosos predicadores de peregrinación,
los franciscanos Michele Cárcamo da Milano (Florencia
1461) Bernardo Caimi da Milano (1478). Estos viajes, en muchos
casos, como efecto de una transformación espiritual,
dieron lugar después a testimonios arquitectónicos,
así Bernardo Caimi, con la ayuda económica de
varios peregrinos, levantó una réplica de los
edificios vistos, del Monte Calvario por ejemplo, en Novara;
Tommaso da Firenze en el siglo XVI, hará algo similar en
Valdelsa. Numerosos libros de espiritualidad se escribieron en la
época con el título de "Viaje espiritual",
particularmente en Flandes, dando lugar a una
interiorización de esos viajes; hasta San Juan de la Cruz
escribe Subida al Monte Carmelo. La palabra
"recuerdo", "ricordo" data, según el
Diccionario Crítico Etimológico de Joan
Corominas, precisamente de esta época de viajes
medievales. "Recuerdo" es llevar en el corazón la
ciudad sagrada, pues ella "trocó el
corazón
", como dice la Monja Egeria, también
peregrina a Jerusalén. Hoy, en la época de la
profanidad, tras un viaje a una ciudad interesante,
también se llevan recuerdos para los parientes o amigos,
pero muchas veces no va en ellos el corazón: en algunos el
afecto, sí; en otros la obligación; en algunos la
vanidad de decir "soy muy viajado".

VII.- Ciudad y época

Cada época concede a la ciudad un sesgo humano
particular. Me detendré en aquello que Mario Del Treppo
llamó "ciudad fronteriza". Frontera aquí
tiene una significación política, pero sobre todo
comercial; hablo de la ciudad "colonia" en la
época fenicia – Málaga (Malacca) y
Cádiz, lo fueron-; "ciudad emporio", llaman otros
– Ampurias (Emporio) lo fue para los griegos-; Sevilla se
constituyó "ciudad enlace" con América.
Algunos de los problemas más serios que tuvo el Imperio
Bizantino, fue precisamente, cómo conectarse con la
"polis", la ciudad de Constantinopla: Los sueldos a los
soldados no llegaban o llegaban tarde, la comunicación no
era fluida y los dos frentes, oriental o persa y occidental o de
los reinos bárbaros se fortificaban más. Hoy
día, ante la globalización y firmas de "libre
mercado
", se repite aquel modelo que fue fenicio, griego,
romano de los "castros", veneciano en la Edad Media, de Sevilla
en la Edad Moderna. Merece una reflexión sobre ello. Los
errores de aquellas metrópolis "fronteras",
pueden ser nuestros propios errores.

La ciudad "frontera", de "enlace" o de
"globalización" tiene una vida lanzada hacia el
exterior, hacia la "colonia", el "emporio" o
"ciudad amiga". Es legítimo preguntarse
¿qué papel juegan estas ciudades, que viven
más hacia el exterior que hacia el interior de sus propios
ciudadanos? Examinemos aquí algunas ventajas y falencias
que en el pasado sufrieron o gozaron ciertas ciudades.

1.- Quien no vive de sí, estará propenso a
sorpresivos cambios de ascensos o descensos. Las crisis
económicas que hoy hemos vivido, estando su causa a muchos
kilómetros de distancia nuestra –crisis
asiática, última de Estados Unidos, hoy de Grecia,
España, Italia- nos habla de ello. Esta variable de
inestabilidad debíamos haberla aprendido de viejas
experiencias que sufrieron en el pasado aquellas ciudades que
hicieron sus vidas dependientes de "colonias". Un
ejemplo. Hasta el siglo VIII, Amalfi fue un oscuro e
insignificante puerto comercial, la crisis naval árabe del
752-820, levantó esta ciudad a una significación
global, se constituyó en eje militar, político,
comercial y sobre todo diplomático de todo el
Mediterráneo; los mundos lombardo, árabe y
bizantino, reconocieron en Amalfi una ciudad coordinadora de
convivencias. Era muy difícil no encontrar amalfianos, del
siglo VIII al X, en ciudades de alguna importancia. Decía
el poeta Guglielmo de Puglia "Haec gens est totum notissima
per orbem
", gente destacada en todo el mundo.

La mirada exterior de la ciudad frontera, no debe ser
causa de la muerte del par "ciudad-ciudadano". La ciudad
siempre será la casa del ciudadano. Amalfi lo
entendió así. Supo que una de las causas del
éxito de la "Urbs", de Roma, fue saber articular
las legiones, con los campesinos y éstos con la
administración. Lo había advertido Virgilio al
escribir la "Eneida", las "Geórgicas" y
las "Bucólicas", tres obras que son la
articulación de una unidad humana que haría grande
a Roma. Cuando estas tres miradas romanas se olvidaron, Roma
entró en la decadencia. Amalfi se constituyó al
estilo romano, en una ciudad marinera y campesina a la vez. Supo
mirar hacia afuera, tanto como hacia adentro. Atenea, la diosa de
la sabiduría, se lo había advertido a los griegos:
Después de las luchas exitosas contra los Persas, se
cortó las alas, y pidió que se le erigiese un
pequeño templo en la Acrópolis, el de "Atenea
Nike Aptera"
(la Atenea de las alas cortadas). Se
cortó las alas para decir a los helenos, el mar sí,
las luchas por la libertad, sí; pero el olivo es la
tierra, que siempre permanecerá. Los amalfinos
comerciantes exitosos fuera de su ciudad, volvían a su
patria chica e invertían sus caudales en el campo,
ésta fue su sabiduría. Grecia, España y
otros países europeos hoy en crisis, no operaron de este
modo: El desarrollo económico de estos países,
operó de modo contrario, llevó a los campesinos a
abandonar el agro, despoblaron los pueblos y juzgaron que la
ciudad vale más que la tierra. No sabían que la
ciudad vale en tanto en cuanto tiene un diálogo fecundo
con los pueblos y sus campesinos, es su circunstancia natural.
Las ciudades latinoamericanas, hoy aspirantes al desarrollo,
deben aprender esta lección, que fue precisamente la
virgiliana: héroes y nobles conductores de la ciudad
(Eneida) sin olvidar el campo y la naturaleza pura
pastoril (Geórgicas y Bucólicas). Los
textos medievales que hablan de Amalfi, ninguno dice de sus
habitantes que fuesen "mercatores", siendo mercaderes
todos, pero no lo eran de alma, su alma era la ciudad; estaban en
los negocios de Constantinopla, El Cairo, Nápoles,
Jerusalén, pero su gloria, ser amalfinos, ciudad de donde
partieron y hacia donde siempre desearon regresar. De la casa se
sale, pero siempre se vuelve a ella. Cuando llegue la decadencia
de Amalfi, del XII al XV, ante la competencia de Venecia,
pudieron orientar su vida hacia otros horizontes, sin traumas ni
desdenes, como viven actualmente Grecia y España. Esto nos
dice que, en la historia de las ciudad, no hay ciudad
pequeña, todas encierran una gran
lección.

Amalfi fue suplantada por otras "ciudades
–fronteras
", la más importante, Venecia. No hay
historia medieval del Mediterráneo, sin considerar a
Venecia. ¿Qué lección nos da Venecia, para
un mundo de ciudades en estado de frontera? Recordemos que los
medios aéreos y terrestres de comunicación,
así como la televisión e internet, nos hacen vivir
hoy en cualquier ciudad en condición de
frontera.

Cuando uno viaja por las islas griegas, y también
al Atica, como Dafni, es muy difícil no encontrar
persistentes presencias de Venecia; pero Venecia tuvo una
equivocación, creer que los intercambios comerciales, las
cooperaciones militares, y hasta el dominio de algunas islas
griegas como Rodas, tenía como fin hacer una "Venecia
ampliada",
un imperio, "mutanda mutandis", al
estilo romano. Pero Venecia no era Roma. Roma nació bajo
un concepto de "Romanidad", Venecia se instaló en
el Mediterráneo como sola ciudad comercial, militar,
diplomática y con derecho a administrar algunas islas.
Toda ciudad que quiera proyectarse, debe tener previamente un
noble y claro ideario, una irrenunciable conciencia de lo que es
su ciudad y sus ciudadanos, cuya alma quiere compartir. Roma tuvo
ideario, partió siendo ella misma y así se
proyectó en el románico, en los idiomas romances,
en el Derecho Romano, en los espacios de la Romanía, en
los "romanoi" bizantinos, en la herencia imperial carolingia, del
Sacro Imperio Romano-Germánico y de Carlos V, Emperador de
los Romanos. El testamento de Augusto, conservado por Suetonio lo
dice expresamente: "Que me sea dado mantener salva e
íntegra las res-pública, y verla perdurar a
través de los siglo".
Y Roma
perduró.

En un mundo de ciudades globalizantes, como las que hoy
tenemos, Venecia, la de ayer, es ejemplar en muchas cosas, pero
no lo es como "ciudad proyectiva". Se equivoca la
señora Merkel, como se equivoca el señor Chavez y
se equivocó Fidel Castro, si quieren germanizar Europa,
bolivarizar América o socializar el mundo. Los grandes
estadistas, han sido antes filósofos de la
política, que ejecutores pragmáticos de ella. La
idea marxista de "el pensamiento surge y acompaña la
acción",
no pareciera estar en lo cierto. La
revolución francesa estuvo antes bajo la peluca de
Voltaire, Diderot y Descartes que en manos de Robespierre.
Venecia fue un antiguo caso de esta realidad fracasada. Y es que
los filósofos no estaban en Venecia, estaban en Florencia,
allí: Bessarion, Ficino, Savonarolla, Gemisto Pleth0n,
Castiglione, Petrarca, y los pintores, que decían:
"persigo cierta idea".

Sevilla fue un tercer ejemplo de ciudad-emporio.
Descubierta América, Sevilla se constituyó en
ciudad-frontera con América. Allí llegó
Colón, allí en el Barrio Triana contrató a
los marineros que hoy recuerda una lápida, allí se
estableció la Casa de Contratación y allí
descansan hoy los restos del navegante, de su hijo, y el Archivo
de Indias.

No es fácil decir en un ensayo, todo lo que
significó Sevilla, como ciudad, para las ciudades de
Hispanoamérica. No es fácil, pues en el Archivo de
Indias existen 90 millones de documentos sobre estas tierras y
8.000 planos. Pero estos simples datos, ya nos indican que
Sevilla, por mandato de Felipe II, fue una ciudad
"escrupulosamente legal". Toda proyección de
Sevilla hacia América, estaba previamente pensado desde
las leyes y allí quedaba registrado. La lección es
clara: Hoy más que nunca toda ciudad que quiera vivir al
filo del siglo XXI o ser agente globalizante, debe partir por el
Derecho Internacional, por las leyes, aunque las leyes nada
harán sin el espíritu de las leyes.
¿Cuál fue el espíritu español,
emanado de Sevilla, y que se proyectó a las ciudades de
Hispanoamérica? Esto merece un acápite
aparte.

VIII. Un apunte sobre la ciudad en la
literatura

Los teóricos de la literatura hablan de tres
elementos estructurantes del mundo literario: Personaje,
Acción y Espacio y allí donde estos tres elementos
se dan con plenitud de integración es en la ciudad. En el
Espacio de la ciudad viven en unidad: Personajes, que
están ahí para hacer algo juntos..

Asomarnos a la literatura de ciudad – literatura
citadina, no sé por qué se la llama con palabra tan
extraña – es acercarnos a la ciudad hecha
sentimiento, conciudadanía, dirá Benveniste.
¿Qué es la conciudadanía? Veamos Micenas,
hoy restos de un pasado vibrante que Homero recogió en la
Ilíada. Contemplar Micenas hoy es sentir un cuerpo
frío, de restos pétreos desconyuntados cuya alma
emigró de esta vida hace muchos siglos; una ciudad
arqueológica, sin conciudadanía. Nunca se
humanizó más la ciudad, que cuando vivió su
historia real bajo el mando de Agamenón, o vivió
una vida ficticia en la literatura de Homero. Homero hace revivir
la ciudad de Micenas, aunque apenas pronuncie su nombre. Es
Micenas en la Ilíada, un nombre fresco, humanizado, un
nombre con numen o misterio, como decían los
latinos.

Una ciudad (civitas) es tal cuando vive con el "civis",
cuando crea conciudadanía. Ciudad y ciudadano fundan una
comunidad humana, el "son politikón" aristotélico.
Por eso el doble verbal y vivo de los romanos, ciudad-ciudadano,
fue para los griegos "polis" y "politis" y en otros idiomas se
expresa en forma muy similar, "city" – "citizen" en
inglés, "cité" – "citoyen" en francés. La
Unesco acaba de reconocer (2004) algunas ciudades como
ámbitos de conciudadanía, "ciudades creativas" las
llama, su primera condición es haber logrado entre espacio
y personaje ciudadano una síntesis fecunda de cultura;
ésta, entendida como la atmósfera que los
habitantes de ese espacio respiraron o respiran. El caso opuesto
a "polis" – "politis", "civitas" – "civis" es el Londres de la
novela" "Mundo Feliz" de A. Huxley, allí donde la
desidentificación con una ciudad tecnificada, lleva a uno
de sus protagonistas a la locura; hace años vi a un
chileno exiliado de su país gritar enloquecido por las
calles de Berlín, ¡"Santiago"! ¡"Santiago"!
cuando lo quise amparar, cayó muerto. La peor condena
política es ser desterrado, porque es quitarle la tierra,
la sustentación de sus pies, que es su pueblo, su villa,
su ciudad, como en l historia señalada. Contaré de
otro caso: Fui invitado a tomar un té a la casa del
Embajador de Chile en Roma; me extrañó que su hijo,
de 5 años, estuviese encerrado todos los días en su
habitación. Pregunté a mi amigo diplomático
la razón de este aislamiento de su hijo, si no
tenía amigos o salía a la plaza con la empleada, a
jugar con otros compañeros. Me respondió,
tristemente me respondió, prefiere poner música
chilena o grabaciones en castellano, el idioma italiano, le
asusta. El habla de la ciudad es su idioma, cortado éste,
el extrañamiento, el exilio, aunque sea hijo de un
diplomático, se produce. La conciudadanía se
expresa en las calles, edificios, plazas, monumentos, gentes,
pero sobre todo en el hablar en común, éste es el
aglutinante espiritual de ciudad y ciudadano.

Partes: 1, 2

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